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Incestos en Familia

La muñeca sexual de mi hijo

Descubro una sex doll de mi hijo igualita a mí .

Mi nombre es Claudia. Tengo 42 años y un cuerpo que, aunque ya no es el de una muchacha, sigue siendo imposible de ignorar: caderas anchas y suaves, cintura bien marcada que se estrecha antes de abrirse en un culo redondo, firme y jugoso, tetas grandes y pesadas que se mueven con cada paso, pezones oscuros y anchos que siempre han sido muy sensibles. Mi piel es suave, ligeramente bronceada, y entre mis piernas guardo un coño depilado, carnoso, con labios gruesos que se hinchan cuando estoy excitada.
Mi marido y yo ahorramos durante años para que nuestro hijo Diego pudiera entrar al Tec de Monterrey. Ese dinero representaba noches sin dormir, sacrificios, ilusiones. Pero el día de la inscripción todo cambió. Diego llegó a casa con la ropa rasgada, la mochila rota y una expresión de derrota. “Me asaltaron en el camino, mamá… me quitaron todo: el dinero, los papeles, la inscripción”. Terminó matriculándose en el Politécnico, una buena escuela pública, pero no era lo que habíamos soñado. Yo lo abracé fuerte, le dije que todo estaría bien, pero desde ese momento algo en él se apagó.
Los fines de semana ya no salía con sus amigos. Se quedaba encerrado en su cuarto desde el viernes por la tarde. Ponía música suave, casi inaudible, y apenas salía para comer. El instinto materno me hizo sospechar que algo no andaba bien. ¿Estaba deprimido? ¿Se había metido en problemas? ¿Drogas? ¿Algo peor? No podía quitarme esa sensación del pecho.
Fue entonces cuando empecé a notar lo de mi lencería. Cada viernes por la noche desaparecía alguna prenda especial: el tanga negro de encaje que apenas cubría mi coño, el body rojo transparente que dejaba ver mis pezones, las medias de seda con liguero que usaba solo para noches calientes con mi marido. El domingo aparecían de nuevo en el cajón, limpias, dobladas… pero con un olor sutil, un aroma a sudor joven mezclado con algo más íntimo, más espeso. Al principio pensé que era mi imaginación. Luego empecé a dudar.
Una tarde entre semana, cuando Diego estaba en clases, no aguanté más. Entré a su habitación con el corazón latiéndome fuerte. Revisé los cajones, debajo de la cama, dentro del clóset. Nada. Hasta que moví una montaña de ropa sucia en un rincón y descubrí un baúl grande, negro, con un pequeño candado. Lo forcé con una llave que guardaba para emergencias y lo abrí lentamente.
Dentro, envuelta en una sábana suave, estaba ella.
La saqué con cuidado. Era una muñeca sex doll hiperrealista, de las más caras. La piel de silicona se sentía tibia y suave, casi como carne real. El pelo largo y negro caía en ondas idénticas a las mías. Pero cuando la puse de pie frente a mí y la miré de cerca… se me heló la sangre.
Era yo.
Exactamente yo.
Mis tetas grandes, pesadas, con los mismos pezones oscuros y anchos, ligeramente levantados. Mi cintura estrecha que se abre en caderas anchas. Mi culo redondo, con esa curva perfecta que siempre he sabido que vuelve locos a los hombres. El pequeño lunar justo encima de mi coño, depilado por completo. La forma de mis labios vaginales, gruesos y suaves. Hasta las pecas leves que tengo en los hombros y la curvatura exacta de mi espalda. La cara… era mi cara: labios carnosos, ojos grandes, cejas bien definidas. Era una réplica perfecta, aterradora y… extrañamente excitante.
Llevaba puesta mi lencería favorita: el body rojo transparente que apenas cubría mis pezones y dejaba mi coño al descubierto por debajo.
Con las manos temblando, la desvestí por completo. Primero toqué su boca. Entreabrí sus labios y metí dos dedos lentamente. Al instante, la boca succionó con fuerza, cálida y con una succión rítmica que imitaba una garganta real. Bajé la mano entre sus piernas. Su coño era perfecto: labios hinchados, clítoris pequeño y definido. Metí un dedo y sentí las paredes internas apretarse con contracciones suaves pero firmes, como si respondiera mecánicamente. Era impresionante.
