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Incestos en Familia, Intercambios / Trios, Orgias

El Sacerdote

Una de estas historias quizás demasiado comunes, pero que pocos quieren reconocer, y menos aceptar, porque habría que cambiar demasiadas cosas, que después de tantos siglos, son difíciles de mover..

Otra increíble historia que ha llegado a mi correo:

Querida Veronicca, espero que este testimonio forme parte de tus extraordinarios relatos, que tantos seguidores tienen…

 

“Muchas de las cosas que voy a contar aquí, han sido la causa de mi expulsión como sacerdote de la Iglesia, pero a mis 70 años, espero tener libertad suficiente como para hablar de ellas, en mi nombre y en el de tantos otros que no se atreven a hacerlo.

Entré en el Seminario de jovencito por una vocación transmitida por mi familia profundamente católica, pero pronto esa idealización fue dejando paso a una realidad de la que se nos intentaba convencer que era el verdadero camino para ejercer nuestra futura labor sacerdotal.

En nuestra ingenuidad se nos decía que para poder aconsejar debidamente a nuestros feligreses, debíamos conocer todos los pecados en los que puede caer el hombre, pero sobre todo, los relacionados con el sexo, que parecía ser la obsesión de muchos profesores y formadores, que nos hacían entrar en una especie de burbuja, aislados del exterior, lo que aumentaba su influencia sobre nosotros.

Cuando teníamos esas charlas privadas para conocernos a nosotros mismos, se nos preguntaban cuestiones muy íntimas que debíamos responder con toda sinceridad, como que si teníamos erecciones y en qué circunstancias, que si nos tocábamos o nos masturbábamos, o si alguna vez habíamos tocado a alguna chica u otro chico.

Dependiendo de nuestras respuestas, nuestro tutor apreciaba nuestra receptividad para esos temas y era cuando empezaban a tocarnos nuestros genitales para provocar esas erecciones que nos excitaban, y a ellos también, lo que propiciaba con algunos en especial, unos contactos más íntimos que les hacían convertirse en sus favoritos.

A esas edades, la voluntad puede ser muy débil y manipulable, y muchos acababan durmiendo muchas noches en la habitación de esos profesores, teniendo todo tipo de practicas sexuales con hombres mayores, que les pervertían para siempre.

Supongo que no hace falta decirlo, pero la homosexualidad es muy frecuente entre el clero, no sé si por naturaleza o por necesidad, pero en mi caso, aunque si tuve algunas prácticas de ese tipo, con algún profesor y con compañeros, nunca llegué a ser el favorito de nadie. Me gustan las mujeres sobre todo, aunque como decían ellos…, el sexo es sexo, da igual con quién, y todo puede ser gratificante y delicioso.

La verdad es que, a pesar de todo, me resultaban agradables esas masturbaciones mutuas, con unas eyaculaciones, que calmaban en parte esa ansiedad sexual típica de esas edades.

En el Seminario, con ese cinismo que suele ser habitual en muchas de estas manifestaciones, nos decían que aprovecháramos para satisfacer todos los placeres de la carne, antes de ser ordenados y jurar nuestros votos, lo que creaba una cierta confusión a muchos de mis compañeros, que dudaban si podrían mantener ese voto de castidad durante toda su vida sacerdotal, pero a la vista de lo que sucedía allí y de lo que nos transmitían fuera de las aulas, eso parecía un mal menor, ya que como le dijo el Padre Yuste a un compañero que se había enamorado de una chica y que tenía dudas sobre su vocación: “—¿Por qué vas a conformarte con una sola mujer, cuando dentro de la Iglesia las puedes tener a todas?”

Eso contestaba un poco, una de mis dudas, sobre si mi gusto por las mujeres sería incompatible con el sacerdocio

Esta pregunta o reflexión puede entenderse de muchas formas, ya que el sacerdote puede convertirse en el mayor confidente espiritual para resolver todos esos problemas que nos son tan humanos, y ese consuelo puede crear una confusión entre ambas partes que derive en un contacto carnal, tal como acaba sucediendo en muchas ocasiones, más o menos discretas.

Después de todos esos años siendo parte de la Iglesia, a pesar de todas las explicaciones dadas y argumentos esgrimidos, no acabo de entender la necesidad o conveniencia de ese “voto de castidad”, ampliamente incumplido, o el celibato, que si puede estar más justificado, aunque muchas religiones no lo exijan.

En cambio, veo contra natura la castidad, por ser contraria a la naturaleza humana, y a su equilibrio emocional y psíquico, que se traspone totalmente cuando es de cumplimiento obligado. Ya se ha hablado muchas veces, de que si no existiera, se evitarían muchos de los abusos que asolan a la religión católica, en especial, desde hace siglos, que se impuso como una regla de la Iglesia, no como ningún mandato divino.

Pero bueno, no voy a ser yo el que desmienta esa gran hipocresía de la Iglesia, que aunque reconozcamos la gran labor que realiza en todo el mundo, también puede comportarse de la forma más miserable con los más desfavorecidos, por esa avaricia de la que tanto reniegan.

Casi siempre he estado destinado en parroquias rurales, donde el contacto con la gente es más íntimo y familiar, casi diría, pero también donde la ignorancia de esas personas provoca las situaciones más crudas e inesperadas.

En uno de mis primeros destinos, me encontré con un caso de esos que te parten el alma. Una chica de 16 años se había quedado embarazada y sus padres la habían echado de casa, pero sobre todo, por decisión de su madre cuando se enteró de que el embarazo era producto de las violaciones a las que le sometía su padre desde niña.

Son cosas que nunca entenderé, sigues viviendo con el violador de tu hija y la echas a ella, culpándola de lo que ha pasado, aunque bueno, supongo que tendría que estar casado para comprender esas cosas. Esa mujer tampoco era muy asidua a la Iglesia y no pude tener mucho contacto con ella, pero yo acogí a esa chica que se llamaba Celia, con varios meses de embarazo en mi casa, porque yo necesitaba a alguien para atender las tareas de la casa.

