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Incestos en Familia

La primera vez de Nicolás

En el pequeño pueblo de San Jerónimo, todos parecían conocerse. Las mismas caras se repetían en las calles, en la escuela, en las tiendas y en las gradas de la cancha de futbol. Allí, los secretos duraban poco y los rumores viajaban más rápido que el viento..

Helena Navarro era una de las personas más conocidas del colegio. Formaba parte del equipo de porristas, obtenía buenas calificaciones y tenía esa facilidad para hablar con cualquiera que hacía que la mayoría de la gente la apreciara. Cuando caminaba por los pasillos, siempre encontraba a alguien que la saludaba.

Su hermano menor, Nicolás, era diferente.

Mientras Helena destacaba en cualquier lugar al que iba, Nicolás parecía hacer todo lo posible por pasar desapercibido. Era callado, reservado y prefería refugiarse en los libros o en sus auriculares antes que llamar la atención. Sin embargo, en un colegio donde las diferencias se convertían fácilmente en motivo de burla, mantenerse invisible no siempre era posible.

Por eso, cada mañana, Helena esperaba a su hermano antes de entrar al colegio.

—¿Todo bien? —le preguntaba casi siempre.

—Todo bien —respondía él casi siempre.

Los dos sabían que aquella respuesta no era del todo cierta.

Durante meses, algunos estudiantes habían convertido a Nicolás en su objetivo favorito. Comentarios burlones, empujones disfrazados de accidentes y risas que se apagaban en cuanto aparecía un profesor formaban parte de una rutina que él intentaba soportar en silencio. Helena conocía parte de la situación, aunque nunca imaginó hasta dónde podían llegar las cosas.

Aun así, los hermanos seguían adelante.

Compartían el camino de regreso a casa, las cenas familiares y largas conversaciones en la terraza cuando el calor de la tarde comenzaba a desaparecer. Nicolás confiaba en Helena más que en cualquier otra persona, y Helena sentía que protegerlo era una responsabilidad tan natural como respirar.

Ninguno de los dos sabía que aquel viernes aparentemente normal sería el último día en que las cosas parecerían estar bajo control.

Nicolás tenía quince años. Nunca había encajado del todo con los demás chicos de su edad. Mientras ellos hablaban de fiestas, deportes o sexo, él prefería conversaciones más sencillas. No le interesaba impresionar a nadie. Tampoco entendía por qué tantas personas parecían dedicar tanta energía a hacerlo.

Quizá por eso los acosadores lo molestaban.

Cuando Helena preguntaba, él restaba importancia a todo.

—No es para tanto.

—Puedo manejarlo.

Eran respuestas que había repetido tantas veces que casi parecían verdad.

Casi.

El reloj de la cocina marcaba las cinco y veinte de la tarde cuando Helena abrió la puerta de la casa con más energía de la habitual.

—¡Mamá! ¡Papá! —gritó mientras dejaba su mochila en el suelo—. Tengo que preguntarles algo.

Nicolás, que entró detrás de ella, reconoció inmediatamente aquel tono.

Su madre apareció desde la cocina secándose las manos con un paño.

—¿Qué ocurre?

—Esta noche hay una fiesta en casa de Valeria.

Aquello jugaba a favor de Helena. Los padres conocían a Valeria desde que ambas tenían seis años. Eran amigas desde el jardín infantil. Habían celebrado cumpleaños en ambas casas y sus familias se saludaban cada vez que coincidían en el pueblo.

—¿Qué clase de fiesta? —preguntó su madre.

—Nada raro. Solo una reunión. Música, comida y algunos compañeros.

La respuesta era técnicamente cierta.

Lo que Helena omitió mencionar era que también asistiría Lucas.

Y que esa era la verdadera razón por la que deseaba ir.

Lucas llevaba tres meses siendo su novio en secreto. Tres meses de mensajes, encuentros breves y excusas improvisadas para verse sin que sus padres sospecharan nada. No porque fuera un mal chico, sino porque Helena prefería evitar el interminable interrogatorio que seguramente seguiría a cualquier presentación oficial.

Su madre intercambió una mirada con su padre.

Helena conocía perfectamente esa mirada.

Era la mirada de «estamos pensando cómo decir que no».

—Volvería temprano —añadió rápidamente—. Lo prometo.

—¿Quiénes van a estar allí? —preguntó su padre.

—Los de siempre.

—Eso no responde la pregunta.

—Papá…

—Helena.

Ella soltó un suspiro dramático.

La negociación había comenzado.

Durante los siguientes diez minutos respondió preguntas, ofreció garantías, prometió tener el teléfono cargado y aseguró que no habría alcohol ni problemas. Algunas afirmaciones eran ciertas. Otras eran no tanto.

Finalmente, sus padres parecieron llegar a una conclusión.

—Está bien —dijo su madre.

Helena casi saltó de alegría.

—¿En serio?

—Con una condición.

La sonrisa se congeló en su rostro.

—¿Cuál?

Los ojos de ambos padres se dirigieron al mismo lugar.

Nicolás, que acababa de sentarse en una silla con la intención de pasar desapercibido, levantó la vista lentamente.

—No.

—Ni siquiera te hemos dicho qué es —respondió su padre.

—Porque ya lo sé.

—Tu hermano irá contigo —sentenció su madre.

Helena cerró los ojos.

Nicolás hizo exactamente lo mismo.

Por una vez estaban completamente de acuerdo.

—Mamá, es una fiesta de gente de mi edad —protestó Helena.

—Precisamente.

—Voy a parecer una niñera.

—Y yo un secuestrado —añadió Nicolás.

Su padre intentó ocultar una sonrisa.

—La condición es esa. Si Nicolás te acompaña, puedes ir.

Helena miró a su hermano.

Nicolás la miró a ella.

 

Quince minutos después, Helena estaba sentada al borde de la cama de Nicolás.

Él permanecía frente a su computadora, ignorándola deliberadamente.

—Te necesito Nico.

Silencio.

—Nico.

Más silencio.

—Nicolás.

—Estoy escuchando.

—¿Puedes acompañarme?

—Puedo.

Helena sonrió.

—Perfecto.

—También puedo no hacerlo.

La sonrisa desapareció.

—Vamos.

—No me gustan las fiestas.

—Lo sé. No tienes que hablar con nadie.

—Y probablemente tampoco nadie querrá hablar conmigo.

Helena lanzó un cojín que impactó contra su hombro.

—Eso no es verdad.

—Sí lo es.

Ella observó a su hermano durante unos segundos.

—Solo un rato —dijo con voz más suave—. Luego venimos a casa si quieres.

Nicolás giró la silla para mirarla.

—¿Por qué quieres ir tanto?

Helena abrió la boca.

La cerró.

Volvió a abrirla.

—Porque Valeria es mi mejor amiga.

Nicolás levantó una ceja.

—Y porque Lucas estará allí.

La expresión de Helena confirmó inmediatamente la respuesta.

—Si, también.

Helena se dejó caer sobre la cama, derrotada.

—Entonces ayúdame.

Nicolás soltó una pequeña risa.

Una de esas risas escasas que Helena siempre celebraba en silencio.

—Está bien.

Ella se incorporó de golpe.

—¿En serio?

—Sí.

 

Poco antes de las siete, los hermanos abandonaron la casa.

Helena caminaba con entusiasmo revisando su teléfono.

Nicolás avanzaba a su lado con las manos en los bolsillos, preguntándose por qué había aceptado aquello.

Ninguno de los dos podía imaginar que, antes de que terminara la noche, desearían estar de regreso en casa.

Y que aquel paseo aparentemente insignificante sería el último momento de tranquilidad que compartirían durante mucho tiempo.

La casa de Valeria los esperaba unas cuantas calles más adelante.

Estaba más iluminada de lo habitual.

Desde media cuadra antes podían escucharse las conversaciones, las risas y la música que salía por las ventanas abiertas. Había varios vehículos estacionados frente a la vivienda y grupos de adolescentes ocupaban parte del jardín delantero.

—Ya empezó —dijo Helena, acelerando ligeramente el paso.

Al cruzar la entrada, una chica de cabello oscuro salió inmediatamente a recibirlos.

—¡Amiguis!

Valeria prácticamente se lanzó sobre ella para abrazarla.

—Pensé que no te iban a dejar venir.

—Casi no me dejan.

Valeria observó a Nicolás.

—Y veo que trajiste escolta.

—No tuve opción —dijo él.

—Me alegra verte, Nico.

—Gracias.

Valeria era una de las pocas personas populares que siempre había tratado a Nicolás con normalidad. No intentaba integrarlo a la fuerza ni le hablaba como si fuera un niño pequeño. Simplemente lo trataba como a cualquier otra persona.

Por eso Nicolás la apreciaba.

—Pasa, hay comida en la cocina y bebidas en la mesa del comedor —dijo ella—. Y Lucas lleva diez minutos preguntando por tí.

Helena sonrió involuntariamente.

—Cállate.

—Ni siquiera dije nada.

—Lo pensaste.

—Porque era evidente.

Entraron a la casa.

Había alrededor de cuarenta personas repartidas entre la sala, el comedor, la cocina y el patio trasero. La música estaba lo suficientemente alta para crear ambiente, pero no tanto como para impedir las conversaciones.

No era una fiesta descontrolada.

Era exactamente el tipo de reunión que podía organizar una adolescente cuyos padres no estaban en casa.

Helena tardó menos de treinta segundos en localizar a Lucas.

