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Incestos en Familia

El eco de la noche

La noche había caído sobre la ciudad cuando Daniel salió de la oficina..

Durante todo el día llevó en el bolsillo interno de la chaqueta el sobre que había recibido esa mañana. No tenía remitente.

Dentro encontró una fotografía antigua. Una mujer sostenía a un bebé frente a una casa de fachada blanca. En el reverso alguien había escrito:

«Han pasado diecinueve años. Ha llegado el momento de que sepas la verdad.»

Varias veces estuvo a punto de tirarla, pero siempre terminaba guardándola otra vez.

Mientras caminaba hacia su apartamento, volvió a observar la imagen bajo la luz de una farola. El papel estaba amarillento y tenía las esquinas dobladas por el uso.

Al llegar a la esquina de su calle vio una mujer frente a una tienda cerrada que parecía mirarlo fijamente. No le prestó atención.

Siguió caminando.

Unas cuadras más adelante, mientras esperaba el cambio del semáforo, volvió a notar la misma mujer. Esta vez estaba detenida junto al andén. Quizá había tomado la misma ruta que él.

Continuó sin guardar la fotografía.

Cuando llegó a su edificio, el vigilante hablaba por teléfono en la portería. Daniel levantó la mano que tenía la fotografía a modo de saludo y entró.

Antes de que la puerta se cerrara, una mujer se acercó desde la acera.

—¿Daniel?

Él se detuvo.

La mujer parecía buscar las palabras adecuadas.

—Creo que tengo que hablar con usted.

Daniel la observó sin responder.

—¿Usted me envió esto? —preguntó.

Ella asintió.

—Si, fui yo.

Daniel sintió que el estómago se le contraía.

—¿Por qué?

La mujer respiró hondo antes de responder.

—Porque la persona que aparece en esa fotografía soy yo.

Daniel volvió a mirar la imagen. La mujer era más joven, pero reconoció los mismos ojos.

—¿Y el bebé?

Ella sostuvo su mirada.

—Eres tú.

Durante varios segundos ninguno de los dos habló.

Daniel había imaginado muchas veces cómo sería conocer a su madre biológica. En ocasiones pensó que nunca ocurriría. Otras veces creyó que, si llegaba a suceder, tendría preparadas cientos de preguntas. Sin embargo, en ese momento no encontró ninguna.

La mujer se acercó hasta quedar justo frente a él.

—Sé que esto es difícil de escuchar.

—¿Cómo me encontró?

—No fue fácil. Primero me tomó años reunir el valor para buscarte y luego varios meses encontrar información suficiente para llegar hasta ti.

Daniel observó sus manos. Parecían nerviosas.

—¿Por qué ahora?

La mujer bajó la mirada unos instantes.

—Debes tener alrededor de diecinueve años. Pensé que ya eras lo suficientemente grande para decidir si querías conocerme o no.

Daniel apoyó la espalda en la pared.

—¿Por qué me dio en adopción?

La pregunta salió más rápido de lo que esperaba.

La mujer permaneció en silencio unos segundos.

—Tenía dieciocho años cuando naciste. Mi familia era muy conservadora. Mi padre era estricto y en mi iglesia las cosas eran aún más difíciles. Cuando supieron que estaba embarazada, sentí que todo se derrumbaba.

Daniel no respondió.

—No estoy tratando de justificarme —continuó ella—. Solo quiero que entiendas cómo ocurrió.

—¿Mi padre sabía de mí?

—Sí.

—¿Y qué pasó con él?

—Se fue antes de que nacieras.

Daniel desvió la mirada hacia la ventana.

La mujer sacó un pequeño pañuelo de su bolso.

—Durante mucho tiempo pensé que entregarte en adopción era la mejor decisión. Creí que tendrías una vida más estable de la que yo podría ofrecerte.

Ella sonrió con tristeza.

Daniel percibió algo en ella. No parecía una persona que hubiera llegado con respuestas perfectas. Más bien parecía alguien que había cargado durante años con una decisión que nunca dejó de pesarle.

—¿Tiene más familia? —preguntó.

—Sí.

—¿Más hijos?

Ella negó con la cabeza.

—No. Nunca tuve otros hijos.

La respuesta pareció sincera.

—Sé que esto puede sonar extraño para ti —dijo—, pero he orado por ti casi toda mi vida. No sabía dónde estabas ni cómo te llamabas. Solo sabía que existías.

La mujer miró alrededor y luego señaló una cafetería que permanecía abierta al otro lado de la avenida.

—No creo que este sea el mejor lugar para hablar.

Daniel siguió la dirección de su mirada.

Por un instante pensó en despedirse y subir a su apartamento.

Sin embargo, había esperado respuestas durante toda su vida.

Asintió.

Caminaron en silencio hasta la cafetería.

Eligieron una mesa junto a la ventana. Un mesero les dejó las cartas y se retiró después de tomar el pedido. Daniel pidió un café negro. Ella solicitó una aromática.

Durante unos segundos ninguno supo cómo continuar.

Fue Daniel quien rompió el silencio.

—Aún no me dices tu nombre.

La mujer pareció sorprenderse.

—Tienes razón.

Sonrió con cierta timidez.

—Me llamo Elena.

Daniel repitió el nombre en voz baja, como si intentara familiarizarse con él.

Elena.

Por primera vez tenía una palabra concreta para referirse a la mujer que había imaginado durante años.

—No es exactamente como pensé que sería este momento —dijo ella.

—¿Pensó mucho en él?

Elena soltó una leve risa.

—Más de lo que imaginas.

El mesero dejó las bebidas sobre la mesa.

