Madre e hijito
En una casa de Medellín, Valeria y su hijo Daniel cruzan la línea del amor materno. Sin ropa, sin vergüenza y con reglas propias, convierten su hogar en un secreto compartido que cambia para siempre su relación..
Me llamo Valeria, tengo 27 años y vivo en una casita modesta pero acogedora en un barrio tranquilo de las afueras de Medellín, Colombia. Soy una mujer latina de curvas generosas: piel canela suave, cabello negro largo y ondulado que suelo llevar suelto, ojos oscuros expresivos, labios carnosos y un cuerpo maduro que aún atrae miradas -pechos abundantes, cintura marcada y caderas anchas que se mueven con naturalidad al caminar. Crié sola a mi hijo después de que su padre nos abandonara cuando yo tenía apenas 18 años.
Daniel, mi Danielito, nació pequeño y prematuro. Ahora, con 9 años, sigue siendo un chico de solo 1.30 metros de estatura. Tiene una carita inocente, ojos grandes y curiosos, cabello castaño claro y una expresión tímida que me derrite. Es dulce, estudioso y muy apegado a mí. Nunca ha tenido experiencias con chicas; se sonroja con facilidad y prefiere quedarse en casa conmigo antes que salir.
Nuestra casa es pequeña: dos habitaciones, una sala-comedor y un patio trasero con plantas donde a veces tomamos el fresco por las noches. Vivo de hacer trabajos de diseño gráfico desde casa, lo que me permite estar siempre cerca de él. Lo he criado con mucho amor físico: abrazos largos, besos en la frente, caricias en el cabello mientras estudia. Le sigo diciendo «mi chiquitín», «tesorito», «bebé», sigue siendo mi niño pequeño.
Esta tarde calurosa de Medellín, el aire estaba cargado de humedad.
Esperé a Danielito sentada en el sofá, vestida con una bata ligera de algodón que se pegaba suavemente a mi cuerpo por el sudor. Cuando escuché la llave en la puerta, mi corazón dio un pequeño salto.
—Mi Danielito, ya llegaste —dije con voz suave y cariñosa, levantándome para recibirlo.
Venía con su uniforme sencillo: camisa blanca algo arrugada y pantalón gris. Se veía cansado pero lindo, con el cabello un poco revuelto.
Lo abracé como siempre, apretándolo contra mí más tiempo del necesario.
Sentí su carita contra la curva de mis pechos y cómo su cuerpo menudo encajaba perfectamente contra el mío.
—Estás calientito, mi amor… ¿Qué tal las clases hoy? —le pregunté mientras le acariciaba la espalda con lentitud, sin soltarlo.
Él murmuró algo sobre las lecciones, pero noté que respiraba un poco más rápido. No me aparté. En cambio, le di un beso suave en la sien, luego otro más cerca de la mejilla, inhalando su olor.
—Ven, tesorito. Vamos a refrescarnos un poco. Hace mucho calor y estás todo sudadito. ¿Quieres que te prepare el baño? O… podemos bañarnos juntos como cuando eras chiquito. Solo para que te relajes, mi bebé.
Lo miré a los ojos, sonriendo con ternura, mientras mi mano seguía en su cintura. Dentro de mí sentía una mezcla extraña: el amor de siempre… y algo más intenso, más prohibido, que llevaba semanas creciendo. Ver su inocencia, su tamaño pequeño, su dependencia de mí… me hacía sentir cosas que una madre no debería sentir.
Pero por ahora solo era un abrazo largo, cariñoso y cargado. Nada más.
La tarde en Medellín seguía calurosa y pegajosa. Después del abrazo largo que le di a mi Danielito cuando llegó de clases, lo tomé de su manita suave y lo llevé hasta la sala. Me senté en el sofá y lo atraje suavemente para que se acomodara a mi lado, casi sobre mi regazo, como siempre.
—Cuéntame, mi chiquitín… ¿cómo te fue hoy en las clases? —le pregunté con voz cariñosa, mientras le acariciaba el cabello con los dedos—. Mamá te extrañó mucho todo el día.
Danielito se sonrojó un poquito, con esa inocencia suya tan tierna, y bajó la mirada a sus manitas.
—Estuvo bien, mami… pero había mucho calor en el salón y me costó concentrarme —respondió con su vocecita suave—. Pensé en ti varias veces… en que me estarías esperando.
Sonreí con ternura y lo abracé más cerca, dejando que su cabecita descansara contra la curva de mis pechos. La bata ligera que llevaba se había abierto un poco con el movimiento, pero no me importó.
—Ay, mi tesorito… mi Danielito tan inocente. Ven, déjame darte un besito por haber sido tan bueno.
Le di varios besitos suaves en la frente, luego en las mejillas y uno muy cerca de la comisura de su boquita.
Sentí cómo su respiracioncita se aceleraba un poquito contra mí.
—Gracias, mami… —murmuró él, sin apartarse—. Tus besitos siempre me hacen sentir mejor.
Nos quedamos un rato así, en silencio, solo con el sonido de los ventiladores y los pájaros afuera. Le acariciaba la espalda con movimientos lentos y circulares, bajando cada vez un poquito más. Él no decía nada, solo se dejaba mimar, inocente como siempre.
Después nos levantamos para preparar algo de comer. En la cocina, yo me movía delante de él, alcanzando cosas en los estantes altos para que mi cuerpo se estirara y la bata se ajustara a mis curvas.
Danielito me ayudaba desde abajo, pasándome cosas con sus manitas.
—Mami, ¿quieres que te ayude con eso? —preguntó tímidamente, mirándome con esos ojitos grandes.
—Claro, mi chiquitín. Ven, acércate más… así, perfecto —le dije, guiando sus manitas mientras yo me inclinaba sobre él desde atrás para «ayudarlo».
Nuestros cuerpos se rozaron más de lo necesario. Sentí un calorcito subiendo por mi piel.
Preparamos arepas y jugo fresco juntos. Mientras comíamos en la mesita, yo le limpiaba la boquita con mi dedo cuando se le caía algo.
—Qué boquita más linda tienes, mi bebé —le susurré sonriendo—. Siempre tan inocente y tan rico para mamá.
Él se sonrojó intensamente y bajó la mirada.
—Mami… me da cosquillitas cuando me dices así…
Después de comer, recogimos todo. La tensión en el aire se sentía más densa, más cargada. Yo no dejaba de tocarlo: una caricia en el brazo, un roce en la cintura, un abrazo rápido por detrás mientras lavábamos los platos.
Finalmente, Danielito se movió un poco inquieto y dijo con su vocecita tímida.
—Mami… creo que me voy a bañar ahora. Estoy todo sudadito del calor del día.
Lo miré con una sonrisa suave pero cargada, sintiendo cómo mi corazón latía más fuerte.
—Está bien, mi chiquitín. Ve a bañarte… mamá te espera aquí.
Mientras Danielito se alejaba por el pasillo hacia el baño, me quedé sola en la sala con el corazón latiéndome fuerte. Me senté en el sofá y cerré los ojos un momento. ¿Por qué siento este amor tan distinto por mi chiquitín? No es solo el cariño de madre. Es algo más profundo, más intenso. Lo crié yo sola, lo protegí siempre, lo tuve pegadito a mí durante años. Ver su inocencia, su cuerpo, su pollita tímida y sus manitas suaves… me despierta una ternura que se mezcla con un deseo prohibido.
Quiero cuidarlo, mimarlo, pero también quiero que sea solo mío de una forma que nadie más pueda entender. Quiero que sienta lo mismo que yo. Quiero ser todo para mi Danielito.
