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Incestos en Familia

Mi papá no se atrevería

Cuando descubre que su papá la miraba furtivamente, Sandra comienza un riesgoso juego de seducción a su papá, con la idea de excitarlo y provocarlo, pensando que no pasaría nada más, pues su papá no se atrevería a tocar a su hija..
No podía burlarse de su padre sin que hubiese consecuencias.

 

Sandra levantó la vista y se dio cuenta de que su padre estaba mirando fijamente sus tetas.

Estaba sentada en el suelo del living a las nueve de la noche de un martes cualquiera. Había impreso ofertas de pega, tenía sobres y varias copias de su currículum que estaban esparcidos por todas partes, tenía el medio desorden.

Su mamá le había dicho que, como ya había terminado el Instituto y que solo tenía unas pocas clases en el Centro comunitario, tendría que buscar trabajo y pagarles el arriendo por el privilegio de vivir en la misma habitación que había sido suya desde que era niña. Pagar el arriendo y su cuenta de celular, pero su mamá añadió —como si le estuviera haciendo un gran favor— que no esperaba que Sandra contribuyera con la comida ni los otros servicios. ¡Chuta, qué generosa es mi mami!

Y ahí estaba su papá, mirándole las tetas. Como si estuviese en un trance hipnótico o algo así.

Bajó la mirada con vergüenza. Llevaba unos jeans rotos y desteñidos, y una blusa de mezclilla, con las mangas remangadas. Le faltaba el botón de arriba y el siguiente estaba desabrochado, dejando al descubierto los bordes del sostén y un profundo escote.

No se había dado cuenta de que su hija lo había pillado mirándola. Si ella arreglaba la blusa de golpe, él se daría cuenta. Sería incómodo. Vergonzoso. ¿Qué diría él? ¿Qué diría ella?

Pero no podía estar ahí sentado mirándola fijamente… ¡era su papá, por la cresta! ¡Su padre!

¿Y qué cresta estaba haciendo? El pervertido. Weón viejo verde. ¡Era su hija! Su hija de diecinueve años, con su cabello negro ondulado y sus brillantes ojos negros. No tenía derecho a mirarla como si fuera una de esas mujeres de sus revistas.

Claro, Sandra sabía todo sobre esas revistas. Las que guardaba en el cajón de su velador. Revistas llenas de fotos de tetas, potos y zorras, con publicidad de líneas eróticas y servicios de masajes y escorts. También sabía de los vídeos porno que tenía en su computador.

Según ella, su papá era un hombre y todos los hombres eran iguales… los hombres eran unos weones calientes. Los hombres miraban, los hombres babeaban y los hombres se masturbaban en la soledad de la oscuridad.

Y ahí estaba él, mirándola. Lo encontraba asqueroso. Debería haberlo fulminado con la mirada, hacerle saber que lo había pillado con las manos en la masa. A ver qué hacía entonces. ¿Cómo lo iba a explicar?

Sandra tomó un papel con oferta de pega —varias tiendas del Centro comercial estaban contratando, ¡Qué mala suerte!— y fingió revisarla. Se sentía nerviosa e indignada, pero al mismo tiempo algo poderosa.

Después de todo, pensaba que valía la pena que la mirasen. Claro, era muy halagador. Sandra estaba consciente de que tenía un buen cuerpo. Su cintura era quizás más ancha de lo que le gustaría y sus piernas un poco gorditas, pero tenía tetas grandes y un bonito trasero.

Que mire nomás. Que el viejo culiado se gaste los ojos mirando. No podía hacer nada al respecto. Sácame una foto, papi, así podrás mirarme más.

Se inclinó mucho, alcanzando uno de los papeles más alejados, y sus tetas se abultaron en la abertura de la blusa. Una casi se salió del sostén —que era pequeño para alguien dotada como Sandra— e imaginó que los ojos de su papá se salían de las órbitas. ¿Estaba él ahí deseando, enviando vibraciones mentales, esperando que el siguiente botón se abriera? ¿Esperando un vistazo a la aureola del pezón?

Esto era… casi divertido. Mal, loca la wea, pero algo divertida.

