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Incestos en Familia

Juego de Primos

Mi primita inocente de 7 y yo de 19 jugamos a los esposos a escondidas. .
La casa se quedó en silencio cuando se fueron. Mi mamá y mi tía tenían esa cita médica, algo de una mamografía que le tocaba a mi tía y mi mamá la acompañaría. «No tarden mucho», les dije, y mi mamá me miró con esa mirada que me daba pena pero también risa.

 

—Regresamos en dos horas, mijo. Cuída mucho a tu prima.

 

—Sí, má, no se preocupen.

 

Valentina estaba en la sala, viendo la tele con las piernas abiertas, los calzones de florecitas ajustados que mordían la tela entre los labios gordos, el vestidito subido hasta la mitad del muslo. Tan inocente, tan sin saber lo que provocaba, sentada ahí con las piernas abiertas como si nada.

 

Tenía siete años, carita redonda de niña, ojos grandes y oscuros, pelo negro lacio hasta los hombros siempre despeinado. Era flaquita de cintura pero con buenas piernas y un culito redondo, gordito, como pidiendo que lo agarraran.

 

Me senté a su lado y ella de inmediato se recostó en mí, como siempre. Así era Valen, cariñosa, encimosa, sin filtro.

 

—¿Qué ves? —preguntó, señalando la tele.

 

—Tus pantis —dije, sin pensar, mirando directo a donde se le marcaban los labios bajo la tela.

 

Se hizo un silencio. Ella me miró con los ojos muy abiertos y luego bajó la vista a sus propias piernas, a los calzones de florecitas que se le ajustaban demasiado, a la rajita que se dibujaba bajo la tela.

 

—¡Wacala! —exclamó, arrugando la nariz—. ¡Qué cochino eres!

 

Y con una mano se tapó la entrepierna, apretando los calzones contra sí, mientras con la otra intentaba jalar el vestido hacia abajo. Pero el movimiento la hizo abrir y cerrar las piernas, una vez, dos veces, como un reflejo, y en ese abrir y cerrar, uno de los labios gordos se le salió por el lado del calzón, asomándose rosado y carnosito bajo la tela floreada.

 

Se quedó ahí, colgando, provocándome sin que ella se diera cuenta.

 

—Tengo frío —dijo, temblando de verdad, porque la lluvia había bajado la temperatura y no habíamos encendido la calefacción—. Abrázame.

 

La abracé, y ella se acurrucó contra mí, pegando su espalda a mi pecho, acomodándose en posición de cucharita sobre el sofá. Mis brazos la rodearon, cubriéndola, y sentí cómo se relajaba un poco contra mí.

 

—Mejor —susurró—. Sí hace frío.

 

Pero al acomodarse, abrió las piernas de nuevo, y el labio que se le había salido del calzón quedó expuesto, rozando mi mano que descansaba sobre su cintura. No sé si lo notó, no sé si le importó. Solo sé que yo lo noté, y que mi cuerpo reaccionó inmediatamente.

 

Y entonces ella lo sintió.

 

Se quedó quieta. Mi erección, que había crecido con la cercanía y la vista de ese labio gordo asomándose, ahora presionaba contra su culo a través de la ropa. Valentina giró la cabeza un poco, con los ojos muy abiertos, y me miró.

 

—¿Qué tienes ahí? Está duro.

 

—Es un pene, Valen.

 

—¿Un qué?

 

— La cosa que tienen los hombres.

 

—Ah, tu pipí—dijo, como si fuera la cosa más normal del mundo—

 

Me miró por un momento, procesando la información, con el dedo en la boca como siempre hacía cuando pensaba.

 

—Vamos a jugar —dijo finalmente, con esa determinación suya que aparecía de vez en cuando— cárgame de caballito.

 

—¡Sí! —dije, y me agaché para que se subiera.

 

Se trepó a mi espalda como siempre, con las piernas abiertas a los lados de mi cintura, los brazos alrededor de mi cuello. Su panochita, separada apenas por la tela delgada de los calzones, se pegó a mi espalda y empecé a galopar por la sala, haciendo ruidos de caballo.

 

—¡Más rápido! —gritaba—. ¡Más rápido, caballito!

