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Dominación Hombres, Gays, Voyeur / Exhibicionismo

A los 8 años aprendí los juegos de adultos: mi confesión cruda y de primo Jiaro.

El problema no era solo cómo me veía, sino cómo me movía. Desde chiquito caminaba así, como dicen los viejos: «con el culo haciendo palmas». No era cosa de ponerme, se me salía solo, como si las nalgas tuvieran vida propia. .
Hola, qué tal. Me da cosa escribir esto, pero ya lo tengo guardado hace años en la cabeza y pues… bueno, aquí voy. Me llaman Daniel, Danielito de cariño, aunque ahora tengo más pelos en las bolas que cuando empezó esta vaina. Pero eso fue después. Primero, era un pelao flaco con las rodillas llenas de cicatrices de jugar fútbol en el potrero. Estoy al algo nervioso porque ni en el confesionario de la iglesia he contado esto, pero ahí vamos.

 

Bueno, yo soy gay, pero eso no es lo que importa ahora. Lo que jode es que desde chiquito mi cuerpo nunca fue como el de los otros pelados. A los seis años ya parecía una muñeca: piernas gordezuelas que se estrechaban en rodillas diminutas, cintura que mis tías decían «de avispa» mientras me pellizcaban las caderas que sobresalían como dos medialunas bajo los shorts. Pero lo peor -o lo mejor, según cómo se mire- eran mis nalgas. Dos bolas firmes que se marcaban hasta bajo el pantalón del uniforme, redonditas como melocotones verdes.

 

Esa vaina nunca me dejó en paz, carajo. A los siete años ya parecía uno de esos muñecos de trapo que venden en los mercados, todo curvas donde no debían estar. Las hormonas me jugaron una mala pasada, pero qué iba a hacer, llorar? Me tocó aguantar las miradas en el colegio, los dedos que se alargaban para pellizcarme cuando pasaba por el patio.

 

El problema no era solo cómo me veía, sino cómo me movía. Desde chiquito caminaba así, como dicen los viejos: «con el culo haciendo palmas». No era cosa de ponerme, se me salía solo, como si las nalgas tuvieran vida propia. Cada paso que daba era un vaivén que llamaba la atención, hasta mis propios primos me gritaban «¡pato!» cuando pasaba, aunque yo ni siquiera sabía lo que significaba esa palabra. Solo me reía porque creía que era un juego, porque en esa época todavía creía que la gente no hacía daño a propósito.

 

La ropa era otra vaina complicada. Mi mamá, pobre, compraba shorts del tamaño que decía la etiqueta, pero en mi cuerpo se veían como calzones apretados. El pantalón del uniforme escolar quedaba pegado a las nalgas como segunda piel, marcando cada curva hasta el punto que se notaba la división, ese pliegue donde terminaba una nalga y empezaba la otra. A veces, agachándome a recoger un lápiz, sentía el aire en la piel porque el short se subía solo, pero yo ni cuenta me daba. Era feliz en mi ignorancia, como esos perritos que mueven la cola sin saber que les van a dar con un palo.

 

Todo eso me llevó a grandes cosas en mi vida, aunque en el momento no lo supe. El primer encuentro sexual, si se le puede llamar así, fue tan bobo que ahora me da risa. Pero también algo de pena, porque la inocencia es frágil y se rompe sin que uno se dé cuenta. Tendría unos ocho años cuando empezó, aunque los números se me mezclan porque el tiempo de los niños es distinto.

 

Mi primer contacto al mundo sexual, fue con una verga, a la edad de los 8 años, con un allegado familiar llamado Jiaro, un tipo alto y moreno con rasgos afro, quien para ese entonces tendría unos 17 años. Siempre fue considerado como de la familia. Nunca imaginé que actuaría así conmigo, porque aunque ahora, al recordar, quizás hubo señales que mi inocencia no captó, en ese momento todo me parecía normal. Jiaro era el primo mayor que me llevaba al río, que me compraba helados, el que me cargaba en hombros durante las fiestas. Nunca note algo extraño en él, hasta que un día todo cambió.

 

Antes de seguir, tengo que pintarles la casa donde pasó todo, porque el escenario importa tanto como lo que pasó dentro. Vivíamos en una casita de tres dormitorios, pero no piensen en nada lujoso—era un bloque de cemento pintado de amarillo descolorido, con esas grietas que parecen venas en las paredes. El primer cuarto, el más grande, era de mis padres: una cama matrimonial que siempre olía a colonia barata y a sudor viejo, con ese cuadro de la Virgen María que nos miraba desde arriba como testigo muda de todo. Al fondo del pasillo estaba el cuarto de mis hermanas, lleno de moños rosados y revistas de moda pegadas con cinta en las paredes. Y luego estaba mi cuarto—mi refugio, mi trampa—pequeño como un closet pero con espacio justo para una cama individual y un cajón donde guardaba mis tesoros: carritos oxidados, canicas y un osito de peluche al que ya no abrazaba pero no me atrevía a botar.

