En el camión, camino a casa
Andrés acompañó a su madre al mandado y el regreso fué exitante.
Laura y Miguel se hicieron novios en el bachillerato. Tenían quince cuando empezaron a verse a escondidas detrás del edificio de laboratorios, a mandarse recados en papelitos y a besarse hasta que se les hinchaban los labios. Ella era de esas muchachas que ya se les marcaba el cuerpo: caderas, senos, esa forma de caminar que hacía que los maestros las regañaran por el largo de la falda. Él era del equipo de fútbol, moreno, de sonrisa fácil. Se querían con esa urgencia torpe de los que todavía no saben cuánto puede costar un “sí”.
La tardeada fue un sábado de mayo. El salón de fiestas del pueblo, luces de colores, sonidero, el piso pegajoso de refresco. Hacía calor. Laura llevaba un vestido corto floral, el mismo tipo de estampado que años después seguiría usando. Bailaron pegados. Él le pasó la mano por la cintura. Ella le dejó la nuca cuando le besó el cuello. A las diez de la noche se escaparon al cuarto de atrás, el que usaban para guardar las sillas. La calentura no les dio tiempo de pensarlo. Se lo hicieron de pie, contra la pared, con la falda subida y el pantalón a media cadera. Dolor, saliva, un gemido que ella ahogó en su hombro. Tenía dieciséis años. Él también.
A las seis semanas el período no le bajó. Se casaron porque en ese pueblo, en esa familia, no había otra. Miguel consiguió trabajo. Laura dejó la prepa. El niño nació y le pusieron Andrés.
Pasaron los años. Contra lo que mucha gente espera de un matrimonio tan temprano, los dos crecieron bien. Muy bien. Laura, a los treinta y siete, tenía el cuerpo de quien nunca dejó de cuidarse: caderas anchas, cintura marcada, senos pesados y firmes, muslos gruesos y tersos. La cara le había madurado con esa belleza de mujer que ya sabe lo que quiere. Miguel se mantenía fuerte, de esos hombres que todavía voltean a ver en la calle. Y Andrés, a los veintiún años, era el resultado de los dos: alto, hombros anchos de gimnasio, abdomen marcado, esa cara de joven que ya no es niño y todavía no es del todo hombre. Respetuoso. Educado. El tipo de hijo que les dice “mami” y “papi” sin ironía.
Pero desde que cumplió dieciocho, algo se le había desbordado. Laura lo descubrió primero. Encontró más de una vez sus propias tangas y pantys en el cuarto del muchacho, el encaje húmedo, el algodón tieso de semen seco. La tela olía a él. A joven. A urgencia. Se lo platicó a Miguel una noche, en la cama, con la voz baja.
—No te preocupes —le dijo él—. ¿No te acuerdas de nosotros a esa edad? Es una olla de hormonas. Se le va a pasar.
No se le pasó.
A los veintiuno ya salían los tres juntos. Antros, bares, fiestas. Lo educaron así, de amigos más que de padres e hijo, para no sentirse viejos. Andrés les compraba tragos, Laura le corregía la camisa, Miguel le daba palmaditas en la espalda. Nadie de fuera habría dicho que eran una familia. Parecían tres adultos que se llevaban demasiado bien.
Esa tarde Laura lo llevó de mandado. Mini vestido corto, tela delgada, estampado de flores pequeñas sobre fondo claro: rosas y jazmines que se le pegaban al cuerpo con el calor. Sexy, coqueto, el escote justo lo suficiente para que se le marcaran los senos cuando se inclinaba, el bajo subiendo un poco más de la cuenta al caminar. Sin brasier de varilla, solo una tanga delgada. Hacía un calor de perros. El camión de ida iba vacío. El de regreso, hora pico.
Subieron. El pasillo ya estaba lleno. Gente pegada a gente. El aire viciado, sudor, perfume barato, el olor a metal caliente del camión. Quedaron de pie, frente a frente, porque no había de otra. Laura con la bolsa en una mano y la otra agarrada del pasamanos de arriba. Andrés un poco más alto, el pecho casi rozándole la cara.
Al principio no pasó nada. El camión arrancó. Frenó. Arrancó otra vez. Cada movimiento los empujaba un centímetro. Luego otro. La gente de atrás los apretaba. La gente de los lados los apretaba. Hasta que no quedó espacio.
Laura sintió primero la dureza. No fue un roce. Fue una presión exacta, caliente, gruesa, que se acomodó justo en el hueco de su entrepierna, sobre la tela del vestido de flores y la tanga. El miembro de Andrés, ya semiduro por el calor y el roce inevitable, había quedado atrapado entre sus muslos y el montículo de su concha.
—Perdón, mami —dijo él, la voz baja, casi en su oído.
Ella tragó saliva.
—No pasa nada.
Pero sí pasaba.
El camión dio un frenón. El cuerpo de Andrés se le vino encima un segundo. La verga, ya más dura, se le incrustó más. El vestido era tan delgado que ella sintió el calor a través de la tela florida, la forma, el grosor, la vena que le latía contra el clítoris cubierto. Abrió un poco las piernas. No del todo. Lo suficiente para que el miembro se hundiera mejor entre sus muslos, presionando el labio de la vagina, aplastando el botón.