En ese momento, tampoco reparé en los comentarios y cotilleos que eso suscitó, porque eso me pareció lo más humano que podía hacer por ella, y allí siguió conmigo hasta que tuvo a su niña y formamos una especie de familia atípica, sobre lo que cada uno podía pensar lo que quisiera, pero al principio, todo fue normal y correcto, aunque al final, todos esos maldicientes acabaron teniendo razón, porque yo era un hombre joven, viviendo con una chica muy guapa y agradecida a todo lo que había hecho por ella, pero también con sus necesidades, quizás exacerbadas por las experiencias que había tenido en su casa desde niña, sobre lo que llegaba a contarme anécdotas de como lo vivía ella, que me dejaban bastante excitado.

Ella lo notaba y se recreaba en ello, quizás con esa intención de provocarme, que le parecía tan divertido, a lo que añadía el andar bastante ligera de ropa por casa, o darle el pecho a su hija delante de mí, por lo que yo le decía:

—Pero chiquilla, no te pongas así, que aunque sea un cura, soy de carne y hueso.

Celia se reía, y me decía de forma provocativa, que lo que hiciéramos sería cosa nuestra y que nadie tenía que enterarse.

Esa tentación permanente en casa era demasiado castigo para mí, así que rompí mi voto de castidad y me abandoné a los placeres de la carne con aquella jovencita, que cuando la veía desnuda, me parecía una auténtica Diosa que me contagiaba con su perversión y procacidad sexual, por lo que pensé alguna vez, que con razón su madre la había echado de casa para que no fuera la perdición de su marido y de su matrimonio, aunque luego, me reprochara a mí mismo el pensar esas cosas…..

La verdad es que yo no tenía mucha experiencia sexual, aparte de esos escarceos en el seminario y algo esporádico con alguna chica antes de mi ordenación, por lo que Celia me tenía totalmente embobado. Dormir todas las noches con ella era una experiencia que me hacía feliz, y yo pensaba que me daba más autoridad para aconsejar a esas mujeres que requerían mi ayuda para sus problemas de matrimonio. Otro tema curioso éste, que los sacerdotes, que no se han casado nunca, den consejos sobre el matrimonio a los demás.

También tenía compañeros, con más años de experiencia, que a mí me orientaban sobre las costumbres de ese lugar y la forma de relacionarse con mis convecinos. Ellos no tenían reparos en contarme sus devaneos y aventuras con alguna mujer y me preguntaban si en mi caso, había alguna que se me acercara demasiado buscando un consuelo no precisamente espiritual, o en otras ocasiones, me hacían insinuaciones sobre la chica que tenía en mi casa, pero yo guardaba mi discreción.

Me aconsejaban sobre la forma de integrarme en la comunidad, de darme a conocer y ser más cercano a la gente, aunque cada uno tiene su carácter y a lo mejor, otros preferían ser más distantes, no era el caso del padre Andrés, un hombre mayor, afable y bonachón que generaba esa confianza para que muchas veces, le invitaran a merendar en alguna casa, y le colmaran de atenciones.

Él me decía que a los hombres no les gusta ver a un cura todo el día metido en su casa, y que iba cuando estaban las mujeres solas con los hijos, viudas o madres separadas que le invitaban. Solía ser muy cariñoso con los niños y siempre les llevaba algún detalle para que se dejasen acariciar un poco, me decía, con picardía, nada que a mí me sorprendiera especialmente, pero me gustaba que me lo contara con esa complicidad que buscaba conmigo.

Incluso, llegaba a recomendarme alguna casa donde había niñas más receptivas con las que sus mamás le dejaban hacer…. Eso ya sí que llegaba a sorprenderme más y excitaba mi curiosidad, aunque hasta ese momento, no me había sentido especialmente atraído por las niñas, pero quién iba a decir que dentro de la Iglesia me iba a corromper en ese sentido.

A la primera casa donde me llevó el padre Andrés para que me conocieran, fue a la de Rosalía, una mujer mayor, muy devota, que cuidaba a sus nietos en ausencia de sus padres. Al llegar, la niña, llamada Tatiana, de apenas 10 años se lanzó a los brazos de mi compañero para darle dos besos, mientras él aprovechaba para achucharla y pasar sus manos por todo su cuerpo, hasta llegar a su culo, que apretaba especialmente. También nos saludó su hermano Adrián, dos años mayor que su hermana, que mostraba más timidez, sobre todo, por mi presencia.

Rosalía nos preparó unos cafés con unos bollos, que tomamos mientras charlábamos. Tatiana se sentaba en el regazo del Padre Andrés, que la acariciaba constantemente mientras hablaba con su abuela, y su hermano parecía más distraído con sus cosas.

Cuando Rosalía se levantaba para ir a la cocina a por cualquier cosa, el padre Andrés aprovechaba para manosear más íntimamente a la niña, que parecía excitarse por momentos, lo que a mi me turbaba especialmente, como observador de esa situación, hasta que en un momento dado, él me dijo:

—Toma, ten un poco tú a la niña, para que coja confianza contigo.

En realidad, lo que quería era que yo también pudiera acariciarla, lo que hice casi sin darme cuenta, al tenerla encima, mientras su abuela se mostraba ajena a toda esa situación, permitiendo que todo eso sucediera, lo que me dejó algo confuso, pero el Padre Andrés, lo que estaba haciendo conmigo, era enseñarme como en esos lugares se tenía un respeto total hacia el cura, al que se le permitía hacer de todo, y para ellos todo estaba bien.

Luego, él llamo a Adrián, y al tenerlo a su lado, también puso sus manos sobre él, y le dijo a su abuela:

—Ya pronto vas a tener un hombrecito en casa, que va a tener las hormonas disparadas, y a ver como lo controlas.

—¡Ay! Qué cosas dice, D. Andrés. Es un niño todavía, no me ruborice….

—¡Jaja! —se río divertido mi compañero, al que le gustaba provocar esas situaciones en las que tomaba el control— Ya tiene un buen aparato para dar gusto a cualquiera —mientras metía su mano bajo el pantalón del muchacho y palpaba su pollita, lo que me dejó totalmente perplejo.

