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Heterosexual, Incestos en Familia, Voyeur / Exhibicionismo

Ver bragas bajo nuestra falda. Mi hermanito y papá cumplen su fantasía con mamá y conmigo

Ésta es una historia de sexo entre mi hermanito de 11 años y mamá. Y mía con papá. Que comenzó por la fantasía de mi hermanito de 11 años de desear ver las bragas por debajo de la falda de mamá .

 

Me llamo Ana, vivo en un hogar que me hace sentir increíblemente afortunada. Tengo 16 años, voy en cuarto de bachillerato y, aunque a veces me siento como la chica más común del mundo, mi familia hace que todo sea especial. Y más ahora después de lo ocurrido

 

Papá cumplió 40 años la semana pasada. A veces lo miro y pienso: “Si no fuera mi papá, me casaría con  él”. Aunque de hecho, después de lo que contaré, verán que tiene sentido.  Suena raro, lo sé, pero es que es tan guapo y tan robusto, con esa sonrisa que te hace sentir segura al instante.

 

Y mamá. Tiene 37 años y es… bueno, es espectacular. Es un par de centímetros más alta que papá, y no es ni flaca ni gorda, es… como ella dice, llenita, de una manera  perfecta.

 

Luego está Lucas, mi hermanito de 11 años. Es  más serio que yo, es callado, aún después de lo que ha sucedido en nuestra familia. Lo quiero con locura

 

En fin. Pero lo que quiero contarles…no sé cómo describirlo. Extraño. Mi cabeza es un torbellino. Después de lo que vi, y lo que viví, todo ha cambiado, y he sentido cosas que no sabía que podía sentir.

 

Todo empezó como algo insignificante, una observación curiosa sobre mi hermano Lucas.

 

Lucas, con sus apenas 11 años, estuvo actuando… de una forma muy peculiar. Lo vi varias veces, con esa mirada furtiva, intentando ver bajo la falda de mamá cuando ella se distraía en los quehaceres.

 

Mamá es realmente hermosa. No es que sea una modelo, pero tiene esa presencia, con una figura que siempre luce espléndida, especialmente con sus faldas voladas que son sus favoritas, que le llegan justo arriba de la rodilla, y unos zapatos de tacón alto que hacen un clic-clac musical cuando camina. Tan feliz y segura de sí misma.

 

Y esas medias transparentes que casi no se le notan. ¡Dios mío, las medias! Cuando se las pone, se transforma. No sé qué magia tienen, pero la hacen ver aún más hermosa, como salida de una película antigua. Papá no puede dejar de mirarla cuando las usa

 

Pensé que Lucas sólo era un niño inquieto, mirando a su mamá bonita. Pero días después pude verlo claramente. Mamá estaba en la cocina, moviéndose con la agilidad de siempre, con su falda de flores ondeando ligeramente, balanceándose en  cada paso.

 

Vi a Lucas, desde el umbral de la puerta. Noté que no estaba jugando con sus autos como de costumbre; estaba agachado, fingiendo buscar algo en el suelo, pero sus ojos estaban fijos en un ángulo extraño. Realmente estaba intentando ver qué había debajo de la falda de mamá cuando ella se estiraba para alcanzar las alacenas. Aún así preferí ignorarlo pensando que era solo  una curiosidad pasajera

 

Pero el sábado, Papá y Mamá salieron a cenar a un restaurante nuevo que querían probar. La casa estaba en un silencio total, solo Lucas y yo. Yo estaba en mi habitación, intentando concentrarme en un libro, pero ese silencio era denso, casi palpable. Decidí salir a buscar un vaso de agua, o simplemente caminar un poco.

 

Cuando salí al pasillo, lo vi. Lucas salía del dormitorio de nuestros padres. La puerta estaba cerrada, pero él la abrió y salió con una movilidad que no le conocía. Se movía encorvado, como un espía, y escondía algo contra su pecho, apretándolo como si fuera el tesoro más valioso y prohibido del mundo. No me vio. Yo estaba al final del corredor, la luz era tenue y las sombras me cubrían.

 

Mi corazón empezó a latir de una forma rara, no de miedo, sino de una anticipación nerviosa. Lucas entró en su habitación y dejó la puerta… no completamente cerrada. Dejó un espacio pequeño, era una invitación involuntaria para ver lo que estaba ocurriendo dentro.

 

Me acerqué. Cada paso era más difícil. Mi pulso resonaba en mis oídos. Me apoyé en la pared, cerca de la puerta, y miré por esa pequeña abertura.

 

Lo que vi dentro… No fue grotesco. No fue violento. Pero fue tan meticuloso, tan… elaborado, que me heló la sangre por unos segundos. Era una escena montada con una precisión perturbadora.

 

Lucas estaba acostado boca arriba en el suelo de su habitación. No en su cama. En el suelo. Y había colgado una falda de mamá. No sé cómo lo hizo, pero la había suspendido de algo, de tal manera que la abertura de la falda quedaba justo hacia su rostro. Creaba una ilusión perfecta, como si mamá estuviera allí, de pie sobre él, pero invisible, solo la forma de su falda flotando en el aire.

 

Por debajo del borde de la falda, noté que asomaba de adentro un poco de encaje delicado. Era una de las enaguas de seda de mamá, esas que siempre usa como fondo, para que la falda no se le pegue.

 

Lucas había recreado la imagen completa. Y él miraba hacia ese vacío, hacia ese espacio entre la falda y la enagua, con una concentración absoluta. Su mirada no era de un niño jugando. Era… intensa.