Andrés lo notó. Le puso una mano en la cintura. Los dedos le rodearon la curva, firmes, como si la estuviera sosteniendo para que no se cayera. Pero no era eso. Cada vez que el camión se sacudía, él aprovechaba para empujar la cadera un milímetro hacia adelante. La verga, ya completamente parada, se le deslizaba de arriba abajo por la hendidura, frotando la tanga contra los labios hinchados. Las flores del vestido se le pegaban a la piel, húmedas de sudor.
—Mami… —susurró él otra vez, más ronco.
Laura no contestó. Solo abrió un poco más las piernas. El movimiento del camión hizo el resto. La verga se le acomodó de largo, la cabeza gruesa presionando justo contra la entrada, la tanga ya empapada haciendo de única barrera. Cada arrancón era una embestida corta. Cada freno, un roce lento que le sacaba el aire.
Andrés apretó más la cintura. Con la otra mano se agarró del pasamanos por encima de la cabeza de ella, encerrándola. El pecho de él le rozaba los senos. Ella sentía el corazón del muchacho, rápido. El suyo también.
La fricción se volvió rítmica. No era un accidente ya. Era un vaivén disimulado, pequeño, constante. La verga caliente subía y bajaba entre sus muslos, aplastando el clítoris, abriendo un poco los labios a través de la tela mojada. Laura empezó a mojarlo de verdad. El vestido de flores se le pegó a la concha. Se sentía el bulto, se sentía el calor, se sentía cómo la punta buscaba el hueco.
Los ojos de ella habían cambiado. Ya no eran de madre sorprendida. Eran de mujer. Oscuros, húmedos, las pupilas abiertas. Lo miró a la cara, tan cerca que sentía el aliento. Andrés la miraba igual, con esa mezcla de culpa y hambre que no se puede fingir.
El camión dio una curva. La gente se recargó. Él aprovechó y presionó más fuerte. La verga se le hundió contra la entrada, la tanga se le metió un poco entre los labios. Laura contuvo un gemido. Le temblaron los muslos. La mano de Andrés en la cintura bajó un centímetro, los dedos rozándole el arranque del culo.
—Así no… —dijo ella, pero la voz le salió rota, sin fuerza.
Él no se apartó. Siguió el movimiento del camión. Frote. Presión. Frote. La concha de Laura ya hacía un ruidito húmedo, apenas audible entre el motor y las voces. El semen no había salido, pero la verga le latía contra ella como si quisiera reventar. Ella sentía cada pulso.
Empezó a apretar los muslos. No para echarlo. Para sentirlo más. La verga quedó atrapada de verdad, envuelta en carne caliente y tela empapada. Cada sacudida le daba en el clítoris con una precisión cruel. Le subió el orgasmo desde el vientre, lento, traicionero, de esos que no se pueden parar cuando ya empezaron.
Andrés lo sintió. La sintió temblar. Le apretó la cintura con las dos manos ahora, disimulando el abrazo como si solo la estuviera sujetando en el tumulto. Le habló al oído, los labios rozándole el lóbulo:
—Estás bien mojada, mami.
Laura no pudo contestar. Solo apoyó la frente un segundo en su pecho, los ojos cerrados, la boca entreabierta. El camión frenó en un semáforo. El empujón final. La verga se le aplastó completa contra la raja, la cabeza clavándole el clítoris. Ella se corrió ahí mismo. En silencio. Las piernas le flaquearon. Un temblor largo le recorrió el vientre, la concha se le contrajo contra el miembro de su hijo, chorreando más, empapándole el pantalón por el frente. Un gemido ahogado se le escapó contra la camisa de Andrés.
Duró varios segundos. El orgasmo le latía en oleadas, sucio, prohibido, delicioso. Él la sostuvo. No se movió. Dejó que ella se acabara contra su verga dura, todavía sin corrérsele, todavía pulsando entre los muslos de su madre.
Cuando Laura levantó la cara, los ojos le brillaban. Lo miró. Andrés la miró. Y ella, todavía temblando, todavía con la concha palpitándole contra el bulto de su hijo, se inclinó y le dio un beso en la boca. No fue un pico. Fue un beso de verdad. Labios abiertos, lengua lenta, un segundo de más. Un beso de amor sucio, de esos que no se dan en un camión lleno de gente. Lo besó como se besa a un amante, no a un hijo. Y cuando se separó, le susurró contra la boca:
—Ya llegamos.
El camión seguía lleno. Nadie había visto nada. O nadie quería ver. Laura se acomodó el vestido de flores con las manos temblorosas. La tanga se le había convertido en un hilo mojado entre los labios. Andrés se quedó atrás un segundo, acomodándose la erección contra el muslo, la respiración todavía agitada.
Bajaron en la siguiente parada. El sol de la tarde les dio en la cara. Caminaron juntos hacia la casa, casi sin hablar. Ella sentía el semen de ella misma resbalándole por los muslos, bajo el estampado de rosas. Él sentía la verga todavía dura, marcada con el olor de su madre.
Y los dos sabían, sin decirlo, que eso no se iba a quedar en el camión.

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