Su abuela no sabía como reaccionar ante eso, y se tapaba la cara mientras decía:

—Por favor, no me avergüence, que está su compañero delante.

—Tendrás que tenerlo vigilado para que no se meta con su hermanita —seguía diciéndole él, con total descaro.

—Cuando están aquí, duermen en la misma habitación, y no creo que haya pasado nada —decía Rosalía, con ingenuidad.

El padre Andrés miró a Adrián con una sonrisa que provocó la del chaval, que lo decía todo, y le dijo:

—¡Ay! Pillín, que tú ya la has probado, me parece a mí…., seguro que tu hermanita no te suelta la polla mientras duermes, jaja.

Como a su abuela le incomodaba esa conversación, salió hacia la cocina, con la excusa de llevar los platos, dejando a sus nietos con nosotros, lo que mi compañero aprovechó para indicarme que le metiera mano a la cría entre las piernas, lo que ella me permitió sin oposición, hasta encontrarme con sus braguitas totalmente mojadas, signo de la excitación que tenía con nuestros manoseos, pudiendo palpar su vagina bajo ellas a mi gusto, pero tuve que dejar de hacerlo cuando volvió su abuela, que miró al padre Andrés, como diciendo: —qué como éramos…., ya que se daba perfecta cuenta de como nos excitábamos con sus nietos, pero sin que en ningún momento le reprochara nada.

La verdad es que yo ya tenía una erección total, provocada por Tatiana y me hubiera apetecido intimar más con ella, en medio de toda esa complicidad que se había creado entre nosotros, pero se no hacía tarde y tuvimos que dar por concluida la visita.

Cuando salimos de allí, al ver mi sorpresa por todo lo que había sucedido, el Padre Andrés me explicó que durante esas visitas, aparte de recrearse sobando a la niña, a Rosalía le gustaba manosear a su nieto, y que alguna vez lo habían hecho juntos, lo que lejos de aclararme nada, me dejó más estupefacto, pero las cosas eran así en ese lugar, a lo que tendría que irme acostumbrando….., pero todo eso, me había dejado muy excitado y siguiendo con la conversación, intentó explicarme que todo eso era normal allí, por lo que yo le pregunté:

—¿Nadie se ha quejado al Obispado?

—Bueno, algo les ha llegado, y me llamaron para pedirme explicaciones, pero en estos casos lo que suelen hacer es pedirte que tengas discreción y seas comedido. Jaja, ya vés, están buenos ellos para hablar….

—Ya, lo esperado  —le dije, al saber como funcionaban las cosas en la jerarquía eclesiástica.

En otras ocasiones, me llevó a otras casas, donde el patrón de comportamiento era el mismo, y yo me mostraba como su aprendiz dispuesto a integrarme totalmente en esas costumbres y a conocer la idiosincrasia del lugar.

Un día me llevó a la casa de una mujer joven que se había quedado viuda, y para evitar las habladurías del lugar, había encontrado una salida a sus necesidades sexuales, follando con el padre Andrés, que me dijo muy complaciente:

—Si un día quieres follar, puedes venir aquí tranquilamente, con total discreción —mientras me la presentaba, y sin que ella pusiera ninguna cara rara, al escuchar eso.

Más tarde, yo le pregunté como se había dado esa situación, y él me dijo una de las cosas que todos los curas acabamos aprendiendo:

—Mira, cuando una mujer tiene una desgracia, siempre acude a nosotros, a buscar un consuelo que no encuentra en su familia, y debemos estar siempre abiertos a complacerlas en todo lo que necesiten, ya me entiendes….

—Sí, claro…, pero eso muchas veces es aprovecharse de ellas, ¿no? —le dije yo, porque no veía muy ético el hacer eso en sus momentos de mayor vulnerabilidad.

—A ver, hombre…, si ellas mismas te lo van a pedir. Con un poco de experiencia, las tienes a todas encandiladas.

El padre Andrés era un decálogo de sabiduría, ese conocimiento que da la edad, pero también las experiencias que se tienen y el continuo contacto con la gente, a la que acabas conociendo como si trabajaras en la barra de un bar, donde todos van a confesarte sus confidencias.

Un cura joven siempre necesita de esas enseñanzas de los más veteranos, y luego él tomará su camino, pero en ese entorno de lujuria contenida, no es fácil tomar otro diferente al que te marcan….

Yo, afortunadamente, tenía el sexo totalmente satisfecho con Celia, esa mujer maravillosa, que me hacía llevar mi sotana con más dignidad, y que me permitía oponerme a todas esas tentaciones que se me presentaban en el camino, que podrían ocasionarme problemas.

Yo casi le doblaba la edad, y era la envidia de muchos de mis compañeros, que solían tener a mujeres mayores para atenderles en la casa, a pesar de lo cual, tenían que soportar los rumores que algo así, siempre desencadena, a veces con razón, aunque otras, sin ella, haciendo un gran daño a esas mujeres, incluso casadas, que solo quieren dar un servicio a la Iglesia desinteresadamente, como la Sra. Tomasa, que cuando salía a altas horas de la noche de la casa del cura de su parroquia, la decían con descaro:

—¿Ya le has estado calentando la cama al cura? No sé como tu marido consiente eso….

Encima, ponían a su marido de cornudo, pero ella les contestaba:

—Solo puedo venir a estas horas, cuando termino las tareas en mi casa.

—Ya, y tu marido esperándote en la cama y tú te metes en ella con el coño lleno de semen de otro.

—¡Qué barbaridades decís! Si os mordéis la lengua, os envenenáis —les decía, indignada.

Así de bruta era la gente de esos lugares, dejados de la mano de Dios, en donde, a lo mejor, en las casas de esas arpías, si que se cometían mayores barbaridades…..

Aunque supongo, que todo eso era producto de las envidias que se suscitaban, al ver como los curas solíamos tener detalles con esas mujeres que nos atendían, pero que a la vez, despertaban las sospechas en esos pueblos dominados por el cotilleo.

