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Incestos en Familia, Infidelidad, Orgias

El Fuego de las Alvarado

Dalila soltó una risita burlona, sus ojos oscuros brillando detrás de los lentes de marco fino. —Eso es lo que dices ahora, pero ¿sabes qué? —murmuró, deslizando una mano entre sus cuerpos para acariciar el bulto palpitante bajo la tela—. A mí lo que me pone es cuando me hablas así… como si no.
El Fuego de las Alvarad

El aire en la habitación principal del piso superior de la casa de Carmen se cargaba con un calor sofocante, espeso como la miel derramada sobre piel sudorosa. Los cuatro cuerpos enredados desprendían un perfume mezclado de jazmín, sudor almizclado y el aroma metálico de la excitación que impregnaba cada rincón. Francisco, de pie en el centro de la escena, sostenía a Dalila entre sus brazos con una firmeza que contrastaba con la delicadeza de sus manos deslizándose por la espalda de la joven. Sus dedos, largos y callosos, se clavaban en las curvas firmes de su trasero mientras ella arqueaba la espalda, empujando sus pechos contra el torso desnudo de él. Dalila, con su cabello negro cayendo como una cortina sedosa sobre sus hombros, mordisqueaba el lóbulo de la oreja de Francisco, sus dientes rozando la piel con una presión que lo hacía gruñir.

 

—Joder, Dalila… —susurró Francisco, su voz ronca por el deseo, mientras sus caderas se balanceaban instintivamente contra las de ella, haciendo que su grueso miembro, aún cubierto por los vaqueros, rozara el vientre plano de la joven—. Cada vez que te veo, me entran ganas de arrancarte la ropa a jirones…

 

Dalila soltó una risita burlona, sus ojos oscuros brillando detrás de los lentes de marco fino.

 

—Eso es lo que dices ahora, pero ¿sabes qué? —murmuró, deslizando una mano entre sus cuerpos para acariciar el bulto palpitante bajo la tela—. A mí lo que me pone es cuando me hablas así… como si no pudieras controlarte.

 

Mientras tanto, en el sofá contiguo, Andreína y Carmen se devoraban mutuamente con una voracidad que solo podía describirse como hambre. Andreína, con su cuerpo voluptuoso envuelto en un vestido ceñido que apenas contenía sus senos desbordantes, tenía a Carmen tumbada sobre su regazo, los labios de Andreína devorando los pezones rosados y erectos de Carmen, que gemía sin pudor. Los senos de Carmen, operados y firmes, temblaban con cada movimiento de la lengua de Andreína, que no solo lamía sino que también mordisqueaba con una intensidad que hacía que Carmen arqueara la espalda hacia atrás, empujando sus pechos hacia la boca de su amante.

 

—Dios mío, Andreína… —jadeó Carmen, sus manos enredadas en el cabello oscuro de Andreína mientras esta bajaba lentamente, besando cada centímetro de su abdomen hasta llegar al borde de las bragas de encaje negro que llevaba puestas—. No pares… por favor…

 

Andreína, sin decir una palabra, deslizó los dedos bajo la tela y apartó la barrera, exponiendo el monte de Venus depilado de Carmen. Con un suspiro de anticipación, inclinó la cabeza y lamió con movimientos lentos y deliberados desde el clítoris hasta el interior de sus pliegues, haciendo que Carmen gritara, sus caderas levantándose bruscamente del regazo de Andreína.

 

—Ahhh, sí… justo ahí, Andreina… ¡más fuerte!

 

Yeli, sentada en el borde de la cama con una copa de vino en la mano, observaba la escena con una mezcla de fascinación y lujuria. Su cuerpo exuberante, apenas contenido por un vestido ajustado que resaltaba cada curva, se movía al ritmo de los gemidos que llenaban la habitación. Con un movimiento lento, se levantó y se acercó al sofá donde Andreína y Carmen estaban enredadas, deteniéndose justo detrás de ellas.

 

—Chicas… —murmuró Yeli, su voz ronca por el deseo, mientras acariciaba el trasero firme de Carmen con una mano—. No se olviden de mí…

 

Andreína, sin levantar la cabeza de entre las piernas de Carmen, giró ligeramente el cuello para mirar a Yeli con una sonrisa pícara.

 

—Yeli… siempre tan impaciente —ronroneó, antes de lamer con más fuerza, haciendo que Carmen gritara—. Pero no te preocupes… ya va siendo tu turno.