 

Entonces, vi algo que hizo que el aire se me cortara. Tenía su pito, su pene fuera del pantalón.

 

Por ser más pequeño que yo,  he visto muchas veces el pene de Lucas, que realmente me ha parecido tierno por ser un pene de niño. Pero en ésta ocasión lo tenía parado y se lo pelaba  jalando la piel de arriba a abajo

 

Sentí un cosquilleo en mi panocha, nunca había visto a un hombre masturbarse y ahora lo veía, aunque fuera un niño, aunque fuera mi hermanito.

 

Por un momento, dejó de masturbarse, y metió sus dos brazos dentro de ese espacio creado por las prendas, bajo la falda suspendida. No buscaba algo real; buscaba algo en su fantasía.

 

Al sacar los brazos, traía  en las manos… ¡Una braga!. Si. Una braga sencilla, de algodón, de mamá.

 

Entre las capas de seda de la enagua y la falda, Lucas había colocado una de sus bragas. La había preparado allí, como parte de su escenario.

 

La puso sobre su cara. No de una manera brusca, sino casi… reverente. Y entonces, continuó masturbandose Y en ese momento, culminó. Lanzó un pequeño chisguete de leche… de semen sobre su panza, en un suspiro físico que terminó su ritual privado.

 

Me retiré. Retrocedí en el pasillo como si el suelo fuera de lava. Entré en mi habitación, cerré la puerta y, por primera vez en años, le puse la llave. No por miedo de él, sino por necesidad de un espacio impenetrable para procesar esto.

 

Me acosté en mi cama, mirando al techo. Y entonces, llegó la sensación más fuerte  en mi panocha, metí mi mano entre mi empapada braga, tenía  una excitación. Rara, profunda, que se mezclaba con el shock.

 

Las piezas del rompecabezas, que antes eran solo observaciones dispersas, encajaron perfectamente en mi mente. Lucas, mi hermanito, no solo fantaseaba con ver bajo la falda de mamá. Fantaseaba con que ella le diera  permiso, y con una aceptación imaginaria. Y había creado todo un teatro para ello, usando sus prendas como actores en su fantasía silenciosa. La falda era la presencia de su morbo, la enagua la intimidad sugerida, y la braga… el objeto tangible, el símbolo final de ese permiso imaginario que él deseaba.

 

No era solo una travesura infantil. Era un deseo profundo, una necesidad de aceptación que él convertía en un teatro silencioso con la ropa de mamá.

 

Antes de lo ocurrido, yo ya exploraba mi sexualidad, y alcanzaba el orgasmo tocándome, centrándome sólo en el placer y la masturbacion para llegar al clímax, sin fantasías, sin recurrir a escenas imaginarias concretas, sin embargo, a veces pasaba por mi mente la imagen de un pene penetrando mi concha, específicamente el de papá, por eso sentía una conexión y una extraña empatía y comprensión hacia el

 

Pensé que quizás Lucas estaba empezando su propio camino de curiosidad, pero de una forma torpe.

 

Me sentí tan confundida. ¿Debía hablar con él?

 

Al final, no dije nada. No quería avergonzar a Lucas, y tampoco delatarlo, así que fingí no haber visto nada.

 

El lunes por la tarde, al volver del colegio. Mamá me esperaba en la cocina con una taza de té, pero su mirada no era la de siempre. Había una cautela en sus ojos, una suavidad extraña, como si estuviera caminando sobre cristales rotos. Mi estómago se hizo un nudo al instante.

 

-“Ana, hija, quisiera platicarte de algo,”-       comenzó, jugando con el borde de su taza.

 

-“Bueno… No sé cómo comenzar…”-

 

Me senté frente a ella, completamente intrigada. Pensé que tal vez había descubierto a Lucas

 

-“Es que los hombres…”-,  continuó, buscando las palabras.

 

-“Tienen fetiches raros, a veces.  Cuando son niños, muchos sienten curiosidad. Y les dan ganas de ver bajo la falda de las señoras, empezando a veces con su propia mamá. Es una curiosidad por lo desconocido, por lo prohibido.”-

 

Su voz era tan tranquila, como si estuviera hablando del clima. En ese momento supe que había descubierto a Lucas. Yo solo asentí, sintiendo un nudo en el estómago.

 

-“Y a veces”-,     añadió, mirándome fijamente,       -“hasta fantasean con eso y se masturban.   Ana… ¿tú has visto algo raro?… Es que… Tu hermano tiene fantasías conmigo.”-

 

El aire se espesó. No sabía cómo reaccionar. Yo ya lo sabía, por supuesto porque lo vi. Pero me pregunté, con un pánico repentino: ¿sabrá mamá lo de su ropa? ¿Sabrá ella que Lucas…la tomaba?. Me preguntaba si su conocimiento era más completo, más íntimo, que el mío.

 

Sintiendo un rubor en las mejillas, le dije, con una voz que intentaba ser neutral,

 

-“Bueno…sólo que el otro día, parecía que trataba de ver por debajo de tu falda.”-

 

Ella asintió, con un suspiro, con una tristeza comprensiva en la mirada.

 

-“Sí… Así es”-.

 

-“Pero es totalmente normal, él nunca ha visto una mujer desnuda. Mucho menos a visto ni sabe como es la concha.”-

 

-“Ana, quiero pedirte que me ayudes a resolver esto”-.

