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Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

El Baño

Cuando la enfermera de Ancelmo no puede asistir, su nieta acude a ayudarle con su baño diario..
El Baño
Cuando la enfermera de Ancelmo no puede asistir, su nieta acude a ayudarle con su baño diario. Al desnudarse para no mojarse la ropa, la intimidad del momento despierta deseos largamente dormidos en el anciano. Lo que comienza como un acto de cuidado se transforma en un encuentro sensual que desafía todos los límites.

La Llamada
El sonido del teléfono me despertó de mi siesta. Al descolgar, la voz temblorosa de mi abuelo resonó en mi oído.

«Lo siento mucho, cariño,» dijo, su voz quebrada por la preocupación. «La enfermera no pudo venir hoy. Me prometió que estaría aquí para mi baño, pero llamó hace media hora para cancelar.»

Me incorporé rápidamente en el sofá, sintiendo cómo el pánico comenzaba a instalarse en mi pecho. Mi abuelo había estado dependiendo de esa enfermera durante años, desde que su salud comenzó a deteriorarse. No podía permitir que se quedara sin su baño diario.

«Está bien, abuelo,» le aseguré, tratando de mantener la calma en mi voz. «No te preocupes. Yo iré. Estaré allí en veinte minutos.»

Colgué el teléfono y me levanté rápidamente, buscando mis llaves y mi bolso. Mientras me preparaba para salir, no pude evitar sentir una mezcla de preocupación y responsabilidad. Sabía que mi abuelo confiaba plenamente en mí, y no quería decepcionarlo.

Al llegar al apartamento de mi abuelo, encontré la puerta entreabierta. Al entrar, lo vi sentado en su sillón, esperando pacientemente.

«Gracias por venir, cariño,» dijo, sus ojos brillando con gratitud. «Sabía que podía contar contigo.»

«Claro que sí, abuelo,» respondí, acercándome a él y dándole un beso en la mejilla. «Vamos a prepararte ese baño. La enfermera debe haber dejado todo listo, ¿no?»

Mi abuelo asintió y me siguió hasta el baño. Al entrar, noté que efectivamente todo estaba preparado: las toallas dobladas sobre la barra de la ducha, el jabón y el champú alineados en un estante. Sin embargo, al mirarme a mí misma, me di cuenta de que no tenía ropa extra.

«¿Qué pasa, cariño?» preguntó mi abuelo, notando mi expresión de preocupación.

«Es solo que… no traje ropa de cambio,» admití, sintiéndome un poco avergonzada. «Si me mojo el vestido, no tendré nada que ponerme.»

Mi abuelo reflexionó por un momento antes de decir: «Podrías quitártelo. No hay nadie más aquí, y no sería la primera vez que te ves así frente a mí. Eres como mi hija, después de todo.»

Aunque sus palabras eran inocentes, sentí un rubor subir por mis mejillas. Era cierto que mi abuelo me había visto en ropa interior o incluso desnuda en varias ocasiones, especialmente cuando era niña y me bañaba con él. Sin embargo, ahora era una mujer adulta, y la situación parecía diferente.

«Tienes razón, abuelo,» dije finalmente, decidiendo seguir adelante con la idea. «Voy a quitarme el vestido para no mojarlo. No tardaré mucho.»

Comencé a desabrochar el vestido lentamente, sintiendo los ojos de mi abuelo fijos en mí. Aunque sabía que era inapropiado, no podía evitar sentir una cierta excitación ante la idea de desnudarme frente a él. Me pregunté si él también estaba sintiendo algo similar, o si simplemente estaba siendo el abuelo protector que siempre había sido.

Al quitarme el vestido, me quedé en ropa interior, sintiéndome vulnerable pero también empoderada. La mirada de mi abuelo se intensificó, y pude ver cómo sus ojos recorrieron mi cuerpo con una mezcla de admiración y algo más que no podía identificar.

«Eres tan hermosa como tu madre lo era a tu edad,» murmuró, su voz ronca por la emoción. «Es un honor para mí poder cuidar de alguien tan especial.»

Sus palabras me conmovieron profundamente, y sentí una oleada de afecto hacia mi abuelo. Sabía que me amaba incondicionalmente, y en ese momento, me sentí más cerca de él que nunca.

«Gracias, abuelo,» respondí, sintiendo lágrimas formando en mis ojos. «También es un honor para mí poder estar aquí contigo.»

Con el vestido en la mano, me dirigí hacia la ducha y comencé a preparar el agua. Mientras el vapor empezaba a llenar el baño, me quité la ropa interior y entré en la ducha, sintiéndome completamente expuesta pero también liberada.

El Jabón y la Piel
El agua caliente caía sobre nosotros, creando un ambiente íntimo que hacía que el tiempo pareciera detenerse. Mi abuelo se mantuvo quieto en el centro de la ducha, su cuerpo frágil bajo el chorro de agua. Con manos temblorosas, tomé el jabón y lo froté entre mis palmas hasta crear una espuma abundante.

