El culo de mí sobrina de 13.
Carlos de 40 años vuelve a ver a su familia pero no espera que una integrante esté tan cambiada..
Primer capítulo: De vuelta al barrio
Carlos tenía cuarenta años, era alto, con ojos verdes penetrantes y pelo corto oscuro que empezaba a teñirse de canas en las sienes. Trabajaba en informática desde su departamento en la ciudad capital, una vida solitaria de códigos y pantallas. Vivía solo, sin pareja desde hacía años, su última relación había terminado en desastre y desde entonces se había refugiado en el trabajo y las películas por las noches. Estaba distanciado de su familia desde que se mudó a otra provincia hacía casi ocho años, sumido en su aislamiento voluntario.
Un día decidió tomarse vacaciones y visitar su provincia natal. Condujo durante horas hasta llegar al barrio donde creció. Estacionó frente a la casa de su hermano mayor, respiró hondo y tocó el timbre.
La puerta se abrió y su hermano apareció, inicialmente confundido, luego sus ojos se iluminaron.
—¡Carlos! ¡Dios mío!
Se abrazaron fuerte, el abrazo de dos hombres que no se veían desde hacía demasiado tiempo.
—Entra, entra —lo invitó su hermano emocionado—. Es una sorpresa increíble.
Carlos entró y vio a sus sobrinos en la sala, un chico de veinte años y otro de diecisiete, ambos con controles de PlayStation en las manos.
—¿Tío Carlos? —dijo el mayor levantándose, sorprendido pero con la contención propia de su edad.
—¡Qué onda! —saludó el menor sin dejar de mirar la pantalla.
Carlos se quedó tomando café con su hermano en la cocina, poniéndose al día. Hablaba de su vida en la otra provincia, de su trabajo en informática, de cómo no tenía pareja, de su rutina solitaria entre líneas de código y maratones de películas los fines de semana.
—Deberías venir más seguido —dijo su hermano—. La familia te extraña.
A la hora llegó su cuñada, pero no venía sola. Entró con una niña que venía de patín, con su bolsito colgando del hombro que llevaba sus patines. Vestía una calza rosada ajustada que marcaba cada curva de sus piernas pálidas y suaves, un rodete en el cabello oscuro y una remera musculosa de tirantes blanca que dejaba ver sus hombros y brazos blancos como la porcelana.
Carlos se quedó boquiabierto. La última vez que vio a su sobrina Ámbar tenía cinco años, una niñita con coletas y dientes de leche. Ahora tenía trece años y era una completamente diferente.
—¡Tío Carlos! —exclamó ella al verlo, dejando caer su bolso y corriendo a abrazarlo con toda la fuerza de su cuerpo menudo.
Era cariñosa desde chiquita. Carlos la envolvió en sus brazos, sintiendo su cuerpo cálido y flexible contra el suyo, su piel blanca y suave contra su barba incipiente.
—¡Cuánto te extrañé, tío! —dijo ella apretándose más—. ¿Te acordás cuando jugábamos y yo te hacía peinados raros?
—Cómo olvidarlo, princesa —respondió Carlos con la voz algo entrecortada.
La alejó un poco para mirarla, haciéndola girar como si evaluara un vestido. Pero cuando ella giró y quedó de espaldas a él, los ojos de Carlos se perdieron en su culo. Dios santo, no solo había crecido, sino que sus nalgas habían madurado de forma obscena. La calza rosada se adhería a dos globos perfectos, redondos, firmes, de piel blanca que contrastaba con el rosado intenso de la tela. No parecía el culo de una niña de trece años, parecía el de una chica de dieciocho que hacía ejercicio. El patín, efectivamente, daba sus frutos.
—¿Cuántos años tenés ahora? —preguntó Carlos disimulando su turbación.
—Trece, tío —respondió ella sonriendo con inocencia—. Ya soy una adolescente.
