Valeria: Un viaje en transporte público de lo más inesperado.
Continuación de mi anterior relato: Sin que nadie pueda acompañarla a inscribirse, Valeria tiene que tomar el camión sola. Un viejito nota el nerviosismo de la adolescente y le ofrece un tipo de confort inesperado e inapropiado. .
Nunca había tomado el transporte público sola. Hasta quinto grado, su abuela la acompañaba a la primaria y la recogía. La anciana, con su bastón y su paso lento, se aseguraba de que su nieta llegara bien a su escuela y luego de regreso a casa. Pero en sexto grado las cosas cambiaron. La abuela ya no podía moverse igual; una andadera reemplazó al bastón, y salir a la calle se volvió peligroso. Fue entonces cuando sus padres, con el apoyo de la beca, contrataron un transporte escolar que la llevaba y traía. Una camioneta amarilla, con otros niños. Eso era seguro. Eso era conocido.
Pero hoy ya no había transporte escolar. Hoy sus padres trabajaban, su abuela no podía acompañarla, y Valeria debía enfrentarse al transporte público sola. No era ajena al procedimiento; muchas veces había visto a su abuela usarlo, observando cómo marcaba la parada, cómo subía, cómo pagaba. Pero ahora todo era distinto. Ahora iba sola. Y ahora, su cuerpo era un imán que atraía miradas que antes no existían.
Llegó a la parada y levantó la mano cuando vio acercarse el camión. El vehículo frenó con un chirrido metálico y las puertas se abrieron con un sonido mecánico. Desde abajo, ya podía ver al conductor: un hombre moreno, de más de cincuenta años, con la camisa sudorosa pegada al pecho y el cabello engominado hacia atrás. Sus ojos, la recorrieron de arriba abajo antes de que ella pusiera un pie en el escalón.
Valeria subió, sintiendo el peso de esa mirada que la incomodaba. La mirada del hombre era como una mano invisible que se posaba sobre sus senos, que los palpaba, que los acariciaba sin permiso. Podía sentir el calor de esa mirada, la lujuria descarada que no se molestaba en ocultar. El chófer le regaló una sonrisa pervertida, mostrando dientes amarillentos, y su voz salió grave y rasposa:
—Hola muñeca.
Valeria, educada como siempre, forzó una sonrisa amable y respondió:
—Buenos días, señor.
Su tono era dulce, inocente, el mismo que usaba con los maestros y los vecinos. Pero el chófer lo interpretó como coquetería. Sus ojos se encendieron un poco más y su sonrisa se ensanchó.
Extendió su mano con las monedas, el pago exacto que su mamá le había dado. Pero el hombre levantó una mano rechazando el dinero.
—No hace falta, nena. Pasa.
Valeria parpadeó, confundida. Nunca le había pasado algo así. Su mano quedó suspendida en el aire. Titubeó, sin saber qué hacer. ¿Debía insistir? ¿Debía dejar el dinero en la caja?
—Anda, pasa muñeca —repitió el hombre, con un tono que ya no era solo amable, sino insistente, casi ansioso.
Valeria no supo cómo actuar. Su mente, siempre ágil para los problemas matemáticos, pero lenta para las interacciones sociales, no tenía una respuesta para esta situación. Finalmente, guardó las monedas en mochilita y murmuró:
—Gracias.
Su sonrisa nerviosa, temblorosa, fue la última imagen que el chófer vio antes de que ella se diera la vuelta. Y entonces, sus ojos bajaron. Siguieron la curva de su espalda, el contorno de su cintura, y se detuvieron en sus nalgas, grandes y redondas, moldeadas por las mallas negras. Valeria sintió esa mirada como un peso físico, un calor que se posaba en su carne y la hacía querer desaparecer. Apresuró el paso, moviendo sus caderas sin querer, y el chófer se deleitó con el espectáculo.
El camión estaba lleno. Hombres de camisa y corbata, mujeres con bolsas de mandado, estudiantes mayores que ella, trabajadores de construcción con cascos bajo el brazo. Todos apretujados, todos sudorosos, todos moviéndose al ritmo del vehículo. No había un solo asiento libre.
