Formas de vivir
Hay muchas formas de vivir, y cada uno tiene que encontrar la suya, aunque a veces, ni se sepa cual es. Dos familias se encuentran y emprenden juntos ese camino..
La forma de vivir y de pensar de una persona o de toda su familia, puede dar un giro completo por circunstancias que no se esperan o incluso nunca podrías imaginar.
Esto es lo que nos sucedió a nosotros, una familia normal, hasta podríamos decir conservadora, que con dos hijos en edad de ir al Colegio, y por nuestra situación de nivel medio-alto, nos relacionábamos con otras familias parecidas en cuanto a mentalidad y forma de ver la vida, aunque cada uno tuviera sus circunstancias, su personalidad, y congeniáramos mejor con unos que con otros, como suele ser lo habitual.
Pero este último curso había llegado una familia nueva al Colegio, que tenían dos hijos, como nosotros, y de parecidas edades, siendo el chico unos 2 años mayor que la niña, por lo que coincidieron en los mismos cursos.
Los niños, sobre todo, se hicieron muy amigos, porque jugaban juntos al futbol y pasaban mucho tiempo juntos, lo que hizo que pronto conociéramos a sus padres, sobre todo a su madre que era la que más iba por el Colegio.
En principio, nos parecieron unas personas educadas, elegantes y de buenos modales, y teníamos más contacto con la mujer, que era muy dicharachera y abierta, lo que nos facilitaba más el hablar con ella. Se mostraba muy cariñosa con sus hijos y con los nuestros, por lo que pronto se ganaron su confianza y como suele pasar en estos casos, un día, nuestros hijos nos pidieron permiso para quedarse a dormir en la casa de sus nuevos amigos, a lo que no nos opusimos, porque pensamos que no habría ningún problema en ello, a pesar de que les conocíamos desde hace poco.
Al día siguiente, cuando volvieron a casa nuestros hijos, les vi comportarse de una forma extraña, cuchicheando entre ellos y riéndose de cada cosa que hablaban, por lo que les pregunté que les pasaba:
—¿Qué secretos os traéis? ¿Pasó algo en casa de vuestros amigos?
—No pasó nada —me contestó mi hija Ruth, riéndose otra vez con su hermano Fede.
—A ver…., ¿me lo queréis decir? —les insistí.
—Es que, mamá…., vimos a los papás de Michel y Andrea desnudos en su casa.
Yo me quedé un poco sorprendida con la respuesta, no entendiendo muy bien cómo habría sucedido eso:
—Hijos, no me gusta que andéis espiando a las personas mayores. Eso está muy feo.
—No, mamá, que no les espiamos, que ellos andaban desnudos por la casa.
—¿Pero cómo puede ser eso? No se darían cuenta de que estabais vosotros allí.
—Sí, porque como vieron que nos quedábamos mirándoles extrañados, nos preguntaron si nosotros no estábamos acostumbrados a ver a la gente desnuda. Y como les dijimos que no, se volvieron a vestir.
—Vaya, que extraño lo que me contáis. ¿Y vuestros amigos también estaban desnudos?
—No, pero cuando Andrea se cambió de ropa, lo hizo delante de mí, y como estaba desnuda le vi toda la rajita —me dijo Ruth.
—A Michel yo también le vi la pirula, jaja —continuó Fede—. Aunque ya nos vemos todos desnudos en los vestuarios, cuando nos duchamos.
Obviamente, mis hijos no estaban acostumbrados a vernos desnudos a su padre ni a mí, ni siquiera entre ellos, ya que les habíamos enseñado lo que es el pudor y a respetar su cuerpo, por lo que me sentí algo contrariada al ver que habían tenido esa situación tan desagradable, pensándome si debería dejarles ir más veces a esa casa, pero no podía olvidarme de lo que me había dicho mi hijo:
—¡Ay, por Dios! Fede, no me digas esas cosas; todos ahí, desnudos en la ducha, juntos….
—Pero mamá, eso es normal. Somos muchos y tenemos que ducharnos rápido, porque hay pocas duchas y a veces tenemos que compartirlas también, y algunos se pelean, jaja.
Por mi cabeza empezaron a pasar un montón de imágenes de esos niños desnudos peleándose bajo el agua y rozándose entre ellos, y le pregunté, un poco aturdida:
—¿Si? ¿Os peleáis desnudos? ¿Os tocaréis todo?
Mi hijo me miró un poco extrañado por lo que le estaba preguntando, y no sé si por provocarme o porque le hacía gracia mi curiosidad, me dijo:
—Claro, a veces se nos pone dura, jaja…
Empecé a sentir tanta vergüenza por esa conversación que estaba teniendo con mi hijo Fede, que ya no me atreví a decirle nada más, porque esas escenas se volvían cada vez más obscenas en mi imaginación.
Yo, desde luego, era muy mojigata, porque me había educado en un Colegio de monjas, y por supuesto, me había casado virgen sin haber tenido la mínima experiencia sexual con nadie, por lo que en casa nunca hablábamos de sexo con nuestros hijos, pero tan solo de imaginarme a esos chicos desnudos en la ducha, ya me daba algo, aunque luego aprendí que toda esa represión tenía que explotar por algún lado, como así fue.