Ella envolvió la taza caliente con ambas manos.

—Durante años imaginé conversaciones enteras. Pensaba qué te diría si te encontraba. Luego imaginaba tus preguntas y trataba de responderlas.

—¿Y funcionó?

—No.

La sinceridad de la respuesta arrancó una pequeña sonrisa a Daniel.

—Nada de esto se parece a lo que había imaginado.

Elena observó la fotografía que aún descansaba sobre la mesa.

—Ni para mí.

Por primera vez Daniel la observó con atención.

Llevaba el cabello recogido de forma sencilla y apenas usaba maquillaje. No parecía una persona acostumbrada a llamar la atención. Tampoco alguien que hubiera preparado un discurso perfecto.

Parecía cansada.

—Cuando decidió buscarme —preguntó Daniel—, ¿qué esperaba encontrar?

Elena tardó unos segundos en responder.

—No lo sé. Tal vez solo quería saber que estabas bien.

Su mirada descendió hacia la taza.

—La historia que te conté hace un momento no es mentira. Pero tampoco es toda la verdad.

La cafetería parecía haberse quedado en silencio.

—¿Qué quiere decir?

Elena sostuvo su mirada.

—Mi familia nunca supo que te entregué en adopción.

Daniel frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

—Durante diecinueve años creyeron que habías muerto.

Daniel no dijo nada.

Elena bajó la vista.

—Y ahora mi padre se está muriendo.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

—Hace dos meses los médicos dijeron que le queda poco tiempo. Y por primera vez en mi vida entendí que no podía seguir sosteniendo la mentira.

Levantó la mirada nuevamente.

—Antes de que él muera, quiero decirle la verdad.

Y por eso necesito que decidas si estás dispuesto a conocer a la familia que nunca supo que existías.

Daniel bajó la mirada hacia el café, ya casi frío.

Conocer a una madre biológica era una cosa.

Conocer a toda una familia que ignoraba su existencia era otra muy distinta.

—No puedo responder eso ahora —dijo finalmente.

Elena asintió.

—Lo se.

Durante los minutos siguientes la conversación tomó un rumbo inesperadamente sencillo.

Hablaron de cosas pequeñas.

De la ciudad.

Del trabajo de Daniel en una empresa de mensajería durante las tardes.

De la carrera de ingeniería que estudiaba en las mañanas.

—¿Y vives solo? —preguntó Elena.

—Sí.

—Pensé que vivirías con tus padres.

Daniel sonrió levemente.

—Viví con ellos hasta hace un año.

Elena percibió algo de orgullo en su voz.

—Mi mamá decía que tarde o temprano iba a tener que aprender a quemar mis propias comidas.

La mención de su madre adoptiva no pareció incomodarlo.

—¿Y tenía razón?

—Completamente.

Por primera vez ambos rieron.

Daniel le contó cómo sus padres lo ayudaban con parte de los gastos mientras terminaba la universidad y cómo habían insistido en que aceptara el pequeño apartamento que pertenecía a un tío fallecido y que había quedado dentro de la familia.

—Mi padre decía que era mejor equivocarme ahora que a los treinta.

—Parece un hombre sabio.

—Lo es.

Elena sonrió.

No había rastro de celos en su expresión.

Solo gratitud.

Una empleada recogía las últimas mesas mientras el reloj sobre la caja registradora se acercaba a las once de la noche.

Daniel observó la hora.

Sentía la cabeza pesada.

Las emociones del día parecían haber llegado todas juntas.

—Creo que debo irme.

Elena miró también el reloj.

—Claro.

No insistió.

Pagaron las bebidas y salieron a la calle.

Caminaron despacio hasta el edificio.

Frente a la entrada permanecieron unos segundos sin saber exactamente cómo despedirse.

—Supongo que hablaremos pronto —dijo Elena.

—Sí.

Ella asintió.

Tomó aire y acomodó la correa del bolso sobre el hombro.

Parecía agotada.

De repente recordó algo.

—¿Viajó hoy?

—Esta mañana.

—¿Desde dónde?

—Desde Pereira.

—¿Y no tiene reservación?

Elena negó con la cabeza.

—Pensé que primero debía encontrarte. Después vería dónde quedarme.

Daniel permaneció callado.

La idea apareció antes de que pudiera analizarla demasiado.

Era una locura.

O quizá no.

La mujer acababa de irrumpir en su vida afirmando ser su madre biológica. Sin embargo, después de varias horas conversando, no le parecía una desconocida peligrosa.

Le parecía una persona sola.

Tan desorientada como él.

—Tengo una habitación libre —dijo.

Elena lo miró sin comprender.

—¿Qué?

—No es gran cosa, pero hay una habitación que uso para guardar cosas. Tiene una cama.

Ella tardó varios segundos en responder.

—Daniel, no tienes que hacer eso.

—Lo sé.

Elena bajó la mirada.

—No quiero que te sientas obligado.

—No me siento obligado.

La mujer pareció debatirse internamente.

Finalmente asintió.

—Gracias.

Subieron en silencio.

El ascensor avanzó lentamente hasta el sexto piso.

Cuando la puerta se abrió, Daniel la condujo por un pasillo corto hasta su apartamento.

El lugar era sencillo.

Un sofá gris frente al televisor, una pequeña biblioteca llena de apuntes universitarios y una mesa redonda junto a la cocina.

Nada extraordinario.

Pero estaba ordenado.

Y claramente habitado.

Elena recorrió el lugar con la mirada.

—Es agradable.

Daniel volvió a sonreír.

La sensación resultó extraña.

Hacía apenas unas horas aquella mujer no existía para él.

Ahora estaba en su sala.