 

Fue una tarde, de un día domingo donde el calor se pegaba como lija mojada en la piel. Mis padres se habían ido Dios sabe dónde, quizás a alguna de esas reuniones de vecinos donde el aguardiente fluía más que el agua. Mis hermanas dormían en sus cuartos, rendidas por el sopor de la siesta, mientras Jiaro y yo estábamos en la sala, sentados en ese sofá de tela áspera que siempre picaba como hormigas.

 

Él me contaba historias de fantasía, esas que a mí me encantaban. Jiaro tenía una voz grave que sabía moldearse para los cuentos: cuando hablaba de dragones se le ponía áspera como piedra volcánica, y cuando describía princesas se le hacía suave como miel. Yo lo escuchaba embobado, acurrucado a su lado con mis piernas cruzadas bajo el cuerpo, sintiendo cómo el sudor se me pegaba en la nuca.

 

Lo recuerdo todo con esa claridad absurda que tienen los recuerdos de infancia: yo tenía puesto un short de tela holgado, pero tan pequeño que dejaba mis nalgas casi al aire. Era una prenda que mi mamá me compró pensando que me quedaría grande, pero en mi cuerpo de niño curvo parecía ropa interior. La camiseta blanca con el Mickey Mouse descolorido se me había subido hasta casi las axilas, dejando al descubierto ese vientre plano y ligeramente abultado de niño bien alimentado.

 

De la nada, Jiaro soltó un grito falso que me hizo saltar del sofá. «¡Cuidado, Danielito! ¡Algo te está mirando desde atrás!» Sus ojos se abrieron exageradamente, fingiendo ese terror de película que a mí me encantaba. Antes de que pudiera voltear, él salió disparado hacia el cuarto de mis padres como si el diablo lo persiguiera, sus pasos resonando en el piso de cemento. Yo, niño crédulo, corrí detrás sin pensar, con el corazón latiéndome en la garganta como un pajarito asustado.

 

«Jhon; debemos arroparnos,» fue lo que murmuró con esa voz grave que ya empezaba a rasparme por dentro sin entender por qué. Ni siquiera miré cuando tomó la sábana ajada de la cama de mis padres—esa que olía a Vicks y a humedad—y nos envolvió a los dos en un mismo bulto sudoroso. Sus manos, grandes y callosas de jugar fútbol en la cancha de tierra, se deslizaron por mi cintura como si yo fuera una almohada que podía moldear a su antojo. Yo, inocente como un cachorro, me acomodé de lado y hasta le sonreí cuando puse mis piernas sobre sus muslos fibrosos, sintiendo el calor húmedo a través de su pantalón corto de lycra. Mi mano izquierda quedó aplastada contra su pecho, donde el corazón latía tan fuerte que creí que se le iba a salir.

 

Jairo seguía asustandome con sus historias, pero ahora su voz sonaba ronca, como si tuviera arena en la garganta. «Danielito, quédate quieto que hay algo debajo de la sábana», murmuró mientras apretaba más fuerte mi cintura. Yo, idiota inocente, me quedé tieso como un poste, sintiendo cómo sus dedos largos se hundían en mis costillas flacas. La sábana olía a humedad y a ese olor rancio que dejan los cuerpos cuando sudan demasiado. El calor nos envolvía como un segundo pellejo.

 

Fue entonces cuando lo sentí: algo duro y puntiagudo que palpitaba contra la parte interna de mi muslo, justo donde el short se había enrollado dejando mi piel al aire. Era como si hubieran escondido un palo de escoba debajo de la tela, pero caliente y vivo.

 

«Jair8, qué es eso que me está picando la pierna», murmuré con esa inocencia que solo un niño de ocho años puede tener. Me ajusté dentro del envoltorio de sábanas húmedas, sintiendo cómo aquella cosa dura se movía contra mi muslo como un animal vivo atrapado entre nuestras ropas. Jiaro respiró hondo—un sonido áspero que salía entre dientes apretados—y apretó más fuerte mi cintura con sus dedos largos que ya empezaban a sudar.

 

Jiaro se sonrojó apenas, esa mancha oscura subiéndole por el cuello moreno como tinta en agua, pero me sonrió con esa media sonrisa torcida que los adultos ponen cuando saben que están haciendo algo malo. Sus dedos, se enredaron en mi pelo crespo revolviéndolo. «No es nada, Danielito—nada que un niño como tú deba saber todavía. Es solo… un secreto de grandes», murmuró con esa voz ronca que se le hacía más gruesa cuando mentía.

 

Yo, estúpido de inocencia, sentí que se me iluminaban los ojos. ¡Un secreto! ¡Yo adoraba los secretos! En mi cabeza de ocho años, llena todavía de monstruos bajo la cama y tesoros escondidos en el patio, imaginé que era algo mágico—como esas varitas que salían en los dibujos animados, o tal vez un juguete nuevo que quería sorprenderme. «¿Puedo verlo, Jiaro? ¡Por favor!», supliqué.

