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Incestos en Familia

La pubertad inesperada

Juego entre hermanos.
Me llamo Julia, y estoy estudiando seguridad e higiene en Mendoza, Argentina. Para hablarles de este acontecimiento, tengo que retroceder varios años atrás, a mis épocas en el secundario:

La historia comienza cuando tenía unos catorce años. En aquellos tiempos, era menester jugar cada tarde de verano en el patio de casa con mi hermano Alexis de doce años, y nuestra hermanita pequeña, María. Alexis y yo, éramos algo extraños para la mayoría y nos costaba mucho hacer amigos. Los jóvenes de nuestra edad estaban más conectados a sus teléfonos que a la vida real. Nosotros, en cambio, siempre fuimos muy imaginativos, y estábamos acostumbrados a divertirnos jugando con Marí, inventando historias y hasta viviéndolas a su lado.

Una tarde de algún caluroso verano, habíamos estado jugando a los náufragos, un juego que de vez en cuando podíamos jugar con ella y le encantaba.

Tras una fuerte lluvia, se había formado un inmenso charco en el patio de casa. Recuerdo que tiré una tabla de madera que había dando vueltas por algún recoveco , y nos subimos encima, haciendo que fuera nuestra balsa. Pasamos horas ahí arriba, peleamos con piratas, nuestro barco se hundió —pero conseguimos salvarlo— y encontramos un tesoro… Bueno, en fin, juegos de niños.

Cuando se despertó mamá de la siesta, nos vio todos embarrados y mojados. Suspiró, resignada, y me llamó:

—Juli, ya estás grande para esto. Teníamos que ir a lo de tu abuela en un rato —dijo, irritada—. Hacete cargo de tu hermano, quedate con él un rato afuera esperando mientras baño a tu hermana. Mientras termino de preparar unas cosas y esperamos a tu papá, lo bañas a él y te bañas.

Había olvidado que íbamos a merendar a lo de mi abuela. Siempre tuvimos fama de llegar tarde a todos lados, y mi mamá quería cambiar esa percepción.

Mamá le quitó la ropa a Marí y se la llevó al baño. Yo me quedé afuera, con Ale.

—¡Ale! —lo llamé mientras colgaba la ropa de María en el tender— ¡Cuando salga Marí de bañarse, vamos nosotros! Hay que ser rápidos, mamá anda apurada.

—No quiero que me bañes vos, quiero a mamá —refunfuñó.

—Dale, no reniegues, además, ya deberías bañarte solo, estás grande —le dije despectivamente.

El no respondió. Se fue a sentar refunfuñando por lo bajo.

Tas unos minutos, mamá nos pegó el grito, y rápidamente fui hacía la puerta a esperar a Ale.

El avanzaba lento y con la cabeza gacha. Rápidamente lo detuve colocando mi mano sobre su hombro.

—Che, no vamos a entrar así, vamos a hacer un enchastre.

Los dos, nos sacamos parcialmente nuestra ropa. Yo deje mis Crocks afuera, junto a mi blusa, y noté que él se había quedado mirándome mientras bajaba mi short. Llevaba puesto un corpiño, y llevaba un calzón rosa con flores o algo así, no recuerdo con exactitud.

—¿Qué miras? —le pregunté— ¡Apúrate!

Alexis comenzó a sacarse rápidamente su ropa —cabe aclarar que a pesar de nuestras edades, éramos bastante inocentes los dos, debido a la educación conservadora que nos inculcaron en casa. Personalmente, siempre había sentido rechazo hacía el sexo, y a diferencia de mis amigas que ya habían tenido novios y terminado con ellos, para luego volver a estar en pareja nuevamente, yo seguía pensando si jugar Pokemon Esmeralda o Rojo Fuego—, y note un bulto que sobresalía de su bóxer.

Aquello que alguna vez vi como una normalidad, ahora había capturado por completo mi atención. Y tras un esfuerzo monumental por quitar la mirada de allí, mamá volvió a apurarnos, lo que me trajo a la realidad en un instante.

Fuimos corriendo al baño, y mientras yo regulaba la temperatura de la tina, él se terminó de quitar el bóxer.

Al darme vuelta, lo parado frente mío, desnudo completamente. Mis ojos lo escanearon de abajo a arriba, pero durante un instante, mis ojos se detuvieron en su pene, que estaba parcialmente parado, y titilaba mientras él se miraba también.

—¿Te pasa algo, Ale? —pregunté— Nunca lo vi así.

