La trampa
El trío de Fran con mari y carmen.
El día siguiente llegó con una tensión eléctrica que se podía cortar con un cuchillo. Desde que despertaron, Mari y Carmen no habían dejado de enviarse mensajes cifrados, alimentando un hambre que ya no era solo deseo, sino una necesidad animal de posesión. Ambas habían seguido las instrucciones de Fran: se habían comprado lencería que no dejaba absolutamente nada a la imaginación. Mari eligió un conjunto de encaje negro, transparente y ajustado, que resaltaba sus curvas y dejaba sus pezones asomando con insolencia. Carmen, por su parte, optó por un rojo carmesí, provocador y diminuto, con tiras que se hundían en su piel y un hilo dental que desaparecía entre sus nalgas.
A las doce en punto, el sonido del portón anunció la llegada del depredador. Fran entró en la casa y fue recibido en la sala por las dos hermanas. El silencio que siguió fue denso, cargado de feromonas. Fran las recorrió con la mirada, deteniéndose en los detalles de la lencería, sintiendo cómo su pene se ponía rígido instantáneamente bajo el pantalón.
—Parece que ambas hicieron la tarea —dijo Fran con una voz ronca que hizo que las piernas de las hermanas temblaran.
Sin mediar palabra, Fran las tomó a ambas por la cintura y las llevó hacia la habitación. No hubo preliminares lentos; el hambre era demasiada. Fran comenzó por Carmen, quien se lanzó sobre él con una urgencia desesperada. Le arrancó la camisa y comenzó a besar su cuello mientras Mari, observando con los ojos nublados de lujuria, se despojaba de su encaje negro, quedando desnuda y brillante bajo la luz del mediodía.
Fran puso a Carmen a cuatro patas sobre la cama y, sin lubricante más que la propia humedad de la anticipación, la penetró brutalmente por la vagina. Carmen soltó un grito de placer puro, mientras Mari se posicionaba frente a ellos, arrodillada, para recibir el miembro de Fran cada vez que él salía del cuerpo de su hermana. Era un ciclo frenético: una embestida profunda en Carmen, un beso voraz y una succión intensa de Mari.
Alrededor de la una de la tarde, Fran decidió subir la apuesta. Colocó a las dos hermanas espalda contra espalda, formando un arco de carne y deseo. Mientras penetraba a Carmen por el ano, haciendo que ella sollozara y arqueara la espalda por la intensidad del dolor placentero, utilizaba sus manos para masajear y estimular el clítoris de Mari, quien gemía desesperada pidiendo su turno.
—¡Ahora yo! ¡Ponme a mí también! —suplicaba Mari.
Fran cambió la posición. Puso a Mari boca arriba con las piernas apoyadas en sus hombros y comenzó a taladrarla con una fuerza implacable. Mientras hacía esto, Carmen se colocó encima de Fran, usando sus senos para acariciar el rostro de él y succionando sus propios dedos mientras veía cómo su hermana era reclamada. El sonido de la carne chocando contra la carne llenaba el cuarto, un ritmo húmedo y carnal que no daba tregua.
A las tres de la tarde, la habitación era un horno de sudor y fluidos. Fran decidió explorar la sumisión de ambas. Las puso en posición de «tren», con Mari adelante y Carmen detrás, ambas en cuatro. Fran comenzó a alternar: penetraba el culo de Mari con una profundidad que la hacía jadear, y luego, con un movimiento rápido, se deslizaba para llenar el ano de Carmen. Las hermanas se miraban entre sí, compartiendo la complicidad del pecado, sintiendo cómo el mismo hombre las marcaba a las dos en sus lugares más prohibidos.
—Son unas putas exquisitas —les susurró Fran al oído mientras las azotaba rítmicamente.
La tensión llegó a su punto máximo hacia las cinco de la tarde. Fran las llevó al suelo, sobre una alfombra espesa. Colocó a Carmen sobre su pecho y a Mari entre sus piernas. Comenzó un juego de sexo oral coordinado: mientras Carmen succionaba su pene con una técnica experta, Mari recibía la lengua de Fran en su clítoris. Luego intercambiaron roles, creando un círculo de placer donde nadie quedaba sin estimulación.
El clímax final comenzó a las cinco y media. Fran puso a las dos hermanas frente a él, arrodilladas y con los pechos pegados. Él se situó detrás de ellas, utilizando sus manos para abrir sus vaginas y culos simultáneamente. Con una energía renovada, comenzó a penetrar a Carmen por la vagina y, en un movimiento casi imposible de destreza, rozaba el ano de Mari.
—¡Ahora! ¡Lléname a las dos! —gritaron las hermanas al unísono.
Fran se posicionó para el final. Primero, penetró el ano de Mari con una fuerza devastadora, llegando al límite de su resistencia. Cuando sintió que el espasmo llegaba, eyaculó una cantidad masiva de semen caliente, inundando el recto de Mari. Sin darle tiempo a recuperarse, se retiró y, con el miembro aún palpitante, entró profundamente en la vagina de Carmen. Allí, soltó una segunda descarga, llenando el útero de su hermana con una leche espesa y caliente que la hizo convulsionar en un orgasmo volcánico.
Pero Fran no había terminado. Para sellar la tarde, tomó a ambas por el cabello y las obligó a recibir el resto de su semilla en sus rostros y pechos. El semen blanco contrastaba con la piel sudada y sonrosada de las hermanas, quienes se lamió mutuamente los restos del fluido masculino, saboreando la esencia del hombre que las había dominado durante seis horas.
A las seis en punto, el silencio volvió a la habitación, roto solo por los jadeos exhaustos. Mari y Carmen quedaron tendidas sobre la cama, entrelazadas, con los cuerpos marcados por los besos, los arañazos y el semen que goteaba de sus orificios. Se miraron con una sonrisa de satisfacción absoluta; habían cruzado una línea de la que ya no había retorno, y el vínculo que ahora las unía era el más obsceno y placentero de sus vidas.


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