Él también la había visto.

Lucas Medina era delantero del equipo de fútbol del colegio. Alto, atlético y bastante popular, pertenecía a ese grupo de estudiantes que parecían desenvolverse con facilidad en cualquier situación social.

Cuando llegó hasta ellos, primero saludó a Nicolás.

—¿Qué tal?

—Bien.

Después miró a Helena.

—Pensé que no ibas a conseguir permiso.

—Yo también.

Intercambiaron una sonrisa breve.

Lo suficientemente discreta para evitar comentarios.

Lo suficientemente evidente para que Nicolás pusiera los ojos en blanco.

—Voy a buscar algo de tomar —anunció.

—No tienes que desaparecer inmediatamente.

—No voy a desaparecer.

Y se alejó antes de que alguien pudiera detenerlo.

Mientras avanzaba hacia la cocina, notó algo que ya esperaba.

Varias personas lo estaban mirando.

No de forma agresiva.

Más bien con sorpresa.

Algunos compañeros apenas ocultaban su desconcierto.

Nicolás no asistía a fiestas.

Nunca.

De hecho, muchos probablemente no recordaban haberlo visto fuera del horario escolar.

Escuchó algunos comentarios aislados.

—¿Ese es Navarro?

—Sí.

—¿Qué hace aquí?

—Ni idea.

Nada especialmente ofensivo.

Pero sí suficiente para recordarle que era considerado una rareza.

Tomó una gaseosa y se dirigió hacia una esquina relativamente tranquila del patio.

Desde allí observó el ambiente.

La mayoría de los asistentes pertenecían a los mismos círculos sociales de siempre.

Porristas.

Jugadores de fútbol.

Algunos estudiantes del curso de Helena, el último.

Y, por desgracia, también varios de los muchachos que solían molestarlo.

Los reconoció enseguida.

Diego.

Andrés.

Mauricio.

Los tres formaban parte del equipo de fútbol.

Los tres estaban cerca de una mesa en el jardín trasero.

Y los tres lo habían visto.

Diego fue el primero en levantar una ceja.

Andrés comentó algo que hizo reír a los demás.

Mauricio simplemente siguió observándolo durante unos segundos antes de volver a la conversación.

Nicolás decidió apartar la vista.

No tenía intención de acercarse.

Y, por el momento, ellos tampoco parecían interesados en hacerlo.

Durante la siguiente hora la fiesta transcurrió con relativa normalidad.

Helena alternaba entre conversar con Valeria, pasar tiempo con Lucas y saludar a distintas personas. Aunque intentaba vigilar discretamente a su hermano, terminó relajándose al comprobar que él parecía estar bien.

Nicolás permaneció la mayor parte del tiempo moviéndose entre el patio, la cocina y la sala. Habló brevemente con dos compañeros de clase con los que tenía buena relación, pasó varios minutos observando una partida improvisada de videojuegos en una habitación secundaria y respondió educadamente cuando alguien iniciaba conversación.

No estaba divirtiéndose.

Pero tampoco la estaba pasando mal.

Y para Nicolás, aquello ya era una mejora considerable respecto a sus expectativas.

Aproximadamente una hora después de haber llegado, Helena dejó de preocuparse por él.

Nicolás seguía dentro de la casa.

La fiesta seguía siendo tranquila.

Y nada parecía indicar que la noche pudiera tomar un rumbo distinto.

Nicolás estaba sentado en una silla del patio trasero revisando mensajes en su teléfono cuando se dio cuenta de algo.

Llevaba bastante tiempo sin ver a Helena.

Al principio no le dio importancia.

Era una fiesta.

La casa tenía varias habitaciones, un patio amplio y gente entrando y saliendo constantemente de los distintos espacios. Lo más probable era que estuviera hablando con Lucas en algún rincón.

Guardó el teléfono y recorrió el patio con la mirada.

No la vio.

Entró a la cocina.

Tampoco.

Pasó por la sala.

Nada.

Siguió hasta el comedor.

Vacío.

No era exactamente preocupante, pero sí llamativo.

Continuó buscando sin prisa.

Se asomó a una habitación donde varios chicos jugaban videojuegos.

No estaba allí.

Revisó el baño del primer piso.

Vacío.

Regresó al patio.

Nada.

Entonces comenzó a notar algo más.

Tampoco había visto a Valeria desde hacía un buen rato.

Ni a Lucas.

Se detuvo unos segundos.

Eso sí era extraño.

Valeria era la anfitriona. Resultaba raro que desapareciera durante tanto tiempo.

Lucas tampoco parecía estar en ninguno de los grupos habituales.

Nicolás siguió avanzando por la casa mientras repasaba mentalmente a las personas que había visto durante los últimos minutos.

Y entonces cayó en cuenta de otra ausencia.

Diego.

Andrés.

Mauricio.

Los tres idiotas que normalmente le hacían la vida imposible.

Tampoco estaban.

La coincidencia le resultó curiosa.

No alarmante.

Solo curiosa.

La mayoría de los asistentes seguía concentrada en la fiesta. Nadie parecía preocupado por ninguna de aquellas ausencias.

Quizá todos estaban juntos en algún lugar.

Quizá simplemente no los había cruzado.

Mientras pensaba en ello, pasó frente a la escalera que conducía al segundo piso.

Era una zona mucho más tranquila que el resto de la casa.

La música llegaba amortiguada y apenas había movimiento.

Nicolás siguió caminando.

Entonces algo llamó su atención.

Sobre uno de los escalones había dos vasos de plástico abandonados.

Un poco más arriba había otro.

Y junto a la pared descansaba una chaqueta que alguien parecía haber dejado olvidada.

No era nada extraordinario.

En una fiesta siempre aparecían objetos fuera de lugar.

Por eso continuó de largo.

Llegó hasta la cocina.

Tomó un poco de agua.

Miró nuevamente alrededor.

Ni Helena.

Ni Valeria.

Ni Lucas.

Ni los otros tres.

Frunció el ceño.

Aquello empezaba a parecer demasiado específico.

Permaneció inmóvil unos segundos.

Luego recordó los vasos sobre la escalera.

Y una idea sencilla apareció en su cabeza.

Si Helena quería hablar con Lucas sin que toda la fiesta los estuviera observando, probablemente buscaría algún lugar apartado.

Y el segundo piso era, por definición, el lugar más apartado de toda la casa.

Era una explicación perfectamente lógica.

Además, si Valeria estaba ayudándolos a mantener el secreto, también tendría sentido que estuviera con ellos.

Nicolás soltó un suspiro.

No le agradaba demasiado la idea de irrumpir accidentalmente en algún momento incómodo entre su hermana y su novio.

Pero volvió sobre sus pasos.

Llegó nuevamente al pie de la escalera.

La observó durante unos segundos.

Finalmente apoyó una mano sobre el pasamanos.

Y comenzó a subir.

El segundo piso de la casa de Valeria era considerablemente más oscuro que la planta baja. Una luz tenue, proveniente de algún lugar al final del pasillo, dibujaba sombras alargadas sobre la alfombra desgastada. Desde abajo, la música seguía vibrando, pero aquí arriba el sonido se reducía a un murmullo lejano, amortiguado por el espesor de las paredes.

Nicolás avanzó por el pasillo, sus zapatillas amortiguando cada paso sobre la madera. Las puertas a su izquierda y derecha permanecían cerradas, silenciosas. Al final del corredor, sin embargo, notó una rendija de luz más intensa que se filtraba por el umbral de lo que parecía ser el cuarto principal.

Se detuvo.

Escuchó algo.

No eran palabras claras. Un gemido ahogado que parecía provenir de más allá de esa puerta entreabierta. Por un instante, Nicolás consideró girar sobre sus talones y regresar a la planta baja. Su instinto le gritaba que algunas cosas, una vez vistas, no podían borrarse. Pero la preocupación por Helena lo empujó hacia adelante.

Su mano se posó sobre el pomo de metal frío.

Empujó suavemente.

La primera imagen que recibió su cerebro no tuvo sentido inmediato. Su mente necesitó varios segundos para procesar la geometría de lo que sus ojos estaban registrando, para traducir las formas borrosas en elementos reconocibles.

El cuarto era amplio, dominado por una cama king-size que ahora parecía insuficiente para lo que ocurría sobre ella.

Helena estaba de rodillas.

Esa fue la primera imagen que Nicolás procesó con claridad cruel. Su hermana, la porrista perfecta, la estudiante ejemplar, estaba arrodillada sobre el colchón con las manos atadas —¿eran corbatas? ¿cinturones?— a la cabecera de metal. Su ropa había desaparecido casi por completo. Solo conservaba puesta una prenda interior que Nicolás no quería identificar con precisión, aunque su mente traicionera lo hacía de todos modos.

A su lado, en idéntica posición de sumisión, estaba Valeria.

Las dos chicas estaban orientadas hacia el centro de la cama, formando una especie de arco de carne blanca y temblorosa. Sus cabellos —el oscuro de Valeria, el castaño de Helena— caían sobre sus rostros en desorden, impidiendo que Nicolás distinguiera sus expresiones. Pero no necesitaba ver sus caras para entender lo que estaba sucediendo.

Lucas estaba de pie junto a la cama.

No completamente vestido.

