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Incestos en Familia, Infidelidad

El mejor fin de semana con mi hijo

Lo que debió ser una reconciliación con su esposo resultó una aventura con su hijo.
Me llamo Laura, tengo treinta y seis años y soy madre de un solo hijo, Carlos, que acaba de cumplir veintiuno. Me casé con su padre a los quince, cuando todavía éramos novios de prepa y yo ya estaba embarazada. La vida nos juntó muy pronto, pero durante años fuimos felices… hasta que hace dos años murió su papá y mi esposo tuvo que hacerse cargo de la empresa familiar, esa maldita ferroeléctrica que se lo tragó entero. Dejé de existir para él. Sexo una vez al mes, si acaso. Y yo… yo me moría de ganas de volver a sentirme deseada, de volver a quedar embarazada. Ya tenía un mes que no me tomaba las pastillas anticonceptivas porque quería tener otro hijo, aunque mi matrimonio se estuviera cayendo a pedazos.

Por eso contratamos ese paquete romántico en Cancún, en un hotel solo para parejas que prometía “encender la chispa”. Pero el viernes anterior al viaje llegó la inspección sorpresa y todo se fue al carajo. Mi esposo, con cara de derrota, me miró y me dijo:

—Ve tú con Carlos. Él se llama igual que yo, nadie va a sospechar. Necesitas ese viaje, Laura. Y él también se lo merece.

Acepté. Carlos, mi hijo, el chico que desde los quince levanta pesas como un dios y tiene un cuerpo que ya me había hecho sonrojar más de una vez en la casa, sonrió como niño grande y dijo que sí sin pensarlo dos veces.

En el avión, mientras volábamos sobre el mar, le tomé la mano y le susurré al oído:

—Vamos a tener que fingir que somos pareja, mi amor. Tomarnos de la mano, abrazarnos… todo. No quiero que nos echen del hotel.

Carlos apretó mis dedos y me miró con esos ojos oscuros que heredó de su padre.

—No hay problema, mamá. Ya lo hemos hecho antes en público. Además… me gusta abrazarte.

Y ahí empezó todo. Esa frase inocente que, de pronto, sonó demasiado cargada.

Llegamos al hotel al atardecer. Nos dieron gafetes con los nombres “Carlos y Laura” y nadie preguntó nada. La suite era una locura: cama king size con pétalos, jacuzzi en la terraza y una televisión que solo reproducía películas porno suaves. Nos tiramos un rato a descansar antes de la primera actividad y terminamos viendo una escena donde una mujer madura se dejaba follar por un chico mucho más joven. Yo estaba mojada sin tocarme siquiera. Carlos respiraba agitado a mi lado. Cuando salimos de la habitación íbamos tomados de la mano, pero ya no era la mano de mi hijo… era la mano de un hombre que me ponía la piel de gallina.

La primera dinámica era a las seis de la tarde en una sala privada con luces tenues y música erótica de fondo. Nos dieron una bata semitransparente a las mujeres —solo con tanga debajo— y a los hombres un pantalón ligero de tela casi transparente. Cada pareja tenía su pequeño tapete. Nos vendaron los ojos. La voz de la oradora, ronca y sensual, empezó a guiarnos:

—Acérquense… de rodillas, frente a frente. Tóquense con delicadeza.

Sentí las yemas de los dedos de Carlos rozar mis lóbulos. Un escalofrío me bajó por la espalda. Luego bajó al cuello, lento, como si estuviera memorizando cada centímetro. Cuando llegó a mis mejillas y acarició mis labios con el pulgar, yo ya estaba temblando. Bajó por mis hombros, entrelazó sus dedos con los míos y después tomó mi cintura. Subió despacio… muy despacio. Cuando sus palmas cubrieron mis pechos medianos pero firmes —los que tanto trabajo me ha costado mantener con fitness— solté un gemidito que no pude contener. Los masajeó con reverencia, apretando suave, rozando los pezones ya duros como piedras. Yo sentía cómo se me escapaba la humedad entre las piernas.

—Dios, mamá… —susurró él, casi sin voz.

La oradora siguió:

—Ahora bajen las manos… acaricien los muslos.

Lo hice. Y ahí lo sentí: su polla estaba durísima, enorme, palpitando bajo el pantalón transparente. La rocé apenas y un latigazo de placer me atravesó el clítoris. Yo también estaba empapada.

