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Incestos en Familia, Sexo con Madur@s, Voyeur / Exhibicionismo

Los inicios de una nifómana

El sexo siempre es juzgado por los demás, tanto si tienes mucho como poco, pero cada persona lo necesita de distinta forma, y ahí es donde hay que respetar la libertad sexual de cada uno, en todas las edades y circunstancias..

La ninfomanía es un término antiguo utilizado para describir a una mujer con un deseo sexual considerado excesivo, pero actualmente no se considera un diagnóstico médico y ha sido sustituido por el término conducta sexual compulsiva.

Las principales señales incluyen la dificultad para controlar los impulsos sexuales, dedicar gran parte del tiempo a estas conductas y mantenerlas a pesar de sus consecuencias a veces negativas. Sin embargo, un deseo sexual elevado, por sí solo, no significa que exista un trastorno.

El diagnóstico lo realiza un psicólogo o psiquiatra mediante una evaluación clínica, a partir de la cual se establece un tratamiento individualizado que puede incluir psicoterapia, y cuando es necesario, el uso de medicamentos

Analizando mi vida, quizás algunos piensen que soy una ninfómana, pero simplemente soy una mujer a la que la gusta el sexo y que ha perdido todo prejuicio para tenerlo con quien y cuando quiere. Eso parece que molesta a muchos hombres, porque no pueden seguir tu ritmo y sobre todo a las mujeres, siempre envidiosas de la actividad sexual de otra mujer.

Cuando me casé, durante un tiempo mi marido fue feliz. Tenía una esposa siempre dispuesta para el sexo, que lo buscaba una y otra vez, hasta que eso empezó a agobiarle y tanta frecuencia le dejó agotado, lo que provocaba que empezara a evitarme, generando mi insatisfacción por mi necesidad de un sexo continuo.

Eso empezó a crear conflictos entre nosotros, y aunque trataba de paliar esa falta de sexo con frecuentes masturbaciones, tampoco me era suficiente y le fui infiel en varias ocasiones, en las que no podía evitar buscar esa satisfacción sexual efímera, muchas veces con desconocidos, para evitar cualquier lazo emocional, en la búsqueda de ese orgasmo que me aliviara, como si fuera una especie de droga que necesitara.

Aunque a todo el mundo le gusta el sexo, sobre todo cuando se es joven, mi marido no veía normal que yo lo buscara y lo necesitara con tanta frecuencia, y acabó convenciéndome para que fuera a una especie de psicólogo sexual, al que tuve que contarle como fueron mis inicios sexuales durante la niñez, ya que ahí, según él, es donde está el origen de cualquier patología que requiera una reeducación o tratamiento.

Mis sesiones con el psicólogo consistían en charlas en las que le contaba como desde niña empecé a ser un juguete para los hombres, que se saciaban conmigo al ver mi disponibilidad para ello.

Yo notaba que todo lo que le iba contando le iba excitando, porque sus erecciones eran notorias y por momentos parecía perder esa compostura profesional que debería tener, y aunque él me decía que había visto más casos como el mío, disfrutaba especialmente con todas esas anécdotas que fueron sucediendo en mi vida, y que yo vivía con toda naturalidad.

Le gustaba preguntarme que sentía yo en esos momentos en los que era una niña y empezaba a disfrutar de todas esas sensaciones sexuales de una forma tan precoz, cuando empecé a tener mis primeros orgasmos, y como me quedaba después de haberlos conseguido, y cuando le respondía:

—Con ganas de repetirlo otra vez, para volver a sentir eso.

Él seguía preguntándome:

—¿Y esos hombres lo notaban? ¿Te lo volvían a hacer para provocártelos?

—Sí, claro, hasta que ellos se quedaban satisfechos.

—¿Cuál es el primer recuerdo que tienes de estar haciendo algo sexual?

—Hace mucho. En ese momento no era consciente de ello, porque era muy niña. Fue durante una época en la que mi madre estuvo viviendo con un hombre y solo me acuerdo de estar en la cama con ellos, porque a lo mejor quería dormir allí, no sé, pero ese hombre estaba todo el tiempo tocándome, y creo que fue la primera vez que tuve una polla en la mano.

—¿Te gustaba eso? ¿Te gustaba lo que te hacía?

—Supongo que sí, me hacía sentir bien, aunque la verdad, no me acuerdo demasiado, solo esa sensación de estar siendo sobada por esas manos por todo mi cuerpo.

