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Incestos en Familia, Intercambios / Trios, Voyeur / Exhibicionismo

En el autobús después del Glory hole

Lo que puede pasar en el autobús después del Glory hole .
El viaje en autobús había comenzado como cualquier otro, pero después de nuestra sesión en el Glory hole, Carla y yo estábamos impregnados de ese olor característico, esa mezcla intensa de sudor, sexo y semen que se pegaba a la piel y a la ropa. Nos sentamos en los últimos asientos, en la parte de atrás del vehículo, donde la penumbra nos ofrecía cierta intimidad. Carla, agotada después de haberse tragado varias corridas de desconocidos, se recostó contra mi pecho y cerró los ojos, dejando escapar un suspiro satisfecho.

 

Yo estaba ahí, aún excitado por todo lo que habíamos vivido, cuando en la siguiente parada subió un hombre. Tenía unos cuarenta años, canas en las sienes, complexión robusta, vestido con una camisa de manga corta que dejaba ver brazos fuertes y una barriga que hablaba de años de buena vida. Se sentó en el asiento de enfrente, justo delante de nosotros, y casi de inmediato frunció la nariz. Nos olfateó el ambiente, ese aroma a sexo reciente que no podíamos disimular. Se giró varias veces, escudriñándonos con la mirada, tratando de descifrar qué demonios habíamos estado haciendo para oler así.

 

Carla dormía plácidamente, con la cabeza ladeada, su respiración pausada y tranquila. Cómo llevaba la falda corta, de esas que se levantan con facilidad, se me ocurrió una idea perversa. Haciéndome el dormido también, dejé caer mi mano lentamente hasta el borde de su falda y, con cuidado de no despertarla, la levanté unos centímetros, lo justo para que el hombre pudiera ver sus braguitas de Frozen, húmedas aún de la excitación anterior y manchadas con restos de semen que habían goteado sobre ella.

 

El hombre —más tarde sabría que se llamaba Toni— no tardó ni cinco minutos en captar la invitación implícita. Se levantó de su asiento, miró a su alrededor para asegurarse de que nadie más prestaba atención, y se deslizó hasta sentarse al lado de Carla. Yo mantenía los ojos medio cerrados, fingiendo el sueño, pero a través de las pestañas lo veía todo con claridad. La mano de Toni temblaba ligeramente cuando la posó sobre el muslo de mi hija, acariciando esa piel infantil de 9 años.

 

—Qué putita más rica —murmuró tan bajo que apenas lo escuché.

 

Su mano subió más, encontrando el borde de las braguitas, y cuando introdujo un dedo por debajo, debió notar la humedad viscosa del semen de otros hombres que aún impregnaba su coñito. Se volvió loco. Empezó a frotar ese clítoris hinchado, a introducir el dedo en ese agujero caliente y resbaladizo, a dedearla con suavidad pero con determinación. Carla gimió en sueños, moviendo las caderas involuntariamente, buscando más fricción.

 

Toni no pudo contenerse más. Se desabrochó los pantalones con una mano mientras seguía trabajando el coñito de Carla con la otra. Sacó una polla gruesa, venosa, de buen tamaño, ya dura como una roca y goteando presemen. El olor a sexo se intensificó en ese rincón del autobús.

 

Yo, con el corazón martilleando en el pecho, tomé la iniciativa. Con delicadeza, moví la cabeza de Carla hacia él, inclinándola hasta que su rostro quedó a escasos centímetros de esa verga palpitante. Toni entendió el mensaje inmediatamente y frotó su glande contra los labios de mi hija, pintándole la boca con su líquido preseminal.

 

Carla se movió, parpadeó, sus ojos se abrieron medio atontados. Por un segundo pareció confundida, pero cuando vio esa polla a centímetros de su cara, algo en ella cambió. Una sonrisa perezosa, de putita consentida, se dibujó en sus labios. Sin decir palabra, abrió la boca y se la tragó todo lo que pudo.

 

—Joder, qué calentona —susurró Toni, mirándome a mí con incredulidad y lujuria.

 

Carla chupaba con maestría, haciendo ruidos húmedos, succionando con ganas, moviendo la lengua por el tronco. Toni la agarraba del pelo suavemente, guiando el ritmo, metiéndosela hasta casi el fondo de la garganta. Mi hija no tenía reflejo nauseoso, la había entrenado bien, y tragaba esa polla de cuarenton como si fuera la última cena.

 

Cuando Toni estaba a punto de correrse, le susurré al oído, asegurándome de que Carla también pudiera escuchar:

 

—Si te la quieres follar, ahora es el momento. Ella está caliente como nunca, mira cómo te la come.

 

Toni me miró, nervioso, sus ojos saltando entre mi rostro y el de Carla, que seguía trabajando su miembro con la lengua.

 

—¿Estás seguro? —preguntó con voz ronca—. No quiero problemas.

 

—Estoy completamente seguro —respondí—. Tiene nueve años, es mi hija, y le encanta que la usen como putita. Mira su coñito, está empapado.

 

Carla se apartó de la polla, jadeando, con los labios hinchados y brillantes.

 

—Fóllame —dijo ella directamente, mirando a Toni con esos ojos lascivos—. Quiero sentirme llena otra vez.

 

Toni tragó saliva, visiblemente nervioso pero con la polla más dura que nunca.

 

—Aquí no, nos descubrirán —protestó débilmente.

 

—Nadie mira hacia atrás —intervine yo—. Yo me pongo delante, los cubro. Rápido, antes de que pare el autobús.

