El precio del fin de semana
Durante un fin de semana, dos viejos amigos cruzan una línea de la que no hay regreso. Ahora, alguno de los dos —o quizá ambos— tendrá que afrontar el precio..
El carro avanzaba por la carretera. Afuera, el paisaje cambiaba despacio entre cultivos, estaciones de servicio y pequeños pueblos que aparecían y desaparecían detrás del parabrisas.
Daniel conducía con una mano sobre el volante y la otra apoyada junto a la palanca de cambios. A sus cuarenta años conservaba la costumbre de mirar los espejos cada pocos segundos, incluso cuando la carretera estaba prácticamente vacía. A su lado viajaba Martín, reclinado en el asiento del copiloto, observando el paisaje con la tranquilidad de quien necesitaba salir de la ciudad más que llegar a algún lugar.
Hacía casi diez años que no compartían un viaje así.
Seguían viéndose de vez en cuando, algún almuerzo, un par de llamadas al año y los inevitables mensajes de cumpleaños. La amistad nunca desapareció, pero la vida había hecho lo suyo: trabajos distintos, ciudades diferentes y responsabilidades que siempre encontraban una excusa para posponer cualquier plan.
Fue Martín quien propuso el inesperado viaje.
—Solo un fin de semana —le dijo por teléfono, y en su voz había un subtexto que Daniel entendió al instante—. Como antes.
Daniel aceptó casi sin pensarlo. Necesitaba desconectarse, aunque fuera por un par de días. Necesitaba un escape, un lugar donde la rabia y el deseo pudieran respirar sin el juicio de las paredes de su propia casa.
Las primeras horas transcurrieron entre conversaciones sobre antiguos compañeros de universidad, anécdotas que ambos recordaban de forma distinta y el tipo de bromas que solo sobreviven cuando existe suficiente confianza para que nadie tenga que explicarlas. Pero debajo de cada risa, de cada recuerdo, había una tensión eléctrica, una expectativa que ninguno mencionaba pero que ambos sentían en la garganta.
El destino era una cabaña aislada, alquilada a través de internet, junto a un embalse donde, según las fotografías, apenas llegaba la señal del celular. La idea era sencilla: comer bien, beber un poco, pescar si el clima ayudaba y regresar el domingo antes de que empezara otra semana de trabajo. Esa era la excusa, la versión oficial que se contaban a sí mismos. Pero la verdadera razón, la que había hecho que Daniel pagara su parte del elevado alquiler sin chistar, era mucho más cruda y directa. La idea era follar. De hecho, era para eso que habían alquilado la cabaña, era un precio alto, sí, pero valía la pena para tener un lugar donde desahogarse sin tener que recurrir a las putas de la ciudad, que a menudo resultaban caras y frías. Aquí, entre los dos, podían ser como eran, sin máscaras, sin filtros. Podían sacar toda la mierda que llevaban dentro.
Nada que no hubieran hecho antes.
Al menos, ese era el plan cuando salieron de la ciudad.
Ninguno de los dos imaginaba que, antes de que terminara el fin de semana, tomarían una decisión que cambiaría para siempre la forma en que volverían a mirarse. Y que, desde ese momento, la amistad dejaría de ser el vínculo más importante entre ellos. Habría algo mucho más fuerte.
Algo que ninguno podría deshacer.
Entre un tema y otro fueron apareciendo silencios cómodos, de esos que solo existen entre personas que se conocen desde hace muchos años.
Martín rompió uno de ellos.
—¿Y Laura? ¿Cómo sigue?
Daniel tardó unos segundos en responder.
—Ahí vamos.
—Eso no suena muy bien.
Daniel hizo un gesto con los hombros, pero su sonrisa no tenía ninguna gracia. Era una mueca de pura tensión.
—Llevamos meses discutiendo porque… bueno, porque estoy todo el tiempo caliente y ella no me hace caso. Ni caso ni favor. Llego a casa con la verga a punto de reventar y ella se da la vuelta y se hace la dormida. Es como intentar meterla en un muro.
Martín esperó a que continuara. No apuró la conversación. Conocía lo suficiente a Daniel como para saber que ciertos temas necesitan su tiempo para salir.