Pero no sé si por morbo o por saber realmente lo que habían hecho mis hijos en esa casa, en otro momento, seguí preguntándoles a los dos, pero sin querer agobiarles, porque sabía que habría cosas que no me querrían contar, por la educación que les habíamos dado:
—Entonces, ¿os lo pasasteis bien o no?
—Sí, muy bien —contestaron los dos, entusiasmados.
—¿Y qué hicisteis para pasarlo tan bien?
Se quedaron los dos en silencio, como pensando lo que debían contarme y lo que no, pero respondieron:
—Pues estuvimos jugando en la habitación de Michel a unos juegos que tienen ellos.
—¿Qué juegos eran esos?
—Pues el de la botella, uno de cartas de hacer preguntas…., y a otras cosas.
A mí ya me intrigaba un poco esos juegos que tenían esos niños, pero ya casi me daba miedo preguntarles, por lo que me pudieran responder, aunque mi hijo, viendo mi cara, continuó hablando:
—Pues verás, mamá, eran preguntas sobre quien nos gustaba o si habíamos dado besos y esas cosas, y luego el que perdía o decía una mentira tenía que ir quitándose algo de ropa.
—Sí, Andrea al final se quedó en bragas y tuvo que quitárselas, jaja —continuó Ruth.
—¿Vosotros también tuvisteis que quitaros la ropa?
—No, yo no tuve que quitarme las braguitas, pero Fede tuvo que dejar que Ruth le metiera la mano dentro del pantalón, jaja, porque el que ganaba podía pedir lo que quisiera.
Yo ya estaba empezando a escandalizarme con lo que me estaban contando, preguntándome como sus padres les dejaban jugar a esos juegos:
—¡Madre mía! No sé si quiero saber más cosas de las que hicisteis, porque no me parece nada bien todo eso que me decís.
Mis hijos empezaron a reírse, lo que me preocupó todavía más seriamente, ya que parecía que ellos veían bien eso y era obvio que se estaban callando más cosas, pero todo eso estaba superándome ya que no me esperaba que pudiera suceder con las familias que nos relacionábamos, por lo que les dije al final:
—Me parece que no os voy a dejar ir más veces a esa casa.
Por lo que ellos protestaron:
—¡Mamaaá….! ¿Por qué? Si nos lo pasamos muy bien….
—Pues porque no me parece normal como es esa familia. Me parecen unos desvergonzados.
Y Fede me dijo:
—Pues todavía no te dijimos nada de su abuela….
—¡Ah! ¿Vive su abuela con ellos también?
—Sí, es mayor, llevaba un vestido que se le salían las tetas fuera. Y se enfadó porque esa noche no podía dormir con Michel —me dijo mi hijo.
—¿Pero….., que me estás diciendo? ¿Ella duerme con su nieto?
—Sí, y su hija estaba siempre mandándola callar, porque decía unas cosas….
—¡Ay, Señor! Menuda familia. Esa mujer estará mal de la cabeza, con esa edad…..
Después de esta conversación con mis hijos, estaba muy confundida y ni siquiera sabía si debía contarle todo eso a mi marido, por temor a su reacción, pero lo que estaba claro es que la próxima vez que me encontrara con Gemma, la madre de Michel y Andrea, mi actitud con ella iba a ser de más prevención.
Al siguiente día, en la salida del Colegio, vino a hablar conmigo:
—Tus hijos se lo pasaron genial en mi casa. ¿Te lo contaron?
—Sí, algo me contaron….
—Pues mándamelos otra vez cuando quieras, mujer. Nosotros estamos encantados con ellos en casa.
—Ellos quieren volver, pero están educados con otras costumbres…., y no sé….
—¿Qué quieres decir? ¿Se sintieron incómodos?
Lo que estaba resultando incómodo para mí, era esa conversación con Gemma, porque me daba vergüenza hablarle de lo que me habían contado mis hijos, aunque parecía que ella no tenía ningún problema en ello:
—¡Ah!, ya sé, ya me dijeron que ellos no estaban acostumbrados a estar desnudos en casa. Pero cuando nos lo dijeron, nos vestimos, por respeto a ellos.
Yo no sabía muy bien que decirle. Estaba superada por esa situación tan extraña para mí, pero antes de que pudiera contestarle, me dijo:
—Mira, ¿Qué te parece si el fin de semana venís todos a casa y nos tomamos algo para conocernos mejor, mientras los niños juegan?
Una vez más, me quedé sorprendida por su invitación, pero esa mujer era arrolladora y tuve que aceptarla, por educación.
Cuando lo dije en casa, los niños se quedaron entusiasmados, pero a mi marido no le gustó tanto, ya que no conocía prácticamente a esa familia y no entendía muy bien por qué nos habían invitado a su casa, por lo que en ese momento ya tuve que contarle algo sobre cómo eran en esa familia, aunque al no decirle todo, él prefirió no darle importancia y pensó que serían cosas de los niños, que exageraban.
