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Incestos en Familia, Intercambios / Trios

La noche que no debieron salir

Madre e hijo no logran contener sus deseos carnales .
Valeria tenía treinta y seis años. Cuerpo maduro, caderas anchas, muslos gruesos, pechos pesados y un culo redondo que se notaba bajo la ropa. León, su hijo, tenía veinte. Alto, de hombros anchos, todavía con cara de muchacho pero ya con cuerpo de hombre. Mateo, el papá, también treinta y seis. Los tres vivían juntos desde que León regresó de la universidad por el verano.

Al principio no había nada. Solo una casa normal.

Todo empezó con detalles pequeños.

Una mañana León salió de la ducha con la toalla baja. Valeria venía del pasillo y se lo encontró de frente. Se le quedaron los ojos un segundo de más en el pecho mojado y en la línea que bajaba hacia la toalla. Él lo notó. Ella desvió la mirada rápido y siguió caminando, pero el corazón le latía distinto.

Días después, Valeria estaba en la cocina en short y camiseta vieja. Al agacharse a sacar algo del refrigerador, el short se le subió y se le vio el borde de la tanga negra. León, que estaba desayunando, se quedó mirando. Cuando ella se enderezó y lo sorprendió, él fingió revisar el celular. Ella no dijo nada, pero esa noche se tocó pensando en la forma en que la había mirado.

Otra tarde, León estaba haciendo ejercicio en la sala sin camisa. Valeria pasó detrás de él para dejarle un vaso de agua. Al inclinarse, le rozó la espalda con el pecho. Fue un segundo. Los dos se quedaron quietos. Ella se disculpó con una risa nerviosa. Él solo asintió. Pero esa noche ninguno de los dos pudo dormir bien.

Las miradas se alargaron. Los silencios se volvieron más densos. Un día Valeria le pidió que le ayudara a ponerse bloqueador en la espalda porque no alcanzaba. Él lo hizo con las manos un poco temblorosas. Cuando los dedos bajaron demasiado cerca del elástico de la tanga, ella no se apartó de inmediato. Se quedó un segundo de más. Después se separó y dijo gracias con voz baja.

El morbo crecía sin que nadie lo nombrara.

La noche que todo cambió, Valeria quería salir a bailar. Mateo tenía una junta que no podía cancelar.

—Ve con León —le dijo él, mirándola mientras se arreglaba—. Tú te mereces salir.

Valeria se puso un vestido negro corto y una tanga negra de hilo que se le perdía entre las nalgas. Sin brasier. Los pezones se le marcaban. Cuando bajó a la sala, León la miró de arriba abajo y no pudo disimular.

—Te ves… diferente —dijo él.

Valeria sonrió, un poco nerviosa.

—Es solo un vestido. ¿Listo?

En el auto el silencio pesaba. Valeria cruzaba y descruzaba las piernas. Cada vez que lo hacía, el vestido se le subía un poco más. León apretaba el volante. En un semáforo ella se inclinó a cambiar la estación de la radio y el escote se abrió. Él miró. Ella lo notó y no se acomodó de inmediato.

—¿Te distrae? —preguntó en voz baja.

—Un poco —admitió él.

Ella soltó una risa corta y dejó la mano en su propio muslo, muy arriba.

El antro estaba oscuro y lleno. Tomaron la primera ronda. Después la segunda. El alcohol aflojó lo que llevaban semanas conteniendo.

Cuando bajaron a la pista, Valeria se puso frente a él primero, a una distancia prudente. Bailaban sin tocarse. Pero la tercera canción ella dio media vuelta y pegó la espalda contra su pecho. Fue “accidental”. León puso las manos en sus caderas para no perder el equilibrio. Valeria no se apartó. Al contrario: se movió un poco más despacio, dejando que el culo rozara su entrepierna.

Con cada canción el roce era más claro. León bajó las manos un poco más. Valeria tomó una de ellas y la guió hacia su vientre. No dijo nada. Solo la dejó ahí. Después la bajó otro poco, hasta que los dedos de León rozaron el borde superior de la tanga por debajo del vestido.

Ella giró la cara hacia él, la respiración caliente:

—No me sueltes.

León apretó. Valeria abrió un poco las piernas y se frotó contra su mano al ritmo de la música. El alcohol, el calor y las semanas de miradas se juntaron. Él metió los dedos por debajo de la tanga y la encontró empapada. Valeria soltó un gemido contra su cuello que se perdió en la música.

—León… —susurró—. Lo que estás tocando es el coño de tu mamá.