Le mostró la habitación.

Era pequeña pero cómoda.

Elena dejó el bolso sobre una silla.

—Esto está más que bien.

Daniel se apoyó en el marco de la puerta.

—Si necesitas algo, avísame.

Ella observó la ropa que llevaba puesta y luego soltó una breve risa.

—De hecho, sí necesito algo.

—¿Qué?

—No traje nada para cambiarme.

Daniel tardó un instante en entender.

—Ah.

—¿Tendrías alguna camiseta vieja que pueda usar para dormir?

Daniel asintió.

—Creo que sí.

Elena sonrió.

 

Daniel fue hasta su habitación y encendió la luz.

Abrió el armario.

Durante unos segundos se quedó inmóvil frente a la ropa colgada.

Toda la noche había avanzado demasiado rápido.

Por la mañana se había despertado pensando en una jornada cualquiera. Había ido a clases, trabajado unas horas y regresado a casa esperando cenar algo y dormir.

Ahora una mujer que afirmaba ser su madre biológica estaba instalada en la habitación de invitados.

Sacó una camiseta azul oscura que solía usar para dormir.

La observó un instante antes de cerrar el armario.

Mi madre.

La expresión apareció en su mente y desapareció casi de inmediato.

Todavía no podía usarla con naturalidad.

Elena.

Por ahora era Elena.

Nada más.

Salió al pasillo.

La puerta de la habitación permanecía abierta.

Ella seguía allí.

No parecía haberse acomodado.

Estaba de pie junto a la cama, con el bolso en el suelo, observando la habitación como si aún no terminara de creer que estaba allí.

Daniel le extendió la camiseta.

—Es la más grande que encontré.

Elena la recibió.

—Gracias.

La tela quedó entre sus manos.

La sostuvo unos segundos sin decir nada.

Daniel pensó que iba a cambiarse de inmediato, pero ella parecía distraída.

Miraba la camiseta.

Como si representara algo más que una simple prenda.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

Elena sonrió con cierta vergüenza.

—Nada.

Volvió a mirar la camiseta.

—Bueno… quizá sí.

Daniel esperó.

—Es una tontería.

—Después de hoy, dudo que exista una definición clara de tontería.

Ella soltó una pequeña risa.

Luego pasó los dedos sobre la tela.

—Nunca imaginé que algún día tendría algo tuyo entre las manos.

El comentario lo tomó por sorpresa.

No había tristeza en su voz.

Tampoco dramatismo.

Solo una sinceridad sencilla.

Daniel no supo qué responder.

Elena pareció notarlo.

—Lo siento. No quería hacerte sentir incómodo.

—No lo hizo.

Y era verdad.

Lo extraño era que tampoco se sentía cómodo.

Era algo intermedio.

Una sensación nueva para la que no encontraba nombre.

Elena dejó la camiseta sobre la cama.

—¿Nunca intentó formar una familia? —preguntó Daniel.

La pregunta pareció sorprenderla.

Ella reflexionó unos segundos antes de responder.

—Lo intenté una vez.

—¿Qué pasó?

—Nada dramático.

Con una sonrisa tenue se sentó en el borde de la cama.

—Conocí a alguien años después de que nacieras. Estuvimos juntos bastante tiempo.

—¿Y terminaron?

—Sí.

—¿Por qué?

Elena tardó un momento en responder.

—Porque yo seguía viviendo en dos tiempos distintos.

Daniel frunció el ceño.

—No entiendo.

—Una parte de mí seguía adelante. Trabajaba, hacía planes, intentaba construir una vida.

Levantó la mirada.

—Y otra parte seguía detenida en el año en que te perdí.

La habitación quedó en silencio.

Daniel no encontró nada que decir.

Elena respiró hondo y pareció darse cuenta de que la conversación volvía a ponerse demasiado seria.

—Mira la hora.

Daniel observó el reloj.

Pasaba de la medianoche.

—Sí.

—Creo que ambos necesitamos dormir.

—Probablemente.

Ninguno se movió.

Era evidente que ninguno tenía sueño.

Solo cansancio.

Mucho cansancio.

Elena volvió a tomar la camiseta.

—Gracias por dejarme quedarme.

—No hay problema.

Ella lo observó unos segundos.

—Daniel.

—¿Sí?

—No tienes que decidir nada mañana.

Él sostuvo su mirada.

—Ni sobre mí. Ni sobre mi familia. Ni sobre nada.

Daniel asintió.

Aquellas palabras le produjeron un alivio inesperado.

Como si alguien finalmente hubiera retirado un peso que llevaba horas sobre los hombros.

—Buenas noches, Elena.

Por primera vez pronunció su nombre de forma natural.

Ella pareció notarlo.

Su expresión se suavizó.

—Buenas noches.

Daniel apagó la luz del pasillo y regresó a su habitación.

Cerró la puerta.

La oscuridad lo envolvió de inmediato.

Se acostó sobre la cama y permaneció inmóvil mirando el techo.

Sabía que debía dormir.

Sabía que al día siguiente tendría clases.

Sabía que la vida continuaría.

Pero nada de eso parecía importante.

Al otro lado de la pared, a apenas unos metros de distancia, estaba la mujer que durante diecinueve años había sido una ausencia.

Por su parte, Elena había permanecido inmóvil unos segundos después de que Daniel cerrara la puerta, su respiración aún agitada por la tensión acumulada durante todo el día. La habitación quedó envuelta en una penumbra azulada, iluminando lo suficiente como para que ella pudiera verse reflejada en el espejo del armario.

La camiseta azul seguía entre sus manos. La llevó a su nariz e inhaló profundamente, captando el olor de Daniel.

