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Incestos en Familia, Intercambios / Trios, Sexo con Madur@s

Carla duerme con Roberto

Carla se va con Roberto y el la cede a varios hombres .
El sol de mediodía caía implacable sobre el asfalto cuando aparqué frente a la casa de Roberto. Las doce en punto, tal como habíamos acordado de recoger a Carla por la mañana. Mi corazón martilleaba con una mezcla de ansiedad y excitación mientras observaba la fachada discreta de ese hogar donde Carla, mi propia hija, había pasado las últimas veinticuatro horas siendo usada por ese viejo.

 

La puerta se abrió y Carla salió. Roberto apareció tras ella, ese hombre de cincuenta años con la barriga prominente y el pelo canoso revuelto. Me saludó con una sonrisa cómplice, como quien comparte un secreto íntimo sobre la hijita que acaba de disfrutar, y yo le devolví el gesto sintiendo cómo se me humedecía la palma de las manos.

 

Carla se subió al coche y el olor que traía consigo me golpeó de inmediato. Era el olor denso, animal, inconfundible de la polla, del semen, del sexo sin límites. Esa fragancia mezclada de sudor masculino y secreciones femeninas que solo se produce cuando una niña ha sido utilizada repetidamente durante horas. Mi nariz se llenó de esa esencia y sentí cómo mi miembro se endurecía aún más, pulsando con urgencia contra la tela.

 

—Cuéntamelo todo, hija —dije mientras arrancaba el coche.

 

Carla se acomodó en el asiento y comenzó su relato con esa voz suave:

 

—Cuando llegamos ayer, papi, Roberto fue muy amable al principio. Me ofreció una fanta. Pero pronto sus manos comenzaron a vagar. Me sentó en sus rodillas y sentí su barriga presionando contra mi espalda mientras sus manos subían por mis muslos… sus dedos se metieron por debajo de mi vestido y tocaron mi coñito directamente, diciendo que quería sentir lo que sintió en la playa…

 

Hizo una pausa y yo apreté el volante, imaginando la escena.

 

—Me desvistió despacio —continuó ella—. Me quitó el vestido. Me quedé completamente desnuda en su sofá y se arrodilló entre mis piernas. Dios, papi, cómo me lamió. Metió la cara en mi coñito como si se estuviera muriendo de hambre. Su lengua áspera recorrió mis pliegues, se metió dentro de mi agujero, luego pasó a mi culito, lamió todo… decía que sabía a mar, a salitre, a tu permiso…

 

Mi respiración se volvió entrecortada.

 

—Luego me pidió que me pusiera a cuatro patas —siguió Carla—. Quería verme desde atrás, papi. Dijo que en la playa no había podido apreciar bien mis agujeros. Se los mostré todo lo abierta que estaba, y él… él se desabrochó los pantalones y sacó su polla. Estaba muy dura para su edad, papi. Dijo que pensar en ti sabiendo lo que iba a hacerme lo excitaba mucho…

 

Tragué saliva.

 

—Me la metió de una vez, sin preliminares —dijo ella—. Entró hasta casi hasta el fondo, papi. Me agarró las caderas con sus manos grandes y comenzó a moverse. Su barriga golpeaba contra mi culo cada vez que embestía. Me decía cosas, que era una niña muy dulce, que le gustaba coger hijas pequeñas de padres complacientes en la playa, que mi coñito estaba delicioso y que tú debías ser un enfermo por dejárselo hacer…

 

El coche avanzaba pero yo apenas veía la carretera.

 

—Se corrió dentro de mí, papi—continuó Carla—. Lo sentí caliente, espeso, llenándome. Su semen era salado, muy espeso. Se quedó quieto un momento, jadeando, su barriga sobre mi espalda, y luego se salió. Pero no terminó ahí. Me dio unos minutos, me trajo otra fanta, y justo cuando estaba relajada…

 

Hizo una pausa.

