Lolo/Lolita 6
Desvirgada y Preñada.
Marcos ya no podía aguantar más. Tenía a Lolita completamente en cuatro patas sobre el banco del vestuario, con el culito bien abierto y su pija gruesa enterrada hasta el fondo. Cada embestida era más profunda y animal. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba el lugar, mezclado con los gemidos agudos y desesperados de Lolita.
—Te voy a llenar, princesa… te voy a preñar —gruñó Marcos con voz ronca, acelerando el ritmo.
Lolita estaba ida. Su cuerpo, sensibilizado al máximo por las hormonas, respondía de una forma casi exagerada. Cada vez que la verga gruesa le rozaba ese punto especial adentro, sentía oleadas de placer que le recorrían todo el cuerpo. Sus tetitas chiquitas se sentían más hinchadas, los pezoncitos dolorosamente duros. Su pielcita (ese clítoris que antes era su pija) palpitaba sin control, soltando flujito transparente que le bajaba por los muslos.
En su mente solo había un pensamiento repetitivo:
“Quiero que me llene… quiero que me fecunde… quiero llevar su leche adentro…”
Marcos la agarró fuerte de las caderas, clavando los dedos en esa carne suave, y dio las últimas embestidas brutales. Su pija se hinchó todavía más dentro de ella.
—¡Tomá todo, Lolita…!
Y entonces se corrió.
El primer chorro fue tan abundante y potente que Lolita sintió claramente cómo le inundaba las entrañas. Era caliente, espeso, y había muchísimo. Chorros y chorros de esperma espeso y blanco le llenaron el culo profundamente, pintando sus paredes internas, rebosando alrededor de la verga gruesa. Marcos siguió empujando mientras se vaciaba, asegurándose de que cada gota quedara lo más adentro posible.
Lolita tuvo un orgasmo devastador al mismo tiempo. Su cuerpo entero se sacudió, las piernitas le temblaron sin control, y de su clitorcito salió un chorrito más abundante de flujito transparente. Gritó como una nena, con la boca abierta y los ojitos en blanco, mientras las hormonas hacían que todo se sintiera mil veces más intenso. Sentía la panza ligeramente hinchada por la cantidad enorme de leche que le habían inyectado. Era como si realmente la estuviera fecundando.
Marcos se quedó unos segundos más adentro, latiendo, vaciando las últimas gotas. Cuando por fin salió, un torrente grueso de semen blanco le chorreó del culito abierto, bajando por sus muslos. Lolita quedó tirada en el banco, jadeando, con una sonrisa tonta y feliz en la cara, el cuerpo temblando de placer residual.
—Mirá cómo te dejé… bien preñada —dijo Marcos con orgullo, pasando dos dedos por el semen que le salía y volviéndoselo a meter adentro—. Hoy te marqué para siempre, Lolita. Ese culito ya sabe lo que es un macho de verdad.
Lolita, todavía flotando en su orgasmo, solo pudo susurrar con voz débil y satisfecha:
—Gracias, profe… me siento tan llena… tan tuya…
Se fue del gimnasio caminando despacito, con las piernas temblorosas, el culito sensible y chorreando semen dentro de la malla rosa. En su mente solo había una ilusión dulce y pervertida: la sensación de estar embarazada de su macho.
Hoy había sido, sin duda, el día más feliz de Lolita.


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