Pero donde se palpaba realmente lo que sucedía en esas aldeas perdidas, era durante las confesiones de muchas de esas mujeres, que era su forma de desahogarse en cierta forma, pero ante lo que yo no podía hacer nada, debido al secreto de confesión, y lo único que intentaba era buscar consuelo para ellas, y algún consejo que pudiera ayudarlas.

En esas confesiones era frecuente que alguna me dijera que su marido tenía sexo con sus hijas, y que ella no podía impedirlo, lo que era el motivo de su confesión en la que buscaban el perdón por su inanición ante esas cosas. Al principio me causaba sorpresa, pero luego, la habitualidad de esas confidencias, me hacía comprender por qué sucedía eso.

Mujeres demasiado metidas por la religión, para las que todo el sexo era pecado, no satisfacían a sus maridos como debieran, y ellos buscaban su desahogo con lo que tenían más cerca, algo que por otra parte, ya era una especie de tradición conocida y tolerada, en cierta forma, entre esas gentes ignorantes, carentes de toda formación, cuyas ocupaciones principales eran el campo y los animales, y donde su única referencia era la que dictaba la iglesia del lugar, aunque como vemos, muchas veces, esa referencia estaba totalmente corrompida, lo que añadía más desamparo a las víctimas de esos sucesos.

Algunos vecinos tenían viñedos y hacían una pequeña fiesta después de la vendimia para probar esos vinos jóvenes, que corrían abundantemente entre los participantes, y a las que por supuesto, estábamos invitados los curas de la zona.

Eran momentos de desinhibición total, facilitados por ese alcohol, que bebían hasta los niños, y todo eso que normalmente se hacía de puertas para dentro, allí se exhibía ante la vista de todos, durante los bailes o las animadas conversaciones que se establecían entre todos, con halagos y comentarios procaces sobre esas niñas que empezaban la adolescencia o que se convertían en mujeres:

—Cómo se está poniendo Marcelita de guapa, le comentaba uno a su padre.

Pero antes de que pudiera responder, era interrumpido por la madre, que decía:

—Demasiado, Siempre tengo que estar quitándole las manos de encima —lo que provocaba las risas de los demás, ante el resignado padre, al que su mujer ataba en corto.

Mientras, otro, aprovechando que no estaba su mujer, decía:

—Como la mía es pequeña todavía, su madre no está tan pendiente de ella y puedo disfrutarla mejor. Mirarla que preciosidad —mientras la señalaba, en un pequeño grupo con otros niños.

—Son las mejores edades, —les decía el padre Andrés, totalmente integrado en la conversación, haciendo olvidar sus hábitos a los demás, que se reían maliciosamente.

Yo también me encontraba en medio de esas conversaciones, que me excitaban por momentos, por la forma de hablar sobre esas crías que parecían ajenas a la lujuria de sus padres, pero que estaba claro que eran objeto de su placer.

El ambiente era distendido, la noche se hacía larga, los efectos etílicos eran evidentes y los niños caían muertos de sueño, por lo que algunos se ofrecían a llevarlos a las habitaciones para acostarles, y el padre Andrés, me decía al oído:

—Alguno de estos se queda con ellos a pasar la noche.

Yo le miraba con cara de no entender lo que me decía:

—Sí, hombre, los dueños de la Hacienda, han ofrecido habitaciones a los que no quieran volver a casa a estas horas, y tendrán que arreglárselas en las que hay disponibles.

Efectivamente, algunos padres preferían volver a casa, pero dejaban a sus hijos allí durmiendo hasta el día siguiente, junto a los demás que se quedaban, así que terminada la fiesta, antes de marcharnos a casa, echamos un ojo a las habitaciones, en las que en las camas se juntaban adultos y niños, independientemente de su relación entre ellos, que aprovechaban esa oscuridad para sus desahogos sexuales, y nuevamente, ante la sonrisa del padre Andrés, que se las sabía todas, solo pude exclamar:

—¡Alabado sea el señor! ¡Qué depravación!

La sonora carcajada del padre Andrés se escuchó en toda la estancia, y me dijo:

—Te hubiera gustado quedarte ¿eh? Hay que guardar las formas, hombre, que tenemos una imagen pública.

Pasaban los años, y Anita, la hija de Celia iba creciendo hasta que se convirtió en una niña más del pueblo, aunque la llamaban con maldad, “la hija del cura”, y algunos se lo creerían, al desconocer la verdadera paternidad de la niña.

Fruto de la convivencia con Celia, se quedó embarazada, esta vez de mí, aunque lo pudimos disimular, debido a su vida promiscua con relaciones con otros hombres del lugar, incluso casados, que no iban a pedirle demasiadas explicaciones, por lo que ella me aseguraba que era hijo mío, no sé por qué con tanta convicción, pero es algo que a veces solo saben las mujeres.

Esta vez tuvo un niño, y nuevamente lo criamos como uno más de esa extraña familia que habíamos creado, aunque el escándalo iba a rebasar los confines de ese pequeño pueblo hasta llegar a oídos del Obispado, de donde me llamaron par hablar conmigo. El Padre Andrés me acompañó para buscar una intermediación con su experiencia, pero el semblante del Obispo era muy serio y me dijo:

—¿Te das cuenta de lo que has provocado? Tendremos que cambiarte de parroquia, a otra lejana donde no te conozcan.

Yo intenté negar mi paternidad, pero él me respondió:

—El que seas el padre o no, es lo de menos ¿Tú sabes cuantos hijos hay de curas en esos lugares…? No podemos permitirnos que en el pueblo sigan hablando y que hasta los más creyentes nos den la espalda. Tenemos que estar al lado de la gente, dándoles confianza y consuelo, no sospechas de nuestra moral.

El dictamen estaba echado y tuve que despedirme de Celia, de Anita, cuando ya empezaba a convertirse en una niña pervertida, de ese niño apenas nacido, que era mi hijo, y de mi buen compañero, el Padre Andrés, al que le había permitido tener plena intimidad con Anita, y de la que a partir de ahora, le había encargado comportarse como un padre para ella, con todo lo que eso suponía para alegrarle los últimos días de su vida.

Yo tenía que partir a otro lugar desconocido, con la incertidumbre de empezar desde cero y a intentar no caer en los mismos errores.

