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Incestos en Familia

Donde el verano aprendió a mentir

A veces no sé por qué vuelvo a pensar en ese verano. Particularmente en ese..

Recuerdo el camino hasta la casa, largo y silencioso, como siempre. Elena, mi mamá, hablaba de cualquier cosa, mi hermano dormía, y yo miraba por la ventana esperando ver el mar aparecer de repente. En ese momento todo parecía normal. Igual a otros años.

Y ellos iban a estar ahí.

Conrado y Jerónimo.
Gemelos.

Antes no importaban mucho. Para mí eran simplemente los dos: con ellos todo era risas y bromas, hasta ese verano me sentía una niña aún. Todo era fácil entonces. No había nada que pensar demasiado.

Pero ese verano… no fue así.

No sé exactamente cuándo empezó a sentirse distinto.

Ellos… no se sentían iguales.

O tal vez la que había cambiado era yo.

El auto se detuvo frente a la casa de madera. El olor a sal me golpeó antes siquiera de bajar. Mis pechos se apretaban contra el tejido del vestido de algodón. El calor me envolvía como una segunda piel, pegajoso y denso.

La puerta se abrió y allí estaban. Los dos. Conrado y Jerónimo en el porche, idénticos pero distintos. Sus miradas recorrieron mi cuerpo de una manera que no había notado en veces anteriores, y bueno, ya hace un año que no los veía. Sentí mi piel arder bajo sus ojos.

«Isabel», dijo uno, no supe cuál. Su voz la sentí más grave que como yo la recordaba.

Susana apareció detrás de ellos, sonriente. «¡Qué rápido llegaron, Elena!» Su pelo oscuro caía sobre los hombros bronceados, el vestido blanco se pegaba a sus caderas. Me abrazó primero a mí, y su perfume a coco y sol me transportó a veranos anteriores.

Conrado se acercó, mientras miraba a su madre con una sonrisa torcida. «Ha crecido mucho en este año”, dijo, dejando la mirada claramente en mi culo.

El aire se espesó.

Susana no reaccionó. Siguió sonriendo, como si nada. Como si el comentario hubiese sido normal.

Mi mamá tampoco dijo nada. Como si no hubiera escuchado.

Jerónimo se rió. Una risa baja, sucia, que me vibró en el estómago.

Mi hermano abrió los ojos, medio dormido.

Yo me quedé quieta. Sin saber dónde mirar. A Susana. A mi mamá. Al suelo. A ellos, no.

Mis mejillas ardían.

El mar sonaba detrás de nosotros.

Caminé hacia la casa sin decir nada. Sentía sus ojos en mi espalda. En mi culo. En mis caderas. En mis piernas.

Los sentía en todas partes.

Eran los mismos de siempre.

 

Pero ya no eran los mismos.

El interior de la casa estaba más fresco que afuera..

Susana entró primero, y abrió las ventanas.

—Dejen las cosas donde siempre —dijo. La casa no parecía haber cambiado mucho desde la última vez que estuvimos ahí.

Mi mamá asintió y empezó a ordenar sin mirarme demasiado. Mi hermano se dejó caer en el sofá, todavía medio ido.

Yo me quedé cerca de la puerta.

—Mira sus ojos —dijo Jerónimo, casi en un susurro.

No sabía si hablaba conmigo o de mí.

Conrado no respondió de inmediato. Pero sentí cómo se acercaba un poco más.

—Siempre han sido así —dijo al final—. No me acordaba.

Bajé la mirada, incómoda.

Pero no funcionó.

—¿Así cómo? —preguntó Susana desde la cocina, sin voltear.

—Claros —respondió Jerónimo.

Hubo un silencio corto. Denso.

Mi mamá dejó algo sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Isabel, ven a ayudarme —dijo, sin mirarme.

Me moví rápido, agradecida por tener una excusa.

Al pasar junto a ellos, sentí otra vez sus ojos encima.

La cocina era más pequeña de lo que recordaba.

—Coloca esto en el mueble de arriba —dijo.

Asentí.

Pero antes de darme la vuelta, levanté la vista por reflejo.

Y los vi.

Los dos en el marco de la puerta.

Mirándome.

—Alacena, arriba —dijo mi mamá.

Me estiré para alcanzar los platos. La madera crujió bajo mis dedos. Sentí el vestido subirse apenas en la espalda.

No hacía falta mirar para saber que seguían ahí.

Antes no era así.