 

No me lo pensé dos veces. Con toda la inocencia del mundo, empecé a mover mi piernita sobre eso, frotándolo suave al principio, como si estuviera jugando a montar a caballo en su barriga. Lo presionaba con mis muslos, arriba y abajo, riéndome porque sentía cómo se ponía más duro, más vivo bajo la tela húmeda de sus pantalones. Era como cuando jugábamos al caballito en el parque, solo que esta vez el movimiento hacía que Jiaro respirara más fuerte, con ese sonido de aire escapándose entre los dientes que no entendí entonces. «Ay, Danielito…», murmuró, y su cara se torció en una mueca rara—los ojos entrecerrados como cuando le daba el sol en la cara, la boca entreabierta mostrando esos dientes blancos que siempre brillaban cuando se reía de mis travesuras.

 

«¡Jiaro, estás rojo como un tomate!» me reí, sintiendo cómo su verga palpitaba salvaje entre mis muslos. Yo, pelao bruto que no entendía un carajo de la vida, pensé que le estaba ganando en algún juego nuevo. Moví mis caderas más rápido, frotando esa vara dura que ahora dejaba manchas húmedas en mi short. Sus manos—grandes como palas—se aferraron a las sábanas hasta blanquearle los nudillos. «Diosss…» le salió un gemido rasposo que se me clavó en los oídos como un clavo oxidado.

 

El calor entre nosotros ya no era solo del aguacero que caía afuera. Era otra cosa—espeso como miel vieja, pegajoso como el guarapo que dejaban los trapiches. Jiaro olía a sudor macho, ese olor a tierra mojada y sal que me llenaba la nariz sin yo querer. Y lo más raro: me gustaba. Sentí algo caliente revolverse en mi barriga, como cuando me comía tres helados seguidos y me daba dolor, pero esto no dolía… ardia.

 

Jiaro respiró hondo, tratando de calmarse, y me miró con ojos que brillaban diferentes—no como cuando me contaba cuentos de dragones, sino con algo más denso, como la miel espesa que mi abuela dejaba caer lentamente de la cuchara. «Oye, Danielito… si tanto te pica la curiosidad, ¿quieres ver lo que estás moviendo con tus piernitas traviesas?». Sus palabras me hicieron estremecer sin entender por qué; era como si alguien hubiera pasado un cubo de hielo por mi espina dorsal. Mis ojos brillaron como dos monedas de cobre al sol—¡no sabía dónde me estaba metiendo! Para mí solo era un juego, y quería seguir «ganando», además de descubrir ese misterioso juguete que guardaba entre sus piernas.

 

«Pero solo si prometes no contarle a nadie, ¿eh? Es nuestro secreto». Su voz era suave, pero tenía ese filo de advertencia que los adultos usan cuando saben que están cruzando líneas. Yo, con los ojos bien abiertos de emoción, asentí como loco mientras mis manos pequeñas se aferraban a la sábana sudada. «¡Sí, sí, muéstramelo! ¡Te prometo que no diré nada!», grité en un susurro, sintiendo cómo el corazón me latía en las orejas.

 

Sin perder tiempo, Jiaro quitó la sábana de un tirón, arrojándola al piso de cemento donde quedó hecha un ovillo sudoroso. Sus dedos—largos y nerviosos—se engancharon en el elástico de su pantalón corto de lycra negra, bajándolo con movimientos lentos que hacían crujir la tela. Mis ojos se abrieron como platos, ansiosos por ver el «juguete» secreto. Pero ni siquiera había terminado de descorrer la prenda cuando, de un brinco, salió disparado su pene: erecto, palpitante, una vara oscura y gruesa que se alzaba hacia su ombligo como un árbol torcido. La piel del glande brillaba húmeda bajo la luz amarillenta del bombillo, rojiza como la pulpa de una guayaba madura.

 

—¡Ay, Jiaro, ese no es el juguete! —reí nervioso, sintiendo cómo mi voz se quebraba en un tono agudo que no reconocía. Mis pupilas bailaban entre su cara sudorosa y aquel miembro que parecía tener vida propia, las venas sobresalientes como raíces bajo la piel morena. El olor a macho adulto me golpeó de lleno: salado como el mar, espeso como el caldo de pescado que hacía mi abuela.

 

Lo que pasó después lo recuerdo en cámara lenta, como esas películas donde el mundo se detiene para que no te pierdas ningún detalle. El pene de Jiaro no era como el mío—pequeño y arrugado como un caracol dormido. No. El suyo era un monstruo de carne viva, grueso como el mango de la escoba que usaba mamá para golpear las cobijas al sol. Tenía venas que latían bajo la piel oscura, y en la punta, esa gotita transparente que brillaba como el rocío en las hojas del patio.

 

Jairo me miraba, «—Pero puedes jugar con él—», dijo con esa voz grave que ahora goteaba como miel espesa. Sus ojos—negros como charcos de petróleo—me miraban fijo mientras su mano callosa se cerraba alrededor de esa vara oscura que latía bajo mi mirada infantil. Yo, pelao bruto, solo sabía reírme nervioso, sintiendo cómo la garganta se me hacía un nudo de hilos mojados.