De repente escuché el sonido de la regadera abriéndose. Mi tesorito ya estaba bajo el agua. Me mordí el labio inferior con un dedo, imaginándolo ahí, inocente y desnudito bajo el chorro. El calor entre mis piernas creció. Ya no podía esperar más. Era el momento de poner en marcha mi plan.
Me levanté, me quité la bata lentamente y la dejé caer al suelo. Mi cuerpo maduro quedó completamente desnudo: pechos pesados y firmes, caderas anchas, piel canela brillando por el calor. Solté mi cabello negro y ondulado para que cayera suelto sobre mi espalda.
Respiré profundo y caminé hacia el baño con pasos suaves pero decididos.
La excusa estaba lista: «Hice mucho en la casa hoy, mi amor. Mamá también necesita refrescarse».
Abrí con cuidado la puerta de vidrio.
Danielito estaba feliz bajo la regadera, con los ojos cerrados y una sonrisita inocente mientras el agua caía directamente sobre su cabecita y corría por su cuerpo menudo. Se veía tan puro, tan mío.
Cuando oyó el ruido de la puerta, abrió los ojos y se quedó congelado.
Me vio ahí, completamente desnuda, con el cabello suelto cayendo sobre mis hombros. Apoyé una mano en mi cabeza, inclinándola ligeramente, y levanté una pierna para apoyarla sobre el borde del pequeño muro que evita que el agua salga, en una pose que resaltaba todas mis curvas: mis pechos se levantaron, mi cintura se marcó y mi coño quedó expuesto sin vergüenza.
—Mi Danielito… —dije con voz suave y cariñosa, sonriendo con ternura—. Mamá hizo mucho hoy en la casa y está toda sudadita. ¿Puedo bañarme contigo, mi chiquitín? No hay problema, ¿verdad? Solo mamá y su tesorito compartiendo el agua fresquita.
Me quedé ahí, mirándolo con amor y deseo contenido, esperando su reacción mientras el vapor empezaba a llenar el pequeño baño.
Danielito abrió los ojos y se quedó completamente congelado bajo el chorro de agua. Su carita se puso roja como un tomate, con una expresión de puro asombro y nervios. Sus manitas se movieron inquietas intentando tapar su pollita, pero apenas lograba cubrirla. Me miró de arriba abajo con los ojos muy abiertos, sin saber dónde posar la mirada.
—Mami… —balbuceó con voz temblorosa y bajita—. No… no hay problema… Como eres mi mamá, yo… yo no te puedo decir que no…
Solté una risita suave y cariñosa, sabiendo perfectamente que mi chiquitín nunca me negaría nada.
Entré a la ducha con paso seguro, cerrando la puerta de vidrio detrás de mí. El agua caliente empezó a caer también sobre mi cuerpo desnudo, mojando mi cabello suelto y haciendo que se pegara a mis hombros y pechos.
—Ay, mi Danielito… qué bueno que no hay problema —dije entre risitas, acercándome un poquito más—. Mamá solo quiere refrescarse contigo, mi tesorito.
Él intentaba no mirarme mucho.
Bajaba la mirada, se sonrojaba aún más y trataba de calmar su respiracioncita agitada. Se pegó un poquito contra la pared de la ducha, claramente nervioso pero sin protestar.
Me acerqué con ternura, dejando que el agua nos mojara a los dos. Con voz suave y maternal le dije:
—Mi chiquitín, ¿quieres que mamá te pase shampoo en la cabecita? Así te relajas un poquito…
Danielito tragó saliva, todavía rojo y nervioso, pero asintió con su boquita entreabierta.
—S-sí, mami… claro… no hay problema —murmuró bajito, sin atreverse a mirarme directamente a los ojos.
Sonreí con cariño, tomando el shampoo y empezando a enjabonarle suavemente su cabecita, masajeando con mis dedos mientras el agua caía sobre nosotros. Mi cuerpo estaba muy cerca del suyo, pero por ahora solo lo mimaba con ternura.
Mientras le enjabonaba suavemente la cabecita a mi Danielito, sentía cómo su cuerpo temblaba un poquito bajo el agua. Su carita seguía roja y sus ojitos evitaban mirarme directamente. Decidí dar el siguiente paso con ternura.
—Mi chiquitín… —le dije con voz suave y cariñosa, pasándole la esponja con jabón—. ¿Le puedes pasar jaboncito a mamá por el cuerpo? Hace mucho calor y estoy toda sudadita. Por favor, mi tesorito…
Danielito tragó saliva visiblemente, nervioso, con las manitas temblando un poco. Bajó la mirada y murmuró con su vocecita tímida.
—S-sí, mami… claro… si tú quieres… no hay problema.
Tomó la esponja con jabón entre sus manitas y empezó a pasármela por los hombros con mucho cuidado, casi sin presionar. Sus movimientos eran lentos e inocentes, como si tuviera miedo de hacer algo malo. Yo cerré los ojos un momento, disfrutando el roce.
—Así, mi amor… no tengas miedo —le susurré con dulzura—. Esto es normal entre una mamá y su hijito. Es solo amor, mi Danielito. No hay nada de malo en tocarnos y cuidarnos. Mamá te quiere mucho y tú me quieres a mí… ¿verdad?
—Sí, mami… te quiero mucho —respondió él bajito, todavía nervioso, mientras bajaba la esponja por mis brazos y luego, con mucha timidez, hacia mi espalda.
Yo sonreía por dentro. Mi cuerpo estaba completamente ofrecido para él. Quería que tocara todo lo que quisiera: mis pechos, mi cintura, mis caderas, mi culo… todo. Pero por ahora solo lo guiaba con paciencia.
—Sigue, mi chiquitín… pasa el jaboncito por donde quieras. Mamá confía en ti —le dije con voz melosa, arqueándome un poquito hacia él bajo el agua.
Sus manitas seguían temblando, inocentes y nerviosas, mientras el agua caliente caía sobre nosotros dos.
Danielito seguía pasando la esponja con jabón por mi cuerpo con mucha inocencia. No lo hacía con ninguna mala intención; solo quería complacer a su mamá, como siempre.
Sus manitas temblaban un poquito mientras bajaba por mis brazos, luego por la espalda y, con mucha timidez, empezó a pasar la esponja por mis costados.
Cuando llegó a la parte de abajo de mis pechos, rozando suavemente los costados con la esponja, no pude evitar soltar un gemidito bajito y suave.
—Ahh… mi chiquitín…
Danielito se detuvo de inmediato, asustado, con su carita aún más roja.
—Mami… ¿te lastimé? —preguntó con su vocecita nerviosa y preocupada.
—No, mi tesorito… no me lastimaste —respondí con una sonrisa cariñosa, respirando un poco más agitada—. Al contrario… se siente muy rico cuando me tocas ahí. Sigue, mi amor. No pasa nada. Es solo amor de mamá e hijito.
Él tragó saliva y continuó, inocente como siempre. Bajó la esponja por mi cintura y luego, con mucho cuidado, empezó a pasarla por mis caderas anchas y por la parte de arriba de mi culo. Cuando la esponja rozó más cerca de mis nalgas, solté otro gemidito suave, casi un suspiro.
—Mmm… qué manitas más suaves tienes, mi Danielito…
Él se sonrojó hasta las orejas y trató de concentrarse en lo que hacía, pasando la esponja con movimientos lentos y torpes por mis muslos, sin atreverse a subir demasiado.
