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Incestos en Familia, Intercambios / Trios, Sexo con Madur@s

LA JAULA DEL ESPECTADOR 2

Carlos se convierte en el cuckold de sus hijos, Carlos lleva más allá su depravación invitado a un amigo a follar a su hermanita..
Gracias a todos por leer mis relatos, siempre escribo lo que me excita, si tienes algún comentario es bien recibido.

PARTE II: LA SEMILLA DE LA DEGRADACIÓN

La luz del teléfono móvil iluminaba la cara sudorosa de Carlos en la penumbra del cuarto de suministros de la fábrica. El video, enviado por Diego desde una cuenta anónima, era explícito, brutal y perfecto. No era solo una grabación furtiva; era una producción. Ángulos cuidados, primeros planos obscenos. En él, Diego, con su pene de 23 cm grueso y palpitante, follaba a Lya en posición de perrito sobre su cama. La cámara capturaba cada detalle: la expresión de éxtasis doloroso de Lya, su pequeño cuerpo sacudiéndose con cada embestida, el sonido gutural y húmedo de la penetración. Pero lo más humillante era el audio. Diego hablaba directamente a la cámara, a su padre:

“—Mira esto, viejo. Mira cómo se lo meto a tu hija. ¿Ves cómo se abre? Es más mía que tuya. Siempre lo fue, está perrita aprendió a mamar verga antes de ir al baño, tu nunca la cuidaste, nunca supiste nada de ella, y ahora es mía.”

Luego, un primer plano de su pene, brillante de sus fluidos y los de ella, saliendo y entrando en la pequeña vagina muy roja e hinchada de Lya. “—Esto es lo que tú nunca tendrás. Esto es lo que ella necesita.”

Carlos sintió que el suelo se movía. El horror, la culpa de un padre, se estrellaron contra un muro de excitación nauseabunda e instantánea. Su pene de 20 cm, flácido y olvidado durante años, se endureció con una violencia que le hizo jadear, distendiendo la tela de sus pantalones de trabajo. Se corrió ahí mismo, en el cuarto sucio, con los ojos clavados en la pantalla, mientras su hijo eyaculaba en la espalda de Lya con un rugido triunfal. La vergüenza fue absoluta, pero también lo fue el clímax más intenso que había sentido desde la muerte de Elena. La semilla de su degradación no solo había germinado; había florecido en una pornografía personal diseñada para destruirlo y excitarlo al mismo tiempo.

Carlos era viudo hacía cuatro años. Ahora, su luto había mutado en esto: en un voyeurismo forzado y culpable que alimentaba el fetiche más oscuro que albergaba. El cuckolding. Pero esto iba más allá de cualquier fantasía. Esto era el incesto como herramienta de humillación. Y la parte de él que se alimentaba de la vergüenza, la parte que visitaba foros oscuros bajo seudónimos, gritaba de placer interno.

Esa noche, borracho de whisky barato y de su propia lujuria perversa, regresó a casa. La escena en el salón fue aún más explícita que en el video. Su pequeña Lya estaba vestida con un diminuto disfraz de sirvienta, parecía que se lo había quitado a una muñeca , visiblemente drogada, con los ojos vidriosos y una sonrisa tonta, estaba arrodillada. Diego, con una mano en su nuca, la empujaba hacia adelante y hacia atrás sobre su pene, que entraba y salía de su garganta con un sonido de ahogo húmedo.

“—Tragátela toda, puta. Él está mirando. Quiere verte ahogarte conmigo.”

Carlos se apoyó contra el marco de la puerta, su erección retornando instantáneamente. Diego lo miró, sostuvo su mirada y sonrió. —Ah, mira quién volvió a casa —dijo Diego con voz burlona, sin dejar de mirar hacia abajo a Lya—. El espectador estrella. Parece que has estado celebrando. Sin apartar los ojos de su padre, sacó su pene de la boca de Lya, brillante de saliva, para volver a guadarlo en la boca de esa pequeña rubia y follarle su boca con furia mientras la niña se ahogaba, antes de eyacular en chorros gruesos y blancos directamente sobre el rostro de Lya. Ella gimió, extendiendo la lengua para atrapar algo del semen.

