La primera corrida con mama
Una madre de 55 años descubre que su hijo de 18, con síndrome de Down, se pone duro cada vez que lo baña..
La madre de 55 años ya sabía lo que iba a pasar en cuanto le quitó la ropa a su hijo de 18. El síndrome de Down no le impedía tener un cuerpo grande y, sobre todo, un pene brutal. Cada vez que lo bañaba, la verga se le ponía dura casi al instante: gruesa, pesada, con las venas marcadas y el glande hinchado que ya goteaba líquido transparente.
Esa tarde no fue diferente. El chico estaba de pie en la bañera, completamente erecto, mirando su propia polla con esa mezcla de curiosidad y excitación que siempre tenía.
—Mamá… se pone muy duro otra vez —dijo, tocándosela sin vergüenza.
Ella se arrodilló frente a él. El olor a polla caliente le subió directo a la cabeza. Agarró el tronco grueso con las dos manos y le pasó la lengua lenta por toda la longitud, desde las bolas hasta la punta. El sabor salado del líquido preeyaculatorio le hizo cerrar los ojos.
—Qué verga tan asquerosa y tan rica tienes, hijo —murmuró contra el glande—. Mamá se la va a chupar entera.
Abrió la boca lo más que pudo y se la metió. El grosor le llenó la boca de golpe. Babas espesas le resbalaron por la barbilla mientras bajaba hasta que el glande le golpeó la garganta. Se atragantó, tosió, pero no se retiró. Empezó a mamársela con ganas, haciendo ruidos húmedos y obscenos, saliva chorreándole por las tetas y el pecho. El chico gemía y le agarraba el pelo, empujando hacia adelante.
—Más… mamá… chúpame más fuerte…
Ella se lo sacó de la boca con un hilo grueso de saliva uniendo sus labios al glande brillante.
—Ahora te vas a correr en la boca de mamá. Y se lo va a tragar todo, ¿entendido?
Volvió a engullírsela. Esta vez más rápido, más profundo, babeando como una puta. El chico empezó a temblar. De pronto gruñó fuerte y se corrió. Chorros espesos y calientes le llenaron la boca de golpe. Ella no se retiró. Se quedó con la verga enterrada hasta el fondo mientras el semen le llenaba las mejillas. Tragó. Una, dos, tres veces. El sabor amargo y espeso le bajó por la garganta. Todavía le quedaba tanto que le rezumó por las comisuras y le manchó la barbilla y el cuello. Cuando el chico terminó de disparar, ella se lo sacó de la boca, abrió la lengua y le mostró el semen que aún le quedaba antes de tragárselo del todo con un ruido obsceno.
—Rico… —susurró, limpiándose los labios con el dedo y chupándoselo—. Ahora me lo voy a meter en el coño.
Lo sacó de la bañera sin ni siquiera secarlo bien. Lo tumbó en su cama y se quitó la ropa empapada. Se subió encima de él, le agarró la verga todavía dura y resbaladiza de saliva y semen, y se la fue metiendo en el coño. El labio inferior se le abrió alrededor de aquel grosor absurdo. Cuando llegó al fondo, soltó un gemido largo y sucio.
—Joder… qué grueso… me estás abriendo toda, hijo…
Empezó a cabalgarlo con fuerza. Subía hasta que solo le quedaba la cabeza dentro y se dejaba caer de golpe, embistiéndose hasta las bolas. El sonido era asqueroso: chapoteos húmedos, el coño haciendo gluglú cada vez que se lo tragaba entero.
El chico la agarró de las caderas y empezó a follarla desde abajo con embestidas torpes pero brutales. Ella se inclinó y le metió una teta en la boca. Él la chupó con ansia, babeando, mordisqueando el pezón mientras la verga le entraba y salía del coño de su madre como un pistón.
De pronto ella giró y se puso a cuatro. Lo colocó detrás, se abrió los muslos con las manos y se la volvió a clavar de una embestida. Ahora la follaba de verdad: embestidas profundas, pesadas, el peso de su cuerpo empujándola contra el colchón. El pene le llegaba hasta el fondo y le sacaba el aire. Ella gemía alto, el coño haciendo ruidos obscenos, el semen anterior saliéndole a chorros cada vez que se la enterraba hasta el fondo.
—Córrete otra vez… de nuevo en la boca —jadeó ella—. Quiero tragármelo otra vez.
El chico la sacó de golpe, se la puso delante de la cara y se corrió. Chorros espesos se le pegaron en la lengua, en los labios, en la nariz. Ella abrió bien la boca y se lo tragó todo, chupando la punta para no dejar ni una gota. Cuando terminó, se limpió la cara con los dedos y se los chupó uno a uno.
El chico seguía medio duro. Ella se lo metió otra vez en la boca y empezó a limpiárselo con la lengua, saboreando el semen que aún le salía.
—Esta noche no vas a parar de correrte, cariño —susurró contra el glande—. Mamá se lo va a tragar todo.
Y se lo volvió a meter hasta la garganta.

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