 

No supe qué me pasó en ese momento, pero algo dentro de mí—algo curioso y travieso—me hizo alargar la mano sin pensarlo. Mis dedos, pequeños y delgados como palitos de cóctel, se acercaron tímidamente a esa vara oscura que latía como un corazón fuera del cuerpo. El primer contacto fue electricidad pura: la piel de Jiaro estaba caliente, tan caliente que casi quemaba, y húmeda como si acabara de salir del mar. Presioné suavemente con la yema de los dedos, sintiendo cómo cedía bajo mi tacto pero al mismo tiempo se mantenía firme como un tronco.

 

—¡Ay, Jiaro, está duro! —reí nervioso, sintiendo cómo mi voz sonaba más aguda de lo normal. Mis dedos exploraron el contorno de su pene, siguiendo las venas sobresalientes que parecían caminos en relieve bajo mi yema. La textura era fascinante: suave como la piel de un melocotón en algunas partes, áspera y rugosa en otras. Con un poco más de valentía, envolví mi mano alrededor de él, pero apenas podía cerrar los dedos—era demasiado grueso para mi puño infantil.

 

Jairo gimió como un perro apaleado cuando mis dedos cerraron el primer círculo alrededor de su verga. El sonido me sobresaltó—áspero, quebrado, saliendo de lo más hondo de su garganta—pero no solté. La piel ardiente latía bajo mi palma como un animal herido, pulsando en una cadencia que me hipnotizaba. Con torpeza infantil, deslicé mi mano hacia arriba, sintiendo cómo el prepucio se deslizaba sobre el glande hinchado que brillaba viscoso bajo la luz del bombillo.

 

Mis dedos se cerraron más fuerte alrededor de esa vara palpitante, sintiendo cómo las venas saltaban bajo mi piel como gusanos inquietos. Era adictivo—la forma en que cedía ligeramente bajo mi presión pero volvía a endurecerse, como la goma elástica que usábamos en los tirachinas. «Está vivito», pensé con esa lógica torcida de niño, apretando aún más hasta ver los nudillos de mi mano pequeña blanquearse. Jiaro gruñó—un sonido gutural que salió desde el fondo de su barriga—y sus dedos se clavaron en mi cadera con una fuerza que me hizo arquearme.

 

—¿Te gusta, verdad? —susurró Jiaro con esa voz rasposa que ya no era la del primo que me compraba helados. Sus labios estaban húmedos, entreabiertos, mostrando ese espacio oscuro entre los dientes donde se acumulaba la saliva. Solo asentí mientras seguía moviendo mi mano arriba y abajo, fascinado por cómo el prepucio se deslizaba sobre el glande como la funda de un chupete. El líquido transparente que brotaba de la punta untaba mis dedos, haciéndolos resbalar con un ruidito húmedo que se me quedó grabado en los oídos.

 

—Más rápido, Danielito —Jiaro apretó mi cintura con sus rodillas, guiándome sin palabras. Su cuerpo olía a sal y a algo más—un aroma amargo y espeso que se me pegaba en la nariz como el olor a tierra mojada después de aguacero. Yo obedecí, acelerando el ritmo, sintiendo cómo cada movimiento sacaba más de ese líquido pegajoso que ahora me cubría la mano. Mis nudillos rozaban su pubis—ese bosquecito de pelos crespos que se me antojaban tan diferentes a los míos, tan adultos. El contraste me fascinaba: mi piel lisa y clara contra su carne oscura y velluda.

 

Jairo gemía, sus dedos enterrandose en las sábanas. Yo solo me reí, apretando mi pequeño puño alrededor de esa vara caliente que latía como un animal herido. Era adictivo—la forma en que cedía bajo mis dedos pero volvía a endurecerse, como la goma elástica de mis tirachinas. «¡Quiero jugar más, Jiaro!», dije mientras aceleraba el movimiento de mi mano, arriba y abajo, sintiendo cómo el líquido pegajoso hacía resbalar mi agarre.

 

Jairo gimió un poco mas fuerte esta vez, arqueando la espalda contra la cama con un crujido de resortes oxidados. Su cara se puso toda roja y torcida, como cuando mamá prueba el ají muy picante que le quema la lengua. Los tendones del cuello le saltaron como cuerdas de guitarra demasiado tensas, la mandíbula apretada hasta hacerle vibrar los molares. «¡Uff Danielito… Danielito… qué bueno estás!» balbuceó entre dientes, con esa voz quebrada que ya no reconocí – la misma que usaba cuando nos caíamos jugando fútbol y se hacía sangre en la rodilla.

 

Me reí, nervioso pero fascinado, sintiendo cómo las risitas me salían en burbujitas desde la panza. Para mí solo era un juego nuevo, como cuando descubrí que podía hacer ruidos con las axilas. Sus ojos entrecerrados brillaban húmedos bajo la luz amarillenta del bombillo, los labios mordisqueándose hasta ponérsele blancos en los bordes. Cada gemido que le arrancaba mi mano le salía más agudo que el anterior.

 

Sentía algo raro en el pecho – no dolor, sino como cuando corro más rápido que todos en la escuela y me falta el aire, pero concentrado aquí, justo donde el corazón late fuerte contra las costillas. Mis dedos siguieron trabajando esa carne palpitante, aprendiendo por instinto cómo moverme para sacarle sonidos más interesantes. La textura cambiaba bajo mis yemas: el glande liso como porcelana caliente, el tronco nervudo con venas que latían al compás de mis apretones.