—¿Crees que tu madre lo sabía o se daba cuenta de ello?

—No sé. Tendría que darse cuenta, si estaba en la cama con nosotros. Además, una vez fuimos de camping y dormíamos en unos sacos. Yo le decía a mi madre que quería dormir en el saco de él, y ella me dejaba, así que tendría que saber todo lo que me hacía.

—Además, ahí compartiendo un mismo saco de dormir, él tenía más libertad para hacerte más cosas.

—Sí, hasta se masturbaba y todo conmigo, porque acababa toda mojada y pegajoso todo mi cuerpo.

—¿Qué edad tenías cuando pasaba eso?

—Debía de tener 6 o 7 años.

—¿Alguna vez te la quiso meter?

—No recuerdo. Solo me la rozaba y se frotaba conmigo.

Y volvía a decirme:

—¡Mmmm…!, ¿y a tí te gustaba todo eso…..?

Yo no sabía ya que contestarle, pero era obvio que sí, y lo único que quería él, era que lo reconociera para excitar su imaginación calenturienta, aunque intentaba guardar la compostura y seguía preguntándome

—¿Y cuanto tiempo duró esa relación de tu madre?

—No mucho, porque al verano siguiente ya no estaba con él. No sé por qué prefería desahogarse conmigo más que con mi madre, pero quizás discutieron por eso y se acabó.

—No es tan extraño, suele pasar…. ¿Crees que ahí se despertó tu gusto por el sexo?

—Puede ser, porque luego empezaron a pasarme más cosas, que yo a veces buscaba.

—¡Ajá! Ya veo. Todo esto suele pasarles a muchas niñas, que luego acaban desarrollando esa ninfomanía.

Este tipo de conversaciones entre nosotros llegó a crear una confianza, que quizás excedía la relación entre doctor y paciente, y cuando me preguntaba:

—¿Te excitas cuando me cuentas estas cosas?

—Sí, esos recuerdos son muy morbosos para mí y me humedecen totalmente.

—Si quieres puedes masturbarte, eso te relajará la tensión y será bueno para tí.

Siguiendo sus indicaciones, y también, porque me apetecía, en esos momentos, empezaba a masturbarme en su presencia, y la visión de mis dedos entrando en mi vagina, hacía que él no pudiera evitar frotarse el pene por encima del pantalón, hasta que acabó pidiéndome permiso para sacarse la polla y masturbarse a la vez que yo.

Cada anécdota que iba contándole, despertaba más su morbosa curiosidad y me preguntaba una y otra vez, sobre esos detalles más escabrosos, pero yo creo que él intentaba comprender como era esa mentalidad de una niña a la que le gustaba el sexo y lo buscaba de esa forma desaforada, lo que en muchas ocasiones creaba una cierta confusión en los hombres, pero cuando se convencían de la oportunidad que se les presentaba conmigo, la aprovechaban al máximo, y parecía que era lo que sucedía también con ese psicólogo, que se encontró con esa circunstancia en la que podría satisfacer sus mayores fantasías e instintos conmigo.

Quizás no fuera muy profesional todo eso, pero al final eran sesiones en las que disfrutábamos los dos, y llegó un momento en el que él empezó a follarme en la consulta, aunque yo no sabía muy bien si esa sería la mejor terapia para tratar mi adición al sexo, porque él incidía en que yo recordara lo más posible sobre esos momentos más remotos de mi niñez en los que el sexo empezó a entrar en mi cuerpo, sin tan siquiera ser consciente yo de ello.

Supongo que tenía razón en el hecho de que desde que somos niñas, ya se notan nuestras inclinaciones o gustos especiales, que a veces nos intentan reprimir o controlar, como cuando de forma inconsciente, a esas edades nos ponemos a tocarnos delante de los demás y nuestros padres nos dicen que eso no se hace, al menos cuando hay gente delante, y así vamos aprendiendo que el sexo es un tema privado que no debemos exponer y en el que todo acaba siendo hipocresía, ya que solo se juzga lo que pueden ver los demás.

Pero estaba claro que todo lo que yo le contaba, le excitaba terriblemente, y este es un resumen de esa parte de mi vida que le interesaba especialmente:

“Yo no tenía una familia normal, compuesta por un padre y una madre, y en este caso, mi madre puede que no fuera el mejor ejemplo para una niña que se crió sola sin la referencia de un padre que nunca conocí.