Al llegar a su casa, nos reunimos en el salón y al entrar la madre de Gemma, nos la presentaron, y la verdad es que nos llamó la atención la blusa negra que llevaba, de punto calado, que se le transparentaban sus grandes pechos, notándose perfectamente sus grandes aureolas oscuras, despuntando el pezón, lo que dejo a mi marido un poco desconcertado esa desinhibida mujer.
Cuando empezamos a hablar, el tema se centró rápidamente en el tema sexual, ya que Gemma y su marido intentaron justificar su forma de pensar en cuanto a la educación de sus hijos y su actitud ante el sexo en general, por lo que Joan, el marido de Gemma, nos dijo:
—Es que como en los Colegios no se da prácticamente Educación Sexual, nosotros somos partidarios de que los niños tengan toda la información posible sobre el sexo y en casa intentamos resolver todas sus dudas y que lo vean con naturalidad.
Mi marido le respondió que él no era partidario de pervertir a los niños enseñándoles guarrearías, a lo que respondió Gemma:
—¡Ay, por favor¡ Que mente más estrecha. El sexo es lo más bonito que hay y no hay por qué esconderlo.
—Los niños son niños y no tienen por qué ver esas cosas —insistió mi marido.
Como la conversación estaba subiendo de tono, intenté relajar el ambiente, y les dije:
—Bueno, habrá que respetar a todo el mundo y en su casa cada uno que haga lo que mejor le parezca, ¡no?
—Por supuesto. Eso pensamos nosotros. Vivimos en una sociedad muy retrógrada y tendrían que cambiar muchas cosas —nos dijo Joan, un poco molesto.
Desde luego, no estaba siendo una situación agradable para nosotros, pero Gemma también intentó destensar el intercambio de opiniones:
—Bueno, el caso es pasarlo bien. Fijaros en los niños, no tienen tanto problema con estas cosas. Si les acostumbras a verlo de una forma natural, todos esos traumas que decís, desaparecerían.
Estaba claro que nuestra forma de ver la vida era muy distinta a la de esa familia, pero por no contrariar a nuestros hijos, marchándonos de esa casa, intentamos no discutir más sobre el tema, facilitando las cosas el que empezaran a servirnos un vino que era excelente, del que bebimos demasiado, pero que nos ayudó a relajarnos y verlo todo de forma diferente, porque en realidad lo que les molestaba a ellos es que fuéramos tan intolerantes con sus costumbres, mientras ellos aceptaban sin problema las nuestras, aunque no estuvieran de acuerdo.
Mi marido cuando bebe, le cambia totalmente ese carácter serio y distante que tiene, y se convierte en una persona distinta, lo que aprovechó Joan para hacerse confidencias más íntimas entre ellos:
—Los dos tenemos unas nenas muy guapas. La tuya es una ricura y no me digas que tú no te has fijado en la mía también —le dijo Joan.
—¡Mmmmm! Es verdad… (Así, entre nosotros, Ruth es mi alegría, es una pilla y siempre quiere estar encima de mí) —Le dijo al oído, mi marido, que parecía haber perdido todas las prevenciones con su nuevo amigo.
—Jaja, claro amigo y las manos siempre acaban en el culito, ¿no? —le dijo Joan.
—(Qué no nos escuche mi mujer, pero sí….) —siguiendo cuchicheando entre ellos.
Yo no podía creerme la actitud de mi marido, aunque no podía estar muy atenta a lo que decía, porque Gemma no paraba de hablarme también de temas que me estaban dando mucha vergüenza.
En ese momento entró Andrea en el salón, vestida únicamente con un pequeño tanga, lo que hizo que mi marido fijara sus ojos en ella, de lo que su madre se dio cuenta, y a la vista de mi incomodidad, le preguntó:
—¿Pero que estáis haciendo, para andar tú así?
—Es que estamos jugando a las modelos, y Ruth y yo estamos desfilando para los chicos.
—¿Así, medio desnudas? —Le pregunté yo, imaginándome si mi hija estaría como ella también.
—No, nos ponemos vestidos también, pero ahora toca la lencería, jaja —se río con picardía, la niña— Y también bailamos al desfilar.
—A ver como son esos bailes, haznos una demostración, Andrea —le dijo su padre.
La cría se puso a bailar delante de nosotros prácticamente desnuda, con la única prenda del pequeño tanga que tenía, mostrando sus pequeños pechos, por lo que noté como a mi marido se le salían los ojos mirándola, y hasta creo que le provocó una erección.
Seguidamente la llamó su padre, para que se pusiera a su lado, y le dijo:
—Ven aquí, Andrea, que el papá de tus amigos te vea bien….
La niña se le acercó, y mientras él la sujetaba por la cintura, le dijo a mi marido:
—No me digas que esto no es lo más rico del mundo.
Mi marido, bastante nervioso, la miraba de una forma como nunca había visto en él, lo que me inquietó sobremanera, y le contestó a Joan:
—Desde luego, es una hermosura, y se la ve tan cariñosa….
A Joan se le notaba también especialmente excitado, exhibiendo a su hija delante de mi marido, y dándole la vuelta, la hizo agacharse, bajándole el tanga y dejando a la vista su culito y su vagina por detrás.
—Mira, mira, ¿qué te parece?
