Llevo a Carla al Glory Hole
Cuando volvimos del camping tuve una llamada de David y me comentó que llevara a Carla a un sexshop que……
Entramos por la puerta trasera del local, esa que David me dijo que usara para que nadie nos viera juntos. Carla iba a mi lado, nerviosa, con esa falda corta que le había puesto y esas medias de rejilla que dejaban ver sus piernas delgadas. No llevaba top, se le marcaban los pezoncitos pequeños a través de la camiseta fina.
—Papi, ¿estás seguro de esto? —me susurró cuando cerré la puerta tras nosotros.
El pasillo estaba oscuro, iluminado solo por una luz roja tenue. Olía a sexo, a sudor, a lubricante. Ese olor característico de los sitios donde la gente viene a follar sin preguntar nombres.
—Tranquila, cariño. David me ha dicho que este sitio es discreto. Nadie sabrá que hemos estado aquí.
Llegamos a la sala del glory hole. Era una habitación pequeña, con paredes de madera oscura y varios agujeros a diferentes alturas. Solo había espacio para pollas, como había dicho David. Nada de agujeros para manos. Los tíos metían su verga, se follaban lo que fuera que estuviera al otro lado, y se iban. Sin tocar, sin ver caras.
Carla miró los agujeros, sus ojos marrones abiertos de par en par.
—¿Y ahora qué, papi? —me preguntó, jugueteando con el borde de su falda.
Me senté en la silla de cuero gastada que había en la esquina.
—Ahora esperamos, hija. Y cuando empiecen a asomar las pollas, tú te pones a trabajar.
—¿Trabajar? —se rio nerviosa—. ¿Qué tengo que hacer exactamente?
Se oyó un ruido al otro lado de la pared. Unos pasos. Luego el sonido de una cremallera bajando.
—Mira —señalé uno de los agujeros superiores.
Una polla blanca, de unos dieciocho centímetros, gorda y con las venas marcadas, asomó por el agujero. Estaba semierecta, moviéndose ligeramente, buscando contacto.
Carla se acercó, inclinándose para verla mejor.
—Joder, papi… —suspiró—. ¿Tengo que…?
—Sí, hija. Chúpala. Eso es lo que venimos a hacer.
Se arrodilló en el suelo de cemento frío, mirando hacia atrás para ver mi aprobación. Asentí con la cabeza. Ella extendió su mano pequeña y tocó la polla desconocida. El dueño debió sentir el contacto porque se puso dura al instante, erguida y roja, con la punta brillante de presemen.
—Así, hija. Agárrala bien y métetela en la boca.
Carla abrió sus labios rosados y lamió la punta, probando el sabor. Hizo una mueca pero luego se relajó.
—Está salada, papi —dijo, mirándome por encima del hombro.
—Ya te acostumbrarás, cariño. Ahora trágatela todo lo que puedas.
Obedeció. Abrió más la boca y se metió la polla hasta donde pudo. Empezó a mover la cabeza, despacio al principio, chupando con fuerza. Se oían sonidos húmedos, obscenos, llenando la sala.
—Eso es, muy bien hija —gemí, sintiendo cómo se me ponía dura dentro de los pantalones—. Lamela toda, desde los huevos hasta la punta. Muestra a ese desconocido lo mucho que te gusta chupar.
Carla aceleró, animada por mis palabras. Su cabeza iba y venía, sus mejillas hundidas por la succión. La polla casi desaparecía completamente en su garganta, salía brillante de saliva, volvía a entrar.
—¿Te gusta, papi? —preguntó, apartándose un segundo para respirar, con la boca llena de baba—. ¿Te gusta verme chupar pollas de desconocidos?
—Me encanta, hija. Eres la mejor hija del mundo. Sigue, no pares.
Apareció otra polla por un agujero inferior. Esta era más oscura, más gruesa, con el prepucio aún cubriendo la mitad del glande. Carla se movió hacia ella, dejando la primera empapada y dura, y se puso a lamer esta nueva.
—Por Dios, papi… —murmuró entre lamidas—. Hay tantas…
—Y van a ser más, cariño. Hoy te vas a quedar sin voz de tanto tragar.
Se oyeron gemidos amortiguados desde el otro lado de la pared. Los tíos estaban disfrutando, seguro imaginando a alguna zorra cualquiera, sin saber que era una niña de 9 años, totalmente plana, con el coñito virgen de vello, y encima que estaba allí yo viéndola como lo hacía, como había convertido a mi hija de 9 años en una cualquiera.
Carla alternaba entre las dos pollas, chupando una mientras masturbaba la otra con su mano pequeña. Su camiseta se había mojado de saliva y presemen, transparentándose sobre su pecho plano.
—Papi, quiero más —dijo, jadeando—. Quiero sentirla dentro.
—Entonces ponte delante de ese agujero de abajo, hija. Y presenta tu coñito a ese desconocido.
Se levantó, se bajó las braguitas con los dibujos de Frozen grabados hasta los tobillos, y se agachó frente al agujero más bajo. Su coñito era una ranura perfecta, rosada, sin una gota de pelo, brillante de excitación.