La imagen siguiente golpeó a Nicolás con la fuerza de un puño físico. Lucas, sostenía en su mano derecha algo que parecía un collar. No, no un collar. Un arnés. Un accesorio que Nicolás asoció involuntariamente con imágenes que había visto en internet, en esas madrugadas de insomnio donde el cursor parecía moverse por sí solo hacia territorios prohibidos.

Pero Lucas no estaba solo.

Diego, Andrés y Mauricio ocupaban posiciones estratégicas alrededor de la cama. Estaban parcialmente desvestidos, en diversos estados de excitación que Nicolás no quería catalogar pero que su cerebro registraba con precisión fotográfica. Diego sostenía una cámara. No, era un teléfono. Grabando. Siempre grabando.

—¿Qué…? —la palabra murió en la garganta de Nicolás.

Demasiado tarde.

El chirrido de la bisagra al abrirse más de lo que él había pretendido alertó a los ocupantes del cuarto. Seis pares de ojos giraron hacia la puerta simultáneamente. Por un instante —un segundo que pareció expandirse hasta convertirse en eternidad— nadie se movió. La escena quedó congelada como una fotografía obscena: las dos chicas en su posición de esclavas, los cuatro chicos en su papel de amos, y Nicolás como testigo involuntario de un sacramento que nunca debió presenciar.

Fue Helena quien rompió el silencio.

—Nico… —su voz sonó distorsionada, como si perteneciera a otra persona—. Cierra la puerta.

No dijo «sal». No dijo «ayúdame». Dijo «cierra la puerta».

Y algo en el tono —una mezcla de vergüenza quizas, algo que Nicolás no supo identificar en ese momento pero que más tarde comprendería como excitación— lo paralizó. Su mano, aún sobre el pomo, tembló. La puerta se abrió unos centímetros más, revelando detalles que su mente intentaba rechazar.

Valeria levantó la cabeza. Sus ojos —normalmente claros y amistosos— tenían una dilatación extrema, una intensidad que Nicolás nunca había visto en ella. Estaba sudando. El brillo de la humedad sobre su piel captaba la luz de las velas y la transformaba en algo casi sobrenatural.

—Ciérrala —repitió ella, y su voz sonió más firme que la de Helena—. O entra, o cierra. Pero no te quedes ahí.

Nicolás debería haber corrido.

Debería haber bajado las escaleras de dos en dos, haber salido de esa casa y nunca mirar atrás. Debería haber borrado de su memoria lo que había visto, fingir que esa noche nunca había sucedido, que su hermana seguía siendo la chica perfecta que todos creían conocer.

En cambio, entró.

No fue una decisión consciente. Sus pies se movieron por sí solos, cruzando el umbral como si una fuerza gravitacional invisible lo arrastrara hacia el centro de esa escena. La puerta se cerró detrás de él y de pronto estuvo dentro, atrapado en la atmósfera espesa de ese cuarto.

—Miren quién decidió unirse a la fiesta —la voz de Diego cortó el aire como un cuchillo afilado.

Nicolás notó que estaba temblando. No de miedo, exactamente. Su cuerpo reconocía algo que su mente todavía se negaba a procesar.

—Tu hermana es una puta excelente —dijo Lucas, y la palabra sonó extrañamente formal en sus labios, como si estuviera presentando un informe escolar—. ¿Sabías eso, Nico?

Helena gimió.

No era un sonido de dolor. O al menos, no solo de dolor. Era esa clase de gemido que Nicolás había escuchado antes, en películas, en videos, en esos rincones oscuros de internet donde nunca debió adentrarse. Su hermana estaba excitada. Estaba disfrutando esto. La realización golpeó a Nicolás con más fuerza que cualquier insulto que Diego hubiera podido lanzarle jamás.

—No… —logró articular—. Helena, ¿qué…

—Shhh —Lucas levantó una mano—. Estamos en medio de algo aquí. ¿Ves? —señaló hacia las dos figuras arrodilladas—. Tenemos a dos perras en celo. Y las perras necesitan atención. ¿O no, mis zorras?

Justo en ese momento los flashes de las cámaras fotografiaban a Nicolas.

—Sí, amo —la respuesta salió de ambas bocas simultáneamente, como ensayada.

Nicolás sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies, justo al tiempo que Lucas sujetaba con la mano izquierda el amarre en las muñecas de Helena y le daba una nalgada fuerte que retumbó en toda la habitación.

—Que rico culo tiene tu hermana, niño.

Amo.

Habían dicho amo.

No «Lucas». No «cariño». Amo.

La palabra reverberó en el cuarto con una densidad física. Nicolás miró a su hermana, buscando algún signo de coerción, alguna pista que indicara que esto era forzado, que estaba siendo obligada contra su voluntad. Pero los ojos de Helena, cuando finalmente se encontraron con los suyos, no mostraban miedo. Mostraban algo más perturbador: una excitación vergonzosa, una entrega absoluta que ella misma parecía avergonzarse de sentir pero que no podía negar.

—Nico, por favor —susurró ella.

—¿Quieres que se quede? —preguntó Lucas, y su voz adquirió un tono de entretenimiento perverso—. ¿Quieres que tu hermanito vea lo puta que eres?

Helena tardó en responder. Su pecho subía y bajaba con respiraciones agitadas. Las ataduras en sus muñecas la mantenían inmovilizada, expuesta, vulnerable. Y sin embargo, cuando habló, su voz sonó sin esfuerzo y mirando a su hermanito:

—Se hará lo que tu decidas amo.

—Excelente —Lucas sonrió—. Entonces, Nico, bienvenido al club. Pero hay reglas aquí. Las perras no hablan a menos que se les permita. Las esclavas —señaló a Helena y Valeria con un gesto magnánimo— obedecen. Y los espectadores… bueno, los espectadores pueden convertirse en participantes si se portan bien.

Andrés se apartó de la pared donde había estado apoyado y se acercó a Nicolás. Su proximidad era amenazante, pero no violenta. Había algo casi ceremonial en su movimiento, como si estuviera iniciando a Nicolás en un culto cuyos rituales apenas comenzaba a comprender.

—Tu hermana lleva tres meses siendo de Lucas —dijo Andrés, y su voz sonió extrañamente educada—. Desde que empezaron a salir en secreto. Pero hace dos semanas descubrió que también le gusta ser puta con Valeria. ¿Sabías que tu hermana es bisexual, Nico?

Nicolás no respondió. No podía.

—Lo mejor de todo —continuó Mauricio desde su posición junto a la ventana— es que le gusta ser humillada. ¿Verdad, Helena? ¿Te gusta que te tratemos como a la zorra que eres?

—Sí —la voz de Helena sonó ahogada, pero clara—. Me gusta. Soy una puta.

—Y ahora —añadió Lucas, acariciando el cabello de Helena con una ternura que contrastaba violentamente con las palabras que salían de su boca—, vas a ser la esclava de todos. ¿Estás en celo, mi perrita? ¿Necesitas que te monten?

—Por favor —Helena arqueó la espalda, ofreciéndose de un modo que hizo que Nicolás quisiera mirar hacia otro lado pero que sus ojos se negaban a abandonar—. Por favor, amo. Estoy en celo. Necesito sexo. Necesito que me usen.

La crudeza de las palabras golpeó a Nicolás como una descarga eléctrica. Esta no era la hermana que lo esperaba cada mañana antes del colegio. Esta no era la chica que preocupada le preguntaba «¿todo bien?» con esa sonrisa protectora. Esta criatura arrodillada, suplicando ser usada, pertenecía a otra categoría de existencia, a un universo donde las regles normales no aplicaban.

Lucas se movió hacia el centro de la cama, posicionándose detrás de Helena. La mano de Lucas descendió sobre la cadera de Helena, agarrándola con una fuerza que dejó marcas blancas en la piel.

—Tu hermana es insaciable —dijo Lucas, dirigiéndose a Nicolás como si estuviera presentando un informe sobre el clima—. Ayer estuvimos tres horas y al final seguía pidiendo más. Valeria tuvo que ayudarme porque yo ya no podía. ¿Imaginas eso? Una chica tan educada, tan «buena», con un apetito sexual de puta callejera.

—Hoy vamos a compartir. Es el cumpleaños de Diego, ¿sabías? Y tu hermana es el regalo.

Nicolás sintió que su estómago se revolvía. La náusea amenazaba con subir por su garganta, pero algo más potente la mantenía abajo. Una curiosidad morbosa, una atracción fatal que lo mantenía parado junto a la puerta cuando todo su ser le gritaba que corriera.

Diego se acercó a la cama, deshaciéndose de lo que quedaba de su ropa. Su cuerpo era atlético, musculoso, el cuerpo de alguien que pasaba horas entrenando. Se posicionó frente a Helena, agarrando su rostro entre las manos con una rudeza que hizo que Nicolás diera un paso instintivo hacia adelante. Diego era un tipo alto, de 1.75 mts tal vez, de piel canela y pelo corto. SU pene se veía enorme, de unos 20 centimetros y muy grueso.

—No la toques —dijo, y la orden sonió ridícula incluso para sus propios oídos.

Diego se rio.

—¿O qué, pequeño? ¿Vas a detenerme? Tu hermana quiere esto. Mira.

Y efectivamente, Helena había abierto la boca. No para hablar. Para recibir.

La imagen que siguió se grabó en la retina de Nicolás. Diego penetró la boca de Helena con una fuerza que hizo que ella gimiera alrededor de su carne, un sonido ahogado que podría haber sido de protesta pero que claramente no lo era. Las manos atadas de Helena se tensaron contra las correas, no para liberarse, sino para estabilizarse mientras su cabeza era movida al ritmo que Diego imponía.

