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Fantasías / Parodias, Heterosexual, Sexo con Madur@s

Valeria: Una inscripción muy inapropiada.

Tercera entrega de esta nueva saga. Nuestra protagonista se arma de valor para inscribirse en la secundaria, aún agitada y confundida por lo que pasó en el camión. Pero descubrirá que, por desgracia, Don Pepe no es el único que se siente atraído por su cuerpo tan impresionante. .
El patio estaba lleno de gente: en su mayoría madres de familia, algunas solas, otras acompañadas por los hijos que venían a inscribir. Muy pocos padres varones se veían entre la multitud. Valeria sintió cómo las miradas se posaban sobre ella como moscas sobre la comida.

Los chicos de su edad la miraban como bobos, con los ojos abiertos y las bocas entreabiertas, tímidos y asombrados. Algunos se sonrojaban y desviaban la mirada cuando ella los descubría, pero otros no podían apartar los ojos de su cuerpo. Las chicas, en cambio, la miraban con envidia, con desdén, creyendo que era una de esas chicas presumidas que se vestían así para llamar la atención. Las madres fruncían el ceño y movían la cabeza con desaprobación, susurrando algo entre ellas que Valeria no podía oír pero que podía imaginar. Y los pocos padres que había, no podían evitar mirarla de soslayo, pero con insistencia, sus ojos recorriéndola de arriba abajo antes de disimular mirar hacia otro lado.

Valeria se sintió desnuda. Expuesta. Como si su ropa no existiera y todos pudieran ver cada centímetro de su piel. Apretó la mochila contra su pecho y caminó más rápido.

En el centro del patio, un prefecto daba indicaciones a los padres y estudiantes. Era un hombre que seguro sobrepasaba los cincuenta, de complexión normal para su edad, con una gorra puesta y un pants completo. Su rostro moreno y arrugado denotaba años de trabajo al aire libre, y su voz era firme pero no autoritaria.

Valeria se acercó a él.

—Buenos días —saludó, con su voz amable y educada.

El prefecto, que estaba de espaldas a ella, se giró al escucharla. Al verla, sus ojos se abrieron grandes, sorprendidos. Recorrió su cuerpo en una fracción de segundo, de arriba abajo, deteniéndose en sus senos. Pero de inmediato corrigió su expresión, tosiendo para disimular.

—Ejem… Buenos días, señorita. ¿Viene a inscribirse? —dijo, pero sus ojos no lograban mantener contacto con los de ella. Bajaban una y otra vez, inevitablemente.

—Sí, por favor —respondió Valeria, tímida y apenada. Sintió que su rostro comenzaba a calentarse nuevamente.

El prefecto frunció el ceño al notar que estaba sola.

—¿Vienes sola? —preguntó, y la pregunta golpeó a Valeria como un latigazo. Su mente viajó instantáneamente al camión, a Don Pepe, a sus manos, a su erección. Tardó unos segundos en responder, y el prefecto notó su vacilación.

—Debes venir acompañada de uno de tus padres o de un tutor —le informó, con un tono que mezclaba preocupación y regaño.

—Es que mis papás trabajan y no pudieron venir —explicó Valeria, apresurada—. Y mi abuelita ya no puede salir de casa. Pero me dieron esto.

Metió la mano en su mochila y sacó la hoja de consentimiento, extendiéndosela al prefecto. Él la tomó y la leyó con atención, moviendo la cabeza de un lado a otro como si no aprobara del todo la situación.

—Bueno —dijo finalmente, devolviéndole el papel—. Espero que no tengas problemas. Ve con las señoras de allá.

Señaló hacia tres mujeres sentadas detrás de escritorios improvisados, donde se habían formado filas de personas con carpetas en las manos.

—Entrégales tu documentación. Ellas lo van a revisar y te dirán qué hacer.

—Entendido. Gracias —respondió Valeria, y se giró para dirigirse a la fila.

Mientras caminaba, sintió cómo la mirada del prefecto se posaba en sus nalgas. Podía sentir el peso de sus ojos sobre la tela de las mallas, recorriendo la curva de sus glúteos, deteniéndose en la forma en que se movían con cada paso. Su instinto le decía que acelerara el paso, que se alejara de esa mirada que la devoraba. Y así lo hizo. Apresuró el paso, sintiendo cómo sus nalgas se movían con más fuerza bajo la tela, como si su propio cuerpo la traicionara.

Se unió a la fila más corta. Abrió su mochila y preparó su documentación. La fila avanzó más rápido de lo que Valeria había esperado. Aunque probablemente se debió a que su mente seguía divagando entre lo que pasó en el camión, y ese poder atrayente que al parecer ahora tenía su cuerpo, ese poder que hacía que los hombres la miraran y las mujeres la juzgaran. Se descubrió mordiendo la uña de su dedo pulgar.

—Siguiente —dijo una de las señoras, y por su tono parecía que era la segunda vez que llamaba a Valeria.

La chica dio un respingo, sobresaltada. Se llevó la mano a la boca, avergonzada de haber sido descubierta en su distracción.

—Perdón. Buenos días —respondió, acercándose rápidamente al escritorio. Entregó la carpeta que contenía sus documentos.

La señora era una mujer de unos cincuenta años, de cabello corto y gris, con gafas de lectura colgando de una cadena y una expresión que parecía haber visto demasiados adolescentes problemáticos en su carrera. Tomó los documentos de Valeria y los revisó uno por uno, con una lentitud deliberada. Cada tanto levantaba la vista y miraba a la niña por encima de sus gafas, recorriendo su vestimenta con desaprobación evidente.

