Vamos de camping
Carla y yo nos vamos de camping y conocemos a Julio y Maria .
Después de lo que había pasado con Fernando, Carla estaba más contenta. Le propuse ir unos días a un camping ya que estábamos en julio y me tocaba tenerla durante dos semanas. Ella se puso muy feliz, con esa sonrisa que se le dibuja cuando realmente le ilusiona algo. Busqué y contraté uno que ponía «padres e hij@s sin excepción», que me pareció perfecto para pasar tiempo juntos sin que nadie nos mirara raro.
Al día siguiente salimos temprano. El coche iba cargado con la tienda, las sillas, la nevera portátil y toda la parafernalia de verano. Carla iba al lado mío con la música puesta, canturreando de vez en cuando. En tres horas estábamos en el parking del camping. Nos registramos en recepción, un sitio agradable con muchos árboles y parcelas amplias, y fuimos a montar la tienda. Carla me ayudó a clavar las estacas todo lo que pudo mientras el sol caía poco a poco, y entre risas y alguna discusión tonta sobre dónde debía ir la manta, conseguimos montarla.
Por la noche cenamos delante de la tienda. Había encendido una pequeña lámpara de gas y el ambiente era tranquilo, con el sonido de los grillos de fondo. Estábamos terminando de cenar unas salchichas a la plancha cuando se acerca un hombre con su hija. Él debía rondar los cuarenta y tantos, moreno, con barba de tres días y una camiseta de tirantes que dejaba ver unos brazos trabajados. La niña que venía con él era un poco más bajita que Carla, delgada, con el pelo largo y oscuro que le caía sobre los hombros. Parecía tener unos siete años, tal vez ocho.
—Perdonad, ¿tenéis fuego? Se nos ha acabado el gas —dijo el hombre con voz ronca y amable.
—Claro, pasa —respondí, levantándome para ayudarles.
Se presentaron. Él se llamaba Julio y ella María. Les ofrecimos sentarnos con nosotros y empezamos a hablar de cosas cotidianas. El trabajo, el calor del verano, qué tal estaba el camping. Carla se había puesto una camiseta blanca sin mangas y unos shorts cortos, y notaba que Julio la miraba de reojo, aunque de manera discreta. María, por su parte, me observaba con cierta curiosidad cuando creía que no me daba cuenta.
Seguimos hablando y bebiendo unas cervezas que habíamos traído y ellas unos refrescos. El ambiente se fue relajando, las risas eran más frecuentes y los silencios menos incómodos. En un momento, Julio sacó un porro y me lo ofreció. Carla y yo intercambiamos una mirada y me dijo que adelante. Mientras fumabamos la conversación empezó a derivar hacia temas más íntimos.
—La verdad es que vengo aquí con María desde hace dos años—dijo Julio, dando una calada—. Pero ahora que ya tiene 7 años, nuestra relación ha… evolucionado.
—¿A qué te refieres? —preguntó Carla, inocente o fingiendo serlo.
Julio me miró a mí, como pidiendo permiso o comprobando si pillaba la indirecta. Yo asentí levemente. Él sonrió.
—Tengo sexo anal con mi hija —dijo sin tapujos, mirando directamente a mis ojos—. Y me gusta compartirla.
El silencio duró unos segundos, pero no fue incómodo. Sentí que Carla se tensaba a mi lado, pero no de miedo. Era esa tensión que conocía bien.
—Yo también —respondí finalmente, dejando la lata de cerveza en el suelo—. Con Carla pasa lo mismo.
Las dos niñas se miraron. María tenía una expresión curiosa, juguetona. Carla se mordió el labio inferior.
—¿Y si…? —empecé a decir, pero Julio me interrumpió.
—¿Queréis intercambiarnos esta noche?
Carla y María respondieron casi al unisono:
—Sí.
Julio me guiñó un ojo y se levantó.
—Venid a nuestra caravana. Es más cómoda que la tienda.
Recogimos nuestras cosas rápidamente y fuimos los cuatro para allí. La caravana estaba en una parcela un poco apartada, más grande que nuestra tienda y con una cama amplia en el fondo. Había una mesa pequeña y unas velas que Julio encendió, dando una luz tenue y cálida.
Sin mediar muchas palabras, Julio se acercó a Carla se agacho y la besó. Ella se dejó hacer, respondiendo con ansia. Yo observé un segundo cómo él le bajaba la mano por la espalda hasta agarrarle el culo por encima de los shorts, apretando con fuerza. María se acercó a mí y me puso las manos en el pecho.
—Tú eres más grande que mi padre —susurró contra mi cuello, y su aliento me erizó la piel.
La tomé de la cintura y la besé. Su boca sabía algo dulce, quizás chicle de sandía. Mientras nos besábamos, oía los gemidos de Carla empezando. Me separé un momento para mirar.