“—¿Te gusta el espectáculo, viejo?” —preguntó Diego, jadeando, recuperando el aliento—. —¿No tienes nada que decir, viejo? —preguntó Diego, tirando del pelo de Lya para separarla de su miembro, que brillaba bajo la luz tenue—. Después de todo lo que compartimos ayer… Pensé que habríamos roto el hielo.

“mientras se levantaba dejando a la pequeña Lya algo desorbitada sin poder mantener el equilibrio. Sus ojos vidriosos y su piel sudada manchada de semen y saliva.

Se dirigió a su padre caminando con pasos firmes su verga escurriendo semen y saliva. Se paró junto a su padre y le dijo. Es una puta muy golosa. Mientras lo abrazaba. Carlos pudo sentir en su cuello la transpiración fría de su hijo y en la nariz el amargo aroma del sudor de su hijo.

Carlos se apoyó contra el marco de la puerta, el estómago revuelto por el alcohol y la excitación. No podía apartar la mirada.

—A Lya le gustó tanto grabar el video que te mande—dijo Diego, como si estuviera comentando el clima—. La puso muy divertida saber que estaba grabando para su papi, que nunca le ha puesto atención,quizá se excita de verte allí, tan patético, ¿A ti también te excitó, papá?

Carlos tragó saliva con dificultad. Su voz era un hilillo de sonido ronco por el alcohol. —Eres un monstruo.

—Tal vez —asintió Diego, sin inmutarse—. Pero tú eres el que se queda parado ahí mirando. Como un buen perro viendo como cojen a la putita que engendró. Y los perros necesitan… adiestramiento.

Con un gesto brusco, Diego empujó a Carlos hasta el sillón a un lado de Lya. Ella se sentó sobre sus talones, mirando a su padre con una expresión de curiosidad lasciva. Diego se levantó y fue hacia un estante desordenado, revolviendo entre cables viejos y controles remotos rotos. Sacó una pequeña caja de cartón sin marca.

—Vi que te costó… participar ayer —dijo Diego, acercándose a Carlos, quien lo miraba nervioso—. Así que conseguí un pequeño ayudante. Para asegurarme de que estás siempre en el estado de ánimo correcto.

Abrió la caja. Dentro, sobre un lecho de espuma, había una jaula de pene. Era un dispositivo de acero inoxidable pulido, formado por un anillo base y una jaula tubular que se cerraba con un candado pequeño. Junto a ella había un pequeño vibrador remoto, del tamaño de un audífono.

—Es de los buenos —explicó Diego, sacando el artilugio frío—. Ajustable. Con este anillo aquí para que no se escape esa cosa flácida tuya. Y esto —dijo, sosteniendo el vibrador— es el control. Vibra cuando yo quiero. O cuando Lya quiere. O cuando a mí me da la gana.

Carlos miró el dispositivo con horror. —No… no me pondré eso.

Diego se encogió de hombros. —Claro que sí. Tienes dos opciones. Te lo pones ahora, voluntariamente, y quizá mañana en el trabajo solo recibas una foto bonita en vez de un video con sonido. O me haces enfadar, y hago que unos amigos te den la putiza de tu vida y de la misma manera te la pongo a la fuerza. Elije.

Los ojos de Carlos saltaron de la jaula metálica a la cara cruel de su hijo, luego a Lya, que observaba desde la alfombra con una sonrisa expectante y drogada.

En cambio a Carlos el alcohol había embotado su resistencia, y su secreta vergüenza susurraba en su oído, haciéndole creer que esto era lo que merecía, lo que en el fondo siempre había deseado: ser reducido, controlado, humillado.

Con manos que temblaban violentamente, Carlos desabrochó su cinturón y bajó la bragueta de sus pantalones de trabajo. El aire frío de la habitación le golpeó la carne. Diego se acercó, y con una eficacia clínica y despiadada, colocó el anillo base alrededor de los testículos de Carlos y empujó su miembro fláccido dentro de la jaula tubular. El metal estaba frío y pesado. El clic del pequeño candado al cerrarse resonó en los oídos de Carlos como un disparo.