—El uniforme es reglamentario —sentenció, con una voz que no admitía réplica—. No se admite ninguna modificación.

Valeria sintió que su rostro se calentaba. Sabía que la señora se refería a su ropa. Como si determinara que era una de esas chicas problemáticas que gustaba de usar el uniforme escolar de manera provocativa para presumir sus atributos.

—Por supuesto. No habrá ningún problema —dijo Valeria, apenada, con la voz apenas audible.

La señora resopló, un sonido que expresaba más incredulidad que aceptación. No parecía creer en la palabra de la chica. Sin mirarla, le entregó un montón de formularios.

—Llénalos y entrégalos a las secretarias en aquella oficina —dijo, señalando unas oficinas casi al fondo del patio, donde había más gente formada.

Valeria suspiró. Nunca pensó que se ocuparía de tanto papeleo y filas para inscribirse en la secundaria. En su mente, siempre había imaginado que sería un proceso sencillo, rápido. Pero la realidad era muy distinta.

—Gracias —murmuró, tomando los formularios.

Se fue a unas butacas dispuestas por el personal y se sentó para llenar los formularios. Se concentró en la tarea, leyendo cada pregunta con atención y escribiendo con su letra clara y ordenada. Su mente se mantuvo ocupada, alejada de las miradas y los acontecimientos.

Una vez terminó, se levantó y fue a formarse en la fila que le habían indicado. La fila avanzaba lentamente, y Valeria aprovechó para revisar sus documentos una vez más, asegurándose de que todo estuviera en orden. Entonces, su celular vibró en su bolsillo.

Sacó el teléfono y vio un mensaje de su madre:

«Pregunta si hay fila de espera para cambio de turno en la mañana»

Valeria resopló. Cómo sino tuviera suficiente, ahora debía ocupar más de su tiempo. Ella ya quería regresar a la seguridad de su cuarto.

Cuando finalmente llegó a la oficina de las secretarias, la mujer que la atendió era joven, de unos treinta años, con el cabello recogido en un moño apretado y una expresión de cansancio profesional. Tomó los formularios de Valeria, los revisó con rapidez, y los selló con un golpe seco.

—Listo. Es todo. Ya estás inscrita —dijo, sin levantar la vista.

—Gracias —respondió Valeria, pero no se movió. Apretó el celular en su mano, recordando el mensaje de su madre. Tragó saliva y se armó de valor.

—Disculpe, tengo una duda. No sé si me pueda ayudar —dijo, con su voz más educada.

La secretaria levantó la vista y la miró con cara de pocos amigos. Sus ojos recorrieron a Valeria y su expresión se endureció un poco más.

Valeria se intimidó, pero aún así cumplió con lo que su mamá le había pedido:

—¿Hay alguna fila de espera para cambio de turno?

La secretaria se limitó a asentir. Un gesto seco, sin palabras. Y luego se quedó mirándola, esperando, como si ya hubiera cumplido con su deber.

Valeria esperó por un segundo que se sintió eterno. El silencio se alargaba incómodamente.

—Ahm… Y… —tartamudeó— ¿dónde puedo preguntar por ella?

La mujer torció los ojos, claramente molesta. No respondió directamente. En lugar de eso, se giró hacia su compañera de al lado y preguntó, con un tono que dejaba claro que la pregunta no era para ella:

—¿El subdirector ya se fue?

La otra mujer, ocupada con sus propios papeles, negó con la cabeza sin mirarlas.

La secretaria volvió a Valeria y le dijo, con un tono que indicaba que la conversación había terminado:

—Ve a la oficina del subdirector. Él te dará la información.

Valeria abrió la boca para preguntar dónde quedaba esa oficina, pero algo en la mirada de la mujer le advirtió que si lo hacía, probablemente le arrojaría el escritorio encima. Cerró la boca y asintió.

—Entendido. Gracias —dijo, y se retiró rápidamente.

Caminó por el pasillo, alejándose del escritorio de las secretarias. El sol de la tarde caía sobre su espalda, calentando su piel y haciéndola sudar ligeramente bajo la blusa de Kuromi. Miró a su alrededor, buscando alguna señal que le indicara dónde estaba la oficina del subdirector.

Apretó su mochila contra su pecho y comenzó a caminar, aumentando, sin quererlo, el volúmen de sus senos. Las miradas la seguían, como siempre, pero esta vez no le importó. Tenía una misión que cumplir: encontrar la oficina del subdirector y preguntar por la fila de espera para el cambio de turno.

Era lo que su mamá quería. Y Valeria siempre ha sido una chica obediente.

Para su fortuna, la oficina del subdirector estaba cerca de la oficina de las secretarias. La puerta estaba abierta y se oían risas adentro, risas de hombres, graves y cómplices. Valeria se acercó y asomó la cabeza al tiempo que tocó la puerta con los nudillos para anunciarse.

Adentro había dos hombres. Uno parecía ser el subdirector, pues estaba trajeado, con camisa blanca y corbata azul, sentado en una silla grande detrás de un escritorio de madera. El otro era un hombre chaparro y muy gordo, con un pants desgastado y la sudadera abierta, mostrando una camiseta interior manchada de sudor. Se veía sudoroso y sucio, como si acabara de hacer trabajo pesado.

Ambos voltearon a verla y sus ojos se abrieron con asombro. Valeria sintió el peso de sus miradas, como siempre, pero trató de ignorarlo.