—Dice que nunca estoy en la casa —continuó Daniel, con la voz un poco más baja, casi un susurro conspirativo—. Que todo el peso de Valentina recae sobre ella. Que si estoy es solo para andar tras de ellas. Y, si soy sincero, tiene razón en parte. Pero es que no me toca, Martín.
Hizo una pausa, y su mirada se perdió en el horizonte interminable de la carretera. Se inclinó hacia adelante sobre el volante, como si el auto pudiera absorber su confesión, como si el metal frío pudiera calmar el fuego que le ardía en las entrañas.
—El problema es que… esa energía, esa frustración, se va acumulando. Es como un pozo de gasolina que se va llenando cada noche que Laura me da la espalda. Y cuando estoy en casa, la única que la recibe, aunque sea sin querer, es Valentina. Laura pretende no dejarme acercar a la niña, me dice que la asusto, que la miro muy fijamente… y tiene razón. La miro. La miro y veo a Laura en ella, pero en una versión que puedo romper, que puedo ensuciar. Y es como si mi cabeza no pudiera distinguir. Es como si toda esa rabia porque Laura me ignora se transformara en otro tipo de hambre, una que me da vueltas cada vez que Valentina se ríe o me corre a abrazar, sintiendo sus pechos pequeños contra mi.
Se calló de nuevo, pero esta vez el silencio era más denso, cargado de una imagen que Daniel parecía a punto de pronunciar. Su mandíbula se tensó, y sus manos apretaron el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Respiró hondo, y el aire que exhaló era tembloroso, cargado de una obscenidad que estaba a punto de soltar.
—Y a veces, Martín… a veces no me basta con imaginar. A veces la fantasía se vuelve tan real, tan puta, que siento que tengo que actuarla. Me imagino que entro a su cuarto de noche, que la despierto con la mano en la boca para que no grite. Me imagino su miedo, sus ojitos grandes abiertos en la oscuridad, sintiendo el peso de su papá sobre ella. Y entonces, sin más, sin lubricación, sin cariño, le parto la rajita con la verga. Una entrada forzada, seca y violenta, que la haga gritar de verdad, no de juego. La siento clavarse en mí, apretándome como un anillo de fuego mientras mi glande la desgarra. Le doy golpes secos, profundos, sin piedad, sintiendo cómo su cuerpecito se estremece debajo mío, cómo sus lágrimas mojan mi mano. La saco y la meto, una y otra vez, como si quisiera llegarle al fondo del alma, marcarla desde adentro, hacerla mía para siempre. Y mientras la follo, le susurro al oído que es una zorra, que es su culpa por tener un cuerpo así, por parecerse a su madre. Y en medio de sus sollozos, siento cómo empieza a moverse, cómo su cuerpo traidor responde, y ese es el momento en que corro, Martín. El momento en que la lleno de mi leche, de mi rabia, y la dejo ahí, rota y mía.
Se quedó jadeando, con los ojos cerrados, como si el recuerdo de su fantasía lo hubiera dejado sin aliento. El auto se llenó de un silencio pesado, casi tangible.
—Y no es solo verla, Martín. Es imaginarla. Cuando Laura me da la espalda en la cama, yo me quedo despierto con la verga dura como un palo y me imagino a Valentina. Me imagino que es ella la que duerme a mi lado, con ese cuerpo de niña que empieza a tener curvas. Y pienso en lo fácil que sería levantarle la camisa de noche, cuando está dormida, y ver sus pechos que apenas si son dos botones, con esos pezoncitos rosados que se pondrían tiesos solo con el aire. Pienso en su piel, en lo suave que debe ser… y mi mente va más abajo, Martín. Va a esa estrecha rajita que seguro tiene, esa rendita perfecta que ni ella misma conoce del todo, y me la imagino, sin un pelo, rosa y pequeña, esperando a que alguien le enseñe, la marque. Me la imagino abriéndola con los dedos, viendo cómo se contrae, y luego lamiéndola, saboreándola, sintiendo cómo se moja en mi boca hasta que grita y me corro solo de pensarlo, manchándome los pantalones como un adolescente sin control.
Martín se limitó a asentir, sabiendo que Daniel no había terminado, que aquello era solo el prólogo.