 

Por supuesto que dije que sí. ¿Cómo no iba a ayudar a mi mamá? En ese momento, todavía creía que esto era solo sobre mi hermanito y sus miradas incómodas.

 

-“Pero hay otra cosa…”-.     Y aquí, su voz cambió. No era solo suave, era… distante, como si hablara de un conocimiento que no quería compartir completamente.

 

-“Y cuando son adultos, a veces esa fantasía se transforma. Aunque sepan cómo es la concha y mantengan relaciones. Muchos hombres fantasean con ver las bragas bajo la falda de una colegiala.”-

 

El mundo se detuvo. Sus palabras flotaron en el aire .  -“¿En serio, mamá? ¿Cómo lo sabes?”,-   balbuceé, totalmente desconcertada. “Colegiala”. La palabra resonó en mi cabeza. Yo soy una colegiala. Yo llevo falda del colegio.

 

Sintiendo cómo un frío extraño empezaba en mis dedos y subía por mis brazos.

 

Ella tomó un sorbo de té, evitando mi mirada por un segundo eterno.

 

-“Es que tu papá… Bueno… Tu papá fantasea con ver… con verte a ti, ver tus bragas por debajo de tu falda del colegio.”-

 

Fue como si alguien hubiera apagado el sonido del mundo. Solo escuchaba el latido violento de mi propio corazón, golpeando contra mis oídos como un tambor de pánico.

 

-“¿Qué?”,-   fue lo único que pude soltar

 

El suelo literalmente parecía ceder bajo mis pies. ¿Mi papá? ¿Mi papá, que me hace panqueques los domingos y me ayuda con la tarea de historia? ¿Fantasías… ? ¿conmigo? .

 

Con qué razón mamá me estaba pidiendo ayuda. Era también por papá.

 

El reconocimiento más secreto y prohibido guardado en mi mente surgió como un eco: yo, desde pequeña también he tenido pensamientos… Sobre él. He soñado con su pene, en lo más profundo me he masturbado imaginando que me lo mete. Pero jamás, jamás, se me ocurrió que él pudiera tener algún pensamiento remotamente similar sobre mi. La idea me provocó excitación .

 

Miré a mamá. No había disgusto en su rostro, ni ira. Había… comprensión. La misma comprensión que tenía para Lucas y su curiosidad infantil. La tenía también para papá.

 

No dije nada por un largo rato. Finalmente, respiré hondo, imitando su calma.

 

-“Lo entiendo, mamá”-,       murmuré.

 

Amo a mi papá. Lo amo más que a nada. Y si esto es una parte de él

 

-“Hija…”-,   susurró.      -“Esta no es una crisis. Es una oportunidad. Una oportunidad para que hablemos todos en familia, con honestidad y amor, y así podamos… satisfacer las necesidades físicas y emocionales de cada uno.”-    Continuó

 

-“Lucas tiene una curiosidad natural y no es sano reprimirla. Tu papá… bueno, tu papá… Ya veremos”-

 

Pensé mil cosas. Mamá puso su mano sobre mi hombro

 

-“No te preocupes hija, resolveremos esto con amor”-     concluyó. Y conociendo a mamá sabía que así sería.

 

Mamá no dijo nada el resto de la semana, pero el viernes siguiente, cuando llegué del colegio. Mamá me abrió la puerta, impecable como siempre, con su blusa escotada y esa falda negra amplia que le queda tan bien. Sus tacones de aguja  resonaban en el piso. Pero no era solo su elegancia habitual; había un brillo en sus ojos, una especie de alegría tranquila y segura que no supe descifrar en ese momento.

 

-“Hija, qué bueno que ya viniste”-

 

Me dijo, dándome un beso en la mejilla. Iba directo a mi habitación a quitarme el uniforme cuando me detuvo suavemente.

 

-”Ana, cariño, no te vayas a cambiar… Bueno, sí, cámbiate, pero quédate con tu uniforme. Con la falda del colegio”-.

 

Recordé entonces lo de la conversación familiar importante por lo de Lucas, Asentí, un poco confundida.

 

Me duché, luego me cambié, pero fue como si no lo hubiera hecho: me puse mi segundo uniforme, idéntico al primero. La falda tableada del colegio, blusa blanca, calcetas y zapatillas. Salí de mi cuarto sintiéndome extraña, como si fuera de nuevo para el colegio.

 

Papá ya había llegado. Estaba en la sala con Lucas, quien tenía puesto su pantalón de educación física. Almorzamos en silencio, pero se sentía una electricidad en el aire, una expectativa que no lograba nombrar.

 

Después, mamá nos guió a la sala de estar. Ella y papá se miraban con una complicidad que me hizo sentir como una espectadora de algo íntimo y pactado. Mamá, con su sonrisa serena, tomó la iniciativa. Papá le hizo una seña con la cabeza.

 

-“Adelante, amor”-

 

Mamá respiró hondo y se acercó a Lucas . Su voz era suave, un susurro de seda, pero con una firmeza que calmaba los mares.

 

-“Hijo… no vayas a sentirte avergonzado”-

 

Dijo  sin perder esa mezcla de calma y ternura en su mirada

 

-“Sabemos lo de tu fantasía… Que te dan ganas  de ver bajo mi falda, y de tanto que te dan ganas, simulas hacerlo con mis prendas”-

 

Vi a mi hermano convertirse en un tomate. Sus mejillas se incendiaron, se encogió y bajó la mirada al instante, sus manos se crisparon sobre sus rodillas atrapando nervios y silencio.