—Disculpen. Buenos días. Vengo a buscar al subdirector —dijo, con su voz amable y educada.

El hombre sucio miró al otro con complicidad. Una sonrisa perversa se dibujó en sus labios gruesos y dijo:

—Ahí te buscan.

Se despidieron chocando las manos, un gesto rápido y cómplice, y el hombre gordo caminó hacia la entrada. Al pasar junto a Valeria, ella pudo percibir el desagradable aroma que emanaba de ese sujeto: sudor, tabaco y algo más, algo rancio. Pero le sonrió educadamente cuando él dijo:

—Adelante, señorita.

—Gracias —respondió ella, y sintió cómo el hombre le miraba los senos mientras pasaba. Sus ojos se demoraron en su pecho. Valeria intentó ignorarlo y caminó hacia el escritorio.

De pronto, el subdirector miró hacia la puerta y se rió. Valeria, confundida, se giró y alcanzó a ver cómo el otro hombre le miraba las nalgas con cara de asombro, haciendo un ademán de una nalgada con la mano abierta. Fue un gesto rápido, apenas un segundo, pero ella lo vio. El hombre rápidamente fingió no haber hecho nada, se giró y salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí.

Valeria se quedó paralizada por un momento, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Pero el subdirector carraspeó y se acomodó en su silla, recuperando su atención.

—Bueno, aquí estoy. ¿En qué te puedo ayudar? —preguntó, con una sonrisa profesional.

Valeria tragó saliva y se acercó al escritorio. Se sentó en la silla frente a él, sintiéndose pequeña e incómoda.

—Verá, quiero cambiarme al turno de la mañana —inició su explicación—. Nos dijeron que debíamos esperar a que se abriera un cupo. Pero mi mamá quiere saber si hay una fila de espera.

El subdirector asentía, escuchándola con atención, o al menos eso parecía. Pero sus ojos bajaban una y otra vez hacia sus senos. Valeria se incomodó. No se suponía que un hombre de esa autoridad se comportara así. Se sentó más recta, enderezando su espalda, pero sin quererlo, el movimiento sacó más sus senos, empujándolos hacia adelante.

—Bueno… —comenzó el hombre, sin apartar la mirada—. Sí, hay una lista de alumnos en espera para cambiarse al turno de la mañana. Creo que a nadie le gusta estar en la tarde, ¿verdad? Jeje.

Valeria rió tímidamente, una risa nerviosa que apenas salió de sus labios.

—Veamos… ¿Cómo te llamas? —preguntó el hombre, sacando unos anteojos y una lista de su cajón.

—Valeria López Serrano—respondió.

El subdirector comenzó a revisar la lista, moviendo el dedo por los nombres.

—López… López… López… ¡Ah! Aquí estás —dijo, y su tono cambió ligeramente—. Vaya, estás muy abajo en la lista.

Eso desconsoló a Valeria. Sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se sentía pequeña en la silla, encogida, como si todas sus esperanzas se desvanecieran.

—Bueno, mira —dijo el subdirector, inclinándose hacia adelante—, no te desanimes. No necesariamente se sigue esta lista al pie de la letra. Algunos alumnos son seleccionados por sus méritos.

Eso le devolvió la esperanza a Valeria. Su rostro se iluminó y enderezó la espalda nuevamente.

—Yo tengo muy buenas calificaciones —dijo, con entusiasmo—. Incluso tengo una beca. Soy muy buena en matemáticas, español…

El subdirector se rió y levantó una mano para interrumpirla. Su risa era suave, casi paternal, pero algo en ella no terminaba de ser cálido.

—Tranquila, tranquila —dijo—. No hablo sólo de méritos académicos. Se evalúan también otras áreas. La participación, el comportamiento, la disciplina… la disposición.

La última palabra la pronunció con un tono diferente, un tono que puso en alerta a Valeria. Sintió un nudo en el estómago, algo que no sabía nombrar pero que le decía que eso último no había sonado nada bien.

—B-bueno… —tartamudeó— Yo soy disciplinada y me porto bien. Pero… no sé a qué se refiera con disposición.

—Bueno, algunas veces se necesita que los alumnos hagan labores extraescolares —explicó el subdirector, recargándose en su silla y entrelazando los dedos sobre su vientre.

Valeria lo meditó un momento. Seguía sin entender a qué se refería exactamente. Pero sentía que debía estar alerta, que algo en la forma en que él lo decía no era completamente inocente.

—Bueno… Pues si se me necesita para otra cosa, pues… creo que podría ayudar —dijo, con cautela—. ¿Es como limpiar la escuela y eso, no?

El subdirector hizo un gesto como de pensar, llevándose una mano a la barbilla.

—Pues… Sí, algo como eso —respondió, y sus ojos recorrieron el cuerpo de Valeria una vez más. Miró a su alrededor, como buscando algo, y luego señaló un archivero metálico que estaba junto a la pared, lleno de carpetas y papeles desordenados.

—Por ejemplo, ahora mismo tengo que ordenar este archivero —dijo—. ¿Crees poder hacerlo?

Valeria estaba desprevenida. Parpadeó varias veces.

—¿Ahora?

—Bueno… Si estás muy ocupada ahora, puedo pedírselo a alguien más —dijo el subdirector, con un tono que sonaba a retirada, a oportunidad perdida.

—¡No! No. Está bien. Yo lo hago —dijo Valeria, rápidamente—. Sólo déjeme avisar.