—¡Uuuffff! Está tremenda la cría… —dijo mi marido, totalmente entusiasmado, y yo creo habiendo perdido toda conciencia.
A mí ya todo eso me estaba pareciendo demasiado, porque a mi marido parecía estar a punto de darle un infarto, pero a Gemma le divertía la situación, e intentó que yo le quitara importancia:
—¡Ay, estos hombres….! Jaja, mi marido está acostumbrado a jugar con Andrea, pero me encanta ver al tuyo, así tan turbado, jaja. Déjalo disfrutar, mujer, y no te preocupes por él.
Yo no podía creerme que todo esto estuviera sucediendo y que yo lo estuviera consintiendo, pero solo lo achacaba al efecto del alcohol en nosotros, aunque no había duda de que mi marido estaba disfrutando, y ya dudaba el que fuera él u otra persona, porque nunca le había visto así, pero ellos continuaron esa conversación morbosa entre ellos:
—Tócala, pásale la mano, verás que suave está —invitando Joan a que mi marido tocara a su hija.
Mi marido, dudando, acercó la mano al culo de Andrea y para mi sorpresa, empezó a palparlo bien, bajando sus dedos hasta la vagina de Andrea, que presionó ligeramente, y no pudo evitar decir:
—¡Qué maravilla…! No me extraña que estés loco con tu hija.
—¿Es que tú con la tuya, no…., vamos, que si nunca le has metido mano? —le preguntó Joan, con curiosidad morbosa.
—No, jamás me he atrevido, ni me lo permitiría.
—¡Vaya, hombre! Ya ves lo que te pierdes…..
—Es que a ti tu mujer te lo consiente, pero la mía…., la mato de un disgusto si me ve tocarla —le dijo mi marido.
—Bueno, eso puede empezar a cambiar. Si seguimos viéndonos, los dos os vais a divertir como nunca imaginasteis. Mira, a tu hija yo ya la he visto aquí en casa, ponerse en cuatro para los chicos.
—Sería jugando, no estaría esperando a que la follaran por detrás —le dijo mi marido, un poco sobresaltado.
—No sé. Son juegos de críos…., pero en una de esas se animan y se te adelantan y ya tienes a la cría follada.
—¡Uuufff!, no me digas esas cosas que ya me pongo malo. ¿Que quieres decir con que se me adelantan?
—Hombre, ¿no te gustaría a ti ser el primero?
—¿El primero en follarla, dices? ¡Mmmm!, ni lo había pensado….. ¿Es que tú…..?
—Jaja, ya hablaremos de esas cosas, hombre….. le contestó Joan, dejando con la curiosidad a mi marido.
La verdad es que dentro de mi azoramiento, no podía evitar estar excitada ante lo que estaba viendo y escuchando, lo que Gemma aprovechó para seguir pervirtiendo mi mente:
—¿Tú cuando bañabas a tu hijo, nunca te imaginaste lo que le crecería la pollita? ¿Y poder tenerla en la mano siempre que quisieras?
—¡No, por Dios!, como voy a pensar esas cosas…, si es mi hijo.
—Que pamplinas de hijo ni nada. Tú lo que tienes que hacer es disfrutar y hacer disfrutar a tu hijo —me respondió, un poco cansada de mi puritanismo— ¿Pero tú que sexo tienes con tu marido? —me preguntó, suponiendo mi respuesta.
—Un sexo normal, no hacemos cosas raras. Se pone encima de mí y se desahoga así.
—¿Solo eso? ¿Tú no disfrutas?
—A veces sí, cuando él no se corre enseguida.
—¿Y ya termináis así?
—Sí, no queremos ser viciosos.
—Jaja, que graciosa. Tú no sabes lo que es el sexo. No me extraña que estéis así los dos, sin enteraros de nada
Entre el vino, las cosas que me decía Gemma y lo que veía, parecía que mi cabeza iba a estallar, porque no comprendía como me había dejado arrastrar hacia algo que yo había rechazado siempre hasta este momento, y ahí fue cuando intervino la madre de Gemma, que parecía haber estado ausente durante toda nuestra charla, para decirme:
—¡Ay, hija! Cuando tengas mis años, no te andarás con tantos remilgos. El tiempo pasa muy rápido y hay que aprovechar todas las oportunidades que se tengan. Mi hija me dice que soy demasiado impulsiva y que tengo que frenarme un poco, pero me encantan los críos, no puedo evitarlo. Me dan la vida y la alegría de vivir.
Gemma escuchaba resignada a su madre, temiendo que yo me escandalizara demasiado con sus palabras, por lo que dijo:
—¡Ay, esta mujer! La verdad es que tiene una vitalidad que no sé de donde la saca, porque a Michel lo tiene agotado. Es que verás, le encanta pajearlo —me dijo Gemma, intentando justificarse conmigo.
—No será para tanto. A su edad se recupera pronto. Lo que siento es no haberle pillado yo más joven —le replicó su madre.
Pero yo estaba perpleja ante lo que escuchaba, y pregunté a Gemma:
—¿Le hace pajas a su nieto?
—Ya ves, siempre quiso dormir con él, desde pequeño, así que, ¿que te esperabas?