Antes entrábamos corriendo a esta misma cocina, los cuatro, empujándonos, mojados, llenos de arena. Tomás, mi hermano, siempre llegaba primero porque era el mayor, y los gemelos lo perseguían como si fueran uno solo. Yo me quedaba atrás, riéndome, intentando alcanzarlos.

—¡No vale, hiciste trampa! —gritaba alguno.

Y Susana nos echaba a todos porque realmente éramos escandalosos.

Entonces nadie miraba a nadie de esa forma.

—¿Estás bien? —dijo una voz detrás de mí.

Demasiado cerca.

Me giré apenas.

Conrado.

A un paso. Tal vez menos.

—si —dije, pero la palabra me salió más baja de lo que quería.

Alargó la mano por encima de mí, como si fuera a ayudar. Su brazo rozó el mío. Intencional.

Lo que tenía en mi mano se me resbaló un poco.

—Cuidado —murmuró.

No se apartó enseguida.

Antes sí se acercaban.

Pero era distinto.

Nos tirábamos en la arena, hacíamos castillos que siempre terminaban destruidos. Jerónimo me enterraba las piernas y decía que era una sirena atrapada. Conrado le echaba agua para “rescatarme” y al final los tres terminábamos empapados, peleando, riendo.

A veces me tomaban de los brazos para levantarme.

A veces caíamos todos juntos.

Pero eran… juegos.

—Siguen siendo claros —dijo Jerónimo desde la puerta.

—Más —respondió Conrado, todavía demasiado cerca.

Di un paso al lado, pero choqué con la mesa.

El espacio se hizo más pequeño de golpe.

Mi mamá estaba ahí. A menos de un metro.

Susana también.

Y aun así, ninguna decía nada.

Antes Tomás se metía en medio.

Siempre.

Si alguno empujaba demasiado fuerte, él decía “ya” y todo paraba. Era una regla que nadie había puesto, pero todos entendíamos.

Ahora Tomás seguía en la sala.

Callado.

Lejos.

—Isabel —dijo mi mamá, seca—. Pasa eso de una vez.

Asentí rápido.

Pero al girarme, volví a quedar frente a Conrado.

Tan cerca que podía sentir el calor.

Tan cerca que no hacía falta que dijeran nada.

Y esta vez no bajé la mirada.

No del todo.

La sostuve un segundo.

Uno solo.

Conrado no se apartó.

Tuve que girar el cuerpo para pasar.

En ese giro, su mano me tocó.

No fue un roce.

Se quedó.

Un segundo.

Dos.

En mi cintura.

Firme.

Como si pudiera.

El plato chocó contra la mesa con un golpe seco.

—Ya —dijo mi mamá.

Pero esta vez sí miró.

Conrado retiró la mano despacio, sin prisa, como si no hubiera pasado nada.

Jerónimo sonrió.

Susana no dijo nada.

Nadie dijo nada.

Más tarde, cuando la mesa ya estaba puesta, pareció haber un resquicio de normalidad.

Hubo risas, aunque no fueran iguales que en vacaciones pasadas. Eran más adultas.

Aun así, me hicieron soltar el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Susana hablaba de cualquier cosa. Mi mamá le seguía el ritmo. Jerónimo y Conrado se reían entre ellos, empujándose con los pies por debajo de la mesa como si nada hubiera pasado.

Tomás también se rió en un momento. Eso me tranquilizó más de lo que quería admitir.

Tal vez yo había hecho más grandes sus comentarios en mi cabeza.

—¿Y en el colegio qué? —preguntó Susana, mirándome.

Me encogí de hombros.

—Lo mismo de siempre.

—No creo —dijo Jerónimo.

No levanté la mirada.

—¿Ah, no?

—No —respondió, y escuché la sonrisa en su voz.

El silencio que siguió ya no lo sentí incómodo.

Seguí comiendo.

Lento.

Sintiendo las miradas sin mirarlas.

Entonces levanté los ojos.

Los miré a los dos.

Primero a uno.

Después al otro.

Sin sonreír.

Sin bajar la cabeza.

Solo sosteniendo.

Un segundo más de lo necesario.

Y luego volví al plato.

La conversación siguió, torcida hacia otros temas. Historias del pueblo, cosas que no me importaban. Reí cuando tocaba. Tomás también.

Cuando terminamos, Susana se levantó primero.

—Voy a sacar unas cosas de la bodega —dijo—. Elena, ¿me ayudas?

Mi mamá dudó un segundo. Me miró, apenas.

—Ya vuelvo —añadió.

Asentimos todos.