—Lo sé —respondió él, la voz ronca—. Y no quiero parar.

Bailaron así un rato más, cada vez más pegados, cada vez más obscenos. Valeria le agarraba la verga por encima del pantalón. León le metía los dedos por debajo de la tanga. En un momento ella se giró del todo, se pegó de frente y le habló casi en la boca:

—Si seguimos así me voy a correr aquí mismo. Llévame al auto. Ahora.

Salieron. El estacionamiento estaba semi-oscuro. En cuanto cerraron las puertas del auto, Valeria no esperó. Se inclinó hacia el asiento de León, le bajó el cierre con dedos temblorosos y sacó su verga gruesa, ya completamente dura y brillante de líquido preseminal. La sostuvo con las dos manos, la olió largo y profundo, como si necesitara memorizar el aroma a hijo y a deseo, y después pasó la lengua desde las bolas hasta la punta, lenta, saboreando.

—Huele tan fuerte… —murmuró contra la cabeza—. Sabe a ti. Llevo semanas imaginándome esto.

Abrió la boca y se la metió hasta el fondo de un solo movimiento. La garganta se le cerró alrededor. Babeaba. La saliva le corría por la barbilla y le caía en los pechos mientras León le agarraba el cabello con una mano y gemía bajito. Valeria subía y bajaba la cabeza, chupando con hambre, mirándolo a los ojos cada vez que podía. Sacaba la verga solo para lamerle el glande en círculos y volver a engullirla hasta que las bolas le tocaban la barbilla.

—Míralo… la verga de mi hijo en la boca de su mamá… —dijo entre chupadas, la voz pastosa—. Quiero que me la des toda. Quiero que me dejes el coño abierto.

León no aguantó mucho. La jaló hacia arriba, la subió a su regazo en el asiento del copiloto y le corrió la tanga negra a un lado. Los labios de ella ya estaban hinchados y resbalosos. Valeria se alineó y se sentó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la verga gruesa la abría. Jadeó contra la boca de León cuando llegó al fondo.

—Míralo… está toda adentro… la verga de mi hijo llenándome el coño…

Empezó a cabalgarlo lento primero, subiendo casi hasta sacársela y bajando de golpe. Los pechos le rebotaban dentro del vestido. León le agarró las nalgas con las dos manos, separándolas, y la ayudó a bajar más fuerte. El sonido era húmedo, obsceno, chapoteando cada vez que ella se empalaba. Valeria se inclinó y le escupió en la boca, después lo besó profundo mientras se movía más rápido.

—Más duro… fóllame como si no fuera tu mamá… úsame…

León la levantó un poco, la volteó de espaldas a él y la sentó de nuevo, esta vez de espaldas, la verga entrando desde abajo. Valeria se apoyó en el tablero y se movió arriba y abajo, el culo golpeándole los muslos. León le subió el vestido hasta la cintura, le dio nalgadas fuertes y le metió dos dedos en la boca para que los chupara. El auto se llenó del olor a sexo: coño mojado, sudor, semen que ya empezaba a salir.

Después la puso de rodillas en el asiento, de espaldas a él, y se la metió de perrito. La agarró del cabello con una mano y de la cadera con la otra, embistiendo profundo. Cada golpe sacaba un gemido de Valeria. La tanga seguía corrida a un lado, empapada y torcida. León se inclinó sobre su espalda y le habló al oído mientras la follaba:

—Dime quién te está cojiendo.

—Mi hijo… mi hijo me está follando el coño… más fuerte…

Se corrió primero ella, el cuerpo temblando, el coño apretándolo en espasmos. León la siguió segundos después, hundido hasta el fondo, llenándola de semen caliente. Cuando se salió, un hilo espeso le bajó por los labios del coño y le manchó la tanga y los muslos. Valeria se quedó arrodillada un momento, respirando agitada, el semen escurriéndole.

—No quiero que se seque… —dijo ella, metiéndose dos dedos y llevándoselos a la boca para saborear la mezcla—. Quiero llegar a casa oliendo a ti.

Llegaron a casa todavía olorosos a sexo. Mateo ya estaba. Los miró desde el sillón. No preguntó. Solo vio el estado de su esposa —vestido revuelto, tanga torcida, semen secándose en los muslos— y la erección todavía marcada de su hijo.

Valeria se acercó a él, le besó la boca con el sabor de León todavía en la lengua y le puso la mano en la verga.