Recordó las enseñanzas de su abuela: «Cuando esté lleno, siempre ubícate cerca de la salida. Así no tendrás problemas al bajar». Con esa idea en mente, comenzó a abrirse paso entre la multitud.
Fue entonces cuando sintió la primera mano. Un roce breve, casi imperceptible, sobre sus nalgas. Se tensó, pero lo atribuyó al movimiento del camión, al empujón de la gente. Siguió avanzando, y entonces otra mano, más firme, se deslizó por el costado de su cadera. Esta vez sintió una corriente eléctrica recorrer su cuerpo, un cosquilleo extraño que no podía nombrar, que no entendía, pero que aceleró su corazón de inmediato. Su respiración se volvió entrecortada y sus manos comenzaron a sudar.
«No es a propósito», se dijo a sí misma, con la voz temblorosa en su cabeza. «Es el camión. Es el movimiento. No lo hacen a propósito.»
Pero su pulso no la escuchaba.
Finalmente logró posicionarse cerca de la salida. Se sujetó a un tubo vertical y trató de calmar su respiración. Sus senos subían y bajaban con cada inhalación, moviendo la tela de la blusa de Kuromi, marcando cada curva. Sintió que su cuerpo, como si no fuera suyo, sacaba más el pecho, como si las miradas lo exigieran. Era una postura rígida que involuntariamente proyectaba más sus atributos.
Y entonces, sintió una mirada. No como las otras. Esta era más intensa, más pesada, casi palpable. Como si alguien la estuviera desnudando con los ojos.
Discretamente, desvió la mirada hacia el costado. Y lo vio.
Un viejo. Quizás de la edad de su abuela, unos setenta años o más. Bajo, barrigón, con una camisa a cuadros desabotonada en el cuello y un pantalón de vestir gastado. Su rostro arrugado y su piel manchada por el sol ocultaban unos ojos que no tenían nada de ancianos. Eran voraces, hambrientos, y estaban fijos en sus senos. La devoraban sin ningún reparo, con una lujuria que no se escondía detrás de la edad o la amabilidad de un abuelito.
Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Su rostro se sonrojó, un calor que subía desde su pecho hasta sus mejillas. Sus labios carnosos se abrieron ligeramente, sin que ella pudiera evitarlo, como si su cuerpo reaccionara antes que su mente. Sus manos, sudorosas, se aferraron con más fuerza al tubo.
Con cada respiración, sus senos no solamente subían y bajaban; parecía que se agrandaban, que se ofrecían, que se hacían más visibles bajo la tela estirada de la blusa. Podía jurar que su cuerpo, rígido por el nerviosismo, empujaba su pecho hacia adelante, como si estuviera mostrando lo que no quería mostrar. Intentó bloquear la mirada del viejo sobre sus senos, con ayuda de sus brazos.
—Hola —dijo finalmente el viejo, con una voz rasposa.
Valeria volteó a verlo. Sus buenos modales, esa educación que su abuela y sus padres le habían inculcado, la traicionaban una vez más. Su sonrisa amable, forzada, apareció en sus labios antes de que pudiera pensarlo.
—Buenos días, señor —respondió, con su voz dulce y temblorosa.
El viejo sonrió, mostrando dientes manchados, y sus ojos se posaron un momento más en su pecho antes de subir lentamente a su rostro.
—Vas sola, ¿verdad, preciosa?
Valeria sintió un escalofrío. Su sonrisa se congeló y su corazón golpeó con fuerza contra sus costillas. No sabía qué responder. No sabía si debía responder.
El «sí» escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo. Inmediatamente, las palabras de su abuela resonaron en su mente: «Nunca les hagas saber a la gente que estás sola». La reprimenda silenciosa la golpeó en el pecho, y sintió que su estómago se encogía.
El viejo sonrió, mostrando sus dientes manchados y sus encías oscurecidas. Sus ojos brillaron con un destello que Valeria no supo interpretar del todo, pero que le provocó un escalofrío.
—Me llamo Pepe —dijo, extendiendo una mano arrugada.
