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Heterosexual, Infidelidad

UNA NOCHE DE PASION INOLVIDABLE

Esto pasó hace como un año. Yo en ese momento tenía veintisiete, llevaba dos de casada y aún sin hijos, no estaba en nuestros planes tenerlos. Antes de conocer a Santiago, mi esposo, tuve tres novios. Con los tres tuve sexo, y la verdad, tengo muy buenos recuerdos de cada uno. .
Esto pasó hace como un año. Yo en ese momento tenía veintisiete, llevaba dos de casada y aún sin hijos, no estaba en nuestros planes tenerlos. Antes de conocer a Santiago, mi esposo, tuve tres novios. Con los tres tuve sexo, y la verdad, tengo muy buenos recuerdos de cada uno. Cada uno me enseñó algo nuevo.

En el sexo, Santiago se defendía, la verdad, pero se venía rápido, en diez minutos o menos. Y su carácter… uf, complicado. Un orgullo que no lo dejaba ni ver sus propios errores. Si yo le decía algo, aunque fuera con toda la buena onda, acabábamos disgustados. Y casi siempre, yo era la que tenía razón, pero él jamás lo aceptaba. Hubo un momento en que la discusión fue tan fuerte que dejamos de hablarnos por una semana. Él, en lugar de intentar remediar las cosas, se portaba más distante, así que me cambié de habitación. Nos dirigíamos la palabra solo para lo estrictamente necesario, y así pasaron varias semanas.

En unos días, dos grandes amigos contraían matrimonio, los dos éramos padrinos, teníamos qué asistir obligatoriamente. Asistimos, pero de igual forma, seguíamos distanciados.

Mi cara puede decir otra cosa, pero soy una mujer algo ardiente. Siempre me ha gustado vestir bien: vestidos, leggins, jeans, todo muy ajustado a mi cuerpo. mi cabello es rubio castaño, piel clara, mido alrededor de 1.65, tengo una bonita figura, senos de buen tamaño, un trasero firme y redondo que no pasa desapercibido. Aun estando casada, me llovían propuestas de conocidos y de extraños, todos buscaban lo mismo llevarme a la cama para cogerme. Pero yo siempre me tome el matrimonio muy en serio. Jamás fui infiel… hasta esa noche…

Mi esposo tiene un tío que se llama Jorge. Es un hombre alto, mide al menos 1.70, y es guapo, no lo puedo negar. Su mayor atractivo es su físico; se nota que es un hombre de gimnasio por su musculatura: sus brazos y torso estaban muy desarrollados. A sus 35 años soltero y por supuesto, tiene cara de picardía. Yo nunca le di mucha confianza, ya que en las pocas veces que habíamos coincidido, siempre me miraba con ojos de deseo, incluso enfrente de mi esposo, el tipo para nada disimulaba. Cada vez que me veía era como si quisiera desnudarme con la mirada.

Durante la fiesta, Santiago se fue con sus amigos y yo con las mías. Cuando fui por una bebida, me topé a Jorge, quien me saludó muy amablemente. Quise evitarlo, pero comenzó a hacerme plática y así estuvimos hablando un par de minutos. Me invitó una copa de vino y me comentó;

—Es raro no verte junto a Santiago, si siempre andan juntos.

—Estamos atravesando por problemas; le confesé.

—Él no tiene ni idea de la gran mujer que tiene a su lado. Voy a tener que regañarlo.

—Bueno, tengo que ir con mis amigas… dije… y me marché.

Me senté en una mesa con ellas y estuvimos platicando. Pedimos unas copas de vino. Estando ahí, miraba a mi esposo, sentado en otra mesa, bebiendo y platicando con sus amigos. Pasó el tiempo. Yo seguía con mis amigas, platicando y riendo. Cuando, de pronto, miré a Santiago, estaba bailando con una mujer. Yo no la conocía. Es más, una de mis amigas me preguntó quién era la que estaba bailando con mi esposo. No pude ni responder; estaba llena de rabia y celos.

Justo en ese momento, Jorge se acercó a la mesa y me preguntó

—¿Bailamos?

Sin dudarlo, me puse de pie y me fui con él. Quería que Santiago me viera también. La música era bailable, tipo salsa y merengue. Jorge resultó ser muy buen bailarín; sabía perfectamente bailar ese tipo de música. Apretaba mi cuerpo contra el suyo y me daba muchas vueltas. Sus manos sujetaban con firmeza mi espalda y, en ocasiones, las bajaba muy cerca de mis nalgas.