Se levantó despacio. Se acercó al espejo y se observó. A sus treinta y siete años, su figura conservaba las curvas generosas de la maternidad que nunca ejerció abiertamente. Sus pechos, aún firmes a pesar de los años, se alzaban pesados bajo la blusa, los pezones visibles y erectos contra la tela del sujetador, respondiendo a una excitación que no se atrevía a nombrar.

Se quitó los zapatos primero, liberando sus pies, y luego comenzó a desabrocharse la blusa con dedos temblorosos. Cada botón que cedía revelaba más piel, el valle entre sus senos, su vientre plano a pesar de los años, la cicatriz blanca y apenas visible de la cesárea que había traído a Daniel al mundo diecinueve años atrás.

La blusa cayó al suelo. Se quedó en sujetador, una prenda de encaje negro que comprimía carne que ansiaba ser liberada. Se miró en el espejo y se observó con ojos críticos pero excitados: caderas anchas, muslos gruesos que se rozaban entre sí, la silueta de una mujer madura que nunca dejó de ser deseable.

Se desabrochó el sujetador por detrás y dejó que sus pechos quedaran libres. Se pesaron pesados y naturales, los pezones oscuros y erectos en la penumbra, sensibles al aire fresco de la habitación. Se tocó a sí misma inconscientemente, pellizcando un pezón entre el pulgar y el índice, y soltó un suspiro ahogado al sentir la electricidad recorrer su espina dorsal.

Bajó las manos al pantalón y lo deslizó por sus caderas. La prenda cayó en silencio, dejándola solo en bragas, una tanga negra que se hundía entre sus nalgas carnosas. Se giró para verse de perfil, admirando la redondez de su trasero, la forma en que la tela se tensaba contra su sexo, delineando los pliegues de su vagina.

Se bajó las bragas despacio y quedó completamente desnuda. Su sexo estaba depilado parcialmente, con un triángulo oscuro de vello sobre los labios hinchados que brillaban con una humedad que no tenía nada que ver con el cansancio del viaje.

Se acercó a la cama y recogió la camiseta de Daniel. La desplegó y la observó, imaginando la tela contra su piel desnuda, imaginando que era su hijo quien la tocaba, quien la vestía. El pensamiento tabú la hizo estremecerse, pero no de asco, de excitación pura, densa, prohibida.

Se puso la camiseta por encima de la cabeza. La tela descendió rozando sus pezones sensibles, acariciando su vientre, cubriendo su sexo pero dejando entrever la oscuridad de su vello púbico contra el azul deslavado. Las mangas le quedaban largas y el borde inferior apenas cubría sus muslos, dejando entrever el inicio de su sexo si se movía de cierta forma.

Se miró en el espejo y sonrió. Parecía una adolescente de nuevo, o más bien, una mujer que jugaba a serlo. Pero su cuerpo traicionaba su edad y su historia, los pechos que se movían libres bajo la tela, las caderas que marcaban la tela, la forma en que sus pezones perforaban el algodón fino.

Se sentó en el borde de la cama y separó ligeramente las piernas, sintiendo el aire fresco contra su sexo expuesto bajo la camiseta. Estaba húmeda, excitada por la proximidad de Daniel, por el olor de su ropa, por la fantasía de lo que podría ser ahora que finalmente estaban juntos, solos, en la oscuridad de un apartamento vacío.

Se acostó boca arriba, sintiendo la tela de Daniel contra su piel desnuda, y dejó que una mano vagara por debajo de la camiseta, encontrando su sexo palpitante. Se tocó despacio, pensando en él, en su hijo, en el hombre que había parido y ahora deseaba con una intensidad que la avergonzaba y excitaba por igual.

Mientras sus dedos acariciaban su clítoris bajo la camiseta azul, Elena cerró los ojos y permitió que el placer la invadiera, sabiendo que al otro lado de la pared, separados solo por unos centímetros de yeso, Daniel yacía en su propia cama, inconsciente de que su madre se masturbaba con su ropa puesta.

Por un momento volvió a verse a sí misma con dieciocho años.

Los dedos de Elena aceleraron su ritmo sobre su clítoris hinchado, frotando con urgencia mientras su cadera se elevaba del colchón en busca de más fricción, más contacto, más de la sensación que la estaba devorando por dentro.

Un gemido escapó de su garganta, ahogado por la almohada que tenía cerca, mientras su otra mano se agarraba el pecho por encima de la camiseta de Daniel, pellizcando su propio pezón con una fuerza que rayaba en el dolor pero que se mezclaba con el placer creciente.

Sosteniendo a un recién nacido.

Su sexo palpitaba contra sus dedos, contrayéndose en oleadas que anticipaban el orgasmo. Estaba empapada, los fluidos corriendo entre sus nalgas y manchando la cama.

El recuerdo se superpuso con la realidad: su propia respiración agitada en la oscuridad se confundió con la respiración entrecortada de aquella adolescente asustada en la clínica de maternidad. Los dedos que ahora la penetraban suavemente, curvándose para encontrar el punto exacto dentro de ella, eran los mismos dedos que entonces habían acariciado la mejilla suave de un bebé que no podía quedarse.

Cerró los ojos.

Y en la oscuridad detrás de sus párpados, el orgasmo explotó.

Diecinueve años.

Su cuerpo se arqueó violentamente, el cuello tensado hacia atrás, los pechos empujando contra la tela fina de la camiseta que olía a Daniel. Las contracciones la sacudieron con una fuerza que la hizo morder su propio labio, mientras su mano seguía moviéndose frenéticamente, prolongando cada espasmo, exprimiendo cada gota de placer de su sexo pulsante.

