Hijo coge a su madre en un table dance
Sin sospechar que su madre trabajaba en un table, joven decide ir a desahogarse.
La madre salió de casa a las diez de la noche, como siempre. Se ajustó el uniforme de la fábrica, se miró una última vez en el espejo del recibidor y le gritó a su hijo desde la puerta:
—No te quedes despierto hasta tarde. Hay comida en la nevera.
El chico, de dieciocho años, apenas levantó la vista del móvil. Cuando el portazo resonó y el motor del coche se alejó, se levantó, se metió en su habitación y abrió el portátil. Pantallas llenas de cuerpos sudorosos, gemidos, pollas entrando y saliendo. En menos de diez minutos ya tenía la verga dura y pesada, la mano moviéndose con rabia. El vídeo de una mujer madura con tetas grandes y un antifaz le hizo soltar un gemido. Sacó el móvil y marcó a su amigo.
—Ven. Vamos a un table. Necesito ver algo real.
Media hora después estaban en el local. Luces rojas, olor a perfume barato y alcohol. El hijo se sentó en una mesa lateral, la polla todavía medio dura dentro del pantalón. Entonces la vio.
Mujer madura. Antifaz negro que le cubría los ojos y parte de la nariz. Tacones altos de aguja. Una tanga negra mínima que apenas cubría el coño. Pechos redondos, pesados, completamente desnudos, pezones oscuros y erectos por el frío del aire acondicionado. Caminaba con esa seguridad de quien sabe que cada hombre en la sala se la está follando con la mirada. El hijo sintió que se le secaba la boca. Se levantó, fue a la ventanilla y pagó por un privado completo. Sin preguntar el nombre. Solo señaló a la de antifaz.
La llevaron a un cuarto estrecho con sofá de cuero, espejo en una pared y una cámara discreta en la esquina. Él se sentó, las piernas abiertas, la erección marcada. La puerta se abrió.
Ella entró y se detuvo en seco.
El antifaz no le impedía reconocer la cara, el pelo, la forma de la mandíbula. Su hijo. El mismo que había dejado en casa hacía menos de dos horas. El corazón se le subió a la garganta. Quiso hablar, quiso quitarse el antifaz y gritar, pero las cámaras estaban grabando. Si paraba el servicio, si hacía un escándalo, perdería el trabajo esa misma noche. Y el chico ya había pagado. Tragó saliva, cerró la puerta tras de sí y caminó hacia él con pasos lentos, los tacones sonando en el suelo.
Se detuvo frente a frente. Él levantó las manos.
Primero rozó la curva inferior de un pecho, luego el otro. La carne era tibia, pesada, se hundía bajo sus dedos. Apretó los pezones entre el índice y el pulgar, tiró suavemente. Ella sintió un calambre que le bajó directo al coño. Él se inclinó y le lamió el cuello, justo debajo de la oreja, después bajó hasta la clavícula. La lengua caliente, húmeda. Cuando la boca se cerró alrededor de un pezón y chupó con fuerza, ella tuvo que morderse el labio para no gemir en voz alta. Las piernas le temblaron. El calor le subía por los muslos.
—Siéntate encima —ordenó él, con la voz ronca.
Ella obedeció. Se subió a horcajadas sobre sus piernas. Él abrió la cremallera, sacó la polla gruesa, ya goteando por la punta. Con una mano le bajó la tanga hasta los muslos. El coño de ella estaba hinchado, brillante de fluidos. Él rozó la cabeza del glande contra los labios externos, la frotó arriba y abajo, empapándola. Ella temblaba.
—Mete la… —empezó él.
Ella se bajó despacio. La polla empujó, abrió, entró centímetro a centímetro. Estaba tan mojada que entró de un solo golpe cuando ella se sentó del todo. Un gemido ahogado se le escapó. Él agarró sus caderas y la empujó hacia abajo, clavándosela hasta el fondo. Ella sintió cómo le llenaba, cómo le rozaba el punto más profundo.
Empezó a moverse. Arriba y abajo. Lenta al principio, después más rápido. Los pechos rebotaban frente a la cara de él; él los atrapó con la boca, los chupó, los mordisqueó mientras ella cabalgaba. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo llenaba el cuarto. Ella apoyó las manos en sus hombros, los tacones todavía puestos, la tanga colgando de una rodilla. Cada bajada le hacía cerrar los ojos detrás del antifaz. El orgasmo le subía como una ola.
Él la levantó de golpe, la giró y la puso de rodillas en el sofá, de espaldas. Le separó las nalgas y se la embistió de una sola embestida. Ella gritó contra el respaldo. Él la follaba sin piedad, las manos agarrándole la cintura, los muslos golpeando contra su culo. El antifaz se le había torcido un poco, pero no se lo quitó. Podía oler el perfume de ella, el mismo que usaba en casa. Podía reconocer la forma de su espalda, la curva de su cintura. No dijo nada. Solo folló más fuerte.
La metió dos dedos en la boca de ella mientras la embestía. Ella los chupó, babeando. Él se los sacó y se los metió en el coño junto a la polla, estirándola. Ella se corrió con un temblor violento, el coño apretándose en espasmos alrededor de la verga. Él no paró. La sacó, la volvió a meter, la folló de lado, de frente, contra el espejo. Cada posición más profunda.
Al final la puso de nuevo a horcajadas, mirándola a la cara. El antifaz todavía puesto. Él le agarró las tetas con ambas manos y la usó como un juguete, subiéndola y bajándola sobre su polla a toda velocidad. El sudor le corría entre los pechos. Ella jadeaba, los ojos cerrados detrás de la máscara.
—Vente dentro… —susurró ella, la voz rota—. Vente dentro de mí. Lléname. No te saques.
Él gruñó, la apretó contra su pecho y se corrió. Chorros calientes, espesos, disparándose dentro de ella. Ella lo sintió todo: la pulsación, el calor expandiéndose, el semen llenándole el coño hasta desbordarse y gotear por los muslos mientras él seguía embistiéndola con movimientos cortos y brutales, exprimiendo hasta la última gota.
Se quedaron así varios segundos, unidos, respirando agitados. Ella con el antifaz todavía puesto, el cuerpo temblando, el coño goteando semen de su propio hijo. Las cámaras seguían grabando. Ninguno de los dos dijo una sola palabra.

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