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Heterosexual

Visita a un gimnasio de morritas

Repartidor se desencaja al entrar por fuerza a un gimnasio de morritas 💋 🥰 😂 💜 ❤️.

Fantasía | Tabú | 10 años | Minitas

Impedidos: Procedan a poner una estrella o dos!

🆂oy repartidor. Una de las cosas más tediosas de mi oficio es que hay gente que se cree muy importante y da por hecho que un triste mensajero motorizado debe llevarle el paquete a donde ella esté, y no hasta estrictamente a la dirección a la que fue enviado el paquete. A veces, llamas para confirmar la entrega y te dicen “sí, aquí estoy”, pero llegas y te dicen que lleves el paquete a dos cuadras. A veces pagan un extra, pero solo a veces, y si uno se rehusa, se quejan y en la oficina te multan. Sordis ministerii. Los peores casos son cuando el paquete tiene la dirección de una institución, no de una casa. El edificio puede ser del tamaño de un búnker y si el destinatario está del lado opuesto a la portería y se le da la gana que lleves el paquete hasta donde está, pues tienes que entrar al buscarlo dentro del búnker.
Pues bien, hubo un día que me pasó justamente esto en un polideportivo de ricos, y terminé subiendo al cielo.

Un pesado paquete, a lo sumo implementación deportiva, puede que todo un set (o más de uno) de aditamentos para ciclismo, había llegado. La chica de portería era un amor, ya me había visto antes y sabía que había funcionarios megalómanos que querían que uno les llevara la encomienda hasta donde estuvieran y que eso no era parte de mi trabajo. Lo normal era que un portero recibiera el pedido y después el fulano lo recogiera, pero hay cada hijo de p… Bueno, esta recepcionista se merecía el cielo, porque llamó a la dependencia donde estaba ese sujeto, que resultó ser instructor de gimansia, rogó a la secretaria que lo convenciera de ir a portería, lo hizo llamar por megáfono y al final quiso ir ella misma.
—¡No! No es tu responsabilidad. Para ese chiste voy yo y tú no te molestes —le dije yo, en tono de enamorado.
Ella informó a seguridad que un mensajero iba a ingresar y me dio luz verde. Dejé lo demás con ella y alcé el tedioso paquete camino al interior del edificio. Había gente trotando, grupos de jóvenes andando afanosamente para llegar a algún encuentro de fútbol, otros grupos bailando con la música de un pequeño parlante, etc. Todos eran de clase alta y las jóvenes eran de ensueño. Hacía mucho no me sentía así, como intruso en un mundo ajeno. Hacía mucho también que no tenía fantasías automáticas con jovencitas, en las que las enamoraba, teníamos sexo en todas partes y a toda hora y al final nos casábamos y teníamos un par de hijos. Renegué, al darme cuenta, de que ya estaba muy viejo para fantasear tontamente.
Al fin llegué a la puerta del gimnasio. Dentro se oían grititos de minas más chiquitas, como de ocho años. Sentí una punzada en el corazón pero todavía o me explicaba por qué. Me asomé, carraspeé, saludé y entoné el nombre del instructor. Una mina preciosa como de once años en lycras y top beiges, corrió diciendo «¡Profeee!». Al fondo del gimnasio, el hombre estaba en medio de un grupo de niñas y alzó la cabeza. Me vio y alzó un brazo indicándome que debía esperar. En cualquier otra situación, yo me habría cabreado de llegar hasta ahí y más encima tener que esperar, pero justo en aquella circunstancia estuve feliz. ¿Por qué? Por la vista. POR LA VISTA, brother. Había allí unas 20 minas de entre ocho y doce años y un par de 14 o 15, que… ay Dios, dame fuerza. Por eso había sido el vuelco al corazón antes de entrar y oír sus grititos. Es que toda la vida me habían gustado las niñas pero ya ni me acordaba, de lo puro mamerta que era mi vida. Pero ahí, bajo el umbral de la puerta de El Paraíso, ya tenía la próstata palpitando.
