Carla y Clara
La pijamada .
El sábado por la tarde la casa tenía esa atmósfera especial que precede a los momentos íntimos, una mezcla de aroma a pizza recién horneada y anticipación contenida. Carla se movía por el salón con una energía nerviosa, ese tipo de inquietud que denota que el cuerpo pide ser tocado, explorado, compartido. Clara estaba sentada junto a ella, ambas vestidas con pijamas de frozen que acariciaban sus cuerpos sin pretender ocultarlos del todo.
Cenamos los tres, sentados en el sofá con la caja de pizza entre nosotros, riendo de cosas que había pasado en nuestra vida mientras la tensión se acumulaba en el aire como electricidad estática. Después pusimos la tele, una película de Disney que ninguno prestaba atención realmente, porque nuestros pensamientos estaban puestos en lo que vendría después, en la visita que esperábamos.
Sonó el timbre.
Carla y Clara intercambiaron una mirada cómplice, y yo sentí cómo se me aceleraba el pulso. Yo me levanté para abrir, y cuando Agustín entró, el ambiente cambió por completo. Era un hombre de presencia imponente, con quien yo ya había compartido un encuentro, y esta noche venía con la intención de prolongar esa intimidad que habíamos descubierto juntos.
Carla se acercó a él con naturalidad, montándose sobre sus piernas en el sofá, frotando suavemente su cuerpo contra el de él en un baile infantil que necesitaba poca coreografía porque el instinto guiaba cada movimiento. Yo observé la escena y sentí mi propia respuesta física, esa presión cálida que crece entre las piernas cuando sabes que vas a ser tocado.
Tomé a Clara de la mano y la senté sobre mis rodillas, sintiendo cómo su poco peso se distribuía sobre mi erección ya presente. Ella se recostó contra mi pecho y dejé que mis manos exploraran, deslizándome por debajo de la tela suave de su pijama, encontrando sin prisa pero sin pausa esa zona cálida y húmeda que ya la esperaba. Mis dedos se deslizaron entre sus pliegues, acariciando esa apertura suave que se ofrecía como una flor, palpando la humedad que brotaba de ella en respuesta a mi contacto. Ella arqueó la espalda, dejando escapar un suspiro profundo mientras mis dedos entraban y salían con suavidad, explorando su interior resbaladizo y caliente.
Al lado, Agustín había sumergido su mano entre las piernas de Carla, y la veía jadear con la cabeza echada hacia atrás, sus caderas moviéndose al ritmo de los dedos de él que trabajaban su coñito con dedicación. La sala se llenó de respiraciones entrecortadas, de pequeños gemidos que no se podían contener.
Carla se deslizó al suelo, posándose entre las piernas de Agustín. Desabrochó su pantalón con movimientos pausados, liberando su miembro erguido y venoso que saltó libre ante ella. Lo tomó con ambas manos, acariciándolo primero, estudiándolo, y luego se inclinó para llevarlo a su boca. Lo recibió entre sus labios con una devoción que me estremeció, moviendo la cabeza en un vaivén constante, tragándolo hasta donde su garganta lo permitía, mientras Agustín le acariciaba el cabello con gestos tiernos a pesar de la intensidad del momento.
Clara, inspirada por la escena, se giró hacia mí y liberó mi propia erección de los confines de la ropa. La tomó con sus manos pequeñas, calientes, y luego se inclinó para envolverla con su boca. La sensación fue eléctrica, ese calor húmedo succionando con una presión perfecta, su lengua girando alrededor de mi glande, su garganta abriéndose para recibir más de mí. La acaricié mientras ella trabajaba, sintiendo cómo mi placer se acumulaba en oleadas.
Agustín levantó a Carla y la posicionó sobre la alfombra, a cuatro patas, ofreciendo su cuerpo. Él se arrodilló detrás de ella y yo vi cómo guiaba su miembro hacia su entrada, frotándolo primero contra sus pliegues húmedos, y luego penetrándola en un movimiento único y profundo. Carla soltó un grito ahogado que se convirtió en un gemido continuo mientras él comenzaba a moverse, embistiendo con fuerza controlada, sus caderas golpeando suave contra las pequeñas caderas de ella, creando ese sonido característico de la unión carnal, ese choque de piel contra piel que marca el ritmo del acto.
Empujé a Clara suavemente hasta recostarla sobre el sofá, separando sus piernas para verla completamente expuesta ante mí. Su sexo brillaba, abierto y receptivo, y me incliné para saborearlo brevemente, pasando mi lengua por su hendidura, haciéndola estremecerse. Luego me posicioné entre sus piernas y guié mi miembro hacia su entrada, penetrándola en una sola estocada profunda que nos unió por completo. Estaba ardiente por dentro, envolviéndome con sus paredes internas que se contraían alrededor de mi miembro. Moví mis caderas en círculos primero, luego en embestidas largas y profundas, saliendo casi por completo para volver a enterrarme hasta donde podía, sintiendo cómo ella se abría más con cada penetración.
—Por detrás —susurró Clara, mirándome con ojos vidriosos de deseo—. Quiero sentirte ahí.
