Valeria: Una nerd despampanante.
Valeria es una adolescente de 12 años, que siempre ha sido el orgullo de su familia, tanto por su desempeño escolar, como por su impecable comportamiento. Sin embargo, un abrupto y extraordinario desarrollo físico, además de una mala pasada en su nueva secundaria; cambiarán su vida para siempre. .
Valeria tiene doce años. Es una niña de piel canela, cabello castaño claro y ondulado; ojos color miel. Su sonrisa, clara y alineada gracias a los brackets que usa, suele estar adornada con ligas de colores que ella misma elige cada mes: verdes, naranjas, azules, rosas. Usa lentes de graduación baja, un marco delgado que descansa sobre su nariz y que le da un aire estudioso, serio. Siempre fue alta para su edad, pero extremadamente delgada, con brazos largos y piernas finas que parecían no terminar nunca. Su abuela, con quien vive junto a sus padres, no deja de insistirle en que coma más, en que se alimente bien, aunque Valeria ya lo hace, pero su abuela es de esas personas que asocian delgadez con desnutrición, y no hay argumento que la convenza de lo contrario.
Recién se graduó de la primaria. Con un excelente promedio, de esos que los maestros ponen de ejemplo. Dieces en matemáticas, nueves en español. Esa niña de ojos miel y lentes, con su mochila llena de libros y su cabello recogido en una trenza que le llegaba a mitad de la espalda, sin un solo cabello fuera de su lugar, era el orgullo de sus padres. Con su inteligencia, cualquiera diría que podría acceder a la secundaria de su elección, a cualquier escuela que pidiera. Pero el destino, caprichoso, le jugó una mala pasada: la secundaria donde ella quería estar, la que compartiría el turno de la mañana con la mayoría de sus amigas de la primaria, las mismas con las que había compartido risas y recreos durante seis años, decidió que no había lugar para Valeria. La colocaron en el último grupo del turno de la tarde, como si apenas hubiera logrado pasar el examen de admisión. Como si sus calificaciones no importaran. Como si hubiera llegado de milagro.
Sus padres, indignados, fueron a la escuela para pedir explicaciones. No se las dieron. La secretaria, con una sonrisa profesional y vacía, les dijo que los cupos se llenaban por orden de llegada. El director, un hombre de manos regordetas y aliento a café, les ofreció una única opción: inscribir a Valeria en el turno de la tarde y, si posteriormente se abría algún espacio en la mañana, verían la posibilidad de cambiarla. Sin promesas. Sin fechas. Los padres aceptaron a regañadientes, con el nudo en la garganta y la rabia apretándoles el pecho. Y Valeria… Bueno, Valeria estaba triste. No solo por no poder estar con sus amigas, sino porque sentía que había fallado. Que su esfuerzo no había sido suficiente. Que algo en ella no había estado a la altura. Era una sensación extraña, amarga, que se le instaló en el estómago y no se iba.
Pero ese no fue el único acontecimiento traumático en su vida. Dos semanas después de su graduación, Valeria se desarrolló abruptamente. Como si su cuerpo hubiera estado esperando ese momento exacto para explotar en formas que ella no pidió, que no esperaba y que no entendía. De la noche a la mañana, su esqueleto de niña alta y delgada se transformó en un cuerpo atlético, definido y en forma. Totalmente femenino, lleno de curvas en los lugares correctos. Senos grandes, redondos y firmes, como si hubieran sido operados, pero completamente naturales. Nalgas redondas, levantadas, grandes y firmes, que ahora se movían con cada paso, en un meneo hipnótico y hacían que la tela de sus pantalones se estirara de una manera que antes no ocurría. Piernas torneadas y gruesas, muslos que ya no dejaban espacio entre ellos. Un mujerón con apenas doce años. La ropa que antes le quedaba recatada y holgada,, ahora le quedaba corta y ajustada, marcando cada curva, cada forma. Se miraba al espejo y no se reconocía. Su rostro seguía siendo el mismo: el de la niña de los lentes y los brackets. Pero su cuerpo había dejado atrás las formas infantiles, para dar paso a una impresionante pubertad.
