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Sexo Sin Tabues 3.0
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Incestos en Familia, Orgias, Sexo con Madur@s

La sumisión

«Qué tal este hijo de puta», pensó Jacobo Torres. Uribe no pasaría del metro sesenta y cinco, y al moverse lo hacía con la rapidez propia de los hombres bajos y obesos. La raya del pelo era milimétrica, y vestía un traje oscuro, sobrio. Llevaba un clavel rojo en la solapa..
—¿Qué me decía?

—Le preguntaba si su esposa conoce realmente el trabajo que va a hacer aquí. También está su hija —dijo mirando la solicitud que tenía en frente— …Daniela. ¿A su esposa no le asusta la idea?

—Wendy es una mujer perfecta.

—¿Su hija también?

Jacobo sonrió.

—Creemos que sí. Para sus cinco años es una niña muy segura de ella misma.

Uribe no le devolvió la sonrisa. Guardó la solicitud de Jacobo en una carpeta y luego en un cajón.

Desde el otro lado de la pared, llegaban los gemidos ahogados de una mujer que recibía embestidas con fuerza. El ritmo metálico de una cabecera golpeando contra el muro se mezclaba con jadeos entrecortados y la voz ronca de un hombre ordenando que se abriera más. El sonido de nalgas chocando contra piel desnuda, una y otra vez, con fuerza brutal, se filtraba hasta la oficina. Jacobo distinguió el momento exacto en que la mujer alcanzó el clímax: un grito agudo que quedó sofocado de golpe, como si alguien le hubiera tapado la boca o la hubiera obligado a tragarse el sonido.

—Algunas camareras que sirven solo en el tercer piso participan en las orgías de ahí arriba —dijo Uribe, ajustándose la corbata con gesto impasible—. No es algo autorizado oficialmente, claro está, pero por unas monedas extras están dispuestas a cualquier cosa. Las he visto arrodillarse en grupo, tomando turnos para servir a los huéspedes con la boca, o abrirse de piernas en las habitaciones abiertas mientras varios hombres las usan una tras otra. Una de ellas, recuerdo, se dejó sodomizar durante una noche especialmente frenética. Sangraba un poco, pero no dejó de sonreír ni un segundo. Son putas naturales, aunque vistan uniforme de hotel.

Jacobo, que sospechaba que en un hotel de este tipo habría una o más camareras putas, no dijo nada.

—Obviamente no dejará que su hija suba al piso de las orgías por ningún motivo.

—No —respondió Jacobo, y volvió a sonreír.

Qué situación más fastidiosa, pensó. ¿Acaso este pendejo cree que dejaré jugar a mi hija en un piso lleno de putas y quién sabe qué más cosas?

—El hotel tiene ciento diez habitaciones —dijo Uribe con orgullo—. Treinta son suites y están ubicadas en el tercer piso, únicamente disponibles para quienes participan en las orgías programadas.

Jacobo necesitaba el dinero; era lo único que lo aferraba a tener que escuchar a ese fastidioso personaje.

—En el segundo piso hay cuarenta habitaciones más, treinta dobles y diez individuales. Y en el primer piso veinte de cada una. En el centro está el mostrador de recepción; detrás de él, la administración. En el ala oeste están el comedor y el salón Colorado. El salón de banquetes y el de baile ocupan el ala este. ¿Alguna pregunta?

Uribe era un hombre pequeño y calvo, con traje y corbata gris.

—Si le digo la verdad, señor Torres, Alberto Saavedra, miembro de la administración, es un tipo muy poderoso. Tiene grandes intereses en este hotel. Y bueno, ha sido muy claro: quiere que lo contratemos a usted, y así lo haré. Durante la temporada alta, el hotel emplea ciento diez personas con dedicación completa. La ciudad más cercana está a sesenta y cinco kilómetros de aquí y la única carretera disponible quedará bloqueada para cuando usted y su familia estén acá. Tiene que entender que las personas que vienen a este hotel son tan importantes como el propio señor Saavedra, de las más altas esferas de la política nacional, inclusive.

—Puedo percibir, sin temor a equivocarme, que usted no me considera apto para el puesto —señaló Jacobo.