 

«Ahí… ahí mismo, Danielito…», Jairo gruñó cuando encontré ese punto justo bajo la cabeza, donde la piel se hacía más fina como pergamino viejo. Su mano callosa se cerró sobre la mía, guiándome en un ritmo que no entendí pero obedecí. El calor entre nosotros ya no era solo del día bochornoso – era otra cosa, pegajosa como la miel derramada en la mesa del comedor. Gotitas de sudor le corrían por las sienes, mezclándose con ese olor a hombre adulto que se me pegaba en la nariz: salado como el mar, espeso como el caldo de pescado que dejaban hervir demasiado.

 

Pero después de varios minutos, mi mano ya estaba cansada—los dedos me ardían como cuando agarraba el alambre de púas del cerco sin querer. Sin pensarlo dos veces, con las dos manos pequeñas con mis palmas apretando esa vara oscura que parecía haber crecido aún más entre mis dedos. Jiaro gruñó como un perro al que le pisaban la cola cuando le cambié el ritmo, sus caderas empujando hacia arriba como si no pudieran quedarse quietas.

 

«¡Mira, Jiaro!» grité riendo, acelerando el movimiento de mis manos pequeñas que apenas podían rodear su verga gruesa. «¡Te estoy ganando!» Mis ojos brillaban de emoción mientras observaba cómo su rostro se contraía, los labios temblorosos y los párpados cerrados con fuerza. De repente, algo cambió—su cuerpo se tensó como un arco a punto de romperse, los músculos del abdomen marcándose en relieve bajo la piel sudorosa.

 

Entonces lo vi: un chorro blanco y espeso brotó de su glande, pegajoso como la clara de huevo cruda, salpicando mis dedos que aún apretaban su miembro palpitante. El olor me golpeó de inmediato—áspero, animal, tan distinto a todo lo que conocía. «¿Qué es esto, Jiaro?» pregunté fascinado, separando mis manos para examinar el líquido que brillaba bajo la luz amarillenta del bombillo. Mis dedos estaban cubiertos de esa sustancia viscosa que se estiraba entre ellos como el chicle cuando lo tiras. «¿Es parte del juego?»

 

Jiaro jadeó como si acabara de correr kilómetros, su pecho subiendo y bajando con fuerza mientras una última gota perlada caía sobre su vientre. Su voz sonó ronca, quebrada por algo que yo no entendía: «N-no es nada, Danielito… solo… ¡ah!… significa que estás ganando…» Sus manos temblaban al intentar apartar mis muñecas de su entrepierna ahora sensible.

 

Esa frase fue suficiente. ¡Yo había ganado! La emoción me recorrió como un relámpago—si esto era ganar, quería hacerlo otra vez. Con determinación infantil, volví a cerrar mis manos alrededor de su pene, ahora medio flácido y cubierto de ese líquido extraño que se pegaba a mi piel. «¡Quiero volver a ganarte!» insistí, apretando con fuerza mientras sentía cómo su carne comenzaba a responder bajo mis dedos inexpertos.

 

«¡No, Jiaro! ¡Quiero seguir ganando!» chillé con esa terquedad infantil que no entendía de límites. Mis manos, ahora completamente untadas de ese líquido viscoso que parecía multiplicarse, seguían bombeando su miembro con una energía que solo un niño de ocho años puede tener. Cada movimiento sacaba más de esa sustancia blanca que se pegaba entre mis dedos como goma de mascar caliente. Jiaro gruñó—un sonido gutural que salió desde lo más profundo de su vientre—y sus manos callosas se cerraron alrededor de mis muñecas delgadas como tallos de maíz.

 

«Danielito… espera… no puedo más…» jadeó Jiaro, pero su cuerpo traicionaba sus palabras. Sus caderas seguían empujando hacia arriba, buscando el contacto de mis palmas pequeñas aunque su voz suplicara lo contrario. El contraste me fascinaba: sus palabras decían «para» pero su carne dura como madera de guayacán insistía en seguir el juego. Sentí algo poderoso en ese momento—el poder de hacer perder el control a un hombre grande con solo mis manos infantiles. Era una sensación nueva, eléctrica, que me hacía reír con esa risa aguda de niño travieso.

 

El olor se volvió más intenso—salado como el mar pero dulzón como la fruta madura que cae del árbol. Mis dedos resbalaban ahora con facilidad, haciendo ese ruido húmedo que se repetía al ritmo de mis movimientos. Jiaro tenía los ojos cerrados con fuerza, las pestañas temblando como alas de mariposa nocturna. Una gota de sudor le corría por la sien, mezclándose con el vello oscuro de sus patillas. «¡Mira, Jiaro, te está saliendo más!» grité excitado al ver cómo otro chorro espeso brotaba de la punta de su pene, más lento esta vez pero igual de abundante. La sustancia blanquecina le goteaba sobre el vello pubiano crespo que tanto me llamaba la atención—tan diferente al mío, tan adulto.