—Valeria —respondió ella en automático, estrechando aquella mano que sintió rugosa y sudorsa, y al instante se odió por haberlo hecho. Su mamá siempre le decía: «No des tu nombre a extraños». Pero ya era tarde.
—Oh, que nombre más bonito —dijo Pepe, y su voz se volvió más suave, casi acariciante—. Igual que tú. Eres muy hermosa.
Valeria sintió un calor recorrerle las mejillas. Una sonrisa genuina, involuntaria, se asomó a sus labios antes de que pudiera contenerla. Siempre le habían gustado los halagos, aunque nunca había recibido uno por su físico. Todos los cumplidos que había escuchado en su vida eran por sus logros escolares, por sus calificaciones, por su inteligencia. Esto era nuevo. Esto era extraño. Y aunque en el fondo sabía que no debía recibirlos, que había algo peligroso en esa atención, una parte pequeña y hambrienta de ella se sintió vista.
—G-gracias —logró decir, con la voz temblorosa y entrecortada.
Sintió cómo los ojos de Pepe la recorrían, cómo su mirada se posaba en sus senos, en sus caderas, en sus piernas. Como si unas manos invisibles la tocaran. La incomodidad la envolvía, y en un acto desesperado por romper el momento, por llenar el silencio incómodo con algo, cualquier cosa, sus palabras se adelantaron otra vez:
—Es la primera vez que viajo sola. Estoy un poco nerviosa.
Apenas las dijo, quiso morderlas y tragarlas de vuelta. ¿Por qué había dicho eso? ¿Por qué le contaba su vulnerabilidad a un extraño? Las reglas de su familia, una por una, se estaban rompiendo como platos en el suelo.
Pero Pepe no pareció notar su arrepentimiento. Al contrario, su sonrisa se ensanchó y sus ojos se volvieron más cálidos, más paternales, pero con un destello que Valeria no podía nombrar.
—Oh, no pasa nada, lindura —dijo, y su voz era un arrullo—. Me imagino cómo te sientes. Pero descuida, aquí está el abuelito Pepe para cuidarte.
Y antes de que Valeria pudiera procesar sus palabras, Pepe se movió. Se colocó detrás de ella, tan cerca que sintió su aliento cálido en la nuca. Un brazo grueso y sudoroso la rodeó, y su mano, grande, gorda, húmeda, se posó sobre su abdomen descubierto. La piel de Valeria, allí donde la blusa de Kuromi no llegaba, sintió el contacto como invasivo. Su cuerpo se congeló. Se tensó como una cuerda a punto de romperse.
Esto definitivamente no estaba permitido. No lo conocía. Era un extraño, aunque ahora supiera su nombre y él supiera el de ella. Pero no sabía qué hacer. Don Pepe había dicho que era para cuidarla. Sería incómodo, sería grosero decirle que se aparte. Sus padres y su abuela la habían criado para ser educada, para ser amable, para respetar a los mayores. Y ahora, esa educación se convertía en un grillete.
—Gracias —susurró, con la cabeza ligeramente agachada, las mejillas ardiendo de vergüenza. La palabra apenas salió de su garganta, un hilo de voz que Pepe pareció devorar con placer.
—No hay de qué, lindura —respondió él, y su mano se movió ligeramente sobre su vientre, trazando círculos apenas perceptibles—. ¿Cuántos años tienes? Pareces muy joven…
Valeria abrió la boca para responder. Pero antes de que las palabras salieran, sintió algo. Un roce. Un bulto. Algo duro que se presionaba contra sus nalgas desde atrás.
¿Qué es eso?, pensó, alarmada. Su mente intentó negarlo. Más por vergüenza que por ingenuidad. Pero en el fondo, lo sabía. Había visto dibujos en los libros de biología. Había escuchado albures en el recreo. Sabía lo que era.
No. No puede ser eso. No lo haría, ¿o sí?
—Doce —respondió Valeria, en un susurro nervioso, apenas audible.
La información hizo que la mano de Pepe diera un respingo sobre su abdomen, como si la edad de ella hubiera sido una descarga eléctrica.
