Mi hija de 11 se muestra en cámara (Segunda Parte)
Las cosas van más allá y termina con mi peor error .
Salí de casa transpirado y nervioso, yo sabía lo que pasaba, pero ella no. Cuando llegué a la casa de Martina, me bajé del auto y llamé a la puerta. Salio Susana, la madre. Una mujer de unos 45 años en perfecto estado. Siempre me asombró su cuerpo con unas piernas perfectas, un culo bien redondo y unas tetas que quedaron perfectas luego de tener un par de hijos.
Como siempre, me atendió muy amablemente. Nos conocíamos desde hacía muchos años, ella y mi mujer eran muy buenas amigas, a pesar de que el trabajo y la rutina no lograra que se vieran muy seguido. Me ofreció entrar, me negué cortésmente. Un par de minutos después, salió Caro y se le colgó del cuello para darme un beso. “Hola papi!”. Le devolví el beso, pero no le conteste. No por enojo, sino por nervios. Saludé a Susana y encaré para el auto.
Ya manejando, ella estaba absorta en su teléfono, apenas hablaba. Era un silencio incómodo.
– Cómo te fue en lo de Martina, Caro? – Le pregunté para romper el hielo – Hicieron toda la tarea?
– Si papi, teníamos que hacer un afiche para la clase de geografía del lunes, estuvimos recortando papeles e imprimiendo mapas de internet.
– Eso es todo lo que hicieron? – Pregunté
– Cómo si todo? – respondió algo apurada – te parece poco hacer un afiche?
No dije nada. Lo que ví en la cámara no se parecía en lo más mínimo a un afiche.
– Papá… – dijo al rato. Cuando me dice “papá” es porque está por pedirme algo – Necesito un teléfono nuevo, este que tengo ya está viejo y la cámara no sirve para mucho.
Me quedé pensativo. Lo cierto: el teléfono de Caro ya estaba algo antiguo. Otra cosa cierta: los adolescentes se viven sacando fotos, selfies, redes sociales, videollamadas. ¿Pero lo más cierto? ¿Lo querrá para lo que yo estoy pensando? El morbo se apoderó de mi mente inmediatamente.
– Está bien, mi amor – le respondí sin pensarlo mucho – tus notas este semestre fueron muy buenas así que te mereces el teléfono.
– Siiiiii!, gracias papiii! – Se acercó y me dio un tremendo beso en la mejilla. Ese beso, al menos para mí, tenía otro sabor.
El día paso normal, Dolores llegó del trabajo, cenamos algo, vimos una película los cuatro y a la cama. Mis ganas de tener sexo eran tremendas, pero Dolo estaba exhausta. No podía dejar de pensar en lo que vi esa tarde, así que me fui al baño, abrí el teléfono y me hice tremenda paja con el video que había grabado de Matilda masturbándose furiosamente. El éxtasis llegó cuando sus dedos todos mojados entraron en la boca de Caro, sin que se viera totalmente el rostro.
Al dia siguiente, con Dolores trabajando y las niñas en la escuela, fui a una tienda de teléfonos a comprar uno que tuviera una excelente cámara, tanto frontal como trasera. Opté por un modelo chino, vienen con cámaras exageradamente grandes y con brechas de seguridad internas, también exageradamente grandes. Ese era mi objetivo.
Llegué a casa, y apenas escribiendo algunos códigos de programación, instalé en el futuro teléfono de Caro un software de seguimiento y de clonación de actividad. ¿Qué hacía? No solo podía saber en todo momento donde estaba mi hija, sino que la clonación hacia que en un teléfono más viejo yo pudiera ver toda su activad: aplicaciones a las que se conectaba, contraseñas, mensajes, etc.
Por la tarde, cuando volvieron las chicas del colegio, le entregué a Caro si nuevo móvil. Saltaba de la alegría y tuve que aguantar la cara de Flor que no recibió nada. Ella, a sus 9 años, todavía no le permitíamos tener uno; pero le prometí que para su cumpleaños que era en unos meses, le regalaría uno y con eso se calmó.
Me encerré en mi estudio, estuve toda la tarde pendiente del teléfono clon, pero no vi nada extraño: redes sociales, reels y videos, algún que otro mensaje en los grupos de la escuela, cotilleos de pasillo, algún que otro juego… todo bastante adolescente. Me había resignado, hasta que llego la notificación:
Matilda: Caro, ¿qué haces?
Caro: Nada, aburrida en mi habitación.
Matilda: Mañana tenemos show, ¿vas a cumplir con tu promesa?
Caro: No sé, me gusta, pero tengo miedo que vean mi cara
Matilda: No pasa nada, ¡la mayoría son pajeros de otros países o rusos… y lo mejor es que pagan mucho!