“Yo llevaba puesto un vestido azul, largo de corte sirena, ajustado al cuerpo, con un escote en V y algo transparente en la parte del busto.”

Jorge varias veces me dijo:

—Pero qué hermosa te ves esta noche. Te ves espectacular con este vestido.

Yo solo respondí con leves gestos y una que otra sonrisa, seguimos bailando un par de canciones más. Mi esposo y la otra mujer aún seguían bailando; no estaban muy lejos de nosotros. Miraba cómo ella le coqueteaba y él se dejaba. En ocasiones, Jorge apretaba mi cuerpo contra el suyo. Mis senos, pegados a su torso, y sus manos, a centímetros de mis nalgas, provocaban que mi respiración se acelerara sin querer.

Esos roces, sumados a las copas de vino, estaban despertando una excitación en mí. Él se dio cuenta y, mirándome a los ojos sin decir nada, me llevó de la mano al jardín, ahí en el patio, estaba con poca iluminación. Yo no puse resistencia alguna.

—Natalia, tú mereces estar con un hombre que te haga sentir mujer. Si me lo permites… esta noche, yo quiero ser ese hombre. —Dijo susurrándome al oído. Y comenzó a besar mi cuello. Quiso buscar mi boca, pero yo lo esquivé. Entonces, volvió a besar mi cuello y las orejas. Descendió sus manos hacia mis nalgas a través del vestido comenzó a tocármelas y a apretarlas. Cada apretón enviaba una sacudida eléctrica directo a mi entrepierna.

—Oye, Jorge… mmm… espera. Detente… para.

Pero él lo estaba haciendo todo muy bien. En eso, no supe ni cómo, me bajó uno de los tirantes de mi vestido, descubriendo uno de mis senos. Y como no tenía sujetador comenzó a mamarlo. Luego hizo lo mismo con mi otro tirante y fueron los dos pezones en su boca, chupaba y con su lengua trazaba círculos lentos sobre mis pezones. Los apretaba y mamaba muy rico. Con una de mis manos tape mi boca para ahogar mis gemidos, y así evitar que me escucharan.

Pero lo detuve.

—Ya, ya… es suficiente… espera, Jorge. Alguien nos puede ver. Me subí los tirantes del vestido, y regresamos al salón a seguir bailando. Al parecer, Santiago ni cuenta se había dado de mí ausencia. El aún seguía bailando.

Jorge estaba muy acelerado, por no decir caliente. Me pegaba más contra él; con sus músculos fuertes me tomaba como si fuera una muñeca entre sus brazos. En eso, cambiaron de música, ahora era romántica. Pensé que Santiago se iría a sentar a la mesa para que yo hiciera lo mismo, pero no… ahora bailaba más pegado a esa mujer.

Mis celos crecieron aún más al verlos así. Entonces, jalé a Jorge hacia la parte obscura de la pista. Pero, para mi desgracia, ya estaba ocupado por otra pareja que se comía a besos también. Seguimos caminando más al fondo, alejándonos un poco de la fiesta. Encontramos un lugar oscuro; ahí, nadie nos molestaría. Ya estando ahí solos, tomé la iniciativa y besé a Jorge. Nos besábamos de una manera intensa: mi lengua buscaba la suya.

Las manos de Jorge tomaron mis nalgas nuevamente; las acariciaba y apretaba con mucha fuerza. Repitió lo mismo de hace unos momentos: bajó ambos tirantes de mi vestido y otra vez comenzó a mamar mis senos con deseo. Chupaba, lamía, dándole pequeñas mordidas a mis tetas y pezones, los cuales estaban duros y firmes como rocas. Jaló mi vestido hacia arriba, levantándolo hasta descubrir parte de mis nalgas, y metió sus manos entre ellas, delineando mi panty, que era tipo tanga.

Sentía que estaba completamente empapada. Jorge sabía exactamente cómo hacer para que una mujer se mojara. Por un instante, su boca dejó de comer mis senos y volvió buscando la mía, para después volver a bajar y devorarlos de nuevo. Estaba segura que ya habían pasado más de 10 minutos, pero de nuevo decidimos parar y volver a la fiesta para no levantar sospechas. Así que me arreglé el vestido y acomodé mi cabello. En sí, era un evento con demasiadas personas, pero de igual forma no nos íbamos a arriesgar a que alguien nos reconociera.