 

—Sonó el timbre. Roberto fue a abrir y volvió con otro hombre. Un tipo más joven, unos cuarenta años, moreno, corpulento. Ni siquiera me presentó. Simplemente dijo: «Esta es Carla la hija de mi amigo, tiene 9 años, úsala como quieras». Y el tipo se desvistió frente a mí, mostrándome una polla más grande que la de Roberto, gruesa, con las venas marcadas… dijo que le encantaba estar con niñas pequeñas y mejor si eran hijas de padres cornudos…

 

Apreté los dientes.

 

—Me puso de espaldas en el sofá y entró sin preguntar. También sin condón. Estaba muy duro. Me tuvo durante media hora, cambiando de posición. Me puso a cuatro patas de nuevo, luego me tumbó boca arriba con las piernas sobre sus hombros para entrar más profundo. Su semen era más amargo, papi, más líquido. Me miraba a los ojos mientras se movía dentro de mí, me decía que era una niña preciosa…

 

Carla suspiró.

 

—Se corrió dentro de mí también, papi. Sentí cómo pulsaba y me descargaba todo. Apenas se había salido cuando sonó el timbre otra vez. Roberto había llamado a otro amigo. Y luego otro. Y otro más…

 

Mi mano temblaba en el cambio de marchas.

 

—¿Cuántos fueron en total, hija?

 

—Cinco —respondió ella—. Incluyendo a Roberto. Todos terminaron dentro de mí. Todos sin protección. Me usaron como quisieron, uno tras otro. Algunos en mi coñito, otros en mi culo. Uno, el tercero, me hizo tomarlo en la boca primero hasta que estuvo a punto y luego me lo metió atrás para acabar dentro… su semen tenía un sabor dulzón, diferente a los otros…

 

El coche se llenó de silencio denso.

 

—Roberto te convirtió en su chica —dije—. Te alquiló, te ofreció a sus amigos. Eres una niña de todos ahora, hija. La niña de tu padre que se entrega a desconocidos.

 

Carla me miró con ojos inocentes.

 

—¿Eso es malo, papi? —preguntó con voz dulce—. ¿Que tu propia hija haya estado con cinco hombres?

 

—No, cariño —respondí, acelerando—. Eso no es malo en absoluto. Eso es buenísimo. Eso es exactamente lo que quería. Eres una niña maravillosa, mi niña entregada, y me encanta que hayas sido usada por todos esos hombres. Me encanta que tengas el coñito lleno de su semen. Eso me pone muy duro, hija…

 

Llegamos a casa y apenas aparqué, salimos. Entramos y apenas cerré la puerta, la agarré por los hombros.

 

—Cuéntame más —exigí—. Quiero todos los detalles. Cómo olían, cómo sabían, cómo te dolía, cómo te gustaba…

 

Nos sentamos en el sofá y Carla continuó. Me describió cómo el segundo hombre, el de la polla grande, le había hecho un agujero tras otro, cómo el cuarto la había puesto encima de él cabalgando mientras Roberto observaba desde una silla, haciéndose duro otra vez, comentando entre ellos qué tan suelta estaba con tan solo 9 años.

 

—Roberto me tuvo otra vez al final —dijo Carla—. Dijo que quería ser el último en cerrar el círculo. Me puso boca abajo sobre su mesa del comedor, con la barriga aplastada contra la madera fría, y me metió su polla desde atrás. Estaba más duro que la primera vez. Me decía que le encantaba ver cómo sus amigos me habían dejado abierta, cómo mi coñito goteaba semen de otros hombres mientras él se movía dentro de mí… Su segunda corrida fue más abundante, papi, más caliente. Me dejó sobre la mesa, con su semen saliéndome… dijo que así debía volver contigo…

 

Estaba empalmado como nunca.

 

—Enséñame —dije con voz áspera—. Enséñame cómo te han dejado, hija.

 

Carla se levantó y se desvistió. Cuando se bajó las braguitas, el olor golpeó de nuevo. El olor a sexo crudo, a semen acumulado de cinco hombres diferentes, a sudor mezclado con las secreciones de mi propia hija.