Caro: Está bien, ¿a la hora de siempre?
Matilda: Si, mi mamá no va a estar así que tenemos toda la casa para nosotras.
La conversación terminó con un “Ok, nos vemos mañana en la escuela” por parte de mi hija. En ese momento, mis pulsaciones subieron a mil. No pasaron más de diez minutos que Caro bajó de su habitación y tocó la puerta de mi estudio.
– Papi, mañana a la salida de la escuela voy a lo de Matilda, por la tarea.
– Bueno hija – respondí con total tranquilidad, ¿por dentro mi corazón latía a mil – Necesitas que las lleve?
– No hace falta, seguro nos pasa a buscar Susana antes de ir al trabajo, pero después si me vas a tener que buscar cuando terminemos.
– Por supuesto bebé – dije hacíendome el desentendido.
Nuevamente la rutina se apoderó de la casa, pero esa noche, me volvieron a dar ganas de masturbarme, pero esta vez mi morbo fue más allá. Fui hasta el cesto de ropa sucia y encontré las bragas de mi hija. Dios… el olor era de un dulzor embriagador. Las olí, las pase por mi pene erecto, pensaba en ella tocándose frente a la cámara. Ni yo mismo me reconocería en ese momento. Hasta encontré una de las pequeñas bombachas de flor, con solo nueve años, también las olí. Era distinto, mas suave, mas inocente. Me exitó bastante. Acabé sobre ambas prendas.
Al día siguiente la tarde llegó. Con el teléfono clon estaba pendiente de la actividad del teléfono de Caro, pero al parecer no ingresó a la aplicación de streamming. Seguro lo hacían desde el de Matilda, así que en mi PC abrí la aplicación, ingresé con mi usuario falso y esperé. Esta vez no sería solo un espectador, así que usando criptomonedas, cargué saldo en la página principal, para darles sus recompensas.
Eran las 17 horas, hacía mucho calor o yo estaba lo suficientemente nervioso como estar sudando a mares. Se abrió el chat y el la pantalla apreció Matilda. Paso unos segundos saludando a algunos usuarios que se ve que eran los habituales de sus salas de chat y videos. Comenzó a hablar sucio, a decir que estaba mojada desde hace horas esperando el momento. Eso volvió loco a todos los que estaban en la sala, que pedían que se quite la ropa.
– Hoy no soy la protagonista – dijo Matilda – Esta vez me va a acompañar mi mejor amiga. No voy a decir su nombre, pero pronto va a abrir su propio canal.
Estiró una mano por fuera del plano y acercó a esa otra persona. Mi caro.
Estaba vestida con la ropa de la escuela: Camisa blanca abotonada hasta el cuello con la cinta roja, pollera a cuadros que le llegaban a la mitad del muslo, medias blancas y zapatos negros. Tal como estaba esta mañana cuando la llevé a su colegio.
Se la notaba tímida, insegura. Era lo contrario a lo que mostraba Matilda, quien la animaba a que se soltara más frente a la cámara. Finalmente, se animó:
– Hola a todos – Dijo Caro – tengo 11 años y soy amiga de Martu. Esta vez, vamos a estar juntas para todos ustedes.
El chat se animó cual tribuna de cancha de futbol. Algunas monedas comenzaron a acreditarse en la cuenta y eso pareció envalentonar a Matilda que, sin mediar palabra, miro a su amiga, mi hija, le pasó una mano por detrás del hombro y la acercó a su boca.
El beso fue algo espectacular, para mí duro una eternidad. Sus dos bocas, de 11 y 12 años, entrelazándose como si fueran adultas con mucha experiencia. A Caro al principio se la notó insegura, pero poco a poco se fue plegando a la excitación del momento. Pasó su brazo por detrás del cuello de Martina y le agarró la cabeza. Sus lenguas jugaban de un lado para el otro, sus manos comenzaron a bajar por el torso, tocándose suavemente los pechos.
Cuando se separaron, Martina comenzó a desabotonar la camisa de Caro y a los pocos segundos estaba sólo con el brasier que yo mismo alguna vez le había comprado. Mi erección podría haber roto algo, era una piedra, pero quería extender el placer.
Caro hizo lo mismo con su amiga y la dejó solo en sostén. Ella tenía mas pechos. Se seguían besando, sus manos acariciaban mutualmente los pechos. Martina bajo una mano y comenzó a subir lentamente la pollera de Caro acariciando sus muslos y glúteos.
Creo que entré en shock, por suerte estaba grabando. A los pocos minutos ambas estaban totalmente desnudas.