—¿Doce? —repitió él, y su voz tenía un matiz que Valeria no podía descifrar—. Vaya, sabía que eras chica… Pero no tanto. Estás muy «crecidita»…
Valeria pensó que se refería a su estatura. Siempre había sido alta, incluso antes de que su cuerpo cambiara. Pero algo en la forma en que pronunció la palabra, el énfasis que le dio, el tono casi susurrado; le hizo sentir que se refería a otra cosa. A algo más prohibido. A sus senos. A sus nalgas. A todo lo que su cuerpo había ganado sin su permiso.
Su rostro se incendió. Su respiración se volvió irregular y su pulso golpeó con fuerza en sus oídos. Sentía el calor del cuerpo de Pepe contra su espalda, sentía su mano gorda sobre su vientre, sentía el bulto que ahora se presionaba con más claridad, con más insistencia, contra sus nalgas.
—Sí… Soy muy alta —dijo Valeria, como un intento desesperado por contener la conversación dentro de lo permitido, dentro de lo normal. Como si al nombrar su estatura, pudiera olvidar lo que estaba sucediendo detrás de ella.
Pero entonces, sintió una nueva presión. Más clara. Más firme. Más prohibida. Ya no había lugar a dudas. Pepe le estaba dando arrimones. Movimientos rítmicos, apenas perceptibles, pero inconfundibles. Su cuerpo se movía contra el de ella, empujando ese bulto contra sus nalgas, frotándolo, buscando que ella reconociera algo que no quería identificar.
Su corazón latía tan fuerte que temía que los demás pasajeros lo escucharan. Sus manos sudorosas se aferraron al tubo con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Quería gritar. Quería apartarse. Quería correr. Pero su cuerpo no respondía. Estaba paralizada, atrapada entre el miedo y la educación, entre el instinto de huir y la obligación de ser amable.
—No tengas miedo, lindura —susurró Pepe contra su oreja, y su aliento caliente le erizó la piel—. El abuelito Pepe te cuida.
El miedo y el nerviosismo se enredaban en el pecho de Valeria como una serpiente que se apretaba cada vez más. Había oído sobre este tipo de situaciones: hombres adultos que acosaban sexualmente a jovencitas como ella. Viejos pervertidos que no veían límites en las menores de edad, sino una incentivo. Había leído noticias en internet, había escuchado conversaciones entre su madre y las vecinas, había visto reportajes en la televisión mientras su abuela veía las noticias. Sabía que existían. Sabía que eran reales.
Pero ella siempre había estado a salvo. Primero por la protección de su familia, que nunca la dejaba sola. Luego por el transporte escolar, que la recogía y la dejaba en la puerta de su casa. Y también, aunque ella no lo supiera conscientemente, porque su cuerpo plano y esquelético nunca había sido algo deseado para ese tipo de hombres. Nunca se había interesado demasiado en el ámbito sexual; sus pensamientos estaban ocupados por ecuaciones, lecturas, experimentos y la presión de mantener su promedio perfecto. El sexo era un concepto abstracto, algo que pasaba en las clases de biología o en las películas que sus padres censuraban.
Pero ahora, todo había cambiado. Su cuerpo ultra desarrollado, esas curvas que habían aparecido de la nada, parecían ser una invitación para ese tipo de hombres. Y ahora lo estaba viviendo en carne propia. La mano de Don Pepe sobre su abdomen, su cuerpo pegado al de ella, ese bulto que se presionaba contra sus nalgas con cada movimiento del camión.
Sin embargo, mientras el nerviosismo y el miedo crecían en su mente, algo nuevo también emergía en su cuerpo. Algo que no entendía. Algo que la confundía. Su piel se sentía caliente, como si tuviera fiebre. Sus pezones, bajo la blusa de Kuromi, comenzaron a endurecerse, marcándose contra la tela delgada. Y en su entrepierna, sintió una humedad extraña, un calor húmedo que no había sentido antes. Los roces, la presión, los movimientos rítmicos de Don Pepe contra sus nalgas, de repente no se sentían precisamente mal. Eran confusos, eran prohibidos, pero algo en su interior respondía.