—Perfecto —murmuró Diego, dando un paso atrás para admirar su obra—. Ahora luce como lo que eres. Un pájaro enjaulado. Un espectador profesional.

Carlos sintió el peso del dispositivo, la constricción extraña y degradante. Una oleada de vergüenza abrasadora lo inundó, seguida, para su horror, por un débil e incipiente latido de excitación.

Diego levantó el control remoto y presionó un botón. Dando inicio ritual de sometimiento. El frío metal alrededor de sus testículos y su pene fue el sello físico de su nueva realidad. El vibrador controlado remotamente fue su látigo.

“—Cada vez que vibre —explicó Diego, probando el control—, es un recordatorio de que tu placer me pertenece. Y voy a usarlo.” ahora ve y preparanos algo de cenar, después de tanta actividad tenemos hambre.

La primera vez que Diego activó el vibrador estaban en medio de una incómoda cena, Carlos derramó su vaso de agua. La segunda vez, mientras Lya le hacía de nuevo un oral lento y obsceno a Diego en el sofá frente a él, La vibración constante e implacable no era un masaje, era un asalto. El motor del vibrador golpeaba directamente el glande atrapado, que ya estaba hipersensible por la falta de tacto. Carlos sintió cómo su cuerpo traicionero intentaba erigirse, pero el acero frío de la jaula detuvo el movimiento en seco, aplastando su erección contra las paredes metálicas. Esa resistencia creó una tensión insoportable; el placer ya no fluía, sino que se acumulaba como una presa a punto de romperse. Cuando Diego subió la intensidad al máximo, Carlos experimentó un espasmo violento. Fue un orgasmo seco, una descarga eléctrica que recorrió su columna vertebral sin que hubiera una sola gota de semen que pudiera liberarse. Sus músculos pélvicos se contrajeron con fuerza, apretando el metal contra su carne, y soltó un gemido roto, casi un llanto, mientras su mente se nublaba. Era un clímax incompleto, una agonía deliciosa que lo dejó temblando y jadeando, más necesitado y sometido que nunca. vibración constante e implacable lo llevó a un orgasmo seco, doloroso y humillante dentro de la jaula, haciendo que se doblara sobre sí mismo con un gemido. Diego sonrió con malicia sin sacar su verga de la boca de la niña.

“—Mira, Lya —dijo Diego—. Nuestro espectador ya está aprendiendo a venir cuando le damos permiso.”

PARTE III: LA INVASIÓN DEL AMIGO

Raúl fue introducido no como un invitado, sino como una extensión natural del dominio de Diego. Alto, musculoso, con una sonrisa de depredador y el pene monstruosamente grande del que Diego siempre alardeaba. Trajo consigo un kit de drogas más sofisticado: éxtasis en pastillas rosas, ketamina en polvo, y un líquido claro que llamaba “éxtasis líquido” para “suavizar los bordes”.

La primera noche con Raúl fue una ceremonia de degradación meticulosa. Después de una cena incómoda donde Carlos apenas pudo comer, Diego dio la orden.

“—Papá. Levántate. Muéstrale a Raúl tu nueva joya.”

Carlos, con el vibrador zumbando a baja frecuencia, obedeció. Se paró y bajó sus pantalones y ropa interior, exponiendo la jaula de acero.

Raúl silbó, entretenido. “—Joder, Diego. Has domesticado al viejo.” Se acercó y, sin ceremonia, dio un golpecito con el dedo en la jaula, haciendo que el metal frío vibrara contra la piel sensible de Carlos. “—¿Y esto funciona?”

“—Como un reloj —dijo Diego. Activo el vibrador al máximo durante cinco segundos. Carlos gritó, sus piernas cedieron y cayó de rodillas sobre la alfombra, jadeando.

Raúl rió. “—Impresionante. Bueno, espectador, ¿listo para el show principal?”