Me quedé ahí, sentada en el suelo de su cuarto, mirando a esa versión perfecta de mí misma, desnuda y lista. “Con razón ya no quiere salir… se la pasa aquí, follándose a esta muñeca… follándome a mí”.
Cerré el baúl con cuidado, puse todo exactamente como lo encontré y salí de la habitación con las piernas débiles y el pulso acelerado. Esa noche, mientras mi marido dormía a mi lado, no pude dejar de imaginarlo: mi propio hijo, desnudo, penetrando esa réplica de su madre, corriéndose dentro de ella mientras gemía mi nombre.
La curiosidad se convirtió en obsesión.
El siguiente viernes por la noche esperé a que se encerrara en su cuarto. Me acerqué sigilosamente al pasillo y me quedé pegada a la rendija de la puerta, conteniendo la respiración. La luz estaba baja, solo una lámpara de noche. Vi cómo sacaba el baúl, abría la tapa y sacaba a la muñeca con cuidado, como si fuera algo precioso. La acostó en su cama, la vistió lentamente con mi tanga negro de encaje. Le abrió las piernas con delicadeza y bajó la cabeza entre ellas. Escuché el sonido húmedo de su lengua lamiendo la silicona. Luego se subió encima, su polla gruesa y venosa ya completamente dura, y la penetró despacio, centímetro a centímetro, hasta que sus caderas chocaron contra el culo de la muñeca.
—Joder, mami… estás tan apretada hoy… —susurró con voz ronca mientras empezaba a moverse.
Cada embestida era profunda, lenta al principio, luego más fuerte. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación. Le agarraba las tetas, las apretaba, le pellizcaba los pezones. La giró, la puso de perrito y la folló más duro, agarrándola de las caderas exactamente como yo imaginaba que me agarraría a mí.
—Te gusta que tu hijo te folle así, ¿verdad, mamá? —gruñó entre embestidas—. Este coño es mío… mío.
Yo estaba ahí, con la mano dentro de mis pantaletas, los dedos resbalando en mi propio coño empapado, masturbándome al ritmo de sus embestidas. Cuando él se corrió con un gruñido largo, llenando la muñeca de leche espesa que luego chorreaba por sus muslos de silicona, yo también me corrí, mordiéndome el labio para no gemir.
Y así empezó mi nueva rutina secreta. Cada fin de semana espiaba. Cada fin de semana me tocaba viéndolo follar a esa versión de mí. Mi excitación crecía más y más. Ya no era solo curiosidad… era un deseo oscuro, caliente y prohibido que me mojaba las bragas solo de pensarlo.
Hasta que ya no aguanté más.
El viernes siguiente le dije a mi marido que pasaría todo el fin de semana con una amiga en la playa. “Diego se queda solo, pero ya es grande”. Mientras él estaba en clases, saqué la muñeca del baúl, la escondí bien en mi closet y me metí yo dentro del baúl, completamente desnuda. Me acomodé en la misma posición en la que él siempre dejaba a la muñeca: boca ligeramente entreabierta, ojos entrecerrados, piernas un poco abiertas, brazos relajados. El corazón me latía tan fuerte que pensé que lo escucharía cuando llegara.
Esperé.
Horas después, escuché la puerta de su cuarto abrirse. Pasos. El baúl se abrió con un clic suave. Sus manos grandes y cálidas me tocaron. Me sacó con cuidado, como si fuera frágil, y me acostó en su cama. Sentí su respiración acelerada.
—Hoy te tengo toda para mí, mami… todo el fin de semana —susurró con voz cargada de deseo.
Se inclinó y me besó. Sus labios eran suaves pero urgentes. Su lengua entró en mi boca, explorando despacio, profundo, hasta llegar a mi garganta. Yo me mantuve inmóvil, aunque mi coño ya empezaba a humedecerse de verdad. Sus manos bajaron por mi cuerpo: acarició mis tetas con lentitud, las apretó suavemente, pellizcó mis pezones hasta que se pusieron duros como piedras. Bajó más, abrió mis piernas con cuidado y pasó los dedos por mis labios vaginales, explorándolos con curiosidad.