—Así, mi chiquitín… no tengas pena —le susurré con ternura, acercándome un poquito más a él bajo el agua—. Toca donde quieras, mi bebé. Mamá confía en ti.
Sus manitas seguían moviéndose con inocencia, pero cada roce inocente me hacía soltar pequeños gemiditos que no podía contener. El agua caliente caía sobre nosotros mientras yo disfrutaba cada segundo de este momento tan prohibido y tan dulce.
Terminamos de bañarnos entre risitas nerviosas y caricias inocentes. Le enjuagué bien la cabecita a mi Danielito y él, todavía sonrojado, me ayudó a enjuagarme la espalda.
Salimos de la ducha envueltos en toallas grandes y suaves. El resto de la tarde cada uno hizo sus deberes: él se puso a estudiar en su cuarto y yo terminé algunos trabajos pendientes en la laptop. De vez en cuando pasaba por su habitación, le daba un besito en la frente y le preguntaba si necesitaba algo. Él me sonreía tímido y me decía «gracias, mami».
Ya por la noche, cuando llegó la hora de dormir, entré a su habitación con una camisita ligera. Danielito estaba acostadito en su cama, con su pijama de algodón. Me senté al borde y lo arropé con cuidado, arropándolo bien con la sábana.
—Duerme rico, mi chiquitín —le susurré con mucho cariño.
Empecé a darle besitos suaves por toda su carita: en la frente, en las mejillas, en la naricita, en la boquita y hasta en las orejitas. Él se reía bajito y se hacía bolita, pero no se apartaba.
—Te quiero mucho, mami —murmuró con su vocecita dormilona.
—Y mamá te quiere más, mi tesorito. Descansa.
Le di un último besito en la frente y apagué la luz, quedándome un rato en la puerta mirándolo antes de irme a mi habitación. Esa noche me costó dormir pensando en sus manitas inocentes sobre mi cuerpo.
Al día siguiente por la mañana, Danielito se levantó temprano, se puso su uniforme y desayunó conmigo. Estaba tan lindo y obediente como siempre.
—Pórtate bien en la escuela, mi chiquitín —le dije dándole un abrazo fuerte antes de que saliera—. Mamá te espera más tarde.
—Sí, mami. Te quiero —respondió él con una sonrisita tímida y se fue.
Cuando cerré la puerta y me quedé completamente sola en la casa, el silencio me envolvió. No tenía nada urgente que hacer. El calor de Medellín ya empezaba a subir y mi cuerpo aún recordaba los roces de ayer en la ducha. Me senté en la cama, abrí la laptop y busqué un video porno suave, de esos donde una mujer madura guía a alguien más joven e inocente.
Me recosté, me subí la bata y empecé a tocarme despacito. Mis dedos bajaron hasta mi coño, que ya estaba mojado solo de recordar las manitas temblorosas de mi Danielito. Mientras veía el video, gemía bajito, imaginando que era él quien me tocaba con esa inocencia tan rica. Me acaricié los pechos con una mano y froté mi clítoris con la otra, cada vez más rápido, hasta que llegué a un orgasmo intenso pensando solo en mi chiquitín.
Me quedé jadeando en la cama, con una sonrisa satisfecha pero con más ganas que nunca de seguir acercándome a él.
Por la tarde, cuando escuché la llave en la puerta, me levanté rápido del sofá y fui a recibir a mi Danielito como siempre. Lo abracé fuerte contra mí, apretando su cabecita contra mis pechos.
—Mi chiquitín ya llegó… —le dije con voz cariñosa, dándole besitos en la frente—. ¿Cómo te fue hoy en la escuela, mi tesorito? Mamá te extrañó mucho.
Él se sonrojó un poquito y me devolvió el abrazo con sus manitas.
—Bien, mami… pero había mucho calor y pensé en ti todo el rato —respondió con su vocecita tímida.
Mientras lo abrazaba, no podía dejar de pensar: «Mi Danielito ya está grande, aunque siga siendo tan inocente. Tengo que prepararlo poco a poco… hacerlo hombre, que sepa lo que es el amor de verdad, el de una mamá que lo adora más que nadie. No puedo seguir solo con roces y caricias.
Quiero que sea mío por completo».
Le preparé un juguito fresco y nos sentamos juntos un rato. Le acariciaba la espalda y las manitas mientras él me contaba su día. Todo parecía normal, pero dentro de mí la decisión ya estaba tomada.
Ya por la noche, cuando nos estábamos preparando para dormir, de repente se fue la luz en todo el barrio. Medellín se quedó a oscuras y solo entraba un poquito de claridad de la luna por las ventanas.
—Ay, mi chiquitín, no te preocupes —le dije desde mi habitación—. Mamá está aquí.
Pasaron las horas y ya era muy tarde cuando escuché pasitos suaves acercándose. Danielito apareció en la puerta de mi cuarto, con su pijamita, nervioso y con su vocecita bajita:
—Mami… ¿puedo dormir contigo? Tengo un poco de miedo con la oscuridad…
Yo estaba acostada, completamente desnuda bajo una bata ligera y suelta que apenas me cubría. Sonreí en la penumbra y abrí los brazos.
—Claro que sí, mi tesorito. Ven con mamá. Ven a dormir aquí juntitos como cuando eras más pequeño.
Danielito se acercó tímidamente y se metió a la cama. Yo lo arropé y lo abracé pegadito a mí. Mi bata se había abierto un poco con el movimiento, y mi cuerpo desnudo y caliente quedó muy cerca del suyo. Le di besitos suaves en la carita y le acaricié la espalda por debajo de la pijama.
—Duerme tranquilo, mi chiquitín… mamá te cuida —susurré, sintiendo su respiracioncita contra mi piel.
El calor de su cuerpo inocente contra el mío, en la oscuridad total, hizo que mi corazón latiera más fuerte. Esta noche todo podía cambiar.
En la oscuridad de la habitación, con solo la luz tenue de la luna entrando por la ventana, abracé a mi Danielito contra mí. Su cuerpo se pegó al mío bajo las sábanas. Mi bata ligera estaba medio abierta, pero no me importó.
Sentí su calorcito inocente y sonreí.
—Ven más cerquita, mi chiquitín —susurré—. ¿Estás más tranquilo ahora?
Danielito asintió y se acomodó mejor, apoyando su cabecita en mi pecho. Esta vez habló con una vocecita más natural, menos nerviosa.
—Sí, mami… contigo siempre me siento seguro. A veces la oscuridad da miedo, pero estar aquí es lindo.
¿Sabes? Hoy en la escuela pensaba en cómo somos tú y yo… solos, pero siempre juntos.
Le acaricié el cabello con ternura.
—Así es, mi tesorito. Somos un equipo. Mamá te ha cuidado desde que eras muy chiquito y nunca voy a dejar de hacerlo. ¿Tú cómo te sientes conmigo?
Él se quedó callado un segundo, pensando, y luego habló con más naturalidad.
—Me siento feliz, mami. A veces pienso que otras personas tienen familias grandes o papás… pero yo te tengo solo a ti y es suficiente. Te amo mucho. Eres la persona más importante de mi vida. Me gusta cuando me abrazas, cuando me das besitos y cuando me cuidas. Siento que nadie me va a querer como tú.
Sus palabras me derritieron. Lo abracé más fuerte y él, en un acto de cariño espontáneo, me rodeó con sus bracitos y me apretó contra él en un abrazo fuerte y sincero. Su carita se hundió en mi cuello y sentí su respiracioncita cálida sobre mi piel.
