El hechizo de la luna llena (Madre e hijo)
Un joven de 18 años fantaseaba con la suerte de otros por tener las mujeres más excitantes y busca a una bruja por ayuda.
Rafael tenía dieciocho años y era un virgen torpe, tímido, con el cuerpo de un muchacho delgado pero ya marcado por el gimnasio. Llevaba meses viendo cómo otros tipos del pueblo, menos guapos que él, se follaban a las chicas más voluptuosas: tetas enormes, culos redondos, cinturas estrechas. Desesperado, una tarde de jueves fue a la casa vieja de la bruja del pueblo, una mujer de ojos negros y voz ronca.
—Quiero la misma suerte que ellos —le dijo, sin mirarla a la cara—. Quiero que las mujeres más atractivas, las de cuerpos de diosas, se derritan por mí.
La bruja sonrió con los dientes amarillos.
—Se cumplirá. Pero solo los fines de semana de luna llena. El lunes todo vuelve a la normalidad. ¿Aceptas?
Rafael asintió con el corazón latiéndole en la garganta. Ella le entregó una pócima espesa, de olor a tierra húmeda y hierbas amargas. Él la bebió de un trago. El sabor le quemó la lengua. La bruja murmuró palabras antiguas, pasó las manos sobre su cabeza y lo despidió.
Los días siguientes transcurrieron con normalidad. Rafael se masturbaba pensando en tetas y culos, en su propia madre —una mujer de cuarenta y dos años, pechos pesados y firmes, culo ancho y redondo, piernas largas, cintura todavía estrecha— y se corría rápido, avergonzado. El viernes por la noche miró el calendario: luna llena. Se duchó, se afeitó, se metió en la cama oloroso a jabón y se preguntó qué mujer se le pondría encima. Pensó en su padre, que tenía a su madre, esa diosa de carne, y deseó tener su suerte.
Despertó el sábado por la mañana en una cama más grande, entre sábanas de satén. A su lado, el cuerpo de su madre dormía en un babydoll negro transparente que apenas cubría sus pechos enormes y el triángulo oscuro entre las piernas. Rafael se incorporó de golpe. El cuerpo que sentía no era el suyo: pecho ancho, hombros anchos, una polla pesada y gruesa entre las piernas, ya semi-erecta. Corrió al espejo del baño de los padres. El rostro de su padre lo miraba: la misma mandíbula, los mismos ojos, el mismo cuerpo de hombre de cuarenta y cinco años, fuerte, con vello en el pecho. Salió corriendo a su propio cuarto. Allí, su cuerpo de dieciocho años yacía en la cama como una estatua de carne, respirando profundamente, inmóvil.
Entonces escuchó pasos. Su madre entró en el pasillo, todavía en el babydoll. Lo abrazó por detrás, presionando sus pechos suaves y calientes contra su espalda.
—Amor… deja a nuestro hijo. Ya sabes que los fines de semana se la pasa dormido todo el día.
Su mano se deslizó dentro del bóxer. Dedos largos y cálidos rodearon la polla gruesa de su padre, acariciándola de arriba abajo con una lentitud experta, apretando la base y luego subiendo hasta el glande, donde el pulgar frotaba el frenillo. Rafael sintió un calor que nunca había conocido. La polla se endureció de inmediato, latiendo en la mano de su madre, goteando un hilo transparente de presemen. Ella le besó la mejilla, rozando los labios, y le mordisqueó el lóbulo de la oreja.
—Estás duro ya… tan grueso… —susurró, apretando un poco más y dándole un tirón lento.
Rafael no supo qué decir. Solo asintió, temblando. Desayunó en silencio, sintiendo la mirada de ella, y salió de casa. Todo el día caminó por el parque, con la polla de su padre pesándole entre las piernas, doliéndole de lo dura que estaba. Pensaba: “Mi madre tiene un cuerpo descomunal. Es sexy para morirse. Me he corrido mil veces imaginando esos pechos, pero es mi madre…”. Al anochecer regresó, se metió a la ducha y se frotó el cuerpo ajeno, sintiendo los músculos, la polla gruesa que se le levantaba sola bajo el agua caliente.