Diego le pasó a Lya una pastilla de éxtasis y un trago de jugo mezclado con vodka. Ella la tomó con devoción ya estaba acostumbrada al alcohol. En minutos, su cuerpo se relajó, sus pupilas se dilataron y una sonrisa beatífica se apoderó de su rostro. Todo era placer, todo era aceptación.

“—En la mesa —ordenó Diego—. Quiero que mi padre tenga un buen asiento.”

Raúl despejó el mantel con un brazo, botando platos al suelo. Luego, tomó a Lya y la subió sobre la mesa de madera. Le arrancó la ropa interior. Ella estaba ya lubricada naturalmente, sus músculos relajados por las drogas. Raúl, sin preámbulos, se abrió el pantalón y sacó su pene. Era tan grueso como la muñeca de Carlos, y largo. Escupió en su mano, se lubricó y, mirando directamente a Carlos, hundió toda su longitud en Lya de una sola embestida.

El grito de Lya fue de puro éxtasis químico y estimulación brutal. Su cuerpo se arqueó casi al borde del desmayo. Raúl comenzó a moverse, sus poderosos muslos golpearon contra sus nalgas lampiñas de la niña haciendo un sonido de carne contra carne que resonaba en el comedor.

Diego le lanzó el control a Carlos que estaba de rodillas, el pobre hombre tomó el control con manos temblorosas. Miró a su hija, impalada y gimiendo bajo el peso de Raúl, y sintió que su propia masculinidad era una broma frente a semejante despliegue de potencia. Presionó el botón. La jaula cobró vida, zumbando con una furia mecánica contra su piel húmeda. El contraste entre el frío del acero y el calor abrasador de su propia excitación lo volvió loco.

Raúl, mientras tanto, follaba a Lya con una fuerza animal. “—¡Dile a tu padre lo que eres!” —le gruñó.

“—¡Soy una puta!” —gritó Lya con su voz infantil, sus palabras arrastradas por la droga y el alcohol—. “¡Soy la puta de mi hermano y de sus amigos!”

Raúl la cambió de posición, poniéndola a gatas sobre la mesa. Desde allí, Lya podía ver a su padre de rodillas, masturbándose frotando su pene enjaulado como si de un clítoris se tratara, su cara contraída por la desesperación y el placer. El tamaño de ese enorme hombre comparado con el pequeño cuerpo de una niña de 4 años era abismal, pero no había compasión ni piedad. Raúl volvió a entrar en ella por detrás, aún más profundo haciéndola gritar de dolor y placer, Los orgasmos de Lya eran continuos, convulsivos. Temblaba, gritaba, sus músculos vaginales se apretaban alrededor de la enorme polla de Raúl su cuerpo se pensaba. En un momento, un chorro de squirt transparente brotó de ella, salpicando la alfombra. Raúl rugió de placer y aceleró.

“—me voy a venir! ¡Voy a llenar a esta puta con mis hijos!” —¿donde se los echo? Pregunto a Diego

“—Adentro —ordenó Diego, fríamente—. Quiero que nuestro espectador vea cómo la preñamos.”

Raúl obedeció. Con unos últimos empujones brutales, se hundió hasta el fondo y se quedó quieto. Su cuerpo se tensó, y Carlos pudo ver cómo los músculos de su espalda se contraían mientras eyaculaba dentro de Lya con gruñidos. Lya gritó, teniendo otro orgasmo sincronizado, su cuerpo convulsionó violentamente.

Carlos subió la intensidad del vibrador. El zumbido se volvió un rugido en sus oídos. Mezclado con las enormes bolas de Raúl chocando con la piel de su pequeña hija. Carlos Sentía el precum lubricando el interior de la jaula, haciendo que el metal resbalara y vibrara con más eficacia sobre el frenillo. Estaba en el borde, bailando en la línea entre el placer y el tormento. Cada vez que Raúl penetraba profundamente en Lya y ella gritaba teniendo su orgasmo Carlos sentía que su propio clímax era succionado hacia adentro, hacia esa pequeña prisión de metal.