Haré un esfuerzo para construir la imagen en vuestras cabezas: Todas sin excepción tenían cuerpos de lujo, aunque existía una lógica variación en los volúmenes, pero todas eran una re-putas DIOSAS. Pues, no era una sala de espera cualquiera ni un comedor o centro comercial, sino un gimnasio, precisamente. Todas, las flaquitas y las atléticas, tenían unos culos que de solo verlos de reojo ya se imaginaba uno mordiéndolos. Sí, de esa carne que dan ganas de hundirle la muela. Pero qué nalgas, hijueputa, todas ellas, qué pedazos de jopos tan ricos. Todas las pequeñas ninfetas llevaban cachetero de lycra, variedad de colores. Eran prendas muy ajustadas. Eso es lo rico de la clase alta: Todas tenían ropa de gimnasio fina y comprada a la medida. Es que, si fueran pobres, tendrían probablemente ropa deportiva ya muy desgastada, puede que roída; o nueva pero comprada holgada para que dure más o incluso tendrían vestimenta no deportiva. Pero aquello parecía un desfile de Adidas™ con modelitos femeninas de ocho a once años. El brillo, lo ceñido y había una que hasta tenía un cachetero transparente que daba la ilusión de estar sobre una tanga opaca. Al verla pensé todas las groserías que me sé y sentí ganas de ir a bajarle esa provocativa lycra azul oscuro con mis dientes y chuparle todo, todo… TODO. A varias, la lycra les quedaba tan justa que se les hacían pliegues en forma de V, uno sobre otro, delante y sobre las nalgas. Aquello solo hacía más efecto a sus formas perfectas que gritaban «Ven a cogerme, papi». Culos por los que te harías matar, coronando piernecitas cortas y musculares, como de ciclista. Y la mitad de ellas tenían «buds», que son la primera hinchazoncita debajo del top. Como limoncitos partidos ecuatorialmente, puestos como una promesa de tetas. La otra mitad eran completamente planas. Pero no tendréis el cuadro completo sin sus rostros. Si os gustan las niñas, sabeis que desde esa edad y hasta los 17 o 18, el rostro tiene una perfección que… «perfección» es poco. La cara no ha crecido totalmente, pero los ojos y la boca ya tienen el tamaño de la adultez. Dicho de otra forma, las minitas de esa edad son ojonas y boconas. Ser bocona y ojona y es un cánon de belleza. Si no, vean el ánime, a Alita (Battle Angel) o a M3gan. Y si la forma de la cara es bonita… Ay Dios, ¿por qué no mejor me muero y ya? Supongo que conocéis casos en que una minita era una absoluta Diosa hasta los 17 o 18, cuando su cara ya alcanzó el tamaño correspondiente a la adultez, y estas proporciones ultra-perfectas se pierden. La mina pasó de ser una Diosa a solo una muchacha ±bonita. No pasa siempre de manera escandalosa, pero sí pasa. Ves a la muchacha ya casi adulta, después de mucho tiempo y después que sabías que te habrías casado con ella cuando tenía once, y el cambio es tan brutal que dices “uhy, se le deformó la cara”. No es que sea una muchacha fea, sino que el contraste es notorio si la conocías muy bien de niña, con esa cara absolutamente divina.

Ahora imaginaros este gimnasio y esta veintena de criaturas angelicales, en su conjunto: Sus piernas de atleta, sus culos que parecen fruta pintona, sus buds, sus rostros divinos, Divinos, a falta de otra palabra. Sus cabelleras que por ser de niñas parecen débiles, como de bebé; sus panochas apretadas en esas afortunadas lycras… y el aroma en general a carne de tierna, a rebaño de mamonas.
El panorama es tan bello que quisieras no ser solo un tipo sino varios al tiempo para mirar a varias partes a la vez. Pero solo puedes ver un culo al tiempo. Pero ellas están moviéndose, hacen fila para hacer determinada pirueta. Ninguan te deja el culo todo el tiempo para que se lo veas e imagines como le acaricias, besas, metes la lengua… Pasas de una a otra y luego a otra; y la próstata te va a estallar. También, ya se te está parando. Quieres frotarte el pantalón pero sabes que no es posible. Quieres entrar y ver más de cerca, pero tampoco es posible. Entonces vi a la más provocativa de todas. La más piernona y culona, dotada de buds. Llevaba cachetero y top verde ácido, casi fluorescente. Imaginad a Ronda Rusey o Gina Carano de 11 años, con ese mismo culo y piernotas. Se me paró del todo. Traté de moverme para disimular la carpa de circo en mi bragueta pero solo lo empeoré todo: sentí rico con el roce del pantalón. «¿Será que pido un baño y me pajeo?» me planteé. No podía quitarle los ojos de encima a esta minita de cabello castaño y de coleta larga, cara linda y culo de campeonato. Me hice la pregunta que me persiguiría por siempre: «El papá ¿cómo se aguanta?». ¿Hay tipos así de decentes? Yo a una hija así no se lo sacaría ni para orinar. Llegaría a la adolescencia ya entrenada para complacer a los hombres. Ya cagaría bolas de billar de tanto anal con papi. Le compraría ropa como para encender hasta a una mujer que le gustan las niñas pero nunca lo ha comprobado.