—Es una mierda, Martín —dijo Daniel finalmente, con una crudeza que lo sorprendió—. Una mierda que no sé cómo controlar. Porque al final, esa rabia tiene que salir a flote de alguna manera. Y ya no es solo mirarla o imaginarla. Ahora busco las excusas. La otra día estaba viendo la tele y ella se acurrucó a mi lado. Llevaba un pijama corto, de algodón… y yo me quedé duro al instante. Me puse a jugar con ella, a hacerle cosquillas, solo para sentir su piel. Y sin que se diera cuenta, le fui restregando la verga por la pierna, por la barriga… Martín, sentía su calor a través del pijama y sentía que me iba a correr ahí mismo, como un pendejo. Y lo mejor, lo más jodido, es que me sentía increíble. Vivo. Sentía que le estaba devolviendo a Laura un poco de la indiferencia que me da, usándola a ella.
Hizo otra pausa, más larga esta vez, como si reviviera el momento con un lujo de detalle que le excitaba y lo avergonzaba a la vez.
—Fue más allá de las cosquillas. La acosté boca abajo en el sofá, le dije que íbamos a jugar al «caballito». Me subí a su espalda, con cuidado de no aplastarla, y empecé a moverme, muy suave, muy despacio. Con cada movimiento, le restregaba la verga, ya dura y goteando, contra su colita. A través del pijama, sentía cómo se hundía un poco en esa hendidura perfecta. Ella se reía y emitía unos tenues gemidos, pensando que era parte del juego, diciendo «más, papá, más». Y yo le daba más, Martín. Le daba más, sintiendo cómo el precum me manchaba el pantalón, cómo cada gemido de ella me acercaba al borde. Me corrí así, encima de ella, con un temblor que me recorrió todo el cuerpo, mientras ella reía a carcajadas, sin saber que su papá se estaba corriendo en su espalda, usándola como una zorra barata. Y fue lo mejor que he sentido en mi puta vida.
Martín se quedó en silencio, procesando la confesión.
—¿Tanto así? —preguntó finalmente, su voz casi un susurro.
—Más —respondió Daniel, con los ojos brillantes de una mezcla de culpa y excitación—. Ayer mismo. Se cayó en el pasillo y se dio un golpe en la cabeza. Lloraba y la subí a mis brazos para calmarla. La llevé a su cuarto y mientras la acunaba, la sentí tan pequeña, tan frágil… y mi verga empezó a latir contra su vagina. Me la apreté contra mí, simulando que la consolaba, y me la restregué con fuerza, una y otra vez, sintiendo sus mejillas contra mi pecho mientras yo frotaba mi verga. Me corrí en los pantalones, Martín. Ahí, con mi hija en brazos. Y fue lo mejor que he sentido en meses. Últimamente prefiero irme a casa de alguna de mis hermanas que llegar a mi casa. Al menos allá nadie me está reclamando nada ni me deja con la verga dura sin hacer nada.
Martín lo miró de reojo. No dijo nada, pero su mirada se detuvo un instante demasiado largo en el perfil de su amigo.
—Nunca pensé que ustedes terminarían así —dijo finalmente.
Daniel soltó una risa sin humor.
—Yo tampoco. Ya son quince años de casados, Martín. Mi verga extraña a Laura como nunca imaginé que extrañaría algo.
—Ella es dos años menor que tú, ¿cierto?
—Sí. Tiene treinta y ocho. Comenzamos cuando ella todavía estaba terminando la universidad.
Daniel dejó la frase ahí, flotando entre el ruido del motor. No mencionó los fines de semana de aquel primer año, cuando Laura todavía se arrodillaba frente a él en el baño de la casa de sus padres, con la puerta echada para que nadie escuchara los sonidos húmedos de su boca succionando. No habló de las reuniones familiares donde ella le tocaba la verga debajo de la mesa, disimulando mientras conversaba con su suegro, ni de las madrugadas en el apartamento donde se sentaba encima de él, cabalgandolo hasta que ambos se venían juntos.
—Después llegó el matrimonio, el apartamento, Valentina… —continuó, como si enumerara eventos ajenos— y mi verga empezó a morirse de aburrimiento. Ahora no me toca, Martín. Dice que ya no siente esas ganas, que las cosas cambian.
El carro se adelantó a un camión y volvió a su carril.
—¿Y la niña? —preguntó Martín.
La expresión de Daniel cambió. Se tensó de una manera sutil, casi imperceptible, pero Martín la notó.
