Las primeras caricias de papá
El primer relato…..
Dicen que algunos recuerdos se esconden en el cuerpo. Yo, desde muy nene, recuerdo siempre sentir la necesidad de tocarme el hoyito del culo. Lo hacía en la ducha, antes de dormir, al ver la tele y estar aburrido, cuando me sentía ansioso o impaciente por algo, un cosquilleo en el centro de mi culo hacia que me acariciara los pliegues de mi orificio, y me daba calma. Me entretenia, me hacía sentir a gusto. Mi madre luchaba con quitarme la manía –decía ella- de estar tocándome el culo. En cambio, mi papá…. no me reprendía, solo disimulaba y dejaba que siguiera entretenido con mi hoyito. En ese entonces tendría 7 años. En ese verano, mi madre obtuvo un empleo que la hacía estar fuera de casa, dejándome al cuidado de una amiga suya. Ella tiene un hijo, Julián, o Juli como le decían, era un adolescente cuya buena parte de su vida giraba en torno al porno, las pajas, los amigos… y las pajas. Por él, vi mi primer video porno. Esas montadas y mamadas se quedaron incrustadas en mi memoria sin poder siquiera procesarlas con claridad.
Cuando papá no trabajaba, prescindía de la ayuda de la amiga de mamá, y se quedaba conmigo en casa, o me cargaba con él en el coche a recorrer la ciudad. Nunca entendí de qué trataba su trabajo. El me decía que ayudaba a las personas con sus negocios y que por eso le pagaban. Hablaba con lo que imagino serían los dueños, les llevaba papeles, discutían de cómo evadir multas, mi papá les daba consejos. Resultó que era contador. Restaurantes, bares, clubs nocturnos, moteles, licorerías…. Gente muy peculiar, quizá mi madre se referiría a ellos como de “mal vivir”, gente de la noche. Para mi, acompañarle era extraño y al mismo tiempo divertido.
Cuando no salíamos a sus diligencias, nos quedábamos en casa. Como era la costumbre, luego de desayunar y jugar un rato, me daba un baño. Al ser aun pequeño, mi padre me bañaba. Me llamaba desde el baño y me observaba sacarme la ropa, mientras el se sacaba la remera para no mojarla. Me gustaba ver su pecho con vellos, tan diferente al mío delgadito y lampiño. Hablábamos, de cualquier cosa, mientras me lavaba el cabello, y luego con sus manos esparcía ágilmente el gel de baño por todo mi cuerpo… pasando por mis hombros, mi pecho, mi espalda, mis nalguitas, mi pequeño pito, mis piernas. Sus manos recorriéndome me daban un gusto tan rico como difícil de expresar. Con mis ojos cerrados para evitar que el shampoo me los irritara, solo sentía las manos de papá tallando mi pequeño cuerpo. Su baño era una sesión de caricias jabonosas. Sus pulgares frotando mis pequeños pezones, sus dos manos bajando por mi cintura, y subiendo de nuevo por mi espalda, bajando otra vez pero hacia mis nalgas, su dedo hundiéndose entre mi raja, lubricando mi pequeño hoyito, y luego sin detenerse pasar sus manos por mis bolas y mi pito lampiños. Sentía una electricidad en el cuerpo que me hacia saltar un poquito. Sus manos bajaban por mis piernas, mis pies, cada uno de mis dedos, para luego volver a subir hacia mi pecho y espada y bajar hacia el centro de mis nalgas, frotando los pliegues de mi ano que se contraían y se relajaban al ritmo de sus dedos, regalándome ese gusto prohibido, al menos un momento. Yo no se si mi pitito se pondría duro, supongo que sí, porque la sensación era riquísima e indebida…. Ya mamá lo había dicho, era una “manía sucia”, pero que papá sin decírmelo, aceptaba. Venia el momento de enjaguarme, el agua llevándose la espuma originada por esas caricias, y finalmente abrir los ojos y verlo sonreír, cubriéndome con una toalla.
En mi mente, las escenas porno de hombres tocando a mujeres con tanta lujuria y deseo, se superponían con las caricias de papá durante los baños. Me tocaba mi pequeño ano y mi mente lo asociaba a las mujeres de las películas frotándose la concha. Una noche, prendì la tele en mi habitación, y me quedé viendo una película de acción con la ilusión de que hubiese alguna escena sexual, hasta que finalmente llegó. Un hombre desvistiendo a una chica encima de una mesa, lamiéndole los pechos, metiendo su mano por debajo de su falda, y ella desabrochando desesperadamente el pantalón de él, quedando sus nalgas velludas y redondas en primer plano. Me quite la pijama, y entrelazándome con las sabanas empecé a frotarme como si de otro cuerpo se tratara… la tela frotaba mi pene y se metía entre mis piernas rozando la raja de mi culito, moviéndome como un gusanito sobre la cama. Tan caliente estaba en mis morbos infantiles, que no me percaté que papá me observaba desde la puerta. Su figura en la oscuridad, me dejó helado, descubierto, sin embargo, solo dijo: “No olvides de apagar la tele antes de dormir, amor, y se retiró”. Que vergüenza sentí! Me cubrì todo con la sabana y me dormí.