El chorro de su orgasmo salió sin aviso, empapando su mano, sus muslos, la cama, una liberación física que la dejó temblando y jadeando, con la visión borrosa y el corazón martillando contra sus costillas. Diecinueve años de contención, de silencio, de masturbaciones solitarias, culminando ahora en este squirt violento que manchaba el colchón de su hijo con la prueba física de su deseo reprimido.

Tomó aire lentamente.

Y mientras su cuerpo se relajaba en espasmos residuales, mientras sus dedos se deslizaban fuera de su vagina aún contrayéndose, Elena abrió los ojos y miró al techo, sintiendo las lágrimas correr por sus sienes hacia las orejas. El placer había pasado, dejando solo la verdad desnuda: que había venido buscando a su hijo, pero que su cuerpo, traicionero y hambriento, había encontrado algo más, una fantasía incestuosa que ahora la condenaba a dormir a metros de distancia del fruto de su propio vientre, oliendo su ropa.

Se quedó inmóvil, escuchando su propio corazón desacelerar, consciente de que el verdadero desafío apenas comenzaba.

Después apagó la lámpara y se acomodó bajo las cobijas.

La habitación quedó a oscuras.

Sin embargo, el sueño no llegó.

Giró sobre un costado.

Luego sobre el otro.

Cada vez que cerraba los ojos aparecía el rostro de Daniel.

La forma en que la había observado cuando dijo su nombre.

No había rechazo.

Tampoco aceptación.

Solo cautela.

Y tenía derecho a ella.

Al otro lado de la pared, Daniel tampoco dormía.

Había intentado cerrar los ojos varias veces.

No funcionó.

La mente regresaba una y otra vez al mismo lugar.

La cafetería.

La fotografía.

La mentira que una familia había sostenido durante diecinueve años.

Se incorporó.

Miró el reloj.

La una y diecisiete de la madrugada.

Soltó un suspiro.

Era inútil.

Volvió a acostarse.

Esperó unos minutos más.

Tampoco funcionó.

Entonces escuchó algo.

No era un ruido extraño.

Simplemente los pasos suaves de alguien caminando por el pasillo.

Se quedó inmóvil.

Los pasos se detuvieron frente a su puerta.

Pasaron unos segundos.

Luego escuchó unos golpes suaves.

Tres.

Casi tímidos.

Daniel se incorporó de inmediato.

—¿Daniel?

Era la voz de Elena.

—¿Sí?

Hubo una breve pausa al otro lado.

—¿Estás despierto?

Daniel no pudo evitar sonreír en la oscuridad.

La pregunta tenía algo absurdo.

Y al mismo tiempo, algo profundamente lógico.

—Sí.

—Yo tampoco puedo dormir.

Daniel observó la puerta durante unos segundos.

Luego apartó las cobijas y se puso de pie. Caminó hacia la puerta con los pies descalzos sobre el frío suelo de madera. Cuando giró el pomo y abrió la puerta, la luz tenue del pasillo iluminó a Elena y su silueta.

La camiseta azul que él le había prestado colgaba de sus hombros como si fuera demasiado grande para ella, pero era exactamente eso lo que la hacía irresistible. El borde inferior terminaba apenas unos centímetros por debajo de su sexo, y cuando ella se inclinó ligeramente para hablarle, Daniel pudo ver la sombra de sus pechos colgando libres bajo la tela, pesados y maduros, los pezones marcaban el algodón fino como dos puntos de exclamación.

—¿Tienes algo de beber? —preguntó Elena, y su voz sonaba diferente ahora, más baja, más ronca—. Para pasar el tiempo. Ver si nos da sueño.

Daniel sintió que la sangre abandonaba su cerebro y descendía directamente a su ingle con una velocidad que lo mareó. Su pene, que hasta ese momento había estado flácido entre sus piernas, se endureció de golpe, empujando contra el elástico de sus calzoncillos, pidiendo espacio, atención, liberación. Intentó ocultarlo girando ligeramente su cuerpo hacia un lado, pero la erección era demasiado evidente, demasiado pronta, demasiado traicionera.

—Tengo… tengo whisky —logró articular, y su voz sonó extrañamente gruesa, cargada de una excitación que no podía disimular.

Elena sonrió, y en esa sonrisa hubo algo que reconoció Daniel, algo que no tenía nada que ver con la madre que había imaginado durante años y todo que ver con una mujer que sabía el efecto que causaba. Sus ojos descendieron brevemente, apenas un instante, pero suficiente para que Daniel supiera que ella había notado la protuberancia en su pantalón de pijama, la forma en que la tela se tensaba sobre su sexo erecto.

—Whisky suena bien —dijo ella, y su lengua rozó sus labios de forma involuntaria, o tal vez deliberada, Daniel ya no podía distinguir la intención de la casualidad.

Mientras caminaban hacia la cocina, Daniel la seguía un paso atrás, condenado a observar el movimiento de sus caderas bajo la camiseta, la forma en que la tela se pegaba a sus nalgas cuando se movía, dejando entrever la piel desnuda de la mitad de su culo, absolutamente hermoso. Su mente era un caos de contradicciones: Es mi madre, pensaba, es la mujer que me parió, que me abandonó, que ahora ha vuelto, pero al mismo tiempo su cuerpo gritaba: Es una mujer, una mujer deseable, con tetas grandes y caderas anchas y un sexo que apenas se cubre con mi propia ropa.

La cocina era pequeña, íntima, obligándolos a estar cerca mientras Daniel buscaba el whisky en el armario superior.