—Eso es, perra —gruñó Diego—. Toma todo. Eres una zorra tan obediente. ¿Te gusta ser la puta del equipo?

Helena no pudo responder con palabras, pero su cuerpo habló por ella, a pesar de que Diego no le daba respiro. Se arqueó hacia adelante, ofreciendo más de sí misma, pidiendo más profundidad, más degradación. Valeria, a su lado, observaba con ojos brillantes, su propia respiración acelerada, sus propias manos atadas tensándose en solidaridad excitada.

Lucas, mientras tanto, había tomado posición detrás de Helena. Nicolás vio con horror fascinado cómo se deshacía de la tanga que llevaba  para ser penetrada desde ambos extremos simultáneamente, cómo su cuerpo se convertía en un puente de carne entre dos hombres que la usaban sin consideración por su dignidad. Pero lo peor —lo absolutamente peor— era ver la expresión de Helena.

Ella lo estaba disfrutando.

No había señal de dolor en su rostro, solo en sus ojos. Una euforia extrema, una entrega total que transformaba la humillación en algo parecido a la gloria.

—Mira a tu hermano —ordenó Lucas, agarrando el cabello de Helena y tirando hacia atrás, forzándola a mirar hacia donde Nicolás estaba paralizado—. Míralo mientras te follo. Quiero que vea lo puta que eres. Que vea a su hermana perfecta convertida en mi esclava sexual.

Valeria comenzó a gemir también.

Mauricio se había acercado a ella, imitando la posición de Lucas detrás de Helena. Ahora ambas chicas estaban siendo penetradas simultáneamente, sus cuerpos meciéndose en sincronía como si fueran instrumentos afinados para producir el mismo concierto de sexo. La cama crujía bajo el peso y el movimiento. El olor en el cuarto se había vuelto abrumador.

Andrés, el único que aún no participaba activamente, se había acercado a Nicolás. Su proximidad era íntima, invasiva. Nicolás podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, podía oler el alcohol en su aliento

—¿Te gusta lo que ves? —susurró Andrés cerca de su oído—. Tu hermana es una experta. Aprendió a chupar verga como una profesional. A abrirse el culo para recibir. A suplicar como una perra en celo. ¿Sabías que puede tener orgasmos múltiples? Que puede correrse solo con que le hablemos sucio?

Nicolás no respondió. No podía apartar la mirada de la escena.

—Valeria es más nueva —continuó Andrés, como si estuviera dando un tour por un museo—. Lucas la inició también a ella…ayer las vimos jugar entre ellas.

En la cama, el ritmo se había acelerado. Diego y Lucas habían establecido una sincronía perversa, penetrando a Helena en alternancia para que nunca tuviera descanso, para que su cuerpo estuviera constantemente lleno. Los gemidos de Helena se habían vuelto más agudos, más desesperados. No eran de dolor. Eran el preludio de algo que Nicolás reconoció a pesar de su inexperiencia: un orgasmo inminente.

—Se viene —anunció Lucas, y había orgullo en su voz—. Mi putita se viene mientras la follan dos hombres. ¿No es hermoso?

Helena arqueó la espalda en un arco extremo, sus pechos —que Nicolás nunca había visto desnudos, que nunca había querido ver— rebotaban sin cesar. Su boca se abrió en un grito mudo, ahogado por la verga de Diego, pero su cuerpo hablaba claramente. Los espasmos que la recorrieron fueron visibles, violentos, transformando su piel en un mapa de contracciones placenteras. Duró segundos que parecieron minutos, una eternidad de climax que la dejó temblando y jadeando cuando finalmente terminó.

Pero no terminaron con ella.

Diego se retiró de su boca, dejándola jadeando, saliva corriendo por su barbilla, maquillaje corrido por las lágrimas de esfuerzo. Pero antes de que pudiera recuperar el aliento, ya estaban cambiando posiciones, casi como en automático. Lucas la giró como si fuera un objeto, un muñeco sin voluntad, colocándola con el culo levantado pero con su rostro ahora orientado hacia donde Nicolás estaba, sus ojos vidriosos de excitación encontrándose con los de su hermano.

—Ahora te voy a tomar el culo —anunció Lucas, y la crudez de la declaración hizo que Nicolás sintiera que sus rodillas cedían—. Tu hermano va a ver cómo te abro. Cómo te conviertes en mi puta anal. ¿Eso te excita, perra? ¿Que tu hermanito vea tu agujero más íntimo siendo usado?

—Sí —sollozó Helena, y Nicolás no pudo determinar si eran lágrimas de vergüenza o de placer—. Sí, amo. Úsame. Soy tu zorra. Tu perra. Tu puta.

Su hermana estaba reducida a orificios para el placer de otros.

Valeria, a su lado, también había cambiado de posición. Mauricio la había liberado de sus ataduras temporalemente, solo para volver a atarlas de otra forma, con las manos ahora unidas a los tobillos, dejándola en una posición de máxima exposición. Diego se acercó a ella, y Nicolás vio con horror que la penetración que siguió fue en el mismo orificio que Lucas estaba a punto de usar en Helena.

—Les gusta compartir —explicó Andrés, que ahora se había desvestido completamente y mostraba una erección que Nicolás intentó no mirar pero que captó su atención de todos modos—. Les gusta sentirse llenas simultáneamente. Dos putas haciendo de esclavas juntas. Es poético, ¿no crees?

Nicolás no encontraba palabras. Su cerebro había dejado de funcionar correctamente, sobrecargado por estímulos que nunca había solicitado. Estaba viendo a su hermana siendo sodomizada mientras otra chica —su amiga, la anfitriona de la fiesta— recibía idéntico tratamiento a centímetros de distancia. El sonido de los cuerpos chocando, de la carne siendo penetrada, de los gemidos ahogados y las órdenes gruñidas, creaba una sinfonía obscena que parecía provenir de las profundidades del infierno.

Helena gritó.

No fue un grito de dolor. Fue un grito de liberación, de culminación, de aceptación absoluta de su rol. Cuando Lucas se retiró de ella, dejándola expuesta y abierta, Nicolás vio algo que su mente rechazó pero sus ojos registraron: el semen de Lucas derramándose sobre su hermana, marcándola como propiedad.

Valeria no tardó en seguirla. Mauricio la había usado con una brutalidad que contrastaba con la apariencia delicada de la chica, y cuando finalmente se corrió sobre su vagina, ella también gritó, un sonido agudo que parecía una celebración.

El silencio que siguió fue sobrenatural.

Los dos chicos se recostaron, recuperando el aliento, satisfechos. Las dos chicas permanecieron en sus posiciones de sumisión, jadeantes, cubiertas de sudor y semen, marcadas por la experiencia. Y Nicolás seguía de pie junto a la puerta, atrapado en un momento que parecía expandirse hacia la eternidad.

Nicolás finalmente encontró la fuerza para moverse. No para irse, exactamente. Para acercarse. Para arrodillarse junto a la cama donde su hermana yacía, todavía atada, todavía expuesta, todavía transformada en algo que él no reconocía pero que, de alguna manera perversa, empezaba a comprender.

—¿Por qué? —fue todo lo que pudo preguntar.

Helena sonrió. Era una sonrisa cansada, satisfecha, pero genuina.

—Porque cuando me tratan como a una perra —dijo—, soy libre de ser solo eso. No tengo que ser perfecta. Solo tengo que recibir. Y sentir. Y existir en el momento presente, sin pasado ni futuro. Solo el ahora. Solo el sexo. Solo la entrega.

Valeria, a su lado, asintió con la cabeza, todavía atada, todavía marcada.

—Es adictivo —añadió ella—. Una vez que pruebas ser esclava, ser puta, ser zorra… no quieres volver a ser normal. La normalidad es una jaula. Esto es libertad.

Nicolás miró a su alrededor. A los cuatro chicos. A las dos chicas usadas pero dichosas.

Mientras Lucas y Mauricio se recuperaban de sus respectivos climax, Andrés permanecía en estado de erección máxima, su miembro pulsando con una rigidez que demandaba atención. No había participado en la primera ronda.

—Valeria —su voz sonó autoritaria, cortando el aire espeso del cuarto—. Ven aquí.

Valeria, todavía atada y jadeante sobre el colchón, levantó la vista. Sus ojos vidriosos encontraron los de Andrés. Se movió con torpeza, arrastrándose sobre las sábanas revueltas, hasta quedar frente a él.

—Desátala —ordenó Andrés, dirigiéndose a Mauricio, quien obedeció con una eficiencia que sugería práctica previa.

Las correas cayeron de las muñecas de Valeria, dejando marcas rojas sobre su piel pálida. Ella masajeó sus muñecas con dedos temblorosos, pero no intentó cubrirse ni huir. Sabía cuál era su lugar.

—Boca arriba —indicó Andrés, señalando el centro de la cama—. En el borde

Valeria obedeció con una fluidez que evidenciaba entrenamiento. Se deslizó sobre el colchón hasta que su cabeza quedó asi suspendida sobre el vacío, su cuello formando un arco delicado pero vulnerable. Sus ojos miraban hacia arriba, hacia el techo, pero su visión periférica captaba todo: a Nicolás arrodillado a escasos metros, a los demás hombres recuperándose, a Helena todavía en posición de sumisión a su lado.