Sandra se arriesgó a echar un vistazo de reojo mientras se incorporaba. El rostro de su papá parecía estar sonrojado, con la mirada fija en sus tetas. Movió su garganta al tragar saliva.

Fingiendo concentrarse, como si se hubiese olvidado que él estaba allí, Sandra giró hasta quedar boca abajo, apoyada sobre los codos, con el mentón apoyado en la mano, mientras simulaba estudiar la solicitud. Ahora tenía las tetas juntas, a la vista por un escote pronunciado.

Jugó con un lápiz pasta entre los dedos, luego se llevó la punta a la boca y lo mordisqueó pensativamente.

Otra mirada. Su papá estaba completamente rojo. De repente, se sobresaltó, se aclaró la garganta y agitó diario El Mercurio que estaba leyendo. Parecía culpable y avergonzado.

Poder. Sí, era una sensación de poder. Sandra se sentía culpable por esto, eso era bueno, tener Poder podría ser útil; ella podría usarlo a su favor para que él se pusiera de su lado en contra de su mamá cuando tuvieran otra de sus eternas discusiones.

Su papá se movió inquieto en su sillón. Al cruzar las piernas, Sandra vislumbró lo que parecía un bulto en su entrepierna.

¿Era lo que suponía? ¿Una erección? Qué asco. Chuta, era repugnante. Una cosa era la culpa. ¿Excitarse? Eso era otra cosa.

No es que le importara. No es que fuese a hacer algo al respecto… bueno, excepto quizás… la próxima vez que…

No. Su papá no lo haría. Su papá no se atrevería. Al menos no pensando en ella mientras lo hacía. Eso sería muy malo.

Pero también sería un tanto… calentón.

Un cálido cosquilleo le subió a las mejillas. ¡Chucha, ahora se estaba sonrojando! Y sus pezones se habían endurecido formando puntitas.

¿En qué estaba pensando?

Por la cresta… nunca debió haber terminado con el Martín. La falta de un pololo estable la estaba convirtiendo en una ninfómana. Si se calentaba cuando pensaba en su padre imaginándola mientras se masturbaba, debía estar realmente desesperada.

Movió las caderas, diciéndose a sí misma que tenía ignorar que sentía un poco de calor ahí abajo.

No ayudaba que su papá fuera bastante atractivo para tener casi cincuenta años. Todas sus amigas se lo decían, confesándole como les gustaba. Las amigas de su mamá también. Tenía el pelo corto y oscuro, salpicado de canas, como George Clooney. Unos ojos azules soñadores. Sonrisa ladeada. Salía a correr y hacía ejercicio cuatro veces por semana por el barrio, así que estaba en buena forma y no tenía guata ni músculos flácidos.

Su mamá, desde luego, nunca se quejaba. Sandra los oía a veces, haciendo vibrar la cabecera de la cama en su habitación, al otro lado de la pared. Por lo que se oía, su mamá lo pasaba la raja. ¡La cagaba la weona como lo disfrutaba, aullaba como gata en celo!

Y justo eso, era en lo que no debía pensar.

Un sordo y ardiente latido recorría su vagina y pezones. Sandra respiraba demasiado rápido, mordisqueando la punta del lápiz con tanta fuerza que dejaba marcas. Llevaba varios minutos mirando fijamente la misma aplicación, con las líneas de texto tan borrosas que parecían jeroglíficos.

Mierda, qué caliente estaba. Echaba de menos al Martín. En su momento, dejarlo le pareció lo correcto. Era un imbécil egoísta, malhumorado y avaro que la había engañado con su mejor ex amiga. Pero ahora deseaba que la tocara por todas partes.

Deseaba que estuvieran en su habitación… los dos solos en la casa… con música de fondo… y el Martín al borde de su cama sosteniendo sus rodillas sobre sus hombros mientras él le metía la tula dura en su vagina bien lubricada.

Sus jeans le quedaban ajustados, rozando y creando fricción exasperante y a la vez placentera. Era imposible que pudiera terminar las solicitudes. No en ese estado. Se imaginaba intentando rellenar los campos obligatorios, y donde ponía «sexo», en lugar de marcar «M» o «F», garabateaba «¡SÍ!» con letras negras y nítidas.