De pronto se detuvo. Metió un dedo, luego dos, y los movió despacio, sintiendo cómo mis paredes calientes lo envolvían.
—Joder… ¿ya estás húmeda? —murmuró sorprendido, con la voz más ronca y cargada de excitación—. No sabía que la versión más cara se mojaba así… qué puta maravilla. Se siente tan real…
No sabía que era yo. Pensaba que la muñeca se había humedecido de forma nueva y eso lo excitó aún más. Metió los dedos más profundo, los curvó, explorando mis paredes resbaladizas que ahora estaban completamente empapadas. Yo quería gemir, pero me contuve con todas mis fuerzas.
Luego me puso de perrito. Sentí su polla gruesa y caliente rozando mi entrada, ahora resbaladiza de verdad. Agarró mis caderas con fuerza y empujó lentamente, centímetro a centímetro, abriéndome, llenándome hasta el fondo con esa deliciosa presión.
—Ahhh… mami… tu coño se siente tan real hoy… tan caliente, tan mojado y apretado… —gruñó, claramente encantado por esa “novedad”.
Empezó a follarme con movimientos largos y profundos, cada vez más intensos. Sus caderas chocaban contra mi culo con un sonido húmedo y carnal, mucho más audible ahora por mis jugos reales. Me agarraba del pelo con suavidad al principio, luego más firme, y me daba nalgadas que empezaban suaves y se volvían más fuertes, dejando la piel de mis nalgas roja y caliente.
—¿Te gusta cómo te coge tu hijo, eh, Claudia? Dime… ¿te gusta que tu propio hijo te esté rompiendo este coño rico?
Yo seguía “inmóvil”, pero mi coño lo apretaba sin control, contrayéndose alrededor de su polla cada vez que entraba, chorreando más con cada embestida profunda. Él lo sentía y se volvía más salvaje, disfrutando esa humedad que creía nueva en su muñeca.
—Este fin de semana vas a ser toda mía, mami. Voy a follarte en todas las posiciones, voy a llenarte de leche hasta que te escurra por las piernas…
Me folló así durante mucho rato, cambiando de ritmo, disfrutando cada segundo. Luego me giró con cuidado, me puso encima de él y me hizo cabalgarlo despacio mientras me apretaba las tetas con ambas manos y me chupaba los pezones con hambre, lamiéndolos y mordisqueándolos suavemente.
—Joder, mami… mira cómo rebotan tus tetas… son tan grandes y pesadas como siempre las soñé —gruñó mientras yo “cabalgaba” sin moverme—. Voy a llenarte toda esta noche… voy a meterte tanta leche que vas a quedar embarazada de tu propio hijo, ¿te imaginas? Tu barriga creciendo con mi bebé dentro…
Después me colocó otra vez de perrito, follándome más duro, más profundo, el sonido de mis jugos salpicando con cada golpe fuerte de sus caderas contra mi culo.
—Te voy a llenar el coño hasta que te desborde, mami… quiero que mi semen te chorree por los muslos todo el fin de semana. Este coño es mío, solo mío… y voy a embarazarte, te voy a dejar preñada como la puta que eres para mí.
Me giró de nuevo y me puso de misionero, abriéndome las piernas al máximo. Se hundió lento pero profundo, mirándome a la cara mientras empujaba.
—Así, mami… mírame mientras te follo. Quiero verte la cara cuando te llene el útero. Voy a correrte adentro tantas veces que vas a quedar hinchada de mi leche… vas a llevar a mi hijo dentro de ti, ¿verdad? Mi propia mami embarazada de mí… joder, qué rico se siente eso.
Yo seguía inmóvil, pero mi coño lo apretaba y chorreaba sin control con cada palabra sucia. Él aceleraba más y más, sudando, gruñendo, perdido en su fantasía.
—Voy a llenarte toda… el coño, la boca, el culo… todo va a tener mi semen. Y cuando te embarace, voy a seguir follándote igual, con tu barriga grande y tus tetas llenas de leche. Eres mi muñeca perfecta, mami… mi puta personal para siempre.