Carlos la volvió a abrazar, más tiempo de lo necesario, y le dio un fuerte beso en el cachete, saboreando la piel suave mientras su mente ya no podía sacar la imagen de ese culo perfecto de piel blanca.
Esa tarde la familia se reunió, hablaron de todo mientras cenaban. Ámbar se sentó en el piso con su tablet, dibujando. En un momento levantó la vista y llamó a su tío.
—¡Tío Carlos, mira lo que dibujé!
Se levantó del piso y se acercó a él, sentándose a su lado en el sofá. Carlos sintió que el calor subía por su cuello. La niña le mostraba su dibujo con entusiasmo, y él la felicitó mientras con una mano la sostenía de la cinturita diminuta, sintiendo la piel blanca y tibia bajo la remera, el calor de su cuerpo treceañero tan cerca del suyo.
—¿Me lo explicás? —preguntó Carlos, aunque no escuchaba nada.
Estaba perdido en la sensación de su piel pálida, en su aroma dulce a jabón infantil mezclado con el aroma de niña que desprendía su cuerpo, en las palpitaciones que sentía y no sabía si eran las de ella o las suyas propias por tener ese cuerpo tan pegado, tan inocente, tan prohibido.
—¿Entendiste, tío? —preguntó Ámbar girando su rostro hacia él, sus ojos grandes y oscuros, su piel blanca iluminada por la luz de la tarde.
—S-sí, princesa —respondió él, sin tener idea de qué le había dicho—. Está hermoso.
Esa noche Carlos durmió en el sofá de la sala, pero no durmió bien. Se quedó horas despierto pensando en su sobrina, específicamente en su cuerpo, en ese culo que no parecía de trece años, en cómo una niña de piel tan blanca podía estar así de buena. No tenía sentido. Se durmió con esa imagen dando vueltas en su cabeza, sintiéndose culpable pero excitado.
Al otro día despertó con el sol en la cara. Era una tarde de verano, calurosa y húmeda. Su hermano le ofreció desayunar y mientras tomaban café, Carlos preguntó si había algo nuevo para visitar.
—Podemos organizar un día de turismo —dijo su hermano—. Vamos todos juntos en el auto.
La propuesta fue dad una vez todos despiertos la cual fue bien recibida, todos fueron a cambiarse con ropa cómoda.
Cuando estuvieron listos, salieron al auto. Pero había un problema: el vehículo era pequeño. Eran seis personas y no cabían bien en la parte de atrás.
—Ya sé —dijo el hermano de Carlos—. Ámbar, te vas a sentar arriba de tu tío. Así entramos todos.
El corazón de Carlos dio un vuelco. El cielo le estaba regalando una oportunidad divina.
Hacía calor, así que Carlos vestía un short playero azul claro y una remera sin mangas. Ámbar venía con un short de algodón fino y ligero, de color celeste, que se adhería a sus muslos pálidos, y una remera de tirantes blanca, y en sus pies unas sandalias que dejaban ver sus piecitos pequeños y blancos, aún de niña, con uñitas pintadas de rosado.
Carlos se sentó en el asiento trasero y abrió ligeramente las piernas.
—Ven, niñita —dijo con voz forzada a la cordialidad—. Como en los viejos tiempos, cuando jugábamos al caballito.
Ámbar se acercó riendo, hundida en su inocencia, mientras Carlos la guiaba con una voz perversa que solo él podía escuchar en su mente, obligándolo a actuar, a posicionarla justo en el centro de sus piernas.
Abrió más sus muslos sin que nadie notara la posición que adoptaba, creando un hueco perfecto entre sus piernas. Los segundos previos a que ella se sentara parecieron eternos, como en cámara lenta. Vio descender ese culo de trece años, lento, eterno, hasta su objetivo. Su aroma dulce de niña entró en sus fosas nasales, añadiendo un toque más de lujuria y morbo a la situación.
La familia alrededor, ajena, charlando y riendo, le daba el gusto prohibido que le faltaba.