—Ay, mi Danielito… —susurré emocionada, besándole la frente y las mejillas—. Mamá también te ama con todo su corazón. Eres mi todo, mi chiquitín. No necesito a nadie más mientras te tenga a ti. Te amo de una forma tan grande que a veces ni yo misma lo entiendo… pero es el amor más bonito del mundo.
Nos quedamos abrazados así un buen rato, hablando bajito en la oscuridad. Hablamos de cosas simples de la vida: de cómo le gustaría tener un perrito algún día, de que le gustaría viajar conmigo a la playa, de lo rico que se siente cuando comemos helado juntos en el patio. Cada palabra suya, cada abrazo inocente, hacía que mi cuerpo se calentara más bajo la bata.
—Nunca me dejes, mami —murmuró él, todavía abrazándome fuerte.
—Nunca, mi amor. Mamá siempre va a estar aquí para ti… para todo lo que necesites.
Lo besé suavemente cerca de la boquita y lo mantuve pegadito a mí, sintiendo cómo su cariño inocente y mi deseo crecían juntos en la penumbra.
Seguimos abrazados en la oscuridad, con su carita pegada a mi cuello y mis brazos rodeándolo. El calor de su cuerpo contra el mío, bajo la bata ligera, me tenía cada vez más sensible.
Danielito habló con más naturalidad, como si estuviera pensando en voz alta.
—Mami… hoy en la clase de biología vimos cosas de la reproducción. La maestra explicó que cuando dos personas se aman mucho, de la misma especie, hacen cosas… como besarse de otra forma, tocarse y unir sus cuerpos para demostrar ese amor.
Dijo que eso es parte de tener una pareja. Pero nosotros no tenemos ese tipo de amor, ¿verdad? Nosotros nos amamos como mamá e hijo…
Se quedó callado, un poco nervioso después de decirlo, pero sin apartarse de mi abrazo.
Sentí un calorcito intenso recorrerme el cuerpo. Lo abracé más fuerte y le acaricié la espalda con lentitud, bajando hasta su cintura.
—Mi Danielito… tan inocente y tan curioso —susurré con voz suave y cariñosa, besándole la frente—. Es verdad que normalmente una mamá y su hijito no tienen ese tipo de amor… pero ¿sabes qué? Podríamos tenerlo. No hay ninguna regla que diga que no se puede. Si nos amamos tanto, tan bonito y tan fuerte… ¿por qué no podríamos amarnos también de esa forma especial?
Él levantó un poquito la carita en la oscuridad, sorprendido pero sin alejarse.
—¿De verdad, mami? ¿Eso no estaría mal?
—No, mi tesorito —respondí con ternura, acariciándole la mejilla—. Para mamá no estaría mal. Sería la forma más bonita de demostrarte cuánto te amo. Tú eres mío y yo soy tuya. Si quieres, podemos explorar eso juntos… despacito, con mucho cariño, como todo lo que hacemos.
Lo abracé de nuevo, pegándolo más contra mí. Sentí su respiracioncita agitada contra mi piel desnuda bajo la bata. El silencio de la noche solo se rompía por nuestras respiraciones y el latido de mi corazón.
—¿Qué piensas tú, mi chiquitín? —le pregunté bajito, dándole un besito suave cerca de la boquita.
Seguimos hablando con más confianza en la oscuridad. Danielito ya no parecía tan nervioso; su vocecita sonaba más relajada y cercana mientras me abrazaba.
—Es raro… pero me gusta estar así contigo, mami. Siento que podemos hablar de todo. Nunca había pensado que un mamá y su hijo pudieran amarse también de esa forma… pero si tú dices que está bien, yo confío en ti.
—Mi chiquitín… —le respondí acariciándole la espalda por debajo de la pijama—. Mamá siempre va a cuidarte y a enseñarte todo lo bonito de la vida. Te amo de todas las formas posibles.
Ya debían ser como las doce de la noche cuando, de repente, volvió la luz en todo el barrio. La televisión del cuarto se encendió sola con un volumen bajo. Danielito se sobresaltó un poco y estiró la manita hacia el control remoto que estaba sobre la mesita.
—Mami, voy a apagarla —dijo, tomándolo.
—No, mi amor, yo lo hago —respondí rápidamente, intentando quitárselo con una risita.
Empezamos un pequeño forcejeo juguetón por el control. Nuestros cuerpos se rozaban más de lo normal bajo las sábanas. En medio de ese tira y afloja, nos quedamos mirándonos fijamente a los ojos, más tiempo del habitual. El aire se puso pesado, cargado.
De pronto, solté el control y me tiré sobre él con todo el amor y el deseo que llevaba conteniendo. Lo besé en la boca con pasión, comiéndole los labios y buscando su lengüita.
Danielito se tensó un segundo, pero luego respondió, torpe pero entregado. El control cayó al piso y, como por arte de magia, la tele se apagó sola, dejando la habitación otra vez en penumbras.
Nos besamos con hambre. Yo le devoraba la boquita, chupándole los labios y enredando mi lengua con la suya. Él gemía bajito, inocente pero excitado.
Cuando nos separamos un momento para respirar, lo miré directamente a los ojos y le dije con voz firme y directa
—Quítate la ropa.
Danielito me miró con los ojos muy abiertos, respirando agitado. La excitación le ganó por completo. Sin decir nada más, empezó a quitarse la pijama con manos temblorosas pero rápidas: se sacó la camiseta por la cabeza y luego se bajó el pantaloncito y los calzoncillos, quedando completamente desnudito debajo de mí.
Yo no esperé más. Me incorporé un segundo, dejé caer la bata al piso de la habitación y me coloqué encima de él a horcajadas. Mi cuerpo desnudo y caliente presionó contra el suyo. Lo besé con todo, comiéndole la boca por completo: mis labios devoraban los suyos, mi lengua entraba profunda, chupando y lamiendo con hambre.
Danielito gemía dentro de mi boca, torpe pero entregado, respondiendo como podía.
Después, separé un poquito mi cara de la suya, lo miré a los ojos y saqué la puntita de mi lengua. Él entendió y sacó la suya. Nos dimos un beso lento y provocador solo con las puntas de las lenguas, rozándolas, jugueteando y haciendo circulitos húmedos mientras nuestros cuerpos desnudos se frotaban.
—Mmm… mi chiquitín… —susurré contra su boquita, sin dejar de rozar su lengüita con la mía—. Así, mi amor…
Nuestras respiraciones se mezclaban, calientes y agitadas, en la penumbra de la habitación.
Estaba encima de mi Danielito, completamente desnuda, sintiendo su cuerpo caliente y tembloroso debajo del mío. Su pollita dura rozaba contra mi vientre mientras nos besábamos. Lo miré a los ojos con mucho amor y deseo.
—Mi chiquitín… esto que estamos haciendo es solo nuestro secreto —le susurré contra sus labios, rozando su boquita con la mía—. No se lo vamos a decir a nadie, ¿verdad? Solo mamá y su tesorito.
Danielito, todavía sonrojado pero con la respiración agitada, asintió mientras me abrazaba con sus manitas.
—No, mami… esto es solo nuestro… no se lo diré a nadie —murmuró con vocecita entrecortada—. Te siento tan cerca… y se siente raro pero muy rico.
Sonreí y volví a besarlo con pasión, comiéndole toda la boquita, chupándole los labios y metiendo mi lengua profundo. Él gemía bajito dentro de mi boca, tratando de seguirme. Luego separé mis labios y saqué solo la puntita de mi lengua. Él hizo lo mismo y nos quedamos un rato así, rozando solo las puntitas de las lenguas en círculos lentos y húmedos, mirándonos a los ojos.
