Genesis recibe una sorpresa al teléfono
Génesis sintió que el aire se escapaba de sus pulmones en el momento en que la pantalla de su teléfono iluminó la habitación.
Génesis sintió que el aire se escapaba de sus pulmones en el momento en que la pantalla de su teléfono iluminó la habitación. Al abrir el mensaje de Fran, sus ojos se dilataron y un calor súbito y eléctrico descendió desde su nuca hasta el centro de su feminidad. Las imágenes eran brutales, crudas, despojadas de cualquier rastro de pudor. Ver a Mari en ese estado —con el rostro manchado de semen, los pezones congestionados y rojos por la succión voraz, y sus orificios hinchados y goteando el rastro del placer— provocó que el clítoris de Génesis palpitara violentamente contra su ropa interior.
Un deseo primitivo y voraz la invadió. Recordó la sensación de aquel ariete de carne de 18 centímetros, la presión implacable y la forma en que Fran la había reclamado horas atrás. Su vagina empezó a segregar un lubricante espeso y caliente, empapando la tela de su panty mientras un gemido involuntario escapaba de sus labios. Con los dedos temblorosos por la excitación, respondió: «En unos días nos volvemos a encontrar».
Sin embargo, la espera de tres días fue una tortura de deseo acumulado. Mientras tanto, en la casa de las mujeres Castillo, la lujuria no conocía descanso.
Mari, aunque se encontraba en sus días y no podía ser penetrada, se había convertido en la directora de una orquesta de placer. Se sentaba en el borde de la cama, con la respiración agitada, observando con ojos hambrientos cómo Fran, el semental que ya había conquistado a cada una de ellas, se entregaba a una sesión de sexo brutal con Carmen y Mirta.
La habitación estaba cargada con el olor a sexo, sudor y fluidos. El sonido era hipnótico: el clap-clap-clap rítmico y húmedo de la piel chocando violentamente, interrumpido solo por los gritos desgarradores de placer de las dos mujeres. Fran estaba en un estado de frenesí animal, turnando sus embestidas con una fuerza que hacía vibrar la estructura de la cama.
En un momento de máxima depravación, Mari tomó su teléfono. Capturó una fotografía que haría arder la sangre de cualquiera: Carmen estaba en cuatro patas, con el trasero elevado y tembloroso, mientras Fran hundía su miembro en su ano con una profundidad devastadora. Al mismo tiempo, Mirta estaba arrodillada frente a ella, con la lengua trabajando frenéticamente sobre el clítoris de su madre, creando un puente de placer prohibido. Mari envió la foto a Génesis con un mensaje incendiario: «Si quieres, puedes venir en este momento y unirte a la fiesta».
Génesis, al recibir la imagen, sintió que el mundo giraba. La visión de Carmen siendo poseída analmente mientras Mirta la estimulaba la llevó al borde del orgasmo instantáneo. Aunque una chispa de timidez persistía —el miedo a que el secreto de su rendición ante aquel miembro de 18 cm fuera revelado—, la lujuria terminó por ganar. Le respondió a Mari que se verían en dos días, sellando el pacto con un sticker de un guiño cómplice y una súplica de secreto. Pero Mari, con una sonrisa maliciosa, ya le había confesado todo a Carmen: Génesis estaba tan rendida y había sido follada con tanta intensidad que ya no era dueña de su propio deseo.
Volviendo a la acción, la escena en la habitación alcanzó un clímax visceral. Fran no daba tregua al ano de Carmen. Cada estocada era profunda, llenando el estrecho canal anal, expandiéndolo con la fuerza de un pistón. Mientras tanto, Mirta seguía succionando el clítoris de su madre con una voracidad desesperada. Esta doble estimulación —la invasión brutal por detrás y la succión eléctrica por delante— llevó a Carmen a un estado de hipersensibilidad. Sus gemidos se transformaron en gritos agudos, sus uñas se clavaban en las sábanas y su cuerpo empezó a convulsionar.