Como había dicho, mi papa nunca me decía nada, ni cuando me encontraba con las manos dentro de mi pantalón palpándome el ano y el pito, ni cuando me vio desnudo contorneándome y haciendo el amor imaginariamente. Su complicidad no era explicita y no sabía qué pensar de su silencio. ¿Pensará también que está mal hacer eso? Hasta que un día, un viernes recuerdo bien, luego de salir de la ducha, se sentó conmigo a hacerme compañía mientras yo veía caricaturas.
“¿Me haces un espacio cariño?
Sì pa”
Solo vestía un bóxer azul. Al verlo casi desnudo, me impresionó. Su piel blanca, los vellos de su entrepierna… los vellos de su ombligo que se dirigían a su pubis, sabiendo que ahí, debajo de esos boxers, estaba su verga, una verga de hombre, como la de los videos que Juli veía. Se sentó a sus anchas, tomando posesión del sillón, extendiendo un brazo por encima del respaldar. Vi el vello de su axila, y sin entender por què me sentì hipnotizado por esa mata de pelo oscuro. Suspiró de placer, inflando su pecho y diciendo a viva voz: ¡que relajo puta madre! Me miró y nos empezamos a reir.
“Cariño, me harías el favor de traerme una lata de cerveza?
A lo que yo de un salto, me presté a complacerle. Cuando regresé había cambiado de canal, y estaba viendo una serie policial. Dio una palmada en el mueble invitándome a sentarme a su lado. Aspiré el aroma de los vellos de su axila, un olor a jabón y a su sudor, y me encogí a su lado, recostado en su pecho y bajo su brazo, como un cachorro, sintiendo su piel, sus vellos, su respiración. Su brazo bajo hacia mí, rodeándome y tocando mi hombro y pecho con movimientos suaves de sus dedos. Con la otra mano sostenía la lata, e iba tomando con sorbos largos. Me acomode mejor, para casi recostarme sobre su pecho; el al sentirme me apretujó dándome un beso en la frente. Algunas escenas eróticas de la serie me dejaban sin aliento, ¿será que a él también le gusta ver eso como a mi?
“Epa! Se puso interesante…” dijo, abrazándome un poco más fuerte, esta vez su mano tocaba mi cintura por debajo de la camiseta de mi pijama. Me hizo sonreir… “si, le gusta también”. Yo me acomode más en su pecho, pasando un brazo sobre su abdomen, abrazándolo. “Que rico cariño” me dijo como suspirando. Yo acaricie su pecho velludo, besando un poquito su piel… “Me gusta estar asi contigo, solos en casa” me dijo, mientras su mano se introducía debajo de mis shorts de algodón tocándome una nalga. En ese momento, recordé todas las veces que él me había visto tocarme y no había dicho nada, su mano en mis nalgas hizo que lo sintiera cómplice del gusto por tocarme a escondidas. Su respiración se agitaba, a medida que su mano recorría mis nalguitas, pasando su dedo por mi raja. Yo veía la tele solo sintiendo sus dedos buscar mi hoyo, abriendo mis nalgas, acariciando finalmente mis pliegues. Suspirè y lo abrace un poco mas fuerte. Vi su bóxer, y su verga se movia ligeramente, endureciéndose cada vez mas, estirando la tela. Sacó su mano y la llevo a su nariz, olió sus dedos con ganas, echò saliva y volvió a metérmela. Me mojò el anito, moviendo sus dedos suavemente. Suspiré más, y bese su pecho. Con su otra mano, levanto mi cara hacia la suya, y me beso suave, su saliva humedeció mis labios, y me dejo con la boca abierta. Me miró a los ojos, con su mirada profunda e inyectada, y me volvió a besar, mientras incrustaba la punta de su dedo en mi hoyo húmedo. Recibì sus labios de hombre adulto, moviéndose pausadamente, disfrutando los segundos, mordiendo mis labios, metiendo apenas su lengua a mi boca, enseñándome a abrirla para recibirla entera. “Recuerda que me tienes a mí”, me dijo, “cada vez que te pique el culito ¿si?” Yo solo asentí con los ojos semicerrados. Ese fue el inicio de un camino de placer con él.


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