—Ella es la que más me preocupa. Porque mi verga no distingue, Martín. Y Valentina cada día tiene mejores formas.
—¿Qué edad tiene ya?
—Doce.
—Aún la recuerdo cuando iba al colegio con el uniforme lleno de pintura.
Daniel sonrió por primera vez desde que habían empezado a hablar de su familia. Una sonrisa breve, que no llegó a los ojos.
—Sigue igual de inquieta. Pero ya está creciendo. Hace preguntas incómodas y entiende mucho más de lo que uno quisiera.
Martín asintió.
—Los hijos siempre se dan cuenta de todo.
Daniel guardó silencio unos segundos.
—Hace dos semanas me preguntó si su mamá y yo nos íbamos a separar.
Martín giró la cabeza para mirarlo.
—¿Así, de frente?
—Así, de frente.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no.
—¿Y era verdad?
Daniel no respondió enseguida.
—No lo sé.
El ruido constante de las llantas volvió a llenar el carro.
Martín dejó pasar unos kilómetros antes de volver a hablar.
—¿Han pensado en terapia?
—Laura insiste. Yo siempre encuentro una excusa para aplazarla.
—Eso suele terminar mal.
—Ya lo sé.
Daniel tomó una botella de agua del portavasos y bebió un poco.
—Lo peor es que no hay una pelea grande. No hubo una infidelidad, ni un problema de plata, ni nada de eso. Simplemente llevamos mucho tiempo viviendo como si compartiéramos la misma casa por obligación.
—Eso a veces es más difícil de arreglar.
—Sí.
Martín miró por la ventana.
—¿Y este viaje? ¿Laura no puso problema?
—Al contrario. Me dijo que fuera.
Aquí tienes la sección ampliada con ese contexto explícito del pasado incestuoso:
—¿En serio?
—Sí. Me dijo que me despejara un poco. Que llevaba meses de mal humor.
Martín sonrió.
—Entonces por lo menos alguien creyó que este paseo era buena idea.
Daniel sonrió también, pero el gesto se le borró rápido. Miró la carretera con la mandíbula tensa.
—O simplemente quería pasar un fin de semana sin mí. Ni siquiera me toca la verga hace tres meses, Martín. Dice que es el estrés, pero yo sé que ya no le interesa.
Martín lo miró de reojo, sin sorpresa. Conocía la historia lo suficiente como para saber que Laura había entrado en ese mundo por amor a Daniel.
—¿Te acuerdas cómo era antes? —Daniel soltó una risa amarga—. Cuando apenas era mi novia y la llevaba a la casa de mis padres los fines de semana. Al principio solo miraba, avergonzada, cuando mi hermana mayor se sentaba en el regazo de mi papá desnuda. Pero después… después empezó a participar.
—Porque tú le enseñaste —dijo Martín, ajustándose en el asiento.
—Yo y mis hermanas. Primero solo nos miraba a nosotros, luego empezó a tocarme mientras mi mamá me chupaba. Y después… —Daniel hizo una pausa, tragando saliva—. Después llegaron las orgías de los domingos. Todos en el cuarto principal, mi papá, mis tres hermanas, los cuñados, mi mamá y nosotros. Laura recibiendo verga de todos lados.
—Si, me contaste varias veces
—Especialmente de los cuñados. A ella le gustaba la verga de Jorge, el marido de mi hermana Lucía. Se la metía por el culo mientras yo se la metía por la boca, y ella gemía como puta, Martín. Mi mamá y mis hermanas la tocaban, le chupaban las tetas, le abrían las piernas. Era una diosa esos días, una puta de la familia.
Martín asintió, recordando las veces que también estuvo él presente
—Y ahora…
—Y ahora dice que eso fue un error. Que la confundí, que la obligué. ¡Obligué! —Daniel golpeó el volante—. Si hasta le pedía a mi papá que le diera más duro, que le llenara la boca de leche delante de mí. Y ahora ni siquiera me deja acercarme a Valentina, como si fuera a corromperla. ¡Si ella misma aprendió así!
—Con esa verga que tienes, y te la ignoran —dijo Martín, medio en broma, medio en serio, mirando el bulto del pantalón de Daniel—. Es casi un crimen, después de todo lo que ella disfrutaba.