Al ver Gemma la cara que yo ponía, tuve que justificarme, porque tampoco quería quedar como una tonta, como ya estaba suponiendo mi nueva amiga que lo era.
—Perdona, es que todo esto me descoloca. Yo no estoy acostumbrada a tener estas conversaciones, ni a que me cuenten estas cosas…..
—Claro, no te preocupes. Es que nosotros somos así, espontáneos y a veces no nos damos cuenta de que los demás no son como nosotros. Mi madre es así, ya la ves, te lo cuenta todo si te pones a hablar con ella. Disfruta con su nieto todo lo que puede y el crío está encantado con ella, no te voy a engañar, así que que puedo hacer yo…..
De sus palabras, estaba claro que la abuela se lo estaba follando y aunque me costara imaginar a esa mujer poniéndole el culo a su nieto, yo ya estaba tan aturdida que la escuchaba como si fuera la cosa más natural del mundo, sorprendiéndome a mí misma, porque ella parecía estar convenciéndome de que eso era normal y temía que acabara contagiándome esas ganas de hacerlo yo, que no me lo podía creer.
El tiempo se nos había pasado muy rápido y se hizo tarde, por lo que tuvimos que dejar la reunión y volver a casa, algo que hicimos como si fuéramos en una nube durante el camino de vuelta mi marido y yo, por todo lo que habíamos vivido en esa casa, mientras nuestros hijos estaban felices, hablando entre ellos de lo bien que se lo habían pasado con sus nuevos amigos.
Todo el trayecto a casa lo hicimos casi sin hablar, supongo que por estar avergonzados de lo que había pasado en esa casa, algo para lo que no teníamos explicación, y aunque lo que habíamos bebido sirviera de justificación, el problema era lo que íbamos a hacer a partir de ese momento, si volver a nuestra vida “normal” y mojigata o seguir adentrándonos en ese mundo liberal al que nos habían abierto las puertas, pero en ese momento no éramos capaces de decidirlo.
Los siguientes días, en nuestra casa, pasaron como si eso no hubiera existido, aunque se notaba que teníamos una conversación pendiente, y un día, como si la conciencia y el sentido común hubiera vuelto a nuestras cabezas, empezamos a hablar de ello:
—No sé cómo lo vamos a hacer, pero yo creo que no debemos vernos más con esa familia —me dijo mi marido, muy serio.
—Sí, son como el mismo diablo, siempre tentándote…. ¿Tú crees que podremos? —asentí, aunque con dudas.
—Habrá que intentarlo. Lo del otro día me pareció indecente y me avergüenzo de todo lo que hice y lo que pensé. ¡Por Dios! Es que me puse muy caliente con esa niña, y ahí, su padre, ofreciéndomela. Perdoname, es que pensé en hacer de todo con ella, y lo peor de todo, es que con mi hija también.
—Bueno, no te atormentes tanto. A mí también se me pasó por la cabeza cada cosa….. Es que la abuela es tremenda, jaja. Pensar que a su edad….. ¡buuffff!, ¿tú la escuchaste hablar de su nieto, no?, no me lo quiero ni imaginar. Todo esto es una locura.
Sin acabar de concretar cuál iba a ser nuestra posición, porque en realidad, nos estábamos justificando para no reconocer todo lo que nos había excitado esa situación. La verdad es que a nuestros hijos ya no los mirábamos de la misma forma que los habíamos visto hasta ahora, y yo al menos, sentía que algo había cambiado en mi cabeza, que ya no estaba segura de nada y todo eran dudas sobre cómo debía de comportarme y lo que debía de pensar.
El caso es que cuando mi marido estaba con Ruth, su actitud era más cariñosa con ella que como había sido hasta ahora, y parecía como si sus manos se detuvieran más tiempo en su cuerpo, incluso llegando a acariciarla de forma morbosa, o es que me lo parecía a mí, pero todo eso me intranquilizaba, porque sus actos no coincidían con lo que habíamos hablado y la decisión que habíamos tomado.
Yo por mi parte, también tenía más interés en ver desnudo a mi hijo, aprovechando cualquier momento para hacerlo y fijarme en su pollita; como se levantaba y endurecía cuando pasaba mi mano por ella, más tiempo del necesario, sin que a él pareciera importarle, sino todo lo contrario, se recreaba mirando cómo se la cogía con la mano y se la presionaba ligeramente.
Una noche, mientras veíamos la tele en familia, mi marido con Ruth y yo con Fede, empezamos a hablar entre nosotros de lo que había pasado en la casa de Gemma y de Joan, y mi marido me dijo:
—¡Sabes que Joan me insinuó que se estaba follando a Andrea?
—No me extrañaría, en esa casa puedes esperarte de todo —le contesté.
Y así estuvimos comentando todo lo que vimos y nos habían contado, interviniendo en la conversación hasta nuestros hijos, con unos comentarios que nos excitaron más todavía, por lo que de pronto, nos sorprendimos metiéndoles mano directamente, mientras les íbamos quitando la ropa, desnudándonos también luego nosotros, por lo que Ruth nos dijo, divertida:
—Jaja, como en la casa de Andrea.