Se fueron juntas por la puerta trasera. El sonido del mar entró más fuerte cuando la abrieron, y luego volvió a cerrarse.

Tomás se estiró en la silla.

—Yo voy por una cerveza —dijo—. ¿Quieren?

—Trae —respondió Jerónimo, sin mirarlo.

Tomás pasó junto a mí y me revolvió el pelo, como siempre. Ese gesto sí era igual. Después salió hacia la cocina.

Y de pronto, la casa se sintió más grande.

O más vacía.

—Hace calor —dijo Conrado.

Se levantó y caminó hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones. No preguntó. Solo fue.

Jerónimo lo siguió, como si fuera lo más natural del mundo.

Se detuvo un momento en el umbral y giró la cabeza hacia mí.

—¿Vienes?

Miré hacia la cocina. No se oía a Tomás.

Me levanté.

Los seguí.

El pasillo era más estrecho de lo que recordaba. Las paredes guardaban el calor del día. Conrado entró en una de las habitaciones y encendió la luz. Amarilla. Baja.

Cuando crucé la puerta, Jerónimo la empujó detrás de mí.

No la cerró del todo.

Me quedé de pie, cerca de la entrada.

—¿Qué? —dije, intentando que sonara normal.

Conrado se apoyó contra la cómoda. Jerónimo se quedó más cerca. Demasiado.

—Nada —dijo Conrado—. Solo queríamos verte mejor.

Sentí otra vez ese calor subir, pero no me moví.

—Ya me vieron.

Jerónimo sonrió un poco.

—No así.

Di medio paso atrás.

Mi espalda tocó la puerta.

—Entonces miren —dije.

 

Y no bajé la mirada.

Conrado se acercó más a mí. Dio un paso, despacio, como midiendo hasta dónde podía acercarse sin que yo retrocediera.

No retrocedí, tampoco podía hacerlo, la puerta me lo impedía.

Jerónimo se hizo a mi lado, lo suficiente cerca para sentir su presencia sin tocarme. O casi.

—Así está mejor —murmuró.

Tomás me vino a la mente.

Conrado inclinó apenas la cabeza.

—Te gusta que te miren —dijo.

Negué muy leve.

—No.

Jerónimo soltó una risa corta.

—Yo creo que si.

Conrado levantó la mano.

Se detuvo a medio camino.

Esperando.

Esperó a ver si yo me apartaba.

O no.

Sentí el pulso en la garganta.

Y no me moví.

Su mano terminó de recorrer la distancia, apenas rozando mi brazo. Lento. Como si tuviera tiempo.

Como si yo se lo hubiera dado.

Cerré los ojos un segundo.

Solo uno.

Jerónimo miró hacia la puerta, luego a mí.

Me aparté de la puerta justo cuando el picaporte se movía desde afuera.

Tomás empujó con el hombro, entrando con las cervezas en la mano.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó, frunciendo un poco el ceño.

Nadie respondió enseguida.

Yo fui la primera en moverme.

—Nada —dije, tomando una de las botellas.

 

Pero mi voz sonaba nerviosa.

—¿Seguro? —insistió, mirando entre nosotros—. Están raros.

—Calor —dijo Jerónimo, encogiéndose de hombros.

Conrado ya no me miraba.

O fingía no hacerlo.

Tomé un sorbo largo, más por tener algo que hacer con las manos que por sed. El vidrio frío me ayudó a concentrarme.

Tomás se dejó caer la cama y encendió la televisión sin preguntar.

Jerónimo se sentó a su lado.

Conrado se quedó de pie un momento, indeciso, y luego se apoyó contra la pared.

Yo dudé.

Había espacio.

De sobra.

Pero me senté en el suelo con un brazo apoyado en la cama.

Cerca.

Lo suficiente.

Tomé otro sorbo.

Tomás hizo un comentario, se rió solo. Jerónimo respondió. Conrado dijo algo después.

Levanté la vista apenas.

Conrado había cambiado la postura. Una pierna flexionada, el peso cargado hacia un lado, como si buscara acomodarse sin llamar la atención.

Pero lo hacía.

Para mí.

No me miraba directamente.

Pero sabía que yo lo estaba mirando.

Se pasó la mano por su entrepierna, tirando apenas de la tela, y fue cuando noté la erección de su miembro.

Bajé la mirada rápido.

El pulso otra vez en la garganta.

Tomé otro sorbo, más corto.

—¿Te pasa algo? —preguntó Tomás, mirándome.

Negué.