 

-“Perdona mamá… Es Que…yo…”-

 

Pero mamá continuó, con una calma que me dejó sin aliento.

 

-“No quiero que pienses que está mal. Todos tenemos deseos, necesidades físicas. Tu hermana, tu papá, yo. Y tú no tienes por qué esconderlas

Lo importante es entenderlos, y poder expresarlos”-

 

Había una naturalidad en sus palabras, una seguridad que solo podía venir de haber hablado esto extensamente con papá.

 

-“Pero hoy no es sobre mí, es sobre ustedes. Sobre aprender.”-

 

Por un segundo, ingenuamente, pensé en abejas, flores y libros de texto.

que tal vez nos hablaría sólo de educación sexual. Me equivoqué totalmente.

 

Mamá se levantó. Con esa elegancia que parece flotar, tomó la mano de Lucas.

 

-“Ven. Acuéstate en el piso.”-

 

dijo mamá, con su tono maternal.

 

Mi mirada voló hacia papá, buscando un ancla. Él solo me sonrió. Una sonrisa tan cálida y orgullosa que sentí un nudo en la garganta. Puso su mano en mi hombro, un peso seguro y tranquilo.

 

-“Acuéstate boca arriba. Sé que el piso está frío, pero pronto estará calientito”-

 

dijo mamá con su tono más dulce.  Mi hermano, aturdido, obedeció. Se tendió de espaldas en el suelo.   Y entonces mamá hizo lo inimaginable.   Hizo algo que ni en un millón de años hubiera podido imaginar.

 

Caminó lentamente por la sala. Sus tacones marcaron un ritmo lento, hipnótico, que se sincronizó con los latidos de mi corazón en mis oídos.. Su falda ligera ondeaba con cada paso que daba. Era como una danza.

 

Rodeó a Lucas, que estaba inmóvil en el suelo, con los ojos muy abiertos como platos, siguiéndola. Finalmente se detuvo justo donde estaba su cabeza,  con su rostro mirando hacia el techo.

 

Entonces, con una delicadeza infinita,  colocó uno por uno la punta de cada  tacón de aguja a cada lado de la cara de mi hermanito, cerca de sus mejillas. No lo tocaba, sus zapatos de tacón alto enmarcaban su cara

 

El mundo se detuvo.   ¡Lucas estaba viendo bajo la falda de mamá y parecía no creer lo que veía!.     Mamá estaba…Entrando en su mundo para guiarlo. Estaba haciendo realidad su fantasía.

 

-“¿Te gusta el color de mi calzón?”-

 

Preguntó mamá con una sonrisa que era amor y picardía morbosa ala vez

 

-“Sssssi mamá”-  Balbuceó Lucas

 

-“¿Te gustan mis piernas? ¿Mi… Culo?”-

 

-“¡Si.. ma… que.. rico! .”-

 

Balbuceo Lucas con su voz que apenas se escuchó. Y se llevó la mano al bulto. Tenía puesto su pantalón de educación física, por lo que se notaba claramente que tenía el pene totalmente parado.

 

Mamá que veía hacia ese ángulo, sin decir nada, se inclinó sin doblar las piernas hasta alcanzar el elástico de su pantalón. Tiro de él de un sólo hacia abajo. El pene de Lucas brincó con fuerza, provocando en mamá, una pícara carcajada de traviesa gratitud.

 

Era íntimo. Era… maternal, pero de una manera que nunca había visto. Se podía sentir el amor, y a la vez la lujuria.

 

Luego, mamá se giró lentamente, dándole la espalda a Lucas, y repitió el gesto con la misma delicadeza, colocando con suavidad los tacones cerca de sus sienes. Su voz sonó de nuevo, clara y serena:

 

-“Lucas, hijo.”-     Su voz era un hilo de plata,

 

-“Haz lo que siempre has querido hacer en tu mente. Toca. Explora. Es tu momento para entender. Mete tus manos y baja mi enagua, baja mi calzón. No te detengas.”-

 

La voz de Lucas salió temblorosa y quebrada, un susurro incrédulo:

 

-“¿De verdad, mamá?… ¿De verdad… puedo…?”-

-“Sí, hijo. Con respeto y curiosidad, como debe ser”-.

 

Y entonces, vi la transformación, vi cómo la tensión, la inhibición se derretía de su cuerpo. Con movimientos lentísimos, casi rituales, hizo lo que su fantasía le dictaba.

 

Alzó las manos y las metió  bajo el vuelo de la falda de mamá. Yo contuve la respiración. Papá apretó mi hombro,

 

Vi cómo Lucas, con una concentración absoluta, exploraba. No había prisa. No había vergüenza ahora, solo un aprendizaje profundo. Papá me susurró al oído:

 

-“Tu mamá es la mujer más valiente y sabia del mundo”-.

 

Inmediatamente vino a mi mente que Papá fantaseaba con hacer eso mismo conmigo, y no sabía si me atrevería a permitírselo, como mamá lo estaba haciendo con Lucas. En realidad mamá estaba siendo muy valiente.

 

Con una lentitud deliberada, Lucas jaló la enagua, tal y como lo vi en su fantasía. Parecía que el encaje era lo que más lo calentaba, porque lo acariciaba frotándose en las piernas de mamá. La jaló hasta sacarla por completo.

 

Luego  jaló la braga, como si cada centímetro de tela fuera una palabra en un libro  que estaba aprendiendo a leer.

