El verano que descubrí a mi tia Ana
Como una visita por estudio me permitió descubrir a mi tia Ana.
Tenía veintitrés años cuando me vi obligado a marcharme a estudiar a la capital. Allí vivían mis tíos: Pedro, un hombre de sesenta y dos años, y Ana, mi tía, que tenía cincuenta y nueve. Me invitaron a quedarme en su casa para que no gastara dinero en una pensión, pues mis primos ya estaban casados y hacía tiempo que habían volado del nido. Mi tía Ana era una mujer alta, de buenas tetas, con unas piernas y un culo normales, y un cariño cálido y sincero, de esos que no buscan nada a cambio.
En aquella misma ciudad vivía una prima de mi madre, soltera, de cincuenta y cinco años. Mi madre me pidió que la visitara y le llevara unos encargos. Se llamaba Antonia, y era baja, regordeta, de buenas tetas y buen culo. Fui a verla. Yo mido un metro ochenta y dos, soy de complexión atlética; me gusta el gimnasio aunque no estoy cachas, se me marcan los músculos bajo la ropa. Tengo una buena verga de veintidós centímetros que me ha dado muchas satisfacciones.
Le llevé el encargo y, después de tomar café, me preguntó por qué no me quedaba a dormir. Le dije que tendría que avisar a mi tía Ana de que no iría. Así lo hice, y decidí quedarme. Le dije que no hiciera cena, que yo la invitaba a cenar fuera. Salimos a tomar algo y luego a cenar; bebimos un poco más de la cuenta y la lengua se nos soltó. Le pregunté por qué seguía sola y ella me dijo que los hombres solo quieren sexo. Yo le dije que era normal, que era muy atractiva. «No te creo», contestó ella. Le dije que le decía la verdad.
Se hizo tarde y volvimos a casa. Al llegar, propuse: «Tomemos la última». Aceptó encantada. Puse un poco de música y la invité a bailar. Ella puso sus manos en mi nuca y yo la tomé por la cintura. Entre la música suave y romántica y el alcohol, ella apoyó su cabeza en mi pecho y noté sus tetas; eso me puso a mil. Me arrimé un poco más hasta pegar mi pene. Seguimos así un rato sin decir nada, pero yo cada vez estaba más caliente y me frotaba lentamente. «Me gustaría estar así toda la noche», le dije, y ella me miró y me dijo: «Yo también».
Siguió mirándome, acercando poco a poco su cara, y yo la besé en los labios. Me separé rápidamente y me disculpé; ella dijo que le había gustado. Entonces la besé de nuevo, apasionadamente, y ella respondió de la misma forma. Bajé mis manos a su trasero y lo apreté contra mí a la vez que empujaba con la cintura para que notara mi verga dura. Sin dejar de besarnos, fuimos andando hacia la habitación. Desabrochó mi camisa y me besó el pecho y el vientre; luego se agachó, abrió mi pantalón, lo bajó y dejó libre mi verga. Al ver esa estaca dura y gorda se sorprendió. «Pero, nene, ¿dónde vas con todo eso?», me dijo. «¿Te gusta?», le contesté. «Siiiiiiiiiiii», respondió ella. La tomó con sus manos y se la llevó a la boca. Mientras yo la desnudé: le quité la blusa y el sujetador. ¡Qué par de tetas más ricas tenía! Después le bajé la falda y le saqué las braguitas.
Ella me dijo: «Métemela, mi niño, quiero sentirla toda entera dentro de mí». Y así lo hice. Se la metí hasta el fondo, sin miramientos, y ella gritó. La follé sin pausa, duro, agarrando sus caderas, viendo cómo sus tetas botaban con cada embestida. «Más, no pares, métemela más fuerte», jadeaba ella. La puse a cuatro patas y se la metí de nuevo hasta los huevos, dándole nalgadas que la hacían gemir. «Qué verga tan rica, nene, me la vas a romper». Tuvo cinco orgasmos; dijo que nunca la habían follado así, que nunca había tenido una verga como esa dentro.
A la mañana siguiente me desperté con el sol entrando por la ventana y el cuerpo de Antonia aún pegado al mío, la sábana enredada entre sus muslos. Desayunamos sin prisa, con esas miradas cómplices que solo se tienen después de una noche así. Antes de irme, ella me besó en la puerta y me dijo: «Esto no queda aquí, ¿eh?». Yo sonreí y me fui a casa de mis tíos.