—Tú —Andrés se dirigió a Helena ahora, y su tono era más suave pero no menos imperativo—. Encima de ella. Boca contra boca. Tetas contra tetas.

Helena se movió con una lentitud que sugería agotamiento, pero también una obediencia absoluta. Se arrastró sobre la cama hasta posicionarse sobre el cuerpo de Valeria. La geometría de sus cuerpos creó una imagen que hizo que la respiración de Nicolás se detuviera: dos formas femeninas superpuestas, pecho contra pecho, vientre contra vientre, las curvas de ambas fusionándose en una sola masa de carne blanca y suave.

Cuando Helena se dejó caer sobre Valeria, sus pechos se comprimieron mutuamente. Los pezones erectos de ambas chicas se rozaron, creando una fricción que las hizo gemir simultáneamente. No era un contacto accidental: estaban posicionadas deliberadamente para maximizar el contacto físico, para convertir sus cuerpos en un solo instrumento de placer.

—Más arriba —indicó Andrés, agarrando el cabello de Helena y tirando con fuerza suficiente para guiarla pero no para lastimarla excesivamente—. Quiero vuestras cabezas en el borde. Colgando.

Helena se deslizó hacia arriba, arrastrando su cuerpo sobre el de Valeria en un movimiento que fue casi una caricia involuntaria. Sus muslos se rozaron, sus vientres se presionaron, y ambas jadearon cuando sus sexos se contactaron brevemente. Finalmente, Helena quedó posicionada exactamente donde Andrés quería: su cabeza colgaba del borde de la cama, sobre la de Valeria, sus rostros quedando a escasos centímetros de distancia una de la otra.

La imagen era obscenamente simétrica. Y entre ellas, el espacio perfecto para lo que Andrés tenía planeado.

Nicolás, arrodillado junto a la cama, tenía una vista privilegiada y terrible. Desde su posición, podía ver cada detalle: el sudor que brillaba en los pechos comprimidos de ambas chicas. Estaba tan cerca que podía oler el semen sobre sus cuerpos

Andrés se acercó su verga, posicionándola entre las cabezas de Helena y Valeria. La tomó con una mano, acariciándolo lentamente mientras contemplaba su obra: dos mujeres dispuestas, superpuestas, ofrecidas para su uso.

—Abrir bien —ordenó, y su voz bajó un octavo, volviéndose gutural—. Quiero ver vuestras lenguas. Quiero que os beséis alrededor de mi verga.

Helena y Valeria obedecieron sin hesitación. Se miraban mutuamente, sus narices casi tocándose. Luego, extendieron las lenguas, rozándose en un beso húmedo y provocativo que ocurrió a escasos centímetros del miembro de Andrés.

—Más cerca —exigió él, agarrando el cabello de Helena con más fuerza esta vez, tirando de ella hacia arriba, forzándola a acercar su rostro a su verga —. Se van a comer mi verga enterita.

El movimiento hizo que Helena emitiera un sonido entre gemido y suspiro. Su cuello se estiró, exponiendo su garganta, y su boca quedó perfectamente alineada con la punta de la erección de Andrés. Valeria, comprendiendo lo que se esperaba de ella, giró su cabeza hacia el mismo punto, de modo que ambas bocas quedaron separadas apenas por el grosor de la verga que Andrés sostenía entre ellas.

—Lamer —ordenó—. Las dos. Desde la base hasta la punta. Quiero ver a mis esclavas disfrutando de su trabajo.

Helena fue la primera. Extendió la lengua y lamió desde la base del miembro de Andrés, subiendo lentamente, dejando un rastro de saliva brillante. Su lengua era cálida, húmeda, y el contacto hizo que Andrés gruñera de satisfacción. Cuando ella llegó a la punta, Valeria tomó el relevo, repitiendo el recorrido por el lado bajo, su lengua trazando un camino paralelo al de Helena.

El espectáculo era hipnótico. Dos lenguas femeninas, una tras otra, adorando la misma verga con una devoción que parecía religiosa. Y entre lamidas, las dos chicas se besaban, mezclando su saliva alrededor del miembro que las dominaba, creando un triángulo de contacto húmedo y obsceno.

Nicolás no podía apartar la mirada. Estaba tan cerca que podía ver cada textura: las venas que marcaban la erección de Andrés, el brillo de la humedad que las lenguas dejaban sobre la piel, la forma en que la punta brillaba con una gota de líquido preseminal que Helena capturó con la punta de su lengua antes de que cayera.

—Buenas chicas —murmuró Andrés, y su mano en el cabello de Helena comenzó a moverse, guiando el ritmo—. Sois unas putas excelentes. Unas verdaderas zorras. ¿Les gusta compartir la verga? ¿Les gusta ser las esclavas de mi verga?

—Sí, amo —jadearon ambas simultáneamente, sus alientos mezclándose sobre el miembro que las dominaba.

—Entonces abrir bien. Las dos a la vez. Quiero sentir vuestras lenguas juntas.

Helena y Valeria obedecieron, abriendo sus bocas al máximo, extendiendo sus lenguas hasta que ambas hicieron contacto con la sensible piel debajo de la punta. El gemido de Andrés fue profundo, casi un rugido contenido. Tenía dos bocas a su servicio, dos pares de labios esperando ser usados, dos gargantas dispuestas a recibir.

Comenzó a mover sus caderas, deslizándose entre los rostros de ambas chicas. La fricción de sus lenguas contra los lados de su miembro, combinada con el calor, creaba una sensación de envoltura completa. No estaba penetrando ninguna garganta todavía: estaba usando el espacio entre sus rostros como una hendidura carnal, masturbándose con ellas.

Mientras tanto, Diego había estado observando la escena con una paciencia que se había ido agotando. Su miembro, completamente duro después de su participación anterior

Se acercó al extremo inferior de la cama, donde los cuerpos superpuestos de Helena y Valeria ofrecían una vista deliciosa: las nalgas de Helena sobre el sexo de Valeria, una multiplicidad de orificios disponibles. Pero sus ojos se fijaron en uno específico: el ano de Helena, todavía dilatado por la penetración previa de Lucas.

—Mi regalo de cumpleaños —dijo Diego, y su voz tenía un tono de anticipación casi infantil—. Me dijeron que podía reclamarlo. Que podía tener a la hermana del rarito como mi puta de cumpleaños.

Se posicionó entre las piernas de Helena, separando sus muslos con las rodillas. Su miembro era efectivamente masivo: más grueso que el de Lucas, con una circunferencia que prometía estiramiento extremo.

—Está bien dilatada —comentó Lucas desde el lateral, recuperado y observando con interés profesional—. Pero tú eres más grande. Va a sentirte, Diego. Va a gritar.

—Eso espero —sonrió Diego cruelmente—. Quiero oírla gritar. Quiero que su hermanito vea cómo la hago llorar de placer y dolor.

Posicionó la punta de su miembro contra el ano de Helena. El contacto hizo que ella se tensara, interrumpiendo su trabajo en la verga de Andrés por un instante.

—No pares —ordenó Andrés, tirando de su cabello—. Sigue lamiendo. Sigue besando a Valeria. No importa lo que te hagan abajo. Tu trabajo está aquí, con mi verga. Por un instante Helena creyo perder el conocimiento pero se mantuvo al final.

Helena obedeció, volviendo a extender su lengua hacia el miembro que dominaba su campo visual. Pero su cuerpo se había tensado, anticipando lo que vendría.

Diego empujó.

El grito de Helena fue inmediato y desgarrador. A pesar de la dilatación previa, la circunferencia de Diego era simplemente demasiado. Su ano, que había aceptado a Lucas con relativa facilidad, se resistía ahora al intruso más grueso. La carne cedió lentamente, estirándose de una manera que debió ser dolorosa, forzándose a adaptarse a la invasión.

—¡Dios! ¡Dios, es demasiado! —gritó Helena, su voz ahogada contra la verga de Andrés—. ¡Duele! ¡Es demasiado grueso!

—Cállate—ordenó Diego, empujando con más fuerza—. Eres una puta. Las putas reciben lo que se les da. Y hoy recibes mi verga de cumpleaños.

Continuó empujando, avanzando centímetro a centímetro. La resistencia era visible: el ano de Helena se estiraba alrededor del miembro invasor, la piel brillando con tensión, los músculos internos luchando contra la intrusión. Pero Diego no se detuvo. Usó su peso, su fuerza, su posición dominante para forzar la entrada, para hacer que ese cuerpo cediera ante su voluntad.

—Mira esto, Nicolás —dijo Diego, dirigiéndose al hermano que observaba en silencio—. Mira cómo tu hermana perfecta toma mi verga en el culo. Mira cómo grita. ¿Es así como la imaginas cuando la ves en las gradas? ¿Así de puta? ¿Así de zorra?

Nicolás no respondió. No podía. Su vista estaba fija en el punto de unión entre Diego y su hermana, en esa imagen obscena de penetración forzada que ocurría a escasos metros de donde él estaba arrodillado. Podía ver cada detalle: la forma en que la piel de Helena se estiraba alrededor del miembro grueso, el brillo de la humedad que facilitaba a duras penas la entrada, los espasmos involuntarios de su cuerpo cada vez que Diego avanzaba un poco más.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad de empujes y gritos, Diego estuvo completamente dentro. Sus caderas chocaron contra las nalgas de Helena, y ella soltó un sonido que era mitad gemido, mitad sollozo. Estaba llena, completamente llena, estirada al máximo por la presencia que ocupaba su interior.