 

Yeli no necesitó más invitación. Se quitó el vestido con un movimiento fluido, dejando al descubierto su cuerpo curvilíneo, sus senos grandes y pesados, sus caderas anchas y su vientre plano. Se acercó a donde estaba Francisco y Dalila, que seguían bailando al ritmo de sus propias necesidades. Con una mano, acarició el pecho de Francisco, sintiendo los músculos definidos bajo su piel caliente, mientras con la otra, se agachó para tomar su grueso miembro entre sus dedos.

 

—Joder, Francisco… —susurró, su voz cargada de admiración—. Nunca había visto algo tan perfecto…

 

Francisco gruñó, sus caderas moviéndose instintivamente hacia la mano de Yeli.

 

—Yeli… no me tortures…

 

—Oh, no lo haré —respondió ella, con una sonrisa maliciosa—. Pero primero, quiero probarlo…

 

Bajó lentamente la cabeza y envolvió el grueso glande de Francisco con sus labios, sus mejillas hundiéndose mientras lo llevaba más profundo en su boca. Francisco soltó un gemido gutural, sus manos enredándose en el cabello de Yeli mientras ella lo succionaba con una intensidad que lo hacía temblar.

 

—Mmm… así… —murmuró Yeli entre lamidas, sus ojos mirando a Francisco con picardía—. Eres delicioso…

 

Dalila, que había estado observando la escena con los ojos entrecerrados por el deseo, soltó una risita antes de agacharse y tomar el otro lado del miembro de Francisco en su boca. Los dos juntos, Yeli y Dalila, lo devoraban con una sincronía que hacía que Francisco cerrara los ojos y se dejara llevar por el placer abrumador.

 

—Joder, chicas… —gruñó Francisco, sus caderas moviéndose sin control—. No puedo aguantar…

 

Yeli se apartó ligeramente, pero sin soltarlo del todo.

 

—Entonces no aguantes —susurró, su voz ronca—. Córrete en nuestras bocas, Francisco…

 

Y así lo hizo. Con un último empujón de sus caderas, Francisco se dejó llevar, su cuerpo temblando mientras eyaculaba con fuerza en las bocas de Yeli y Dalila. Ambas tragaron con avidez, lamiendo cada gota que salía de él, sus lenguas moviéndose sobre el grueso miembro hasta que no quedó ni rastro de su esencia.

 

Pero el placer no terminó ahí. Mercedes, que había estado observando todo desde la puerta con una sonrisa calculadora, entró completamente en la habitación, cerrando la puerta detrás de ella. Su presencia imponente, con su figura madura pero aún deseable, hizo que todos se detuvieran por un momento.

 

—Carmen, Yeli, Andreína… —dijo Mercedes con una voz que resonaba con autoridad—. Ya era hora de que mostraras a Francisco lo que realmente significa ser una Alvarado.

 

Carmen, aún respirando con dificultad, se acercó a Mercedes y le susurró algo al oído. La matriarca asintió lentamente, su mirada fija en Francisco.

 

—Francisco —dijo Mercedes, su voz suave pero firme—. Ya viste de lo que son capaces mis hijas y mi nieta. Pero ahora, es mi turno de mostrarte lo que una mujer madura puede hacer por ti.

 

Se acercó a él con movimientos lentos, sensuales, sus caderas balanceándose al ritmo de sus pasos. Cuando estuvo frente a él, desabrochó lentamente los botones de su blusa salmón, dejando al descubierto sus senos grandes y pesados, sus pezones oscuros y erectos. Francisco, hipnotizado, no pudo evitar alargar las manos para acariciarlos, sintiendo su suavidad y su calor.

 

—Dios mío, Mercedes… —murmuró, su voz ronca—. Eres increíble…

 

Mercedes sonrió, empujando suavemente a Francisco hacia la cama.

 

—Siéntate —ordenó, su voz firme pero cargada de deseo—. Y observa cómo las mujeres de esta familia te hacen perder el control…

 

Francisco obedeció, sentándose en el borde de la cama mientras Mercedes se arrodillaba frente a él, desabrochando el cinturón de sus pantalones y liberando su grueso miembro, que ya comenzaba a endurecerse nuevamente. Con una sonrisa pícara, Mercedes tomó el glande entre sus labios, lamiendo con movimientos lentos y deliberados, sus manos masajeando los testículos de Francisco mientras lo llevaba más profundo en su boca.