Desde que tengo uso de razón estuve acostumbrada a ver entrar hombres en mi casa, que mi madre llevaba a su habitación para tener sexo con ellos y yo la oía gemir y gritar desde mi cama, gozando con ellos y otras veces, como mi madre ni se preocupaba de cerrar la puerta, los veía en la cama desnudos haciendo de todo, hasta que llegó un momento en que empecé a verlo como algo rutinario y normal.

Quizás eso influyó en que se despertara mi curiosidad por el sexo mucho antes que en otras niñas de mi edad y empezara a disfrutar de él de forma precoz.

Como mi madre no se ocupaba mucho de mí, cuando las demás niñas de mi edad se iban a casa, yo me quedaba con los mayores en el parque, lo que me hacía ver cosas que quizás no debía por mi edad y a empezar a tener experiencias tempranas en su compañía participando de lo que hacían ellos, ya que veía como empezaban a liarse, hacerse pajas, chupar y a follar, por lo que era lógico que yo también empezara a participar en esos juegos también.

Esas experiencias, a su vez, me hicieron tener fama de putita en el Colegio, y los chicos mayores empezaron a buscarme para meterse en el baño conmigo y que les hiciera pajas o se la chupara, mientras las demás niñas me decían que era una guarra por hacerle eso a los chicos, pero a mi me daba igual, porque me gustaba hacerlo y a lo mejor lo que pasaba era que ellas tenían envidia de mí.

Los chicos mayores con los que estaba en el parque, en ocasiones también se reunían en una casa que estaba vacía, donde llevaban a las chicas para follar, y yo les acompañaba para no quedarme sola a esas horas, y también porque no quiería irme a casa, ya que seguramente mi madre estaría con alguien y yo solo les molestaría.

Así que yo era casi como lo que llaman ahora, una “niña de la calle”, que siempre estaba acompañada de chicos porque tampoco tenía muchas amigas, quizás por mi forma de vida.

Y como siempre estaba con ellos, yo empecé a ser su principal entretenimiento y así fue como esos chicos me la empezaron a meter, iniciándose mi afición por el sexo y a follar con todos los que me lo pedían, ya que como ellos debían contar a otros lo que hacían conmigo, en alguna ocasión aparecía algún hombre mayor en aquella casa para follar conmigo, lo que fue todo un descubrimiento para mí, al comprobar cómo podían meterme también pollas más grandes que acababan dándome más placer.

Como en esos momentos todavía no me había llegado la regla, podían correrse dentro de mí y eso les gustaba todavía más a ellos cuando me la metían, hasta que con 12 años me empezó a venir, por lo que las chicas mayores les decían a los chicos que tenían que ponerse condón para estar conmigo, pero cuando no se lo ponían me daban unas pastillas para poder hacerlo sin él.

Cuando mi madre no estaba en casa también empecé a llevar chicos para follar con ellos, con el riesgo de que casi me pillara en alguna ocasión, pero los chicos se escondían y no los veía, hasta que podían salir.

En el parque, como los señores me veían sola, alguna vez me llamaban y me daban dinero por hacerles algo, me decían que se la pajeara o se la chupara y eso me gustaba también hacerlo y me ganaba un dinero por dejarme tocar yo también.

Por eso, no me parecía raro, cuando estaba en casa, que los hombres que traía mi madre para follar, entraran en mi habitación algunas veces, y después de tocarme, al ver ellos que yo me dejaba, se divertían conmigo y viendo como yo me calentaba, eso les excitaba más todavía y se ponían encima de mí para follarme, sin que yo opusiera resistencia, deseosa de hacer yo también lo que tanto le gustaba a mi madre, y así me acostumbré a hacerlo con hombres mayores, que me gustaban más que los de mi edad.

Quizás esos hombres no acabaran de creerse que pudieran follar tan fácilmente conmigo, sin que mi madre dijera nada tampoco, por lo que aprovechaban todo lo que podían y yo me hacía mis fantasías de que a ellos les gustaba más estar conmigo que con mi madre.