El tiempo se detuvo hasta que finalmente sintió el calor de la piel de Ámbar contra él. El short de algodón fino apenas era barrera, tan delgado que Carlos podía sentir casi directamente la piel blanca y suave de sus nalgas. Su pene quedó justo en medio de las nalgas de su sobrina, que ajena a las perversiones de su tío ya comenzaba a moverse inquieta, como toda niña de esa edad que no puede estar quieta.
Así arrancó el viaje. Ámbar no paraba de moverse, acomodándose, y Carlos sentía cómo su pene se endurecía más con cada roce contra ese algodón fino que apenas cubría la piel blanca de su sobrina. Sostenía a Ámbar con una mano en la cintura y otra justo en sus muslos, sintiendo esa piel suave, pálida, perfecta.
La carretera tenía lomos y baches. Cada imperfección del asfalto hacía que el auto saltara, y con cada salto, Ámbar rebotaba ligeramente en su regazo, aplastando más su culo contra su erección, el algodón fino del short apenas amortiguando el contacto.
—¡Cuidado con el bache! —gritó el hermano de Carlos desde el asiento delantero.
Ámbar se agarró de las rodillas de Carlos para estabilizarse, inclinándose hacia adelante. Este movimiento hizo que su espalda se arqueara y sus nalgas se presionaran más fuerte contra el vientre de Carlos, que aprovechó para empujar discretamente hacia arriba, sintiendo la separación de sus glúteos a través de la delgada tela del algodón fino, casi sintiendo la piel blanca directamente.
—Tío, ¿me puedes sostener mejor? —pidió Ámbar inocentemente, girando su rostro hacia él con una sonrisa de trece años, su piel blanca sonrojada por el calor.
Carlos tragó saliva. Sus manos subieron ligeramente, más cerca de la entrepierna de ella.
—Claro, princesa —murmuró, y sus dedos se cerraron más fuerte alrededor de sus muslos delgados y pálidos, acariciando la piel blanca como la nieve, subiendo y bajando casi imperceptiblemente mientras ella volvía a recostarse contra él.
Ámbar, aburrida del viaje, comenzó a jugar con sus propias manos, entrelazando sus dedos, y cada movimiento de sus brazos hacía que su torso se moviera, frotando su espalda contra el pecho de Carlos. Luego se giró completamente hacia la izquierda para señalar un árbol, y su nalga derecha se apretó directamente sobre la punta de su tío, que contuvo un gemido mordiéndose el labio.
—¡Mira, tío, un caballo! —exclamó emocionada, señalando con su brazo extendido, lo que hizo que su cuerpo se estirara y su culo se moviera en círculos sobre la erección de Carlos.
—S-sí, princesa… —tartamudeó Carlos, sintiendo cómo el sudor comenzaba a perlar su frente.
El calor del verano hacía que todos estuvieran pegajosos. Ámbar se quitó el cabello del cuello, dejando ver su nuca y piel blanca. Carlos no pudo resistir y acercó su nariz, fingiendo mirar por la ventana detrás de ella, inhalando el aroma dulce de su sobrina de trece años.
—Tengo calor, tío —se quejó Ámbar, y sin pensarlo, comenzó a moverse de nuevo, acomodándose más cómoda, frotando su espalda contra el pecho de Carlos, sintiendo su barba incipiente en su cuello pálido.
Su mano izquierda, que sostenía su cintura, se deslizó imperceptiblemente hacia arriba, rozando la parte inferior de sus pechos pequeños que comenzaban a formarse bajo la remera de tirantes. Ámbar no notó nada, demasiado concentrada en señalar cosas por la ventana.
Cuando Ámbar preguntó, no se volteó del todo. Solo giró su torso un poco, intentando ver a Carlos por encima de su hombro, curvando su espalda de forma natural.
