Me decidí a seducir a mi padre (3)
Ahora lo quiero completo….
Una vez que mi papá y yo sabíamos lo que queríamos hacer pues cuando no nos miraban nos manoseábamos y besábamos. Yo me echaba las bragas a la bolsa cada vez que iba a la casa de mis padres, y le pedí a él que tampoco usara calzón, para ver si en un descuido de mi mamá fornicábamos un poco.
Y la oportunidad llegó cuando mi mamá salió a la tienda, mi papá se sacó la verga, me abrazó para besarme y me sentó en su regazo después de levantarme la falda. El pene me resbaló fácilmente, nos besamos apasionadamente y comenzamos a movernos un poco, pero tuvimos que suspender bruscamente al escuchar la llave en la cerradura. Me levanté rápidamente dejando que la falda callera ocultando mi panocha y mi papá se guardó la verga, desinflada por el susto, lo que hizo fácilmente y se subió el cierre.
Mi madre había olvidado el monedero, por lo que se dirigió hacia su recámara para recuperarlo. Estábamos seguros que podríamos continuar cuando mamá volviera a salir de la casa. Pero, ella decidió otra cosa.
–Acompáñame, hija, pues mejor voy al mercado –ordenó mi mamá.
–Sí, mami, sólo paso al baño primero –le dije yéndome a poner los calzones, no fuera el viento a hacerme una mala pasada…
Después de la frustración de ese comienzo que prometía, aumentó mi deseo por tener desnudo a mi padre para cogernos, imaginaba hacerlo venir dentro de mi panocha, de mi boca y de mi culo lo más pronto posible. Por tanto, era necesario pensar en otro plan sin levantar sospecha.
Mi papá frecuenta reunirse con los amigos pensionados en un café del centro donde varios ancianos juegan damas o ajedrez y lo hace una o dos veces por semana, así está fuera de casa por varias horas, generalmente en las tardes. También suele ir solo, o con mi madre, a caminar por el paseo de La Alameda. Se trata de un camellón amplio y arbolado que en las mañanas se disfruta el paseo antes de que el sol caliente excesivamente. Dejé de ir tan seguido a la casa de mis padres pues era obvio que mi mamá descubriría nuestro deseo y, con mala suerte, ella nos cacharía en la acción. Pero por teléfono le pedí a papá que nos viéramos cuando caminara sin la compañía de mamá.
Sucedió al día siguiente. Él iba sin calzones y yo con mi pantaleta en el bolso. Sí hubo oportunidad de manosearnos los sexos, sentados en una banca como dos enamorados.
–Cuéntame lo que sentías por mí cuando yo era niña y me acariciabas mi tamalito –le pedí apretándole el pene al meterle la mano por la bragueta.
–Siempre fuiste una niña cariñosa y me calentabas con tus besos y caricias, por ello, distrayéndote con mis besos, subía mis manos recorriendo tus piernas hasta llegar a tu joyita. La verga se me ponía muy dura al sentir tu humedad en mis dedos –confesó.
–¿Qué más pasó? –pregunté para hacerlo continuar cuando sentí su mano en la raja de mi panocha.
–Conforme crecías, me gustaba más acariciarte. A los doce, tus tetitas ya tenían forma y me gustaba besarte el cuello por atrás, pegándote mi turgencia en tus nalgas y te estrujaba el pecho a dos manos, pero al parecer, tú no te dabas cuenta de mis intenciones ni te calentabas. Sim embargo, tu mamá sí me llamó la atención más adelante. “Ya no la acaricies así, Mar ya es toda una señorita, ayer le bajó la regla”, me dijo un día y desde entonces dejé de acariciarte así, pero las ganas nunca se me quitaron… –señaló–. Al parecer, Ramón ya no te atiende como se debe, pues de un tiempo para acá te pegabas a mí como cuando eras niña y pasó lo que tenemos ahora –resumió.
–Ramón sí me da amor y sexo adecuadamente, me deja llena de lefa, cada día suelta más, pero cada día yo soy más caliente y quiero estar contigo, desnudos, amándonos, aunque sea pecado –externé con vehemencia.
–¿Aunque nos vayamos al infierno? –preguntó.
–Ayer le confesé al padre Chema que te deseo –le dije y mi papá abrió los ojos como de plato.
–¿Te regañó el cura? –inquirió azorado.
–Pues me dijo que eso no era correcto, aunque me dejó ver que no era tan raro el asunto, insistió en que me alejara de ti y ya ves, el caso que le hago al padrecito…
–¡Te amo mi niña! –dijo y me plantó un beso penetrando mi boca con su lengua y su dedo en la panocha inundada.
Nos dimos cuenta de la calentura y algún viandante sonrió al mirarnos. Así que volvimos cada quien para su casa. Pero prometimos cumplir nuestro deseo a la semana siguiente.
Retorné a casa muy caliente, recordando en el camino la confesión con el padre Chema y la rica penitencia que cumplí, como cada mes.
En efecto, las cosas habían sucedido tan rápido que ese primer jueves de mes, me confesé, como de costumbre con el padre Chema. (Nuestra costumbre es que él se masturba mientras le confieso mis pecados y al terminar, le limpio la lefa de la verga y de sus dedos para irnos a sus aposentos a cumplir mi penitencia…) Esperé junto al confesionario a que terminara la segunda misa para que el padre instruyera a su acólito, ordenándole cerrar las puertas del templo y regresar a la misa de las 12.
–¿Qué nuevos pecados traes ahora, Mar? –preguntó el padre Chema después de los ritos de rigor, acariciando mi cabello al sacarse la verga frente a mi cara pues yo estaba hincada con mi barba en su regazo.