—Últimamente me pasa seguido. Cuando me despierto a la mañana, o incluso mientras jugamos.

No lo había notado antes, pero no le di mucha importancia, se lo veía normal, salvó por aquella anomalía, así que me saque el calzón y mi bra, y los tire en el piso. Rápidamente entre en la tina o le dije que entre, que lo iba a bañar primero a él.

Él obedeció, entró y se puso de espaldas a mí. Tiré ligeramente de su cintura para acercarlo más, y unte su esponja con el jabón. Él me decía que le daba vergüenza, pero le dije que no pasaba nada, que era normal, y que terminaría rápido.

Comencé a frotar sus hombros, pase por su espalda lentamente, termine con los brazos, y casi como abrazándolo, mis brazos lo rodearon y comenzaron a frotar sobre su cuello, su pecho y su panza. Mis manos, segundo a segundo, llegaban un poco más abajo, y la curiosidad me perturbaba, no podía dejar de pensar en su pene de esa forma extraña. Me preguntaba si seguía así o ya estaba como siempre.

Lentamente fui bajando desde su ombligo hasta que algo rozó mi muñeca, y aparte la mano rápidamente.

—¿Sigue así?

—Sí, siento una presión molesta —me respondió.

—Tranquilo, si te duele o algo, voy a limpiar despacito así no te irrita ni nada por el estilo.

El asintió con miedo. Yo llené mis manos de jabón, y deje la esponja, tenía miedo de que la aspereza le hiciera doler o algo, y con delicadeza, mis dedos se deslizaron sobre su piel hasta que rozaron su pene. Note que se sobre saltó un poquito cuando mis uñas se deslizaron sobre la cabeza de su amigo. Pero no parecía dolerle, así que lo envolví en mi puño y suavemente comencé a pasar el jabón y limpiar cada partecita suya.

Recuerdo que mis pechos rozaban sutilmente con su espalda, y eso me estaba produciendo un calor que no había sentido en mi vagina. Ocasionalmente, mi otra mano iba hacía ella y con curiosidad rascaba, intentando que desaparezca la sensación, pero eso no ocurrió.

Estaba tan ocupada con mi calorcito, que olvidé por completo que estaba lavándole el pene a Ale. Y fue su suspiro el qué me hizo entrar en razón nuevamente. Lo miré y su cabeza estaba tirada hacía atrás, con la vista perdida en el infinito entré sus ojos, el techo, y lo que sea que pasará por su cabeza.

—¿Estás bien Ale? —no podía dejar de frotarlo, y cada vez se sentía más macizo entré mis dedos.

—Si, Juli —respondió con voz entré cortada—, no sé porque, pero se está sintiendo bien eso que estás haciendo.

—Te estoy limpiando.

—Bueno, no pares, porfis.

Yo obedecí a su plegaria, y seguí frotando cada vez más rápido. Yo quería ver aquel pene, así que le dije que el jabón se disolvía muy rápido debajo del agua, y que se girará de frente a mí, y se sentará sobre el borde de la ducha.

Lo hizo. Se levantó y se giró bruscamente. Sin querer, en ese movimiento, su pene me golpeó sobre mi cachete izquierdo. Yo retrocedí la cara unos centímetros, y éste se deslizó hasta que su cabeza quedó apoyada sobre mis labios. Yo lo miraba, atónita al ver el tamaño qué tenía —no era tan grande, pero yo siempre lo había visto adormecido, y esa situación me sorprendió bastante—. Él se río y comenzó a moverlo como si fuera una espada, mientras hacía ruiditos con la boca entre risas.

—¡Ya basta! —dije mientras también reía.

Él se sentó sobre el borde de la tina, y yo volví a colocar jabón en mi mano. Me puse como un perrito frente suyo, y con mi mano derecha comencé a frotar nuevamente, y el comenzó a suspirar de nuevo. La velocidad se intensificaba, y no podía detenerme, no quería. De alguna manera, verlo así, y hacer esto, me hacía sentir cosquillas en mi vaginita.

En un momento comencé a acercarme más y más, el morbo inconsciente se había apoderado de mí. Quería saber más de aquello, y estaba dispuesta a olerlo. Quería saber a qué olía, y mi rostro solo se le pego.

Comencé a oler mientras seguía moviendo. Pero quizá tendría que haberlo hecho antes de bañarlo, pues solo olía a jabón.