De repente, el orgasmo estalló. Carmen soltó un grito desgarrador mientras un squirt potente y abundante brotaba de su vagina, bañando la cara de Mirta en una lluvia de placer líquido. Las piernas de Carmen se desplomaron, quedando débil y exhausta, pero Fran no se detuvo. Continuó bombeando en su ano dilatado durante varios minutos más, disfrutando de las contracciones involuntarias del esfínter que apretaba su miembro como una prensa caliente.
Cuando finalmente decidió cambiar de objetivo, Fran se deslizó hacia la vagina de Carmen. Ella aún estaba temblando por el orgasmo anterior, y sentir cómo aquellos 18 centímetros la abrían centímetro a centímetro fue una experiencia casi dolorosa de tan placentera. Fran empezó un «mete y saca» desenfrenado, golpeando el cuello del útero con cada embestida. Mientras tanto, Mirta, posicionada debajo, comenzó a lamer y chupar los testículos de Fran, acariciando la base de su miembro con la lengua, creando una sinfonía de sensaciones que volvía loco al hombre.
Tras un segundo orgasmo masivo de Carmen, Fran decidió que era el turno de Mirta. La joven estaba empapada; mientras su madre era poseída, ella se había encargado de estimularse a sí misma y de usar sus dedos para abrirse camino, dejándose lista para el semental. Fran comenzó introduciendo su miembro en la boca de Mirta. Ella lo recibió con una veteranía sorprendente, succionando con fuerza, envolviendo el glande con sus labios y usando la lengua para masajear cada vena del tronco, igualando la técnica experta de su madre.
Una vez que Mirta estuvo lo suficientemente lubricada por la saliva y su propio deseo, Fran la penetró vaginalmente de un solo golpe seco. Mirta soltó un gruñido de placer puro, bombeando sus caderas hacia arriba para absorber cada milímetro de carne. Carmen, exhausta y con los orificios rojos y brillantes por el uso, se recostó a su lado, observando con lujuria cómo su hija era reclamada.
La acción escaló cuando Mirta tomó el control. Se sentó encima de Fran, cabalgándolo con un ritmo frenético, controlando la profundidad y la velocidad. Sus manos se apoyaban en el pecho sudoroso de Fran para mantener el equilibrio mientras sus pechos rebotaban violentamente con cada bajada. En un movimiento audaz, Fran la tomó en sus brazos sin sacar el miembro, cargándola y pegándola contra la pared. Allí, suspendida en el aire y sintiendo todo el peso de la penetración, Mirta jadeaba, clavando sus uñas en la espalda de Fran mientras él la follaba con una potencia bruta que hacía eco en toda la casa.
Finalmente, la llevó de vuelta a la cama, colocándola en cuatro patas. Fran comenzó un juego de ritmos: penetraciones lentas y profundas que hacían que Mirta gimiera de agonía placentera, seguidas de ráfagas rápidas y violentas acompañadas de nalgadas sonoras que dejaban la piel de sus glúteos encendida y roja.
Pero Fran quería más. Introdujo un dedo en el ano de Mirta, dilatándolo lentamente, preparando el camino. Una vez que el orificio cedió, hundió su miembro en el ano de la joven. El ajuste fue perfecto, apretado y caliente. El ritmo aumentó hasta que ambos alcanzaron un orgasmo explosivo y simultáneo, llenando el interior de Mirta con una descarga masiva de semen.
Cuando Fran finalmente se retiró, el silencio fue roto solo por las respiraciones pesadas. Carmen, movida por un instinto de devoción y lujuria, se acercó para limpiar los restos de semen que aún brotaban del miembro de Fran, succionándolo hasta dejarlo impecable. Luego, con una ternura depravada, se inclinó sobre el ano de Mirta y lamió cada gota de semen que escurría, cerrando así una tarde de depravación absoluta donde los vínculos familiares se habían fundido en un solo deseo carnal.


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