–Hoy sí tengo uno muy gordo, padrecito –solté apresuradamente.
–¿Te convertiste en asesina o narcomenudista? –preguntó sonriendo.
–¡No, padre, ni Dios lo quiera! Se trata de mi lujuria –dije atropelladamente y Chema se sorprendió, no tanto porque sabe que soy muy cogelona, y él lo disfruta de palabra y obra, sino de la angustia que tenía–. ¡Deseo a mi padre y él también a mí!
–¿Qué edad tiene tu papá? –preguntó.
–Es dos años menor que mi amante Bernabé y de un tiempo a la fecha, cuando cojo con Bernabé, imagino que cojo con mi papá –señalé, entendiendo que eso y los relatos de Ishtar fueron los que dispararon mi deseo.
–Bueno, no es raro que un padre desee a su hija ni que ella quiera tener contacto carnal con su padre. Te asombrarías de cuantos casos así he conocido, incluso muchos de ellos consumados –dijo.
–¡Pues yo estoy en eso y sí quiero fornicar con mi papá! Incluso ya tuve su pene dentro de mí, sólo por segundos, pero queremos coger sin ataduras, sin exponernos a testigos –dije y comencé a relatarle cómo me había surgido el deseo.
Mi confesión fue tan detallada que las preguntas de Chema eran más bien para mantener una constancia de que me escuchaba, como si fuera necesario pues no dejaba de jalársela al escuchar lo que Ishtar deseaba y no pudo cumplir, y ahí insistí en que yo no quería que me pasara lo mismo: quedarme sin cumplirlo. También escuchó con gran calentura cómo mi plática con Dalita, mi novia, motivó a ésta para que recordara su infancia y fuera a coger con su padre, terminando en un trío con su mamá estando los tres muy tomados y fumados.
Al padre Chema le brotó la leche a borbotones y yo me fui sobre su verga para que no se desperdiciara ninguna gota. Aún con el semen en sus dedos hizo la señal de absolución. Le lamí la mano para limpiársela y me levanté al terminar.
–Vamos arriba a platicar un poco y reponerme para que cumplas tu penitencia –dijo tomándome de la mano y subimos a su cuarto.
Me sirvió del vino muy rico de siempre mientras yo me encueraba. Comencé a tomarlo viendo cómo se deshacía de su sotana quedando él también en cueros.
–¿No tienes ganas? –le dije, metiendo su arriscado pene en mi copa y se lo chupé.
–¡Claro que sí, putita! Pero me vine mucho al escuchar las guarradas que contaste de tus amigas. Por eso necesito reponer fuerzas y que mis huevos se llenen –dijo.
Yo seguí metiendo su pene y huevos en mi copa para tomar a chupadas y lamidas mi vino en ellos.
–¿Cómo sentiste el fierro de tu papá cuando te sentaste en él? –preguntó.
–¿Te refieres al día que regresó intempestivamente mi mamá?, porque de niña no me daba cuenta cuando mi papá me sentaba en su regazo, aunque él me dijo que se le paraba entonces y me hacía “caballito” en sus piernas…
–Pregunto por la vez que los interrumpió el regreso de tu mamá –aclaró.
–¡Resbaló riquísimo! El tamaño me pareció similar al de mi esposo, pero lo que me gustó y me puso muy caliente fue saber que era mi papá quien me ensartó. Con un poco más de tiempo, hubiéramos logrado un orgasmo –dije con los ojos cerrados y me tomé de un solo trago el vino que me quedaba, por lo que extendí la copa para que me sirviera más.
–Voy a ver qué tal te dejó tu marido, y cuánto te gustó esta noche –me dijo Chema y se puso a tomar el atole que hice durante la noche y en el mañanero.
¡Qué hermoso sentí esa lengua!, pero lo que ya me urgía era el pito, que le fue creciendo al chuparme la vagina y manosearme las tetas mientras se desayunaba el atole que hice con mi marido. “Desayuna la papaya con leche condensada”, le dice una vecina a su amante cuando inician los cariños. En pocos minutos más me la metió sacándome un orgasmo tras otro. “¡Dame más, papacito!”, le gritaba imaginándome a mi papá gozando a la puta de su hija. Nos servimos más vino y me platicó Chema que no ha visto que las relaciones de incesto hayan aumentado o disminuido durante el tiempo que él lleva atendiendo a los feligreses.
–La mayoría de los casos inician por calentura desde la infancia, y se van consolidando con el tiempo, casi siempre entre hermanos o primos. No es cierto que el abuso de los padres vaya disminuyendo, tampoco va en aumento. Los embarazos se cubren de una u otra forma, incluso se dan en nuestro gremio donde algunos de esos “sobrinos” no son de una devota cercana al sacerdote, sino de la hermana.
–¿Has sabido de casos que se traten de madre e hijo? –pregunté por curiosidad.
–¡Ah! ¿También quieres tirarte a tu hijo, no sólo a tu padre? –exclamó y me sobresalté al cuestionarme a mí misma si la pregunta la hizo mi subconsciente.
–¡No! No me refería a eso, sino que quizá tú sabrías si es más raro eso que lo otro –aclaré.
–Son menos los casos donde la madre y el hijo caen en el pecado, y la mayoría se da en las madres solteras o abandonadas, pero sí ocurren, también con embarazo –afirmó tajante.
Así, entre cogida y cogida me platicó de muchos casos que le han confiado en confesión. Sin dar nombres, claro. Después del baño con la enculada de rigor, al vestirnos me dio la botella mensual que prometió darme cada mes en que cumpla con mi penitencia. “Ésta me la tomaré con mi papito” dije. “¡Puta…!”, me contestó.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!