—Una de las temporadas más complejas es en invierno. Este tipo de establecimientos no puede cerrar en ninguna época del año; sin embargo, el hecho de que el hotel quede prácticamente incomunicado reduce en demasía la cantidad de huéspedes. El hotel es un negocio, al fin y al cabo, y esto nos impide mantener a los ciento diez empleados regulares en esta época. La administración ha considerado que basta con uno: usted. Pero antes de usted, hubo otros. Recuerdo la primera vez que permití que el hombre que contraté viniera con su familia.

Uribe miró a Jacobo con mirada fría.

—El hombre era alcohólico.

Jacobo sintió que en su boca se dibujaba una mueca, lo opuesto a la sonrisa simulada que ya había brindado un par de veces.

—Ah, era eso. Me sorprende que Beto no le haya mencionado que yo no tomo.

—Sí, el señor Saavedra me lo dijo. También me habló de su último trabajo, en ese colegio, tuvo un… episodio con una estudiante… creo que no es necesario que sea más explícito. Sin embargo, el caso que le iba a comentar tiene cierta relación. Cuando contraté a ese imbécil, que ocupó las habitaciones que ahora ocuparán usted, su esposa y su hija, él lo hizo también con su esposa y dos hijas. Como con usted, tuve mis reservas; debe entender que son casi seis meses totalmente aislados y sin más ayuda que la que su familia le pueda dar.

—Pero no es que esté totalmente aislado. Aquí hay teléfono.

El señor Uribe parecía apenado.

—Imagínese que su mujer y su hija fueran abusadas en las escaleras del hotel, señor Torres. Entonces se daría cuenta de lo aislado que está.

Jacobo entendió; no habría forma rápida de huir de una situación así. La nieve no se lo permitiría.

—Continuando con el imbécil ese. La soledad y el contexto del lugar fueron su perdición. Pero por esos mismos motivos fue que pensé que tener a la familia cerca sería un ancla de cordura.

—¿Le hizo algo a su familia?

Uribe se recostó en su silla, cruzó las manos sobre su vientre redondo y suspiró. Su mirada se perdió en algún punto de la pared, como si estuviera decidiendo cuánto contar, hasta dónde extender la confianza. El silencio se prolongó tanto que Jacobo pudo escuchar nuevamente, ahora más distante, los gemidos de alguna otra pareja del otro lado de la pared. Sonidos de carne golpeando carne, de almohadas ahogando gritos.

—No se lo voy a contar con eufemismos —dijo finalmente Uribe, bajando la voz—. El hombre se llamaba Esteban Vargas. Llegó aquí con su esposa, una mujer de treinta y tres años llamada Patricia, y sus dos hijas pequeñas: Laura y Camila. Eran… eran una familia decente, aparentemente. Él había sido empleado de una petrolera, ella ama de casa. La temporada de invierno comenzó como cualquier otra. Las primeras semanas transcurrieron sin incidentes. Él cumplía con sus labores de mantenimiento, atendía las calderas, reparaba las goteras que el hielo provocaba en los techos.

Uribe hizo una pausa y tomó un sorbo de agua de un vaso que tenía sobre el escritorio. Jacobo notó que le temblaba ligeramente la mano.

—El problema comenzó con el alcohol. Vargas juró que no bebía, o que bebía socialmente. Pero aquí, encerrado durante meses, sin más compañía que su propia familia y la nieve… empezó a beber. Seguro que debió comenzar con una copa después de cenar, luego dos, luego media botella de whisky antes del mediodía.

Una noche, una noche particularmente fría de febrero. No había huéspedes. Solo estaban ellos, la familia Vargas, y dos camareras que dormían en el ala de servicio, las ultimas que han decidido quedarse en esas condiciones. Esa noche, Vargas se emborrachó. Se bebió tres botellas de whisky que luego se encontraron en el sótano.

Uribe se detuvo nuevamente. Su rostro se había ensombrecido, como si recordar aquello le causara físico dolor.