«Cierra los ojos, abuelo,» le dije suavemente mientras comenzaba a pasar mis manos sobre su pecho. Sentí cada hueso prominente bajo su piel arrugada, cada pliegue que contaba historias de una vida larga y vivida. Mis dedos se movieron con delicadeza, limpiando su cuerpo con cuidado, como si estuviera manejando algo precioso y frágil.

Mientras enjabonaba su espalda, noté cómo su respiración se volvía más profunda. Sus músculos, aunque debilitados, aún respondían al tacto. Pasé mis manos sobre sus hombros, masajeando suavemente antes de continuar hacia abajo. Al llegar a su trasero, sentí un leve estremecimiento recorrer su cuerpo.

«¿Estás bien, abuelo?» pregunté, deteniendo mis movimientos por un momento.

Él asintió lentamente, sin abrir los ojos. «Sí, cariño. Solo disfrutando de este momento contigo.»

Reanudé mi trabajo, enjabonando sus piernas con movimientos largos y firmes. Mis manos se deslizaron sobre sus muslos, notando cómo la piel allí era ligeramente más gruesa y resistente. Al llegar a sus pies, los masajeé con cuidado, sintiendo cada callo y cada articulación.

Cuando volví a subir, mis manos rozaron accidentalmente su entrepierna. Fue un contacto breve y casual, pero suficiente para hacerme consciente de algo que no había considerado antes. Su cuerpo, aunque envejecido, aún respondía a las sensaciones físicas. Continué limpiándolo con cuidado, evitando deliberadamente esa zona por el momento.

«Gírate, abuelo,» le indiqué suavemente. «Quiero asegurarme de que no me pierdo nada.»

Él obedeció, dándome acceso completo a su frente. Comencé a lavar su cara, siendo especialmente cuidadosa alrededor de sus ojos y boca. Mis dedos se deslizaron sobre su mandíbula, sintiendo la aspereza de su barba incipiente.

Mientras continuaba lavando su cuello y hombros, mis manos se movieron con mayor confianza. La intimidad del momento nos envolvía, creando una conexión que trascendía nuestra relación familiar. Me encontré perdida en la sensación de su piel bajo mis dedos, en la vulnerabilidad que compartíamos bajo el agua caliente.

«¿Te gusta esto, abuelo?» pregunté, mi voz apenas un susurro sobre el sonido del agua.

Él abrió los ojos entonces, mirándome directamente. Vi en ellos una mezcla de afecto y algo más, algo que no podía definir pero que reconocí como auténtico y real.

«Más de lo que puedes imaginar, cariño,» respondió, su voz ronca por la emoción. «Es un privilegio tenerte aquí conmigo, cuidando de mí de esta manera.»

Mis manos continuaron su trabajo, moviéndose hacia su pecho nuevamente. Esta vez, sin embargo, noté algo diferente. Su respiración se había vuelto más irregular, y podía sentir un ligero temblor en su cuerpo. Mis dedos rozaron accidentalmente su pezón, y lo vi endurecerse bajo mi contacto.

Continué bajando, enjabonando su vientre plano y luego sus caderas. Fue entonces cuando noté el cambio. Su miembro, antes flácido y descansando contra su muslo, ahora estaba semierecto, hinchándose ligeramente bajo mi mirada. Ambos nos quedamos paralizados por un momento, conscientes de lo que estaba sucediendo pero sin saber exactamente cómo reaccionar.

«Lo siento, cariño,» dijo finalmente, su voz llena de vergüenza. «No sé qué me pasa.»

«No hay nada de qué disculparse, abuelo,» respondí rápidamente, sintiendo una mezcla de sorpresa y curiosidad. «Es natural. Todos somos humanos, después de todo.»

Tomé el jabón y lo froté entre mis manos, creando más espuma. Luego, con movimientos deliberados y gentiles, comencé a lavar su miembro erecto. La sensación de su piel bajo mis dedos, caliente y firme, me resultaba extraña pero no desagradable. Él dejó escapar un suave gemido, cerrando los ojos mientras yo continuaba mi tarea.

«¿Se siente bien, abuelo?» pregunté, mi voz baja y suave.

Él asintió, incapaz de hablar coherentemente. «Sí… sí, cariño… se siente… increíble.»

Mis manos continuaron moviéndose sobre su longitud, limpiando y masajeando al mismo tiempo. La sensación de su excitación era palpable, y podía sentir cómo su cuerpo respondía a cada toque. El agua caliente seguía cayendo sobre nosotros, creando un ambiente íntimo y privado donde nada más importaba excepto este momento compartido.