Cuando regresamos a la fiesta, me dijo que iría por unos tragos. Yo volví a la mesa con mis amigas, quienes no tardaron en preguntar: “¿En dónde estabas?” ¿Quién era el galán que estaba bailando contigo? Es muy guapo y, aparte, baila muy bien. Les dije que era el tío de mi esposo. Ahorita que regrese se los presento.

Jorge volvió con un trago para mí y otro para él. Se los presenté y enseguida lo invitaron a sentarse en nuestra mesa. Sin dudarlo rápidamente aceptó, y se sentó a mi lado. Al paso de unos minutos, Jorge colocó la palma de su mano en mi muslo izquierdo, comenzando a subir y bajar suavemente, aprovechando el mantel largo, y nadie se daba cuenta.

Sin dejar de platicar y aprovechando que mis amigas ya estaban un poco ebrias, metió una de sus manos bajo el mantel y comenzó a subirme el vestido muy suavemente hasta dejarlo a mitad de mis piernas. Siguió deslizando su mano buscando mi entrepierna. Yo aún estaba algo caliente; abrí un poco las piernas y su mano comenzó a acariciar mi vagina sobre mi panty. Como era tela fina, podía sentir muy bien el roce de sus dedos. El movimiento que estaba haciendo me estaba calentando cada vez más. Entonces, alargué mi mano y comencé a tocarle su bulto por encima de su ropa. Se sentía muy duro; Jorge tenía una gran erección, como si su pene quisiera romper su pantalón.

Para ese momento ya estaba muy excitada, quería ser penetrada por él en ese mismo instante. Se acercó y me dijo al oído:

—¿Te parece si nos vamos a otro lugar? Si aceptas, te espero en la salida, en el estacionamiento.

Se levantó, se despidió de todos nosotros y mire que también se fue a despedir de Santiago. Mi mente me decía que no fuera, que no cometiera una infidelidad, pero mi cuerpo me pedía a gritos ir tras él. Ya estaba muy caliente, llevaba mucho tiempo sin tener sexo y esta vez no me quedaría con las ganas. Esperé que pasaran unos minutos y fui a donde estaba Santiago. Me paré enfrente de él y le dije que me sentía mal, que me iría a casa y que una de mis amigas me llevaría. Él, sin darle mucha importancia, asintió con la cabeza diciendo que estaba bien.

Regresé con mis amigas. Ya habían pasado varios minutos más, entonces Laura una de mis amigas dijo que ya se iba. Aproveché para decir que yo también me retiraba y salimos juntas. “Bueno, Laura, después nos vemos”, y me despedí de ella ya en la salida.

Miré a los alrededores y no vi a Jorge. Caminé un poco y ahí estaba, recargado sobre un auto. Cuando me miró, sonrió.

—Por un momento imaginé que ya no vendrías.

—Perdón. Tenía que inventar una excusa perfecta para salir de ahí y que no se viera sospechoso.

Después te cuento. ¿Te parece si nos vamos? No sea que alguien nos vaya a reconocer.

—Mi auto está a la vuelta de la esquina. Vámonos en el tuyo, ya después regreso por él, dijo Jorge.

—Bueno, maneja tú. —Le dije. Nos subimos y salimos.

—Conozco un motel aquí cerca. ¿Te parece si vamos a ese?

—Sí, claro… por mí está bien —le respondí.

Él y yo sabíamos a lo que íbamos. Pronto, Jorge puso su mano en mis piernas y yo puse la mía sobre su bulto. Nos fuimos tocando todo el camino hasta llegar al motel.

Cuando llegamos, pedimos la habitación. Apenas atravesamos la puerta, comenzamos a comernos a besos, esta vez más desenfrenadamente que las anteriores. Jorge me giró quedando de espaldas hacia él, bajó los tirantes y después bajó el cierre del vestido, el cual cayó al suelo sin dificultad. Me giró de nuevo hacia él, bajó su rostro a la altura de mi concha y, mientras besaba mi vientre, sus manos deslizaron mi tanga hacia abajo.

—Qué linda concha tienes, Natalia. Además, depilada. Eso me excita aún más.

Eso alcancé a escuchar antes de que sumergiera su cara en mi entrepierna.

Comenzó a lamer. Cada lengüetazo era una descarga eléctrica. Sus dedos separaban mis labios vaginales mientras hundía su lengua dentro de mí. Mis gemidos fluían naturalmente, ya no los retenía. Con mis manos sobre su cabeza, lo empujaba más hacia mí… Parecía un niño comiéndose un dulce, no se despegaba de mí. Era muy hábil con los dedos y la lengua. Sus dedos salían impregnados de mis jugos, y él los llevaba a su boca y los chupaba. No pude aguantar y terminé corriéndome en su boca. En ningún momento Jorge se apartó y terminó bebiendo mis fluidos como si fueran un néctar, mientras yo disfrutaba mi orgasmo.