Efectivamente, la locura se había adueñado de nuestra casa y teníamos la sensación de que ya no había límites para nosotros. Habíamos convertido a nuestros hijos en nuestros amantes, en nuestros juguetes sexuales y en la semioscuridad de aquella habitación, yo por primera vez me decidí a meterme la polla de mi hijo en la boca, y dejaba que él me sobara desesperadamente las tetas y cuando se corrió en mi boca, me la llenó de un sabor nuevo para mí, era el semen de mi hijo y me parecía lo más delicioso del mundo.
Al ver Ruth como yo se la comía a su hermano, ella se puso a hacérselo a su padre, pasando su lengua por el glande rojo e hinchado, mientras él la miraba con una cara como de no creerse lo que estaba viendo, pero estuvo un rato recreándose con la comida de polla de su hija, y aunque era inexperta todavía con su lengua, a él parecía encantarle.
Y antes de que llegara a correrse con la felación de su hija, la levantó para poner su vagina a la altura de su boca, apoyando las piernas en sus hombros y empezando a lamer esa rajita que se abría al paso de su lengua hacia arriba y hacia abajo, sin parar, provocando los constantes gemidos de mi hija, que nunca había sentido algo igual, haciendo temblar todo su cuerpo con unos espasmos que mojaban totalmente la cara de su padre.
Mientras tanto, Fede, con la cara entre mis piernas, y apartando mis vellos, examinaba mi coño con curiosidad, metiendo sus dedos cada vez más dentro, sorprendido por cómo se dilataba cuando introducía su mano entera, haciéndome gritar de placer, pidiéndole que la moviera en mi interior, hasta que mi orgasmo llegó finalmente, lo que él aprovecho para colocarse entre mis piernas y meterme la polla, aunque en ese momento, no pudiera sentirla en toda su plenitud, él si volvió a correrse por primera vez en el coño de su madre.
Yo empecé a ver con inquietud como mi marido pasaba su polla por el coño de Ruth, temiendo que quisiera penetrarla y que a su edad pudiera hacerle daño, pero afortunadamente, él se corrió simplemente con frotarla por su entrada, lo que me tranquilizó, aunque seguramente él fuera a intentar meterle la polla en próximas ocasiones.
Sin podernos explicar cómo había sucedido todo eso, nos fuimos a la cama plenamente satisfechos y nuestros hijos felices por lo que habíamos hecho juntos, pero nuevamente, mi marido y yo nos veíamos metidos en un camino hacia el abismo, tal como eran nuestras concepciones morales hasta ese momento.
Nuestra vida había dado un giro de 180 grados y no sabíamos muy bien como asimilarlo, porque se nos hacía difícil disimular como había cambiado nuestra vida familiar, sobre todo cuando estábamos en casa, en donde empezó a ser frecuente compartir la cama con nuestros hijos, con unas sesiones de sexo interminables, obligándonos a rechazar en nuestra mente todas esas convicciones morales que habían guiado nuestros actos durante toda nuestra vida.
Evidentemente después de eso, ya no tuvimos problema en encontrarnos más veces con Gemma y su familia, y durante las siguientes veces que nos vimos, nos fuimos conociendo cada vez más íntimamente, hablando de nuestras vidas, aunque la suya era lógicamente mucho más interesante que la nuestra, contándonos como habían empezado en este mundo liberal de tan perversas costumbres:
—Cuando nos casamos, empezamos a trabajar con la ayuda de mi madre, en la Administración de un camping nudista en Cataluña, de donde somos nosotros, y al que habíamos ido alguna vez, porque el nudismo nos gustaba ya, pero eso era otra cosa, porque tuvimos una inmersión total en ese mundo. Conocimos a un montón de gente, de aquí, extranjeros y de todos lados, con una mentalidad libre que acabó contagiándonos su forma de vivir. Si mi madre te contara, jaja.
—Ya me imagino. Nosotros nunca nos hubiéramos atrevido a ir a un lugar así —les comenté yo.
—Mucha gente desconoce ese mundo, están llenos de prejuicios y de miedos, como estabais vosotros también, pero cuando se conoce, te engancha ya para siempre. Imaginaros todas esas experiencias tan increíbles que tuvimos en ese camping; era como vivir en el paraíso, pero luego nos metimos en otros negocios y tuvimos que dejarlo, aunque esa forma de vida ya se quedó en nosotros.
—¿Pero todos los nudistas son así? —les pregunté, con curiosidad.
—No, claro que no. Hay de todo, pero nosotros nos sentíamos atraídos por los que vivían la vida de esa forma. La verdad, es que eran casi todos extranjeros, pero empezamos a participar con ellos en sus reuniones, a las que nos invitaban, y ya te puedes imaginar todo lo que hacíamos allí. No había límites. Fíjate que nuestros hijos eran más pequeños, pero así empezaron ellos también.
—Ya, claro. Nunca me hubiera imaginado algo así, si no nos lo contarais, pero bueno, nosotros también lo hemos experimentado.