Cuando entró al cuarto de sus padres, ella lo esperaba.
Lencería erótica negra: un corpiño de encaje que apenas contenía sus pechos pesados, las pezonas oscuras y endurecidas visibles a través de la tela, casi saliéndose. Un tanga minúsculo que se perdía entre los labios gruesos de su coño, dejando ver el caminito de vello bien recortado. Medias hasta el muslo. Tacones. Se había pintado los labios de rojo oscuro.
—Ven, amor. Te estaba esperando.
Rafael (en el cuerpo de su padre) se acercó temblando. Ella lo empujó suavemente hacia la cama. Se subió encima, le abrió la bata y le besó los labios con lengua profunda, sabiendo a menta y deseo, chupándole la lengua como si quisiera comérsela. Luego bajó. Se arrodilló entre sus piernas, bajó el bóxer y sacó la polla gruesa, ya completamente dura, con las venas marcadas y la cabeza brillante de líquido preseminal. La olió, le dio un lengüetazo largo desde los huevos hasta la punta y luego abrió la boca y se la metió de un solo movimiento.
La lengua caliente y húmeda rodeó el glande, chupó con fuerza, bajó hasta casi la base mientras sus pechos rozaban los muslos de él. Hacía ruidos obscenos de succión, saliva cayendo por la polla, garganta profunda que apretaba la cabeza. Rafael gimió como nunca había gimido. No tenía experiencia. El calor, la succión, el ruido de saliva y carne… se le puso como un toro. Ella chupaba con devoción, subiendo y bajando la cabeza, masturbándolo con una mano mientras la otra le acariciaba los huevos, apretándolos suavemente. Cada vez que llegaba al fondo, hacía un ruido de garganta profunda y miraba hacia arriba con los ojos húmedos. Rafael no aguantó. Se corrió a los pocos minutos, disparando chorros espesos y calientes dentro de la boca de su madre. Ella se lo tragó todo, lamiendo los restos del glande, chupando hasta la última gota, y levantó la vista con una sonrisa sucia.
—Qué rico… tan espeso…
Pero Rafael seguía duro. La excitación no había bajado. Ella se subió encima, se corrió el tanga a un lado y se sentó despacio sobre la polla gruesa. El coño de su madre estaba caliente, resbaladizo, apretado. Entró centímetro a centímetro, sintiendo cómo las paredes internas lo abrazaban, cómo el jugo le chorreaba por los huevos. Cuando estuvo del todo dentro, ella empezó a cabalgarlo con movimientos circulares de cadera, haciendo que sus pechos enormes rebotaran frente a la cara de él. Rafael los agarró con las manos grandes de su padre, los apretó, chupó un pezón y luego el otro, mordisqueándolos hasta dejarlos rojos. Ella gemía alto, apretando el coño a propósito.
—Así, amor… fóllame fuerte… métela toda…
Él la agarró de la cintura y empezó a empujar hacia arriba, clavándola a fondo, sintiendo cómo el coño se contraía con cada embestida. El sonido de piel contra piel, húmedo y obsceno, llenó la habitación. Ella se corrió primero, contrayéndose alrededor de la polla, gritando y echando más jugo. Rafael duró un poco más y se vació otra vez dentro de ella, sintiendo cómo el semen caliente se derramaba y le salía por los lados.
Esa noche no pararon. Después de la primera corrida, ella se puso a cuatro patas y él la penetró desde atrás, agarrándole las nalgas grandes, separándolas para ver cómo la polla gruesa entraba y salía brillante de jugos y semen. La folló despacio al principio, sintiendo cada pliegue, luego más rápido, más duro, hasta que ella se corrió otra vez y él le llenó el coño por segunda vez, viendo cómo el semen le goteaba por los muslos.