Asentí, saliendo de ella para girarla. Escupí sobre mi mano y la froté contra su ano, lubricando esa segunda entrada que se ofrecía tentadora. Presioné contra ella con mi glande, sintiendo la resistencia inicial ceder ante la presión constante, y entré despacio, centímetro a centímetro, dejándola adaptarse a la intrusión. Estaba increíblemente apretada, ese anillo de músculos apretando la base de mi miembro con una presión deliciosa. Una vez dentro, comencé a moverme con movimientos profundos y lentos, sintiendo cómo mi longitud desaparecía entre sus nalguitas, cómo ella se abría para recibir todo de mí.
Al lado, Agustín había cambiado de posición con Carla. Ahora ella estaba sentada sobre él, montándolo en reversa, y vi cómo su miembro penetraba su ano mientras ella se dejaba caer sobre él una y otra vez. Sus manos se entrelazaban, sus cuerpos se movían en sincronía perfecta, buscando el mismo final.
—Me voy a correr —anunció Agustín, agarrando a Carla por la cintura y enterrándo casi su polla.
La vi estremecerse, sus músculos internos contrayéndose mientras él descargaba su semilla dentro de ella, llenándola de calor líquido. Eso me empujó al borde. Agarré a Clara por los hombros, penetrándola con tres embestidas y sentí cómo mi propio orgasmo estallaba, pulsando dentro de ella, liberando chorros de semen que llenaban su interior, marcándola por dentro como solo puede hacerse en estos momentos de entrega total.
Carla se separó de Agustín, y vi cómo su esencia blanca goteaba de ella, prueba visible de lo que habían compartido. Clara se desplomó sobre el sofá, jadeante, con mi propia esencia saliéndole lentamente. Ambas se miraron con sonrisas satisfechas, con esa complicidad que nace de compartir placer sin reservas.
—Nos vamos a dormir —dijo Carla, recogiendo su pijama—. Disfrutad vosotros ahora.
Se retiraron a la habitación de Carla, dejándonos a Agustín y a mí en el salón, todavía desnudos, con los cuerpos brillantes de sudor y los fluidos del acto. Nos miramos a los ojos y algo pasó entre nosotros, esa conexión que va más allá de las etiquetas. Esta vez fui yo quien se acercó y se arrodilló, tomando su miembro aún semi-erecto en mis manos, acariciándolo hasta devolverle la plena erección, y luego me incliné para llevarlo a mi boca. Lo chupé con avidez, sintiendo su sabor mezclado con el de Carla, trabajándolo con lengua y garganta, haciéndolo gemir de nuevo.
Cuando estuvo listo, me giré ofreciéndole mi cuerpo, apoyándome sobre el respaldo del sofá. Sentí cómo se posicionaba detrás de mí, cómo su glande presionaba contra mi entrada, y luego la penetración, lenta pero inexorable, abriéndome, llenándome por completo. Comenzó a moverse con fuerza, embistiéndome con una intensidad que me hacía jadear, sus caderas golpeando contra mis nalgas una y otra vez.
—Qué marica eres —gruñó contra mi oído, agarrándome por el cuello mientras me follaba con dureza—. He disfrutado mucho con tu hija, pero la verdad es que prefiero tu culo. Estás más apretado, cabrón.
Sus palabras me excitaron aún más, esa humillación consentida que me hacía sentir usado, poseído. Me folló sin piedad, cambiando de ritmo, profundizando hasta que sentí que tocaba algo dentro de mí que me hacía ver estrellas. Mis gemidos salieron sin control, profundos y animales, llenando la casa.
Carla apareció en el pasillo, atraída por los sonidos. Nos vio unidos, a Agustín penetrándome con fuerza desde atrás, y en lugar de sorpresa, mostró comprensión.
—Quiero dormir con Agustín —dijo, acercándose y tocando su hombro.
—Y yo contigo —susurró Clara, apareciendo detrás de ella y besando mi cuello.
No hubo más acción sexual. Agustín se salió de mí con un gemido, se vistió y Carla se lo llevó a su habitación. Clara vino conmigo a la mía. Nos acostamos abrazados, con el olor a sexo impregnado en nuestra piel como perfume, y dormimos profundamente, satisfechos, simplemente disfrutando de la calidez del otro cuerpo.
A la mañana siguiente Agustín se había marchado sin despedida, como era su costumbre. Preparé el desayuno, tostadas con mermelada y leche con Colacao. Carla bajó con esa sonrisa de quien ha dormido bien después del placer, y Clara se unió a nosotros, las dos hablando de sus cosas del colegio con naturalidad, como si la noche anterior hubiera sido el sueño más natural del mundo.
Después llevé a Clara a casa de sus padres. El viaje fue tranquilo, con ella descansando la mano sobre mi muslo en gesto de afecto. Cuando volvía solo, sonó el móvil. Era Toni, el que conocimos en el autobús después del Glory hole.
—Hola —dijo su voz cordial—. ¿Te viene bien quedar el finde que viene? Valeria quiere conocer y hacer una pijamada con Carla…
Leí el mensaje y sonreí. Toni el padre de Valeria, ella podría ser otra amiga de Carla, otra niña de 8 años uno menos que Carla y seguramente tan curiosa y dispuesta como las demás.
—Perfecto —respondí, sintiendo ya la anticipación creciendo—. El finde que viene nos veremos.
Colgué. Carla estaba detrás de la puerta cuando llegué, con esa mirada traviesa que decía que lo había pasado bien. Nos miramos y le dije lo de Toni y Valeria….

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