Ahí venía el hijueputa profesor. Pero un grupo de minitas lo detuvo a mitad de camino. No maldije, puesto que tenía más segundos para echarle ojo a los ángeles del cielo. El tipo me vio y me indicó que entrara. Yo bravo. Caminé, pero caminé lento, como absorviendo a cada paso la energía en forma de calor y aromas de estas preciosidades. Rogaba por que alguna, en sus piruetas, me cayera encima y al atraparle, poder tocarle las nalgas o entre las piernas. Caminé demasiado lento, dándole más posibilidades a que aquello pasara. Pero el instructor lo notó y me afanó con un ademán. «Será que se me nota la parola?» me pregunté. Entre más adentro, más rico olía ese lugar, a sudor de minita. La palpitadera por dentro, encima de la güevas, se sentia demasiado bien, pero debía controlarla. ¿O no? Llegué donde el tipo. Las minitas que lo rodeaban mostraron un montón de curiosidad por mi paquete. No, no por este paquete, brincos diera; sino por el paquete que debía entregar.
—Abrámoslo —dijo el instructor, con desdén.
Eso era común. Solo pagaría si el contenido del paquete lo satisfacía. Puse el gran paquete en el piso y saqué mi cortador. Las niñas, supongo que casi todas, se lanzaron a hacer un corrillo en torno al pedido. La de lycras verde encendido se hizo justo a mi derecha.
—¡Uhy, pero sí son chismosas! —les reclamó el instructor—, ¿No estaban haciendo paradas de manos?
—Ay profe, ya seguimos, es queremos ver que te trajeron —se defendió una de las chicas grandes.
Otras dijeron a coro cosas similares. Tuve qué concentrarme para abrir el paquete, insertar el cortador y deslizarlo sin causar daño. Es que tenía pegadas a mí tres o cuatro niñas. Sentía sus piernas a mis costados y en mi espalda. No saben la fuerza de voluntad que invertí para no voltearme y culeármelas ahí mismo. Corté el plástico del empaque temblando como anciano con parkinson.
—¿Está bien, hombre? —me preguntó el profesor.
Carraspeé y dije que sí. De hecho, nunca pensé estar mejor en la vida.
—¡Ay, los colores están re-lindos! —Dijo otra morra, cuando extraje la compra aún en su plástico traslúcido al vacío. Era un juego de casco, caramañola, guantes y enterizo, de color verde metalizado, negro y reflectivos plateados.
—Voy a pedir uno igualito —dijo la de verde chillón.
Al decirlo, confianzudamente, se apoyó en mi hombro, ya que estaba yo hincado sobre el paquete; y lo peor e inimaginable: Descolgó un lado  de la cadera y me la pegó al costado del brazo. Si nunca los ha cogido la descarga de alta tensión de un cable, pues imaginénse esto. Casi se me para el corazón. Sentí algo rarísimo que sobrepaśo la arrechera, que ya estaba al máximo. Quizá fue Amor. Sí, así como lo leen. Para la noche, cuando todo hubiere terminado, habría de recordar ese corrientazo y cuestionaría qué clase de vida lleva uno, tan vacía y tan triste, para que el contacto de una morra haga quedar a la calentura pequeña y uno piense dizque en El Amor. En fin.