—¿D-Don Pepe? —comenzó a hablar Valeria, con voz temblorosa y apenas audible.
—¿Sí preciosa? —respondió el viejo, y al hacerlo presionó particularmente su erección contra las nalgas de la niña. Valeria sintió el bulto con más claridad que nunca, aunque en su mente inocente imaginaba que era enorme, en realidad, Don Pepe la tenía corta, pero para Valeria, que nunca había sentido una, parecía un monstruo.
Valeria no respondió. No sabía qué decir. Las palabras se le atragantaban en la garganta. «¿Qué me está apoyando?» quería decir. Una forma de encararlo, de confrontarlo, de detenerlo. Pero no tenía el valor. No sabía cómo pedirle que se detuviera. ¿Qué pasaría si lo hacía enojar? ¿Y si el viejo lo hacía sin querer por lo apretujados que iban todos? ¿Qué tal si lo ofendía, si él realmente solo intentaba protegerla? Pero en el fondo, en un rincón oscuro de su mente que apenas comenzaba a despertar, quizás simplemente no quería detener lo que pasaba. Quizás tenía curiosidad. Quizás quería saber cómo se sentía.
—¿Qué pasa, lindura? —insistió Don Pepe, al tiempo que comenzaba a frotar su erección de arriba abajo contra sus nalgas, movimientos lentos y rítmicos que marcaban el vaivén del camión.
Valeria tragó saliva. Su mente buscaba desesperadamente algo que decir, algo que rompiera el momento, que lo detuviera. Y entonces, una pregunta surgió de sus labios:
—U-usted, ¿tiene nietas?
Quizás, pensó ella, si el viejo recordaba que tiene nietas, sentiría culpa al imaginar que un viejo les podría hacer algo así a ellas. Quizás la comparación lo haría detenerse.
Pero la respuesta de Don Pepe desarmó a Valeria por completo.
—Varias —dijo, y su voz tenía un tono casual, casi distraído—. Pero ninguna tan hermosa como tú.
Un nuevo halago. Otro cumplido que se posó en el pecho de Valeria como una caricia. A pesar de todo, a pesar del miedo, a pesar de lo que estaba sucediendo, sintió que volaba. Eran palabras bonitas, palabras que nunca había escuchado antes. Y aunque el mismo viejo que las decía le estaba arrimando descaradamente su erección, no podía evitar que una parte de ella, esa parte hambrienta de validación, se sintiera halagada.
—Eres una verdadera belleza —continuó Don Pepe, su aliento caliente en la oreja de Valeria—. ¿No te gustaría ser mi nietecita? Jeje.
Bromeó, pero Valeria no lo tomó como una broma. En su mente, la idea de ser «nietecita» de alguien que la encontraba hermosa era lindo. No tenía abuelo. El esposo de la anciana había muerto antes de que ella naciera, y no tenían contacto con la familia de su papá.
No entendía que no era su rostro lo que el viejo admiraba, sino su cuerpo, esas curvas prematuras que la hacían parecer una mujer. Valeria solo pensaba en sus ojos, en sus facciones, en su sonrisa con brackets. En que alguien, por primera vez, la llamaba hermosa.
Solo atinó a sonreír y soltar una risita tímida, nerviosa, casi infantil. Un sonido que Don Pepe interpretó como una invitación. Como un permiso. Como la señal que estaba esperando para seguir adelante.
Don Pepe dio un paso más, uno que no necesitaba dar porque el camión ya los tenía pegados. Pero lo hizo, ajustando su posición, moviendo sus caderas para ocupar el mismo espacio que la niña. Valeria sintió cómo sus nalgas se pegaron completamente a la entrepierna de Don Pepe, cómo el bulto se incrustó entre sus glúteos, presionando con una intensidad que no había sentido antes.
Un gemido profundo, involuntario, avanzó por su garganta. Se llevó una mano a la boca para silenciarlo, para contenerlo, pero ya era tarde. El sonido había escapado. Sus ojos se cerraron con fuerza, sus mejillas ardían de vergüenza, y su cuerpo, traidor, se inclinó ligeramente hacia atrás, como si buscara más contacto en lugar de evitarlo.