 

Las manos de Jiaro temblaban como hojas en ventarrón cuando intentó apartar mis muñecas, pero yo era más rápido—como lagartija que escapa entre los dedos. «¡No, Jiaro! ¡Aún no terminamos!» reí con esa risa aguda de niño consentido, cambiando el ritmo justo como él me había enseñado sin palabras minutos antes. Mis dedos, pequeños pero ágiles, encontraron esa venita saltada que latía bajo la piel morena y la apreté con el pulgar, sintiendo cómo toda su carne se estremecía bajo mi toque.

 

«¡Ahí no, carajo!» gritó Jiaro con la voz quebrada en un falsete raro, arqueándose tan brusco que su rodilla izquierda casi me golpea la sien. Pero en vez de soltar, yo apreté más fuerte—fascinado por cómo su cuerpo reaccionaba como marioneta cuyos hilos yo controlaba sin saberlo. La carne en mi mano palpitaba caliente, hinchándose aún más hasta quedar lisa y tensa como la piel de un tambor. Gotitas de sudor le corrían por el cuello, mezclándose con ese olor a hombre adulto que ahora reconocía—salado como el caldo de pescado cuando hierve demasiado, espeso como la miel vieja que se cristaliza en el fondo del tarro.

 

Jairo jadeaba como perro en verano, los labios entreabiertos mostrando ese espacio oscuro entre los dientes donde se acumulaba la saliva. «Danielito… por favor…», murmuró con voz que ya no era de primo mayor sino de algo más vulnerable, pero yo solo veía el juego—ese nuevo poder de hacer retorcerse a un adulto con solo mis manos infantiles. Con determinación de niño caprichoso, volví a bombear su verga ahora sensible, sintiendo bajo mis yemas cómo la piel se ponía más caliente, casi hirviendo, las venas saltando como gusanos bajo la superficie.

 

«¡Mira, Jiaro! ¡Te está saliendo más!» grité excitado al ver otro chorro blanco brotar—más lento esta vez pero igual de espeso—manchando su pubis oscuro y mis dedos que ya brillaban pegajosos. El olor se intensificó, áspero y dulzón al mismo tiempo, como la fruta demasiado madura que cae del árbol y fermenta al sol. Me reí feliz mientras seguía masajeando esa carne ahora sensible que hacía arquear a Jiaro como gato en celo. Sus manos callosas se aferraban a las sábanas húmedas, los nudillos blancos de tanto apretar, los tendones del cuello tensos como cuerdas de guitarra a punto de reventar.

 

El líquido espeso me chorreaba entre los dedos, tibio como la miel de abeja que robábamos del panal en el patio trasero. Mis manos brillaban bajo la luz amarillenta del bombillo, pegajosas y extrañamente satisfechas. «¿Esto es lo que gano, Jiaro?» pregunté, levantando mis palmas infantiles donde la sustancia blanca formaba hilos entre mis dedos como goma derretida. El olor me llegó entonces—áspero como el guarapo fermentado, dulzón como la fruta podrida que dejábamos en el solar.

 

Jiaro jadeaba como perro en agosto, el pecho subiendo y bajando con fuerza bajo la camiseta pegada al cuerpo por el sudor. Tenía los ojos entrecerrados, las pestañas temblando como mariposas nocturnas contra sus mejillas coloradas. «S-sí, Danielito… eso… eso es lo que ganas», alcanzó a decir entre respiraciones cortas que hacían vibrar su pecho velludo. Su voz sonaba diferente—ronca, quebrada, como cuando se resfriaba en invierno pero sin la congestión.

 

Me reí, fascinado por cómo su cuerpo seguía temblando bajo mis manos aunque el juego ya había terminado. La sensación era poderosa—como cuando descubrí que podía hacer llorar a mi hermana pequeña quitándole su muñeca. Pero esto era mejor, porque Jiaro era grande, fuerte, el primo que me cargaba en sus hombros para alcanzar los mangos más altos del árbol. Y ahora estaba ahí, desmadejado como trapo mojado por algo que yo había hecho.

 

Ya en ese punto lo tomé como broma, chiste o lo que sea, pero en serio, me estaba divirtiendo. «¡Entonces voy a ganar más!» anuncié con esa voz chillona de niño consentido que hacía eco en los oídos de Jiaro. Antes de que pudiera protestar, agarré sus testículos que colgaban allí, desprotegidos, al aire libre como frutas maduras listas para ser arrancadas. Mi mano izquierda—pequeña pero ágil—los envolvió con la curiosidad de quien descubre un nuevo juguete, mientras la derecha seguía aferrada a su pene, ahora resbaladizo por el líquido blanco que ya se secaba en mi piel.

 

Eran calientitos. Más calientes de lo que imaginé, como piedras al sol de mediodía, pero suaves al mismo tiempo—como esos globos llenos de agua que nos lanzábamos en el patio. Se movían bajo mis dedos cuando apretaba, como huevitos en un saquito de cuero viejo. Me reí, fascinado por esa textura que cambiaba bajo mi toque—dura por fuera pero que cedía si presionabas más fuerte. «¡Mira, Jiaro, se mueven solitos!» grité excitado, apretando con esa fuerza inconsciente de niño que no mide consecuencias.