El instructor hizo un puchero despectivo, aprobando el paquete, y terminó preguntando:
—¿Y tiene garantía?
—Eso debe arreglarlo con el vendedor, yo soy el mensajero.
El peyorativo gesto facial del profesor, del que manaba autosuficiencia, se multiplicó por diez con mi respuesta.
—Marla ¿le pagas al señor?
Y así, sin más, el instructor le pidió a la que resultó ser su hija, la mamasita de verde fosforescente; que se ocupara de la molestia que era yo. Sin escupime si quiera, ordenó a las demás niñas retomar su práctica, se dio la vuelta y siguió trabajando. La partida del enjambre de morras medio sudadas me dejó en medio se una nube de sus aromas combinados. Olor a cabello bañado, a piel acalorada y un poco a culo. Al enderezarme, tuve que cubrirme el entrepierna con la bolsa vacía de la encomienda. La parola estaba a tope.
—Vamos ahí a esa oficina y le pago, señor —me dijo la hermosa Marla, quien bien podría darle clases a su padre sobre cómo tratar a la gente.
Caminó delante de mí, alternando esos pedazos de glúteos en un caminado que haría venir a un cura católico. No sé si habrá sido mi perversa imaginación, pero ella se dio cuenta que yo la miraba. Supongo que no detectó el deseo animal, pero sí la atención, y respondió dejando de caminar para empezar a avanzar con pasitos de baile. «Está pidiendo verga» me dije. No aguanté, y, usando el gran plástico vacío, oculté como me manoseaba el bulto, mirándole ese culito al bailar-caminar. Pero con eso sólo empeoré todo. Me dieron más ganas. Entramos a la oficina y ella abrió un cajón.
—¿Cuánto es?
—250 —dije.
«Pero déjame probarte ese cagadero con la punta de mi lengua y dejamos así» pensé. Seguía estimulándome por debajo del plásitco. La nena sacó plata, contó y me la pasó.
«Esto no puede terminar así no más. Dios mío, haz que algo alargue esto. Estoy enamorado. No quiero irme» rogué mentalmente. «Tengo que, así sea, acariciarle una nalga». Respetados lectores, recordad esa afortunada vez que erais jóvenes y estabais por iniciar una de esas faenas de sexo brutal con vuestra novia. Llevabais poco de haber perdido la virginidad y el sexo os tenía obsesionados. Esas ganas tan hijueputas de hacer el amor. Así estaba yo ahí, delante de la pequeña Marla. Imaginé que empezara un terremoto y que Marla y yo quedáramos atrapados bajo el una poricon del techo de grandes luces. Que, a los dos días, lograran sacarla con vida, ilesa, solo que muy, pero muy culiada por mí. Yo, ya estaría muerto de inanición, por tanta leche sacada. Los peritos habrían de determinar que Marla sobrevivió a base de proteína. Y ella contaría como ese mensajero no paró de culearla hasta que murió en un último y gutural orgasmo. Pero el suplicado terremoto nunca inició.
Recibí el dinero y con un nudo en la garganta, le dije:
—Tienes un cuerpo muy bonito.
Ella sonrió y se arrulló a sí misma. a mí, el corazón se me iba a salir del pecho. Al oírme a mí mismo decírselo, la próstata empujó como si fuera a partírseme el perineo y a caérsme la bolsa que guarda el semen. Me emocionó mucho coquetearle así a una niña tan espectacular. Por poco y eyaculo mis pantalones.
—Tienes que firmar —mentí, y me temblaba la voz.
La firma no era necesaria. Con que yo entregara la plata o devolviera el paquete rechazado, era suficiente. Ya tenía una de las dos cosas. Arranqué la guía de la bolsa vacía y se la pasé. Señalé un espacio en blanco donde ella debería poner su nombrecito. Ella recibió el papel y se fue a un escritorio a buscar una pluma. Cayó en mi trampa, pues se dobló majestuosamente para buscar en un cajón. Ese culo… Dios: ¿Por qué hiciste minitas con ese culo así? ¿A tí también te gustan? Era una lycra seamless, y al hicanrse así, su panochita se revelaba un poco desde atraś. Era una mina de esas con cuerpo tan perfecto que si abre las paticas, se le ven las nalgas desde delante o el pan desde atrás. Eso le veía yo, el pan desde atrás. Las fuerzas de la sociedad vencieron humillantemente a las fuerzas de la naturaleza. Dios fue derrotado. No fui capaz de desenfundar, halarle a un lado esa lycra verde y meterle mi pene en esa jugosa panochita. Pero en mi imnagianción lo hice y bombeé tan sabroso por dos minutos… le apreté la cadera a dos manos para bananearla mejor, tan fuerte como si no quisiera volver a soltarla nunca. Dos minutos y medio máximo. La última embestida advino y solo gruñí, apretándola todavía más y echándole dentro una vaciada de esperma digna de la palpitadera que había estado aguantando. «Era mía y ahora es tuya. Llévala, mi amor». Gimo sin fuerzas. Un gemido poco varonil, si me preguntan. Lo saco y ella se da la vuelta, y me lo limpia punta de boca, sin dejar de mirarme a los ojos con su carita preteen perfecta.