«Creo que ya estás limpio, abuelo,» dije finalmente, retirando mis manos de su miembro. «Deberíamos terminar y salir de la ducha.»

Él asintió, todavía visiblemente afectado por la experiencia. «Sí, tienes razón. Gracias… gracias por todo.»

Terminé de enjuagarlo rápidamente, asegurándome de que no quedaba rastro de jabón en su cuerpo. Luego, salí de la ducha y tomé una toalla grande, ofreciéndosela mientras él se acercaba a mí.

Las Caricias Prohibidas
El agua seguía cayendo sobre nosotros mientras envolvía a mi abuelo con la toalla, mi mente acelerada por lo que acababa de ocurrir. Sus ojos, normalmente serenos, brillaban con una intensidad que nunca antes había visto. Mientras lo secaba con movimientos lentos y deliberados, sentí cómo su respiración cambiaba, volviéndose más superficial y rápida.

«¿Estás seguro de que estás bien, abuelo?» le pregunté, mi voz apenas un susurro en el espacio cerrado de la ducha. Él no respondió inmediatamente, simplemente me miró fijamente, como si estuviera viendo a través de mí.

Finalmente, asintió lentamente. «Estoy… estoy más que bien, cariño. Es solo que… no recuerdo la última vez que me sentí así.»

Mis manos continuaron moviéndose sobre su piel, secando el agua que aún permanecía en su espalda y hombros. Con cada toque, sentía cómo su cuerpo respondía, cómo la tensión parecía aumentar entre nosotros. Sin pensarlo realmente, mis dedos se deslizaron hacia su pecho, trazando patrones sobre su piel arrugada pero sorprendentemente firme.

«¿Te gusta esto, abuelo?» pregunté, mi voz temblando ligeramente. Él cerró los ojos por un momento, como si estuviera saboreando la sensación.

«Sí, cariño. Me gusta mucho.»

Con una confianza que no sabía que tenía, dejé caer la toalla al suelo y me acerqué más a él, presionando mi cuerpo contra el suyo. Podía sentir el calor que irradiaba de él, y cómo su cuerpo respondía a mi proximidad. Mis manos se deslizaron hacia abajo, siguiendo la línea de su torso hasta llegar a su miembro, que ya estaba semierecto nuevamente.

«Quiero hacerte sentir bien, abuelo,» dije, mirándolo directamente a los ojos mientras comenzaba a acariciarlo suavemente. Él dejó escapar un gemido bajo, sus manos agarraban los bordes de la ducha mientras yo continuaba mi movimiento.

«Por favor… no te detengas,» murmuró, sus ojos cerrados con fuerza.

No tenía ninguna intención de detenerme. Mientras lo acariciaba, sentí cómo su miembro se endurecía aún más en mi mano, volviéndose cálido y palpitante. Mis movimientos se volvieron más firmes, más seguros, mientras aprendía qué le gustaba y qué le hacía gemir de placer. El sonido de su respiración acelerada y los pequeños gemidos que escapaban de sus labios eran música para mis oídos, una confirmación de que estaba haciendo algo correcto.

«Así es, cariño… justo así,» murmuró, abriendo los ojos para mirarme. Vi el deseo en ellos, un deseo que coincidía con el que sentía crecer dentro de mí.

Sin romper el contacto visual, continué acariciándolo, aumentando el ritmo y la presión según sus reacciones. Podía sentir cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus respiraciones se volvían más cortas y rápidas. Sabía que estaba cerca, y la idea me excitaba más de lo que jamás hubiera imaginado.

«Voy a… voy a…», comenzó a decir, pero no pudo terminar la frase. Con un gemido bajo y gutural, sentí cómo su cuerpo se convulsionaba, liberando un chorro cálido de semen sobre mi mano y su estómago. Él se desplomó contra mí, respirando con dificultad, mientras yo lo sostenía, sintiendo el latido de su corazón contra mi pecho.

Nos quedamos así durante unos largos momentos, solo el sonido de nuestra respiración llenando el pequeño espacio de la ducha. Finalmente, cuando su respiración se calmó, lo ayudé a salir de la ducha y lo llevé al banco del baño, donde se sentó con los ojos cerrados, una pequeña sonrisa jugando en sus labios.

«Gracias, cariño,» dijo suavemente. «No sé qué habría hecho sin ti hoy.»

Sonreí, sintiendo una mezcla de satisfacción y culpa. «Fue un placer, abuelo. Solo quiero que estés bien.»

Mientras lo decía, sabía que las cosas nunca volverían a ser exactamente como antes. Había cruzado una línea, y aunque no sabía qué significaba para nuestro futuro, sabía que lo que habíamos compartido hoy sería un secreto entre nosotros, algo que atesoraríamos y recordaríamos para siempre.

1 Lecturas/1 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Jossy
Etiquetas: abuelo, baño, ducha, hija, madre, mayor, mujer, semen
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