Esa misma tarde, mientras yo estaba en la ducha, sonó el teléfono en casa de Ana. Era Antonia. «Ana, cariño, ¿cómo está tu sobrino?». Mi tía, extrañada, le dijo que bien, que había dormido fuera. Antonia, con esa voz pausada y cómplice, empezó a contarle: que si había estado con ella, que si se había quedado a dormir, que si la había invitado a cenar. Y luego, bajando la voz, le contó lo demás. Le habló de mi cuerpo, de lo atlético que estaba, de lo bien que besaba. Y le habló, sobre todo, de mi verga. «Ana, no te puedes imaginar lo que tiene ese chico. Veintidós centímetros, durísima, gorda, con unas venas que se le marcan. Me la metió hasta el fondo y me hizo gritar como una loca. Me folló como no me habían follado en la vida. Me puso a cuatro patas y me la metió hasta los huevos. Cinco orgasmos, cinco. Y no te digo más porque me da vergüenza». Ana se quedó muda al otro lado del teléfono. «¿Pero qué me estás contando, Antonia? ¡Si es el hijo de mi hermana!». «Y qué más da, mujer. Es un hombre hecho y derecho. Y tú estás muy buena, Ana, no me digas que no. Además, él me dijo que le gustas. Que te ha visto y que le pones muchísimo. Que se la pone dura solo de pensar en ti. Que se imagina tus tetas y se la machaca». Ana colgó el teléfono con el corazón acelerado y el coño húmedo sin saber por qué. No sabía si escandalizarse o dejar que la curiosidad le ganara la partida. Pero algo se le había removido por dentro. Esa misma noche, mientras cenábamos, me miró de otra manera. Yo lo noté. Y cuando Antonia me llamó al día siguiente para contarme la conversación, supe que había llegado el momento.
«¿De verdad le has dicho eso?», me preguntó Antonia. «Se lo he dicho todo. Que está buenísima, que tiene unas tetas de escándalo, que me la quiero follar. Y que tú, con lo que tienes, no deberías estar desperdiciando el tiempo con el tío Pedro». Ana se rio, nerviosa, pero no me dijo que no. Esa noche, después de cenar, el tío Pedro se fue a dormir temprano. Ana y yo nos quedamos en el salón, con una copa de vino. La conversación fluía, pero había una tensión en el aire que se podía cortar. En un momento dado, me levanté para sentarme a su lado. Le puse la mano en el muslo y ella no se apartó. «Ana, me gustas. Y creo que a ti también te gusto». Ella me miró, con los ojos brillantes. «No debería». «Pero quieres». «Antonia me ha contado cosas de ti que no me puedo quitar de la cabeza». «¿Qué cosas?». «Que la follaste como nunca. Que tienes una verga enorme. Que sabes lo que haces». «Y todo eso es verdad. Déjame demostrártelo».
No dijo nada. Solo se mordió el labio y me miró. Yo me incliné y la besé. Al principio fue un beso suave, casi tímido, pero ella respondió con más ganas de las que esperaba. Sus manos se enredaron en mi pelo y yo la tomé por la cintura para acercarla. «Ana, quiero follarte. Quiero que disfrutes como nunca». «Cállate y bésame». Me llevó a su habitación, cerrando la puerta con cuidado. Allí, a la luz de la lámpara, me desnudó despacio, como si quisiera asegurarse de que era real. Cuando bajó el pantalón y vio mi verga, se quedó mirándola un momento. «Antonia tenía razón. Es enorme». «¿Te gusta?». «Me encanta». Se agachó y se la llevó a la boca, chupándola con ganas, mirándome a los ojos mientras se la metía hasta el fondo. Luego se levantó, me dio la espalda, se apoyó en la cama y me dijo: «Métemela, por favor. Quiero sentirla toda dentro». La tumbé en la cama, le abrí las piernas y me hundí en ella de una sola embestida. Ana gritó y se agarró a las sábanas. La follé duro, sin pausa, mirando cómo sus tetas botaban y cómo se le ponía la piel de gallina. «Más, no pares, métemela más fuerte», me pedía. La puse a cuatro patas y se la metí hasta los huevos, dándole nalgadas que la hacían gemir. «Qué verga tan rica, sobrino, me la vas a romper». Tuvo varios orgasmos, y cuando terminamos, se quedó a mi lado, jadeando, con una sonrisa que no le había visto nunca. «Antonia tenía razón en todo», dijo. «Eres un chico prodigioso». Yo me reí y la besé en la frente. «Y tú, tía, eres una mujer increíble». Desde esa noche, las cosas cambiaron entre nosotros. Antonia había cumplido su parte del trato, y yo, por supuesto, cumplí la mía.

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