Pero lo que en realidad pasó fue que ella se dio vuelta, no para relamer semen tibio pegado en mi cabezón sino para darme el recibo firmado. Había puesto allí «Marla» con letra muy grande y corazones por cada letra a. Otra vez esa maldita sensación de Amor.
No sé en vuestras vidas que haya sido lo más «a punto» de hacer algo que hayan estado. A punto de… pero es que A punto de… Para mí fue esta. Estuve a punto de abrir la boca, las palabras ya estaban listas. En microsegundos había tomado la decisión entre decir «¿Puedo hacerte una caricia?», «¿Me dejas darte un beso?» y «¿Quieres ver mi pene?». Mis labios se abrieron y me saboreé viéndola a la cara. Tomé el recibo firmado con la mano temblorosa y dije:
—Te mueves… —carraspeé como por décima vez desde que había entrado allí— bailas muy bien.
Pero, ella me miró de arriba a abajo y de vuelta. Marla, sexy y jugosa, no tenía la edad suficiente para responder a un flirteo cosnciente. Solo inconsciente, como cuando al entrar se dio cuenta que yo la miraba mucho y respondió bailando. Pero a un coqueteo hecho con palabras, ella no podía responder. Me habría encantado ligármela y culiar tanto y tan intenso que… mejor me callo.

Ay Marla, todavía suspiro y me pajeo por tí como no imaginas. Qué desperdicio si esperas años para que te cojan.

Addendum: La paja de esa misma tarde.