 

Y yo galopaba más rápido, sintiendo cómo se apretaba contra mí, cómo los labios gordos se le marcaban en mi espalda a través de la tela, cómo su respiración se aceleraba no solo del juego sino de algo que ella no entendía. Cada vez que brincaba, su pesito chocaba contra mí, y el labio que se le había salido del calzón rozaba mi piel por encima de la ropa.

 

—¿Te gusta el caballito? —pregunté, jadeando.

 

—¡Sí! ¡Me gusta mucho!

 

—¿Quieres jugar a otra cosa?

 

—¿A qué?

 

Me detuve en el medio de la sala, con ella todavía en mi espalda, y la bajé despacio, sintiendo cómo su cuerpo se deslizaba contra el mío.

 

—A los esposos —dije, mirándola a los ojos.

 

—¿A los esposos? —preguntó ella, con esa curiosidad suya que no tenía filtro—. ¿Cómo es eso?

 

—Como los papás, ¿no? Tú eres la esposa y yo el esposo. Hacemos como si fuéramos ellos.

 

Se rio, esa risa ligera que siempre tenía, como si todo fuera un juego y nada pudiera ser serio.

 

—¿Y qué hacen los esposos?

 

—Cosas que los esposos hacen en privado. ¿Quieres que te enseñe?

 

Me miró por un momento, pensando, con el dedo en la boca como siempre hacía cuando evaluaba algo.

 

—¿Es como cuando escuché a mi mamá con el señor de la verdulería? —preguntó de repente.

 

Me quedé helado.

 

—¿Qué?

 

—Sí, una vez que me quedé dormida en la sala y escuché ruidos en el cuarto de mi mamá. Y estaba el señor de la verdulería, el que siempre le da las naranjas más grandes. Y hacían ruidos raros, como… no sé, como que se quejaban, pero bien.

 

—¿Y qué más escuchaste?

 

—Nada más. Me dormí otra vez. Pero después pensé que era un juego, porque mi mamá decía «ahí no, ahí no» y el señor se reía.

 

Tragué saliva. Valentina era así, tan inocente que ni siquiera entendía lo que había escuchado.

 

—Sí —dije, con la voz más calmada que pude—. Es como eso. Pero mejor. Mucho mejor.

 

—¿Mejor que las naranjas? —preguntó, con los ojos muy abiertos.

 

—Mucho mejor que las naranjas.

 

La llevé al cuarto y la recosté en la cama. Le agarré la orilla del vestido y empecé a jalar hacia arriba, pero ella me apartó las manos.

 

—¡No! —exclamó, cruzando los brazos sobre el pecho—. ¿Qué haces?

 

—Los esposos no se visten —dije, intentando sonar tranquilo—. Se quedan sin ropa.

 

—¡Pero es que me da pena! —dijo, apretando los brazos contra el cuerpo, cerrando las piernas—. No quiero que me veas.

 

—Pero si somos esposos, Valen. Los esposos se ven.

 

Me miró con esos ojos grandes, mordiéndose el labio, y yo supe que estaba pensando, que estaba luchando entre la pena y la curiosidad.

 

—¿De verdad? —preguntó finalmente.

 

—De verdad.

 

—¿Y no te vas a reír?

 

—No me voy a reír. Prometido.

 

Se quedó callada un momento más, mirándome con desconfianza, y luego, despacio, muy despacio, levantó los brazos. Le quité el vestido, tirando de la tela hacia arriba, y ella se tapó el pecho con las manos, aunque no había mucho que tapar, apenas unos botones rosados sobre piel lisa.

 

Quedó en los calzones de florecitas, con esos labios gordos que se le marcaban a los lados de la tela.

 

—Quítate eso también —dije, tirando del elástico.

 

—¡No! —volvió a resistir, pero esta vez con menos fuerza, más por costumbre que por convicción—. Es que… es que…

 

—Los esposos no tienen secretos, Valen.

 

Se los bajó despacio, con cuidado, y los tiró a un lado. Su panochita quedó al descubierto, lampiña, con los labios carnosos y rosados, y más abajo, el agujerito oscuro de su ano.

