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Incestos en Familia, Infidelidad

Me decidí a seducir a mi padre (4)

Pues ya se me cumplió tener adentro a mi papá, encuerado y varias horas….
Esa mañana que paseamos por el paseo de La Alameda descansamos en una banca sombreada y nos acariciábamos mutuamente los sexos, hasta que nos dimos cuenta de la calentura que teníamos porque un viandante sonrió al mirarnos.

Mi papá, después de chuparse los dedos llenos de atole y cerrarse la cremallera de su pantalón, me preguntó sobre el día que me sería más fácil que nos viéramos para cumplir nuestro deseo.

–Yo puedo sólo en las mañanas, preferentemente que no sea lunes ni martes –contesté, pensando en que esos dos días están asignados a mis amantes.

–Bien, será el miércoles. ¿A qué hora quieres que pase por ti? –preguntó.

–Te espero después de las ocho, ya que Ramón se haya ido a trabajar. Nos quedaremos en la casa hasta las dos, para darnos gusto sin mayor preocupación –le dije, ya de pie, dándole un pico en la boca y apretándole el pene sobre el pantalón.

Volvimos cada quien para su casa. Pero prometimos cumplir nuestro deseo a la semana siguiente. Yo sentía cómo escurrían mis jugos en la entrepierna. Me daban ganas de llamar a Amador para que me diera una sesión de amor, pero ya no había tiempo.

Se llegó el gran día, cogí como loca en la noche con mi esposo y en la mañana me tomé toda la leche que quedaba en su verga. Me puse la bata y, mientras Ramón se bañaba yo le fui a hacer su desayuno, el cual tomó con rapidez pues su amigo Pedro, el esposo de mi novia Dalita, no tardaría en pasar por él para irse a trabajar.

Justo cuando mi marido se lavaba la boca, escuché el timbre y atisbé por la mirilla antes de abrir la puerta. Pedro no había tocado el claxon para llamar a mi esposo, eso hacía cuando quería darme un saludo, así que le abrí y ya que entró me desanudé la bata diciéndole “Buenos días”-

–¡Están muy buenos! –dijo, y se hincó para besarme los pelos de la panocha.

–Ya vámonos que se hace tarde –dijo mi esposo, interrumpiendo el viaje de lengua que su amigo hacía en mi interior–, hasta parece que Dalita no te despertó como es debido…

–Sí lo hizo, pero me gustan mucho los pelos –aseguró al ponerse de pie, refiriéndose quizá a que Dalita suele andar rasurada del mondongo.

–Adiós, mi amor –me dijo Ramón metiéndome sus dedos en la raja y dándome un beso–, ya te calentó este puto –señaló al oler y lamer sus dedos mojados.

–Adiós, Mar –se despidió Pedro de la misma manera.

Mientras yo lavaba los trastos del desayuno, escuché el timbre. “Seguramente es mi papá y yo aún no hago la cama”, dije y fui a abrir, cerciorándome previamente que se trataba de mi papá.

–Hola. ¿Quieres algo de desayunar antes? –le pregunté abrazándolo y comencé a quitarle la ropa, después de volverme a desanudar la bata…

Papá metió sus manos bajo mi bata acariciándome con ternura la cintura y dándome un fogoso beso mientras que yo seguía quitándole la ropa. Nos fuimos a la sala para que yo terminara mi tarea.

–Por lo que huelo, Ramón se acaba de ir… –dijo y me metió un dedo en la raja encharcada.

–Sí, además de la despedida donde hizo lo mismo que tú, después de haber tenido la lengua en ese lugar– le dije sonriendo, aunque no mencioné de quién había sido la lengua…

–¿Te hago algo para que desayunes conmigo? –le pregunté, yéndome a la cocina.

–Ya desayuné, pero te acompaño a la mesa –dijo yéndose a sentar, después de haberme quitado la bata.

Mi padre se acariciaba el palo con gran lubricidad mientras miraba cómo se hacían olas en mis nalgas y lonjas de la cintura con mis rápidos movimientos al apresurarme en el trabajo culinario.