—Eso es —gruñó Diego, comenzando a moverse—. Eso es, perra. Tómalo todo. Toma la verga de tu amo.

Sus embestidas fueron duras desde el principio. No había ternura, no había delicadeza. Era sexo de reclamo, de posesión, de demostración de poder. Cada embestida hacía que el cuerpo de Helena se sacudiera, que sus pechos se movieran contra los de Valeria, que su cabeza fuera empujada involuntariamente hacia la verga de Andrés.

Y Helena, a pesar del dolor evidente, a pesar de los gritos, comenzó a gemir de otra manera.  Era el sonido de alguien que está siendo forzada más allá de sus límites, pero que descubre que más allá de esos límites hay un placer intenso, oscuro, transformador.

—Se está corriendo —anunció Lucas, observando con una sonrisa—. Mírala. Está teniendo un orgasmo anal mientras la violan por el culo. Es una verdadera esclava sexual.

Era cierto. El cuerpo de Helena se tensó en espasmos que no podían confundirse con otra cosa. Su ano se contrajo alrededor del miembro de Diego, masajeándolo involuntariamente, aumentando la fricción. Ella gritó contra la verga de Andrés, su voz vibrando contra la sensible piel, creando una sensación dual de placer que hizo que Andrés gruñera de satisfacción.

—Buena perra —murmuró Andrés, acariciando el cabello de Helena con una ternura que contrastaba con la brutalidad de la escena—. Buena zorra. Córrete para mí. Córrete mientras te usan. Demuéstrame que eres mi puta obediente.

Helena obedeció, su cuerpo sacudido por oleadas de placer que parecían no tener fin. Y cuando finalmente el orgasmo terminó, ella quedó laxa, jadeante, todavía empalada en la verga de Diego pero ahora receptiva, aceptando cada embestida con gemidos de satisfacción en lugar de gritos de dolor.

Mientras tanto, Valeria permanecía debajo de ella, sintiendo cada movimiento a través del cuerpo de Helena, sus pechos presionados, su propia excitación creciendo ante el espectáculo. Ella también había estado lamiendo, besando, participando en el culto a la verga de Andrés, pero ahora su atención estaba dividida entre esa tarea y la vista de Helena siendo usada tan intensamente.

Andrés comenzó a masturbarse con fuerza, usando sus propias manos para aumentar la fricción, al punto de que su verga se había puesto demasiado roja, mientras las lenguas de las chicas lamián la punta y los lados. Su respiración se aceleró, sus caderas se tensaron, y su cabeza se echó hacia atrás en un gesto de éxtasis absoluto.

A nicolas le resultaba imposible no ver, no mirar como cada gota de sudor recorría el rostro de su querida hermana. Su boca comenzó a salivar más de la cuenta.

—Voy a correrme —anunció, y su voz sonió estrangulada—. Voy a cubriros. A las dos. Mis putas. Mis esclavas. Mis zorras.

El primer chorro impactó en el rostro de Helena, cubriendo su mejilla, su nariz, sus labios. Ella jadeó, sorprendida por la calor y la viscosidad, pero no se apartó. El segundo chorro alcanzó a Valeria, salpicando su frente, cayendo sobre sus párpados. Y luego vinieron más, una sucesión de pulsaciones que Andrés dirigía con precisión, alternando entre ambos rostros, asegurándose de que ambas quedaran marcadas, cubiertas, poseídas por su semen. Las dos putas saborean cada gota como si del mejor postre se tratara, con gulña de hambre, con intensidad.

Cuando finalmente terminó, las dos chicas estaban brillando con el líquido blanco. Sus rostros eran máscaras de sumisión, de humillación voluntaria, de placer extremo. Y entre ellas, la verga de Andrés aún pulsaba, derramando las últimas gotas que Valeria capturó con su lengua, limpiando con devoción el instrumento que las había dominado.

Diego, viendo la escena, redobló sus esfuerzos. Sus embestidas se volvieron frenéticas, desordenadas, buscando su propio final. Helena gritó de nuevo, sintiendo la urgencia de él, la proximidad de su propia liberación. Y cuando Diego finalmente se corrió dentro de ella, llenándola con su semen, ella tuvo otro orgasmo, más intenso que el anterior, un climax que la dejó temblando y sin fuerzas sobre el cuerpo de Valeria.

El silencio que siguió fue profundo, roto solo por las respiraciones agitadas de los participantes. Nicolás seguía arrodillado, testigo de todo, transformado para siempre por lo que había presenciado. Su hermana yaceaba sobre su amiga, ambas cubiertas de semen, ambas usadas, ambas satisfechas en una manera que él no podía comprender pero que no podía negar.

Mientras Valeria y Helena permanecían entrelazadas sobre la cama, sus lenguas trabajando con devoción para limpiarse mutuamente el semen de los rostros, los cuatro hombres intercambiaron miradas que no requerían palabras. Habían alcanzado un acuerdo silencioso, una decisión que flotaba en el aire espeso del cuarto como una promesa de depravación extrema.

Lucas fue el primero en moverse. Se acercó a donde Nicolás permanecía arrodillado, todavía paralizado por el espectáculo que había presenciado. Su mano se posó sobre el hombro del chico, un gesto que podría parecer amistoso si no fuera por el contexto, por la pesadez de la intención que irradiaba.

—Es tu turno, Nico —dijo Lucas, y su voz tenía una calidad aceitosa, persuasiva y amenazante simultáneamente—. Has visto cómo tu hermana disfruta ser usada. Has visto lo puta que es. Ahora es tu momento de placer.

Nicolás levantó la vista, sus ojos encontrándose con los de Lucas. Intentó hablar, pero su garganta se había cerrado, bloqueada por la incredulidad y el horror que luchaban dentro de él.

—No… —logró articular, la voz quebrada—. No puedo… ella es mi hermana…

—Precisamente —intervino Diego, acercándose por el otro lado—. Eso es lo que hace esto interesante. Eso es lo que convierte a Helena en la zorra perfecta. No solo cualquiera la folla. Su propio hermano va a reclamarla.

Andrés y Mauricio completaron el círculo, rodeando a Nicolás como depredadores cerrando el cerco sobre su presa. La presencia de cuatro cuerpos masculinos desnudos, todavía erectos o semi-erectos, rodeándolo mientras él permanecía completamente vestido, creaba un desequilibrio de poder absoluto.

—Miralo —dijo Mauricio, y había diversión en su voz—. Todavía está en shock. Todavía no entiende que aquí no hay reglas. Aquí solo hay sexo. Solo hay putas y amos. Y tu hermana —señaló hacia la cama donde Helena y Valeria seguían enzarzadas en su limpieza ritual— es la puta más obediente de todas.

Helena, como si hubiera escuchado su nombre, levantó la vista. Su rostro todavía brillaba con los restos del semen que no había podido lamer, manchado de blanco y translúcido. Sus ojos encontraron los de su hermano, y por un instante hubo algo allí: reconocimiento, quizás, o una complicidad involuntaria.

—Nico… —su voz sonió ronca, usada, pero sorprendentemente calmada.

—Escucha a tu hermana —dijo Lucas, agarrando el cabello de Nicolás y tirando hacia arriba, forzándolo a ponerse de pie—. Ella entiende su lugar. Es una esclava. Y las esclavas obedecen. Tú también vas a obedecer, Nico. O esto se va a poner muy desagradable para ti.

La amenaza era implícita pero clara. Nicolás sintió que sus piernas temblaban, que su corazón martilleaba contra sus costillas con una fuerza que amenazaba con romperlas. Miró hacia la puerta, calculando la distancia, pero Andrés ya se había movido para bloquear esa salida.

—No hay escape —dijo Andrés con simpatía burlona—. Solo hay una manera de que esto termine. Tienes que follarte a tu hermana. Tienes que demostrar que también puedes ser un amo. Que puedes usar a la puta que tienes delante.

Nicolás negó con la cabeza, movimientos frenéticos y desesperados.

—No… por favor… no puedo… eso es… eso está mal…

—¿El incesto? —Diego se rio, un sonido áspero y cruel—. ¿Crees que algo de lo que ha pasado aquí esta noche está bien? Hemos convertido a tu hermana en nuestra esclava sexual. La hemos usado como perra en celo. Y tú te preocupas por el incesto?

Lucas soltó el cabello de Nicolás y comenzó a desabrocharle los pantalones. El chico intentó resistir, golpeando las manos de Lucas, pero Diego se acercó por detrás y le sujetó los brazos, inmovilizándolo con una fuerza que evidenciaba años de entrenamiento físico.

—No luches, Nico —murmuró Diego en su oído—. Solo empeoras las cosas. Acepta tu destino. Tú también has estado excitado viéndonos. Lo hemos notado. Tu cuerpo no miente, incluso cuando tu boca dice que no.

Era cierto. Nicolás sintió la humillación creciente cuando Lucas logró bajarle los pantalones y su erección —involuntaria, traicionera, innegable— quedó expuesta ante todos. No era tan grande como la de los demás, pero era real, palpitante, evidencia física de que alguna parte de él, algún rincón profundo y oscuro, había respondido a lo que había presenciado.

—Mira eso —dijo Lucas, señalando con una sonrisa triunfal—. El hermanito está duro. El hermanito quiere follarse a su hermana. Solo necesitaba permiso. Solo necesitaba que le diéramos el empujón correcto.