 

Dejó la braga en su cara un momento, luego mamá levantó un pie a la vez para sacarla totalmente

 

Para entonces, ya estaba totalmente empapada, mi braga era un charco, sentía que mi concha chorreaba a mares.  Mi ardor aumentó al observar, de reojo a papá, cómo se excitaba de esa forma tan provocativa, ver cómo se tocaba con tanta lascivia

 

Entonces, papá me miró. Y me dijo algo que, en otro contexto, me habría hecho salir corriendo. Pero aquí, en este momento de absoluta honestidad, solo me hizo estremecer de   calentura y comprensión a la vez.

 

Soltó la confesión que mamá, sabiamente, ya me había anticipado antes.

 

-“Hija… yo también he tenido mis fantasías, he soñado con verte así,, ver tu calzón desde el suelo por debajo de tu falda escolar.”-

 

Era una confesión que muy pocos padres se atreven a decir respecto a una colegiala, a su hija. Me estremecí, pero a la vez comprendí a papá, entendí por qué mamá me había dicho que no me cambiara mi uniforme al llegar del colegio. Era porque papá en su amor de padre, también tenía esa fantasía. Esa que quería compartir y transformar conmigo. Quería hacer conmigo lo mismo que Lucas hacía con mamá.

 

Asentí. No con palabras, solo con la cabeza. Mi corazón latía con fuerza, pero no de miedo. De… anticipación.

 

Seguimos observando. Mamá se balanceaba suavemente con los movimientos de Lucas, separando un poco las piernas para darle espacio.

 

-“¿Qué ves ahora que me has quitado las bragas? ¿Ves mi selva negra?”-

 

Preguntó mamá entre risas juguetonas. Su selva negra no era otra cosa que los pelos de la concha

 

Lucas no respondió, pero estaba dando rienda suelta a su líbido acariciando las piernas de mamá, con sus manos, con sus mejías, dándole besos por todos lados, con tanto frenesí, como si fuera lo que más había deseado en el mundo.

 

Mientras Lucas seguía su exploración, mamá, con una naturalidad pasmosa, comenzó a desvestirse, sin prisas, como parte natural de la lección, se quitó la blusa, luego se quitó el brasier, sus tetas perfectas estaban al aire libre. Se desabrochó la falda y la sacó hacia arriba con cuidado, para no interrumpir a Lucas.

 

Quedó allí…sin nada, sólo con sus tacones, desnuda bajo la luz suave de la tarde. Mamá mostrando su cuerpo en todo su esplendor, nunca había visto así a mamá,

“¡Que peluda su panocha!”,       pensé, al ver esa espesa mata de pelos rizados … ¡Hermosa!.

 

Es absurdo compararme con ella, pensé. Con mis piernas más delgadas,

mi tetas pequeñas y mi panocha diminuta con apenas unos pelos. Era irracional que papá me deseara.

 

-“Mi niño…”-       Dijo con su voz llena de amor maternal

 

-“¿Quieres conocer la concha?”-

 

Mi hermanito siempre ha sido callado, pero eran tantas las ganas que tenia de ver una concha. Era la primera vez que iba a ver una, y era la de mamá ¡La concha peluda de mamá!. Que respondió con ansia y desesperación

 

-“¡Sí mamá… ¡Por favor!- ¡Por favor!”-

Mamá sonriendo por su respuesta, se puso de cuclillas con las piernas abiertas a ambos lados de su cara. Montando a horcajadas su peluda concha sobre su rostro.»

Al estar de frente, Papá y yo teníamos el ángulo perfecto. Veíamos con tanta nitidez la concha de mamá, grande y peluda, totalmente abierta.

 

Y se la Mostraba  con una claridad anatómica y un cariño infinito.

Le mostraba a Lucas, toda la raja abierta sin ningún tabú, explicándole todo, detalle a detalle.  Le explicaba, señalaba, nombraba cada parte.

Con la misma seriedad con que un maestro explica una lección de biología, pero bañada en un amor tan denso que se podía tocar.

Con la claridad de un manual, bañado en un amor tan maternal que hacía que todo pareciera… correcto. Natural.

 

Se veía que Lucas quería ser absorbido por esa concha, parecía que quería con desesperación meterse completo en esa cueva .   Mamá se puso de pie nuevamente alejando su concha. Él levantó la cabeza ansioso por más, a la vez que comenzó a masturbarse

 

-“Aguarda, pequeño atravieso”-     Dijo mamá

 

-“Experimentarás algo mejor … ¡Algo más rico!»-.

 

Tras apretarme el hombro nuevamente, papá hizo un guiño cómplice a mamá, confirmando silenciosamente el plan

 

Se acuclilló a horcajadas de nuevo, pero esta vez, dirigió su concha al pene de Lucas. No lo podía creer a pesar de estarlo viendo. Le agarró el pene para guiarlo hasta la entrada de su cueva y descendió lentamente,

 

Era excitante, era rico, era como estar viendo porno, pero mejor, en vivo y a todo color. Y a quienes nunca imaginé ver así, a mamá y a mi hermanito.

 

El pene de Lucas entró con suavidad en el canal por donde  salió hace 11 años

 

-¡Ahhhh Mamaaaa!     ¡Qué riiiico!-

 

Exclamó Lucas al tiempo que Papá agarró mi mano y susurró para sí mismo

– ¡Ohhhhh Qué rico! – ¡Cómo le entró!

Mamá soltó una risa juguetona, al ver la expresión de Lucas.