–Nunca he desayunado así –le dije al sentarme en su inhiesto palo –apachurraré unos huevos y marinaré un chorizo, dije al sentarme de golpe en sus piernas y moverme un poco, tal como había pasado la vez que tuve su tranca, aunque hayan sido pocos segundos.

–Desayuna con calma, mi niña… –me dijo acariciándome las chiches y yo comí con bocados muy lentos…

Al terminar, me levanté, llevé mis trastos al fregadero y, al estar lavándolos, sentí cómo me limaba el pene de mi padre, desde las nalgas hasta los labios interiores, complementó con sus manos cuando amasaron mi pecho. Terminé mi tarea, me puse de frente a él y lo besé ensartando su falo en mi cueva. ¡Dos minutos deliciosos!

–Te quiero compartir un vino muy rico que adquirí pensando en tomarlo juntos este día –dije recordando que eso le dije al padre Chema cuando me lo dio.

Descorchamos el vino, lo serví y dijimos “Salud”. Mi papá lo saboreó, vio la etiqueta y puso una cara de extrañeza.

–Quizá sea por el momento o por la compañía, pero éste nunca me había sabido tan rico –expresó mi papá.

–Es que es una cosecha especial de esa vitivinícola y raras veces puede adquirirse. ¿Verdad que está bueno para festejar este día? –pregunté tomándome el resto de mi vaso de un golpe.

–Está para tomárselo despacio –dijo como un pequeño reproche.

–Pues tomémoslo en la cama –ordené tomando la botella al encaminarme rumbo al tálamo, seguida de mi papá.

Mi padre sonrió al mirar la cama destendida y con las clásicas señales del jolgorio amatorio.

–Será difícil competir con tanto amor que recibes en este lecho –dijo sin dejar de mirar la sábana ajada y con algunos visibles vellos ensortijados que delataban el amor de mi marido.

–Papá seré feliz con el trato similar al que acostumbras dar tú en las noches, al menos al que algunas veces escuché –dije, pensando en que éste sería el cuarto hombre que me tiraría en esa misma cama.

Dejé la botella y mi vaso sobre el buró. Le quité el vaso a mi papá para dejarlo en el mismo lugar y lo abracé para besarlo. Sentí lagrimeando su pene en mi ombligo y decidí acostarlo para iniciar con un 69.

–Sí, Ramón me ama mucho. Probarás cuanto… –dije al colocarle mi panocha sobre su boca.

Su lengua navegó en el interior con una maestría similar a la de Bernabé, también su boca abarcaba labios interiores y clítoris, sorbiéndolos con gran pericia.

–El sabor es rico y fuerte… –señaló después de deglutir el jugo de mi primera venida.

Yo imaginaba lo feliz que hacía a mi madre con esa boca en la panocha. “Así, papacito, así…” gritaba orgasmo tras orgasmo y él se afanaba más. Por mi parte, sentí su verga viajando con gran velocidad, llegando a veces hasta la garganta, pero no más adentro porque yo no soltaba su tronco y con mi mano papá se hacía una chaqueta con su movimiento pélvico. La otra mano jugaba con sus bolotas, casi del tamaño de las de Pedro.

Al poco tiempo tuve en mi boca el sabor de su semen. “¡Qué bien lo haces! Seguro que no fue tu madre quien te enseñó”, dijo lamiendo y mis labios para seguir con un paseo de su lengua por mi periné. “Ella pocas veces me chupa y no acepta otras prácticas más”, concluyó antes de sentarse y recargarse en la cabecera para seguir tomando su vino. “¿Pero sí te deja que tú la chupes, verdad?”, pregunté porque no imaginaba cómo lograba tanta destreza si no lo practicaba. “La primera vez que bajé a su vagina, ella no quería, pero poco a poco lo aceptó y luego lo exigía”. Descansamos. Papá cogió su vaso para seguir tomano.

–¿Me sirves un poco más a mí? –solicité.

–Claro que sí, mi nenita –dijo al dejar su vaso para servir el vino solicitado.