—¿También te gustaba mirar por la ventana cuando eras chica, tío? —preguntó ella, girando solo el torso, su rostro pálido girado parcialmente hacia él con inocencia.
Ese movimiento inocente hizo que sus nalgas se separaran por un breve segundo, justo cuando el auto pasó por una imperfección del asfalto. El pene de Carlos, erecto y pulsante, encajó perfectamente en medio de esa abertura. La tela fina del short de algodón se tensó entre las nalgas de Ámbar, apretando el miembro de su tío en un calor húmedo y perfecto, la piel blanca de sus glúteos rozando casi directamente contra él.
Carlos no pudo responder. Su pene comenzó a moverse involuntariamente, dando pequeños saltos contra el culo de su sobrina, como si tuviera vida propia y supiera exactamente dónde se encontraba, entre esas nalgas blancas y suaves de trece años. Cada contracción muscular de su miembro lo empujaba más contra la hendidura, sintiendo la forma, el calor, la fricción del algodón fino que apenas separaba su piel de la piel.
—T-tío… —murmuró Ámbar sintiendo algo raro, pero sin entender qué era ese movimiento contra ella.
—S-sí, princesa… —tartamudeó Carlos con voz ahogada, incapaz de controlar los pequeños saltos de su pene que seguían buscando más profundidad, más contacto con ese culo que se había abierto para él—. Me encantaba… mirar…
Ámbar, confundida por la sensación pero inocente, solo se recostó más, cerrando levemente sus nalgas de nuevo, atrapando el pene de Carlos entre ellas, haciendo que él contuviera un gemido mordiéndose el labio hasta casi sangrar.
Un bache grande hizo que el auto saltara violentamente. Ámbar cayó con fuerza sobre el regazo de Carlos, y él aprovechó el movimiento para empujar sus caderas hacia arriba, sintiendo cómo su pene se clavaba entre sus nalgas a través del algodón fino del short, casi sintiendo la piel blanca directamente. La niña solo rio, creyendo que era divertido.
—¡Otro bache! —avisó el hermano de Carlos.
—Sostente fuerte, princesa —susurró Carlos al oído de Ámbar, y ella obedeció, agarrándose de sus manos, que él aprovechó para bajar una de ellas más cerca de su entrepierna, casi rozando su sexo a través del algodón fino del short.
Ámbar comenzó a cantar una canción infantil, moviendo su cabeza al ritmo, y con cada movimiento, su culo se mecía sobre Carlos, que estaba al borde del éxtasis. Su otra mano, la que sostenía su cintura, bajó para «acomodarla» y terminó con los dedos justo en la línea de su short, rozando la piel blanca de sus nalgas superiores.
—Tío, ¿me estás haciendo cosquillas? —preguntó Ámbar riendo, girándose para mirarlo con ojos inocentes de trece años, su rostro pálido sonrojado.
—Solo te acomodo, princesa —respondió Carlos con voz temblorosa, y ella sonrió, confiada, volviendo a recostarse contra él, más relajada que nunca, sintiéndose segura con su tío.
El viaje continuó, kilómetro tras kilómetro, con Carlos al borde de la locura, su pene palpitando contra el culo de piel blanca de su sobrina, sus manos acariciando cada vez más osadamente mientras ella, inocente y cariñosa, se dejaba hacer todo, sin entender las perversiones que su tío estaba cometiendo con su cuerpo de trece años a plena luz del día, rodeados de familia que no notaba nada, absorta en sus propias conversaciones.
Carlos cerró los ojos por un momento, inhalando el aroma dulce de Ámbar, sintiendo su calor, su peso menudo pero perfecto, su piel blanca contra él, su inocencia que lo excitaba más que cualquier otra cosa. Sabía que estaba cruzando una línea, pero no podía detenerse. El culo de su sobrina de trece años, de piel tan blanca y suave, estaba hecho para él, y él estaba decidido a disfrutarlo cada segundo que durara ese viaje.
Continuará…


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