Pero ¿saben eso de que para poner en el buen camino a alguien, póngale delante de sus tentaciones? Pues eso hicieron conmigo, me destinaron a otra aldea remota, de la que Dios hacía tiempo que se había olvidado, a pesar de que allí hubiera un Convento de monjas, que se ocupaban de un orfanato, en el que intentaban sacar adelante a esas criaturas.

Así que cuando llegué allí, fue una de mis visitas obligadas, aparte de que una vez a la semana debía ir al Convento para confesar a las monjas que lo necesitaran.

Después de unas cuantas semanas haciendo mi labor, me sorprendió que el pecado más confesado en aquél lugar fuera el de la lujuria, así que cuando ya creía haberlo visto todo, las puertas del infierno se abrieron para mí.

En mi visita a la Madre Superiora, me explico como funcionaban las cosas allí. El orfanato estaba integrado prácticamente en el Convento, lo que no me pareció muy conveniente, porque desvirtuaba lo que debería ser un Convento para dedicar la vida a Dios, pero ella me decía:

—Déjese de milongas, Padre. Nadie se va a preocupar de lo que hagamos aquí. Las hermanas son como madres para estos niños. A ellos se dedican, les educan y les preparan para una vida fuera de aquí.

—Todo eso está muy bien, pero me está diciendo que también comparten las habitaciones con ellos.

—Bueno, eso es lo que hacen las madres —me decía, tratando de justificarse— Así están más cerca de ellos y les pueden atender mejor.

—Pero tampoco son sus madres, porque me dice que a veces se intercambian a los niños con otras hermanas —le respondí, intentando buscar unas respuestas lógicas a todo esa situación.

—Es una forma de ir probando —insistía la madre superiora, cansada ya de mis reparos— Pero cada una tiene a sus favoritos.

Yo seguía empecinado en no querer imaginarme lo que era evidente, y seguí preguntando:

—¿Probar el qué?

Una sonora carcajada salió de su boca, sorprendida por mi ingenuidad, y continuó:

—¡Ay Padre! No me haga explicárselo todo. Quizás debería venir más a menudo por aquí, pasar alguna noche y comprobarlo todo esto por si mismo. ¿No le ha contado nada el anterior párroco?

Estaba claro lo que esa mujer quería decirme, pero ante mí, no podía expresarse con toda claridad.

—No me ha contado, la verdad. Tampoco pude hablar mucho con él.

—Pobre, le trasladaron con urgencia. No tuvo tiempo ni a despedirse de sus niñas.

—¿De sus niñas?

—A las que tenía aquí como sus favoritas. Se pasaba algunas noches con ellas.

—¡Ah!, ya, por eso me decía que yo hiciera lo mismo….

—Claro, ya me va entendiendo, ¿no?

—Desde luego, Madre. Solo estaba probándola, quería ver hasta donde llegaba su perversión.

—Jaja, eso tendrá que comprobarlo por si mismo…, aunque supongo que preferirá a las niñas.

—Habrá tiempo para todo. Espero pasar una larga temporada aquí —le dije, para acabar de ganarme su complicidad.

—Se está haciendo tarde para regresar al pueblo, Padre. Y con esta lluvia es peligroso el camino. Le puedo preparar una habitación para quedarse.

—Tiene razón, será mejor pasar la noche aquí.

—Venga conmigo. Las hermanas ya están en sus habitaciones. Buscaremos una libre.

Al pasar, pude ver por las ventanas enrejadas de las puertas, a las monjas en sus camas, la mayoría acompañada por alguno de los niños del orfanato. De una de las habitaciones salían unos gemidos, y al mirar, pudimos ver a uno encima de esa hermana que cuidaba de él como si fuera su madre. La estaba follando y en pleno éxtasis, no se dieron cuenta de nuestras miradas.

—Jaja, ¿ha visto? Los placeres de la carne es una de nuestras debilidades.

—Ya veo, pero la labor que hacen también es una forma de acercarse a Dios.

—Eso ni lo dude. Ya hemos llegado. Aquí dormirá muy bien, pero no se preocupe, que le traeré compañía.

—¡Ah! ¿si? Es usted muy amable conmigo.

—No sé sus preferencias, pero le traeré a dos niñas y usted se arregla con ellas.

Al poco rato, la Madre Superiora volvió acompañada de dos niñas, de edades diferentes, y ella me dijo:

—El Padre Felipe solía pedirlas, así que ya tienen experiencia. Espero que se divierta con ellas.

—¿La pequeña también ya….?

—Está abierta, si….¡mmm! Ya veo como le gustan….

—No, solo tenía curiosidad —intenté justificarme.

Pero la verdad es que esa nena estaba muy rica, y cuando nos quedamos solos, les pregunté como se llamaban, y me contestaron:

—Yo Sara —me dijo la mayor, que tendría unos 14 años.

—Luisita —me dijo la pequeña, con más timidez, quizás debido a esos 10 años que parecía tener.

—Bueno, vamos a dormir. Estaremos un poco apretados, porque la cama es pequeña, pero así nos daremos calor —les dije—, aparte de proponerles meternos desnudos en la cama.

Ellas se desnudaron ante mí, sin darle mucha importancia, como si fuera algo habitual para ellas, y así pude contemplar sus hermosos cuerpos. El de Sara ya bien formado, con unos pechos duros y firmes, y atrayentes pezones, un fino vello púbico que no tapaba sus labios vaginales y unas nalgas generosas, que invitaban a ser manoseadas y azotadas.

Luisita era un ángel rubio, con la piel más blanca, aureolas y pezones rosados culminando sus incipientes pechos, y una vagina limpia de vello, que dejaba ver una rajita no tan cerrada como correspondería a su edad. Se notaba que el Padre Felipe ya le había dado duro a ese coñito y lo había habituado a recibir pollas en su interior.

Por momentos, parecía que querían exhibirse ante mí, ante de meterse en la cama, donde yo ya las esperaba desnudo, con una fuerte erección.