 

Se sentó en el borde del sofá y abrió las piernas. Su coñito estaba inflamado, rojo, completamente abierto. Los labios vaginales separados, mostrando el interior rosado y húmedo. Y de su interior goteaba un líquido blanquecino, espeso, que manchaba sus muslos. Era una mezcla de cinco sabores diferentes, cinco texturas distintas.

 

—Mira, papi —dijo ella, usando sus dedos para separar más—. Estoy muy abierta. Han estado horas metiéndome sus cosas. Mira cómo sale…

 

Me arrodillé entre sus piernas. Mi cara quedó a centímetros de su coñito destrozado. El olor me mareó de excitación. Metí la lengua. Saboreé la mezcla: el amargo intenso de Roberto, el salado del segundo, el dulzón del tercero, el ácido del cuarto, el neutro espeso del quinto. Todo mezclado con el sabor de mi hija. Era un cóctel de lujuria, un manjar que solo mi niña podía ofrecer.

 

Lamí desde atrás hasta adelante, recogiendo todo lo que goteaba, tragándomelo con avidez. Metí mi lengua profundo dentro de su canal, introduciéndola para sacar más, para limpiarla por dentro con mi boca. Succioné, lamí, bebí. El sabor era abrumador, intenso, adictivo. Lamí su culito también, donde había rastros del segundo hombre, recogiendo cada gota.

 

Luego metí mis dedos. Primero uno, luego dos, luego tres, luego cuatro. Su coñito estaba tan dilatado que entraron sin resistencia. Los moví dentro de ella, revolviendo el semen acumulado, sacándolo para llevármelo a la boca. Chupé mis propios dedos cubiertos de la mezcla de fluidos, disfrutando el sabor de los desconocidos a través del cuerpo de mi hija.

 

—Haz fuerza, hija —pedí.

 

Carla obedeció. Contrajo sus músculos y empujó. De su interior salió un chorro denso, blanco, espeso. Cayó directamente sobre mi lengua, llenando mi boca. Era una cantidad impresionante, el resultado de múltiples descargas. Tragué con avidez, sintiendo cómo resbalaba por mi garganta.

 

Seguí chupando, metiendo la lengua en todos sus agujeros, limpiando cada pliegue, cada rincón. Mi cara quedó cubierta de brillo, de olor a sexo.

 

Cuando terminé, Carla me miró con ojos vidriosos.

 

—Ahora tú, papá —dijo.

 

Me desvistió. Cuando liberé mi miembro, saltó hacia arriba, duro, con la punta brillante. Carla se arrodilló y se lo introdujo en la boca de golpe, hasta casi el fondo de su garganta. Sentí su lengua masajeándome, sus manos acariciando mis partes bajas, su saliva mezclándose con mi excitación.

 

Se movía con una técnica perfeccionada, usando su casi garganta profunda, succionando con fuerza. Me miraba a los ojos mientras lo hacía.

 

—Sabes a semen de los hombres que me tuvieron —dijo ella, saliendo un momento—. A semen de extraños…

 

Volvió a meterse mi miembro en la boca y yo no pude aguantar más. La agarré por el pelo y guié sus movimientos, entrando y saliendo de su garganta con fuerza. Ella gemía alrededor de mi miembro, disfrutando.

 

La saqué de su boca y la empujé sobre el sofá. La puse a cuatro patas, exactamente como Roberto la había puesto, y contemplé su culo levantado, sus agujeros todavía húmedos.

 

—Te la voy a meter, hija —anuncié.

 

Metí mi polla en su coñito de una embestida. Entró sin resistencia, estaba tan húmedo, tan caliente, que gemí de placer. Estaba lleno de semen ajeno que actuaba como lubricante, permitiéndome entrar hasta el fondo en mi propia hija.

 

Comencé a moverme con fuerza, golpeando su culo con mis caderas, hundiéndome hasta las bolas. Cada embestida hacía que saliera más semen acumulado, que manchaba mis muslos. Estaba tomando a mi hija a través de los otros, mi polla deslizándose en un túnel preparado por desconocidos.

