Mi ex hijastra
Algo normal.
Capítulo: El secreto de la ex y la tentación con su hija
Hace 10 años exactamente, cuando yo tenía 26 y ella 30, tuve una relación corta con una mujer que me presentó a su familia y a su hija, una niña que por entonces apenas tenía 8 años. Aunque la relación amorosa no prosperó, quedamos siendo muy buenos amigos y confidentes. Sin embargo, la vida da vueltas extrañas: para el 2024, ella me buscó desesperada porque su hija, con 16 años, se había escapado con el novio. La encontramos, pero la rebeldía de la muchacha pudo más y no quiso regresar.
El tiempo pasó hasta llegar al 2026. Estando yo soltero y viviendo en mi apartamento, recibí una llamada que cambiaría el juego: era la hija de mi expareja, ya con 18 años. Me llamó al borde del llanto pidiendo ayuda, ahogada porque la convivencia con el novio se había vuelto un infierno agresivo y su propia madre —mi exnovia— se había marchado del país. Sin pensarlo demasiado, le abrí las puertas de mi casa. El problema era que mi apartamento constaba de una sola habitación; aunque tenía una cama grande, le advertí que si acaso yo dormía en el suelo mientras solucionábamos su situación.
Ella llegó esa misma noche. Le acondicioné la cama, pero me dijo que no había problema en compartirla. Como trabajo de forma remota, pasaba el día entero en casa mientras ella, muy agradecida, se levantaba temprano a hacer el desayuno y las labores del hogar. Por las noches conversábamos largamente. Pero pasaron los días —casi diez en total—, encerrados hombre y mujer bajo el mismo techo, y la tensión empezó a cortarse con cuchillo. Ella se paseaba por la casa con pijamas diminutas y demasiado cortas, sabiendo perfectamente el efecto que causaba, mientras yo, aguantando las ganas y sin nadie en mi vida, me mataba el tiempo masturbándome a escondidas en el baño.
Un fin de semana me propuso ir a la piscina. Acepté. Fuimos como si fuéramos cualquier pareja común y corriente: ella con sus 18 años y yo con mis 36. Empezamos a tomar unas cervezas y, pasadas las 6 de la tarde, regresamos al apartamento. Con las ganas de seguir la fiesta, me pidió que comprara una bebida llamada «palo loco» y luego una media de ron.
Mientras yo me bañaba, ella se puso una pijama mucho más ligera y sugerente. Nos sentamos en la sala a trago limpio, hable y hable, hasta que pusimos música y un reggaetón empezó a sonar de fondo. La atmósfera se volvió densa, eléctrica. De repente, acercándose de forma acalorada, me soltó la bomba que me dejó con la sangre ardiendo: me confesó sin pena que su propia madre, mi exnovia, le había contado con lujos de detalle cómo me la gastaba en la cama, alardeando descaradamente de mis 21 centímetros de pura verga.
—Tengo unas ganas locas de comprobar si es verdad lo que dice mi mamá —me susurró al oído con la voz temblorosa de deseo, mientras se frotaba contra mí.
No pude resistirme más. La tentación era demasiado grande y el vicio pudo más que la razón. La tomé de la cintura con fuerza y la devoré a besos, dispuesto a dejar que la locura se desbordara entre las cuatro paredes de mi habitación.
La desnudé por completo, dejándola con las caderas al descubierto mientras le manoseaba esas nalgas firmes. Saqué mi enorme verga de 21 cm, palpitante y lista para entrar. Ella abrió los ojos de par en par, tragando saliva con una desesperación sucia al ver semejante bicho. La tiré a la cama, me le monté encima y se la hundí de golpe. Apretada y caliente, su concha me abrazó de inmediato mientras lanzaba gemidos escandalosos. Empecé a darle con furia, sintiendo cada centímetro penetrarla hasta el fondo, hasta que los dos explotamos en un orgasmo salvaje y prohibido.
Terminamos y nos acostamos a dormir, aunque a mí el pensamiento no me dejaba descansar. Al siguiente día yo me levanté, le hice el desayuno y nos sentamos a hablar, a lo cual ella me dijo que no se arrepentía de nada. De igual manera, íbamos a compartir muchos besos y yo le dije que no, que no se volviera a repetir, que aún así eso se siente mal porque es la hija de mi exmujer. El domingo fuimos a un restaurante y me dijo que el lunes viajaba a la ciudad de Manizales por su pasaporte y que se regresaba el miércoles porque duraba casi 15 días en el viaje. Le dije que no había ningún problema. Ese día la acompañé a comprar ropa. No pasó a mayores.
El martes —o mejor dicho, el mismo lunes por la noche que regresó— ella me contó con alegría y me mostró los chats que había tenido con su expareja, indicándole que no quería volver con él, que le daba mucho miedo porque residían en la misma ciudad. Pero de igual manera casi no salíamos de la casa por lo mismo: fue desenfrenado. Ese lunes en la madrugada, casi ya martes a la 1 de la mañana, ya dormidos, se me acerca y me dice que lo quiere hacer porque está bien caliente, y yo le dije que sí, cayendo de nuevo en la tentación.
Así duramos casi 15 días todos los días, recordando mi juventud y disfrutando el placer prohibido de tener una mujer tan joven, saboreando el delicioso tabú de acostarme con la hija de mi exmujer. Se volvió un vicio desenfrenado.
Cuando ya supimos que el pasaporte había llegado, la mamá le mandó la plata del pasaje. Ese día la acompañé a Bogotá y me dijo que el vuelo salía a las 3 de la mañana. Nos quedamos en un hotel. Esa última noche hicimos el amor sin tregua. Para asegurarme de rendir como un animal, me compré unas pastillas de Sildenafil y fuimos horas y horas y horas de pura follada intensa, sudor y gemidos en la oscuridad.
Al sol de hoy no me arrepiento de lo que ha pasado. Ya llevamos varias veces en contacto. En el mes de octubre me dijo que iba a bajar a visitarme. No sé qué pensar, no sé qué hacer, pues porque aunque es algo sumamente placentero, a veces viene acompañado de muchos nervios y la tensión constante de que alguien descubra este secre
to tan oscuro.

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