—No.

Mi voz salió normal.

—Está rara desde que llegaron —dijo Jerónimo, sin dejar de mirar la pantalla.

No dije nada

Volví a levantar la vista.

Solo un segundo.

Conrado agarraba su miembro erecto con la mano sobre la tela de su pantalón.

Lo miré un instante más.

Y entonces lo hizo. Sus dedos encontraron el botón del pantalón. No había prisa. Un movimiento calculado. El sonido del metal deslizándose contra la cremallera pareció más alto de lo que era, cortando el murmullo de la televisión y el mar lejano. Tomás se reía de algo en la pantalla, ajeno. Jerónimo seguía mirando la TV, pero su cuerpo estaba tenso, alerta.

Conrado se bajó los pantalones justamente hasta la mitad de sus muslos. Su miembro erecto se liberó, palpitando bajo la luz amarillenta. No era grande ni pequeño, estaba ahí, duro, con la piel tensa y el glande oscuro. Se lo tomó con la mano, como si me lo estuviera ofreciendo.

Un gesto morboso. Miró hacia mí. Sus ojos eran dos pozos oscuros, preguntando algo que no necesitaba palabras. El aire se convirtió en cristal en mis pulmones. Sentí el calor entre mis piernas, una humedad repentina que me hizo apretar los muslos. La botella de cerveza se me resbaló, casi se me cae. La apreté con fuerza. La escena se partió en dos: por un lado, la normalidad de Tomás riendo en la cama; por otro, la erección de Conrado, expuesta, deliberada, esperando una respuesta que yo no sabía cómo dar.

Tomás se rió de nuevo, un sonido agudo que me hizo saltar. Volvió la cabeza hacia nosotros, sus ojos todavía brillantes por la risa. «¿Qué miran tan seriamente?».

Su mirada recorrió la habitación. Pasó por mí, con mi botella apretada contra el pecho. Pasó por Jerónimo, que se había quedado completamente inmóvil. Y entonces encontró a Conrado. La risa de Tomás murió en su garganta. Su ceño se frunció.

«¿Qué carajos, Conrado?», dijo Tomás. Su voz no era un grito, era baja, peligrosa. Se incorporó.

Conrado no se movió. No se cubrió. Simplemente siguió mirándome a mí, como si Tomás no existiera. Su mano comenzó a moverse, un deslizamiento lento y deliberado desde la base hasta la punta. Un gesto que no era de placer, sino de desafío. Estaba masturbándose para mí, con su hermano y el mío en la misma habitación.

Jerónimo fue el que rompió el hechizo. Se levantó sin hacer ruido y se paró junto a la puerta, bloqueando la salida. No dijo nada, pero su postura lo decía todo.

Yo no podía moverme. Mis piernas estaban clavadas en el suelo de madera. Quería mirar a otro lado, pero mis ojos estaban hipnotizados por el movimiento de la mano de Conrado, por la forma en que la piel se estiraba y recogía con cada pasada. Una parte de mí, una parte profunda y oscura que no conocía, sentía un tirón visceral. Un calor húmedo se extendió entre mis piernas, manchando el algodón de mi interior. Me avergonzaba y me excitaba a la vez.

«Conrado, déjate de pendejadas», dijo Tomás, ya de pie. Se acercó un paso. «Y tu, Jerónimo, muevete de ahí».

Jerónimo no se movió. «Tranquilo, Tomás. Solo estamos jugando».

«Esto no es un juego», siseó Tomás. Miró de nuevo a Conrado, luego a mí. Sus ojos se suavizaron un poco al encontrarme, confundidos, como si intentara entender mi papel en esta extraña obra. «Isabel, ven acá».

La orden me sacó del trance. Me levanté, tambaleándome. La botella de cerveza se me resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe sordo. El líquido dorado se extendió, brillando bajo la luz amarilla. Nadie la miró.

Di un paso hacia Tomás, pero Conrado habló. Su voz era un ronquido bajo, cargado de deseo.

«Tranquilos».

Me detuve. Su mirada me clavó en el sitio.

Tomás vio mi vacilación. Su rostro se endureció de nuevo. «Te dije que te movieras, Jerónimo».

Pero Jerónimo no se movió. Solo cruzó los brazos, una sonrisa casi imperceptible en sus labios. Yo estaba en el medio, con el pulso martilleándome en las sienes y el calor húmedo creciendo entre mis piernas, una mancha de vergüenza y de algo más que no me atrevía a nombrar.