Sandra comenzó a recoger los papeles. Su papá levantó la vista del periódico, con el rostro cuidadosamente neutro y sin apartar la mirada más allá de la barbilla sobre éste.

—¿Ya terminaste? —preguntó. Su voz era bastante uniforme, y si ella no hubiera estado atenta a su tono ronco, no lo habría notado.

—Las haré mañana —dijo Sandra, poniéndose de pie—. Estoy cansada. Tengo que irme a la cama.

«Son apenas las nueve», dijo.

«Sí, bueno…» Hizo un gesto de bostezar y estirarse, dándose cuenta demasiado tarde de que, al hacerlo sus tetas sobresalían, con los pezones aún erectos, mostrando esos pequeños montículos en la tela de mezclilla.

El Mercurio temblaba en las manos del papá. Bajó la mirada. Sandra fingió no ver.

¿Qué le pasaba? Estaba loca… pero disfrutaba viéndolo sufrir. Era gracioso ver a papá forcejear, queriendo mirar pero sin atreverse, incluso cuando lo tenía todo a la vista.

Se le cayó el lápiz y se inclinó para recogerlo. La parte delantera de su blusa se le cayó. Justo antes de enderezarse, estaba segura de que si él la hubiera estado mirando, habría tenido un buen vistazo. Pensó que hubiese sido calentón no haber llevado puesto el sostén.

Y estaba segura de que tenía razón. Tenía un bulto en la entrepierna. Uno considerable. Llevaba ropa deportiva, que no disimulaba mucho.

Esa extraña y cochina sensación de orgullo la asaltó de nuevo. Él la había estado mirando. Se había quedado rígido mirándola, a pesar de que era su propia hija.

O tal vez incluso porque era su propia hija. Fruto prohibido y todo eso. El fruto prohibido por excelencia.

Sandra subió a su dormitorio y dejó caer las weonas ofertas de pega sobre su escritorio. Pensó en su papá, que estaba abajo, y se preguntó qué estaría haciendo. Estará fantaseando con ella, ¿Creo que sí? Esa wea sería loca. No sería correcto que estuviera ahí abajo, en su sillón bergere, con la mano dentro del pantalón de buzo, apretando su pene y frotándose, mientras recordaba cómo se veían sus tetas.

No lo haría. No en el living. No, él esperaría. Se metería en la ducha, con agua caliente, mojado y enjabonado…

Le temblaron las rodillas y Sandra tuvo que sentarse. No podía creer que algo que debería haberla horrorizado y ofendido la estuviera afectando tanto. ¡Estaba pensando calentonamente en su padre! ¿Por qué estaba sentada ahí imaginando como se masturbaba? Y peor aún, ¿Pensando en ella mientras lo hacía?

Su papá no haría eso. Su papá no se atrevería.

Entonces tuvo pensamientos que no le gustaron. Su mamá volvería luego de su turno en la farmacia, ¿Y si mientras tanto, su papá la llevaba a su habitación, la desnudaba y la culeaba… ? se imaginaba Sandra, ¿Y si pensaba en Sandra mientras le chupaba las tetas a su mamá, mientras le metía el pene en la boca?

Y con ella estando en la habitación de al lado. Escuchándolos a través de la pared. Oyéndolos gemir y llorar, escuchándolos chocar la cabecera y crujir los resortes de la cama.

¿Estaba… estaba celosa?

Eso era una wea heavy. No estaba celosa. Si estuviera celosa, significaría que quería acostarse con su papá, y no era así. Era asqueroso.

¿Qué quería entonces?

En ese estado, apenas podía pensar con claridad. Sandra sabía que tenía que hacer algo al respecto o no podría volver a dormir. Pero no podía llamar a Martín y preguntarle si quería ir a su casa. Estaba sola.

Se quitó los ajustados y desteñidos jeans. Se vio reflejada en el espejo de cuerpo entero: La blusa de mezclilla le caía por las piernas desnudas, y su cabello negro le caía sobre los hombros. Tenía las mejillas sonrosadas, los ojos negros y los labios carnosos y brillantes mientras se los lamía.