—No… —sollozó Nicolás, las lágrimas comenzando a correr por sus mejillas—. No es así… no quiero esto…

—Tu verga dice lo contrario —replicó Mauricio.

Diego mantuvo sujeto a Nicolás mientras Lucas le quitaba completamente los pantalones y los calzoncillos. Mauricio le desabrochó la camisa, dejándolo completamente desnudo, vulnerable, expuesto. Andrés, mientras tanto, se acercó a la cama donde Helena y Valeria observaban en silencio, dos espectadoras de su propia tragedia.

—Tú —dijo Andrés a Helena—. Prepárate. Tu hermano va a follarte. Quiero que lo recibas como la puta que eres. Quiero que le ruegues por su verga. Que le supliques que te use.

Helena no respondió de inmediato. Sus ojos se encontraron con los de Nicolás, y en esa mirada hubo algo complejo: vergüenza, sí, pero también una excitación que ella misma pareía avergonzarse de sentir. Su hermano, desnudo y forzado, con una erección que no podía negar… había algo terriblemente excitante en esa imagen, en esa transgresión máxima.

—Sí, amo —susurró finalmente—. Seré su puta. Su perra. Su esclava incestuosa.

Se separó de Valeria, quedando boca arriba sobre el colchón. Sus piernas se abrieron lentamente, ofreciendo la vista de su vagina brillante. Sus manos atadas a su espalda hacían que su pecho resaltara y que pareciera ofrecer sus tetas a su hermanito.

—Ven, Nico —dijo, y su voz era una invitación y una orden simultáneamente—. Ven.

—¡Cállate! —gritó Nicolás, pero su voz carecía de convicción—. ¡No digas eso!

—Ahora —dijo Lucas, empujando a Nicolás hacia adelante.

Los cuatro hombres lo guiaron hacia la cama, sus manos sobre sus hombros, su espalda, empujándolo, obligándolo a avanzar. Nicolás resistía, pero era una resistencia simbólica, una negación que su cuerpo no respaldaba. Su erección seguía allí, prominente, evidencia de su complicidad involuntaria.

Cuando llegó al borde de la cama, Nicolás pudo ver cada detalle de su hermana expuesta. Podía ver la humedad de su sexo, la forma en que sus labios se abrían expectantes, el brillo de excitación en sus ojos que ella misma pareía temer. Podía ver los restos del semen de Andrés en su rostro, la firmeza y redondes de sus tetas, la totalidad de su transformación de hermana protectora a esclava sexual dispuesta.

—Súbete —ordenó Lucas—. Ponte entre sus piernas. Introduce tu verga en tu hermana. Conviértela en tu puta.

—Por favor… —sollozó Nicolás, pero ya estaba obedeciendo, ya estaba subiéndose a la cama, ya estaba posicionándose entre los muslos abiertos de Helena. Ya quería—. Por favor, no me obliguen…

—No te obligamos —dijo Diego, y su voz sonió casi filosófica.

Nicolás sintió la cabeza de su miembro rozar la entrada de su hermana. El calor que emanaba de ella era intenso, sofocante, irresistible. Podía sentir la humedad, la suavidad, la apertura que lo invitaba a pesar de todo, a pesar de la moral, de la razón, de la identidad misma.

—Hazlo, Nico —susurró Helena, y su voz temblaba de excitación contenida—. Fóllame. Nadie lo sabrá. Solo nosotros. Solo esta noche.

—Dile que la amas —sugirió Andrés desde el lateral, observando con ojos brillantes—. Dile que siempre has querido esto. Que la has deseado desde que empezaste a tocarte pensando en ella.

—No… —Nicolás cerró los ojos, las lágrimas corriendo libremente ahora—. No es amor… esto no es amor…

—Entonces es sexo —dijo Lucas—. Sexo puro. Sexo de hermanos. Sexo prohibido. ¿Acaso no es eso más excitante?

Y empujó a Nicolás.

El movimiento fue pequeño, apenas unos centímetros, pero suficiente. La punta de Nicolás penetró a Helena, y ambos hermanos gimieron simultáneamente.

—¡Dios! —gritó Nicolás, sintiendo el calor envolvente de su hermana, la suavidad que lo recibía, la forma en que ella se abría para él a pesar de la prohibición, a pesar del tabú—. ¡Helena…!

—¡Nico! —su hermana arqueó la espalda, sus manos agarrando las sábanas con fuerza.

Los cuatro hombres observaban con expresiones de satisfacción perversa. Habían logrado lo que pretendían: transformar a los hermanos en participantes activos de su juego de dominación, borrando las últimas fronteras morales que quedaban en esa habitación.

—Mírala —dijo Lucas, acariciándose mientras observaba—. Mira cómo tu hermana recibe tu verga. Mira cómo se abre para ti. Es una perra en celo, Nico. Una zorra que necesita ser llenada por su propio hermano.

Nicolás comenzó a moverse, impulsado por una fuerza que no podía controlar. Sus embestidas eran tímidas al principio, inciertas, marcadas por la culpa y la confusión. Pero cada movimiento enviaba ondas de placer a través de su cuerpo, cada penetración lo acercaba más a un abismo del que no quería regresar.

Comenzó a embestir con más fuerza, más rapidez, más determinación.

El sonido de sus cuerpos chocando llenó el cuarto. Nicolás podía ver cada detalle: la forma en que los pechos de Helena se movían con cada embestida, el brillo de sudor que cubría su piel, la expresión de éxtasis absoluto en su rostro manchado de semen. Podía sentir la diferencia entre ella y cualquier otra cosa que hubiera imaginado: era real, era su hermana, era prohibida, y era su primera vez y eso lo hacía infinitamente más excitante.

Valeria, desde su posición junto a ellos, observaba con una mezcla de excitación y envidia. Sus manos habían encontrado su propio sexo, y se tocaba mientras observaba a los hermanos, añadiendo su propia contribución a la sinfonía de gemidos y jadeos.

—Dile que es tuya —ordenó Diego, acercándose para agarrar el cabello de Nicolás y tirar hacia atrás, forzándolo a mirar hacia arriba mientras continuaba embistiendo—. Dile que es tu puta. Tu propiedad. Tu esclava de incesto.

—Eres mía —gruñó Nicolás, y la posesión en su voz era total, absoluta, irrevocable—. Eres mi puta, Helena.

—¡Sí! —gritó Helena, el orgasmio acercándose con fuerza incontenible—. ¡Soy tuya!

Nicolás aceleró el ritmo, sus caderas moviéndose con una furia que no sabía que poseía. Cada embestida lo llevaba más profundo, más allá de cualquier retorno posible. Podía sentir la proximidad de su propio final, la tensión acumulada en su base, la inevitabilidad de lo que sucedería.

—Me voy a correr —jadeó, y la admisión sonió como una confesión, como una última traición—. Helena… me voy a correr dentro de ti…

—¡Hazlo! —suplicó ella.

El orgasmio de Nicolás fue devastador. Se estremeció violentamente, su cuerpo arqueándose en un arco extremo mientras pulsaciones de placer puro recorrían su espina dorsal. Se corrió dentro de su hermana, llenándola con su semen.

Helena tuvo su propio orgasmio simultáneamente, o quizás desencadenado por el calor del semen de su hermano llenándola. Su cuerpo se contrajo violentamente.

Cuando finalmente terminaron, Nicolás colapsó sobre el cuerpo de su hermana, todavía dentro de ella, todavía conectado por la carne y el fluido. Podía sentir su corazón martilleando contra el de ella, podía oler el semen del rostro de su hermana a centimetros del suyo.

Los cuatro hombres aplaudieron lentamente, una ovación burlona que resonó en el cuarto como el juicio final.

—Bienvenido al club, Nico.

Nicolás permaneció inmóvil sobre el cuerpo de su hermana, todavía conectado a ella por la carne y el fluido, mientras el aplauso de los cuatro hombres resonaba en el cuarto como una sentencia. Su mente parecía haberse fracturado en mil pedazos, incapaz de procesar la magnitud de lo que acababa de suceder. Podía sentir el semen de otros hombres mezclándose con el suyo dentro de Helena, la humedad de múltiples violaciones creando un caldero de degradación que ahora también llevaba su marca.

Helena, debajo de él, acarició suavemente su espalda con las manos aún atadas. Su tacto era tierno, casi maternal, un contraste violento con la escena que acababa de presenciar y participar.

—Eres mi primer amo —susurró ella, y la confesión hizo que Nicolás sintiera un nuevo escalofrío—. Mi hermano. Mi dueño.

Lucas se acercó, agarrando el cabello de Nicolás y tirando hacia atrás para forzarlo a mirarlo.

—Ahora perteneces a esto —dijo, y su voz no admitía discusión—. Cada vez que la follemos, tú estarás ahí. Cada vez que ella necesite ser usada, serás tú quien la entregue. Eres parte del club ahora, Nico. El club de los amos de Helena Navarro.

Diego se acercó por el otro lado, todavía desnudo, todavía semierecto.

—Feliz cumpleaños para mí —sonrió, y la expresión era pura satisfacción depredadora—. No podría haber pedido un regalo mejor que ver a los hermanos Navarro fundirse en uno solo. Eres un buen follador, chico. Tu hermana gemía como nunca.

Nicolás no respondió. No podía. Su cuerpo traicionero comenzaba a recuperarse, y la vergüenza post-orgásmica se instalaba con la fuerza de una marea negra. Se separó de Helena, viendo cómo su semen se derramaba de ella, mezclándose con el de los demás, creando un río blanco que manchaba las sábanas.