A pesar de mi condición de sacerdote, ya había estado en la cama con más mujeres y niñas de las que muchos hombres podrían contar, lo que me permitía comprobar que esas dos crías eran una auténtica exquisitez para un hombre como yo, ya entrado en la edad madura, y que cada vez apreciaba más ese tipo de privilegios divinos, que no me habían faltado a lo largo de mi vida.

Esas dos niñas se colocaron cada una a un lado de mí, recostadas sobre mi pecho, y con mis manos acariciaba sus culitos y palpaba sus vaginas metiendo mis dedos por detrás, hasta que se empaparon totalmente. Con cada mano apreciaba las diferentes texturas de esos coños jóvenes, el de Sara con sus labios vaginales más gorditos, el fino que cubría su pubis, y la facilidad con la que mis dedos entraban en su vagina, mientras el de Luisita era más delicado y requería un atención especial. En cuanto su coñito empezó a mojarse, parecía que se deshacía entre mis dedos, permitiéndome meter un dedo suavemente en su interior, provocándome una sensación única que recordarán especialmente quienes hayan tenido la oportunidad de disfrutarla.

Después de un rato, aquella pequeña habitación empezó a impregnarse de ese fresco olor a sexo, que turbaba más mis sentidos y me hacía disfrutar más de ellas, con sus besos y el contacto de su suave piel caliente.

Cuando se pusieron a chuparme la polla, ya fue el éxtasis total. Sara y Luisita la compartían como dos buenas amigas, pero ver la cara de la pequeña con mi polla en su boca, lamiéndola con vicio, era la mejor imagen que podía tener y que podía hacerme correr en cualquier momento, por lo que preferí cambiar de posición para disponerme a comer esos chochitos, que se veían como unos auténticos manjares de Dioses.

Y así fui pasando del esplendoroso y jugoso coño de Sara, al más tierno de Luisita, que cuando se abría me permitía meter mi lengua en él, como si fuera un pequeño pene, que la hacía estremecerse de placer.

Después de hacerles correrse a la dos con mis lamidas, se notaba que ya necesitaban una polla dentro, y se ofrecían ante mí para invitarme a joderlas hasta desfallecer. Primero a Sara, a la que follé con todas mis energías, de forma que sus gritos y gemidos debían de escucharse en todo el Convento, hasta que me corrí dentro de ella.

Mientras, Luisita esperaba ansiosamente su turno, y me decía:

—A mí…, ahora me toca a mí.

Luego de haberme desahogado con Sara, Luisita se montó sobre mi polla y empezó a cabalgarme con suaves movimientos, por lo que tuve que follarla con más delicadeza, de una forma más acorde a su edad, pero enseguida ella empezó a reclamarme más ritmo (“—más duro”, —me decía, con una procacidad imposible de imaginar en cualquier otra niña de su edad).

Luisita también recibió mi caliente corrida, que le hizo cerrar los ojos, al juntarse con su propio orgasmo, que la hizo temblar entre mis manos.

Pero a aquella cría parecía gustarle especialmente el sexo anal, a través del que seguramente habría sido iniciada, no quiero ni pensar a que edad, y me pidió un último esfuerzo para follarla por el culo, que ya fue la culminación de toda esa perversión.

A cualquier hombre podría volverlo loco una situación como esa, más digna de una especie de paraíso en la tierra, que de la vida que debería llevar un sacerdote, al servicio de Dios, pero las circunstancias y las tentaciones que siempre se ensañan con los hombres de mi posición, me pusieron al servicio del Diablo, que poco a poco, se estaba apoderando de mi alma.

Había pasado uno de los mejores momentos de mi vida con aquellas maravillosas niñas, y agotados de ese sexo sin límites, nos dormimos plácidamente, con el peso de sus cuerpos sobre mí, hasta que el bullicio del pasillo me despertó, debido a los madrugones de las hermanas para asistir a esa primera misa matinal, que esperaban que yo dirigiera, debido a mi presencia allí.

Cuando me vio la Madre Superiora, me preguntó como había pasado la noche, y mi gesto le hizo sonreír, al darse cuenta de mi total satisfacción con esas niñas que me había enviado, para decirme después:

—Debería pensar en pasar más noches aquí, con nosotras. Ni se imagina lo que todavía le espera….

La verdad es que si podía llegar a imaginármelo, pero seguro que habría cosas que llegarían a sorprenderme más, y sería solo cuestión de tiempo el llegar a comprobarlo.

Antes de marcharme, tuve una conversación con la Madre Superiora, en la que siguió contándome los secretos de ese olvidado y misterioso lugar, ajeno a toda regla que pudiera regir en otros lugares:

—Este Convento fue fundado en la Edad Media por una orden monacal, que ya empezó con esta función de Hospicio para acoger a todos esos bebés de la zona que nacían de madres solteras, o de familias que no podían hacerse cargo de ellos.

—¿Y como fue su llegada aquí?

—En aquellos tiempos, ya empezaron a producirse los escándalos que acabaron con la disolución de la Orden, y decidieron asignar el Convento a unas monjas, que continuaron con su labor de atender a todos los niños desamparados.

—Pues parece que no cambiaron mucho las cosas ¿no? —le dije, a la vista de como seguía funcionando ese orfanato.

—Las mujeres somos más discretas para estas cosas y sabemos ganarnos las complicidades necesarias.

—Ya, aquí los niños están bien atendidos, pero las nenas quizás no tanto.

—No se crea, hay hermanas que prefieren tener a una cría con ellas en las habitaciones, y a veces también recibimos visitas de las autoridades locales, con este tipo de gustos, o de alguna familia con interés de adoptar, que nos ayuda a mantener financieramente todo esto.

—¡Ah! Interesante. ¿Y que preferencias tienen las familias?

—Pues hay de todo. Normalmente saben lo que quieren, críos o crías, de forma indistinta, pero a veces ellos traen un poco engañadas a sus esposas, que no se imaginan lo que puede ser meter a una niña de estas en su casa.

—Jaja, si son tan ingenuas, se pueden llevar una buena sorpresa, sobre todo, si ya está crecidita.

—Claro, ya ha conocido a Sara y a Luisita, pero las demás son parecidas….