Julio la había sentado en el borde de la cama y le había quitado la camiseta. Allí estaban sus dos pezonzitos ya duros por la excitación. Julio se arrodilló entre sus piernas y le bajó los shorts de un tirón. Carla levantó las caderas para ayudarle y quedó completamente desnuda, con el coñito que ya había sido usado unas cuantas veces, brillando apenas a la luz de las velas.
—Qué preciosa eres —murmuró Julio, y sin más se inclinó y empezó a lamerla.
Carla echó la cabeza hacia atrás y gimió alto. Julio sabía lo que hacía; le separaba los labios con los dedos y le lamía el clítoris con movimientos circulares, a veces rápidos, a veces lentos, alternando. Carla se agarraba a las sábanas y gemía sin pudor.
—Joder, sí… así… —jadeaba ella.
Mientras tanto, María me había desabrochado los pantalones y me los bajaba junto con los calzoncillos. Mi polla saltó libre, ya dura. María la tomó con la mano, apretando suavemente, y se arrodilló. Me miró a los ojos mientras se la metía en la boca.
—Dios… —suspiré, agarrándole el pelo.
Tenía una boca caliente y húmeda. Me la chupaba despacio al principio, llevándose solo la punta y lamiendo alrededor del glande con la lengua. Luego empezó a meterse más, hasta que sentí que ya no se la podía meter más. Se ahogó un poco pero siguió, moviendo la cabeza arriba y abajo con un ritmo constante.
Volví a mirar hacia la cama. Julio se había levantado y se estaba quitando la ropa. Tenía un cuerpo fuerte, musculoso, y una polla gruesa y larga que sobresalía erecta. Carla la miró con los ojos brillantes y se incorporó para tomarla con la mano.
—Chúpamela, Carla —dijo Julio con voz ronca.
Carla obedeció. Se la metió en la boca y empezó a mover la cabeza con esa técnica que sabía que le volvía loco a cualquiera. Usaba la mano para masturbarle la base mientras se chupaba la punta, y con la otra se tocaba el coñito, húmedo y abierto.
—Así, cariño… qué bien lo haces… —gemía Julio, agarrándole la cabeza y guiando sus movimientos.
María me había dejado la polla brillante con su saliva. Se levantó y se quitó la camiseta. Tenía unos pezonzitos oscuros y duros. Me agarró de la mano y me llevó hasta la otra punta de la cama.
—Quiero que me comas —dijo, tumbándose y abriendo las piernas.
Me quité la ropa rápidamente y me puse entre sus muslos. Tenía un coñito precioso, rosado, con los labios hinchados y brillantes de excitación. Me acerqué y le di una lamida larga desde abajo arriba, deteniéndome en su clítoris. María se estremeció y gimió.
—Más… por favor…
Separe sus labios con los dedos y empecé a lamerla en serio. Le chupé el clítoris suavemente, metiéndole dos dedos en el coñito que estaba empapado. María movía las caderas contra mi cara, buscando más fricción. Metí los dedos más adentro, haciendo movimientos de «ven aquí» contra su punto G, y ella casi se sentó de la intensidad.
—¡Dios, voy a correrme! —gritó, y unos segundos después sentí cómo se contraía alrededor de mis dedos, empapándome la mano con sus jugos.
Mientras tanto, Julio había tumbado a Carla en la cama y se había puesto de rodillas entre sus piernas. Guiaba su polla hacia el coñito de ella.
—¿Estás lista, preciosa? —preguntó.
—Sí, fóllame… —rogó Carla.
Julio empujó despacio, entrando en ella centímetro a centímetro. Carla gimió, arqueando la espalda. Él empezó a moverse con embestidas profundas y constantes, agarrándola de las caderas para clavarla mejor.
—Qué coñito más rico tienes… tan apretado… —gruñía Julio.
—Más fuerte… fóllame más fuerte… —pedía ella.
Julio aumentó el ritmo. La cama crujía con cada embestida. Carla gemía sin control, diciendo obscenidades, pidiendo más. Julio le agarró las piernas y se las puso sobre los hombros, penetrándola todo lo profundo que podía. Luego la giró, poniéndola a cuatro patas.
—Por el culo también quiero —dijo Carla, mirando por encima del hombro.
Julio escupió en su mano, se lubricó la polla y empezó a presionar contra su ano. Carla se relajó y dejó que entrara. Julio gemió al sentir esa presión.
—Joder, qué estrecho… —suspiró, empezando a moverse.
Carla gemía con cada embestida, una mezcla de dolor y placer que conocía bien. Julio le daba nalgadas mientras la follaba por el culo, dejándole la nalga roja.
—Voy a correrme… —avisó Julio, acelerando.
—Dentro… no pasa nada… —gimió ella.
Julio gruñó y se quedó quieto, clavado hasta casi el fondo, mientras se vaciaba. Luego salió despacio. Carla se giró y, sin que él tuviera que pedirlo, se la cogió con la mano y se la metió en la boca, limpiándola con la lengua, chupando los restos de semen y de ella misma.