Valeria, desde su posición en la cama, observaba con ojos brillantes. Su propia mano seguía entre sus piernas, acariciándose lentamente, manteniendo su excitación en un nivel constante.

—Quiero que me folle él también —dijo de repente, dirigiéndose a Lucas—. Quiero sentir al hermanito dentro de mí. Quiero ser la puta de ambos hermanos.

—Otra vez —dijo Lucas, y su sonrisa era de lobo—. Pero ahora, todos juntos. Diego, Andrés, Mauricio… preparen a las perras. Esta noche no ha terminado. Esta noche apenas comienza.

Lo que siguió fue un borrón de horas que parecieron días. Nicolás, ya roto, ya convertido, participó en cada demanda. Folló a Valeria mientras Helena observaba, masturbándose con los dedos de Andrés en su boca. Se corrió sobre los pechos de ambas chicas mientras Lucas y Diego las penetraban simultáneamente. Aprendió a dar órdenes, a usar el lenguaje de la dominación que antes le repugnaba. Llamó a su hermana «puta», «zorra», «esclava», y cada palabra salía con más naturalidad que la anterior.

Cuando finalmente la noche terminó, cuando las primeras luces del amanecer comenzaron a filtrarse por las cortinas, los seis cuerpos desnudos yacían dispersos por el cuarto como cadáveres de una batalla sexual. Nicolás estaba sentado en una esquina, la espalda contra la pared, observando a su hermana dormir entre Lucas y Diego, todavía atada, todavía marcada por semen seco en múltiples partes de su cuerpo.

Dos años después

El tiempo en San Jerónimo había transcurrido con la lentitud engañosa de los pueblos pequeños, donde cada día parece idéntico al anterior hasta que miras atrás y descubres que todo ha cambiado. Para los hermanos Navarro, esos dos años habían sido una transformación total, una metamorfosis que los había convertido en criaturas irreconocibles para quienes los conocían de antes.

Helena había abandonado el colegio a los diecisiete años, dos meses después de aquella noche en casa de Valeria. No por fracaso académico —sus calificaciones seguían siendo excelentes—, sino porque Lucas, Diego, Andrés y Mauricio habían establecido un «club» privado donde ella era la atracción principal. Un apartamento en las afueras del pueblo, pagado con fondos que nadie preguntaba de dónde venían, se convirtió en su nuevo hogar. Allí, Helena vivía como esclava sexual a tiempo completo, disponible para sus amos veinticuatro horas al día.

Los padres de Helena habían intentado intervenir al principio. Habían ido a la policía, habían buscado ayuda psicológica, habían intentado «rescatarla». Pero Helena siempre regresaba. Siempre elegía volver al apartamento, a la cama donde la usaban múltiples hombres diariamente, a la vida de sumisión absoluta que había elegido. Finalmente, los padres se habían rendido, avergonzados, mudándose a otra ciudad con la excusa de «problemas familiares» que nadie se atrevía a especificar.

Nicolás, por su parte, había seguido una trayectoria diferente pero paralela. Había terminado la secundaria con calificaciones mediocres, su mente constantemente distraída por las imágenes de su hermana siendo usada, por las sesiones a las que asistía cada vez que podía escapar de la casa. A los diecisiete años, se convirtió oficialmente en el «segundo amo» de Helena, un título que Lucas le había otorgado después de meses de pruebas.

La dinámica se había establecido con precisión matemática. Lucas seguía siendo el amo principal, el dueño absoluto de Helena y Valeria —quien también se había unido al apartamento, abandonando su vida anterior—. Pero Nicolás tenía derechos especiales. Era el único que podía reclamar a Helena sin pedir permiso previo. Era el único cuyo semen ella debía pedir explícitamente, como si fuera un elixir sagrado. Era, en palabras de Lucas, «el amo por sangre», una distinción que lo colocaba por encima de Diego, Andrés y Mauricio en la jerarquía del sexo.

Diego había cumplido diecinueve años y había abandonado el fútbol, dedicándose por completo al negocio que el club se había convertido. No era solo Helena y Valeria ahora. Otras chicas del pueblo, algunas curiosas, otras desesperadas por atención, habían pasado por el apartamento. Pero ninguna permanecía como Helena. Ninguna alcanzaba el nivel de entrega total, de transformación en esclava sexual pura que ella representaba.

Andrés y Mauricio habían seguido caminos separados pero complementarios. Andrés se había convertido en el «reclutador», utilizando su carisma para identificar nuevas chicas potenciales, para persuadirlas de que la sumisión era libertad. Mauricio, por su parte, se había especializado en la documentación. Cada sesión era grabada, fotografiada, archivada. Tenían cientos de horas de material, de Helena siendo usada de todas las formas posibles, de Valeria aprendiendo a ser igual de entregada, de Nicolás transformándose de víctima circunstancial a amo consumado.

La relación entre Nicolás y Helena se había vuelto algo que trascendía el incesto, que trascendía incluso el BDSM. Era una simbiosis absoluta. Él la protegía del mundo exterior, gestionaba sus finanzas, aseguraba que tuviera comida y techo. A cambio, ella existía para su placer. Cualquier hora del día o de la noche, Nicolás podía reclamarla. Podía despertarla a las tres de la mañana solo para follarla y volver a dormirse. Podía usar su boca mientras ella cocinaba, su cuerpo mientras ella intentaba ducharse. No había límites, no había espacios sagrados. Helena era su propiedad, y ella lo agradecía cada día con gemidos de placer.

Valeria había evolucionado de espectadora a participante activa, y finalmente a esclava secundaria. Su relación con Helena era ahora de hermandad sexual, dos esclavas que se compartían, que se usaban mutuamente cuando los hombres estaban agotados. Habían desarrollado una intimidad física que trascendía la amistad, una conexión basada en la comprensión compartida de lo que significaba ser propiedad, ser objeto, ser puta.

Lucas, ahora con veinte años, había comenzado a expandir el negocio. Había contactos en otras ciudades, otros «clubes» similares donde intercambiaban esclavas, donde organizaban eventos de mayor escala. Helena había sido exhibida en tres ocasiones, follada por desconocidos mientras Nicolás observaba desde una esquina, asegurándose de que nadie la dañara permanentemente. Porque a pesar de todo, a pesar de la degradación y la sumisión, había un cuidado protector en la relación de los hermanos. Él era su amo, sí, pero también su guardián, su único punto de referencia en un mundo que las había condenado.

La noche de diecisiete cumpleaños de Nicolás, dos años exactos después de aquella primera vez, se celebró en el apartamento con una orgía que duró doce horas. Todos los miembros del club estaban presentes, más varios invitados especiales de otras ciudades. Helena fue usada por doce hombres diferentes, en todos sus orificios simultáneamente, mientras Nicolás la observaba desde un trono improvisado, masturbándose una y otra vez, corriéndose sobre su rostro cada vez que otro hombre terminaba dentro de ella.

Era su vida ahora. Era su realidad. El chico tímido del colegio, el hermano protector, había desaparecido, reemplazado por un amo despiadado que entendía el poder del sexo, la adicción de la dominación, la belleza terrible de ver a una mujer —su hermana— convertida en pura entrega carnal.

Y Helena, la porrista perfecta, la estudiante ejemplar, existía ahora solo en los recuerdos de quienes la habían conocido de niña. En su lugar había una criatura de sexo constante, una esclava que se despertaba cada mañana preguntándose cuántas vergas la usarían ese día, que se dormía cada noche con el semen de múltiples hombres secándose sobre su piel, que había encontrado en la sumisión absoluta la única libertad que jamás había conocido.

El apartamento en las afueras de San Jerónimo seguía en pie. Las fiestas continuaban cada fin de semana. Y Nicolás, ahora un hombre de diecisiete años con experiencia sexual que superaba la de cualquier adulto del pueblo, seguía arrodillándose junto a la cama donde su hermana yacía, todavía observando, todavía participando, todavía poseyendo.

Porque el día que se llevaron a Nicolás —el día que entró por esa puerta y vio a su hermana convertida en esclava— no había terminado. Seguía ocurriendo, una y otra vez, cada vez que la penetraban, cada vez que ella gemía, cada vez que el semen marcaba su carne como propiedad.

Y no había final a la vista. Solo más sexo. Más sumisión. Más hermandad convertida en posesión absoluta.

La historia de los hermanos Navarro había dejado de ser una tragedia para convertirse en un estilo de vida. Y en San Jerónimo, donde los secretos duraban poco, todos sabían. Pero nadie hablaba. Porque algunas verdades eran demasiado oscuras, demasiado excitantes, demasiado peligrosas para ser nombradas en voz alta.

El club seguía creciendo. Las esclavas seguían llegando. Y Nicolás, el hermano menor, seguía siendo el amo más temido, el más respetado, el más adicto a la visión de su hermana siendo usada.

Dos años después, el incesto ya no era un tabú. Era su naturaleza. Era su verdad. Era el único lenguaje que ambos hermanos compartían en la oscuridad del apartamento, mientras el mundo seguía girando afuera, ignorante de la depravación que se había vuelto su vida cotidiana.

Y la noche siguiente, como todas las noches, volvería a comenzar.

17 Lecturas/20 julio, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: bisexual, colegio, cumpleaños, hermanos, incesto, mayor, recuerdos, sexo
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