Entonces la voz ordenó:

—Ahora, mujeres… dejen caer sus batas al suelo. Muestren su cuerpo a su pareja. Permitan que el aire y la mirada de él los recorran.

Obedecí. La bata semitransparente se deslizó por mis hombros y cayó a mis pies. Sentí el aire fresco del salón acariciar mis pezones ya duros, erguidos por la excitación. Un escalofrío me recorrió la piel. Estaba prácticamente desnuda, solo con una tanga diminuta.

—Hombres… acérquense más. Peguen sus cuerpos al de su pareja. Que sientan todo de ustedes.

Carlos dio un paso adelante. El calor de su torso musculoso se pegó inmediatamente al mío. Sentí sus abdominales duros contra mi vientre y, más abajo, su verga gruesa y caliente, aún cubierta por el pantalón ligero, presionando justo entre mis labios vaginales. La tela era tan fina que parecía que no existía. Su polla palpitaba, dura como piedra, acomodada perfectamente contra mi entrada, atrapada entre mis muslos cerrados.

La oradora continuó, casi susurrando:

—Ahora, mujeres… abran un poquito las piernas. Permitan que su pareja encaje mejor entre ustedes. Que sientan cómo late su deseo.

Sin pensarlo, separé ligeramente los muslos. Su verga gruesa se acomodó aún más íntimamente, el glande presionando justo contra mi entrada húmeda, rozando mi clítoris hinchado. Carlos soltó un gemido bajito, ronco, casi animal, que solo yo pude escuchar. Sentí cómo su polla se sacudía contra mí.

—Abrazen a su pareja con fuerza. Recorran con las manos toda su espalda… despacio… con deseo.

Mis brazos rodearon su cuello. Las manos grandes y fuertes de mi hijo subieron por mi espalda desnuda, acariciándome con reverencia. Bajaron lentamente hasta llegar a mis nalgas redondas y firmes, esas que tanto trabajo me había costado mantener con fitness. Las apretó con ganas, clavando los dedos en la carne suave. Me abrió ligeramente, masajeándome las nalgas con movimientos circulares y posesivos, mientras nuestros cuerpos seguían rozándose.

—Sientan cómo sus sexos se acarician… cómo el calor de su pareja los quema… muévanse despacio contra él.

Empezamos a mecer las caderas muy lento. Su verga se deslizaba entre mis labios empapados, frotando mi clítoris con cada movimiento. Yo estaba chorreando. Sentía la humedad de mi coño mojando la tela de su pantalón. Mis pezones duros se frotaban contra su pecho. El morbo de estar así, vendada, en medio de otras parejas, haciendo exactamente lo que nos ordenaban… me estaba volviendo loca.

La oradora bajó aún más el tono de voz, casi gimiendo ella también:

—Ahora… acérquen sus rostros… rocen sus labios… abran la boca… y bésense como si se desearan de verdad.

Nuestras bocas se encontraron. Primero solo un roce de labios temblorosos. Luego abrimos la boca y nuestras lenguas se tocaron, se enredaron, se devoraron con hambre. El beso se volvió profundo, sucio, apasionado. Mientras nos besábamos como dos amantes prohibidos, sus manos seguían amasando mis nalgas y yo movía las caderas frotando mi coño contra su verga dura. Estábamos literalmente cogiendo de pie, vestidos solo con la mínima tela, siguiendo cada orden de esa voz seductora.

La oradora preguntó con voz melosa:

—¿Cómo se sienten? Mejor, ¿verdad? Más conectados… más calientes…

Yo apenas podía respirar. Mi coño palpitaba contra la polla de mi propio hijo.

Luego nos separaron. Nos llevaron a vestidores distintos para prepararnos para la fiesta. A mí me vistieron con un conjunto de lencería negra transparente: un sostén que apenas cubría mis pezones y una tanga hilo dental que se perdía entre mis nalgas redondas. Cuando salí del vestidor, Carlos me esperaba con solo una tanga roja diminuta y un moño negro en el cuello. Su verga estaba tan dura que la tela apenas podía contenerla; se marcaba gruesa y larga, con una mancha húmeda en la punta.

—Joder, mamá… tienes un cuerpazo de infarto —murmuró, devorándome con la mirada.

