Lolo/Lolita 5
El vestuario.
En cuanto la puerta del vestuario de profesores se cerró con llave, el ambiente cambió por completo. Solo se escuchaba la respiración agitada de ambos.
Marcos miró a Lolita como quien mira un regalo que está por desenvolver. La tomó de la cintura con sus manos grandes y la acercó a él. Lentamente, casi con reverencia, le bajó los tirantes de la malla rosa enteriza. La tela lycra se deslizó por su cuerpo delicado como una segunda piel, revelando centímetro a centímetro su figura femenina.
Primero salieron a la luz sus tetitas chiquititas, apenas un puñado perfecto, con pezoncitos rosados y parados por la excitación. Después la cinturita imposible, tan estrecha que casi podía rodearla con sus dos manos. La malla siguió bajando, dejando al descubierto ese culito redondo, respingón y suave, perfectamente formado. Cuando la tela pasó por sus caderas y cayó al suelo, Lolita quedó completamente desnuda frente a él, solo con las zapatillas deportivas puestas.
Marcos se tomó su tiempo para admirarla.
—Dios… mirá lo que sos —murmuró con voz ronca.
Sus ojos recorrieron cada detalle: las tetitas pequeñas que subían y bajaban con cada respiración nerviosa, la cintura de avispa, el culito alto y jugoso, y… entre sus piernas. Donde antes había una pija, ahora solo quedaba un pedacito de piel suave y sensible, hinchadito, convertido prácticamente en un clítoris grande por el efecto de las hormonas. Los huevitos estaban completamente retraídos, casi invisibles. Parecía una conchita pequeña y delicada.
Marcos extendió la mano y lo tanteó con dos dedos. Lo acarició suavemente. Lolita soltó un gemido agudo y tembló.
—Es… es como tocar un clítoris —susurró Marcos, sorprendido y excitadísimo. Empezó a hacer circulitos lentos y firmes sobre esa pielcita sensible. Inmediatamente, dos gotitas transparentes y brillantes asomaron por la punta. No era semen. Era un flujito claro, dulce, producto puro de las hormonas.
Lolita gimió más fuerte, las piernas le temblaban.
—Ahh… profe… por favor…
Marcos estaba hipnotizado. Su pija gruesa latía en el aire, cabezona y venosa, goteando precum. No sabía por dónde empezar. Quería meterle todo en esa boquita pequeña, follársela hasta el fondo y llenarle la garganta de leche. Pero también quería abrirle ese culito virgen en cuatro patas y empalarla despacito hasta el fondo.
Decidió hacer las dos cosas.
Primero la empujó suavemente de rodillas. La boquita de Lolita quedó justo frente a esa verga enorme. Sin que él dijera nada, ella abrió los labios y empezó a besarla, lamiendo la cabeza gruesa con timidez pero con ganas. Marcos le agarró la cabeza con suavidad y empezó a empujar poco a poco, disfrutando cómo esa boquita tan chiquita se estiraba alrededor de su grosor.
—Así, princesa… chupá la pija de tu macho —gruñó.
Después de varios minutos de boquete cada vez más profundo y baboso, la levantó, la puso en cuatro patas sobre uno de los bancos y le abrió las nalgas con las dos manos. El agujerito rosado y virgen se contrajo visiblemente.
Marcos escupió sobre su pija y sobre ese culito, y empezó a presionar despacito. Centímetro a centímetro, abriéndola con cuidado pero con decisión. Lolita gemía como una nena, mezclando dolor y placer, mientras sentía cómo esa lanza de carne la atravesaba, llegando tan profundo que le marcaba el vientre.
Cuando por fin la tuvo completamente empalada, Marcos se inclinó sobre ella, le mordió la oreja y le susurró:
—Ahora sos mía, Lolita. Hoy te voy a llenar por todos lados. Te vas a ir a casa con la panza llena de mi leche, con el culo chorreando, marcada como la putita de tu profesor.
Empezó a embestir, primero suave, luego cada vez más fuerte, como un animal en celo. Lolita solo podía gemir y llorar de placer, completamente entregada, sintiéndose por primera vez como una mujer de verdad.
Hoy era el día en que Lolita se convertía completamente en su princesa… y en su puta favorita.


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