Al día siguiente, sábado, Rafael decidió que no iba a perder el fin de semana. Quería repetir aquello y, además, plantar la idea.
Por la mañana la despertó con la boca entre las piernas. Lamió el coño hinchado de su madre con lengua torpe pero ávida, chupando el clítoris hinchado, metiendo la lengua dentro, bebiendo sus jugos. Luego la penetró en misionero, mirándola a los ojos, clavándola despacio y profundo. Mientras la follaba con embestidas largas, le susurró al oído, con la voz grave de su padre:
—Tengo una fantasía… me excitaría mucho que te follaras a nuestro hijo. A Rafa. Imagínalo… esa polla joven entrando en este coño tan rico…
Ella abrió los ojos, sorprendida, pero el orgasmo la estaba atrapando. Gimió, apretando las piernas alrededor de su cintura:
—Estás loquito… no digas eso… es nuestro hijo…
Se corrió apretando la polla con fuerza, temblando. Rafael se corrió dentro otra vez, empujando hasta el fondo.
A mediodía la llevó a la cocina. La sentó en la mesa, le abrió las piernas y la comió de nuevo hasta que estuvo chorreando, el clítoris hinchado y sensible. Luego la penetró de pie, levantándole una pierna, entrando hasta el fondo. Mientras la embestía con fuerza, repitiendo el roce del pubis contra el clítoris, le dijo otra vez, jadeando:
—Imagínalo… Rafa follándote. Su polla joven, dura, metiéndose en ti… ¿te gustaría sentirlo?
Ella, a punto de correrse, jadeó, clavándole las uñas en la espalda:
—¿Estás seguro de lo que dices…? No puedo… pensar en eso…
Se corrió gritando, y él también, llenándola otra vez, sintiendo cómo el semen le salía por los lados y le bajaba por la pierna.
Por la noche la esperó en la cama con la polla ya dura. Ella llegó en otra lencería, esta vez roja, casi transparente. Se la folló de lado, cucharita, entrando y saliendo despacio, acariciándole los pechos y el clítoris al mismo tiempo con los dedos. Cuando ella estaba al borde, le susurró contra el cuello, mordisqueándola:
—Quiero verte con él. Quiero que le chupes la polla a nuestro hijo y que te la meta hasta el fondo… que te corras con la polla de Rafa dentro…
Ella se corrió con un grito largo, contrayéndose con fuerza, y entre jadeos, con la voz rota de placer, dijo:
—Sí… lo haría… me calienta esa idea… me calienta pensar en Rafa follándome… en sentir su polla joven dentro…
Rafael se corrió tan fuerte que casi se desmaya, empujando hasta el útero. Esa noche la folló dos veces más: una contra la pared del baño, levantándola, y otra con ella montándolo, cabalgándolo hasta que el semen le salía a borbotones. Cada vez repitió la fantasía, y ella ya respondía con gemidos de “sí… quiero a Rafa dentro… fóllame pensando en él…”.
El lunes por la mañana Rafael despertó en su propio cuerpo, en su propia cama. El hechizo había terminado. Pero su madre había cambiado. No sabía nada del hechizo, nada del cuerpo prestado. Solo sabía que su marido le había metido esa idea en la cabeza durante un fin de semana de sexo intenso, y que esa idea no se iba.
Ese mismo lunes ella bajó a desayunar en un short cortísimo que se le metía entre las nalgas y una camiseta fina sin sujetador. Los pezones se marcaban claramente, duros. Cuando Rafael pasó junto a ella, le rozó la espalda con la mano y le dijo, con voz suave y un poco temblorosa:
—Buenos días, mi niño… qué grande te estás poniendo…
Martes: un vestido corto que se le subía al sentarse, mostrando el borde de las bragas negras. Mientras le servía el café se inclinó de más, dejando que él viera el valle profundo entre sus pechos, el olor de su perfume y de su piel caliente.