Bajé la vista y vi su erección monstruosa. Sonreí, mordiéndome el labio inferior.

—Está bien, hijo… si te creo.

Las copas de champagne no dejaban de circular. La música subió y la oradora anunció:

—Todas las parejas a la pista. Es hora de bailar.

Fuimos a la pista tomados de la mano. Mis tetas se movían con el ritmo, balanceándose de forma evidente bajo la lencería transparente. Carlos no les quitaba los ojos de encima. Cuando pusieron reguetón, la voz ordenó:

—Chicas… háganme perreo a sus parejas. Froten esas nalgas contra ellos.

Me di la vuelta, pegué mi culo firme y redondo contra su verga y empecé a perrear como una puta en celo. Sentía su polla gruesa deslizarse entre mis nalgas, la tela mojada de mi tanga apenas separándonos. Cada rebote hacía que su glande rozara mi ano y mi coño empapado. Yo gemía bajito, moviendo las caderas en círculos apretados, sintiendo cómo su verga palpitaba contra mí. Mis jugos le estaban mojando la tanga. Sus manos me agarraron fuerte de las caderas y me apretó más contra él.

—Así, mami… muévete para mí —susurró en mi oído.

Luego pusieron música romántica lenta. Nos pegamos pecho contra pecho. Mis tetas se aplastaban contra su torso desnudo. Nos besamos. Primero suave… luego con hambre. Lenguas follándose la boca. Sus manos bajaron a mis nalgas otra vez y yo metí la mano entre nosotros y le apreté la verga por encima de la tanga, sintiendo cómo latía.

—Perdón, mamá… pero te deseo —me jadeó al oído, la voz rota de excitación—. Quiero que seas mía aunque sea esta noche.

No contesté con palabras. Solo lo besé más fuerte, más cachonda, metiéndole la lengua hasta la garganta, apretando su polla con deseo.

Al terminar la fiesta casi corrimos de regreso a la habitación. Apenas cerró la puerta me empujó contra la pared y me bajó la tanga de un tirón. Me levantó una pierna y me metió dos dedos gruesos de golpe, moviéndolos rápido dentro de mi coño empapado.

—Estás empapada, mami… toda mojada por tu hijo. Tu coño está chorreando para mí.

—Fóllame, Carlos… por favor —gemí, desesperada, moviendo las caderas contra su mano.

Me cargó como si no pesara nada, me tiró en la cama y me abrió las piernas hasta el límite. Se arrodilló y me comió el coño como un animal hambriento: lengua ancha lamiendo desde el ano hasta el clítoris, chupando el botón hinchado con fuerza, metiendo la lengua lo más profundo que podía dentro de mi agujero. Dos dedos entraban y salían mientras succionaba. Me corrí violentamente en su boca, gritando su nombre, inundándole la cara con mis jugos.

Cuando todavía temblaba del orgasmo, me puse de rodillas frente a él, le bajé la tanga y liberé esa verga gruesa, venosa y palpitante. El glande morado brillaba de precum. Lo miré a los ojos con pura lujuria materna y me lo metí a la boca hasta la garganta. Lo chupé con hambre, saliva chorreando por mi barbilla, lamiendo cada vena hinchada, succionando el glande hinchado como si quisiera sacarle el alma. Con una mano le masturbaba la base gruesa mientras con la otra le apretaba los huevos pesados y llenos.

—Así, hijo… mamá te la mama rico… ¿te gusta que tu mami te chupe la verga como una puta? Mírame mientras te la trago toda, mi amor…

Carlos gruñó y me agarró del pelo, follándome la boca con embestidas profundas que me hacían babear sin control. Yo gemía alrededor de su polla, tragándola hasta que me golpeaba la garganta.

Luego me puse de rodillas en la cama, apreté mis tetas medianas pero firmes y calientes alrededor de su verga mojada de saliva y empecé a masturbarlo con ellas. Subía y bajaba mis pechos, envolviendo su tronco grueso, el glande morado asomando entre mi canalillo con cada movimiento, brillante de saliva y precum. Lamía la punta cada vez que salía, dando vueltas con la lengua alrededor del frenillo, saboreando su sabor salado y masculino.

—Quiero que te corras en las tetas de tu mamá, mi amor… pero todavía no… quiero que me llenes el coño primero.