Y es que nosotros también nos habíamos contagiado de su forma de vivir y después de la normalización de este comportamiento en nuestra familia, y de que nuestros nuevos amigos supieran que nosotros habíamos roto todas las barreras morales con nuestros hijos, nuestras reuniones y juegos morbosos en nuestras casas se hicieron habituales, por lo que nuestra siguiente prueba de fuego, sería llegar a compartir todo esto con ellos mimos, con los que la confianza iba aumentando cada vez más, y para ayudarnos a dar ese paso, esa familia, con más experiencia que nosotros, nos lo fueron facilitando poco a poco, empezando por el “ofrecimiento” que Joan y Gemma nos hicieron de sus hijos, algo a lo que lógicamente, no pudimos resistirnos.
Recuerdo un día que estábamos juntos en su casa, en la que habitualmente ya estábamos desnudos todos, en el que Andrea se puso encima de su padre y empezaron a besarse en la boca de una forma que hizo inevitable nuestra excitación, sobre todo, la de mi marido, supongo que recordando los momentos que había tenido con nuestra hija Ruth parecidos a ese, preguntándose cómo sería eso con otra cría de esa edad, por lo que al darse cuenta Joan, miró a mi marido ofreciéndole a su hija, alargándosela con sus brazos para que se la pusiera encima de él.
Como la cría estaba desnuda, al sentir el contacto con su piel, provocó la inmediata erección de mi marido, que por pudor, trató de disimular, sentando a la nena sobre su polla, lo que no hizo más que acrecentar esa erección, aunque ahora ya no estaba a nuestra vista, y con el consentimiento de su padre, empezó a besar a Andrea, que correspondió con su lengua a elevar esa excitación de mi marido, cuyas manos empezaron a recorrer el desnudo cuerpo de esa cría, sintiendo el pleno contacto de su polla con la vagina mojada de Andrea, quedando su miembro encajado entre los muslos de esa preciosidad que tenía entre sus brazos, por lo que Gemma me comentó:
—Tú marido ya tenía ganas de tenerla así, ¿no?
Como ellos ya sabían que nosotros habíamos empezado a tener sexo con nuestros hijos, mi contestación no podía ser de otra forma:
—Sí, me lo comentaba muchas veces. Después de estar con nuestra hija, imagínate, se queda mirando por la calle a cualquier cría de esa edad, imaginándose con ella, y a la tuya claro que la tenía ganas también.
—Es normal, mujer, igual que tú lo estará deseando con Michel, ¿No?
No tuve más remedio que sincerarme con ella y confesarle la verdad.
—Sí, me da mucha vergüenza decírtelo, pero es verdad.
—Vergüenza ninguna, estamos en confianza, y lo entiendo perfectamente. ¿Qué te parece si nos vamos a la habitación con Michel y dejamos a los hombres con las nenas?
Como yo no me decidía, ella me tomó de la mano y me llevó con su hijo, que estaba con el mío en su habitación, y al entrar les sorprendimos en ese momento haciéndose una felación mutua, que a Gemma no pareció extrañarle, pero a mí me dejó con la boca abierta, ya que desconocía que a mi hijo le gustara chupar pollas, porque con su padre no había hecho nada de eso, de momento, aunque suponía que Michel, con más experiencia que él, le habría llevado a probarlo, pero Gemma le quitó importancia:
—A ver, chicos, dejar eso, que la mamá de Fede, quiere participar también.
Ese desparpajo de Gemma me hizo enrojecer, pero hasta mi hijo se lo tomó con naturalidad:
—Venga, mamá, chúpasela a Michel, verás que rica…..
Está claro que los niños se adaptan más rápidamente a las situaciones nuevas, pero no dejaba de sorprenderme oírle hablar así a mi hijo, aunque el morbo que me transmitió con sus palabras hizo que agarrara a su amigo y mi boca fuera directamente hacia esa polla erecta apuntando al cielo, la tercera polla que degustaba después de la de mi marido y de la de mi hijo, algo que me hacía sentir como la mayor de la zorras, algo impensable unos meses atrás.
El chuparle la polla a ese crío estaba sacando de mí todo el vicio que llevaba dentro. Estaba disfrutando y le estaba haciendo disfrutar a él, que no tardó en echarme su primera descarga de semen, mientras mi hijo se masturbaba viendo la escena.
Yo me tumbé en la cama con Michel para ofrecerle mis tetas, para que me las chupara y que hiciera lo que quisiera conmigo. Yo estaba acostumbrada a ser sumisa en el sexo y prefería que el hombre dispusiera de mí y se desahogara con mi cuerpo, así que le dejé hacer a él, a pesar de la diferencia de edades.
Él, viendo mi actitud, después abrió mis piernas y se puso a comerme el coño igual que un hombre experimentado. Yo me sentía en la gloria, dejándome llevar y arrancándome pequeños orgasmos encadenados, hasta que se puso encima de mí dispuesto a follarme, como tantas veces habría hecho con su madre, con una intensidad que me sorprendió, dándome fuertes embestidas haciendo que su polla entrara lo más dentro posible de mi coño, donde aguantó esta vez dentro de mí sin correrse, hasta que vio que yo llegaba al orgasmo final que me dejaba sin fuerzas momentáneamente.