Se acomodó sobre él, montándolo suavemente.  Al principio, Lucas se quedó quieto, se veía un poco extraño porque él, siendo un niño, parecía diminuto bajo el cuerpo de mamá. Pero pronto la situación se volvió intensa: mamá empezó a hacer un vaivén rítmico con sus caderas, como si estuviera bailando una canción lenta y relajante.

¡Mamá se estaba cojiendo a mi hermanito…¡ Ahí… en medio de la sala frente a mí…¡Frente a papá!.

Lucas   intentaba seguir el ritmo y se dio cuenta de lo mucho que disfrutaba ese momento de unión con mamá. Comenzó a hacer gemidos cómo señal de estaba a punto de acabar

-“¡Aaahhhh Mamá…! ¡Qué rico…!”-

-”¡Acaba hijito!   ¡Acaba!. ¡Échalo dentro de mamá!”-

-”¡Siii Mamá! Qué rico!     ¡Qué riiiico! ¡Aaaahhhh!”-

Lucas se estremeció parando su movimiento, mientras mamá hacía círculos con sus caderas aún con el pene adentro

Cuando mamá paró, ambos quedaron mirándose, sonriendo, sabiendo que esos instantes son los que crean los mejores recuerdos.

Al ver aquello, algo se activó en mí. Un impulso. Instintivamente, me puse de pie. Papá, sin decir una palabra, como si entendiera el lenguaje silencioso que fluía entre nosotros, se tendió en el suelo frente a mí. Sentí escalofríos recorriéndome toda la espalda.

Con toda la delicadeza del mundo, separó mis pies y acomodó su cabeza entre mis zapatillas de estudiante. Yo llevando puesto mi uniforme del colegio: la falda tableada, la blusa blanca, las calcetas altas. Me sentí súper expuesta.

 

Volteé a ver a mamá, buscando algo… ¿una salvación? Ella ya estaba sentada en el sillón, desnuda, abrazando a Lucas, que se estaba reponiendo de la acabada

 

Ella sólo me guiñó el ojo, sonriendo, como dándome su aprobación. Eso me tranquilizó un poco, pero también me puso más nerviosa.

 

Miré hacia abajo, y, ahí estaba papá. ¡Qué escena tan… íntima!   ¡Tan morbosa!.   Yo de pie, con mi uniforme de colegiala, y él, mi papá, acostado a mis pies, mirando hacia arriba. Su rostro estaba justo ahí, y él podía verlo todo: mi ropa interior bajo la falda, mis piernas. Todo.

 

Me sentí más vulnerable que nunca, una mezcla de vergüenza y de un cosquilleo extraño en el estómago. Pero no era miedo. Era excitación. Mi braga estaba empapada, sentía mi entrepierna jugosa y desbordante.»

 

Desde abajo, me habló con su voz grave, esa que siempre me ha calmado desde pequeña.

 

-“Hija… ¿Puedo bajarte el calzón?” –

 

Sus palabras me electrizaron. Sentí que mis rodillas flaqueaban. Sus grandes y queridas manos rozaron mis muslos con una ternura infinita. Una descarga eléctrica, dulce y caliente, recorrió todo mi cuerpo.

 

-“Por favor, papá… ¡Bajamelo!”-

 

alcancé a decir, tratando de que mi voz no sonara tan intensa, tan llena de deseo.

Hizo exactamente lo mismo que había visto hacer a Lucas antes con mamá. Con una reverencia que me dejó sin aliento, metió sus manos bajo mi falda escolar. Un chispazo me hizo estremecer cuando sentí sus dedos alcanzar el elástico de mis bragas. Las deslizó con tanta gentileza a lo largo de mis piernas. Y ahora sí… quedé completamente desnuda bajo mi falda. El aire fresco en mi piel me recordó lo expuesta que estaba.

 

En ese momento, papá se incorporó llevando mi calzón a su nariz. Lo aspiró profundamente por unos segundos, con los ojos cerrados, como si fuera el aroma más preciado. Me dio mucha vergüenza, pero también un orgullo extraño y profundo.

 

Volví la mirada hacia mamá, que seguía sentada en el sofá, desnuda, acariciando el cabello de Lucas, que descansaba su cabeza en su regazo. Ella me sonrió, una sonrisa de complicidad y amor.

 

Papá se paró frente a mí y me abrazó. Fue un abrazo firme, protector, pero cargado de una suavidad nueva. Me estrechó con una mezcla perfecta de pasión y cariño, como si yo fuera su tesoro más valioso y, al mismo tiempo, la mujer que él deseaba. Con una ternura infinita, me susurró al oído:

 

-“Gracias, hija, por regalarme esta vista de tu calzón bajo tu falda, por hacer realidad una fantasía que tenía desde que te veía crecer. Así, de colegiala… eres una belleza.”-

 

Mi corazón latía tan fuerte que creí que se saldría del pecho. Sin embargo, sentí que la escena no estaba completa. Aún faltaba algo. Papá me miró mientras posaba sus manos a ambos lados de mis hombros, su mirada era seria pero llena de amor.

 

-“Hija… Tu mamá y yo hablamos de esto. Ella enseñará a Lucas. Yo… me gustaría enseñarte a ti, si tú me lo permites.”-

 

Mi pecho vibraba desbocado, presintiendo lo que se avecinaba. Retrocedí un par de pasos, sintiendo que las piernas me flaqueaban, y caí sentada en el sillón. Él se inclinó ante mí, clavando sus ojos café en los míos, aguardando mi respuesta.