—Tendré que ir conociendo a alguna otra —le dije yo, dispuesto a no perderme nada de lo que pudiera ofrecerme ese lugar.

—A su antecesor le gustaban también los niños. A él le gustaba probar de todo. Si son de su gusto, no dude en decírmelo. Supongo que no sería la primera vez —me dijo la madre, que seguía intentando indagar en mis gustos.

—No, claro. He tenido oportunidades de todo tipo y compañeros muy viciosos con este tipo de cosas, que me han enseñado a disfrutarlo, pero la verdad es que a mí me encantan las nenas. Supongo que usted tampoco se privará de todo lo que tiene aquí.

—No, desde luego. Me gusta llevarme a la habitación a una parejita para jugar con ellos. Esta misma noche he estado acompañada de una que me han hecho sentir en el paraíso.

—¡Mmmm! Delicioso…. Creo que me va a ver mucho por aquí.

—No lo dudo, sabía que iba a ser así, después de esta noche.

Me marché de allí con el propósito de volver lo antes posible, para seguir disfrutando de todo aquello y las interesantes conversaciones con la Madre Superiora, una mujer con una gran sabiduría y experiencia, a la que ya su avanzada edad, no le impedía seguir explorando entre sus propios vicios y los ajenos.

Cuando volví a visitar a la Madre Superiora, salía de su despacho una pareja, ya un poco madura, y al entrar le pregunté a la madre quienes eran:

—Pues son un matrimonio, que no han podido tener hijos en estos años, y han decidido adoptar a una nena que les alegre sus días.

—¡Ah!, ya entiendo, sobre todo al marido ¿no?

La Madre sonrío ante mi deducción, y me contestó:

—Supongo, jaja, pero la mujer parecía también muy convencida de ello, así que seguro que ya lo han hablado entre ellos.

—Bueno, si se llevan a una de las más pequeñas, tendrán que esperar un poco, aunque también tienen más tiempo para “educarla”…..

—No van a tener que esperar tanto, porque han elegido a Luisita, la nena que pasó con usted la noche.

—¿No me diga? ¡Buufff…! Ese hombre se va a creer estar en cielo, ya durante la primera semana.

—Sí, sí, les he enseñado a unas cuantas niñas, y en cuanto vieron a Luisita, no dudaron en llevársela.

—Es que esa cría sabe mucho ya, y con esa forma de mirar que tiene, no me extraña que les haya encandilado. Pero, Madre, me intriga un poco como una pareja pueden llegar a esto, quiero decir, a adoptar a una nena ya un poco grandecita, sabiendo lo resabiada que puede llegar a estar, al haberse criado en un orfanato como este.

—Es que hay mucho vicio, Padre, no solo aquí, sino fuera también. Ya lo habrá comprobado usted en sus años de sacerdocio, y yo ya no me sorprendo de nada, porque he visto de todo.

—Cierto, he pasado muchas experiencias. El Diablo te tienta todos los días…., la cruz que llevamos es muy pesada, y al final somos humanos.

—Así es y tenemos que hacerlo lo mejor llevadero para nosotros y para los niños que cuidamos.

—Madre, no dejo de pensar en Luisita, en los placeres que va a dar a ese matrimonio. Me hubiera encantado tenerla otra vez.

—No se apene, que tengo otras nenas para usted. Hay una que no le puedo decir que no esté tocada, pero todavía conserva su flor.

—¡Mmmm! Ya tengo ganas de probarla…. Este lugar me está pervirtiendo totalmente.

—Usted ya venía pervertido, jaja.

—Tiene razón, pero aquí todo es puro vicio, y está regido por la reina de la perversión. ¿Como se llama esa nena que me tiene reservada?

—Se la traigo ahora mismo y se la presento.

La Madre superiora mandó traer a Eva, una niña de 10 años, que en cuanto la ví, ya me dejó prendado. Era lo más parecido a uno de esos ángeles que se reflejan en los retablos de las iglesias, con su melena de rizos rubios, ojos azules llenos de inocencia y un atrayente cuerpo apenas tapado por su corto vestido, por lo que le dije a la madre:

—¿Donde tenía guardada esta joyita? ¿Nadie se ha fijado en ella?

—Hace poco que la tenemos. Tiene una trágica historia detrás, sus padres murieron en un accidente, y al quedarse huerfana, nos la trajeron aquí.

—¡Vaya!, pobrecita. Me decía que ya había sido tocada….

—En los dormitorios por las noches hay mucho movimiento, ya sabe. Siempre algúno de los mayores intenta meterse en la cama de alguna de las crías más pequeñas.

—Ya, claro, ¿y eso lo consienten?

—Que preguntas hace, Padre. La hermana que vigila los dormitorios suele estar bastante ocupada con alguno de los chicos.

—Jaja, ya entiendo…. O sea, que Eva la primera noche ya durmió acompañada.

—Sí, estaba un poco asustada y tuvimos que sacar al chico de su cama. Necesitaba unos días de adaptación, y la tuve conmigo unos días. Me decía que echaba de menos a su papá, que era el que le estaba descubriendo las delicias del sexo.

—¡Mmmmm! Me imagino…., y no le dio tiempo a metérsela…..

—Parece que no, pero ahora ya está preparada.

Toda esta conversación la estábamos teniendo en presencia de Eva, que se dejaba acariciar por mis manos, mientras ella parecía ajena a lo que hablábamos en medio de su turbación.

Su cuerpo rechoncho era toda una invitación para ser sobada y manoseada, deteniéndome en su rajita, que ya empezaba a empapar totalmente mi dedo de una sustancia gelatinosa, que facilitaba la introducción en ella, lo que le hacía gemir y estremecerse.

Mi polla estaba ya totalmente dura y necesitaba saborearla por completo, por lo que la Madre me invitó a pasar con ella a su dormitorio, en donde podría disfrutarla totalmente. Sobre la cama, la desnudé totalmente y puse mi boca entre sus piernas para lamerla y recrearme con esa pequeña vagina que se abría cada vez más al paso de mi lengua, y que cada vez introducía más en su interior, haciéndola gozar hasta llevarla a pequeños orgasmos que hacen estremecer su cuerpo.