Los dos rieron, pero la risa de Daniel no llegó a los ojos.
Ninguno volvió a mencionar a Laura ni a Valentina durante el resto del trayecto. Hablaron de fútbol, de política y de un negocio que Martín estaba pensando montar con un antiguo compañero de trabajo. Cuando el navegador anunció que faltaban menos de veinte minutos para llegar a la cabaña, Daniel redujo la velocidad. El asfalto dio paso a una carretera destapada que se internaba entre árboles altos y algunas cercas de madera. Durante varios kilómetros no cruzaron con ningún otro vehículo.
—Sí que está retirada —comentó Martín mientras miraba la ubicación en el celular.
—Eso era precisamente lo que buscábamos.
Cinco minutos después apareció un portón metálico. Daniel bajó del carro, abrió el candado con la clave que le había enviado el propietario y volvió a subir. Recorrieron un camino angosto hasta que la cabaña quedó a la vista.
Era una construcción de madera y ladrillo, de un solo piso, con una terraza amplia orientada hacia el embalse. A un costado había un pequeño kiosco con asador y, detrás, un depósito de herramientas. Todo estaba limpio, aunque se notaba que el lugar llevaba algunos días sin recibir visitantes.
Daniel apagó el motor.
—Pues… las fotos no mentían.
—No. Está mejor de lo que esperaba.
Ambos comenzaron a bajar las maletas. Apenas habían abierto el baúl cuando escucharon el ruido de una camioneta blanca acercándose por el mismo camino. El vehículo llevaba un pequeño distintivo circular en la puerta, igual al selto que aparecía en la esquina inferior de la página de reserva.
El vehículo se detuvo unos metros más atrás.
Del asiento del conductor descendió una mujer de unos cincuenta años. Era de estatura media, de contextura fuerte y llevaba el cabello oscuro recogido en una cola baja que dejaba ver aretes dorados grandes. Vestía jeans ajustados, botas de caucho y una camisa de manga larga arremangada hasta los codos, con los primeros botones abiertos dejando ver un sostén negro de encaje. Caminaba con la seguridad de quien conocía cada rincón de la propiedad, pero también con una lentitud calculada, moviendo las caderas de manera que Daniel y Martín no pudieron evitar seguir con la mirada.
Daniel cerró el baúl y se limpió las manos en los pantalones, intercambiando una mirada rápida con Martín. Ninguno de los dos pareció sorprendido de verla ahí.
—Buenas tardes —saludó antes de llegar hasta ellos—. ¿Ustedes son los señores Daniel Gómez y Martín Rojas?
—Sí, señora —respondió Daniel.
—Mucho gusto. Soy Clara. El dueño vive en Bogotá y me pidió que viniera a recibirlos. Yo soy quien se encarga de cuidar la finca.
Les estrechó la mano a ambos.
—¿Tuvieron problema para encontrar el lugar?
—Ninguno.
—Perfecto.
Sacó un manojo de llaves del bolsillo y abrió la puerta principal.
—La casa ya está lista. Ayer hicieron el aseo y esta mañana revisé que funcionaran el agua y la energía. Si necesitan leña para la chimenea o para el asador, hay suficiente en el cobertizo.
Martín recorrió el interior con la mirada.
—Está muy bien equipada.
—El dueño casi siempre viene con la familia en diciembre, por eso mantiene todo al día.
Mientras hablaban, Clara caminaba de un lado a otro revisando detalles que solo ella parecía notar. Abrió un grifo, encendió una lámpara, verificó el funcionamiento de la nevera y luego salió nuevamente a la terraza.
—La señal de celular entra y sale. Si necesitan hacer una llamada importante, normalmente hay mejor cobertura cerca del muelle.
Señaló con la mano un sendero que descendía hacia el embalse.
—No son más de cinco minutos caminando.
Daniel asintió.
—¿Usted vive cerca?
—A unos diez minutos de aquí. Mi casa queda al otro lado del bosque. Paso casi todos los días para revisar que todo esté en orden, sobre todo cuando hay huéspedes.
Martín sonrió.
—Entonces estamos en buenas manos.
Clara le devolvió la sonrisa con cortesía.
—Eso intento.