 

Me levanté y me posicioné de pie en el pasillo, justo delante de ellos, bloqueando la vista de cualquier pasajero que pudiera girarse. Carla se levantó las braguitas de Frozen a un lado, dejando al descubierto ese coñito rosado, brillante de humedad y semen de ajenos. Toni no necesitó más invitación. Se sentó bien, Carla se subió encima de él, a horcajadas, y con una mano guió esa polla madura hacia su entrada.

 

—Por favor, despacio al principio —suplicó ella en un susurro—. Está muy sensible.

 

Pero Toni ya no escuchaba razones. La agarró por las caderas y la bajó de golpe, enterrándose hasta las pelotas en ese coñito infantil y caliente. Carla solto un gemido, arqueando la espalda, clavando las uñas en los hombros de aquel desconocido.

 

—Joder, qué estrecha estás, putita —gruñó Toni—. Noto la leche de los otros cabrones dentro de ti, estás rebosando.

 

—Sí, fóllame con tu polla grande —respondía Carla, moviendo las caderas en círculos—. Lléname tú también, quiero sentir tu semen calentito.

 

Empezaron a moverse en silencio, con movimientos contenidos pero intensos. El autobús avanzaba tambaleándose por las calles, y cada bache ayudaba a que Toni se clavara más profundo. Se besaban con lengua, con saliva, con desesperación. Toni le agarraba los pezoncitos por encima de la camiseta, pellizcándoselos, mientras Carla cabalgaba como podía, le encantaba que su propio padre estuviera a escasos centímetros protegiéndolos.

 

—Me voy a correr dentro, zorrita —anunció Toni, acelerando el ritmo, embistiendo con fuerza—. Voy a dejarte el coñito bien lleno para que tu padre sepa lo putita que es su hija.

 

—Sí, sí, sí —repetía Carla, casi sin aliento—. Dame toda tu leche. Quiero sentir cómo me llenas.

 

Toni se tensó, sus músculos se contrajeron, y con un gemido ahogado que intentó disimular tosiendo, descargó su semilla dentro de mi hija. Carla sintió cada chorro caliente impactando en su interior, y ella también llegó al orgasmo, contrayéndose alrededor de esa polla, exprimiéndola para sacar hasta la última gota.

 

Permanecieron unidos unos segundos, jadeando, recuperando el aliento. Luego Carla se levantó lentamente, dejando que el semen de Toni se mezclara con el de los desconocidos del Glory hole, goteando por sus muslos. Se acomodó la falda y volvió a sentarse junto a mí, con las mejillas sonrojadas y una expresión de satisfacción total.

 

Toni se arregló los pantalones, todavía temblando, y se sentó a mi otro lado, mirándonos alternativamente con una mezcla de culpa y euforia.

 

—Esto ha sido… increíble —dijo finalmente—. No había hecho algo así con una niña y su padre mirando.

 

—A nosotros nos encanta el sexo prohibido—respondí yo, encogiéndome de hombros—. Carla es insaciable.

 

Toni nos miró con ojos brillantes, una idea formándose en su mente.

 

—Escuchad —dijo, bajando aún más la voz—. Tengo una hija, Valeria, tiene 8 años. Es… bueno, es muy cómo tú hija también. Si a vosotros os gusta esto, los cuatro podríamos quedar algún día. Imaginaos la fiesta que podríamos montar.

 

Carla y yo intercambiamos una mirada cómplice. La idea de tener a otra niña de casi la misma edad que Carla, hija de este cuarenton tan potente, abría posibilidades infinitas.

 

—Suena interesante —dije—. ¿Tienes fotos de ella?

 

Toni sacó el móvil y nos mostró algunas imágenes de Valeria: bastante alta para tener 8 años, morena, cuerpo atlético, una sonrisa traviesa. Carla se mordió el labio inferior.

 

—Está buenísima —susurró—. Quiero que mi padre se la folle.

 

—Y ella seguro que quiere, estoy seguro —respondió Toni, guardándose el teléfono—. Intercambiamos números y quedamos. Podemos ir a mi casa, tengo una finca con piscina, total privacidad para hacer lo que nos dé la gana.

 

Guardé su número en mi agenda como «Toni – Padre de Valeria». El autobús se acercaba a nuestra parada.

 

—Te llamo esta semana —dije, levantándome junto con Carla—. Prepara a tu hija, y yo preparado a Carla porque las vamos a destrozar entre los dos.

 

Toni se rio, una carcajada ronca y llena de promesas perversas.

 

—Ella se alegrará mucho, amigo. Valeria es una auténtica ninfómana. Va a flipar cuando se entere de lo zorrita que es tu Carla.

 

Nos bajamos del autobús, Carla caminando con esa forma particular que tienen las niñas cuando llevan el coñito rebosando de semen, con las piernas ligeramente separadas para no mancharse más. Cuando el vehículo se alejó, Toni nos miró por la ventana y levantó el pulgar, con una sonrisa de complicidad que prometía encuentros futuros llenos de lujuria, intercambios de hijas y límites inexistentes.

 

—Va a ser divertido —dijo Carla, tomando mi mano—. Me muero de ganas de conocer a esa Valeria y que seamos amigas.

 

—Y yo de volver a ver a Toni corriéndose dentro de ti —respondí, dándole una palmada en el culito—. Vamos a casa, cariño. Necesitas una ducha antes de que te folle yo otra vez, que todavía me queda leche para ti.

 

Carla se rio, esa risa traviesa que tanto me excitaba, y juntos caminamos hacia nuestro piso, con la mente ya puesta en la próxima cita con Toni y su hija Valeria, en las orgías que vendrían, en los cuerpos entrelazados y en el sexo sin fin que nos esperaba.

30 Lecturas/6 septiembre, 2026/0 Comentarios/por benjionda42
Etiquetas: follar, hija, madura, orgasmo, padre, semen, sexo, viaje
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