—Aquí —dijo Daniel, bajando la botella con manos temblorosas.

No había vasos limpios. Tendrían que beber de la misma botella, un ritual de intimidad forzada que ninguno de los dos propuso cambiar. Daniel se apoyó en la encimera, tratando de mantener la distancia, pero Elena se acercó, demasiado cerca, lo suficiente como para que él pudiera sentir el calor de su cuerpo a través de la camiseta, oler su perfume.

Ella tomó la botella primero, y cuando inclinó la cabeza hacia atrás para beber, la camiseta se tensó sobre sus pechos, revelando la forma redondeada, los pezones erectos contra la tela. Un hilo de líquido ámbar escapó de la comisura de sus labios y corrió por su barbilla, deteniéndose en el cuello de la camiseta. Daniel lo observó con una fascinación hipnótica, queriendo lamer esa gota, seguir su rastro hasta el valle entre sus senos, hundir su rostro en esa carne que era, técnicamente, de su misma sangre.

—Tu turno —dijo Elena, extendiéndole la botella, y sus dedos rozaron los de él de forma deliberada, un contacto eléctrico que hizo que la erección de Daniel palpitara dolorosamente.

Tomó un trago largo, el alcohol quemando su garganta, pero no tanto como la vista de ella apoyada en la encimera frente a él, con las piernas ligeramente separadas.

—Daniel —susurró ella, y el nombre sonó como una invocación, como una súplica—, ¿sabes lo que más temía al venir aquí?

Él negó con la cabeza, incapaz de hablar, su mano baja cubriendo su erección de forma disimulada pero inútil.

—Temía que me odiaras —dijo ella, acercándose un paso más, hasta que sus pechos casi rozaban su pecho—. Pero ahora veo que hay algo más fuerte que el odio aquí.

—Elena… —su nombre salió como un gemido, como una advertencia.

—¿Sí?

—Eres mi madre —dijo él, pero la frase sonió débil, sin convicción, una formalidad que ninguno de los dos creía ya.

—Sí —susurró ella, y su mano subió despacio, tentativamente, hasta posarse sobre el pecho de él, sobre su corazón desbocado—. Pero también soy una mujer. Y tú eres un hombre. Y esta noche, en esta cocina, con ese whisky corriendo por nuestras venas y esa erección que intentas esconder… ¿realmente importa cómo nos llamemos?

Daniel cerró los ojos, sintiendo que la última barrera de su resistencia se desmoronaba. Su mano abandonó su propia erección y encontró, sin permiso pero con una necesidad absoluta, la cadera de Elena, los dedos hundiéndose en su carne a través de la camiseta, acercándola, reduciendo la distancia entre sus cuerpos hasta que su erección presionó contra su vientre, dura, insistente, irrefutable.

—No —susurró él.

Y cuando sus bocas se encontraron en un beso que sabía a whisky y a tabú, Daniel supo que ya no había vuelta atrás.

El beso se profundizó con una urgencia que arrancó gemidos de ambas gargantas. Daniel sintió que las manos de Elena abandonaban su pecho para descender por su abdomen tembloroso, los dedos enganchándose en el borde de su camiseta de dormir.

—Quítamela —susurró Elena contra su boca, y la orden sonó como una súplica ronca.

Daniel obedeció con dedos torpes, agarrando el borde inferior de la camiseta azul y elevándola despacio, revelando centímetro a centímetro la piel que ella había mantenido oculta. Primero apareció su ombligo, hundido y profundo, luego el valle entre sus costillas, y cuando la tela pasó sobre sus pechos, estos cayeron libres con un movimiento pesado y natural, la carne oscilando ante él, los pezones erectos y oscuros apuntando hacia su rostro como invitaciones.

La camiseta quedó abandonada sobre la encimera, y Elena quedó completamente desnuda ante su hijo por primera vez desde que él nació. Su cuerpo de treinta y siete años era un mapa de madurez: pechos llenos con venas azules visibles bajo la piel translúcida, caderas anchas que formaban perfectas curvas de fertilidad, un vientre suave que conservaba las marcas de su embarazo, y entre sus piernas, su sexo expuesto, los labios hinchados y húmedos separados ligeramente, brillando con la excitación que no podía disimular.

—Ahora tú —dijo ella, y sus manos bajaron directamente al elástico de los calzoncillos de Daniel.

Él asintió, incapaz de hablar, mientras ella empujaba la tela hacia abajo. Su erección saltó libre con una fuerza que lo hizo gemir, la verga palpitante golpeando contra el vientre desnudo de Elena al quedar liberada. Era larga, gruesa, la punta brillante con el líquido preseminal que ya goteaba en hilos viscosos, las venas azules marcando su longitud como un mapa de su deseo.

Los calzoncillos cayeron al suelo junto con el pantalón de pijama, y Daniel quedó completamente desnudo, expuesto ante la mujer que lo había traído al mundo. Elena no apartó la mirada de su sexo erecto, observándolo con una mezcla de asombro maternal y lujuria pura. Era su hijo, su carne, su sangre, y ahora era un hombre con una erección que ella misma había provocado, un pene que ansiaba entrar en el mismo cuerpo del que había salido diecinueve años atrás.

—Eres hermoso —susurró ella, y su mano subió tentativamente, los dedos envolviendo la base de su verga con una suavidad que hizo que Daniel jadeara—. Mi hijo. Mi hombre.

