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Incestos en Familia, Lesbiana

Cuando mi madre me miró con otros ojos. Parte 1

Todo cambió con una mirada de mi madre, Elena. De repente, ya no era solo mi mamá, sino una mujer cuyo deseo despertó el mío..
Soy Ana, tengo veintitrés años y vivo con mi mamá, Elena, desde que mi ex y yo rompimos hace seis meses. Ella tiene cuarenta y siete, pero parece mucho más joven, sobre todo desde que empezó a hacer yoga todas las mañanas. Mamá es baja, con curvas generosas que se notan incluso con sus pijamas holgados de algodón. Tiene el pelo castaño oscuro siempre un poco desordenado, como si no pudiera mantenerlo en su sitio por más de cinco minutos. Yo soy más alta, más delgada, con pechos pequeños y pelo rubio que tiño cada dos meses para ocultar las canas prematuras que heredé de mi abuela.

Todo empezó una noche de martes, hace como tres semanas. Estábamos viendo una película en el sofá, algo romántico aburrido que a ninguna de las dos nos interesaba mucho. De repente, me giré para decirle algo y la vi mirándome de una forma… diferente. No era la forma en que una madre mira a su hija, era algo más intenso, más hambriento. Sus ojos se recorrieron por mi cara, bajaron hasta mis labios y luego se quedaron fijos en mi cuello por un instante demasiado largo.

Sentí un calor que me subió por el pecho y me ruboricé. Miré hacia la televisión, pero ya no podía concentrarme. A mi lado, noté que mamá se movía incómoda, ajustando su pijama. El silencio entre nosotros se hizo pesado, cargado de algo que no sabíamos nombrar.

—¿Estás bien, mamá? —pregunté sin mirarla.

—Sí, cariño. Solo… un poco cansada —respondió, pero su voz sonaba rara, más grave de lo normal.

Esa noche, por primera vez, me acosté pensando en ella de una forma que me hizo sentir culpable. Me imaginé su mano en mi pierna, sus dedos trazando círculos en mi piel. Me excité tanto que tuve que masturbarme en silencio, con la puerta cerrada, sintiéndome como una adolescente descubriendo su propio cuerpo por primera vez.

Los días siguientes fueron raros. Nos mirábamos y apartábamos la vista rápidamente, como si nos hubiéramos pillado haciendo algo malo. La tensión en el aire era tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo. El sábado por la tarde, estábamos juntas en el salón. Yo estaba leyendo en el sofá y ella estaba de espaldas, arreglando unos libros en la estantería. De repente, se agachó para recoger uno que se le había caído, y sus pantalones de yoga se le apretaron justo en el lugar perfecto, marcándole el culo de una forma que me dejó sin aire.

No pude evitar mirar. Me quedé mirando, con el libro olvidado en las manos, sintiendo cómo se me revolvía todo por dentro. Cuando se enderezó y se giró, me pilló con los ojos clavados en su trasero. No dijo nada, pero su cara se puso roja tomate. Se pasó una mano por el pelo, un gesto que hace cuando está nerviosa, y se acercó lentamente hacia mí.

—Ana… —empezó, pero se calló. Se sentó a mi lado, pero no demasiado cerca. Había un espacio de veinte centímetros entre nosotros que parecía un abismo.

—Sí, mamá —dije yo, sin saber qué decir. El corazón me latía a mil por hora.

—¿Te he dicho alguna vez que tienes una mirada muy… intensa? —me preguntó en voz baja, casi un susurro.

Me quedé helada. ¿Era ella la que me estaba provocando? ¿O era al revés? No sabía qué pensar. La tensión era insoportable. Quería besarla, quería que me tocara, quería hacer mil cosas con ella que nunca había imaginado que querría hacer con mi propia madre.

—Tú también —conseguí responder, con la voz temblorosa.

Se inclinó un poquito más hacia mí. Pude oler su perfume, un olor a vainilla y a ella, a mamá, que siempre me había tranquilizado pero que ahora me ponía los pelos de punta. Estaba a punto de pasar algo, lo sentía. Algo que cambiaría todo para siempre.

En ese momento, mi mente era un torbellino. Por un lado, estaba la voz de la razón, la que me decía que esto estaba mal, que no se podía hacer, que éramos madre e hija. Pero por otro lado, había algo más fuerte, más primitivo, que me empujaba hacia ella. Sentía un calor entre las piernas que me quemaba, una humedad que me delataba. Quería que me tocara, que me descubriera, que me enseñara todo lo que no sabía.

Mamá, por su parte, estaba igual de confusa. Sus ojos me miraban con una mezcla de deseo y culpa que me partía el corazón. Pude ver cómo le temblaban las manos, cómo le costaba respirar. Sabía que ella también estaba sintiendo lo mismo que yo, que también estaba luchando contra esa atracción prohibida.

—¿Qué estamos haciendo, Ana? —me preguntó, con la voz quebrada.

—No lo sé, mamá —respondí, con lágrimas en los ojos—. No sé qué nos está pasando.

Nos quedamos así, mirándonos, durante lo que parecieron horas. El tiempo se detuvo en ese salón, en ese sofá, en ese instante en que todo podía cambiar. El olor de su perfume me envolvía, me hacía sentir segura y excitada a la vez. Quería tocarla, pero no me atrevía. Quería besarla, pero no sabía cómo.

—¿Tienes miedo? —me preguntó ella, rompiendo el silencio.

—Sí —admití—. Pero también… curiosidad.

Ella asintió, entendiendo perfectamente lo que quería decir. Porque ella también lo sentía, esa curiosidad, ese deseo de saber qué pasaba si nos dejábamos llevar, si nos arriesgábamos a cruzar esa línea que nunca debíamos haber pensado en cruzar.

El silencio entre nosotras era ensordecedor. Podía sentir el calor de su cuerpo, el ritmo acelerado de su respiración. Mis ojos se fijaron en sus labios, rosados y ligeramente entreabiertos. Sin pensarlo más, me acerqué a ella, reduciendo la distancia que nos separaba. Sentí su aliento cálido en mi cara, su olor a vainilla y a algo íntimo, algo que solo era de ella.

Nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, casi tímido. Pero en cuanto nuestras bocas se tocaron, algo dentro de nosotras se encendió. Mamá gimió contra mi boca, un sonido que me encendió como una mecha. La besé con más fuerza, más urgencia, sintiendo cómo su lengua se enredaba con la mía. Mis manos se enredaron en su pelo, tirando suavemente, mientras ella me agarraba de la nuca, acercándome más.

El beso se volvió salvaje, apasionado, lleno de un deseo que nos consumía. Nos movimos en el sofá, nuestra ropa se arrugó, y el olor de su excitación se mezcló con el mío, creando una mezcla embriagadora. Mis manos bajaron a sus pechos, sintiendo cómo se endurecían bajo mi tacto. Ella gimió de nuevo, y yo sentí cómo me mojaba más.

De repente, como si alguien nos hubiera lanzado un cubo de agua fría, nos separamos. Nos miramos, nuestras respiraciones agitadas, nuestros labios hinchados. En los ojos de mamá vi el mismo miedo, la misma confusión, la misma vergüenza que sentía yo.

—¿Qué hemos hecho? —susurré, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con salir.

Mamá no respondió. Se levantó rápidamente, arreglándose la ropa, y se alejó de mí. Sin decir una palabra, salió del salón, dejándome allí, sintiendo cómo el frío del arrepentimiento me envolvía.

8 Lecturas/30 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Xhator19
Etiquetas: abuela, adolescente, culo, hija, joven, madre, mujer, primera vez
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