Él estaba como gimiendo, y sus manos, instintivamente se colocaron sobre mi cabeza y apretaron de mi pelo. Lejos de dolerme, el cosquilleo aumento, y mi mano, por inercia, fue a tocar a ver qué pasaba ahí abajo. Cuando mis dedos rozaron mis labios, note que una humedad que no era agua, era pegajosa. Y cada pequeño roce se volvía más placentero. Lentamente comencé a frotar de arriba abajo sobre todo el largo de mi rayita, y tuve curiosidad nuevamente. No pude oler nada extraordinario, pero quizá tenía algún sabor particular.

—¿Puedo probarlo? —le pregunté, inocentemente.

—¿El qué? —apenas pudo articular su pregunta.

No le respondí. Le eche agua para quitar el jabón, y mis labios se acercaron nuevamente y la cabeza de su pené volvió a rozar apenas sobre ellos, mientras mi mano subía y bajaba sin tregua. Lo primero que note, fue que también tenía un líquido pegajoso, algo transparente, que fluía de su pene. Tenía un gusto medio amargo, algo extraño, pero no me resultó desagradable.

Lentamente, mi lengua empezó a lamer de a poquito la punta, como la lengua de un garito bebiendo de su bebedero. Mis ojos de alzaron y lo vi con la mirada perdida, gimiendo.

—Juli, no sé qué es esto, pero me gusta mucho —dijo entre jadeos.

Sus manos me apretaron a un más el cabello, y tiraron de mi rostro aún más hacía su pene, haciendo que inevitablemente tenga que abrir la boca.

Lo sentía entre mi lengua, entre mi paladar, y el me guiaba como quería. A veces tiraba mi cabeza de arriba a abajo. Otras veces el movía ligeramente la cintura. Mis dedos ya no estaban sobre mi rayita, estaban haciendo movimientos circulares sobre mi clítoris, el cual era algo grandecito. Comencé a sentir un placer sin igual, y ambos comenzamos a gemir con mayor intensidad.

—Juli, siento algo raro…

Yo seguía, inmersa en un nuevo mundo de placeres.

—Juli…

Estaba sintiendo que me encendía en llamas y algo estaba por ocurrir.

—Siento que se me va a salir el pipi. Juli, espera.

Sin embargo era él quién seguía moviendo su pene en toda mi boca. Y yo ya no aguantaba más. En ese instante sentí una especie de corriente que recorrió todo mi cuerpo. Todos mis músculos se tensionaron y logré zafarme de su pene. Caí hacía atrás de cola sobre el lado opuesto de la tina, y entre espasmos muy intensos, sentí un placer que nunca había sentido. En cada contracción, un líquido era disparado de mi vagina, no parecía pipi, pero me estaba volviendo loca. Cuando la secuencia había terminado, suspiré y sonreí sin entender que acababa de pasar. Miré nuevamente a Ale para contarle, y lo vi. Su pene estaba sacudiéndose solo —él ni las manos estaba usando—, pero seguramente verme en esa situación lo revolucionó por completo, y más la chupada que le había estado dando, su pene ya estaba por explotar.

—Juli, me hago… pipi… no puedo aguantar más —dijo.

Y de la nada, entre las fuertes sacudidas, un líquido blanco y espeso comenzó a brotar espeso. Recuerdo aquella secuencia casi en cámara lenta. Primero brotó un poco, una gota tras otra chorreaba y caía en el agua. Yo lo veía casi en un trance. En un instante, un sacudón fuerte le hizo lanzar ese liquido con más fuerza y directo hacía mí, una y otra vez. A pesar de la distancia, todo ese líquido calló sobre mis pechos, y un poquito quedo colgando de mis labios superiores. Mi lengua se asomó para probar un poquito. Era parecido al sabor del fluido transparente que ya le había salido, así que lo tomé completo.

Ale respiraba totalmente agitado, y yo igual. Tenía las tetas llenas de ese líquido viscoso, y mi vagina aun palpitando. El pene de mi hermanito también seguía palpitando, pero ya estaba volviendo a su forma habitual, la que conocía.

Toc toc…

—Apúrense chicos, ya nos vamos.

—¡Ya voy ma! —respondí.

Si quieren parte II. Comenten! Probablemente la haga igual, pero los comentarios me ayudan a mejorar mi redacción.

 

25 Lecturas/4 de noviembre de 2026/0 Comentarios/por RelatosRandom
Etiquetas: amigos, baño, hermana, hermanita, hermano, hermanos, mayor, sexo
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