Volvimos a besarnos. Me sentó en la cama. Él se quitó su camisa. Bajé el cierre de su pantalón, metí la mano y saqué su verga. Era grande y dura como una flecha apuntando hacia mí. Comencé a frotarlo con ambas manos para después meterlo a mi boca. Le daba tremendas chupadas con fuerza que lo estaban haciendo gemir de gusto. Estaba gozando tanto que me sujetó de la cabeza y hundió su pene hasta mi garganta. Sentí su sabor a semen, su líquido preseminal.

Jorge sacó su pene de mi boca y se separó un poco

—Quiero penetrarte Natalia, ya no aguanto más…

Jorge se acostó sobre la cama, su pene erguido, duro y firme como un mástil. Yo me coloqué sobre él, arrodillándome a horcajadas. Con mi mano, guie su miembro, palpitante y caliente, hasta la entrada de mi concha empapada. Me fui sentando lentamente hasta que todo su pene desapareció dentro de mí. Un gemido brutal, gutural, escapó de mis labios: “Mmm… haaay… aaaah…

Comencé a subir y bajar despacio, para después intensificar el ritmo. Su miembro había llenado cada rincón de mi concha. Jorge aprovechó y comenzó a mamar mis tetas, mordía y chupaba mis pezones. Mis gemidos se escuchaban por toda la habitación.

—Qué rica estas, Natalia. Estás tan apretadita, tienes un horno entre tus piernas.

Las penetraciones eran brutales. Mi cuerpo se movía por sí solo. “¡Dame más duro, ¡qué rico, ¡qué rico! Sus manos apretaban fuerte mis nalgas. Jorge les dio un par de palmadas, sentía choques eléctricos por todo el cuerpo. Pasaron diez minutos y aún seguía sobre él, Jorge me puso en cuatro. Se puso atrás y comenzó a penetrarme, metiéndola de un solo golpe. La cama crujía con cada embestida, cada vez más fuerte.

Me tomó de la cadera y me llevaba más hacia él, su pene entraba cada vez más profundo dentro de mí por instantes me hacía alucinar de placer. Ya no eran gemidos eran gritos los que salían de mi boca.

—¡Aaaah! ! Mmm! ¡siii! ¡aghhh!

—¿Te está gustando como te estoy cogiendo? ¿ cuánto tiempo llevabas sin probar verga?

—¡Siii! Mmm ¡Justo así!!! No pares… por favor… decía con la voz entrecortada.

Jorge aumentó su velocidad y fuerza. Mi cuerpo se sacudía con cada choque, su pene se hacía más grueso y caliente. Podía sentir que rozaba el cuello de mi útero, una y otra vez, una sensación tan intensa que casi dolía. —¡Aaaah! —grité, mis dedos se aferraron a las sábanas.

—¡Sí! ¡Ahí, ahí! —respondí, casi llorando del placer— Me estoy… me estoy corriendo, ¡estoy disfrutando mi orgasmo!

El calor explotó en mi vientre, extendiéndose por todo mi cuerpo. Mi concha se apretó violentamente alrededor de su pene, una y otra vez, en espasmos incontrolables. Un grito largo y desgarrado salió de mi garganta. —¡¡Aaaaahhhh!!

Jorge siguió moviéndose, sus manos se aferraron a mis nalgas. Ya no podía mantener el ritmo De repente, un empujón final, tan hondo que me hizo ver estrellas. —¡Hugh! — pegó un gruñido gutural. Su pene palpito en mi vagina… Y entonces, entro en mí un chorro espeso y caliente de semen, inundando mi concha, sentí como se expandía. Tembló encima de mí por unos segundos y ambos nos desplomamos en la cama.

Mi cuerpo todavía vibraba y notaba cómo su semen se deslizaba por mi entrepierna.

—¡¡Woo!! ¡¡Que rico!! Y entre jadeos

—Qué buena estás, Natalia, lo haces increíble… y no se diga en la forma en que te mueves… ¡¡Que rico!! Decía Jorge, mientras sus labios besaban mis hombros y sus manos apretaban mi cuerpo.

—Eres una maravilla de mujer en la cama… lo haces perfecto… en verdad… no tengo ni idea de qué le pasa a ese pendejo para soltar a una mujer como tú.