 

Jiaro lanzó un grito ahogado tapándose la boca con la palma sudorosa—un sonido ronco y quebrado que nunca le había escuchado antes—mientras sus dedos se clavaban en mis hombros huesudos como garfios de carnicero. «¡Danielito, despacio carajo!», gruñó con la voz estrangulada por algo que yo no entendía. Pero en vez de soltar, solo apreté más fuerte ese saquito de piel arrugada que latía entre mis dedos, sintiendo cómo se retorcían sus testículos como gusanos al sol. «No», le dije imitando exactamente su tono de cuando me regañaba por comerme los dulces antes de la cena, «Tú me enseñaste: cuando estás ganando, no paras».

 

La cosa de Jiaro palpitó salvaje entre mis dedos pequeños, cubierta de ese líquido brillante que olía a mar y sal mezclado con algo más—algo dulzón y rancio que se me pegaba en las fosas nasales como el caldo de pescado cuando hierve demasiado. Moví las manos en círculos ahora, como amasando masa para arepas en la cocina de mi abuela, y Jiaro arqueó el cuello hacia atrás de golpe, mostrando la garganta temblando como gallina degollada. «¡Ah, carajo!». La palabrota me hizo reír más fuerte—nunca la había oído decir eso con esa voz aguda y rota, tan distinta a su tono habitual de primo mayor que sabía todo.

 

«¿Te duele?» pregunté con esa curiosidad infantil que no entendía de límites, apretando con más fuerza ese saquito de piel arrugada que colgaba entre sus piernas como fruta demasiado madura. Mis dedos pequeños se hundían en la carne cálida, sintiendo cómo sus testículos se retorcían bajo mi presión inconsciente. Jiaro gimió—un sonido gutural que salió desde lo más profundo de su vientre—y sus manos callosas se aferraron a mis muñecas delgadas como tallos de caña.

 

«¡No, no pares!» rugió entre dientes, contradiciendo sus propias palabras mientras empujaba sus caderas sudorosas contra mis palmas manchadas de ese líquido extraño. Me fascinaba cómo su cuerpo reaccionaba—como si fuera dos personas distintas: una que gruñía «para» y otra que insistía en seguir. El contraste me hizo reír con esa risa aguda de niño que descubre un juego nuevo. «¡Mientes, Jiaro!» chillé, viendo cómo su rostro se contorsionaba entre el placer y algo más—algo que yo no reconocía aún como dolor.

 

Mis ojos volvieron al líquido blanco y espeso que seguía brotando de su glande ahora sensible—gotitas perladas que caían sobre su pubis oscuro como lluvia espesa. Con un dedo manchado de esa sustancia viscosa, toqué la punta de su pene hinchada donde latía más fuerte, sintiendo bajo mi yema cómo la piel ardiente palpitaba como el corazón de un pajarito en mis manos. La textura me recordó a algo—a esa leche agria que dejábamos fuera del refrigerador por descuido. «¡Parece leche agria, Jiaro!» dije riendo, mostrándole mi dedo brillante bajo la luz amarillenta del bombillo.

 

Jiaro soltó una risa entrecortada—un sonido ronco y quebrado que no le conocía—mientras su cuerpo se arqueaba sobre la cama como un arco tenso. Sus músculos abdominales se marcaban bajo la piel sudorosa, las venas del cuello saltadas como raíces de árbol viejo. «Cállate y sigue… pero despacio», gruñó con voz que ya no era la del primo que me enseñaba a montar bicicleta—era otra cosa, áspera como el papel lija, dulzona como la fruta pasada.

 

Mis manos ya resbalaban con facilidad, la mezcla de sudor y ese líquido espeso que seguía brotando de Jiaro hacía que cada movimiento fuera más húmedo, más ruidoso. Usé todo ese jugo pegajoso para masajearlo mejor, envolviendo con mis dos manos esa vara oscura que ahora parecía de mármol vivo bajo mis dedos. «¿Así?» pregunté cambiando a movimientos cortos y rápidos solo en la cabeza, imitando exactamente lo que él me había enseñado sin palabras.

 

Jiaro gruñó—un sonido gutural que salió desde lo más profundo de su vientre—mientras sus piernas temblaban como juncos en ventarrón. Sus manos callosas se aferraban a las sábanas húmedas, los nudillos blancos de tanto apretar. Cada gemido que le arrancaba mi mano le salía más agudo que el anterior, como los chillidos de los cerditos cuando los agarran para el sacrificio en la granja de mi tío. Su cara estaba roja y contraída, los labios mordidos hasta sangrar, los ojos cerrados con fuerza como si no quisiera ver lo que le estaba haciendo.