—Así, mi amor… —susurré entre roce y roce—. Mamá te ama tanto… ¿sientes cómo late mi corazón por ti?
—Sí, mami… lo siento todo —respondió él con la voz temblorosa de excitación, mientras sus manitas subían tímidamente por mi espalda—. Tu cuerpo está muy caliente… me gusta cuando me besas así. ¿Esto es lo que hacen las personas que se aman mucho?
—Exacto, mi chiquitín —le dije besándole la boquita de nuevo, más suave esta vez—. Y nosotros nos amamos más que nadie. Puedes tocarme donde quieras, mi bebé. Mamá es toda tuya esta noche.
Danielito, más confiado, subió sus manitas y rozó mis pechos con inocencia y curiosidad. Yo solté un gemidito suave contra su boca y me froté lentamente contra su pollita dura.
—Qué rico se siente, mami… —gimió él bajito—. No quiero que esto termine nunca.
—Ni mamá tampoco, mi tesorito… esto es solo el comienzo de nuestro secreto.
Seguimos besándonos con más confianza, lenguas enredadas y puntas rozándose, mientras nuestros cuerpos desnudos se apretaban en la penumbra.
Mientras nos besábamos y nos frotábamos, bajé la mirada y vi su pollita completamente erecta, pequeña, sin nada de bello púbico y con el glande descubierto e incircunciso. Se veía tan inocente y tan rica al mismo tiempo. Sonreí con ternura y deseo.
—Ay, mi chiquitín… mira cómo tienes tu pollita… toda durita y paradita —le susurré con voz melosa, rozándola suavemente con mi mano.
Danielito se sonrojó intensamente y murmuró, avergonzado pero excitado:
—Se puso así por todo esto, mami… por tus besos y por sentirte tan cerca…
—Qué rico, mi amor —le dije besándole la boquita una vez más—. Ahora acuéstate bien en la cama, mi tesorito. Mamá te va a hacer algo riquísimo para que sientas todo el amor que tengo por ti.
Danielito obedeció, recostándose de espalda en la cama con los ojos muy abiertos y nervioso. Yo me coloqué entre sus piernitas, mirándolo con cariño, y bajé la cabeza. Primero le di besitos suaves alrededor de su pollita, luego saqué la lengua y empecé a lamerla de arriba abajo, despacito, saboreándola toda.
Después la metí completa en mi boca caliente y húmeda. Empecé a subir y bajar la cabeza, chupando con cariño.
Saqué su pollita de mi boca un momento, la miré reluciente de saliva y sonreí. Danielito gemía bajito, agarrando las sábanas con sus manitas.
Volví a metérmela y empecé a bombear de arriba abajo con más ritmo. Se escuchaba un sonido viscoso y chicloso cada vez que mi boca subía y bajaba, llena de saliva: schlop… schlop… schlop…
—Nngh… mami… qué rico se siente… —gimió Danielito, con la vocecita entrecortada.
Yo seguí chupando con devoción, mirándolo a los ojos de vez en cuando, mientras el sonido húmedo y chicloso llenaba la habitación.
Seguí chupando su pollita con devoción, moviendo mi cabeza de arriba abajo con ritmo constante. El sonido chicloso y húmedo llenaba la habitación cada vez que mis labios subían y bajaban por su miembrocito: schlop… schlop… schlop
Lo lamía por toda la longitud, rodeaba el glande con la lengua y lo volvía a meter profundo, succionando suavemente.
Danielito respiraba muy rápido, con el pecho subiendo y bajando agitado.
Soltaba uno que otro gemidito o suspiro entrecortado, agarrando las sábanas con sus manitas.
—Mami… se siente muy bien… —murmuraba con vocecita temblorosa entre respiraciones rápidas—. Muy rico… ahh…
Yo gemía alrededor de su pollita, vibrando un poquito para que lo sintiera más. Lo miraba a los ojos mientras chupaba, subiendo y bajando más rápido, con saliva escurriéndole por la barbilla. Su miembrocito palpitaba en mi boca, duro e inocente.
Pero decidí parar antes de que se corriera. Saqué su pollita de mi boca con un último sonido chicloso y lo miré con una sonrisa llena de deseo.
—Ahora mamá quiere un poco de ti, mi chiquitín —le dije con voz ronca de excitación.
Me recosté de espalda a su lado, abrí bien las piernas y le mostré mi coño maduro, hinchado y mojado.
Danielito se acercó tímidamente, arrodillándose entre mis muslos. Para que viera exactamente lo que le esperaba, separé mis labios mayores con dos dedos, abriéndome completamente. De mi coño salió un leve vaporcito cálido junto con un olor fuerte, intenso y femenino que le llegó directo a la cara.
—Ven, mi tesorito… acércate y chúpale el coñito a mamá —susurré con ternura y lujuria, acariciándole el cabello—. Usa tu boquita como quieras, mi amor.
Danielito se acercó con la carita roja y los ojos muy abiertos, claramente atónito por la excitación. Se veía nervioso pero con muchas ganas de complacerme. Bajó la cabeza entre mis piernas abiertas y empezó a chupar torpemente, sin mucha técnica, pero con una dedicación que me derretía.
Primero me dio lamidas cortas y desordenadas por los labios, luego intentó meter la lengua más adentro.
Sentí su boquita caliente y su lengüita explorando mi coño maduro, lamiendo y chupando como podía, torpe pero ansioso por hacerme sentir bien.
—Ahh… sí, mi chiquitín… —gemí bajito, arqueando un poco la espalda—. Así… méteme más la lengüita…
Él respiraba agitado contra mi sexo, chupando con más fuerza, metiendo la lengua lo más profundo que podía y succionando mis labios. Sus manitas se apoyaban en mis muslos, temblando un poco. La excitación lo tenía completamente atónito; apenas emitía algún gemidito ahogado mientras lamía y chupaba con todo su empeño.
Yo gemía más fuerte, acariciándole el cabello con una mano.
—Qué rico, mi amor… sigue chupando el coñito de mamá… así, mi tesorito… qué boquita más rica tienes…
Danielito seguía lamiendo y chupando con torpeza pero con mucho cariño, perdido en mi olor fuerte y en mis gemidos. Su cara estaba cada vez más mojada con mis jugos.
Danielito seguía lamiendo y chupando mi coño con esa torpeza tan deliciosa, metiendo la lengua lo más que podía dentro de mí. Sus gemiditos ahogados vibraban contra mis labios hinchados.
De pronto subió un poquito más y su lengüita encontró mi clítoris, que ya estaba duro y sensible.
—Esto es… gracioso y curioso, mami —murmuró contra mi sexo, con la vocecita entrecortada de excitación—. Es como un botoncito… ¿te gusta cuando lo toco aquí?
—Ay, sí, mi chiquitín… —gemí bajito, arqueando las caderas hacia su boquita—. Ese es el clítoris de mamá… es la parte más rica. Chúpalo, mi amor… usa tu boquita ahí.
Él obedeció con curiosidad inocente.
Primero lo lamió despacito con la puntita de la lengua, dando vueltas alrededor. Luego lo atrapó entre sus labios y empezó a magullarlo suavemente, succionando con cuidado. Yo solté un gemido más fuerte, agarrándole el cabello.