 

Se quedó ahí, recargada en el borde de la cama, con las manos tapándose lo que podía y las piernas cerradas, mirándome con esa mezcla de vergüenza y curiosidad que me volvía loco.

 

—Ya —dijo, con la voz pequeña—. Ya me quité todo. Ahora te toca a ti.

 

La miré, sorprendido.

 

—¿Qué?

 

—Que tú también te quites la ropa —dijo, con esa determinación suya que aparecía de vez en cuando—. Si somos esposos, los dos tenemos que estar sin ropa. No es justo que yo nada más.

 

Tragué saliva. No me lo esperaba. Pero tenía razón.

 

—Está bien —dije, y empecé a quitarme la camiseta.

 

Ella me miró con los ojos muy abiertos mientras me desnudaba. Cuando me bajé los pantalones y luego los boxers, mi pene saltó libre, duro como nunca lo había estado, el glande rojo como una ciruela, hinchado, palpitando, con los vellos oscuros alrededor de la base.

 

Valentina se quedó mirándolo con la boca abierta.

 

—¿Por qué está así? —preguntó, señalando mi pene con el dedo—. ¿Por qué tu pipi está tan grande y gordo y… y lleno de pelos?

 

Sentí cómo la verga me reventaba, cómo la sangre me hervía, cómo cada fibra de mi cuerpo estaba concentrada en ese momento, en ella, en sus ojos inocentes mirando mi erección como si fuera la cosa más fascinante del mundo.

 

—Porque a mi pipi le gustas —dije, con la voz ronca—. Eres muy bonita, Valen.

 

Ella sonrió, esa sonrisa suya que me derretía, y entonces, despacio, como si estuviera tocando algo frágil, extendió el dedo índice y lo tocó en la punta.

 

Mi pene brincó como un resorte, duro, palpitando, y ella soltó una risita.

 

—¡Se movió! —exclamó, y lo tocó otra vez, haciéndolo brincar de nuevo—. ¡Se mueve solito!

 

Y entonces, con más curiosidad, pasó los dedos por los vellos de la base, sintiendo la textura, explorando como si fuera un juguete nuevo.

 

—¿Y por qué está rojo aquí? —preguntó, tocando el glande—. Como una ciruela.

 

—Porque le gustas —repetí, apenas capaz de hablar—. Le gustas mucho.

 

Ella volvió a sonreír, y yo supe que este juego apenas estaba comenzando.

 

La puse en la orilla de la cama, con las piernas abiertas y los pies colgando, y me agaché entre sus piernas.

 

—¿Qué haces? —preguntó, intentando cerrar las piernas.

 

—Otra cosa que hacen los esposos.

 

Empecé por abajo, lamiendo su ano primero, ese agujerito arrugado que se contrajo al contacto, y ella soltó un grito.

 

—¡Wacala! —exclamó, arrugando la nariz—. ¡Ahí estás cochino!

 

—¿Te molesta? —pregunté, levantando la cabeza un momento.

 

—Sí… no… no sé. Está cochino.

 

—Pero se siente rico, ¿verdad?

 

Hizo una mueca, como si estuviera pensando, y luego se mordió el labio.

 

—Sí —admitió, con voz pequeña—. Se siente rico. Pero está cochino.

 

—Entonces no pienses en eso. Solo siente.

 

Volví a bajar la cabeza y seguí lamiendo, pasando la lengua por la piel entre el ano y la panochita, sintiendo la textura suave y lampiña, hasta llegar a su clítoris.

 

—¡Ah! —exclamó, arqueándose—. Eso… eso sí se siente rico.

 

—¿Verdad?

 

—Sí —susurró—. Mucho.

 

Seguí lamiéndola, del ano al clítoris, despacio, saboreando, sintiendo cómo se humedecía, cómo sus labios se hinchaban más bajo mi lengua. Valentina gimió, agarrando las sábanas, moviendo las caderas sin saber si acercarse o alejarse.

 

—Se siente rico —susurró finalmente—. No sabía que se sentía rico.

 

Le abrí más las piernas y me acerqué para verla bien. Ahí estaba, la telita delgada de su himen, cubriendo parcialmente la entrada de su panochita. Tan chica, tan apretada, que dudé que me cabiera siquiera la punta.