Conrado no le quitó los ojos de encima a Tomás. Se pasó la lengua por los labios, un gesto lento, deliberado. Luego, su mirada volvió a mí. No me dijo nada. No hizo falta. Asentí con la cabeza, un movimiento casi invisible, una traición silenciosa a mi hermano, a la niña que había sido hasta hace unas horas.

Me arrodillé. La madera del suelo me raspó las rodillas a través del vestido. El olor a cerveza derramada era más fuerte aquí. Estaba frente a él. Su miembro estaba ahí, a centímetros de mi boca, duro y palpitante. Nunca había visto uno tan de cerca. Las venas, la piel estirada, el glande oscuro y húmedo. Sentí náuseas y una curiosidad voraz al mismo tiempo.

Cerré los ojos e incliné la cabeza. El primer contacto fue extraño. La piel era suave, caliente, viva. La punta de mi lengua lo rozó, tímida. Probé sal, algo metálico. El sonido que hizo Conrado fue un gemido bajo, una vibración que sentí en mis propios labios.

«Isabel, no», susurró Tomás. Su voz sonaba rota, lejana. Pero no me detuve.

Abrí la boca más y lo dejé entrar. Era más grande de lo que pensaba. Llenó mi boca, pesado en mi lengua. Moví la cabeza, intentando encontrar un ritmo, imitando lo que había visto en los videos porno que había visto y en lo que decían algunas amigas. Conrado puso una mano en mi nuca. Sus dedos se entrelazaron en mi pelo.

«Así», murmuró. «Así, mi amor».

Y entonces empujó. No con violencia, sino con una presión constante e inevitable. Sentí su verga deslizarse por mi paladar, más y más profundamente. El reflejo de ahogarme me hizo retroceder, pero su mano en mi nuca me impidió moverme. La punta tocó el fondo de mi garganta. Gagué. Las lágrimas me brotaron de los ojos por el esfuerzo físico. Mi saliva se derramaba por las comisuras de mis labios, mojándolo todo.

Miré hacia arriba, a través de las lágrimas. Sus ojos estaban cerrados, la cabeza ligeramente echada hacia atrás, en un éxtasis absoluto. Más allá, Tomás se había sentado en la cama. No intuía en él ira, sino con un horror fascinado, como si estuviera presenciando un accidente del que no podía apartar la mirada. Y en la puerta, la silueta de Jerónimo, inmóvil, un guardián silencioso de mi iniciación.

Conrado empezó a moverse, un vaivén lento y profundo. Cada embestida me golpeaba en la garganta, cada retirada me daba un segundo de aire para volver a sumergirme. Ya no pensaba. Solo existía su verga en mi boca, el sabor a él, los sonidos que hacía, las miradas de los otros. Era mi primera vez.

Sentí el cuerpo de Conrado tensarse. Su respiración se cortó, se hizo un jadeo ronco. La mano en mi nuca se apretó, los dedos clavándose en mi cuero cabelludo. No necesitó avisar. Supe lo que venía. El primer chorro fue caliente y salado, golpeándome el fondo de la garganta. Me sorprendió, me hizo toser, el líquido espeso resbalando por mi lengua. Se retiró un poco, y el segundo chorro me llenó la boca. Ya no pude tragarlo todo. Se derramó por mis labios, mezclado con mi saliva, cayendo en un hilo brillante sobre mi vestido, sobre el suelo de madera.

Mantuvo su verga en mi boca hasta que el último temblor cesó. Yo me quedé quieta, con él todavía dentro, sintiéndolo palpar mientras se ablandaba lentamente. El sabor a él, a su semen, era todo lo que podía saborear. Era el sabor del verano. El sabor del fin de mi inocencia.

Finalmente, se retiró. Me quedé de rodillas, con la boca abierta, el aire entrando frío en mis labios hinchados. El silencio en la habitación era denso, pesado, roto solo por el sonido lejano de las olas y mi propia respiración entrecortada.

Me limpié la boca con el dorso de la mano, un gesto torpe y pueril. Levanté la vista. Conrado se había recostado en la cómoda, los pantalones todavía bajados, una expresión de satisfacción perezosa en su rostro. No me miraba. Ya no le importaba. Su conquista estaba hecha.

Mi mirada se desvió hacia Tomás. Él no se había movido. Estaba con los puños cerrados. Su cara era una máscara de dolor y confusión. No era la ira que esperaba. Era algo peor. Era la decepción. Veía a su hermana, la niña que había protegido, convertida en algo que no reconocía. Y en sus ojos, vi que algo entre nosotros se había roto para siempre. No habría vuelta atrás.