—Claro —respondió el hombre, con una sonrisa que se extendió lentamente por su rostro.

Valeria sacó su celular y envió un mensaje de texto a su mamá: «Mamá, estoy haciendo un favor al subdirector para que me ayude con el cambio de turno. Tardo un poco. Te aviso cuando salga». Si bien el mensaje pondría en alerta a cualquier padre, la mamá de Valeria tomó el mensaje de la manera equivocada. Su anhelo por lograr que su hija esté en el turno de la mañana, le nubló y juicio y escribió: “¡Muy bien, hija! Deja una buena impresión”. Valeria sonrió y se llenó de entusiasmo, ignorando las alertas que su instinto le manaba. Guardó el celular en su mochilita y se puso de pie.

El subdirector también se levantó, caminó hacia la puerta y la cerró. El sonido del pestillo al encajar hizo que Valeria se tensara ligeramente, pero trató de no pensar en ello.

Se aproximó al archivero, observando los cajones desordenados y las carpetas apiladas sin ningún criterio aparente.

—¿Cómo debo ordenarlo? —preguntó, girándose hacia el subdirector.

Él se aproximó a ella. Caminó lentamente, con pasos que resonaban en el silencio de la oficina. Valeria sintió su presencia detrás de ella, y entonces, una mano se posó en su cintura. La mano del subdirector, firme, cálida, se apretó ligeramente sobre su piel a través del espacio descubierto que su blusa no alcanzaba a tapar.

—Vamos a empezar por el primer cajón —dijo él, con voz baja, casi un susurro, mientras su mano se deslizaba lentamente desde su cintura hacia su cadera.

Valeria sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Su corazón comenzó a latir con fuerza, y las palabras de Don Pepe, las manos de Don Pepe, todo lo que había pasado en el camión, regresó a su mente como un eco.

“Otra vez”, pensó. “Otra vez no”.

Valeria sintió los dedos del subdirector bajar lentamente por su cadera. El movimiento era sutil, casi imperceptible, como si intentara pasar desapercibido. Pero ella lo sentía todo: cada milímetro de su piel que sus yemas recorrían, cada pequeña presión que ejercían al deslizarse. Hasta que finalmente, las puntas de sus dedos rozaron la curvatura de sus nalgas.

Su piel se erizó. Un escalofrío recorrió su espalda y su respiración se agitó, volviéndose entrecortada. Su pulso se aceleró y sintió que el calor se concentraba en su rostro, en su pecho, en su entrepierna. Se acomodó los lentes con una mano temblorosa, tratando de enfocarse en la tarea, en las carpetas, en cualquier cosa que no fuera la mano del subdirector sobre su cuerpo.

—¿C-cómo debo ordenarlos? —preguntó. Su voz sonó más débil de lo que hubiera querido.

—Son expedientes de alumnos —explicó el subdirector, colocándose detrás de ella sin soltarla. Su voz era calmada, profesional, como si estuviera dando una instrucción cualquiera—. Revisa el apellido y ordénalos alfabéticamente.

La otra mano del subdirector tomó su lugar igualmente en la cadera de Valeria, posándose con la misma suavidad calculada. Los dedos de esa nueva mano también comenzaron a explorar los límites de la chica, tocando tan suavemente la curvatura del inicio de su nalga que parecía mera casualidad. Como si sus dedos estuvieran bailando en el borde de lo permitido, sin atreverse a cruzar la línea.

—Entendido —respondió Valeria, obediente.

Trató de concentrarse en la tarea. Tomó una carpeta, leyó el nombre, buscó su lugar en el cajón. Pero su mente estaba dividida, su atención secuestrada por la proximidad invasiva del subdirector. Aún no la palpaba, pero sabía que su entrepierna estaba terriblemente cerca de sus nalgas. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, la presencia de su erección a milímetros de su piel.

En su pecho crecía el nerviosismo, pero también la ansiedad. Una mezcla confusa de miedo y expectativa.

Había algo diferente en este hombre comparado con Don Pepe. El viejo del camión se había abalanzado sobre Valeria a la más mínima oportunidad, manoseándola como si tuviera tentáculos en vez de manos. Pero el subdirector no. Sus toques eran suaves, cuidadosos, discretos. Valeria no sabía si estaba siendo cauteloso, probando los límites que ella permitía, o si sus toques eran deliberadamente tenues, diseñados para confundirla y desarmarla.

Sabía que la erección del profesor estaba cerca. Probablemente a milímetros de sus redondas nalgas. Pero no la sentía. El hombre no la presionaba. No la empujaba como había hecho Don Pepe. ¿Lo iba a hacer? ¿Cuándo iba a pasar?

La incertidumbre la mataba. El hecho de saber lo que probablemente pasaría, pero no saber en qué momento, la tenía sumamente nerviosa. Su cuerpo esperaba algo, anhelaba algo que a su mente le aterraba.

En un intento desesperado por descubrir qué tan cerca estaba de que eso sucediera, movió ligeramente sus nalgas hacia atrás mientras sacaba otra carpeta. Fue un movimiento mínimo, apenas un centímetro. Pero suficiente.

Sintió el roce. El glande del profesor, apuntando a sus nalgas a través del pantalón. La rozó. Fue un contacto breve, fugaz, pero inconfundible. Y entonces, casi de inmediato, el subdirector movió sus caderas hacia atrás, recuperando la diminuta distancia que había perdido.

—Cuidado —dijo él, con un tono ligero, casi divertido—. No queremos que haya malas interpretaciones, jeje.

