Lolo/Lolita 2
Un femboy virgen y delicado.
Lolita sentía el corazón latiéndole en la garganta. Cada vez que el profesor Marcos se acercaba por detrás para “corregir” su postura, su cuerpo entero reaccionaba como un cable electrificado.
El calor que emanaba de ese hombre era abrumador. Olía a sudor limpio, a hombre, a colonia fuerte y a pura testosterona. Lolita, que ya llevaba meses tomando hormonas, sentía cómo su piel se sensibilizaba cada vez más. Sus pezoncitos pequeños se endurecían contra la fina tela rosa de la malla, rozándose con cada movimiento y enviando pequeñas descargas de placer directamente a su entrepierna.
“¿Por qué me gusta tanto esto?”, pensaba mientras intentaba levantar una pesa liviana. Su mente estaba dividida: una parte de él (Lolo) todavía se avergonzaba de lo débil y delicado que se había vuelto, pero la otra parte (Lolita) se derretía con cada mirada hambrienta de los hombres del gimnasio. Le encantaba sentirse pequeña, deseada, femenina. Le excitaba profundamente que lo miraran como a una chica. Cada vez que alguien susurraba “qué rica”, su clítoris hinchado palpitaba dentro de la malla.
Marcos se pegó completamente a su espalda. Su pecho ancho y duro presionaba contra los omóplatos de Lolita, mientras sus caderas se adelantaban “por accidente” y dejaba que su pija gruesa y completamente dura se acomodara entre las nalgas redondas de la femboy.
—Así, Lolita… bajá un poco más la cadera —murmuró con voz grave cerca de su oreja, su aliento caliente rozándole el cuello.
Al mismo tiempo, hizo un movimiento lento y disimulado con la pelvis, frotando toda la longitud de su verga dura contra ese culito suave y respingón. La tela de la malla era tan fina que Lolita sintió perfectamente el grosor, el calor y cómo latía esa polla enorme. Un gemidito involuntario se le escapó:
—Ahhn… profe…
Ese sonido tan femenino hizo que Marcos sonriera con satisfacción. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Con cada “corrección” presionaba más fuerte, rozando su pija contra el culito de Lolita, a veces dejando que la cabeza gruesa se acomodara justo entre sus cachetes, simulando una embestida suave.
Lolita estaba empapada de sensaciones: el roce constante de la tela lycra contra sus pezoncitos sensibles, el calor abrasador del cuerpo del profesor, el olor masculino que lo envolvía, y sobre todo… esa verga enorme que no dejaba de frotarse contra él. Su clítoris estaba hinchado y palpitando, mojando ligeramente la parte interna de la malla. Se sentía vulnerable, expuesta, pero increíblemente excitada.
En su cabeza solo podía pensar:
“Es tan grande… tan macho… todos me miran, pero él es el que me tiene. Quiero que me use. Quiero ser su putita delicada…”
Marcos, por su parte, estaba disfrutando el poder. Le encantaba cómo esa princesita se derretía con cada roce disimulado. Bajó una mano grande y la apoyó en la cadera estrecha de Lolita, apretando suavemente mientras seguía frotando su pija contra su culo con movimientos lentos y controlados.
—Buena chica… —le susurró al oído—. Se te nota que te gusta que te corrija así, ¿verdad, Lolita?
Lolita solo pudo asentir, mordiéndose el labio inferior, las mejillas ardiendo de vergüenza y excitación mientras todo el gimnasio los observaba con hambre.
Continuara…



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