Clara se volvió hacia el interior de la cabaña, lista para despedirse, pero Daniel se había acercado silenciosamente y cerró la puerta de madera con un empuje seco. El cerrojo resonó. Clara no se inmutó; sus ojos oscuros recorrieron la estancia hasta detenerse en la entrepierna de Daniel, donde el pantalón marcaba la tensión de su erección.
—¿Los señores necesitan algo más? —preguntó, bajando el tono.
Martín se acercó por detrás, bloqueando la terraza. Su mano se posó en la cadera de la mujer y bajó hasta agarrarle el culo con fuerza.
—Hace tres meses que mi mujer no me toca la verga —murmuró Daniel, desabrochándose el cinturón—. Y tengo las bolas tan llenas que me duele caminar. Usted va a ayudarme con eso, Clara. ¿Le parece?
Clara abrió los ojos, pero no tuvo tiempo de responder. Daniel la empujó hacia sus rodillas con violencia controlada. El suelo de madera crujió bajo sus botas. La verga de Daniel saltó libre, roja, palpitante, con la cabeza hinchada y brillante de presemen. La mujer abrió la boca instintivamente, pero Daniel no esperó permiso: agarró su cabeza con ambas manos y empujó hasta la garganta en una sola embestida, obligándola a abrir su boca casi hasta sentir dolor por el tamaño de la verga.
Puta, qué caliente está —gruñó Daniel, retirándose hasta que la cabeza de su verga quedó visible, brillante y palpitante, para luego volver a entrar con una embestida brutal.
Los labios de Clara, gruesos y oscuros, se estiraron al máximo alrededor de la base de su miembro, casi desapareciendo completamente contra su piel, como si su boca no estuviera hecha para una verga de esa circunferencia. Era evidente que estaba acostumbrada a vergas más delgadas, más fáciles de manejar, porque su mandíbula se tensó hasta el límite, los músculos del cuello saltados mientras intentaba abrirse lo suficiente para no romperse los labios contra la carne dura.
Martín ya se había sacado la verga, masturbándose lentamente mientras observaba. Su miembro era aún más grueso que el de Daniel, una columna de carne venosa, como una lata de cerveza, con el glande hinchado y morado. Se acercó por el lado izquierdo de Clara y golpeó su mejilla con el peso de su pene, haciéndola girar forzosamente hacia él.
—Abre —ordenó Martín, agarrando su cabello para levantarle la cara.
Cuando Clara obedeció, tratando de pasar de una verga a otra, se vio claramente la diferencia: su boca quedaba abierta en un óvalo perfecto, los labios tensados alrededor del glande de Martín, pero ni siquiera cerraban completamente alrededor de su circunferencia. La carne de sus comisuras se veía blanca, estirada al máximo, a punto de rasgarse.
—Chupa las dos —ordenó Martín, tirando de su cabello—. Alterna, puta. Quiero ver esa boca llena.
Clara intentó obedecer, pasando de una verga a otra con la lengua afuera, dejando rastros de saliva espesa que conectaban sus labios hinchados con los miembros. Pero cuando Daniel volvió a hundirse en su garganta, el sonido fue diferente: un golpe húmedo, seco, seguido de un ruido de succión violenta. Los labios de la mujer desaparecieron completamente contra el vello púbico de Daniel, su nariz aplastada contra su vientre, mientras su garganta se contraía en espasmos alrededor de la intrusión.
—Así, así —repetía Daniel, mirándola desde arriba con los ojos vidriosos—. Aprieta más, vieja. Quiero sentirla como la garganta de mi hermana.
El rostro de Clara comenzó a transformarse, mientras lágrimas gruesas brotaban y resbalaban por sus mejillas. La nariz le goteaba moco claro mezclado con saliva, creando hilos viscosos que caían sobre su camisa. Las mejillas se le hundieron cada vez que Daniel retrocedía, creando succiones fuertes, y luego se inflaban cuando volvía a entrar. Emitía sonidos ahogados, arcadas guturales que salían de su pecho cada vez que la cabeza de la verga golpeaba el fondo de su garganta, haciendo que su cuerpo entero se estremeciera con espasmos de náusea contenida.