 

—Mmm… —ronroneó Mercedes, sus ojos mirando a Francisco con picardía—. Delicioso…

 

Mientras tanto, Dalila, Yeli y Carmen se acercaron a la cama, sus cuerpos desnudos brillando bajo la tenue luz de la habitación. Carmen se subió sobre Francisco, sus senos balanceándose mientras se sentaba a horcajadas sobre sus caderas, su vagina húmeda y lista ya frotándose contra el grueso miembro de él. Con un gemido, Francisco la penetró de una sola estocada, llenándola por completo.

 

—Ahhh, sí… —jadeó Carmen, sus uñas clavándose en los hombros de Francisco mientras comenzaba a moverse sobre él, sus caderas balanceándose en un ritmo lento y deliberado—. Me encanta sentirte dentro de mí…

 

Yeli y Dalila, por su parte, se acercaron a Mercedes, que seguía devorando a Francisco con avidez. Yeli se arrodilló detrás de Mercedes, acariciando su trasero firme mientras Dalila se acercaba por el otro lado, sus manos deslizándose por el cuerpo maduro de la matriarca antes de agacharse y comenzar a lamer su clítoris.

 

—Mmm… sí… —gimió Mercedes, su boca aún ocupada con el grueso miembro de Francisco, mientras sus caderas se movían instintivamente al ritmo de las caricias de Dalila.

 

Carmen, por su parte, aumentó el ritmo de sus movimientos sobre Francisco, sus pechos rebotando al compás de sus embestidas. Francisco, con las manos en sus caderas, la guiaba, sus caderas levantándose para encontrarse con las de ella en cada estocada.

 

—Joder, Carmen… —gruñó Francisco, su voz ronca—. No pares…

 

—Nunca —respondió ella, su voz entrecortada—. Me encanta sentirte tan profundo dentro de mí…

 

Mientras tanto, Andreína se acercó a la cama, su cuerpo voluptuoso contoneándose mientras se sentaba al lado de Francisco. Con una mano, acarició sus pechos, sus pezones erectos mientras con la otra, comenzaba a masajear el clítoris de Mercedes, que gemía de placer.

 

—Mmm… Andreína… —murmuró Mercedes, su voz entrecortada—. No pares…

 

Pero el éxtasis no terminó ahí. Dalila, que había estado observando la escena con los ojos entrecerrados por el deseo, se acercó a Francisco por detrás, deslizando una mano entre sus cuerpos para acariciar sus testículos mientras él seguía embistiendo a Carmen con fuerza. Con un gemido, Francisco se dejó llevar, su cuerpo temblando mientras eyaculaba dentro de Carmen con un rugido gutural.

 

—Ahhh, sí… —gritó Carmen, sus paredes vaginales contrayéndose alrededor del grueso miembro de Francisco mientras ambos alcanzaban el clímax juntos—. Me corro… me corro…

 

Mercedes, por su parte, no pudo contenerse más. Con un último empujón de sus caderas, alcanzó el orgasmo, su cuerpo temblando mientras Dalila y Andreína la lamían con avidez, lamiendo cada gota de su esencia.

 

Pero la noche aún no había terminado. Mercedes, con una sonrisa pícara, se acercó a Francisco, que seguía jadeando en la cama, su grueso miembro aún semiduro.

 

—Francisco —dijo, su voz suave pero firme—. Creo que es hora de que me muestres cómo un hombre puede satisfacer a una mujer madura como yo…

 

Francisco, con una sonrisa lasciva, se levantó y se acercó a ella, sus manos deslizándose por su cuerpo maduro antes de levantarla y tumbarla sobre la cama. Con movimientos lentos y deliberados, comenzó a acariciar cada centímetro de su piel, desde sus senos hasta su vientre, antes de deslizar una mano entre sus piernas y comenzar a lamer su clítoris con una intensidad que hizo que Mercedes gritara.

 

—Ahhh, Francisco… sí… justo ahí…

 

Y así, entre gemidos, risas y caricias, la noche más prohibida y ardiente de la familia Alvarado llegó a su clímax, dejando a todos satisfechos, pero con el deseo aún ardiendo en sus cuerpos.

 

9 Lecturas/8 agosto, 2026/0 Comentarios/por Fherrera
Etiquetas: amante, joven, madura, maduro, metro, mujer, orgasmo, vagina
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