Mari y Fran pasan la noche juntos
La adrenalina seguía bombeando en las venas de todos mientras se apresuraban a ducharse. El agua caliente arrastraba los restos de semen y sudor, pero no podía borrar la marca del deseo que Fran había dejado en cada una de ellas. Justo cuando el vapor aún llenaba los baños, el teléfono de Fran sonó..
La adrenalina seguía bombeando en las venas de todos mientras se apresuraban a ducharse. El agua caliente arrastraba los restos de semen y sudor, pero no podía borrar la marca del deseo que Fran había dejado en cada una de ellas. Justo cuando el vapor aún llenaba los baños, el teléfono de Fran sonó. Era Angélica.
Fran puso la llamada en altavoz, y la voz de Angélica llenó la habitación: «Fran, me quedaré en casa de mi madre esta noche, no hace falta que vengas a visitarme». El silencio que siguió fue eléctrico. Mari, con una sonrisa depredadora y la piel aún rosada por la orgía, miró a Fran con una intensidad insoportable.
—Si te quieres quedar toda la noche conmigo y seguir teniendo sexo… hay algo que quiero experimentar —le susurró Mari, ignorando la mirada de celos punzantes que Carmen y Mirta le lanzaban. Ambas se sentían frustradas; el hambre de Fran seguía ahí, y ellas querían ser poseídas una vez más.
Sin embargo, la realidad golpeó la puerta: el esposo de Carmen llegó para dejar el coche estacionado. Por precaución, acordaron poner una alarma para que los gemidos nocturnos no alertaran al marido durante su visita matutina. Fran, manteniendo la compostura para no levantar sospechas, se despidió y se marchó junto a las demás, fingiendo que la jornada de «amistad» había terminado.
Pero el deseo es un imán imposible de ignorar. A las 10:00 PM, Fran regresó sigilosamente a casa de Mari. Ella lo esperaba en la entrada, envuelta en una bata de seda que se deslizaba peligrosamente sobre su cuerpo desnudo, sin una sola prenda íntima debajo. El beso que intercambiaron fue voraz, cargado de la urgencia de quienes han estado contando los segundos para volver a tocarse.
—Quiero que me hagas el amor primero aquí afuera —jadeó Mari contra sus labios—, en el terreno, junto a las matas… al aire libre. Penétrame en todas las posiciones, hazme gemir hasta que los vecinos me escuchen, y luego… luego me coges en cada rincón de esta casa.
Fran no necesitó que se lo pidieran dos veces. Extendió una sábana sobre la hierba húmeda y comenzó la faena. La tomó en brazos, cargándola mientras sus piernas se envolvían en su cintura. La penetración fue profunda y agresiva; mientras su miembro reclamaba la vagina de Mari, Fran introdujo uno y luego dos dedos en su ano, estimulando ambos orificios simultáneamente. Mari soltaba gritos ahogados de placer, sintiendo cómo su cuerpo era reclamado por el aire nocturno y la fuerza bruta de Fran.
Cuando el cansancio físico empezó a pasar factura, Fran la dejó caer sobre la sábana y la puso en cuatro patitas. Con un ritmo animal, empezó a intercalar las penetraciones: un golpe profundo en la vagina, un giro rápido y un empuje violento en el ano. El contraste de sensaciones llevó a Mari al límite del delirio. Después de una hora y cuarenta minutos de sexo salvaje bajo las estrellas, ambos colapsaron en un clímax sincronizado que dejó a Mari temblando sobre el césped.
Tras una ducha rápida para quitarse el rocío del campo, Fran llevó a Mari a la habitación en sus brazos, besándola con una mezcla de pasión y ternura. Una vez en la cama, la pasión se volvió más experimental. Fran la hizo descender para que ella succionara su miembro con avidez, mientras él, con una mano experta, introducía un vibrador en la vagina de Mari. La vibración constante sumada a la succión creó un cortocircuito de placer que mantuvo a Mari en un estado de éxtasis prolongado.
Finalmente, Fran volvió a penetrarla, probando poses que hacían que la cama crujiera. Justo antes de llegar al final, sacó su miembro bruscamente y le ordenó:
—Abre la boca… te toca tomar tu ración de lechita para que crezcas fuerte.
Mari obedeció con devoción, tragando cada gota del espeso semen de Fran sin derramar una sola gota, saboreando la esencia de su amante antes de dejarse caer en un sueño profundo.
A las 5:00 AM, la alarma los despertó violentamente. Casi al mismo tiempo, escucharon el sonido del portón; era el esposo de Carmen recogiendo el vehículo. En ese instante, el teléfono de Mari vibró. Era Carmen.
—¿No los sorprendieron? —preguntó Carmen con voz nerviosa.
—Para nada —respondió Mari, riendo mientras sentía el calor de Fran a su lado—. Follamos hasta las dos de la mañana y estábamos durmiendo cuando sonó la alarma. Justo ahora tu marido está cerrando el portón para irse.
Carmen soltó un suspiro de alivio y una risita maliciosa.
—En diez minutos estoy en tu casa. Dile a Fran que si está listo para darnos cariño un rato…
Mari puso el teléfono en altavoz. Al escuchar las palabras de Carmen, Fran, que estaba medio dormido, sintió cómo su erección despertaba instantáneamente.
—Cuando dijiste esas palabras, su amiguito se levantó solo —respondió Mari con picardía—. Aquí te esperamos… mientras él me va calentando a mí.




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