—Según me contó después Patricia, su esposa, él llegó a la habitación familiar pasada la medianoche. Estaba completamente fuera de sí. Los ojos inyectados en sangre, el aliento pestilente a alcohol, la ropa desordenada. Las hijas ya dormían en sus respectivas camas. Patricia intentó calmarlo, llevarlo a la cama, hacer que durmiera. Pero él tenía otros planes. La agarró del cabello, señor Torres. La agarró del cabello y la obligó a arrodillarse frente a él. Y ahí, en la habitación que compartían, la obligó a meterse su verga en la boca. Pero no fue suficiente. La violencia con la que actuaba, la brutalidad… Patricia me dijo que él nunca había sido así. Que en diez años de matrimonio jamás la había tratado de esa manera.

Jacobo escuchaba con una mezcla de horror y fascinación repulsiva. Podía imaginar la escena: el hombre borracho, la mujer aterrorizada, el viento aullando fuera.

—Pero eso fue solo el comienzo —continuó Uribe, y su voz bajó aún más, convirtiéndose casi en un susurro conspiratorio—. Cuando terminó con ella, cuando la dejó ahí tirada en el suelo, tosiendo, con el maquillaje corrido por las lágrimas… escuchó a una de las hijas. Camila, la menor, había despertado con los gritos. Era una niña de nueve años. Patricia me contó que escuchó todo. Que intentó levantarse, que intentó ir a ayudar a su hija, pero estaba demasiado aturdida, demasiado golpeada. Y escuchó… escuchó cómo su esposo, el padre de sus hijas, forzaba a Camila. La escuchó gritar, suplicar que parara, llamarlo «papá» una y otra vez, rogándole que volviera en sí. Pero él no escuchaba. Él estaba en otra parte, en algún lugar oscuro donde los instintos más primitivos gobernaban.

Jacobo sintió náuseas. Apretó los puños sobre sus rodillas.

—¿Y la otra hija? —preguntó, aunque no estaba seguro de querer saber la respuesta.

Uribe asintió lentamente.

—Laura. La mayor. Cuando Vargas terminó con Camila, todavía no había saciado su… su apetito. Camila quedó ahí, inconsolable, violentada. Y él, en lugar de detenerse, en lugar de darse cuenta del monstruo en el que se había convertido, fue por Laura. La despertó de la misma manera. La tomó por sorpresa, la inmovilizó, y… y la usó de la misma forma. Pero con ella fue diferente. Laura, según supe después, intentó defenderse a golpes. Lo arañó, le mordió, intentó escapar. Pero él era más fuerte, y estaba completamente perdido en su delirio etílico. La violó con una brutalidad que… que dejó a la pobre chica en estado de shock durante días.

El silencio que siguió fue sepulcral. Jacobo podía escuchar su propia respiración, acelerada, y el latido de su corazón en los oídos.

—¿Qué pasó después? —logró preguntar.

—Al día siguiente, cuando la borrachera pasó, cuando Vargas vio lo que había hecho… intentó suicidarse. Se cortó las muñecas en la bañera de su habitación. Tuvo que ser llevado en helicoptero al hospital de la ciudad. Lo salvaron, físicamente. Pero las heridas que le causó a su familia… esas no se curan. Patricia y sus hijas se fueron del hotel antes de la llegada del helicoptero, en medio de la tormenta. Tuve que enviar a alguien a buscarlas cuando la carretera permitió el paso, una semana después. Estaban en un pueblo cercano, en una pensión, en estado catatónico las chicas, histérica ella. Denunciaron a Vargas, por supuesto. Pero el proceso judicial… bueno, eso es otra historia. Él está en prisión ahora, pero su familia quedó destruida.

Jacobo procesaba la información. La imagen de aquella noche de horror, el hombre convertido en bestia, las hijas violadas por su propio padre… era demasiado.

—¿Y por qué me cuenta esto? —preguntó finalmente—. ¿Para asustarme? ¿Para que renuncie antes de empezar?

Uribe negó con la cabeza.

—Le cuento esto para que comprenda la verdadera naturaleza del aislamiento, señor Torres. No es solo la nieve, no es solo la distancia. Es lo que el encierro hace a la mente humana. Es cómo los instintos más básicos emergen cuando se eliminan las restricciones sociales. Vargas no era un monstruo cuando llegó aquí. Era un hombre común, con una familia común. El hotel… el hotel y el invierno lo convirtieron en algo terrible.