La mujer intentó apartarse para respirar, jadeando con la lengua fuera, roja y cubierta de baba, pero Martín sujetó su cabeza por detrás con ambas manos, obligándola a mantener la posición mientras Daniel follaba su boca sin piedad. La saliva brotaba ahora en cantidades mayores por las comisuras de sus labios, bajando en hilos gruesos por su barbilla, acumulándose en su escote, manchando el encaje negro del sostén. Daniel agarró sus propias bolas, apretándolas con fuerza mientras sentía el orgasmo acumularse en la base de su estómago, un calor intenso que subía por su miembro.
—Se la voy a meter hasta el fondo y me voy a venir directo en su estómago —anunció Daniel, acelerando el ritmo hasta que sus caderas golpeaban la cara de Clara con sonidos secos—. Y usted va a tragar todo, ¿me oyó?
Clara gorgoteó, la garganta vibrando alrededor de la carne de Daniel, los ojos llorosos inyectados en rojo, la nariz completamente hundida en el vello púbico de Daniel, obligada a inhalar el olor de su excitación mientras él la mantenía inmovilizada contra su entrepierna. Martín se agachó por detrás, deslizando una mano bajo su camisa sin pedir permiso, agarrando uno de sus pechos, apretando la areola oscura entre sus dedos hasta que Clara emitió un gemido ahogado que resonó en la base de la verga de Daniel.
—Lo hace bien —dijo Martín, con la voz ronca, sin dejar de masturbárse—. Las que chupan por plata son las que mejor lo hacen. Mi madre también tragaba así, hasta el fondo, sin quejarse.
Daniel agarró las mejillas de Clara con ambas manos, hundiendo sus uñas en la carne húmeda, obligándola a mirarlo con esos ojos llorosos mientras su glande se hinchaba entre sus labios. La penetró oralmente durante tres embestidas más, cada una más profunda que la anterior, golpeando repetidamente contra su campanilla hasta que sintió el orgasmo subir imparable desde la base de los testículos, un espasmo eléctrico que recorrió su espalda.
—Me voy a venir —gruñó, saliendo de su boca con un sonido húmedo de succión, dejando entrever la garganta roja e inflamada de la mujer.
Clara apenas tuvo tiempo de cerrar los ojos cuando la primera descarga impactó contra su mejilla izquierda con fuerza, caliente y espesa, pesada como una crema espesa recién salida del fuego. Daniel se masturbó rápidamente con la mano enguantada de saliva, apuntando su verga directamente al rostro de la mujer, y el segundo chorro salió con más potencia, cruzando su frente de lado a lado, dejando una línea blanca que le llegaba hasta el nacimiento del cabello. El tercer disparo cayó sobre su ceja derecha, y los chorros subsiguientes salpicaron sus mejillas, la punta de su nariz, sus párpados cerrados, hasta que el líquido blanco goteaba por todas partes, formando hilos viscosos que caían sobre su camisa arremangada, empapando el encaje del sostén, creando charcos pegajosos en su regazo.
—Puta —suspiró Daniel, todavía palpitando, viendo su obra—. Eso es lo que necesitaba. Mi mamá quedaba igual, cubierta de mi leche.
Martín se acercó inmediatamente, sin esperar, y su propia eyaculación fue más abundante, casi violenta: el primer chorro impactó directamente sobre el ojo izquierdo de Clara, cerrado, el segundo sobre su boca entreabierta, y los siguientes tres cubrieron su barbilla, su cuello, mezclándose con el semen de su amigo hasta que la mujer quedó irreconocible, empapada y brillante, una máscara blanca y humeante de leche caliente que le impedía abrir los ojos, que le caía en gruesas gotas por las comisuras de sus labios, que le olía a cloro y a sal, que le hacía sentir el peso de la humillación sobre su piel.
Clara se quedó inmóvil, de rodillas, con la cara bañada en leche caliente. Cuando abrió los ojos, parpadeando para limpiar la visión entre hilos de semen que se adherían a sus pestañas, Daniel ya se estaba abrochando el pantalón.
—Ahora sí puede irse —dijo Daniel, señalando la puerta con la barbilla—. Pero vuelva mañana temprano por si necesitamos… más leña.
Clara asintió, subió nuevamente a la camioneta y se marchó por el mismo camino por el que había llegado.
Martín esperó a que el ruido del motor desapareciera.
—Muy amable la señora.
Daniel cerró la puerta de la cabaña.
—Sí.
Miró la terraza y el agua tranquila del embalse.



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