Carlos estaba al límite. Me cargó de las piernas: me levantó en el aire como si fuera una muñeca, me abrió las piernas en V sosteniéndome por los muslos torneados y me penetró de pie, cogiéndome fuerte mientras me follaba en el aire. Su verga entraba y salía brutalmente, mis jugos salpicando con cada embestida profunda. Mis tetas rebotaban contra su cara y él las chupaba con fuerza, mordiendo mis pezones duros.

Eso lo volvió completamente loco. Me tiró en la cama otra vez y me folló en misionero, profundo y salvaje. Luego me puso en cuatro, me agarró del pelo y me dio nalgadas sonoras mientras me partía el coño.

—Dime que te gusta que tu hijo te folle, mami. Dime que eres mi puta ahora.

—Me encanta… me encanta que me estés cogiendo, mi amor… más fuerte, por favor. ¡Rómpeme el coño!

Me sentó encima de él, vaquera inversa. Reboté como loca sobre su polla, sintiendo cómo me llenaba entera, mis nalgas chocando contra sus muslos con sonidos húmedos y obscenos. Mis jugos corrían por su verga y sus huevos. Después me puso de lado, levantó una de mis piernas torneadas y me folló lento y profundo, besándome el cuello y mordiéndome el hombro mientras su polla entraba y salía, rozando ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas.

—Eres mía esta noche, mamá… toda mía. Este coño ahora me pertenece.

Cuando sentí que se ponía más duro y respiraba entrecortado, me susurró con voz ronca:

—Mami… me voy a salir… ya no tardo en venirme…

No dije nada. Solo lo abracé con fuerza, envolví sus caderas con mis piernas y empecé a moverme más rápido, apretándolo con mi coño caliente y mojado. Él entendió el mensaje. Empujó una última vez, gruñendo como animal, y se corrió dentro de mí, chorros calientes y espesos inundándome el útero. Sentí cada pulsación de su verga mientras me llenaba hasta rebosar. Me corrí otra vez, gritando su nombre mientras mi coño lo ordeñaba, succionando hasta la última gota.

Al día siguiente nos despertamos enredados y volvimos a follar. Esta vez despacio, mirándonos a los ojos, besándonos como amantes de verdad. En la ducha me hizo el amor contra el vidrio, con el agua cayendo sobre nosotros. Me penetró desde atrás, una mano en mi clítoris y la otra apretando mis tetas, entrando y saliendo con ritmo profundo y constante mientras yo gemía su nombre sin parar. Luego me puso contra el lavabo, me folló por atrás mirándonos en el espejo: mis tetas rebotando con cada embestida salvaje, mi cara de puta en éxtasis y su polla gruesa desapareciendo dentro de mi coño empapado.

—Quiero verte la cara mientras te lleno otra vez, mami. Quiero que veas cómo tu hijo te preña.

Fuimos a la pool party ya como pareja de verdad. Camisetas mojadas, mis tetas marcadas y transparentes, striptease de las mujeres para sus “parejas”. Alcohol corriendo. En una esquina oscura de la piscina, con la música fuerte, me sentó en su regazo y me folló despacio mientras la gente bailaba alrededor. Su verga entraba y salía de mi coño bajo el agua, mis nalgas moviéndose sutilmente sobre él. Nadie se dio cuenta… o sí, pero nadie dijo nada. Me corrí mordiéndole el hombro para no gritar, sintiendo cómo me llenaba otra vez con su semen caliente.

En el avión de regreso, ya con la realidad encima, le dije bajito:

—Esto no va a volver a pasar, Carlos. Fue solo esta vez.

Él sonrió, me tomó la cara con ambas manos y me besó con lengua, profundo y apasionado, delante de todos los pasajeros.

—Claro, mami… lo que tú digas.

Dos meses después, la prueba de embarazo dio positivo. Estoy embarazada de mi propio hijo. Cuando se lo dije a Carlos, solo sonrió, me abrazó fuerte y me susurró al oído:

—Entonces… vamos a tener que seguir fingiendo que somos pareja, ¿verdad?

Y yo, con el corazón latiéndome entre las piernas y el vientre ya creciendo, solo pude besarlo otra vez, sabiendo que todo había cambiado para siempre.

6 Lecturas/15 abril, 2026/0 Comentarios/por Premium
Etiquetas: hijo, hotel, madre, madura, mama, padre, sexo, viaje
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