—Eres una puta maravillosa —dijo Julio, acariciándole el pelo.
Yo, mientras tanto, había seguido tocando a María. Estaba muy excitada y me pidió que la follara. La puse a cuatro patas también. Empecé por su culo, que estaba más relajado. María gemía, pidiendo más.
—Más duro… métemela toda…
La penetraba con fuerza, agarrándola de las caderas. Luego la giré para mirarla a la cara y me dispuse a entrar en su coñito. Pero cuando puse la punta contra su entrada, ella puso la mano en mi pecho.
—Espera… —dijo, mirándome a los ojos—. Aún soy virgen ahí.
Me quedé quieto, sorprendido. En ese momento, Julio, que estaba acariciando a Carla, nos oyó.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Que María es virgen —dije.
Julio sonrió y se acercó. Se sentó en la cama junto a nosotros y miró a su hija con ternura.
—Ya es hora de que seas mujer completa, cariño —dijo—. Déjale. Confía en él.
María me miró, insegura pero excitada. Asintió.
—Ve despacio —pidió.
—Lo haré —prometí.
Me puse de nuevo entre sus piernas. Estaba muy mojada, pero quería asegurarme. Usé saliva y los dedos para prepararla un poco más, metiéndoselos suavemente, estirándola. Ella se relajaba poco a poco.
Cuando estuvo lista, puse la punta de mi polla contra su entrada. Empujé muy despacio, apenas un centímetro. María apretó los dientes y se agarró a mis hombros.
—Duele… —susurró.
—¿Quieres que pare? —pregunté.
—No… sigue… pero despacio…
Seguí empujando, entrando poco a poco. Notaba la resistencia de su himen y entonces hice una embestida suave pero firme, rompiéndolo. María gritó un poco y se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no me pidió que parara. Me quedé quieto dentro de ella, dejándola acostumbrarse a la sensación.
—¿Estás bien? —pregunté, besándole las lágrimas.
—Sí… ahora… muevete un poco…
Empecé a moverme muy despacio, sacando apenas la punta y volviendo a entrar. Al principio María hacía muecas de dolor, pero poco a poco esas muecas se transformaron en algo diferente. Empezó a gemir, no de dolor sino de placer.
—Más rápido… —pidió al cabo de unos minutos.
Aumenté el ritmo poco a poco. María empezó a mover las caderas contra mí, encontrando mi ritmo. Sus gemidos eran más fuertes, más urgentes.
—Sí… así… me gusta… —jadeaba.
La penetraba con más fuerza ahora. María se tocaba el clítoris mientras la follaba, acelerando su propio orgasmo.
—Voy a correrme… dentro de ti… —avisé, sintiendo que ya no podía aguantar más.
—Sí, correte… lléname… —rogó ella.
Embestí unas cuantas veces más, todo lo que podía y fuerte, y me vacié dentro de ella, sintiendo cada contracción de su coño virgen alrededor de mí. Me quedé un momento sobre ella, jadeando, y luego salí despacio.
María se incorporó y, sin que yo tuviera que decir nada, se inclinó y me limpió la polla con la boca. Chupó los restos de semen, de ella misma, de sangre, de todo. Me la dejó limpia y reluciente, mirándome a los ojos mientras lo hacía.
—Gracias —dijo, sonriendo—. Ha sido perfecto.
Nos quedamos un rato así, los cuatro en la cama, acariciándonos, recuperando el aliento. Luego nos vestimos lentamente, sin prisa, y salimos fuera. Julio encendió una pequeña hoguera en un brasero que tenía fuera de la caravana y nos sentamos alrededor con unas cervezas frescas.
—Bueno, ¿y qué tal el día de hoy en el camping? —preguntó Julio con una sonrisa pícora, como si no acabáramos de follarnos a nuestras respectivas hijas.
—Ha sido intenso —respondí, y todos reímos.
Hablamos de cosas cotidianas, como si nada. Del tiempo, de qué íbamos a hacer al día siguiente, si conocíamos alguna playa bonita cerca. Carla y María se llevaron bien desde el principio, riendo y compartiendo secretos de niñas aunque no lo parecían. Julio y yo descubrimos que teníamos gustos similares en música y en cerveza.
Antes de irnos a dormir, ya entrada la madrugada, quedamos en vernos al día siguiente para desayunar juntos y quizás ir a la playa. Carla y yo volvimos a nuestra tienda, cogidos de la mano, y nos acostamos abrazados, oliendo a sexo y a verano.
Al día siguiente, cuando nos encontramos con Julio y María en el bar del camping, fue como si nos conociéramos de toda la vida. Esa noche había creado una confianza rara, una complicidad que solo entienden quienes comparten algo así. Y durante el resto de las vacaciones, y en algún que otro encuentro después, seguimos siendo amigos. Buenos amigos.
Espero que les guste y me gusta que me comenten
Muchas gracias

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