 

-“¿Quieres ver la verga?”-    dijo sin más, así, de golpe.

 

-“¿Qué?”. ¡Sí! ¡Quiero verte esa vergota!”-.     Grité en mis adentros. Había deseado ver el pe… ¡La verga! de un hombre adulto, especialmente la de papá, con una curiosidad que a veces me daba miedo admitir. Pero me   paralizada, estaba realmente nerviosa.

 

No le respondí. Levanté la vista, encontrándome con sus ojos intensos, y finalmente, tras un largo suspiro, asentí levemente. No hizo falta decir nada más.

 

En el otro sillón, Lucas había empezado a succionar los pechos de mamá, mamando como un bebé lactante, en un acto que ahora parecía natural, parte de este ritual extraño y hermoso.

 

-”Adelante Ana. Es tu turno de aprender. No tengas miedo”-   dijo mamá con voz serena.

 

Y lentamente, con una solemnidad que no tenía nada de vergonzante, papá comenzó a desabrochar su pantalón. Lo bajó de la manera más natural del mundo como si estuviera explicándome cómo cambiar una llanta o arreglar un grifo

 

Cuando finalmente lo vi… el aire pareció escaparse de mis pulmones por un segundo.

¡Y… ahí estaba!  ¡Tremenda víbora! No sé qué esperaba, pero… eso.

 

Era imponente. Era la personificación de algo que solo había escuchado en susurros entre amigas. Involuntariamente, comparé el tamaño con el de Lucas     (lo siento, hermanito, pero es la verdad)    y noté la diferencia

 

Su pene, o mejor dicho, su gran verga emergió con la fuerza de un resorte cuando se bajó el bóxer.

 

Dura, firme, apuntando ligeramente hacia arriba. El mundo a mi alrededor se desvaneció. Sólo existía lo que tenía enfrente. Yo estaba nuevamente en shock, sólo mirando, sintiendo un calor húmedo entre mis piernas que me decía que ya no podía más, que necesitaba algo, aunque no supiera exactamente el qué.

 

Papá me observaba con una calma que me ayudó a procesar lo que estaba viendo. Mi mente, que durante años había intentado adivinar cómo sería ese momento, se quedó en blanco.

 

Instintivamente, extendí la mano. La envolví con mis dedos para sentirla. La toqué con curiosidad, con reverencia. Sentí su textura suave y firme a la vez, su calor vivo. Y la piel, las venas que latían bajo mi tacto.

 

Con delicadeza, pasé mi pulgar sobre el glande, notando cómo una pequeña gota transparente brotó. La extendí con suavidad, sintiendo su viscosidad.

 

¡Era todo tan… rico… tan fascinante! Tan real.

 

Luego llegó el momento. Papá me tomó las manos. Sus palmas eran cálidas y firmes, las mismas que me han sostenido desde que aprendí a caminar. Me incorporó suavemente y luego me recostó en el sillón grande,  donde siempre vemos películas los domingos.

 

Lo vi despojarse de su ropa con una naturalidad que me sorprendió. No era torpe ni apresurado. Era como un ritual. Yo, nerviosa, iba a quitarme mi falda escolar, pero él puso su mano sobre la mía.

 

-“Déjatela, hijita”-        Susurró, y su voz tenía un ronquido de deseo que me encendió por dentro.        -“Así me da más… morbo. Siento más rico verte así, mi colegiala.”-

 

Y al escuchar eso, toda mi vergüenza se transformó en algo más. En aceptación. En deseo.  Sus palabras me hicieron sentir deseada, especial.

 

Desabrochó los botones de mi blusa blanca, uno a uno. Sus dedos, esos dedos grandes que arreglan juguetes y abren frascos difíciles, tocaron mi piel por encima del brasier. Era un contacto eléctrico, pero no violento. Era curioso. Lento.

 

Él se arrodilló entre mis piernas, que yo separé para él, y su mirada, hambrienta y amorosa a la vez, se perdió bajo mi falda. Yo cerré los ojos, abandonándome a la sensación, a este nuevo mundo donde el amor de papá tenía una dimensión que nunca antes había imaginado, y que, de alguna manera, siempre había anhelado.

 

Me sentí expuesta, vulnerable, pero no asustada. Sus pulgares acariciaron suavemente los labios de mi concha, separandolos suavemente para ver mi oyo vaginal. Un escalofrío que no era frío recorrió toda mi espalda.

 

Yo temblaba. No, no era miedo. Era… excitación. Una energía pura y nueva que hervía en mi estómago.

 

-“¿Estás lista, mi niña?”-      preguntó. Su voz era ronca, pero suave como la seda.   Ya estaba hecha un río, sentía cómo me chorreaba la lubricación.»

 

-“Sí, papá,”-      logré decir, y mi propio sonido me sorprendió.

 

-“¡Por favor!”  ¡Metemela!”-

 

Y entonces, lentamente, con una paciencia infinita, comenzó a penetrarme.  Una nueva oleada de placer me invadió.    Me la fue metiendo tan lento, tan cuidadoso. ¡tan…  delicioso!

 

-“¡Ahhhh papá!! Qué riiiicooo¡”.-   gemí casi sin darme cuenta.

 

Me explicaba con palabras suaves lo que estaba sucediendo, milímetro a milímetro. Había pensado, leído, imaginado que dolería. Pero no. No dolió. Fue una sensación placentera, abrumadora,

 

“¿Te duele, princesa?”    preguntó, deteniéndose.