—Así, hija. Abre bien las piernas y guía la polla.
La polla oscura encontró su entrada. Carla se impaló lentamente, gimiendo mientras aquella verga desconocida entraba en su interior estrecho.
—¡Joder, papi! —gritó—. ¡Está tan grande!
—Aguanta, hija. Déjate follar como la cualquiera que eres, sabes que es lo que más deseo que me hagan sentirme humillado, por servir para que te follen.
El desconocido al otro lado empujaba con fuerza, haciendo que Carla se tambaleara. Sus manos apoyadas en la pared, su cara contra la madera, recibiendo embestidas duras, salvajes.
—¡Sí, fóllame! —gritó ella, sin importarle quién la oyera—. ¡Fóllame duro, quiero ser usada!
Yo me había sacado la polla, masturbándome viendo a mi hija ser usada por completo desconocidos.
—¿Te gusta, hija? —pregunté, acercándome para ver mejor—. ¿Te gusta cómo te follan?
—Me encanta, papi —jadeó, con los ojos en blanco—. Me encanta que me follen por todos lados. ¿Te gusta cómo me follan? ¿Estás orgulloso de mi papi?
—Muy orgulloso, cariño. Eres la mejor zorrita que conozco.
La polla del agujero superior empezó a convulsionar. Carla se giró rápidamente y se la metió en la boca justo a tiempo. Sentí el chorro de semen caliente llenando su boca, saliéndose por las comisuras, bajando por su barbilla.
—Trágatelo todo, hija —ordené—. No desperdicies ni una gota.
Ella tragó, haciendo ruidos de satisfacción. Luego limpió la polla con la lengua, agradecida.
La polla de su coñito se retiró y apareció otra inmediatamente por el mismo agujero. Esta era más larga, curvada hacia arriba, de un color rojizo.
—Otra para tu coñito, hija —dije—. Date prisa, no hagas esperar al caballero.
Carla volvió a posicionarse, recibiendo esta nueva polla con gemidos ahogados. El dueño de esta era más violento, embistiendo sin piedad, haciendo que sus nalgas se rozaran contra la pared fría.
—¡Ah, sí! ¡Ah, sí! —repetía ella con su voz de niña—. ¡Fóllame, fóllame!
Pero entonces pasó algo. El tipo se retiró hacia atrás la saco del coñito y volvió a empujar pero está vez fue a parar al agujero de arriba, más estrecho, sin darse cuenta o sin importarle. Carla sintió la presión en su ano.
—Papi, creo que… —empezó a decir.
Y entonces entró. Aquella polla gruesa se metió en su culo de golpe, sin lubricación, sin preparación.
—¡¡Ahh!! —gritó Carla, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Papi, me duele!
Pero no se apartó. Se quedó ahí, recibiendo, dejándose sodomizar por un desconocido.
—¿Te gusta que te den por el culo, hija? —pregunté, excitado por la escena—. ¿Te gusta ser usada como un simple agujero?
—Sí —gritó ella, con la voz rota—. ¡Sí, me encanta! ¡Me encanta que me follen por todos lados! ¡Fóllame el culo!,¡Rómpeme el culo!
El desconocido aceleró, embistiendo con fuerza brutal. Carla se masturbaba mientras la sodomizaban, sus dedos frotando su pequeño clítoris.
—¡Me voy a correr, papi! —avisó—. ¡Me corro con la polla en el culo!
—Correte, hija. Correte como una putita.
Y explotó. Su cuerpo se convulsionó, sus piernas temblaron, y sentí cómo chorros de humedad salían de su coñito mientras el desconocido seguía destrozándole el ano.
El tipo del culo se retiró y apareció otra polla por otro agujero. Y otra. Y otra. Carla estaba en éxtasis, moviéndose de una a otra, chupando, masturbando, ofreciendo su coñito, ofreciendo su culo.
Una polla joven, de piel suave, se corrió en su boca mientras otra se vaciaba en su coñito. El semen blanco y espeso salía de ella, mezclándose con sus propios jugos. Otra polla, esta con olor a sudor intenso, llenó su ano de leche caliente.
Carla estaba cubierta. Su cara era un cuadro de semen, con capas de blanco pegajoso en su frente, sus mejillas, su barbilla. Su coñito goteaba, rebosante de semen de varios desconocidos. Su ano estaba abierto, rojo, chorreando leche.
—Más —pedía, todavía hambrienta—. Quiero más.
Y siguieron llegando. Pollas de todos los tamaños, todos los colores. Grandes, pequeñas, gruesas, delgadas. Carla las recibía todas con la misma avidez. Chupaba dos a la vez, todo lo que podía, metiéndolas en su boca pequeña hasta que sus mejillas se hinchaban. Se ponía a cuatro patas y ofrecía ambos agujeros, recibiendo pollas por delante y por detrás simultáneamente.
—Eso es, hija —la animaba—. Toma todas las pollas que puedas. Llena todos tus agujeros de semen.