«No», pensó, pero su cuerpo no la escuchaba. «Esto está mal», pensó, pero su piel seguía caliente. «Debo detenerlo», pensó, pero sus caderas se movieron apenas un centímetro hacia el viejo.
Don Pepe sintió ese movimiento y una sonrisa perversa se extendió por su rostro arrugado. Su mano, la que estaba sobre el abdomen de Valeria, comenzó a deslizarse lentamente hacia abajo, hacia el borde de las mallas, hacia los límites más prohibidos. Los dedos gordos y sudorosos trazaron círculos en su piel, acariciando el elástico de su ropa interior, rozando el vello incipiente que apenas comenzaba a crecer.
Valeria contuvo la respiración. Su corazón latía tan fuerte que temía que explotara. Sabía que debía detenerlo. Sabía que esto estaba mal. Pero sus labios no encontraban las palabras, y su cuerpo, ese cuerpo nuevo y ajeno, parecía tener voluntad propia.
—Así, lindura —susurró Don Pepe—. Así, no tengas miedo. El abuelito Pepe te cuida.
Valeria empezó a retorcerse, no para safarse del agarre del viejo. Sino que todas las emociones que estaba sintiendo, tan abrumadoras, le impedían estarse quieta. Esto provocó que, sin quererlo, acompañara los insistentes e inapropiados embates de la erección de Don Pepe, moviendo sus caderas en un ritmo involuntario, que provocaba que sus nalgas se restregaran contra la erección que su acosador le hacía sentir de manera tan descarada y obscena. La mano del viejo, la que antes estaba sobre su abdomen, comenzó a explorar más abajo. Sus dedos gordos y sudorosos se deslizaron por el elástico de su ropa interior infantil, acariciando la piel sensible de su entrepierna de manera directa.
Y entonces, la otra mano de Don Pepe, la que antes se aferraba al tubo, comenzó a subir por el costado de la niña. Rozó la curvatura de sus caderas, siguió la línea de su cintura, y finalmente alcanzó la base de sus senos. Sus dedos trazaron círculos lentos alrededor de la curva inferior, acariciando la carne que la blusa de Kuromi luchaba por contener.
—Don Pepe… No… Está mal 💞 —dijo Valeria, pero su voz era un susurro débil, sin convicción. Sus manos, temblorosas, se posaron sobre los brazos de su acosador, intentando detenerlo. Pero no había fuerza en su agarre. No había firmeza en su intención. Era un gesto vacío, una protesta que su cuerpo desmentía.
Sus muslos se apretaban y frotaban entre sí. Se debatían entre detenerlo y al mismo tiempo aliviar esa tensión que crecía en su interior. Empujaba y levantaba sus nalgas contra la erección, para luego intentar despegarse, sólo para repetir el mismo ciclo una y otra vez. Cada embate de Don Pepe era correspondido, aunque ella intentara convencerse de que no.
Su cuerpo sacaba más el pecho, ofreciéndose, cuando una de las manos del viejo logró agarrar uno de sus senos con firmeza. Los dedos se hundieron en la carne suave y firme, apretando, moldeando, explorando. Valeria gimió, un sonido que era mitad protesta y mitad rendición, y sus manos «intentaron» sacarse esa mano huesuda de encima, pero sus dedos apenas rozaban la piel arrugada del viejo sin lograr moverla.
—Shhh… Tranquila, lindura —susurró Don Pepe contra su oreja, su aliento caliente y su voz ronca—. Vas a ver que te va a encantar. Ya casi llegamos a mi casa.
La frase golpeó a Valeria como un balde de agua fría, pero no del todo. Una parte de ella, la que estaba envuelta en el placer confuso, sintió curiosidad. ¿Su casa? ¿Qué pasaría allí? ¿Qué otras cosas le haría ese viejo pervertido? ¿Cómo se sentiría? ¿Sería igual de… bueno? Su mente empezó a divagar, imaginando escenas que no sabía que existían en su imaginación.