Finalmente, cuando sentí que ya no podía contenerme más, él aceleró el ritmo brutalmente, gruñendo con la voz entrecortada:
— ¡Me corro, mamá! ¡Toma toda la leche de tu hijo! ¡Te voy a embarazar ahora mismo!
Se enterró hasta el fondo y explotó dentro de mí. Chorros calientes, espesos y abundantes me llenaron el útero. Yo exploté al mismo tiempo, mi coño contrayéndose violentamente alrededor de su polla mientras un orgasmo intenso me recorría todo el cuerpo. No pude evitarlo: solté un gemido largo y ronco.
Él se quedó paralizado un instante. Lentamente sacó su polla aún dura de mi coño chorreante de semen y me giró para verme la cara. Yo lo miré directamente a los ojos, con la respiración agitada, las mejillas sonrojadas y su leche escurriéndome por los muslos.
Diego parpadeó confundido, todavía jadeando, con la polla latiendo entre nosotros.
—¿Qué… qué está pasando? —murmuró con voz entrecortada, claramente sin entender—. Mami… ¿por qué te moviste? ¿Por qué gemiste? La muñeca nunca… nunca hace eso…
Yo sonreí con ternura y picardía, todavía sintiendo su semen caliente escapando de mi coño.
—Hijo… yo ya sabía tu secreto desde hace semanas —le dije suavemente, mirándolo a los ojos—. Te he estado espiando todos los viernes por la noche. Te he visto sacarla del baúl, vestirla con mi lencería… y follártela mientras gemías mi nombre. Te he visto correrte dentro de ella pensando que eras yo.
Diego abrió mucho los ojos, sorprendido y avergonzado al mismo tiempo, pero su polla dio un salto visible al escuchar mis palabras.
—Yo… yo no quería… —intentó decir, pero lo interrumpí con voz calmada y seductora.
—Shhh… no tienes que explicar nada, mi amor. Ahora ya lo sé todo. Y me encanta. —Me mordí el labio inferior lentamente y agregué con tono bajo y cargado de deseo—: A partir de ahora, los fines de semana ya no tendrás que follarte a una muñeca. Yo voy a ser tuya de verdad. Toda completa. Este fin de semana entero… soy solo para ti, hijo. Puedes usarme como quieras, cuando quieras, las veces que quieras. Mami va a darte todo lo que le dabas a ella… y mucho más.
Diego tragó saliva, todavía procesando, pero sus ojos se oscurecieron de lujuria. Su mano tembló al tocar mi muslo, sintiendo la mezcla de nuestros fluidos.
—¿De verdad, mami? ¿No estás… enojada?
Yo me acerqué más, rozando mis tetas contra su pecho, y le susurré al oído con voz ronca y seductora:
—Estoy muy mojada, Diego… y no es por la muñeca. Ven aquí y bésame como besabas a “mí”. Este fin de semana soy tu puta personal, tu mami caliente… y quiero que me folles hasta que no pueda caminar.
Entonces le dije, con la voz todavía temblorosa de placer:
—Entonces… ¿por eso no entraste al Tec? ¿Gastaste todo lo de la colegiatura en una muñeca hiperrealista?
Diego se quedó mirándome un segundo. Luego soltó una risa chiveada, encogió los hombros con esa cara de niño pillado en algo travieso y respondió:
—Pues… sí, mami. Valió cada peso.
Nos quedamos mirándonos en silencio por un momento, el aire cargado de deseo y complicidad. Luego Diego se acercó, tomó mi rostro entre sus manos con ternura y pasión al mismo tiempo, y nos dimos un beso apasionado. Sus labios se presionaron contra los míos con urgencia, su lengua entró en mi boca buscando la mía, y nos besamos profundo, húmedo, como si quisiéramos devorarnos el uno al otro después de todo lo que acababa de pasar.
Todo el fin de semana fui la puta personal de mi hijo.

11 Lecturas/15 abril, 2026/0 Comentarios/por Premium
Etiquetas: amiga, amigos, follar, hijo, madre, montaña, playa, semen
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