Jacobo asintió, aunque no estaba completamente convencido. Había algo más en la historia, algo que Uribe no estaba contando. Pero decidió dejarlo pasar por ahora.

—Hay algo que no entiendo —dijo Jacobo, cambiando de postura en la silla—. Este Vargas… ¿tenía experiencia previa en actividades sexuales fuera de lo común? Quiero decir, lo que describe… la violencia, el cambio de personalidad, el atacar a su propia familia… ¿era algo que ustedes hubieran podido anticipar? ¿Se fijaron en su historial sexual, en sus inclinaciones, antes de contratarlo?

Uribe lo miró con extrañeza, como si la pregunta lo hubiera tomado desprevenido.

—¿Su historial sexual? —repitió, incrédulo—. Señor Torres, nosotros no somos la policía moral. Contratamos empleados, no santos. No investigamos qué hacen las personas en su intimidad. ¿Por qué lo pregunta?

Jacobo se encogió de hombros, intentando parecer casual.

—Curiosidad, supongo. Me pregunto si el tipo ya venía con esos demonios adentro, o si realmente fueron creados por el aislamiento. Si ustedes hubieran sabido que era un hombre con… experiencias sexuales amplias, digamos, con prácticas fuera de lo convencional, ¿lo habrían contratado?

—¿Por qué? ¿Acaso usted…?

La pregunta quedó flotando en el aire. Uribe observó a Jacobo con una intensidad nueva, evaluándolo, escudriñándolo como si intentara ver más allá de su apariencia respetable.

Jacobo sintió que había llegado el momento. La conversación había derivado exactamente hacia donde él quería. Sonrió, una sonrisa genuina esta vez, no la simulada de antes.

—A mi esposa Wendy y a mí nos gusta leer relatos pornográficos —dijo con naturalidad, como quien confiesa que le gusta el café por las mañanas—. Llevamos años haciéndolo. No como voyeristas pasivos, entienda, sino como… exploradores. Nos interesa la sexualidad en todas sus formas, en todas sus manifestaciones. Leemos desde lo más soft hasta lo más extremo. Bondage, dominación, sumisión, intercambio de parejas, sexo en grupo, prácticas que ni siquiera tienen nombre todavía. Lo leemos todo.

Uribe abrió los ojos, sorprendido por la franqueza de la confesión.

—Pero eso no es todo —continuó Jacobo, inclinándose hacia adelante, bajando la voz conspiratoriamente—. Yo también escribo. En una página, bastante conocida en ciertos círculos de internet. Se llama SexoSinTabues. ¿Ha oído hablar de eso?

Uribe negó con la cabeza, aunque su expresión sugería que estaba tratando de recordar si había escuchado ese nombre antes.

—Llevo cinco años escribiendo ahí —explicó Jacobo—. Relatos principalmente, aunque también ensayos sobre sexualidad, análisis de prácticas poco convencionales, críticas a la represión sexual de la sociedad. Tengo una base de lectores bastante fiel. Algunos de mis relatos han tenido… digamos, cierto impacto. Escribo sobre fantasías que la mayoría de la gente ni siquiera se atreve a pronunciar en voz alta.

—¿Qué tipo de fantasías? —preguntó Uribe, y Jacobo notó que había un tono diferente en su voz ahora, una mezcla de repulsión y curiosidad morbosa.

—Todas las fantasías —respondió Jacobo con una sonrisa—. Escribo sobre sexo entre familiares, señor Uribe. Sí, eso que acaba de contarme de Vargas… ese tipo de escenas, pero consensuadas, exploradas desde la fantasía erótica. Escribo sobre padres e hijas que deciden cruzar líneas prohibidas, sobre madres que enseñan a sus hijos, sobre hermanos que descubren el placer juntos. Escribo sobre orgías donde no hay límites. Escribo sobre sumisión total, sobre esclavitud sexual voluntaria, sobre personas que entregan su cuerpo y su voluntad a otros para ser usados como objetos de placer.

Uribe trago saliva. Jacobo podía ver cómo la garganta se le movía bajo la piel.