Había sido un polvo increíble, del que necesitaba recuperarme, pero enseguida Gemma me sacó de ese sueño:
—Anda, vamos al salón a ver como siguen con las niñas….
Cuando volvimos al salón, nuestros maridos todavía seguían jugando con Andrea, a la que se había unido Ruth, sentada en las piernas de Joan mirando a su padre y a su amiga, mientras él la sobeteaba por todos los lados, metiendo los dedos entre sus piernas mientras le decía:
—¡Mmmmm! Cómo moja esta cría ya, es una delicia pasarle los dedos —metiéndoselos liego en la boca para saborear su flujo.
Creo que en ese momento, mi marido sentía mucho morbo viendo como su hija era manoseada de esa forma por ese hombre, teniendo él a su vez a la hija del otro a su disposición, pero como mi marido todavía no se había atrevido a follarse a Andrea, Joan tuvo que decirle:
—¿A qué esperas ya? Fóllatela, que la cría lo está esperando.
Esta vez, en vez de ponerle la polla entre sus muslos, apuntó directamente a la entrada de su vagina, ya abierta, como si estuviera esperando que alguna polla entrara por allí rápidamente, así que solamente con colocársela en esa rajita, fácilmente desapareció en su interior lleno de jugos que facilitaron esa penetración, pero sin dejar de notar mi marido la estrechez de su vagina y el contacto pleno de sus paredes vaginales que se contraían al paso de la polla de mi marido.
Él todavía no había follado a nuestra hija y el poder hacerlo con Andrea le produjo una sensación como pocas veces había tenido en su vida, corriéndose en su interior casi sin tiempo a poderla disfrutar completamente, por lo que le pidió perdón a ella y a su padre, que le dijo:
—No hay problema, puedes correrte todas las veces que quieras en ella. Ya empezamos a darle la pastilla.
Mi marido seguía sorprendido por la facilidad con la que había podido follar a Andrea, preguntándose si con su hija sería igual de fácil, a lo que le respondió Joan, que sabía que seguía siendo virgen:
—A tu hija puedes hacérselo perfectamente cuando quieras, aunque la veas tan delgadita, entre las piernas ya le entra una buena polla. Si quieres, entre los dos la preparamos para que su coño se deshaga como mantequilla al entrar tu polla.
Joan era un caballero y quería dejar el honor de desvirgar a su hija a su padre, que después de estar disfrutando con Andrea, se vio en la obligación de aceptar la proposición de nuestro amigo y de permitir que por primera vez, él también pudiera follarla, pero por ese día ya había sido suficiente y quedamos para una próxima reunión en mi casa.
Así que llegado el día, con todo preparado, enseguida mi marido y Joan empezaron a jugar con Ruth, besando y acariciando entre los dos cada parte de su cuerpo, haciendo entrar a la cría en una especie de trance de placer, que la dejó dispuesta a ser penetrada por primera vez por su padre, que con temor, pero también con máxima excitación, puso su polla en el tierno coño de la cría para presionar hasta que fue entrando en su interior ante la cara de ligero dolor de ella al hacerlo, pero enseguida desapareció al ir sintiendo nuevamente ese placer, esta vez más intenso, según entraba y salía esa polla de su vagina, hasta hacerla gritar cuando su padre aceleró el ritmo sintiendo el extremo placer de estar follando a su hija.
Todos estábamos expectantes viendo como seguíamos recorriendo ese camino liberador de perversión, hasta que se produjo la corrida final de ambos, aunque casi sin tiempo al descanso después de tanto tiempo esperándolo, Joan se puso a Ruth encima para follarla igualmente, haciendo que continuara su trance placentero hasta la llegada de un nuevo orgasmo de mi hija y una nueva descarga de semen de Joan, con la que esta vez la cría ya si se quedó agotada, incapaz de seguir satisfaciéndoles más veces, pero para ser su primera vez, se había portado como una campeona, comprobando mi marido como a partir de ahora tendría un nuevo coño para follarse.
Las siguientes veces que nos veíamos, nuestros juegos sexuales eran compartidos simultáneamente por todos, incluso con la participación de la madre de Gemma, que se unía gustosamente para disfrutar de lo que podía en estas reuniones adictivas, lo que hacía que cada vez más, nos sintiéramos más incómodos con la gente con la que siempre nos habíamos relacionado, de los que intentábamos aislarnos, pero todo eso desaparecía cuando estábamos con la familia de Gemma y Joan, con quien cada vez pasábamos más tiempo juntos, compartiéndolo “todo”.
Cuando se acaban teniendo todas estas experiencias, echando la vista atrás, siempre se recuerdan más esas primeras veces en las que los nervios te ponen el corazón a latir aceleradamente, porque es como si todo fuera nuevo para ti, como esa primera vez en la que te desvirgaron o tuviste una experiencia que marcó un antes y un después en tu vida.
“Otra vez, (y otra vez) quiero verte encontrar tu libertad
y que no seas esclavo ni de pensamientos ni formas de vivir.
Otra vez, (y otra vez) quiero verte sonreír
y que no reflejaras tanto miedo al vivir”
https://www.youtube.com/watch?v=J1ru1UR0WvM


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