—Así… mmm… qué rico, mi tesorito… chúpale el clítoris a mamá…
Danielito se animó y lo mordisqueó suavemente con los labios, estirándolo y jalándolo un poquito. El placer me atravesó como una corriente.
—¡Ahhh! ¡Sí, mi chiquitín! —gemí potente, casi gritando de gusto—. Así… muerde y jala el clítoris de mamá… ¡qué boquita más rica tienes! Sigue usando el coño de mamá de esa manera… chúpalo, mójalo todo…
Él siguió, más confiado ahora.
Chupaba fuerte el clítoris, lo estiraba con los labios y lo soltaba, luego volvía a morderlo suavemente y a lamerlo rápido. El sonido húmedo de su boquita contra mi coño empapado llenaba la habitación.
—¿Así, mami? —preguntó entre lamidas, con la cara brillante de mis jugos—. ¿Te gusta cuando te chupo aquí? Quiero hacerte sentir muy bien…
— ¡Sí, mi amor! ¡Muy bien! —gemí alto, moviendo las caderas contra su cara—. Chúpame el clítoris más fuerte… méteme la lengua otra vez y luego vuelve al botoncito… ¡Ay, Danielito, qué rico me estás comiendo el coño! Sigue, mi chiquitín… mamá se está poniendo loca de placer…
Danielito alternaba entre meter la lengua lo más profundo posible dentro de mi coño y subir a chupar y morder mi clítoris, estirándolo y jalándolo con los labios. Yo gemía cada vez más fuerte, sin poder contenerme, apretando su cabecita contra mi sexo.
—Así, mi bebé… cómete todo el coñito de mamá… eres tan bueno… ¡no pares!
Danielito seguía comiéndome el coño con esa dedicación torpe pero deliciosa, chupando y mordiendo mi clítoris mientras yo gemía cada vez más fuerte. Pero no quería correrme todavía. Le agarré suavemente el cabello y le dije con voz ronca:
—Para, mi chiquitín… para un momento. Acuéstate otra vez en la cama.
Él obedeció, jadeando y con la boquita brillante de mis jugos. Se recostó de espalda, mirándome con esos ojos inocentes llenos de excitación. Me coloqué encima de él a horcajadas, mi coño empapado rozando su pollita dura. Lo miré fijamente y le dije con voz seria pero cargada de deseo:
—Una vez que hagamos esto, mi amor… nuestra relación va a cambiar para siempre. Ya no seremos solo mamá e hijito. ¿Estás seguro?
Danielito me miró un segundo, respirando agitado, y respondió con una sinceridad que me derritió:
—No me importa, mami… mientras estés conmigo, yo te amo mucho. No sé por qué lo dije así… pero es la verdad.
Yo sí sabía perfectamente por qué lo había dicho. Sonreí con ternura y lujuria, me levanté un poco, agarré su pollita con la mano y la acomodé en la entrada de mi coño. Luego me dejé caer lentamente, sintiendo cómo entraba en mí.
— Ahhh… mi chiquitín… —gemí cuando lo tuve todo adentro.
Empecé a moverme. Primero despacio, subiendo y bajando, pero pronto me entregué y empecé a darle sentones más fuertes y rápidos. Mis tetas grandes rebotaban con cada movimiento mientras mi coño lo apretaba y lo tragaba entero.
—Así, mi amor… —gemí, apoyando las manos en su pecho para impulsarme mejor—. Mamá te está cogiendo… ¿te gusta sentir el coño de mamá alrededor de tu pollita?
Danielito soltaba gemiditos y suspiros, agarrándome las caderas con sus manitas.
—Sí, mami… se siente muy caliente y apretado… ¡ahh!
Yo aceleré los sentones, cabalgándolo con ganas, haciendo que mi culo chocara contra sus muslos con cada bajada. El sonido húmedo de nuestros sexos llenaba la habitación.
—Te amo, mi chiquitín… ahora eres de mamá por completo —gemí sin parar de montarlo.
Seguí cabalgando a mi Danielito con una frecuencia normal, subiendo y bajando sobre su pollita con movimientos controlados. Tenía una mano apoyada en mi propio muslo para impulsarme mejor, mientras con la otra le acariciaba el pecho. Mis tetas rebotaban suavemente con cada sentón.
—¿Así te gusta, mi chiquitín? —le pregunté con voz entrecortada por el placer, mirándolo a los ojos—. ¿Te gusta sentir cómo mamá te coge despacito?
Danielito solo soltaba jadeos y gemiditos ahogados de placer, con la boquita entreabierta y la carita roja.
—Ahh… mami… sí… se siente muy bien… —logró decir entre respiraciones agitadas—. Me gustaría más… más de esa sensación…
Sonreí con picardía y aumenté un poco la intensidad. Empecé a dar sentones más fuertes y profundos, bajando con más fuerza para que su pollita entrara hasta el fondo de mi coño caliente y mojado. El sonido húmedo de nuestros sexos chocando se volvió más fuerte: *plap… plap… plap…*
—Así, mi amor… ¿mejor? —gemí, acelerando el ritmo pero todavía controlado—. Mamá te está dando más rico… ¿sientes cómo te aprieta el coño?
—Sí… mami… más… se siente increíble… —jadeó él, agarrándome las caderas con sus manitas, sin poder contener los gemidos.
Yo seguí cabalgándolo con más intensidad, subiendo casi hasta sacar su pollita y bajando fuerte, haciendo que mis tetas rebotaran con cada movimiento. Mis gemidos se mezclaban con los suyos.
—Qué rico te sientes adentro, mi chiquitín… mamá te ama tanto… ¿Quieres que mamá te dé más fuerte?
Aumenté un poco más la intensidad, sin exagerar. Empecé a moverme más rápido, dando sentones firmes y continuos, subiendo y bajando sobre su pollita con un ritmo más acelerado.
Mis caderas chocaban contra él con un sonido húmedo y constante.
A pesar de lo rico que se sentía el momento emocionalmente, físicamente su pollita era tan pequeña y delgada que apenas me llenaba el coño. Apenas sentía presión o fricción por su tamaño y anchura, pero eso no me importaba; el taboo y la imagen de mi hijito debajo de mí me ponían muchísimo.
Después de varios sentones rápidos, me incliné hacia adelante, apoyando mis tetas contra su pecho, y le susurré jadeando.
—Mi chiquitín… mamá quiere probar otra posición contigo. ¿Estás listo?
Él solo asintió, respirando agitado. Me levanté de encima de él, me coloqué en cuatro sobre la cama, levantando bien el culo y abriendo las piernas. Mi coño mojado y maduro quedó expuesto, todavía palpitando.
—Ven, mi amor… móntame desde atrás —le dije mirándolo por encima del hombro con deseo—. Pon tu pollita otra vez dentro de mamá y cógeme así.
Danielito se arrodilló detrás de mí, todavía jadeando. Sentí cómo sus manitas temblorosas agarraban firmemente mis caderas, apretándolas con una fuerza que no esperaba de él.
Sus deditos se hundían un poco en mi piel suave mientras acercaba su pollita a mi entrada.
—Mami… ya voy a meterla… —murmuró con vocecita nerviosa y excitada.
—Sí, mi chiquitín… métela completa… mamá te espera —le respondí mirándolo por encima del hombro, arqueando más el culo para facilitárselo.
Él empujó despacio. Su pollita pequeña y dura entró sin dificultad en mi coño mojado y abierto. Apenas sentí la presión real por su tamaño, pero el simple hecho de tener a mi hijito dentro de mí me hizo soltar un gemido largo y profundo.