Valeria sintió que se moría de vergüenza. Su cara enrojeció hasta las orejas y bajó ligeramente la cabeza, con los ojos cerrados y los labios apretados. Deseaba que la tierra se abriera y se la tragara. Ahora ella había quedado como una ofrecida, como una niña que buscaba el contacto, que lo provocaba.

—P-perdón —dijo en voz baja, apenas un susurro. Se apuró a concluir su tarea, deslizando las carpetas con movimientos rápidos y torpes. Deseaba que el profesor tuviera problemas con su memoria de corto plazo, que olvidara lo que acababa de pasar.

—No pasa nada —dijo cálidamente el subdirector, y Valeria lo sintió de nuevo cerca. Demasiado cerca. Su cuerpo se pegó a su espalda sin llegar a rozarla realmente, una proximidad que era casi más invasiva que el contacto. Nuevamente la ansiedad la asfixiaba.

Era un contraste criminal. El profesor hablaba de cuidar las apariencias, de evitar malas interpretaciones, pero al mismo tiempo estaba inapropiadamente cerca y con sus dedos rozando el inicio de la curva de sus nalgas, como si estuviera marcando un territorio que aún no reclamaba.

Valeria terminó de ordenar el primer cajón con manos temblorosas.

—Y-ya terminé este cajón —dijo, y su voz sonó extraña, entre aliviada y decepcionada. Deseaba que eso fuera todo, que pudiera irse. Pero al mismo tiempo, en el fondo de su ser, en ese lugar oscuro que había despertado en el camión, parecía desear que pasara algo más.

—Muy bien —dijo el subdirector, y su mano se deslizó ligeramente sobre su cadera, un movimiento que era casi una caricia—. Ahora el segundo cajón.

Valeria tragó saliva. Abrió el segundo cajón, sintiendo que sus piernas temblaban. Sus dedos rozaron las carpetas, pero su mente estaba en otra parte. En las manos que descansaban sobre la curva de sus nalgas, sin avanzar. En la erección que sabía que estaba ahí, esperando.

—Este cajón tiene expedientes de años anteriores —explicó el subdirector, y su voz estaba más cerca de su oído ahora, su aliento caliente rozando su cabello—. Ordénalos por año y por orden alfabético.

—Entendido —respondió Valeria, pero su voz era apenas un hilo.

Comenzó a trabajar. Cada vez que se inclinaba para alcanzar una carpeta, sentía el roce de la erección contra sus nalgas. Un roce apenas sutil. Y cada vez, el profesor se apartaba ligeramente, manteniendo la distancia justa, la que no permitía contacto pero que mantenía la tensión.

Valeria no sabía cuánto más podría soportar. No sabía qué pasaba. No sabía qué hacer o cómo actuar. El subdirector la estaba acosando, pero al mismo tiempo mantenía todo en un límite claro que la chica no sabía cómo interpretar. Su cuerpo estaba en llamas, su mente era un torbellino, y el subdirector, con su paciencia calculada, la estaba llevando al borde de algo que ella no entendía.

Valeria se encorvó ligeramente para trabajar en el segundo cajón, inclinándose hacia adelante para alcanzar las carpetas más profundas. Era una postura natural, la misma que adoptaba cuando estudiaba en su escritorio o cuando ayudaba a su abuela a guardar la ropa. Pero esta vez, no pasó desapercibida.

—No, no —dijo el subdirector, y su voz tenía un tono de corrección amable, casi paternal—. No querrás tener problemas de espalda en un futuro. Sobretodo con las proporciones que tienes.

Valeria sintió una nueva oleada de vergüenza recorrer su cuerpo. «Proporciones». No había lugar a una mala interpretación. Ese hombre, el subdirector, estaba hablando directamente del tamaño de sus senos.

Instintivamente, cubrió su pecho con una de las carpetas, pegándola contra su cuerpo como un escudo. Y aunque sabía perfectamente a lo que se refería, su boca se movió antes que su cerebro, preguntando casi en automático:

—¿P-proporciones?… ¿A… A qué se re-refiere, maestro?—La pregunta tenía la intención esperanzadora de saber que no se estaba refiriendo a su anatomía. Una esperanza absurda, dada la situación.

El hombre soltó una pequeña risa, un sonido suave y cálido que no parecía burlón, pero que la desarmó por completo. Luego respondió con una normalidad que la dejó sin palabras:

—A tus pechos, por supuesto. Son bastante grandes para tu edad.

Valeria no supo qué responder. ¿Qué se podía responder ante algo como eso? Se suponía que era ofensivo, inapropiado. ¿O no? ¿Era un cumplido? Pero él era un adulto. No se suponía que los adultos hablaran sobre el cuerpo de una niña. Aunque claro, ella no era una niña cualquiera, y había descubierto en las últimas horas que los adultos no trataban a una niña como ella de una manera precisamente apropiada.

Sus labios se abrieron, y antes de que su mente pudiera detenerlas, las palabras escaparon:

—G-Gracias.

La respuesta se le escapó antes de que la cordura trabajara. Se arrepintió tan pronto lo había dicho. Eso sin duda era acoso, y ella había agradecido por ello. En su lógica infantil, ahora no podía protestar por nada, pues sería incoherente. ¿Cómo podía quejarse de algo que había agradecido?

—Jeje, no hay de qué —dijo el subdirector, y su voz era suave, casi cariñosa—. Sólo digo la verdad. Tienes unos senos grandes y redondos. Muchas chicas quisieran tener unos así. Pero debes cuidar tu postura, con ese peso ya hay una carga en tu espalda. Si añades una mala postura, será peor. Párate derecha.