 

De repente—sin aviso—Jiaro lanzó un gemido seco que salió como un latigazo en el aire caliente del cuarto. Al mismo tiempo, sentí cómo otro chorro espeso brotaba de su glande, pero esta vez más fuerte, más abundante, salpicando mi cara con gotas calientes que me cayeron en los párpados, en los labios, incluso en la lengua que saqué instintivamente al gritar «¡Guácala!». El sabor me golpeó de inmediato—salado como el mar pero amargo como la yuca cruda, espeso en mi boca como la clara de huevo cuando se pega al paladar.

 

Pero en vez de soltar, seguí frotando, fascinado por cómo su cuerpo entero se tensaba como un arco a punto de romperse. Sus músculos abdominales se marcaban en relieve bajo la piel sudorosa, las venas del cuello saltadas como cables eléctricos. Jiaro jadeaba como perro en verano, los ojos vidriosos y perdidos en algún lugar más allá del techo agrietado de la habitación. «¡Gané otra vez, Jiaro! ¡Mira cuánto premio saqué!» grité riendo, mostrándole mis manos completamente cubiertas de ese líquido blanco que ahora se secaba entre mis dedos formando hilos pegajosos.

 

Jiaro jadeaba contra la almohada sudorosa, el pecho subiendo y bajando como fuelle de herrería. «Sí… ganaste… ahora déjame respirar, diablito», murmuró con esa voz ronca que ya no reconocía. Pero yo no quería parar. Noté una gota blanca y espesa colgando del glande todavía rojo e hinchado—temblando como lágrima a punto de caer—y antes de que se desprendiera, la atrapé con la yema del índice. La sustancia se estiró entre su piel y mi dedo formando un hilo pegajoso que brilló bajo la luz amarillenta del bombillo.

 

La llevé a mi nariz—olor a marisma baja y metal oxidado, salado como el agua estancada en los charcos del malecón. Sin pensarlo, como niño curioso que prueba todo, pasé la lengua por la yema de mi dedo. El sabor explotó en mi boca—áspero como clara de huevo cruda, amargo como el zumo de la hierba que mascaban los borrachos del barrio. «¡Guácala!» escupí instintivamente, haciendo una mueca mientras la saliva se me llenaba de ese regusto metálico que se pegaba al paladar.

 

Pero Jiaro abrió los ojos de golpe—dos rendijas oscuras en medio de ese rostro congestionado—mirándome con una expresión que no supe descifrar. «¿Qué hiciste, diablillo?», preguntó con voz quebrada mientras intentaba incorporarse sobre los codos temblorosos. Le mostré mi dedo limpio, reluciente de saliva. «Probé tu premio. No es rico», dije con esa sinceridad brutal de los niños, arrugando la nariz mientras tragaba saliva para quitarme el mal sabor.

 

Jiaro soltó una risa entrecortada—un sonido ronco que le sacudió el pecho velludo—y se dejó caer de nuevo sobre la almohada. «Estás loquito, diablillo», murmuró mientras una mano callosa se arrastraba por la sábana para pellizcarme la mejilla. «Pronto te gustará». Sus palabras tenían ese tono de adulto que sabe algo que los niños no—ese mismo tono con el que me decían que algún día me gustaría el café amargo o el aguardiente que quemaba la garganta.

 

Después de eso, me hizo levantar de la cama con un gesto brusco. El aire en la habitación olía a algo espeso y salado que se pegaba en el fondo de la garganta. Miré mis manos: estaban brillantes y pegajosas, cubiertas de ese líquido blanco que ahora se secaba entre mis dedos formando costras delgadas. Mi camiseta de niño—esa con el dibujo del Hombre Araño—tenía manchas húmedas que se transparentaban sobre el pecho plano. Hasta en mi cara sentía la sequedad del semen secándose en las mejillas, como una máscara invisible que nadie más podía ver pero que yo sentía adherirse a cada poro.

 

Jiaro se movió rápido, como cuando mamá nos sorprendía comiendo dulces antes de la cena. Agarró un trapeador viejo que había detrás de la puerta y comenzó a frotar el suelo de baldosas donde habían caído gotas blancas. El ambientador que roció olía a flores artificiales—demasiado dulce, como esos caramelos baratos que vendían en la esquina. Cuando roció la cama, el perfume se mezcló con el olor a sexo formando un aroma asqueroso, como fruta podrida bañada en colonia de farmacia.

 

Yo me quedé quieto en medio del cuarto, sintiendo cómo el semen seco me tiraba de la piel de la cara. «Báñate, Danielito», susurró Jiaro sin mirarme mientras seguía limpiando frenéticamente. Su voz sonaba diferente—áspera y apurada, no como la del primo que me subía a sus hombros para alcanzar los mangos más altos.

 

Ese día fue el primer contacto con el mundo de lo sexual en mi vida, que obviamente fue creciendo. Pero no como una planta que florece bajo el sol, sino como esos hongos venenosos que nacen en la humedad de los baños abandonados. Sin saberlo, Jiaro había plantado una semilla en mi cabeza de niño que después crecería torcida, retorcida, buscando la luz de formas que nadie me había explicado. 

15 Lecturas/25 abril, 2026/0 Comentarios/por ElDanielitoPassy
Etiquetas: colegio, gay, hermana, madura, mayor, primos, recuerdos, sexo
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