Valeria nunca fue una niña coqueta. Nunca le interesó llamar la atención de esa manera. Siempre fue aplicada, responsable, de esas que entregan las tareas a tiempo y levantan la mano cuando saben la respuesta. Su mundo era el de los libros, los problemas matemáticos, la lectura y el estudio. El sexo, para ella, era un concepto abstracto. Sabía cómo eran las relaciones sexuales y lo que conllevan, pero de la forma tradicional, de la que enseñan en las escuelas: un tema burdo y simple. Sobre los órganos sexuales femenino y masculino, además de los órganos que lo componen. Sabía que existía el deseo, pero no lo había sentido en carne propia. No entendía por qué los chicos de su edad se volvían tan tontos cuando veían a una mujer con atributos grandes. Pero ahora que esos atributos eran los suyos, el conocimiento se volvía incómodo, personal, casi invasivo. Sabía lo que había detrás de las miradas que ahora se posaban sobre ella. Las de los chicos de su edad eran torpes, evidentes, casi ridículas. Pero las que más le inquietaban, las que le helaban la sangre, eran las de los adultos. Porque su lujuria era más palpable. Más pesada. Más oscura. Esos ojos de hombres adultos, que la miraban en la calle, cuando se disponía a traer algún encargo de la tienda, que la recorrían sin disimulo, que se demoraban en su pecho, en sus caderas, en sus nalgas, y que tenían un brillo que ella no sabía nombrar pero que le provocaba un nudo en la garganta. Una mezcla de miedo, de asco y de vergüenza. Algo que la hacía querer desaparecer.
El día de las inscripciones, sus padres no podían asistir. El dinero no alcanzaba y las horas no sobraban. Le dieron una carta firmada donde autorizan su inscripción, y ella deberá ir sola a la secundaria, tomar el transporte público lleno de desconocidos, llegar a esa escuela a hacer el trámite como una adulta; y todo con este nuevo cuerpo que la naturaleza le ha asignado y que a ella tanto le ha cambiado la vida.
Valeria se mordía la uña del pulgar. Un hábito nervioso que tenía muy arraigado. Estaba de pie frente al ropero compartido con su abuela, envuelta en su toalla de baño de color rosa. La toalla, antes holgada y suficiente, ahora apenas le cubría desde la mitad de los senos hasta poco más de la entrepierna. Antes llegaba hasta sus rodillas. Ahora sus muslos gruesos quedaban al descubierto, y la tela se tensaba sobre sus nalgas.
No tenía sostenes. Nunca los necesitó. Su pecho plano nunca exigió más que esos corpiños infantiles que aún descansaban en el cajón superior, con sus estampados de ositos y corazones. Prendas que ahora eran un absurdo, considerando el cuerpo que ahora debían cubrir.
Valeria tragó saliva y se obligó a soltarse la uña. Podía escuchar el televisor encendido en el comedor, el murmullo de una telenovela que su abuela veía con atención diariamente, a la misma hora. La puerta de la habitación estaba entreabierta, pero sabía que la anciana no entraría. Siempre habían respetado su intimidad, aún cuando compartían el mismo cuarto. Eso le brindaba algo de calma.
Con un movimiento rápido, se retiró la toalla. El aire rozó su piel desnuda y sintió el peso de sus propios senos, libres, turgentes, firmes. Se obligó a no mirar el espejo. Se negaba a verse desnuda. Ya era suficiente tortura sentir su cuerpo durante el baño. Podría parecer una exageración; pero Valeria, a diferencia de otras adolescentes, no tuvo la oportunidad de irse adaptando a los cambios de su cuerpo. De ir conociendo y aceptando el desarrollo natural de su anatomía, de manera gradual. No. Ella tuvo que experimentar el cambio de una manera prácticamente abrupta. Para ella, era como si le hubiesen arrebatado su cuerpo de siempre, para darle el de una extraña. Encima, uno hipersexualizado. Uno que la hacía objeto de una atención que no quería. Uno que la hacía sentir avergonzada.
Tomó el primer corpiño que encontró. Era rosa, con unos ositos bordados en cada copa y un lazo en la parte media. Se lo colocó con torpeza. Era demasiado chico ahora, demasiado incómodo de colocar. El resultado fue ridículo. La tela, pensada para un pecho plano, se estiraba al máximo, comprimiendo sus senos pero sin lograr cubrirlos. Por arriba, la carne de sus pechos se asomaba demasiado, en dos montículos redondos que amenazaban con desbordarse. Por abajo, la tela no era suficiente, dejando ver la curva inferior de cada seno, los pezones apretados contra la suave tela. Era como intentar ocultar un elefante detrás de un árbol delgado.
Sintió un sollozo subir por su garganta. Se quitó el corpiño con un tirón brusco y lo arrojó a la cama. Luego, con los ojos llorosos, tomó uno de sus calzones. Los mismos de siempre, los que en secreto, adoraba por sus estampados tiernos y bonitos. Se los subió por las piernas, sintiendo cómo la tela se estiraba para abrazar sus muslos gruesos, y luego, al llegar a sus caderas, la prenda se hundía en su carne, apretada, metida entre sus nalgas como una tanga que no pidió usar. Los ositos, antes tiernos y sonrientes, ahora parecían estirarse en una mueca de sufrimiento, deformados por la curva de sus nalgas redondas y grandes. Se miró de reojo en el espejo, sin querer, y vio que la tela apenas cubría la mitad de sus glúteos. El resto quedaba expuesto, firme, exhibido.
—No puedo…—Susurró, pero sabía que no tenía opción.