 

—Eres una niña usada, hija —gruñí mientras la penetraba—. Tu propio padre te está tomando después de que cinco desconocidos te hayan llenado de semen…

 

—Sí, papi —gemía ella—. Soy tu hija. Tu niña usada. Tómame como ellos me tomaron…

 

Cambiamos de posición. La puse boca arriba, con las piernas sobre mis hombros, y volví a entrar. Ahora podía ver su cara mientras la penetraba, ver sus ojos nublados, sus labios entreabiertos jadeando. Metí mis dedos en su boca y ella los chupó, sabiendo lo que estaban cubiertos.

 

—¿Te gusta, hija? —pregunté.

 

—Me encanta, papi —gritó ella—. Me encanta ser tu hija usada. Me encanta que me hayan llenado. Quiero seguir siendo así, quiero volver a casa llena de semen para que mi propio padre me limpie…

 

Ella gritó de placer, contrayéndose alrededor de mi polla.

 

—Me voy a correr —anuncié—. Me voy a correr dentro de ti, hija. Con el semen de todos los demás. Vas a estar llena de seis cargas, incluyendo la de tu padre…

 

—Sí, sí, sí —chilló ella—. Córrete, papi, lléname, añade tu semen al de los otros…

 

Mi orgasmo explotó. Embestí una última vez, hundiéndome hasta el fondo, y sentí cómo mi semen salía a chorros, mezclándose con el de Roberto y sus cuatro amigos dentro de mi propia hija.

 

Me desplomé sobre ella, ambos jadeantes, cubiertos de sudor y semen. Estábamos exhaustos pero sonrientes.

 

—Ha sido intenso, papi —susurró.

 

—Increíble, hija —respondí.

 

Un silencio cómodo se instaló. Luego Carla habló:

 

—Quiero invitar a Clara a casa —dijo—. Quiero que estemos los tres…

 

Clara. Su amiga del colegio y que ya sabía que yo había estado con ella.

 

—Me parece bien —dije, acariciando su vientre donde residían nuestros fluidos mezclados—. Pero me gustaría que viniera otra persona también. Ya veré quién es…

 

Carla me miró con ojos brillantes, pensativa. Sabía. No decía el nombre, pero en su mirada había un destello de sospecha. Agustín. El que vino a casa para darme mi segundo regalo de cumpleaños. El que me había tomado dos veces ya, haciéndome gemir como una chica mientras me penetraba por detrás. Ella lo había visto mirarnos, había notado la tensión, el secreto entre nosotros.

 

—¿Es para nosotras, papi? —preguntó con voz inocente pero perspicaz—. ¿O es para ti?

 

Sonreí, acariciando su pelo.

 

—Todo puede ser, hija —respondí—. Todo puede ser…

 

Ella asintió, mordiéndose el labio de excitación ante la perspectiva, imaginando ya al misterioso invitado que tanto excitaba a su padre, sospechando quién era, aceptando que esa noche sería de entregas múltiples, de semen abundante, de giños y gemidos compartidos entre padre, hija, amiga y el hombre que ya había poseído al padre y ahora reclamaba su lugar en el templo familiar.

 

—Me parece bien, papi —dijo—. Lo que sea, con quien sea. Soy tu hija…

 

—Eso queda pendiente para otro día —dije, cerrando los ojos—. Por ahora, descansemos. Mañana empezaremos a planearlo…

 

El sol se ponía fuera, tiñendo la habitación de dorado. Carla se quedó dormida en mis brazos, y yo la abracé, pensando en Agustín, en su polla que ya me conocía, en cómo sería verla entrando en mi hija mientras yo observaba, en cómo me tomaría él a mí delante de ellas, en la mezcla de semen que llenaría nuestra casa. Padre e hija unidos por la entrega total, esperando la próxima aventura donde todo sería posible, donde los límites se disolverían en un mar de fluidos y gemidos.

10 Lecturas/26 septiembre, 2026/0 Comentarios/por benjionda42
Etiquetas: amiga, amigos, colegio, cumpleaños, hija, padre, playa, sexo
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