—Ahhh… ahí está… ya está adentro, mi amor…
Danielito se quedó quieto un segundo, respirando agitado, con las manos bien agarradas a mis caderas. Luego empezó a moverse. Primero con embestidas cortas y torpes, empujando hacia adelante y retrocediendo. Cada vez que entraba, sus caderas chocaban suavemente contra mi culo.
—¿Así, mami? —preguntó entre jadeos, apretando más fuerte mis caderas para impulsarse mejor—. ¿Te gusta que te coja así desde atrás?
—Sí, mi tesorito… sigue… mueve esas caderitas… —gemí, empujando el culo hacia atrás para encontrarme con él—. Aunque tu pollita sea chiquita, mamá siente que estás adentro… y eso me pone muy caliente…
Él aceleró un poco el ritmo, guiado por mis gemidos. Sus manitas no soltaban mis caderas ni un segundo; las usaba para sujetarme y para darse más fuerza en cada embestida. El sonido húmedo de su pollita entrando y saliendo de mi coño llenaba la habitación: plap… plap… plap…
—Mami… se siente tan caliente y apretado… —gimió él, inclinándose un poco sobre mi espalda—. Nunca pensé que podría hacer esto contigo… te amo tanto…
—Y mamá también te ama, mi chiquitín… —respondí jadeando, moviendo el culo al ritmo de sus empujones—. Cógeme más… usa tus manitas para sujetarme bien… así… ¡ahh! Qué rico se siente tenerte dentro…
Danielito seguía embistiéndome, cada vez con un poco más de confianza.
Aferraba mis caderas con fuerza, tirando de ellas hacia atrás cada vez que empujaba hacia adelante, haciendo que su pollita entrara lo más profundo que podía. Yo gemía sin parar, disfrutando más del taboo y de la entrega de mi hijo que de la fricción física real.
—Más fuerte, mi amor… no tengas miedo… mamá es tuya… —le animé, mirándolo otra vez por encima del hombro con los ojos entrecerrados de placer.
Él apretó más mis caderas y empezó a dar embestidas más firmes y constantes, jadeando y soltando gemiditos cada vez que se hundía en mí.
—Así, mami… ¿mejor? … se siente increíble estar dentro de ti…
—Sí, mi bebé… sigue así… no pares… —gemí, empujando el culo contra él una y otra vez.
Nuestros cuerpos se movían al unísono en la penumbra de la habitación, con el sonido de la piel chocando y los gemidos de ambos llenando el aire.
Danielito seguía embistiéndome desde atrás, agarrando fuerte mis caderas con sus manitas. Al principio el ritmo era constante, pero poco a poco empezó a ir más rápido. Cada empujón hacía que su pollita entrara y saliera de mi coño con más velocidad, y yo gemía cada vez que sentía ese pequeño avance dentro de mí.
—Ahhh… sí, mi chiquitín… así… un poquito más rápido… —jadeé, empujando el culo hacia atrás para encontrarme con él—. Mamá siente cuando llegas adentro… se siente rico…
Él aceleró todavía más, dando embestidas más cortas y rápidas. El sonido húmedo se volvió más intenso: plap-plap-plap-plap….
Sus manos no soltaban mis caderas; las usaba para tirar de mí hacia atrás cada vez que empujaba.
—Mami… se siente tan bien… —gimió entre respiraciones cada vez más agitadas—. Quiero cogerte más fuerte…
Pero el esfuerzo empezó a notarse.
Danielito, con su cuerpo más pequeño y menos acostumbrado, comenzó a jadear más fuerte. Su respiración se volvió entrecortada, como si le faltara el aire. Gotas de sudor empezaron a brillar en su frente y en su pecho, y algunas cayeron sobre mi espalda.
—Ahh… mami… —jadeó, todavía empujando pero ya con menos fuerza—. Me estoy cansando… pero no quiero parar…
—Tranquilo, mi tesorito… —le dije mirándolo por encima del hombro, todavía gimiendo suavemente—. Ve a tu ritmo… mamá no se va a ninguna parte. Si necesitas descansar un poquito, descansa… pero si puedes, sigue metiéndomela…
Él intentó mantener la velocidad un rato más, sudando cada vez más y soltando bocanadas de aire pesadas.
Sus embestidas se volvieron un poco más irregulares, pero seguía entrando y saliendo de mí, aferrado a mis caderas.
—Se siente… muy caliente… mami… —dijo entre jadeos y sudor—. Te amo…
Yo seguía gimiendo, disfrutando de cada pequeño empujón y del esfuerzo que mi hijito estaba haciendo por complacerme.
—Y yo a ti, mi chiquitín… sigue… aunque te canses… mamá está aquí…
Danielito siguió empujando desde atrás, aferrado a mis caderas, aunque cada embestida le costaba más. Su respiración era cada vez más pesada, el sudor le corría por la frente y el pecho, y sus brazos temblaban de esfuerzo. Aun así, no paraba.
—Mami… un poco más… —jadeaba entre empujones cada vez más cortos e irregulares—. Quiero… seguir…
Yo gemía suavemente, sintiendo apenas su pollita entrar y salir, pero disfrutando del esfuerzo y la entrega de mi chiquitín.
—Así, mi amor… no te fuerces demasiado… —le decía con voz cariñosa, empujando el culo hacia atrás para ayudarlo.
De pronto sus embestidas se volvieron más rápidas y desesperadas. Su cuerpo se tensó, sus manitas apretaron fuerte mis caderas y soltó un gemido largo y agudo:
—¡Ahhh… mami…!
Sentí cómo se corría dentro de mí. Su semen salió en chorritos débiles, casi transparente y traslúcido, apenas con un tono blanquecino muy leve. No había casi nada de blancura espesa; era más bien un líquido caliente y claro que se derramó dentro de mi coño y empezó a escurrir un poco por mis muslos.
Inmediatamente después, Danielito soltó mis caderas y cayó hacia atrás sobre la cama, completamente agotado. Su pecho subía y bajaba con fuerza, el sudor le brillaba en toda la piel y su pollita, ya blanda, quedó descansando sobre su vientre. Tenía los ojos semi-cerrados y la respiración todavía muy agitada.
Me giré con cuidado y lo miré con ternura.
—Ay, mi chiquitín… te diste con todo… —susurré, acariciándole el cabello húmedo de sudor.
Me levanté de la cama, fui hasta la cocina desnuda y le traje un vaso de agua fresca. Volví a su lado, me senté junto a él y lo ayudé a incorporarse un poco para que bebiera.
—Toma, mi tesorito… bebe despacito. Te esforzaste mucho… mamá está orgullosa de ti.
Danielito tomó el vaso con manos temblorosas y bebió varios sorbos, todavía recuperando el aire, mientras yo le limpiaba el sudor de la frente con cariño.
Danielito seguía recostado, recuperando el aire. Yo me acomodé a su lado, acariciándole el pecho sudado con suavidad mientras él bebía el último trago de agua.
—¿Cómo te sientes, mi chiquitín? —le pregunté con voz tierna, limpiándole una gota de sudor de la sien.
—Cansado… pero feliz, mami —respondió entre respiraciones más calmadas—. Nunca me había cansado tanto… se sintió muy intenso.
—Lo hiciste muy bien, mi tesorito. Mañana nos bañamos juntos otra vez, para refrescarte bien. Hoy solo descansa.