Daniel miró el cuerpo desnudo de su madre, permitiéndose finalmente verla toda: los muslos gruesos que se rozaban en la parte superior, el leve vello oscuro y rizado en su sexo, los pezones erectos que pedían ser chupados, la expresión de su rostro, mitad culpa, mitad abandono. Su propia mano se movió por instinto, encontrando la cadera de Elena, acariciando la piel suave, descendiendo hasta posarse sobre su sexo húmedo, los dedos deslizándose entre sus pliegues con una familiaridad que no debería existir pero que ambos aceptaron sin resistencia.

—Dios, estás tan mojada —jadeó él, sorprendido por la humedad que empapaba sus dedos.

—Por ti —confesó ella, acercando su cuerpo hasta que su vientre tocó su erección, la carne caliente presionando contra la carne dura—. He estado mojada desde que te vi cruzar la portería. Desde antes, quizá. Desde que decidí buscarte.

Se miraron mutuamente, desnudos, vulnerables, condenados. La cocina se había convertido en un templo de incesto consumado, y ellos eran los únicos adoradores, ofreciendo sus cuerpos desnudos en el altar del deseo prohibido.

Elena descendió lentamente hasta quedar de rodillas sobre el frío azulejo de la cocina, su rostro quedando a la altura exacta de la erección de su hijo. La observó con una intensidad casi clínica, estudiosa, como si estuviera examinando una obra de arte que ella misma había creado pero nunca había visto terminada.

—Dios mío —susurró, y su aliento caliente rozó la punta sensible, haciendo que Daniel se estremeciera violentamente—. Te parí hace diecinueve años y ahora mírate. Tan grande. Tan duro.

Envolvió la base con ambas manos, acariciando hacia arriba con un movimiento lento que esparció el líquido preseminal por toda la longitud, haciéndola brillar bajo la luz tenue.

—Supongo que muchas mujeres han metido esta hermosa verga en sus bocas —dijo, y su voz adoptó un tono extraño, mezcla de orgullo maternal y celos pervertidos—. ¿Cuántas, Daniel? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Veinte putas?

—Elena… —jadeó él.

—Dime —insistió ella, y su lengua salió para lamer la punta con un movimiento circular, saboreando el sabor de su propio hijo—. ¿Alguna de ellas te chupó como mereces? ¿Alguna de esas zorras sabía como hacerlo?

Daniel agarró la encimera detrás de él, las piernas temblando, mientras Elena abría la boca y comenzaba a descender lentamente, los labios estirándose alrededor de su grosor, la lengua presionando contra la vena inferior. El calor húmedo de su boca maternal lo envolvió con una perfección que lo hizo ver estrellas, y cuando ella comenzó a mover la cabeza, succionando con fuerza, produjo un sonido obsceno, húmedo, el sonido de una madre comiendo a su hijo.

—Ninguna… joder… ninguna como tú —logró balbucear Daniel, mirando hacia abajo, viendo su propia verga desapareciendo entre los labios de la mujer que lo había parido, la imagen más prohibida que podía existir.

Elena soltó un gemido alrededor de su carne, vibrando su pene, y cuando se retiró para respirar, un hilo de saliva los unió, brillante y obsceno.

—Claro que no —susurró ella, masturbándolo con ambas manos ahora, su rostro sonrojado, los labios hinchados—. Porque ellas solo querían tu leche. Pero yo… yo quiero todo. Quiero que me folles como si intentaras volver a nacer.

Se puso de pie de golpe, agarrando su mano y guiándolo hacia la sala, hacia el sofá, donde ella se sentó y abrió las piernas completamente, exhibiendo su sexo abierto, rojo, palpitante.

—Fóllame, Daniel —ordenó, y sus ojos brillaban con una locura sagrada—. Fóllame como hijo y como amante. Rompeme. Hazme volver a sentir que te tengo dentro. Nueve meses no fueron suficientes.

Daniel se arrodilló entre sus piernas, posicionando su verga hinchada en la entrada de su propio origen, sintiendo el calor radiante que emanaba de ella, y cuando empujó, cuando comenzó a deslizarse dentro del cuerpo de su madre, ambos gritaron al unísono, un sonido de pecado absoluto consumado.

Daniel no sabía cómo era que esto estaba pasando. Su mente se fragmentaba entre la realidad física —el calor húmedo, estrecho, perfecto de la vagina de Elena envolviendo su verga con una presión que lo volvía loco— y la imposibilidad lógica de que estuviera enterrado hasta las bolas en el mismo cuerpo del que había emergido diecinueve años atrás.

—Joder… —gimió.

Elena arqueó la espalda contra el sofá, sus pechos rebotando con cada golpe de sus caderas, y cuando abrió los ojos para mirarlo, había lágrimas corriendo por sus mejillas, pero su boca sonreía con una expresión de éxtasis absoluto.

—llámame como lo que soy—susurró ella, agarrando sus nalgas y clavando las uñas, obligándolo a embestir más fuerte—. Llámame mamá mientras me follas.

Daniel sintió que la cabeza le daba vueltas. Esta era la mujer que lo había abandonado, que lo había entregado a extraños, que había permitido que otra mujer lo criara, lo abrazara, lo amara. Y ahora ella estaba debajo de él, abierta, suplicando que la llenara de semen, que la marcara, que reclamara lo que siempre había sido suyo por derecho de sangre.

—No entiendo… —jadeó él, reduciendo el ritmo por un instante, mirándola con confusión genuina—. ¿Cómo… cómo podemos…?

Elena envolvió sus piernas alrededor de su cintura, obligándolo a quedarse dentro, profundo, inmóvil, mientras ella se mecía sobre su erección con movimientos circulares que lo hacían ver estrellas.

—No pienses —ordenó ella, y su voz era firme, autoritaria, la voz de una madre disciplinando a su hijo a través del sexo—. Solo siente. ¿No lo sientes?