—Escribo con detalles explícitos —continuó Jacobo, disfrutando visiblemente del efecto que sus palabras causaban—. No uso eufemismos. Describo cada penetración, cada lengua que lame, cada orificio que se abre para recibir. Describo el sabor del sexo, el olor, la textura de los fluidos mezclándose. Mis lectores saben exactamente cómo se siente estar dentro de una mujer, cómo se siente tener a un hombre en la boca, cómo es la sensación de ser tomado por detrás mientras se mira a los ojos de otro amante.

—Mi última serie de relatos —prosiguió Jacobo, como si estuviera contando sus vacaciones— se titula «La Familia Perfecta». Es la historia de un hombre, su esposa, y su hija de cinco años, que deciden pasar un invierno aislados en un hotel remoto. El aislamiento, la nieve, la imposibilidad de escape… todo eso los lleva a explorar límites que nunca antes se habían atrevido a cruzar. El padre usa a la hija primero, luego la esposa se une, y finalmente los tres establecen una dinámica donde el placer es compartido sin restricciones. Es uno de mis trabajos más populares. He recibido cientos de mensajes de lectores diciéndome que han actuado esas fantasías con sus propias familias después de leerme.

Uribe parecía haber quedado mudo. Sus ojos, pequeños y hundidos en la carne de su rostro, no se apartaban de Jacobo.

—¿Sabe qué es lo más interesante, señor Uribe? —preguntó Jacobo, y su voz ahora tenía un tono casi musical, de quien disfruta revelando un secreto guardado durante mucho tiempo—. Lo más interesante es que esos relatos no son pura fantasía. Wendy y yo… hemos vivido algunas de esas escenas. No todas, claro está. No hemos llegado a los extremos de mis personajes. Pero hemos explorado. Hemos invitado a extraños a nuestra cama, hemos participado en intercambios, hemos grabado videos de nuestras prácticas más íntimas y los hemos compartido en foros especializados. Wendy tiene un talento especial para la sumisión. Le encanta ser dominada, ser tratada como una esclava sexual, ser obligada a hacer cosas que en la vida «normal» nunca haría. Y yo… yo tengo el talento de orquestar esas escenas, de dirigir el placer, de crear situaciones donde los límites se difuminan.

Jacobo hizo una pausa, observando la reacción de Uribe. El hombre parecía atrapado entre el deseo de echar a Jacobo de su oficina y la curiosidad morbosa de saber más.

—Daniela —continuó Jacobo, y al pronunciar el nombre de su hija su voz se suavizó, tomó un tono casi tierno—. Mi hija ha crecido en este ambiente. No la hemos mantenido al margen de nuestra sexualidad, aunque tampoco la hemos forzado a nada. Ella sabe que sus padres son personas sexuales, que el placer es importante para nosotros. Y curiosamente, ella también lo es. A sus cinco años, Daniela ya ha explorado su cuerpo de maneras que muchas mujeres no hacen en toda su vida. Sabe lo que le gusta, sabe cómo pedirlo. Es una niña muy segura de sí misma, como le dije antes. Y es… receptiva. Abierta a nuevas experiencias.

Uribe finalmente encontró su voz.

—Señor Torres… Jacobo… no sé si debo escuchar esto. Lo que está sugiriendo…

—No estoy sugiriendo nada —interrumpió Jacobo con una risa suave—. Solo le estoy respondiendo a su pregunta. Usted quería saber si tengo experiencia en actividades sexuales diferentes a las comunes. La respuesta es sí. Tengo vasta experiencia. Sé cómo organizar una sesión de sexo en grupo donde todos los participantes quedan satisfechos, donde cada orificio es ocupado, donde el placer fluye en todas direcciones. He participado en orgías donde cinco, seis, siete personas se funden en una masa de carne sudorosa, donde no se sabe dónde termina un cuerpo y dónde empieza otro, donde la identidad individual se pierde en el éxtasis colectivo.

Jacobo se inclinó aún más hacia adelante, hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del de Uribe.