Las manos del subdirector abandonaron el roce con la curva de sus nalgas. Un acto que, inesperadamente, dejó un vacío en Valeria en vez de un alivio. Su cuerpo extrañó el contacto, la tensión que había estado construyéndose.

Con una mano en su espalda baja y otra sobre su hombro, el maestro corrigió la postura de Valeria. La enderezó suavemente, empujando sus hombros hacia atrás y su pecho hacia adelante. Ahora sus nalgas estaban más levantadas y sus senos más erguidos, ofrecidos, como si su propio cuerpo estuviera posando para él.

—Así está mucho mejor —dijo el hombre, y su voz tenía un tono de satisfacción.

Valeria sintió que la miraba, que sus ojos devoraban sus senos desde arriba, recorriendo la curva de su pecho, la forma en que la tela se tensaba sobre ellos. La diferencia de estatura no era exagerada, pero era suficiente para que él tuviera una vista privilegiada.

En esa posición, sintió cómo el glande del subdirector rozaba levemente sus nalgas, que ahora estaban más ofrecidas por la postura. Un roce apenas perceptible, pero inconfundible. Y entonces, las manos del hombre retomaron su lugar. Esta vez, parte de la palma descansaba directamente sobre sus nalgas. No se movía, no acariciaba. Solamente descansaba en un lugar indebido, como si fuera lo más natural del mundo. Esta vez, el subdirector no salvo la distancia que había.

Valeria sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Su corazón latía con fuerza, tan fuerte que temía que el subdirector lo escuchara. Su piel se calentaba donde sus manos la tocaban, y su entrepierna, esa parte de ella que apenas comenzaba a descubrir, se humedeció nuevamente.

—Ahora —dijo el subdirector, y su voz era un susurro cerca de su oído—, continúa con el segundo cajón. Pero mantén esa postura.

Valeria asintió, sin palabras. Tomó una carpeta, pero sus manos temblaban. Cada movimiento que hacía, cada vez que se inclinaba ligeramente para alcanzar un expediente, sentía las palmas del subdirector presionar suavemente contra sus nalgas. Sentía la punta de la erección presionarse contra sus nalgas. No era un manoseo, no eran arrimones. Era una presencia constante, una afirmación silenciosa de que su cuerpo ya no le pertenecía del todo.

Valeria sentía, con cada movimiento, el roce del glande contra sus nalgas. Pero sólo eso, un roce. El subdirector, a pesar de que tenía la oportunidad, y de que probablemente Valeria no lo detendría, no avanzaba más allá. Cuidadosamente, el hombre mantenía el contacto en un simple roce, como si estuviera saboreando la anticipación, prolongando la tensión.

Valeria estaba muy confundida. Se suponía que debería estar sintiendo alivio de que las cosas no escalaran, pero al mismo tiempo sentía una ansiedad profunda, una inquietud que le roía el estómago. ¿Por qué no avanzaba? ¿No era lo suficientemente atractiva? Don Pepe le había dicho que era hermosa, la había manoseado sin piedad. ¿Por qué entonces el subdirector no hacía lo mismo que él?

De pronto, se dio cuenta de sus pensamientos. Se sintió culpable. ¿Qué clase de niña deseaba ser manoseada por un adulto? Agitó la cabeza, tratando de despejar esas ideas, como si pudiera sacudirlas físicamente de su mente.

El profesor notó el gesto y se rió de nuevo, un sonido suave que la hizo sentir expuesta.

—¿Pasa algo? —preguntó, y su voz tenía un tono de curiosidad genuina.

Valeria se dio cuenta de que su acción fue muy evidente y sintió pena. Su rostro se encendió.

—N-no. No, profesor. No pasa nada —dijo, tratando de sonar convincente.

El subdirector volvió a reír, un sonido que parecía saber más de lo que ella decía.

—¿Te sorprendió que hablara sobre tus senos?

Valeria no supo qué decir. No sabía si quería mantener esa conversación. Pero el subdirector no esperó una respuesta.

—¿Te ofendió?

Inesperadamente, Valeria se apresuró a responder:

—No, no. Para nada.

¿Por qué diablos dijo eso?, pensó. Pero ya era tarde. Las palabras estaban fuera.

—Jeje —rió el subdirector—. Muchas personas no hablan sobre estos temas abiertamente. Los consideran tabú. Pero tú pareces una chica muy madura para tu edad. No solo físicamente, también en tu mentalidad.

Eso fue algo nuevo para Valeria. Este hombre no solamente hablaba de su físico, también de su intelecto. Era un halago doble, un reconocimiento que la hacía sentirse especial, diferente a las demás niñas de su edad. De pronto, Valeria sintió que debía comportarse a la altura de esa expectativa. Mordiendo el anzuelo del profesor sin siquiera darse cuenta.

—C-claro —dijo nerviosamente. Pero de inmediato corrigió su tono, tratando de sonar más segura—. Claro, profesor. Creo que el cuerpo es natural, así que no tendría por qué ofenderme que hable de él.

Trató de sonar madura, pero en su tono aún había esa voz infantil, ese temblor que delataba su inseguridad.

—Me alegra oír eso —dijo el subdirector, y su voz era cálida, casi paternal—. Me gusta conversar con gente como tú.