—Sí, papi —respondía ella, con la voz de una niña inocente—. Estoy tan llena… me siento tan puti…
Una polla particularmente gruesa se corrió en su coñito, llenándola hasta que el semen salía a borbotones. Inmediatamente después, otra ocupó su lugar, follandola con la mezcla de semen y jugos como lubricante.
—¡Dios, papi, estoy llena de leche! —gritó Carla—. ¡Tengo el coñito lleno de semen de desconocidos!
—Y va a haber más, hija. Mucho más.
Así fue. Durante lo que pareció una eternidad, Carla sirvió a pollas sin rostro. Se corrieron en su boca una y otra vez, hasta que no pudo tragar más y el semen se acumuló en su estómago y derramó por su barbilla. Su coñito fue llenado por al menos cinco desconocidos diferentes, dejándola tan llena que el semen salía a chorros cada vez que se movía. Su culo recibió tres corridas, quedando abierto y chorreante.
Cuando la última polla se retiró, Carla se desplomó en el suelo. Estaba irreconocible. Cubierta de semen de la cabeza a los pies, con los agujeros abiertos y goteando, con el pelo pegado a la cara por la leche seca.
—Has sido una buena chica, hija —dije, levantándome de la silla.
Ella me miró con ojos vidriosos, exhausta pero satisfecha.
—Ahora me toca a mí —anuncié, acercándome a ella.
Me arrodillé junto a su cuerpo derrotado. Mi polla estaba dura como una roca, palpitante de necesidad. Carla me miró y sonrió, todavía con semen en los dientes.
—Sí, papi —susurró—. Fóllame con la leche de todos ellos dentro de mí.
La puse boca arriba, entre las pollas que aún asomaban por los agujeros, usándola como el colchón de semen que era. Me metí en su coñito primero, sintiendo la mezcla cálida y viscosa de todos los desconocidos como lubricante. Estaba tan abierta que apenas sentía fricción, solo calor y humedad.
—Joder, hija, estás llena —gemí, embistiendo con fuerza.
—Estoy llena para ti, papi—respondió ella, envolviéndome con sus piernas—. Fóllame con el semen de otros. Usa su leche para correrte dentro de mí.
Embestí con fuerza, sintiendo los restos de semen salir a presión cada vez que entraba. El sonido era obsceno, húmedo, de semen siendo movido dentro de ella.
Luego la saqué y se la metí en la boca. Carla chupó con entusiasmo, limpiando mi polla del semen de otros, mezclando su saliva con la leche de desconocidos.
—Límpiala bien, hija —ordené—. Quítame todo su semen.
Tragó, haciendo ruidos de satisfacción. Luego de que me la limpiarla me dirigí a su culo, todavía abierto y chorreando. Entré con facilidad, deslizándome en su ano resbaladizo por la corrida de aquel desconocido que se había equivocado de agujero.
—¡Ah, papi! —gritó ella—. ¡Tu polla en mi culo lleno de semen!
—Te voy a follar hasta dejarte seco, hija —gruñí, embistiendo con fuerza salvaje.
La penetré durante minutos, cambiando de agujero, volviendo a su coñito inundado, volviendo a su boca, volviendo a su culo. Carla gemía sin control, sus manos acariciando su pequeño clítoris, buscando otro orgasmo.
—Voy a correrme, hija —avisé, sintiendo la presión en mis huevos.
—Dentro de mí, papi —suplicó ella—. Correte dentro de mi coñito lleno de semen. Añade tu leche a la de todos ellos.
Me metí hasta casi el fondo en su coñito y exploté. Mi semen se unió a la mezcla ya existente, llenándola aún más, haciendo que saliera a borbotones por los lados de mi polla.
—¡Sí, papi, sí! —gritó ella, sintiendo mi corrida—. ¡Siento cómo me llenas!
Cuando terminé, la saqué lentamente. Carla se quedó ahí, abierta, con una mezcla de semen de múltiples desconocidos y el mío saliendo de ella en un rio blanco.
Me agaché y la besé. Un beso profundo, con lengua, saboreando el semen que aún quedaba en su boca.
—Te quiero, hija —dije, acariciando su cara cubierta de leche seca.
—Yo también te quiero, papi —respondió ella, sonriendo—. Gracias por traerme aquí.
Nos ayudamos a levantarnos. Carla estaba tan llena de semen que tenía que apretar las piernas para que no se le escurriera. Se vistió con dificultad, su ropa pegándose a su cuerpo pegajoso. Yo me guardé la polla, todavía húmeda, en los pantalones.
Salimos por la misma puerta trasera, a la calle oscura. El aire fresco nos golpeó, haciéndonos conscientes del olor a sexo que despedíamos.
Caminamos hasta la parada del autobús. Carla se apoyó en mí, todavía temblando. Cuando llegó el autobús, subimos y nos sentamos al fondo, donde nadie nos viera.
Carla se quedó dormida en mi hombro durante el trayecto, con una sonrisa en los labios y el semen de una docena de desconocidos (y el mío) todavía dentro de ella, goteando lentamente en sus braguitas de Frozen mientras el autobús avanzaba por las calles oscuras de la ciudad.

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