 

Puse la punta de mi pene en su entrada, empujando apenas. Estaba tan cerradita que no podía avanzar, como si estuviera intentando meterlo en un agujero demasiado chico.

 

—¿Duele? —pregunté.

 

—Un poco —hizo una mueca—. Siente como que no cabe.

 

—No cabe.

 

Empujé un poco más, sintiendo cómo el glande entraba apenas, pero no más. Ella gimió de dolor y yo me detuve. Salí y ella suspiró de alivio.

 

De tanto intentarlo, el pene se me resbalaba, y a veces la punta casi penetraba su ano, rozando el agujerito que se contraía al contacto. Y ahí fue cuando se me ocurrió.

 

—¿Sabes qué? Hay otra forma.

 

—¿Otra forma de qué?

 

—De hacerlo. De jugar a los esposos.

 

Me acerqué de nuevo, apuntando más abajo, al agujerito oscuro de su ano. La punta rozó la entrada y ella se tensó.

 

—¿Ahí? ¿En el de atrás? —preguntó, con los ojos muy abiertos, y entonces agregó, con esa inocencia suya que me mataba—: ¿Como el sharpie?

 

—¿Cómo? —pregunté, sorprendido.

 

—Sí, como mi marcador. El permanente de tinta azul. A veces me lo… me lo meto ahí, cuando estoy aburrida en mi cuarto. Pero es más chiquito que tu pipi.

 

La imagen de Valentina en su cuarto, con las piernas abiertas, metiéndose un sharpie por el culo, se me apareció en la mente como un rayo. Casi me vengo ahí mismo solo de pensarlo.

 

—Sí —dije, con la voz ronca—. El sharpie es mucho más chiquito.

 

—¿Y esto me va a caber? —preguntó, mirando mi pene con una mezcla de curiosidad y miedo.

 

—Vamos a averiguar.

 

La acomodé mejor en la orilla de la cama, con las piernas abiertas y el culo asomándose al borde del colchón. Unté saliva en mi pene y en su ano, y empecé a empujar despacio.

 

El primer intento fue solo la punta. El glande entró apenas, apretado, caliente, y ella gimió.

 

—¿Estás bien? —pregunté.

 

—Sí —dijo, con la voz temblorosa—. Pero está… muy gordo.

 

Salí un poco y volví a entrar, esta vez un centímetro más. Su ano se apretaba alrededor de mí como un guante, agarrándome, y cuando jalé, vi cómo la carne de alrededor se estiraba conmigo.

 

El segundo intento fue más profundo. Metí hasta la mitad, sintiendo cómo ese agujerito apretado se negaba a dejarme ir.

 

—Está muy apretado —dije, jadeando—.

 

—No lo hago a propósito —gimió ella—. Se cierra solito.

 

El tercer intento fue hasta el fondo. Entré completamente, sintiendo cómo sus paredes me envolvían, cómo mi pene desaparecía dentro de ella, cómo mis huevos chocaron contra su culo.

 

—¿Ya está todo? —preguntó, con la voz temblorosa.

 

—Todo. ¿Estás bien?

 

—Sí. Me… me siente llena.

 

Empecé a moverme, despacio al principio, metiendo y sacando, sintiendo cómo su ano me apretaba, como si no quisiera soltarme, y la carne de alrededor se arrastraba conmigo, estirándose, negándose a dejarme ir.

 

Aceleré más, sintiendo cómo el sonido de nuestra piel chocando llenaba la habitación, ese plap plap húmedo y constante que se mezclaba con sus gemidos. Y entonces ella gritó.

 

—¡Ah! ¡Ah! ¡Se me sale la pipi…!

 

Se orinó ahí mismo, con mi pene todavía dentro de su culo, con el líquido caliente cayendo entre los dos, haciendo sonidos húmedos y obscenos que se mezclaban con el plap plap de nuestra piel chocando. Era calientito, tan calientito, y sentí cómo me escurría por los huevos, cómo hacía que todo resbalara más fácil.

 

Y fue esa imagen, la imagen de Valentina en su cuarto con las piernas abiertas, metiéndose un sharpie por el culo, combinada con el calor de su meada y lo apretado de su culo succionándome, lo que me hizo perder el control.