Cuando Raúl rugió y eyaculó dentro de Lya, Carlos llegó a su propio límite. No hubo eyaculación, solo una serie de contracciones violentas y rítmicas que lo hicieron arquear la espalda. Fue un orgasmo de pura humillación; sintió cómo la presión en su próstata explotaba mientras su pene, encerrado y asfixiado, palpitaba desesperadamente contra la jaula. Fue un clímax cerebral, detonado por la visión de otro hombre reclamando su hogar y su sangre, dejando a Carlos vaciado emocionalmente pero físicamente congestionado, atrapado en un ciclo de deseo insatisfecho que solo Diego podía controlar.

“Cuando Raúl se salió de la pequeña niña un hilo grueso de semen blanco y pegajoso comenzó a gotear de la vagina abierta y muy usada de Lya, sobre la madera de la mesa.

Diego se acercó entonces a Carlos, que seguía de rodillas, la jaula vibrando aún débilmente, dejándolo en un estado de colapso sensorial y vulnerabilidad total. Diego puso su pie sobre el pene enjaulado de Carlos, presionando con un dominio absoluto que lo obligó a quedar completamente sumiso.

—Esto es lo que eres ahora —dijo Diego, su voz fría y desprovista de cualquier rastro de respeto—. El limpia mesas. El recoge semen. Pero creo que el trapo es demasiado generoso para alguien tan insignificante como tú.

Diego miró la mesa, donde el semen espeso y blanco de Raúl goteaba lentamente de la vagina abierta de Lya, mezclándose con los fluidos químicos y naturales de ella. Luego, miró a su padre a los ojos.

—No quiero que desperdicies ni una gota del regalo de Raúl. Levántate y límpiala con la lengua. Ahora.

Carlos sintió que el corazón le daba un vuelco. El horror luchó contra una excitación oscura y asfixiante que lo hizo jadear. Miró a Lya, que estaba en un trance drogadicto, con las piernas abiertas y la mirada perdida, exponiendo su sexo usado y brillante escurriendo una abundante cantidad de semen.

—¿Te has quedado sordo, viejo? —gruñó Diego, presionando el pie más fuerte contra su pene —. ¡Lame cada gota que sale de tu hija! Quiero que sientas el sabor de un hombre de verdad mientras tú sigues encerrado en tu pequeña jaula de juguete.

Carlos, sollozando de humillación pero impulsado por una necesidad perversa de obedecer, se arrastró hacia la mesa. Se posicionó entre las piernas de su hija, sintiendo el olor penetrante a sexo y sudor. Con manos temblorosas, abrió más los labios de Lya y hundió la lengua en su sexo, lamiendo con desesperación el semen espeso y caliente de Raúl que aún residía en el interior y goteaba por los bordes.

Cada lamida era un clavo más en su ataúd de dignidad. Saboreaba la esencia amarga y salada del hombre que acababa de poseer a su hija, mientras sentía la jaula de acero fría contra su piel, recordándole que él ya no tenía derecho al placer, solo al servicio.

—Eso es… buen perro —susurró Diego, observando la escena con una sonrisa cruel—. Trágatelo todo. Que no quede ni un rastro. Mientras se reía con Raúl.

Cuando Carlos terminó, con la boca brillante y manchada de blanco y con el espíritu completamente quebrado, Diego le dio una palmada condescendiente en la mejilla.

—Ahora sí puedes usar un trapo para limpiar la mesa.

Carlos, con lágrimas de vergüenza y una excitación que lo consumía por dentro, comenzó a limpiar la madera. En lo más profundo de su ser, el cuckold avergonzado encontró, en ese acto final de servidumbre oral, una perversa y completa conclusión a su búsqueda de degradación. Ya no era solo un espectador. Era el recipiente de los desechos de otros. Había encontrado su lugar en la jaula, y la parte más oscura de su alma nunca querría salir.

 

18 Lecturas/11 junio, 2026/0 Comentarios/por Andy91
Etiquetas: amigos, hermanita, hermano, hija, hijo, incesto, padre, sexo
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