–¿Qué otras prácticas sexuales que tú deseas no te acepta mi mamá? –pregunté tomando un trago y moviendo su pellejo de arriba abajo con la otra mano.

–Cogérmela por el culo, se me antojan sus nalgas para eso. ¡Son tan bonitas como las tuyas! –confesó.

–Quizá lo trataste de hacer de manera brusca y la lastimaste –dije recordando la primera vez que mi marido me cogió así–, eso ya me pasó y fue horrible.

–No, simplemente no quiere –contestó.

–¡Qué bueno que no lo hiciste! –le dije y le comencé a contar mi triste inicio de esa historia al respecto.

La primera vez fue dolorosísima porque mi marido estaba borracho y me violó, rompiéndome el culo y se lo platiqué a mi papá. También que pasaron casi 15 años más cuando le di una oportunidad. No le conté a mi papá que fue mi amante quien me convenció y lo disfruté con él; además de que me dijo cómo hacer para que mi marido lo intentara, usando un lubricante y se lo conté a papá con el mismo cuento que a mi esposo: que había sido una vecina quien me vendió el aceite y me dijo cómo prepararme con los dedos.

–¿Y te fue bien con el aceite que te vendieron? –dijo masajeando mis nalgas pasando su dedo sobre mi culo varias veces.

–Pues con paciencia y despacio sí funciono y ahora lo disfrutamos cuando él lo pide –asentí.

–¿Me enseñas cómo? –solicitó.

–Sí, ya que se te pare y después que me riegues la vagina –le indiqué y su miembro comenzó a resucitar.

Me puse a mamar verga, lamer huevos y besarle las piernas para que se pusiera duro. Fue fácil, papá había tomado viagra para no quedar mal conmigo. Pronto lo tuve encima de mí mamándome las chiches y amasándome las nalgas mientras trepidaba al penetrarme con gran ritmo. Obviamente yo grite feliz “¡Cógeme, papacito, cógeme!”, nunca antes con tanta verdad. ¡Fue delirante tener a mi padre cogiéndome con tanto brío como el de Dagoberto!, el joven a quien inicié y me tiré en esta misma cama. Lloraba yo de alegría y me desmayé al sentir el calor de la eyaculación de mi papá, quien no se dio cuenta de mi inconsciencia pues justo cuando él aflojó sus manos de mi cuerpo volví en mí.

–No llores, mi niña, ¿te lastimé? –dijo mi padre tratando de enjugar mi llanto con su lengua.

–No me lastimaste, papá, al contrario, ¡sentí hermoso! –grité aumentando el llanto y lo abracé fuerte con las cuatro extremidades, sintiendo su palote dentro de mí.

Descansamos y seguimos tomando y platicando. “Hubiera sido rico que tú me estrenaras”, le dije, pero el movió negativamente la cabeza. “No se debe hacer eso. Probablemente Ramón se hubiera molestado y quizá serías infeliz”. Seguimos platicando de otras cosas, besándonos y acariciándonos por todos lados hasta que la botella de vino se acabó. Yo estaba bastante caliente y tomada, así que me puse a mamar otra vez.

–Ya se te paró, ¿podemos empezar con la enculada? –le pregunté y ante su respuesta afirmativa, tomé el frasco de lubricante.

Le di instrucciones precisas que papá acató al pie de la letra, indicándole que debía detenerse un poco cada dos centímetros de penetración, hice hincapié en cómo se debe hacer para que mi mamá no sufriera si es que él la llegaba a convencer, más que para mí quien soporta las enculadas de golpe con los calientes que tengo acostumbrados a eso.

Por último, nos dimos un regaderazo para disfrutar las últimas caricias en nuestros cuerpos. Antes de abrir la puerta para que saliera de casa, yo encuerada, lo besé ardientemente. “¡Qué rico fue coger con mi papá!”, grité en mi borrachera de felicidad y vino.

 

2 Lecturas/15 mayo, 2026/0 Comentarios/por Mar1803
Etiquetas: madre, mayor, orgasmo, padre, semen, vagina, vecina, viaje
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