Y era cierto. La vagina de Elena se contrajo a su alrededor con una fuerza rítmica, casi consciente, como si realmente estuviera tratando de succionar su semen hacia el interior, como si su cuerpo recordara instintivamente el patrón de su pene, la forma de su glande, el ritmo de sus embestidas.

—Te hice para esto —continuó ella, y ahora sus manos subían por su pecho, acariciando sus propios senos mientras él la penetraba.

Daniel reanudó sus embestidas, ya no por deseo ciego, sino por una necesidad compulsiva, casi religiosa. Cada vez que entraba en ella, sentía que estaba borrando años de ausencia, de silencio, de preguntas sin respuesta. Cada vez que salía, casi hasta el borde, veía su propia verga brillando con los fluidos de su madre, y la imagen lo empujaba de nuevo hacia adentro con una violencia que ni él mismo podía controlar.

—Me voy a venir… —advertía él, sintiendo la presión en su perineo, el hormigueo en sus testículos—. Mamá, te voy a llenar de…

—Sí —gritó ella, arqueándose completamente, ofreciendo su cuello uterico a su liberación—. Dame tu semen, hijo. Damelo. Embarázame si puedes. Haz que tu propia madre lleve tu hijo.

La última frase lo destruyó. Con un grito ronco que sonó más animal que humano, Daniel se hundió hasta el fondo y explotó, su verga palpitando en espasmos violentos mientras lanzaba chorro tras chorro de semen directamente en el útero de Elena, llenándola de su semen, marcándola por dentro con la prueba física de su reunión incestuosa, su regreso triunfal al lugar del que nunca debió haber sido arrancado.

Y mientras se desplomaba sobre ella, jadeante, cubierto de sudor, todavía conectado por su sexo que seguía palpitando en pequeños espasmos, Daniel supo que nada volvería a ser igual, que había cruzado una línea que no solo no podía borrarse, sino que tampoco quería borrar. Porque en la locura de ese momento, mientras su madre acariciaba su cabello, supo que finalmente había encontrado su lugar en el mundo, y era dentro de ella, siempre dentro de ella, para siempre.

—¿Te gustó, hijo? —susurró Elena contra su oreja, y su voz sonía distorsionada por la fatiga y la satisfacción, un ronquido sexual que vibraba en el pecho de Daniel.

Daniel todavía jadeaba, su rostro hundido en el cuello de ella, inhalando el olor mezclado de su perfume, su sudor y el sexo reciente. No se había retirado de ella; su verga, todavía larga y pesada, permanecía enterrada en su vagina, sellando el semen que había depositado en su interior. Sintió el calor húmedo de su liberación entre ellos, goteando hacia sus muslos, manchando el sofá con la evidencia de su incesto.

—No… no sé qué sentir —confesó finalmente, su voz amortiguada contra su piel—. Esto es… esto está mal, ¿no? Debería sentirme culpable. Debería…

Elena soltó una risa baja, casi gutural, y sus manos descendieron por su espalda para agarrar sus nalgas, apretándolas con una posesividad que hizo que Daniel sintiera un estremecimiento residual de placer.

—¿Culpable? —reptió ella, y ahora sus caderas se movieron ligeramente, haciendo que su sexo aún sensible rozara contra el de él—. ¿Por qué? ¿Por follarme? ¿Por venirte dentro de tu propia madre? Mira cómo estás temblando, mi amor. Eso no es culpa. Tu cuerpo sabe lo que tu mente todavía no acepta.

Daniel se incorporó sobre sus codos para mirarla, y la vista lo dejó sin aliento. Elena yacía despatarrada debajo de él, sus pechos aplastados contra su pecho, su vientre manchado con el semen que había goteado de su propio sexo cuando él se había retirado ligeramente. Su vagina estaba empapada, brillante, hinchada y roja, todavía palpitante, con un hilo blanco de su semen escapando lentamente hacia abajo.

—Te ves tan hermosa así —susurró él, sorprendiéndose a sí mismo con la sinceridad de la observación.

Los dedos de Elena subieron para acariciar su mejilla.

—¿Sabes lo que más me excita? —continuó ella, y sus ojos brillaban con una luz perturbadora—. Pensar que podría quedar embarazada de ti. Que mi propio hijo podría ponerme un bebé en el vientre. ¿Imaginas la belleza de eso? Yo te parí, y ahora tú me devuelves la vida. Tu hijo sería mi nieto y también… ¿qué? tu hermano

Daniel sintió que su estómago se contraía, no de asco, sino de una excitación renovada que no tenía sentido lógico. Su verga, que debería haber estado muerta después de un orgasmo tan intenso, dio un pequeño salto, respondiendo a la perversidad de sus palabras.

—Eres… estás loca —dijo, pero sonreía, besando su frente, sus párpados, la punta de su nariz—. Pero no puedo… no puedo dejar de querer esto. Contigo.

Duerme dentro de mí. Mantén tu semen caliente en mi útero. Y por la mañana… —su voz se volvió más baja, más oscura—. Por la mañana me follas de nuevo. Y mañana por la noche también. Y cada noche, hasta que estés tan vacío que no puedas caminar, y yo esté tan llena de ti que no necesite comer para vivir.

Daniel asintió, sintiendo que caía en un abismo del que no quería salir, y cuando Elena lo atrajo hacia abajo para otro beso, sintiendo su propio semen resbaladizo entre sus estómagos pegados, supo que había encontrado su hogar, su condena y su salvación en el mismo cuerpo: el cuerpo de su madre.

7 Lecturas/11 junio, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: hermano, hijo, incesto, madre, madura, maduros, padre, sexo
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