Valeria sonrió al oír eso. Una sonrisa genuina, nerviosa, que iluminó su rostro. Alguien la veía como una persona madura, como alguien con quien valía la pena conversar. Eso era nuevo para ella.

—Tus pechos son extraordinarios —continuó el subdirector, y su voz era suave, casi como si estuviera haciendo una observación clínica—. Y eso que apenas vas a ingresar a la secundaria. Imagino que debes sentirte orgullosa de ellos.

Nuevamente, Valeria mordió el anzuelo. Dejó de lado el hecho de que ese nuevo cuerpo la incomodaba, que la hacía sentir expuesta y vulnerable. Actuó como si realmente le orgulleciera tenerlo, como si fuera un logro que hubiera conseguido.

—S-sí —respondió tímidamente en un inicio. Era difícil mantener una conversación basada en su cuerpo y en los atributos sexuales que contenía. Pero se obligó a continuar—. Sí, por supuesto, jeje. Como usted dijo, muchas chicas quisieran tenerlos así.

Trató de verse más suelta, más confiada, mientras seguía ordenando las carpetas con manos temblorosas.

—Apuesto a que muchas te ven con envidia —dijo el subdirector, y su voz tenía un tono de complicidad.

Valeria encontró divertido y asombroso que ese hombre supiera eso. Era como si pudiera leer su mente, como si entendiera lo que ella había estado sintiendo todo el día.

—¡Sí! —exclamó, y una risita nerviosa escapó de sus labios—. Jeje, la verdad me hace sentir un poco mal, pero supongo que lo entiendo.

—Jaja, no debes dejar que eso te afecte —dijo el subdirector—. Tú eres la que eres más tetona que ellas, jaja.

«Tetona». Esa palabra no debía ser usada en una conversación educada. Era vulgar. Ella lo sabía. No toleraba que sus compañeros de primaria usaran malas palabras en su presencia, y siempre los corregía. Pero en esta ocasión no lo hizo. Sintió que no debía. Él era un adulto y un profesor. Ella una niña. Una niña no debía corregir a un adulto. No era educado.

Pero no sólo fue eso. Por algún motivo, le gustó oír esa palabra. Saber que esa palabra ahora la describía a ella, aunque fuera de una manera inapropiada. Era como si su cuerpo, ese cuerpo que la incomodaba, fuera reconocido de una manera que nadie más lo había hecho. Y eso le hizo reír un poco. Después de todo, si un profesor lo decía, debía estar bien, ¿o no?

—Jiji —rió Valeria, sonrojada—. Ay… Ahm… Pues sí, creo que sí.

Siguió ordenando, ahora con una sonrisa genuina y nerviosa en su rostro. Se sentía halagada, especial, diferente.

El subdirector también se rió, pero no por lo gracioso del comentario. Era una risa de satisfacción, de avance exitoso.

Una de sus manos soltó la cadera de Valeria y se deslizó hacia arriba, rozando la curvatura de su seno. Los dedos del hombre trazaron un arco suave, casi imperceptible, sobre la tela de la blusa de Kuromi.

Valeria sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Su sonrisa se borró de inmediato y la tensión regresó a su cuerpo. Su respiración se agitó y sus manos se congelaron sobre una carpeta.

—Vaya —dijo el subdirector, y su voz era un susurro—. Se siente bastante grande y firme. Y eso que no llevas sostén, por lo que veo.

Valeria no supo qué decir. Sin duda, eso estaba pasando varios límites legales y morales. Su mente gritaba que esto estaba mal, que debía detenerlo. Pero antes de que pudiera decir o hacer algo, el subdirector la abordó de nuevo con su voz calmada y razonable.

—No te molesta que toque un poco, ¿verdad? —preguntó, y su tono era tan casual como si estuviera preguntando por el clima—. Ambos somos personas maduras y sabemos que esto no tiene nada de malo. ¿O sí?

Valeria sintió que no tenía opción. Que si decía algo contrario, ya no sería esa chica «madura» que el profesor veía en ella. Que sería una niña asustada, inmadura, que no estaba a la altura de la conversación.

Su garganta se secó. Tragó saliva y habló.

—Ahm… Sí… C-claro… —dijo, y su voz era apenas un hilo—. No… No tiene nada de malo… Si es sólo un poco.

Las palabras salieron de sus labios como una rendición. Y en el momento en que las pronunció, supo que ya no había vuelta atrás.

En cuanto Valeria dio su consentimiento, el profesor se abalanzó sobre ella, pero no de una manera urgente como Don Pepe. No. En vez de eso, sus dos manos comenzaron a recorrer el contorno de sus senos con una lentitud deliberada. Acariciando apenas con las yemas de sus dedos, trazando círculos alrededor de la curva inferior, rozando los bordes sin atreverse a apretar del todo.

Valeria trataba de concentrarse en su tarea. Actuar como si nada malo estuviera pasando, tal como había dicho. Tomó una carpeta, fingió leer el nombre, la colocó en su lugar. Pero las caricias la tenían nerviosa, excitada, y al mismo tiempo sumergida en un profundo sentimiento de culpa. Pensaba en sus padres, en su abuela, que seguro no se imaginaban que estaba dejándose tocar y apoyar por el subdirector de la secundaria.

—También eres muy nalgona, ¿verdad? —comentó el viejo desde atrás, acompañando sus palabras con una presión de su verga, notoria y sutil a la vez, como si estuviera señalando con su miembro.