 

—Valen —dije, con la voz ronca—. Ya no puedo.

 

La primera y segunda descarga salieron dentro de su ano, y entonces, rápido, saqué el pene de su ano y lo puse en la entrada de su panochita, hundiendo el glande apenas dentro de ella, y expulsé otro lechazo caliente y espeso, bañando esa parte de ella que nadie había tocado antes.

 

Y el último, el cuarto, salió sobre su barriga, un chorro blanco y espeso que cayó sobre ese cuerpo de niña que me volvía loco.

 

—¿Wacala, qué es esto? —preguntó ella, mirando mi leche en su barriga, tocándola con el dedo, extendiéndola—. ¿Qué es esa cosa blanca?

 

—Es lechita —dije, jadeando—. Lechita de hombre.

 

—¿Lechita de hombre? ¿Para qué sirve?

 

—Para hacer a las mujeres más bonitas —dije, y era una mentira, pero ella era tan inocente que me creería cualquier cosa—. Y si se puede… para ponerles un bebe dentro.

 

Sus ojos se abrieron como platos.

 

—¿Un bebe? —repitió, y se tocó la barriga otra vez, esparciendo la leche, mirándola como si fuera algo mágico.

 

Miré el reloj de la mesa de noche. Faltaba media hora para que llegaran nuestras mamás.

 

—Mierda —dije, levantándome—. Tenemos que limpiarnos.

 

—¿Ya? —preguntó ella, con esa voz suave que me derretía.

 

Fui al baño y agarré toallas, papel, lo que encontrara. Volví a mi cuarto y ella estaba ahí, sentada en la orilla de la cama, con la barriga llena de leche blanca, las piernas todavía húmedas de su meada, mirándose el vientre con una expresión de asombro.

 

—¿De verdad puedes ponerme un bebe dentro? —preguntó, tocándose la barriga donde la leche se escurría por su piel.

 

—Todavía no —dije, limpiándola lo mejor que pude—. Depende.

 

—¿De qué?

 

—De muchas cosas. Ahora levanta las piernas, tengo que limpiarte bien.

 

Obedeció, levantando las piernas, y yo limpié entre sus muslos, alrededor de su ano, que todavía estaba rojo e hinchado y con leche escurriendo, entre los labios gordos de su panochita. La leche se había esparcido por todas partes y la orina había dejado un charco en la sábana.

 

—¿Qué hacemos con la sábana? —preguntó ella.

 

—La escondo después. Levántate.

 

Se levantó y yo jalé la sábana, la doblé lo más rápido que pude y la metí al fondo del clóset, debajo de otras sábanas que no usaba. Después volví al baño, me limpié yo, me puse el pantalón, y cuando salí, Valentina ya se había puesto el vestido.

 

—¿Y mis pantis? —preguntó, mirando alrededor.

 

Los encontré debajo de la cama, se los di y ella se los puso sin preguntar, ajustándoselos de nuevo, marcándose bajo la tela los labios gordos.

 

—¿Y si sí tengo un bebe? —preguntó, con la voz pequeña.

 

—No vas a tener un bebe, Valen —dije—. Todavía eres una niña.

 

Asintió, pero se quedó pensando, con el dedo en la boca como siempre hacía cuando evaluaba algo.

 

—¿Y si quiero un bebe? —preguntó de repente.

 

La miré, sin saber qué decir. Valentina era así, decía las cosas más inesperadas en los momentos más inesperados.

 

El auto se escuchó en la cochera a las dos y media exactas. Mi mamá y mi tía entraron por la puerta principal con bolsas del supermercado, hablando de la cita, de la doctora, de si había estado frío en el consultorio.

 

—¿Cómo les fue? —preguntó mi mamá, dejando las bolsas en la cocina.

 

—Bien —dije, desde el sofá donde estaba viendo la tele con Valentina—. Nada del otro mundo.

 

—¿Comieron algo?

 

—Sí, má, no se preocupen.

 

Valentina estaba a mi lado, con las piernas cruzadas y el vestidito acomodado, viendo la tele como si nada. Cuando mi tía la miró, ella sonrió, esa sonrisa suya que parecía siempre inocente.