 

-“No, papá,”-   gemí, . – “¡Sigue, por favor!. ¡Metemela toda!”-

 

Su verga  llenaba cada espacio vacío de mi concha que no sabía que tenía. Era como encontrar una parte de mí que siempre había estado esperando.    Comenzó a bombearme en un delicioso mete y saca aumentando poco a poco la velocidad.   Un sonido de puro deleite escapó ante la intensidad de lo que percibía

 

-“¡Ahhhh, Asiii!,  ¡siiiii!  ¡Papá Qué riiico!”-

 

La sensación era tan deliciosa que resultaba casi abrumadora, manifestándose en intensos gemidos. Sus manos grandes me sostenían las caderas, y sus palabras me susurraban al oído

 

-“¡Qué rico mi niña!  ¡Qué rica tu panochita!”-

 

En un instante, en medio de esa euforia maravillosa, voltee la cabeza hacia un lado. Y lo vi.     Al otro lado de la sala, en el otro sillón, mamá estaba recostada de la misma manera. Lucas, mi hermanito, estaba sobre ella, la estaba bombeando como papá me bombeaba a mi

 

Su rostro era una mezcla de concentración, asombro y placer. Mamá lo guiaba con sus manos y con su voz, suave y calmante, hacia más rica su primera experiencia.

 

-“Así hijíto, ¡Qué rico! ¡Cójeme!, ¡Metemela más!”-

 

Era un espejo de lo que yo estaba viviendo con papá: lento, lleno de palabras susurradas de lujuria.     Papá me veía con su rostro lascivo mostrando que estaba a punto de acabar

 

-“¡Anaaaa hijaaa!      ¡Ahhh! ¡Qué rico¡

¡Me vengoooo!”-

 

Sentí un potente chorro llenar mi canal  vaginal. Una oleada de placer que se extendió rápidamente por todo mi cuerpo.    Al tiempo que esa corriente me llenaba, un poderoso orgasmo me atravesó, tan intenso que no pude evitar dejar escapar un grito. Era un clímax que sobrepasaba cualquier expectativa, una explosión de sensaciones que me hizo vibrar.

 

-“¡Me Vengooo!  ¡Papá Qué riiicooo!         “¡Ahhhh Papáaaa!”-

Fue un éxtasis que me sobrepasó por completo, superando por mucho la sensación más alta que jamás había alcanzado por mi cuenta.    Fue una verdadera revelación de placer, algo de otro mundo que ni en mis mejores masturbaciones a solas había experimentado.

Papá se desplomó en el sillón y dejó mi concha aún palpitando, estilando semen.    Pero no todo había terminado. Mamá y Lucas estaban a punto de acabar en el otro sillón.

-“¡Ahhh Mamaaaaa!  ¡Queee  ricooo!”-

Decía lucas aferrado entre sus piernas

-“¡Acabaaa hijooo!  ¡No te detengas!-

Y quizá por el morbo de estar haciendolo con mi hermanito, su niño, su pequeño, hacia que mamá lo disfrutara aún más.

-“¡Yo también me vooooy!  ¡Queee riiicooo!”-

Mamá y Lucas se fundieron en un rico orgasmo, tan intenso que Papá y yo nos abrazamos como sintiendo también ese placer

 

Lucas quedó quieto unos instantes sobre mamá con su verga aún dentro de su concha. Poco a poco se sentó en el sillón. Y mamá quedó abierta mostrando el semen que escapaba de su interior.

 

Cuando todo terminó, no sé cuánto tiempo después, los cuatro estábamos en el suelo de la sala.  Papá y mamá desnudos.

 

Mamá sólo con sus zapatos de tacón alto, Lucas sólo con su camiseta, y yo, aún con mis zapatillas y calcetas, y mi falda, la tenía enrollada hasta la  cintura, sin la blusa y con el brasier hasta arriba exponiendo mis tetas.

 

Pero no me sentí expuesta. Me sentí… vestida. Vestida de una verdad nueva. Vestida de un amor tan brutalmente honesto que no dejaba espacio para la vergüenza. Papá me abrazó. Mamá abrazaba a Lucas.

 

“Lucas hijo, cuando te den ganas de ver por debajo de mi falda, puedes hacerlo, y no te reprimas para msturbarte”-

 

Dijo mamá acariciando el cabello

 

-“Gracias mamá”-    balbuceó sin despegar su cabeza de sus tetas

 

“Y tú Papá… Puedes hacerlo también con mi falda del colegio”.          Dije sin pensarlo

 

“Gracias mi niña te amo, los amo a todos”          concluyó papá

 

Luego nos abrazamos todos.    No había vergüenza. No había secretos. Había una paz profunda.

Nuestros padres nos instruyeron con amor. Mamá le mostró a Lucas, con paciencia y claridad, y papá, después de estar conmigo, me mostró también, hablándome con una honestidad que derribó cualquier último vestigio de tabú. Fue una lección. La lección más importante.

 

Espero les haya gustado éste relato. Es original de:  Ana F.  quien tuvo a bien regalarnoslo. Si les ha gustado por favor escribanlo en los comentarios, tanto a ella como a mi nos dará mucho gusto leerlos

 

GRACIAS.

2 Lecturas/29 abril, 2026/0 Comentarios/por Pescadito-1
Etiquetas: colegio, hermana, hermano, hija, masturbacion, padre, recuerdos, sexo
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