—Y sé algo más —susurró—. Sé cómo mantener el control. Esa es la diferencia entre Vargas y yo. Él perdió el control. Se dejó llevar por el alcohol y se convirtió en una bestia. Yo nunca pierdo el control. Incluso cuando participó en las escenas más extremas, incluso cuando tengo a mi esposa atada y desvalida, lista para ser usada por mí o por otros, yo mantengo la mente fría. Dirijo la acción. Decido quién hace qué, quién entra en quién, quién puede llegar al clímax y quién debe esperar. Soy un director de orquesta, señor Uribe. Y mi orquesta produce sinfonías de placer que seguramente ese tal Vargas nunca pudo ni imaginar.

Uribe parecía haber encogido en su silla. Su rostro, ya pequeño, parecía haberse reducido aún más, como si intentara retroceder físicamente de la intensidad de Jacobo.

—Por eso —concluyó Jacobo, recostándose finalmente en su asiento—, cuando le dije que Wendy es una mujer perfecta, no me refería solo a que es una buena esposa o una buena madre. Me refería a que es perfecta para mí, para mis necesidades, para mis prácticas. Y cuando dije que Daniela es segura de sí misma… bueno, ya puede imaginar a qué me refería. Ella conoce su sexualidad. No le tiene miedo. Y en un lugar como este, aislado, lejos de las miradas de la sociedad… quién sabe qué límites podríamos explorar juntos, como familia.

El silencio que siguió fue denso, cargado de posibilidades no dichas, de imágenes que Uribe claramente intentaba no visualizar pero que ya habían sido plantadas en su mente.

—Entiendo —dijo finalmente Uribe, y su voz sonó extrañamente ronca, como si no la usara hace mucho tiempo—. Entiendo… su situación. Pero debo ser claro: este hotel no es un lugar para… para esas prácticas. Las orgías del tercer piso son un negocio, señor Torres. La mujeres son prostitutas pagas, profesionales que ofrecen un servicio a huéspedes que pagan por ello. Lo que le pasó a la familia Vargas fue una tragedia, no un modelo a seguir.

Jacobo asintió, aunque su sonrisa decía que no estaba completamente de acuerdo.

—Por supuesto, por supuesto. No esperaba otra cosa. Solo quería ser honesto con usted, señor Uribe. Quería que supiera con quién está tratando. No soy Vargas. No voy a perder el control y violar a mi familia en medio de una borrachera. Pero tampoco voy a fingir que soy un monje. Si las circunstancias se presentan, si las personas involucradas están de acuerdo… bueno, yo no creo en reprimir los deseos naturales. Creo en explorarlos, en darles rienda suelta, en encontrar el placer dondequiera que esté disponible.

Se levantó de la silla, extendió la mano hacia Uribe.

—¿Tenemos un trato entonces? ¿Soy el nuevo empleado de invierno del hotel?

Uribe miró la mano extendida durante un largo momento. Jacobo podía ver cómo luchaba internamente, cómo pesaba los riesgos contra los beneficios. Finalmente, el hombre pequeño tomó la mano de Jacobo y la estrechó con un gesto que parecía de resignación más que de entusiasmo.

—Tiene el puesto —dijo Uribe.

—No se preocupe —interrumpió Jacobo, y su sonrisa era radiante, triunfal—. Mi familia está perfectamente segura conmigo. Somos una familia perfecta, después de todo. Y las familias perfectas se cuidan entre sí… en todos los sentidos posibles.

Soltó la mano de Uribe y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro.

—Ah, y señor Uribe… si alguna vez quiere leer algunos de mis relatos, el blog es SexoSinTabues. Estoy pensando en escribir una serie especial que creo que le interesaría particularmente. Se llamaría «El Administrador». Es sobre un hombre pequeño, con traje oscuro, que dirige un hotel remoto donde ocurren cosas muy interesantes. Spoiler: al final, el administrador termina participando en las orgías que tanto intenta controlar. La ficción es maravillosa, ¿no cree? Nos permite vivir vidas que en la realidad no nos atrevemos a tener.

Y con eso, Jacobo Torres salió de la oficina, dejando a Uribe sentado en su silla, con la mente llena de imágenes que no podía borrar y la certeza de que acababa de cometer un terrible error.

7 Lecturas/26 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: colegio, hermanos, hija, madre, mayor, padre, sexo, vacaciones
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