Se colocó una blusa de Kuromi, su personaje favorito, la que usaba cada vez que tenía oportunidad. Antes le quedaba suelta, fresca, cómoda. Ahora era casi una ombliguera sexy que se ceñía a su torso como una segunda piel. La tela se tensaba sobre sus senos, marcando cada curva, cada contorno. El estampado de Kuromi, antes tierno y cool, ahora parecía distorsionado, estirado por la geografía de su pecho. La parte inferior de la blusa apenas llegaba a la altura de su ombligo, dejando ver una franja de su vientre plano.
Luego vino el momento más difícil: las mallas. Esas mallas negras con diseños de Murder Drones que habían sido su prenda favorita: cómodas, sueltas, elásticas; perfectas para correr en el recreo. Se las subió con esfuerzo, sintiendo cómo el tejido se estiraba hasta su límite. Sus piernas gruesas y torneadas quedaron delineadas con precisión, la tela abrazando cada músculo, cada curva. Pero fue al pasar sobre sus caderas cuando el verdadero problema apareció. Sus nalgas, grandes, firmes y redondas; se marcaron con tal claridad que parecía que las mallas hubieran sido pintadas sobre su piel. Desde atrás, se podía apreciar el contorno de su ropa interior, y la tela se estiraba al máximo en esa zona. Lejos de poder ocultar lo mejor posible su cuerpo, parecía que su ropa se empeñaba en resaltar sus atributos.
Sintió que las lágrimas amenazaban con caer. Sus padres le habían prometido comprarle ropa nueva con el depósito de la beca de este mes. Esa beca que ella había ganado con su esfuerzo, con su dedicación, con sus noches de estudio y sus trabajos impecables. Una beca que le garantizaba estudios en todos los niveles que quisiera, siempre que mantuviera su promedio perfecto. Pero faltaban dos semanas para que el dinero llegara a la cuenta de sus padres. Dos semanas. Dos semanas de usar ropa que ya no le quedaba, que no la cubría, que la exponía.
Se miró al espejo, aunque no quería. Vio a una niña de doce años con el cuerpo de una mujer, vestida con prendas que la delataban, que la convertían en un espectáculo involuntario. Sus ojos miel, detrás de los lentes, brillaban con lágrimas contenidas. Sus labios se apretaban mientras intentaba no romper en llanto.
Tomó su mochila de hombro, la que más se adecuaba para almacenar lo que necesitaba. Revisó la documentación: el acta de nacimiento, el comprobante de domicilio, el certificado de primaria, la carta de autorización firmada por sus padres. Todo estaba en orden. Todo, menos ella.
Echó los documentos dentro y salió de la habitación con pasos lentos, sintiendo que la blusa se le subía un poco más con cada movimiento. Así que la sujetó de los bordes con sus dedos, por el frente. En el comedor, su abuela estaba sentada frente al televisor, con sus gafas y su bata de flores. La anciana la miró por encima de los lentes, y Valeria vio cómo sus ojos se abrían ligeramente. No le dijo nada, pero la preocupación por su nieta era evidente.
—¿Ya te vas, mija? —preguntó la anciana, con voz suave.
—Sí, abuela. Voy a inscribirme —respondió Valeria, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Cuidate mucho. Y no hables con extraños.
—Sí, abuela.
Salió por la puerta y sintió el sol de la tarde golpear su rostro y su cuerpo. Caminó hacia la parada del camión, y con cada paso, sintió el roce de sus muslos, el movimiento de sus nalgas bajo las mallas, el balanceo de sus senos bajo la blusa de Kuromi. Los primeros silbidos llegaron antes de que doblara la esquina. No miró hacia atrás. Apretó la mochila contra su pecho, tratando de cubrir lo que ya no podía ocultar, mientras el calor de la tarde envolvía su piel canela y la convertía, sin su consentimiento, en el espectáculo visual de todo aquel hombre que tuviera la suerte de apreciarla.
¡Hola a todos! Pues después de un laaargo tiempo sin publicar nada. Me he decidido a traer dos nuevas sagas. Una, como verán, es de una nueva protagonista: Valeria. Una chica muy aplicada que al principio sufrirá los estragos de tener un cuerpo tan desarrollado; pero que eventualmente irá descubriendo que no todo es precisamente malo.
Y la otra saga en la que estaré trabajando, será la precuela de una protagonista bastante olvidada y que a muchos de ustedes les gustó. Imagino que ya sabrán de quién se trata.
En fin, espero seguir contando con su apoyo y sus votos. ¡Ah! Y para quien ya no me encuentra en Telegram, es porque eliminé esa cuenta por razones personales. Pero todos los que me tenían agregado ahí, les paso mi nueva cuenta: @EM1390Mex Ya saben que podemos platicar, hacer roleplay o intercambiar. ¡Saludos!

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