Él asintió, todavía con la mirada un poco perdida por el esfuerzo. Mientras lo miraba recuperarse, sentí que mi coño seguía rojo, hinchado y sensible. Aunque su pollita no me había llenado del todo, el roce y el taboo me habían dejado con una tensión que pedía alivio. Bajé la mano entre mis piernas y empecé a tocarme despacio, frotando mi clítoris con dos dedos en círculos suaves.
Gemí bajito, sin exagerar, mientras me acariciaba. Danielito me observaba con curiosidad, todavía recostado.
Después de un rato de caricias calmadas, sentí el orgasmo llegar de forma tranquila y profunda. Mi cuerpo se tensó un poco, solté un suspiro largo y placentero, y mi coño se contrajo alrededor de mis dedos, liberando más jugos.
Danielito me miró con los ojos un poco más abiertos.
—Mami… ¿qué fue lo que hiciste?
Sonreí, todavía con los dedos húmedos entre mis piernas.
—Algo para aliviar la tensión de mi coño, mi amor. Quedó rojo y sensible después de que me cogieras… necesitaba correrme un poquito.
Saqué los dedos, que brillaban con mis jugos transparentes, y se los acerqué a la cara por curiosidad.
—Prueba, mi chiquitín… están ricos. Chúpalos.
Danielito, todavía nervioso pero curioso, abrió la boquita y chupó mis dedos enteros, lamiendo y succionando con cuidado hasta dejarlos limpios. Su lengua se movía alrededor de cada dedo mientras me miraba.
—¿Así, mami? —preguntó con la vocecita suave después de soltarlos.
—Así, mi amor… qué bueno eres —le respondí acariciándole la mejilla, sonriendo con ternura.
Nos quedamos un rato en silencio, él recuperándose y yo disfrutando del momento íntimo que acabábamos de compartir.
Al día siguiente decidí que Danielito no iría a la escuela. Después de lo de anoche, no quería que se fuera.
Quería tenerlo todo el día solo para mí. Así que le dije que se quedara en casa y que íbamos a follar todo el día, pasándonos de una habitación a otra, caminando desnudos por la casa sin ninguna vergüenza.
Y así fue. Desde temprano anduvimos sin ropa. Nos cogimos en la cocina, en el sofá, incluso un ratito en el patio trasero cuando no había vecinos cerca. Ahora, ya entrada la tarde, Danielito estaba desnudo en la sala, sentado en el sofá con las piernas abiertas, jugando en su consola. Su pollita descansaba suave entre sus muslos mientras sus manitas se movían rápido con el control.
Entré a la sala también completamente desnuda, con un plato de aperitivos en la mano: galletas, trocitos de queso y unas uvas. Me senté a su lado y le puse el plato en el regazo.
—Toma, mi chiquitín… come un poco. Te has estado esforzando mucho hoy —le dije con una sonrisa, acariciándole el muslo desnudo.
Él pausó el juego y me miró, todavía un poco sonrojado pero ya más cómodo estando así.
—Gracias, mami… se siente raro estar todo el día desnudo, pero también se siente bien. Como si la casa fuera solo nuestra.
—Y lo es, mi tesorito —respondí, comiendo una uva y ofreciéndole otra a su boquita—. Hoy no hay escuela, no hay ropa, no hay nadie más. Solo mamá y su hijito follando y disfrutando.
Hablamos un rato así, desnudos en el sofá. Él me contó cómo le había gustado cuando lo monté en la mañana, y yo le dije lo rico que se había sentido cuando me cogió contra la mesa de la cocina. Nos reímos bajito, nos dimos unos besitos y él volvió a jugar un poco más mientras yo le acariciaba el cabello.
Después de un rato me levanté, me puse de pie frente a él y le miré con una sonrisa cargada de intención.
—Mi amor… ¿qué te parece si subimos al cuarto de arriba para jugar esta vez los dos? Ya no de videjuego… de lo otro.
Danielito entendió al instante. Apagó la consola, dejó el control a un lado y se levantó desnudo, con una sonrisita tímida pero ansiosa.
—Sí, mami… subamos entonces.
Le tendí la mano y él la tomó. Juntos, completamente desnudos, empezamos a subir las escaleras hacia el cuarto.
Así fue pasando el tiempo. Lo que empezó aquella noche de apagón se convirtió en nuestra nueva vida. Ya llevamos dos meses así.
Cada vez que Danielito regresa de la escuela, la regla es clara y nadie la discute: ambos debemos estar sin ropa. En cuanto cierra la puerta, se quita el uniforme completo y yo también me desvisto si aún llevo algo. Desde ese momento hasta la mañana siguiente caminamos desnudos por toda la casa. Podemos tocarnos el cuerpo cuando queramos, darnos besos en la boca, en el cuello o donde se nos antoje, sin pedir permiso. Ya no hay vergüenza entre nosotros.
Dormimos juntos todas las noches en la misma cama, en una sola habitación. Él se acurruca contra mí, a veces con la cabeza en mis pechos, a veces abrazándome por detrás. Yo lo arropo y le doy besitos hasta que se duerme.
También están las reglas de placer mutuo. Antes de que se duerma, casi todas las noches, le masturbo su pollita con la mano o con la boca hasta que se corre. Él, por su parte, tiene que complacerme cuando yo se lo pido: chuparme el coño, tocarme, o dejarse usar como yo quiera. Y viceversa. Si él necesita alivio durante el día, me lo pide y yo se lo doy. Si yo estoy caliente, él se arrodilla o se pone a mi disposición sin quejarse.
Hoy, como casi todos los días, Danielito llegó de la escuela, se quitó toda la ropa en la entrada y se quedó desnudo. Yo ya lo esperaba igual de desnuda. Nos dimos un beso largo en la boca, nos tocamos un rato en la sala y después él se sentó a hacer la tarea mientras yo le acariciaba la espalda y le daba besitos en el hombro de vez en cuando.
Esta es nuestra casa ahora. Sin ropa, sin secretos, y con las reglas claras de placer entre mamá e hijito.
Hoy, después de estos dos meses, miro a mi Danielito dormir desnudo a mi lado y siento una calma profunda. Ya no hay culpa. Ya no hay miedo. Solo queda el amor que construimos juntos, a nuestra manera.
Lo que hicimos… lo que seguimos haciendo… no es algo que inventé yo sola. Sé que por toda Colombia y por toda Latinoamérica hay madres que también cruzaron esa línea con sus hijos. Algunas en silencio, otras con más cuidado, pero todas movidas por el mismo sentimiento: el deseo de poseer completamente a quien criaron, de convertirlo en su hombre y su secreto al mismo tiempo.
Existe una especie de sociedad oculta.
Mujeres como yo que se reconocen entre sí sin necesidad de decir demasiado. Se ayudan, se protegen y guardan el silencio. Pero de eso… de esa red que apenas estoy empezando a conocer… se sabrá más adelante.
Por ahora, en esta casa de Medellín, bajo estas sábanas, solo estamos mi chiquitín y yo. Desnudos, unidos y sin nada que escondernos.
Y así quiero que siga siendo.
_______
Y hasta aquí llega esta historia.
Escribí este relato con ganas, con cuidado y con ese gusto especial que solo da explorar lo prohibido desde un lugar íntimo. No es la primera vez que me atrevo con el tema del incesto… aunque sí la primera en la que me dejé llevar tanto por el ritmo lento, el calor de la casa y la complicidad entre madre e hijo.
Si llegaste hasta el final, gracias por acompañarme. Espero que hayas sentido el mismo placer que yo sentí al escribirlo.
Nos leemos en la próxima.
Con cariño (y un poco de picardía).
Amy_young15


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