Luego miré a Jerónimo. Él sí me estaba mirando. Fijo. Su sonrisa había desaparecido, reemplazada por una intensidad calculadora. Y vi algo en su mirada que me heló la sangre, a pesar del calor que me recorría el cuerpo. Como si yo hubiera pasado una prueba y ahora le tocara su turno.

Se movió entonces, por primera vez desde que empezó todo. Se apartó de la puerta, dando un paso hacia mí. El movimiento fue lento, deliberado. El sonido de sus suelas en el suelo de madera resonó en la habitación silenciosa. No dijo nada. No hizo falta. Su intención estaba clara en la forma en que sus ojos recorrían mi cuerpo, en la manera en que se ajustó la tela de sus propios pantalones. El turno de Conrado había terminado.

Jerónimo se detuvo frente a mí. Se quedó de pie, dominante, mirándome desde arriba. Su mano fue a su propia cremallera. El sonido metálico me cortó los oídos, idéntico y distinto al de antes. Abrió sus pantalones y los dejó caer. Su miembro se liberó, ya erecto. Era diferente al de su hermano. Más largo, más delgado, con una curva sutil hacia arriba que parecía señalarme.

«Isabel, para», dijo Tomás. Su voz ya no era un susurro. Era un ronquido roto, una súplica desesperada. «Basta ya».

Pero no bastaba. Yo sabía que no bastaba. Miré a Jerónimo, no a Tomás. Asentí de nuevo, más firme esta vez. No había duda. No había vuelta atrás.

Él no necesitó mi boca. Tomó su verga con la mano y la rozó contra mis labios, contra mis mejillas, mojándome con el fluido que ya brotaba de su glande. Era una marca, una forma de decir «tú eres mía ahora». Luego, con la misma mano, me agarró por el mentón y me obligó a levantar la cara.

«Ábreme», ordenó. Su voz era fría, autoritaria.

Obedecí. Él entró en mi boca con más fuerza que su hermano, más decidido. No hubo exploración tímida. Fue una posesión directa. Me la metió hasta el fondo de golpe, sin darme tiempo de prepararme. El ahogo fue inmediato, más violento. Mis ojos se llenaron de lágrimas de nuevo. Esta vez sí hubo dolor, un arañazo en mi garganta.

«Suave, Jerónimo», gritó Tomás. Oí el golpe de sus pies contra el suelo de madera. Se lanzó hacia nosotros. Pero Conrado, se movió con una rapidez sorprendente. Salió de su apoyo en la cómoda y se interpuso entre Tomás y nosotros. No dijo nada. Solo puso una mano en el pecho de mi hermano. Una advertencia silenciosa. Un muro.

Jerónimo se rio, un sonido bajo y gutural que vibró en mi boca. «Tranquila, Tomás. Tu hermana está aprendiendo».

Y entonces volció a moverse. Su ritmo era distinto. No era el vaivén profundo y casi sensual de Conrado. Era rápido, brutal, casi castigador. Cada embestida me golpeaba el paladar, cada una me hacía gaguar. Sus manos se enredaron en mi pelo, usando mi cabeza como si fuera un objeto, un simple recipiente para su placer. Las lágrimas corrían libremente por mis mejillas, mi saliva goteaba sin control sobre mi vestido y el suelo. Ya no era una iniciación. Era un castigo. O una lección.

Miré a través de la cortina de lágrimas hacia Tomás. Lo veía por encima del hombro de Conrado. Ya no intentaba avanzar. Se había quedado quieto, con la cara desencajada, mirándome con una mezcla de horror y de una piedad impotente. Era la imagen de mi hermano roto, y verlo así me dolió más que la verga de Jerónimo en mi garganta.

Sentí que Jerónimo se aceleraba, sus embestidas se volvían más cortas, más frenéticas. Su respiración era un jadeo animal. Y entonces, con un gruñido profundo, se vació en mi boca. Esta vez estaba preparada. Tragué casi todo, el sabor amargo y salado llenándome, demostrándole a mí, a Tomás, a todos, que podía hacerlo. Que ya no era una niña.

Se retiró lentamente, limpiando su verga en mis labios como si fuera un trapo. Me dejó allí, arrodillada en el charco de cerveza y mi propia humillación, con el sabor de los dos gemelos en mi boca.

14 Lecturas/9 junio, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: colegio, culo, hermana, hermano, madre, mayor, semen, vacaciones
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