Miércoles: se puso a planchar en ropa interior —sujetador de encaje y tanga— “porque hacía calor”. Rafael se masturbó tres veces ese día pensando en ella, imaginando cómo se sentiría ese coño alrededor de su propia polla.
Jueves: lo encontró en el sofá, se sentó a su lado y apoyó la cabeza en su hombro. Su mano “sin querer” rozó el muslo de él, subiendo un poco más de lo necesario, rozando casi la entrepierna. Le susurró, con la voz baja:
—No puedo dejar de pensar en ciertas cosas… cosas que tu padre me dijo… y me mojo solo de imaginarlas…
Viernes por la noche. Rafael estaba en su cuarto cuando ella entró sin llamar. Llevaba solo una bata semi-abierta. Debajo, nada.
Cerró la puerta con llave. Se acercó a la cama. Se quitó la bata.
El cuerpo de su madre, desnudo, a la luz de la lámpara: pechos pesados con pezones oscuros y duros, vientre suave, cadera ancha, el coño ya brillante entre los labios abiertos, hinchado de anticipación.
—Rafa… —dijo con voz ronca, casi sin poder hablar—. No sé qué me pasa… pero desde este fin de semana no puedo parar de pensar en ti… en tu cuerpo… en cómo sería…
Se subió a la cama, se arrodilló entre sus piernas y le bajó el pantalón. La polla de dieciocho años de Rafael —más delgada que la de su padre pero dura como piedra, con la cabeza rosada y brillante— saltó libre. Ella la miró un segundo, con los ojos oscuros de deseo, y luego la engulló. Chupó con la misma habilidad con la que había chupado a su marido, pero ahora con una urgencia nueva, casi desesperada. Lengua, saliva, garganta profunda, ruidos obscenos. Rafael gemía, agarrándole el pelo, empujando un poco más adentro.
Cuando estuvo a punto de correrce, ella se separó, se montó a horcajadas y se impaló de un solo movimiento. El coño caliente y empapado de su madre lo envolvió por completo, apretado, resbaladizo, perfecto. Empezó a cabalgarlo con fuerza, haciendo que sus pechos rebotaran frente a su cara. Rafael los agarró, los chupó, los mordió suavemente, succionando los pezones hasta que ella gemía más alto.
—Más fuerte, hijo… fóllame… métela toda… quiero sentirla…
Él la agarró de la cintura y empezó a empujar hacia arriba. El sonido obsceno de su coño chupando la polla llenaba el cuarto: chapoteos, gemidos, el olor a sexo denso. Ella se corrió primero, contrayéndose alrededor de él, gritando su nombre, echando jugo que le mojaba los huevos. Rafael no aguantó y se vació dentro, chorros calientes y jóvenes llenándola, sintiendo cómo el semen se le escapaba por los lados.
No pararon. La puso a cuatro patas y la penetró desde atrás, viendo cómo su polla de joven entraba y salía del coño de su madre, brillante de semen y jugos, las nalgas temblando con cada embestida. La folló hasta que ella se corrió otra vez, y él también, empujando hasta el fondo. Luego la puso de lado, le levantó una pierna y la tomó despacio, besándola en la boca por primera vez como amantes, chupándole la lengua mientras él entraba y salía. Ella le chupó la lengua con hambre mientras se corría otra vez.
Al final de la noche, exhaustos, ella se quedó abrazada a él, con la polla de Rafa todavía semi-dura dentro, el semen goteándole por el muslo. No sabía nada del hechizo. Solo sabía que había cruzado una línea que ya no quería deshacer.
Rafael, en cambio, sonreía en la oscuridad. Ahora tenía a su madre a su disposición: ese cuerpo de diosa, ese coño caliente, esa boca experta, siempre lista para él. Cada noche que quisiera. Cada mañana. Cada vez que se le antojara.
Y mientras la abrazaba, ya pensaba en la siguiente luna llena. En qué otra hermosa mujer, de pechos enormes y culo perfecto, se convertiría en su siguiente víctima.


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