Caro con sus 11 años tiene una piel cobriza, producto de la blancura de su madre y mi piel más oscura. Eso transformó a mi hija en una belleza que parecía de un bronceado perfecto, pero con las facciones de su madre. Medía 1.46cm, pelo castaño lacio y largo. Ojos color miel. Labios de un grosor que volverían loco a cualquier hombre. Sus pechos en crecimiento apenas eran un par de limones, sus piernas perfectas de jugar al hockey desde los seis años. Su culo, una manzana del Edén. Matilda no se quedaba atrás, era unos centímetros más alta que mi hija, piel blanca como la leche y un pelo rubio corto hermoso. Sus ojos eran también castaños, pero ya mostraba unos pechos más grandes y una cintura más ancha que la de mi hija. Salió a su madre, bien voluptuosa y sexy.
Ya iban como diez minutos de streaming, las monedas volaban. Ellas jugueteaban entre sí, se besaban, tocaban sus pechos y partes de su cuerpo. Hasta que alguien pidió que abran las piernas. Matilde dijo que para eso necesitaba más monedas, algunos depositaron, pero no es suficiente. Puse 100 monedas. Era mucho. Se sorprendieron, se sonrieron entre si y ahí pude ver el esplendor del paraíso.
Caro abrió sus piernas a la cámara. Su vagina era perfecta. Me sorprendí ver que su clítoris, a esa edad, ya era bastante visible. Apenas tenía unos pelos que le iban saliendo. Matilda hizo lo suyo y ambas comenzaron a tocarse. La transmisión era en full HD, pude ver muchos detalles que me volvían loco. Sus anos asomándose por debajo, sus dedos frotando los clítoris. Pude ver lo mojada que estaban. Los flujos vaginales goteaban, prácticamente.
Para todos los del chat, eran dos adolescentes pervertidas mostrando sus cuerpos por unas monedas. Pero mi caso era especial: un padre viendo a su hija con las piernas abiertas, toda mojada y masturbándose. Hice zoom en su cara, el placer que estaba sintiendo se podía notar a través de la pantalla y estaba a punto de acabar. Pero no lo hizo.
Matilda, que estaba igual de excitada que ella, sacó de un cajón un pequeño vibrador y se lo paso a Caro. “por 500 monedas, mi amiga se va a meter el dildo en su concha”. Llovieron las monedas. Algunos usuarios estaban con la cámara prendida mostrando sus vergas duras. Yo, por supuesto, estaba con la cámara apagada, pero con la verga igual de dura que el resto.
Iban apenas doscientas monedas, pero por 300 más podía ver a mi hija de 11 años metiéndose un vibrador en su concha. No dudé ni un segundo y los deposité. No se cómo será el método de pago de esa aplicación, pero estoy seguro que bastante bueno porque gritaron de la alegría.
Matilda le dio un beso largo y mojado a mi hija, le chupó las tetas y lentamente acercó el vibrador a la entrepierna de Caro. Lo pasaba de un lado a otro, se escuchaba el ruido de la vibración y la respiración entrecortada de mi nena. Lentamente acercó la punta a la entrada de su vagina y comenzó a presionar. Caro se sobresaltó, hizo una pequeña mueca de dolor, pero estaba tan lubricada que enseguida entraron al menos tres o cuatro centímetros. La respiración entrecortada se convirtió en gemidos que eran cada vez más fuertes.
Matilda tomó el control de la cámara y filmaba bien de cerca el vibrador entrando y saliendo de la vagina de mi hija, luego pasaba a su cara transpirada y llena de placer. El orgasmo estaba por llegar, el de ella y el mío también. Mi verga estaba a punto de explotar.
Entrecerré los ojos porque mi estado era de prácticamente de trance. Por los auriculares escuchaba el gemido de Caro y a Matilda chupándole las tetas, dándole besos por todo el cuerpo y diciendo cosas a la cámara.
Llego el orgasmo de Caro, un grito agudo y luego jadeante, salieron de mis auriculares. Eso me llevó al cielo o al séptimo infierno, como quieran llamarle. Chorros y chorros de semen brotaron por todos lados. Mi mano izquierda se sostuvo en el escritorio, pero ahí cometí mi mayor error.
En el éxtasis debo haber tocado algo en el teclado y se activó la cámara web. Un programador con años atrás de una computadora no pudo preveer un error de amateur. Se activó mi cámara y quedé expuesto. Abrí los ojos, me di cuenta de ello, pero ya era tarde.
Del otro lado del monitor se veía a Caro, sudorosa, jadeante, con el vibrador en la mano, mirando la cámara fijamente con horror en sus ojos.
– Papi?
Mi mundo se derrumbó en ese instante.
Pero quedará para una próxima entrega.

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