Campamento: La nena buena de papá 1
El campamento estaba cada vez más cerca. Y con él, la posibilidad de que todo se desbordara..
Todo comenzó unos días antes del viaje.
Gaston llegó más temprano de lo habitual. El día había sido largo en la empresa y, como ya era costumbre desde el divorcio, pasó directamente por el gimnasio. Entró a la casa sudado, con la camisa pegada al cuerpo y los músculos de los brazos hinchados por las pesas. A sus 45 años se sentía en su mejor forma: alto, hombros anchos y esa barba canosa perfectamente estilizada que le daba un aspecto maduro y atractivo.
Pensó que Erika estaría en la universidad o con amigas, así que se dirigió directo a su habitación. Cada uno tenía su propio baño, algo que siempre les había dado privacidad. Cerró la puerta, se quitó la camisa dejando ver su torso definido, luego los pantalones. Su pene colgaba pesado entre las piernas: 20 centímetros de largo, grueso, venoso, incluso en reposo imponía. Abrió la puerta del baño y entró completamente desnudo, buscando el alivio del agua caliente.
No esperaba encontrarla allí.
Erika estaba bajo la ducha, completamente desnuda. Su cuerpo delgado y delicado brillaba por el agua: piel clara, cintura estrecha, abdomen plano, pechos pequeños y firmes con pezones rosaditos endurecidos por el frío. Entre sus piernas, su vagina completamente depiladita se veía tierna y suave. El vapor apenas la cubría.
Gaston se quedó congelado en la puerta. Su mirada recorrió sin poder evitarlo cada curva de su hija. Algo primitivo despertó en él. Su pija comenzó a hincharse rápidamente, elevándose gruesa y dura contra su abdomen.
Erika giró la cabeza y lo vio. Sus ojos se abrieron grandes un segundo, luego soltó una risita nerviosa y se cubrió los pechos con un brazo y la entrepierna con la otra mano.
—Papi, no veas jaja… estoy en bolas —dijo, sonrojada pero sin verdadero pánico.
—Perdón, princesa —respondió Gaston con voz ronca, dándose vuelta inmediatamente. Intentó cubrir su erección con las manos, pero era imposible disimular del todo su tamaño.
Erika cerró el agua y se envolvió rápido con una toalla.
—Es que mi ducha no tenía agua caliente… por eso usé la tuya. No pensé que llegarías tan temprano.
—Tranquila, mi amor. Fue mi culpa por no avisar —murmuró él, aún de espaldas, con la polla latiéndole dolorosamente dura.
Salió del baño sin mirarla y cerró la puerta. Se recostó en la cama un momento, respirando agitado. Su mano bajó casi por instinto y acarició lentamente su verga tiesa, sintiendo cómo palpitaba. La imagen de la vagina depilada de Erika y esos pezones rosados se le había grabado en la mente. Quiso masturbarse, pero se detuvo. Era su hija. Su princesita. No podía permitirlo.
Se quedó allí, excitado y lleno de culpa, hasta que escuchó la puerta abrirse.
Erika salió envuelta solo en la toalla blanca, el cabello negro mojado cayéndole sobre los hombros. Se acercó a la cama sonriente, como si nada hubiera pasado. Se inclinó y le dio un beso suave en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios.
—Voy a preparar café para la merienda, papi. ¿Querés algo dulce con él?
Gaston sonrió, cubriéndose discretamente con una almohada.
—Como siempre, mi niña. Gracias.
Cuando ella salió de la habitación, él se metió rápido a la ducha. El agua tibia ayudó a calmar su cuerpo, pero no su mente. Esa imagen de Erika desnuda lo acompañó todo el tiempo.
Esa tarde merendaron juntos en la cocina, como padre e hija normal. Rieron, hablaron de la universidad, de la naturaleza y del campamento que tenían planeado para el fin de semana. Erika lo miraba con cariño, sin rastro de incomodidad. Gaston, en cambio, sentía que algo había cambiado para siempre.
Esa visión accidental de su pequeña desnuda había despertado un deseo prohibido… y sabía que ya no podría sacárselo de la cabeza.


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