Me giré para mirarlo a la cara, todavía con el cuerpo caliente—Mmm, sí, verdad… él se lo pierde —dije algo seria. En ese momento, el sentimiento de culpa y traición comenzó a invadirme. Pensaba en Santiago el aún seguía en la fiesta, y yo aquí en la cama de un motel, con el semen escurriéndose entre mis piernas. Me sentía la peor mujer del mundo en ese instante, pero al mismo tiempo parte de mí no se arrepentía absolutamente de nada, pasó un rato y Jorge seguía hablando sin parar y en mi mente solo había culpa y silencio. Enseguida notó mi seriedad y preguntó:

—¿Qué te sucede, Nati? Acaso, ¿no te gustó? A mí me encantó, espero se vuelva a repetir.

—No habrá una segunda vez —contesté rápidamente… Esto nunca debió de haber sucedido, Jorge. Engañé a mi esposo, al cual nunca le había sido infiel… me dejé llevar por el momento y por el coraje que sentí al verlo con otra mujer, pero esto fue cosa de una sola vez y no se volverá a repetir.

En cuanto me disponía a levantarme, Jorge me sujetó del brazo.

—Oye, si ya no va a haber otra vez, aprovechemos ahora —me dijo. Tengo ganas de volverte a coger de nuevo, quiero hacerte mía otra vez… por favor.

Miré para abajo y su pene ya estaba duro y firme otra vez. Empezó a besarme el cuello suave y sus manos me recorrían todo el cuerpo. Vaya, de verdad que sabía cómo poner a una mujer caliente de nuevo bien rápido.

—Está bien… respondí… entrecortados gemidos, pero solo una vez más y se acabó, ¿de acuerdo?

Sonrío con lujuria. Me jaló hacia él y me volteó boca abajo con fuerza.

—Ahora así te quiero coger, Nati —murmuró en mi oído.

Metió su pene de un solo golpe, esta vez más profundo que antes. Cada embestida me hacía gritar y gemir fuerte contra la almohada. Sus penetraciones eran más fuertes, una tras otra. Sus manos apretaban con fuerza mis nalgas y por momentos sentía sus dedos alrededor de mi ano, me quedé quieta por un segundo, nunca había hecho eso, pero el placer era tan intenso que no pude protestar.

Sus dedos comenzaron a jugar, rozando la entrada, presionando suavemente, mientras seguía cogiéndome sin piedad. Por momentos sentí una mezcla de culpa y vergüenza, pero la excitación del momento era mayor a todo y me volví completamente loca. Mi cuerpo estaba cedido por completo en ese instante a dicha locura.

Jorge se corrió dentro de mí una vez más. Con las fuerzas que nos quedaban, lo volvimos hacer una última vez más. Pasamos lo que quedaba de la noche en el motel y ya de madrugada nos marchamos. Lo llevé a su coche, nos despedimos con un beso profundo e intenso, sabiendo que eso nunca más volvería a pasar.

Tan pronto como llegué a casa, fui a ver si Santiago había llegado y para mi fortuna, no estaba. Sin demora alguna me metí a bañar para borrar toda evidencia de mi infidelidad.

Unas horas después, mientras desayunaba, lo escuché levantarse… el miedo y la curiosidad me hizo preguntarle, ¿A qué hora llegaste anoche? le pregunté sin voltearlo a ver.

—Ni idea, no me acuerdo de nada. Llegué demasiado embriagado, lo último que recuerdo es estar en la fiesta.

Al escucharlo, sentí un alivio inmenso. Era obvio que no se había percatado de nada. Jamás sabría que le fui infiel… desde ese instante, la culpa por haberlo engañado me hizo tratarlo como antes, y al cabo de unos días nuestra relación volvió a ser la misma.

Transcurrieron algunos meses y recibí un mensaje. Era Jorge. No tenía idea de cómo había obtenido mi número. Me decía que no podía olvidarme y que deseaba verme de nuevo. Ignoré sus mensajes por varios días y luego por semanas, pero cada vez que Santiago y yo hacíamos el amor, me resultaba imposible no pensar en Jorge. Una parte importante de mí deseaba que fuera él quien estuviera conmigo en ese momento, y la otra me decía que no… mi relación ya había vuelto hacer la de antes y esta vez por más ganas que tuviera de estar con Jorge no pensaba arruinar mi matrimonio.

 

3 Lecturas/20 agosto, 2026/0 Comentarios/por JAPACA
Etiquetas: amigos, cogiendo, infidelidad, infiel, mayor, recuerdos, semen, sexo
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