—Ahm… Yo… no lo sé, profesor...💞 —respondió Valeria, sintiendo la punta de la erección del subdirector presionando justo en medio de sus nalgas. Aunque las mallas no se hundían debido a lo estirada que estaba la tela, ella sentía como si se le metiera. Eso le hizo dar un respingo, y el movimiento provocó un firme rebote en sus senos.

—Jeje, ¿no lo sabes? —rió el subdirector—. Mira nada más cómo se te pegan las mallas… Sólo una chica nalgona las llenaría así…

De nuevo, el sentimiento de estar haciendo algo mal y el de sentirse halagada se mezclaron en el pecho de Valeria. Era una contradicción que la desgarraba por dentro.

—¿U-usted lo cree? —preguntó la chica, con voz temblorosa.

—Por supuesto —respondió el subdirector sin ningún tapujo—. Eres la chica más nalgona y tetona que he visto.

El hombre no se movió. Dejó que su erección siguiera transgrediendo a la menor, manteniendo esa presión constante que Valeria sentía incluso a través de la tela estirada de sus mallas.

El segundo cajón estaba listo. Valeria supo que ahora debía ordenar el tercero. Estaba más abajo. Eso implicaba agacharse más. Si lo hacía, seguramente sus tremendas nalgas se presionarían por completo contra la erección del subdirector, pues no parecía que él fuera a separarse un poco para evitar un contacto mayor.

Valeria empezó a respirar agitadamente. Anticipando el contacto. Sintiéndose tan aterrada como emocionada por lo que iba a suceder. Sus manos empujaron el segundo cajón de vuelta a su lugar.

—Ya… Ya está listo este —dijo, con voz entrecortada.

Sus manos tomaron el tercer cajón. Tragó saliva. Empezó lentamente a bajar el torso, manteniendo su espalda recta tal como él le había enseñado. Sintió cómo sus nalgas comenzaban a elevarse y a empujar hacia atrás, cómo la tela de sus mallas se tensaba aún más, cómo la erección del subdirector se acercaba a su destino. Cerró los ojos, esperando el contacto, preparándose para sentirlo.

Y entonces, de pronto, el subdirector se separó.

—Ya fue suficiente por hoy —dijo, y su voz sonó distante, casi profesional—. Te llamaré después para que vengas a acomodar lo demás. Ya puedes retirarte.

Valeria abrió los ojos, confundida. Escuchó los pasos del hombre alejándose, la puerta abrirse y cerrarse. Se quedó allí, parcialmente inclinada sobre el tercer cajón, con las manos aferradas a la agarradera, sintiendo el vacío donde antes estaba el calor del cuerpo del subdirector.

¿Qué había pasado? ¿Algo no le gustó? ¿Había actuado demasiado infantil? ¿Demasiado insegura? De cierta manera, quiso detenerlo. Pero entonces se dio cuenta de lo que estaba pensando y sacudió la cabeza con fuerza.

Aquello debía ser un alivio. No pasó a más. Eso debía ser motivo de alegría. Pero mientras tomaba su mochila y salía de la oficina, en su pecho seguía sintiendo la sensación de la decepción. Un vacío que no entendía, que no quería sentir, pero que estaba allí, instalado en su estómago como un nudo.

Salió de la escuela y el sol de la tarde golpeó su rostro. Caminó hacia la parada del camión, sintiendo que las manos del subdirector aún estaban sobre su cuerpo, que las caricias aún resonaban en su piel, que la erección que nunca llegó a presionarla del todo seguía allí, en su memoria, como una promesa incumplida.

Se sentó en la parada, esperando el camión, y se preguntó qué estaba mal con ella. ¿Por qué no se sintió aliviada? ¿Por qué, en el fondo, deseaba que él no se hubiera detenido?

Tomó su mochilita y la apretó contra su cara. Ya no sólo estaba lidiando con cambios físicos que no había pedido. Ahora también parecía que esos cambios se extendían hacia su personalidad. Pensó en esas chicas coquetas y provocadoras; chicas que su familia y ella misma juzgaba. Adolescentes hambrientas de atención y validación, que se dejaban hacer de todo y por todos, y que pronto salían embarazadas. La gente las juzgaba y su futuro se reducía a ser madres adolescentes con la vida truncada.

Ella no quería eso para ella. Su futuro, el que siempre imaginaba, estaba lleno de logros académicos, reconocimientos importantes, un empleo sobresaliente y bien remunerado. Un futuro donde podría darle a su familia una nueva vida.

Pero todos estos cambios estaban conspirando contra sus sueños. Estos cambios la estaban empujando en una dirección equivocada. Se sentía una mala niña. Una niña que no era ella. Y era todavía más frustrante tener que admitir que ella permitió todo lo que hoy le pasó. Tener que admitir que, en el fondo, lo había disfrutado.

¡Hola, amados lectores! Como verán, Valeria es muy diferente de protagonistas como Roxy o Paolita. Es una chica que está luchando contra los cambios que su cuerpo le impone, y que se debate entre lo correcto, la buena moral, y el placer de lo prohibido. Por ello, a pesar de llevar ya tres entregas, su arco no avanza de la misma manera que en mis otros relatos. Espero que esto no los esté frustrando o aburriendo y lo encuentren tan excitante y morboso como yo al crearlo.

Ya saben, si quieren hablar, rolear o intercambiar, búsquenme en Telegram como: @EM1390Mex ¡Hasta la próxima!

 

2 Lecturas/22 de octubre de 2026/0 Comentarios/por ElViejoMorboso
Etiquetas: abuela, amigos, hija, joven, madre, madura, mayor, padre
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