Empezó a mirar hacia los lados, pero no para buscar ayuda. Le preocupaba más que alguien viera lo que estaba pasando. La vergüenza era más fuerte que el miedo. Esto estaba muy mal, pero qué bien se sentía. ¿Hasta dónde llegaría esto? ¿Qué otras cosas le haría? Valeria sentía que se derretía de genuina calentura, que su cuerpo se rendía ante algo que no entendía pero que la consumía.
Pero entonces, una imagen la sacó de su trance. A través de la ventana del camión, vió la fachada de la secundaria. Estaban pasando justo delante de su destino.
Valeria dio un sobresalto. El aire se le juntó de golpe en el pecho. De pronto, la cordura regresó con la fuerza de un latigazo. Su sentido del deber, esa parte de ella que siempre había sido responsable, que siempre había cumplido con sus obligaciones; pudo más que su calentura. La imagen de sus padres, de su abuela, de la beca que había ganado con tanto esfuerzo, se impuso sobre el placer confuso.
—¡Bajan! —gritó sin pensarlo. Su voz salió inesperadamente potente. Clara. Debido al aire que tenía contenido en los pulmones.
El grito asustó a Don Pepe. Pálido, se apartó de inmediato. Soltándola como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Valeria se ajustó rápidamente la ropa, tirando de la blusa de Kuromi y ajustando sus mallas. Su rostro estaba encendido, rojo como un tomate, y sus manos temblaban mientras se abría paso entre la multitud hacia la puerta trasera.
El camión frenó y las puertas se abrieron con el mismo sonido mecánico. Valeria bajó de manera apresurada, casi tropezando con el escalón. A pesar de que nadie vió nada, ella sentía como si las miradas de los pasajeros la siguieran. La juzgaran. No se atrevió a mirar atrás. No quería ver la cara de Don Pepe. Aunque en realidad este viejito no la veía, pues tan rápido como sus piernas huesudas se lo permitieron, se movió hacia el medio del camión, intentando esconderse entre la multitud.
Sus pies tocaron el cemento y el camión se alejó, dejando tras de sí una nube de humo negro y el eco de su motor. Valeria se quedó en la acera, frente a la entrada de la secundaria, respirando con dificultad. Su corazón latía con fuerza, su piel aún se sentía caliente, y en su cuerpo, en cada rincón de su piel, seguía sintiendo la sensación de las manos de Don Pepe, de su erección presionando contra sus nalgas, de sus dedos en su entrepierna y en su seno.
Se llevó una mano al pecho, sintiendo su propio latido. Sus piernas aún temblaban. Su entrepierna aún estaba húmeda. Sus pezones aún estaban duros. Y en su cabeza, se preguntaba una y otra vez:
“¿Qué acaba de pasar?” “¿Qué hice?”
Todas las reglas de su familia. Todos los valores inculcados. Todos sus logros escolares. De pronto se sentían manchados. Sucios. Casi podía imaginar los rostros de su familia decepcionados. Deshonrados.
El pecho se le congestionó. Se le formó un nudo en la garganta y las lágrimas se le empezaron a acumular en los ojos. Se sentía como una niña mala. De esas que las señoras señalaban como niñas descarriadas. Algo que ella nunca fue.
Aunque quería llorar, no había tiempo. El deber era primero y ya había decepcionado suficientemente a su familia. Se levantó los lentes y secó sus lágrimas con el dorso de su mano. Aspiró por la nariz y dió un repaso más por su ropa. De alguna manera sentía que se podía notar lo que había sucedido a través de la tela. Se ajustó su mochilita y caminó hacia la entrada de la secundaria.
¡Hola de nuevo! Aquí traigo una nueva entrega de la despampanante comelibros, Valeria. Espero la disfruten y encuentren el relato entretenido, divertido, pero sobretodo excitante. Si lo disfrutaste, déjame tu voto y un comentario. Es agradable, como autor, saber que un relato a causado un impacto positivo en un lector. Y ya lo saben, si quieren platicar, rolear o intercambiar; me pueden encontrar en Telegram como: @EM1390Mex ¡Hasta pronto!

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