Además, siempre me dejaban alguna propina sobre la mesilla, que me venía muy bien para mis gastos, pero me dí cuenta de que todo eso sucedía sabiéndolo mi madre, porque en ocasiones,, había un amigo al que mandaba ella venir a buscarme a la salida del Colegio, y mientras me llevaba en el coche a casa no paraba de tocarme las piernas mientras conducía, hasta que aparcaba el coche en algún sitio apartado donde me decía que pasara al asiento de atrás, y empezaba a acariciarme y a tocarme por todos lados, haciéndome de todo hasta follarme, y cuando se quedaba saciado, me llevaba de vuelta a casa.

Otro de los que venía bastantes veces a casa, cuando entraba en mi habitación, me decía:

—Tu madre está ya tan borracha que ni puede chuparla. Como tú eres una niña muy caliente seguro que lo haces muy bien.

Así es como muchas veces oía que hablaban de mí, como una “niña caliente”, como en las ocasiones en que mi madre me llevaba en las vacaciones a casa de los abuelos, sus padres, con los que ella no tenía una buena relación, y yo les oía hablar de mi madre y de mí, diciendo mi abuela:

—Esta niña me parece que va a salir tan caliente como su madre.

—¿Por qué dices eso? —le decía mi abuelo.

—Anda, que tú lo sabes bien porqué lo digo. Que ya la he visto como se restriega contigo.

—¿Pero qué dices?, si es una niña.

—También lo era su madre cuando desde las primeras veces que te la ponías encima, ella empezaba a frotarse y se daba gusto contigo.

—Eso eran juegos de niña, tenía curiosidad y se lo pasaba bien.

—Sí, claro, pero cuando empezaste a follarla a escondidas ya no eran tantos juegos.

—Bueno mujer, ¿no me lo vas a perdonar nunca eso?

—¿Cómo te voy a perdonar algo así? Un padre follando a su hija, ¿Tú crees que es normal eso?

—Si supieras cuantos lo hacen…..

—A mí no me importan los demás. Ya vistes las consecuencias que trajo eso. Tú hija se convirtió en una puta y mira que ejemplo está dando ahora a tu nieta.

—Sí, ya sé que te gustaría que la niña estuviera con nosotros, para alejarla de su mala influencia, pero ella es su madre y tiene derecho a tenerla.

—A quien le gustaría sería a ti, para poder hacer con ella lo mismo que hacías con su madre.

—Tú sigues y sigues. No hay manera de convencerte de nada. Si a mi edad ya ni se me levanta.

—No se te levantará conmigo, pero con ella bien dura que se te pone.

—Es la alegría que me da mi nieta.

—Sí, tómatelo a broma, pero a esta niña la veo ya muy espabilada y cuando se te abra de piernas a ver que haces.

—Qué cosas dices, mujer.

Efectivamente, mi abuela conocía bien a su marido, y tenía toda la razón. Esos “juegos” fueron yendo a más y cuando mi abuela se iba a la compra o no nos veía, él me bajaba las bragas y me hacía sentarme encima para acariciarme el coñito libremente, me ponía su polla en la boca para que se la chupara y así hasta que acabé follando con mi abuelo también, pero cuidando de que mi abuela no se enterara.

En esas ocasiones, mi abuelo me decía:

—Tu abuela tiene razón, eres tan caliente como tu madre, Se nota que te gusta la polla más que un caramelo y tienes un coño riquísimo.

La verdad es que me encantaba follar, me daba igual viejos que jóvenes, y aprovechaba cualquier ocasión para hacerlo.

Cuando terminaban las vacaciones, creo que mi abuela respiraba aliviada, porque aunque nunca nos hubiera pillado, se daba cuenta de lo que estaba pasando y el mayor temor que temía es que yo resultara embarazada. Por eso, algunas veces me insinuaba que tenía que cuidarme, y así en secreto, me daba unos cuantos condones, lo que resultaba algo extraño, teniendo en cuenta mi edad, pero mi abuela tenía mucha experiencia en la vida, y sabía perfectamente los peligros que corría.

El que yo fuera así me hacía tener pocas amigas y eran los chicos los que siempre estaban a mí alrededor centrando su atención, lo que molestaba a las otras niñas que hablaban mal de mí, por lo que llegó a oídos de los profesores lo que hacíamos en los baños y llamaron a mi madre para contarle mi comportamiento:

—La hemos llamado porque hemos visto que su hija se mete en los baños con los niños y los tiene a todos alborotados y como comprenderá no podemos consentir eso.