Pero antes de desvirgarla, deseaba verla como chupaba mi polla, en esa escena siempre tan excitante, que se busca en estos casos, y pronto vi que ya tenía algo de experiencia en esa práctica, moviendo su lengua alrededor de mi glande, envolviéndolo con ella de una forma deliciosa, ya que por su tamaño, no podía metérsela en la boca totalmente.

La Madre Superiora nos miraba muy excitada, con una mano bajo sus hábitos, con la que se estaba masturbando, esperando a que me decidiera a meter mi polla a Eva, o quizás a ella misma, para calmar sus ardores.

En esa misma posición, acerque mi polla a su rajita y se la pasé por ella, buscando ese agujerito para poder meterla, lo que intenté, con una cierta resistencia, que podía haber vencido de una forma brusca y dolorosa para ella, pero yo no disfrutaba con eso, a pesar de mi excitación. Lo que me gustaba era recrearme en esas situaciones e ir poco a poco, haciendo disfrutar a la cría con la que estuviera en cada momento.

Así fue como la fui penetrando con pequeños impulsos, que provocaban sus quejas y peticiones de que no siguiera, pero a la vez, sabía por mi experiencia, que pronto, una vez roto su himen, mi polla se deslizaría dentro de ella y eso la haría gozar de una forma más continua, como así sucedió, en una sincronía total con ella, que me llevó a mi corrida después de sucesivos orgasmos de mi pequeña amante.

La Madre estaba totalmente encendida, por lo que estaba viendo, así que se tumbó en la cama, junto a Eva y me pidió que la follara, que lo necesitaba para calmar su tensión. Mi polla todavía seguía dura y me puse entre las piernas de esa mujer madura con la que podía disfrutar, no de la misma forma que con Eva, pero sí con ese tremendo morbo que significaba lo que estábamos haciendo. Ella gritaba con cada embestida mía, hasta que la hice correrse, mientras le sobaba sus grandes tetas, ante la atónita mirada de Eva, sorprendida por lo que veía.

Después se colocó a cuatro patas y me pidió:

—Por el culo, Padre, por el culo….

Estaba visto que la Madre Superiora era una auténtica viciosa del sexo en todas sus formas, y se justificaba diciéndome:

—A mi edad no es fácil conseguir hombres para que me follen, de una forma discreta, así que le agradecería que se pasara más a menudo por el Convento.

—Así lo haré, no se preocupe, tengo muchas cosas que me esperan aquí.

Eva se convirtió en una de mis favoritas cuando visitaba el Convento y siempre intentaba tener intimidad con ella, comprendiendo en esos momentos la dicha de esas familias que en su hogar disfrutaban de esas sensaciones únicas de compartirlo todo, por lo que también estaba presente el temor de que un día no la volviera a ver más porque alguna pareja se la hubiera llevado en una nueva adopción.

Antes de despedirnos, la Madre siguió contándome alguno de los secretos de ese lugar:

—Las donaciones nos ayudan a mantener todo esto, y la mujer del Alcalde es una de las más generosas, aunque ella siempre se lo intenta cobrar.

—¡Ah!, jaja, ya veo, otra viciosa empedernida. El mundo está totalmente corrupto, Madre, y nosotros ya formamos parte de todo eso.

En otra de mis visitas, pude comprobar que en una de las monjas, bajo sus hábitos, se apreciaba una prominente barriga, y al comentarlo con la madre superiora, me dijo con toda naturalidad:

—A veces pasa, los embarazos son inevitables. Algunos no llegan a término, pero los bebés nacidos son llevados a otro lugar del orfanato para ser criados.

—Es un poco cruel separarlos de sus madres, ¿no?

—Sí, pero no podemos permitirnos que se creen lazos familiares con las internas y se visibilice el pecado. Esos bebés están aquí el menor tiempo posible y se entregan en adopción con preferencia sobre los demás, a familias que quieran acogerlos.

—¿Y con los que mueren, que hacen?

—Los enterramos sin dar cuenta a nadie. No podemos permitirnos más escándalos.

—¡Que horror! La vida es muy injusta.

—Nuestra labor es hacerla más justa, Padre, dando nuestro amor y cariño a todos estos niños que crecen sin la referencia de un hogar.

—Visto de esa forma es encomiable, Madre, mientras ellos sean felices y lo disfruten también.

En ese destino duré varios años, quizás porque en su aislamiento, a nadie preocupaba lo que pasara allí, pero a la vez, todo eso, rodeaba a ese lugar de una felicidad especial que cubría a todos los habitantes diseminados por esa zona, con una vida más cercana a nuestros antepasados que al progreso que se iba sucediendo en las grandes ciudades.

En la casa parroquial donde vivía, también tenía la ayuda de una señora mayor, que acudía diariamente a limpiar y cocinar para mí, a cambio de una ayuda que le permitía vivir con más holgura.

Como solía suceder, era una señora muy beata y religiosa, que me tenía auténtica devoción y respeto, y su discreción no le permitía comentar nada de lo que se hablaba en el pueblo sobre el Convento y la forma como se llevaba, lo que tampoco daba lugar a que yo compartiera nada con ella, pero en ocasiones, venía acompañada de una nieta que me alegraba el día, y al verla por aquella casa, llenándola de sus gritos y risas, me hacía soñar con esa vida familiar que podría haber tenido con Celia y todos los hijos que le hubiera hecho en nuestras apasionadas noches.

Pasados los años, las cosas cambiaron. Una nueva cúpula eclesial estaba dispuesta a acabar con todos esos excesos y empezaron a tomar medidas, o al menos que pareciera eso, pero la orden que llevaba el Convento fue disuelta y a mí se me hizo un expediente de expulsión, que ya a mi edad, no suponía un gran quebranto, pero nuevamente, tuve que iniciar una nueva vida en otro lugar, como un apacible jubilado del que nadie sospechaba su turbio pasado.”

30 Lecturas/23 abril, 2026/0 Comentarios/por Veronicca
Etiquetas: confesiones, hermana, hermanita, hermano, madura, mayor, mayores, sexo
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