🅴ntro al vestidor del gimnasio en la mañana, con mi superpoder de semental sobrenatural. Todas esta minas del gimnasio están apenas quitándose sus atuendos particualres y quedando en lycras parala práctica de gimnasia. Tren de mamasitas de entre ocho y once años. TREN DE MAMASITAS. Algunas están tan ansiosas por la práctica que ya están haciendo piruetas allí. Pero ingreso con el pantalón desabrochado, la pija de fuera y una erección que solo puede causar un grupo de 20 minas de esa edad en su clase de gimnasia. Todas se paralizan ante mi sorpresiva entrada con verga en ristre. Sabían de los penes, de las erecciones y del sexo, pero nunca habían visto una verga parada en vivo, mucho menos de cerca. Quedaron congeladas mirando, con lo que tenían en la mano ahí colgando, ponieńdose las ligas de caucho en el pelo o a media pirueta de gimansia. Todas viéndome la pita como cañón de la primera guerra. Halo los tendones para hacerlo cabecear un poco. Era como mi pita diciéndoles «Hola niñas». Las dejo que aprecien ese reglao para ellas por unos segundos más, y al fin tomo de la mano a la que más cerca está.
—Ven aquí, mi amor.
La conduzco a la banca en el centro del vestidor y gentilmente la pongo en cuatro. Pero qué culo en lycra negra brillante, con fanjas transparentes a los lados. Le apreto a la altura del ano con el pulgar y con el resto de los dedos le presiono la vagina. Ella gime de impresión, pero nada más. Las demás se arremolinan en torno para observar, igual que cuando abrí el paquete. Pero aquí el paquete no es un artículo envuelto en plástico, sino el culito de una de ellas, envuelto en sexy lycra. Y no es el cortador, sino un penetrador. Mi pene endurecido. Manoseo la gloria uno segundos más y le bajo la lycra. A las demás se les sale un «¡Ahhh!» al unísono, como hacen cuando ven a alguien hacer algo indebido. Mi minita tiene ahora la lycra enrollada a mitad de muslos y yo le toqueteo sus glorias. Está humeda delante y seca atrás. La toco con la izquierda y me pajeo con la derecha. Todas se acercan más para ver maś de cerca y siento del contacto de aquellas que me rodean inmeditamente y el calor de todas. Estoy en el paraíso. Hundo mi cabezón en esa vaginita y la intensidad de ese «¡Ahh!» colectivo se multiplica por diez. Culeo. Culeo mucho. Todas miran y hacen murmuraciones de asombro. Doy gemidos pasivos. No gruñidos, como cuando te comes una mujer adulta. Sino débiles emisiones ventrales, pues ahí soy yo el que está recibiendo una descarga. Si el hecho que Marla apoyara su cadera en mi hombro me pasó corriente, imaginad darle banana y sentir su carne tibia y mojada frotándose por toda tu pija. Te la estás culeando muy bien. Per no viniste solo por ella. Viniste por todas. Se lo sacas a esa minita y tomas a Marla de la mano.
—Tu turno.
Ella, animada, se abre paso entre las demás y se pone sin ayuda como estaba la anterior. Le bajo la lycra verde y la penetro, en medio de un gemido de ambos y una apretada de manos sobre la cadera que le quedan marcadas mis palmas como si hubieran tenido pintura. Cabalgo un rato pero me detengo, mordiéndome una mano. No me puedo venir. Me tienen qué alcanzar las energías para culerame a las 20, así sea 30 segundos cada una. Mientras me quedo quietro para retrasar la eyaculada, doy palmas, como haría su instructor, para darles una orden:
—Toda, bájense las Lycras hasta las rodillas.
Sigo dando un poco más de banana pero vuelvo y paro, haciedno un agudo tss con la boca.
—¿Te arde? —me pregunta una de ellas, viendo el coito y a mí, de manera alternada.
—Sí, pero arde muy rico —respondo, resoplando.
Y así, me las roto a todas. Me culeo a las veinte niñas del gimansio. Pero para acabar vuelvo y cojo a Marla. Me pongo boca arriba en el banco del centro del vestidor y le indico que se acaballe en mí. Marla la fue la única en quitarse la calzoneta por completo. Ninguna se quitó el top. Todas rodean el banco donde culeo con Marla, todas, agarándose con una mano la lycra enrollada a la altura de los muslos. Sus hermosas rajitas están a la vista. Se asoman unas sobre los hombros de otras, para ver cómo le doy verga a Marla.
—Mueve la cadera de atrás para adelante —le indico.
Ella obedece, y a cada movimeinto mi pene se sale y vuelve y entra. Hacer el amor con una niña, sí señor. Marla, la hija de diez años del instructor de gimnasia. No agauntaré mucho más. Quizá un minuto. La traigo gentil mente hacia mí cara para venírmele por dentro mientras nos besamos con pasíón. Yo no me aguanto y perreo. Gemimos. La levanto en peso con mi pelvis. Su cabello que huele tan rico se desparrama en mi cara y un poco de pelo se cuela en nuestro beso de lengua. Le aplico la inyección de semen caliente y espeso que solo ella me habría podido sacar. La levanto con mi pelvis y me quedo allí arriba, eyaculándola, inseminándola, mientras le chupo la lengua con un cabello de su cabeza que se coló. Dos, tres pulseadas, me vine del todo dentro de Marla. Al fin suelto las caderas y caigo en el banco con ella encima.
Por un segundo vuelvo en mí y veo a las demás, con las lycras bajadas, rodeándonos y mirándonos.
—Acaríciense las vaginas, las suyas y las de las otras, verán que rico. Dénse besos, ámense.
Veo que Marla está como dormida encima mío y decido dormir también.

A las dos horas desperté solo en mi cama con la verga exprimida cerca de la mano y el abdomen pegachento de semen. Si en este mundo la felicidad estuviera permitida y no solo reservada para los ricos y poderosos, esto no habría sido solo una paja.

Fin.

Stregoika ©2026

Relato ficticio inspirado en videos de YouTube de minitas en su gimnasio. INFARTANTE.

7 Lecturas/5 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Orlok82
Etiquetas: anal, baño, hija, hijo, orgasmo, padre, semen, sexo
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