—¿Y no serán ellos los que meten a mi hija en los baños para bajarle las bragas? Yo sé que hay algunos niños que lo hacen, que me lo ha contado alguna amiga que tienen niñas aquí también y les hacían eso.

—Sí, es verdad que hemos tenido un caso así, pero esos niños fueron expulsados y ya no están aquí.

—Usted ya sabe que esas cosas las hacen siempre los niños, que engañan a las niñas para verlas desnudas y tocarlas, así que no eche la culpa a mi hija de ello, porque si se mete con ellos, será porque ellos quieren también ¿no?

—Está claro que a estas edades, todos tienen mucha curiosidad con estas cosas y tanto ellos como ellas tienen su culpa, pero para eso estamos nosotros, para intentar controlarlos y que las cosas no vayan más allá de las típicas cosas de niños.

—Pues hagan su trabajo y vigilen mejor, y deje de acusar a mi hija, porque yo se también que algún profesor se aprovecha de que a esta edad, las niñas están calientes, para toquetearlas todo lo que pueden.

—¿Qué insinúa, señora? Aquí no hacemos esas cosas.

—Ya, ya, no me haga hablar y no insinúe usted que yo educo mal a mi hija. Es una niña normal, aunque muy despierta para su edad.

Después de esa conversación, al final quedaron en que mi madre hablaría conmigo para que no hiciera esas cosas, pero esa misma noche no le importó que uno de sus amigos entrara en mi habitación y se divirtiera conmigo un buen rato.

Luego, durante la adolescencia ya no hubo forma de controlarme ni por mi madre ni por nadie y empecé a sentir la necesidad de follar prácticamente todos los días. Conocía a una amiga que empezó a llevarme a un piso donde iban hombres a follarse a crías de nuestra edad y me daban mucho dinero por ello, aparte de pasármelo bien.

A la vez de eso, mi madre seguía llevando hombres a casa que acababan pasando por mi cuarto también, así que no paraba, pero la verdad que nunca me cansaba.”

En medio de esa confianza con el psicólogo, él me contaba alguno de los casos que había tenido, como el de una madre, que le llevó a su hija de 14 años, y le decía que estaba continuamente masturbándose y que andaba provocando a los hombres para que la follaran, inclusive a su padre, y que ella no pudo aguantar más y por eso la llevaba allí.

Me imaginé que con esa niña habría seguido la misma terapia que conmigo, y las preocupaciones de su madre no tendrían mucha solución, aparte de calmar momentáneamente los impulsos sexuales de su hija, que quién sabe como fueron esos inicios que despertaron en ella esa necesidad descontrolada, y quizás su padre tuviera mucho que ver, ante el desconocimiento de su madre..

Y como decía al principio, más tarde conocí a un hombre del que me enamoré y me casé con él (todas tenemos esa debilidad), pero pasada la primera época de pasión, mi marido ya no pudo aguantar mi ritmo y yo seguí necesitando buscar hombres para calmar mi ardor sexual, lo que él no pudo soportar, más por su orgullo herido cuando todos se enteraron de lo que pasaba en nuestro matrimonio que porque no le pareciera bien la vida que yo tenía, ya que él seguía enamorado de mí y comprendía mis necesidades sexuales, así que decidió separarse.

A la vista está que todas esas sesiones con el psicólogo, no sirvieron de mucho, aparte de sumar una experiencia más a mi vida, y ahora yo sigo mi camino y en la madurez sigo necesitando esos orgasmos como cuando era niña, pero he aprendido a vivir con ello.

A estas alturas todos estaréis pensando que si, que soy una ninfómana, pero yo prefiero calificarme como una mujer a la que la gusta el sexo. Pero cuando a una mujer le gusta demasiado el sexo, parece ser algo que asusta a los hombres, y se intenta buscar una justificación a eso, hasta el punto de asegurar que una niña ya puede ser ninfómana, como si fuera una maldición divina, pero la causa quizás habría que buscarla en todos esos hombres, que llevados por su libido y sus vicios ocultos, comienzan con esas estimulaciones precoces que pueden convertir a una niña en adicta al sexo, al igual que podría hacerse adicta al dulce o a cualquier tipo de droga.

7 Lecturas/8 agosto, 2026/0 Comentarios/por Veronicca
Etiquetas: amigos, colegio, madre, mayor, mayores, recuerdos, sexo, vacaciones
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