—Pasó —dijo simplemente—. Empezó con miradas… y terminó con su verga adentro de mí. ¿Quieres ver cómo me la vuelve a meter… o prefieres participar?

Mateo la miró a ella y después a León. La voz le salió baja:

—Los dos.

Esa noche el trío fue la consecuencia natural de todo lo que había estado creciendo en la casa.

Valeria se arrodilló entre padre e hijo en medio de la sala. Les bajó los pantalones y sacó las dos vergas. Primero olió la de León, todavía manchada de su propio coño, y después la de Mateo. Las chupó una y otra vez, pasando de una a la otra, babosa, obscena. Metía una hasta la garganta mientras masturbaba la otra, mirándolos a los dos.

—La de mi hijo… y la de mi marido… las dos para su puta… —decía entre chupadas, la saliva corriéndole por la barbilla y cayéndole en los pechos.

Después se puso a cuatro patas en el sillón. León se arrodilló detrás de ella, le corrió la tanga a un lado otra vez y se la metió de un solo empujón profundo. Valeria gritó. Mateo se arrodilló frente a ella y le metió la verga en la boca. Los dos hombres empezaron a usarla al mismo tiempo: León embistiendo el coño desde atrás, Mateo follándole la garganta. El sonido era obsceno —chapoteo húmedo, babas, gemidos ahogados—.

León le daba nalgadas fuertes que dejaban la piel roja.

—Dile a tu marido lo que eres.

Valeria sacó la verga de la boca solo un segundo, la voz rota y babosa:

—Soy la puta de mi hijo… y la tuya… fóllenme los dos… úsenme como quieran…

Se la turnaron sin prisa.

León la folló de perrito un buen rato, profundo, sacándosela casi completa y volviendo a entrar de golpe, mientras Mateo le agarraba el cabello y le follaba la boca. Después la pusieron de espaldas en el sillón. León se colocó entre sus piernas y se la metió en misionero, lento al principio y después más fuerte, mirándola a los ojos. Mateo se arrodilló sobre su cara y le metió la verga en la boca otra vez. Valeria gemía alrededor de ella, las piernas abiertas, el coño haciendo ruidos húmedos cada vez que León entraba.

Luego Valeria se montó a Mateo, sentándose despacio en su verga hasta el fondo. León se colocó detrás, le abrió las nalgas y le escupió en el culo. Metió primero un dedo, después dos, y cuando ella estaba lo suficientemente abierta, empujó la cabeza de su verga contra el agujero y entró despacio. Valeria gritó, el cuerpo tenso entre los dos. Los dos hombres se movían dentro de ella al mismo tiempo: uno en el coño, otro en el culo. El doble la llenaba por completo. Cada embestida sacaba un gemido distinto. El olor a sexo, sudor y semen llenaba la sala.

Cuando León se corrió dentro del culo, se salió y el semen le empezó a bajar. Mateo la volteó, se la metió en el coño todavía lleno del semen de su hijo y se corrió también, añadiendo el suyo. Valeria se quedó temblando, abierta, los dos semen mezclándose y escurriéndole por los muslos y entre las nalgas.

No terminaron ahí.

La llevaron a la cama. Valeria se arrodilló otra vez y les chupó las vergas hasta dejarlas duras de nuevo, saboreando la mezcla de semen y coño. Después se puso de lado. León se la metió por el coño desde atrás y Mateo le folló la boca. Más tarde la hicieron cabalgar a León mientras Mateo le daba por el culo otra vez. Cada posición duraba minutos. Cada vez que uno se corría, el otro seguía follándola. Valeria terminó cubierta de sudor y semen: en el pecho, en la cara, en el coño, en el culo, en los muslos. La tanga negra terminó tirada en el piso, empapada y olvidada.

Al final los tres estaban tirados en la cama. Valeria en medio, el cuerpo temblando todavía, el semen saliéndole despacio. León le chupaba un pezón con calma, saboreando la piel salada. Mateo le pasaba la lengua por el muslo interior, recogiendo lo que quedaba de los dos.

Valeria los miró a los dos, todavía agitada, la voz ronca y satisfecha:

—Empezó con una mirada en el pasillo… y terminó con las vergas de mi hijo y de mi marido dentro de mí al mismo tiempo. Y no quiero que se detenga.

El olor a sexo impregnaba las sábanas, la habitación, su piel.

Y ninguno de los tres hizo el intento de limpiarlo.

4 Lecturas/28 agosto, 2026/0 Comentarios/por Premium
Etiquetas: culo, follando, hijo, madre, maduro, padre, semen, sexo
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