 

—¿Estás bien, mija? —preguntó mi tía.

 

—Sí, má. Bien.

 

—¿Se portó bien tu primo?

 

—Sí —dijo, y me miró de reojo—. Muy bien.

 

Nuestras miradas se cruzaron por un segundo, apenas un instante, pero fue suficiente. Ahí estaba la complicidad, el secreto compartido, la promesa de que lo que había pasado quedaría entre nosotros.

 

—Qué bueno —dijo finalmente—. Qué bueno que se llevan bien.

 

—Sí, má —dije—. Nos llevamos muy bien.

 

Pasaron los días. Las semanas. Y yo no podía dejar de pensar en ella.

 

En su cuerpo. En sus labios gordos mordiendo los calzones. En su ano apretado agarrándome como un guante. En su voz inocente preguntando si podía tener un bebe. En la imagen de ella en su cuarto, con las piernas abiertas, metiéndose un sharpie por el culo.

 

Esa imagen me volvía loco. Me la imaginaba en su cuarto, sola, aburrida, con el marcador azul en la mano, bajándose los calzones, abriendo las piernas, metiéndose el sharpie despacio, gimiendo como había gemido conmigo. Y me masturbaba pensando en eso, una y otra vez, hasta que me venía en mi mano, pensando en su culo apretado, en su panochita lampiña, en su voz diciendo «se siente más rico que el sharpie».

 

Pero no podía tenerla otra vez. No tan pronto. No sin levantar sospechas.

 

Y entonces, una tarde, mi mamá me dijo:

 

—Tu tía tiene que trabajar esta noche y yo me voy al hospital a cuidar a tu abuelo. Valentina se queda sola en la casa y no quiere que esté ahí sola. ¿Puedes ir a cuidarla?

 

La miré, intentando no mostrar nada en mi cara.

 

—¿Ah sí? —dije, con la voz más neutral que pude.

 

—Sí. ¿Te molesta?

 

—No, claro que no.

 

—Qué bueno. Tu prima dice que le aburres, pero creo que en el fondo le gusta tener compañía.

 

—Voy a empacar —dije, levantándome.

 

—Lleva ropa cómoda —dijo mi mamá—. Y pórtate bien.

 

—Sí, má.

 

La casa de mi tía era pequeña, de esas que tienen un solo piso y un jardincito al frente. Valentina me abrió la puerta con esa sonrisa suya.

 

—¡Llegaste! —dijo, abrazándome.

 

—Sí —dije, sintiendo su cuerpo contra el mío—. Aquí estoy.

 

—Vamos a ver películas —dijo, jalándome de la mano—. Y a jugar.

 

—¿A jugar qué? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

 

—A lo que tú quieras —dijo, y me miró con esos ojos grandes, inocentes, que me volvían loco.

 

Mi tía se fue a las nueve de la noche al trabajo.

 

—Pórtense bien —dijo, antes de subir a su coche—. Y no se acuesten muy tarde.

 

—Sí, má —dijo Valentina, con esa voz suave que usaba con los adultos.

 

Esperamos. Media hora. Una hora. Hasta que sentimos que era seguro continuar.

 

—Ya —susurró Valentina, levantándose del sofá donde estábamos viendo la tele—.

 

—¿Qué quieres hacer? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

 

—Jugar a los esposos —dijo—. Pero esta vez quiero jugar diferente.

 

—¿Diferente cómo?

 

Se acercó a mí y me susurró al oído:

 

—Quiero que me hagas lo de la lechita.

 

La miré, con el corazón latiendo a mil por hora, y supe que esta noche sería diferente. Que esta noche, Valentina dejaría de ser virgen.

 

Y yo sería el primero.

 

—Está bien —dije, con la voz ronca—. Vamos a tu cuarto.

 

Y ella sonrió, esa sonrisa inocente que me volvía loco, y me jaló de la mano, hacia su cuarto, hacia la cama donde jugaríamos a los esposos una vez más.

 

17 Lecturas/15 abril, 2026/0 Comentarios/por Mnbvcxz
Etiquetas: abuelo, baño, culito, culo, metro, primita, primos, virgen
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