Lentamente, como si quisiera lucirse, Sandra se desabrochó la blusa y la dejó abierta. Sus diminutos calzones blancos eran tan transparentes que dejaban ver el ralo vello púbico negro. La entrepierna de los calzones estaba húmeda, pegada al cuerpo, delineando la hendidura de su vulva.

Si Martín hubiera estado aquí, estaría de rodillas frente a ella, intentando quitarle los calzones con los dientes. Ella sentiría el calor húmedo de su aliento en su piel. Y cuando se los quitara, hundiría su rostro entre sus piernas, su nariz en su vello púbico, su lengua deslizándose para acariciar su clítoris.

Sandra cerró los ojos, imaginando al Martín mientras se quitaba la blusa y el sostén, luego se bajaba los calzones y los apartaba con una patada. Martín… bronceado, hombros anchos, caderas estrechas, ese precioso pene largo y delgado.

Se dejó caer de lado sobre la cama, deslizando las manos por su guata, fingiendo que eran las manos de Martín. Los dedos de Martín, acariciando sus labios vaginales. Había sido un weón conchesumadre, sí, pero al menos había servido para algo.

Mientras introducía dos dedos en sí misma, imaginó a Martín sobre ella, metiendo el pene hasta el fondo, moviéndose lento, pero con fuerza. El trasero de Martín se contraía.

Mordiéndose el labio para no gemir, Sandra introdujo y sacó sus dedos húmedos de su vagina. Martín… Martín culiándola… tan bien, tan rico… sus bolas golpeando su culo con cada embestida…

Entonces, sin previo aviso y en su imaginación, vio cómo la puerta de su dormitorio se abría de golpe y ahí estaba su papá, un papá enfurecido que arrastraba a Martín, lo golpeaba, le gritaba maldiciones, lo pateaba mientras Martín buscaba frenéticamente su ropa y luego saltaba por la ventana hacia la oscuridad.

Su papá giró hacia Sandra mientras ella seguía tendida con las piernas abiertas en la cama, demasiado conmocionada para cubrirse o moverse… Su papá recorrió su cuerpo con mirada ardiente, deteniéndose en sus pezones erectos y en su zorra fruncida y brillante, abierta y lista…

Con un gruñido, apartó las manos bruscamente y se sentó. Su respiración hacía que el pecho se moviera de forma rápida, profundo y con un ascenso y descenso muy marcado, sus ojos estaban muy abiertos.

—Oh, Cresta —murmuró Sandra—. Por la chucha, qué asco pensar cosas así.

Pero ¿Era tan malo, sí solo estaba fantaseando? No era algo que fuera a suceder en la vida real. Si su papá hubiese irrumpido entre ella y Martín, no se habría enfurecido ni habría echado a Martín. Habría tartamudeado, soltado una disculpa y salido corriendo, cerrando la puerta tras de sí.

Y él nunca lo habría hecho…

Claro, hasta esta noche no había pensado en que él la miraría así. Mirando sus tetas. No como si estuviera maravillado con esa mezcla de tristeza y asombro paternal por lo mucho que había crecido su hijita… sino que mirando con lujuria. Como si fuera una de las weonas de sus revistas. No viendo a Sandra. Solo viendo un par de tetas jóvenes, redondas y maduras… y tal vez pensando en cómo sería poner la tula dura entre ellas y frotarla ahí hasta que se fuese cortado en su cara.

Sandra gimió, y una punzada de calor le recorrió el cuerpo desde la vagina.

¿Por qué seguía teniendo pensamientos calientes?

¿Qué diferencia había si lo hubiese hecho? Sabía que estaba mal. ¿Sí no, no se habría puesto tan nervioso? Estaba sonrojado. Avergonzado.

Ella lo había provocado. Lo había excitado. Había logrado que se le pusiera duro. Lo había hecho pensar en esas cosas.

Sin siquiera intentarlo. Esto le hizo preguntarse qué podría lograr en él si se lo propusiera. Probablemente podría volverlo loco.

Curiosamente, esa idea la excitó aún más.

Tenía que ser por el poder de insinuación. El viejo poder seductor femenino.

Ella lo había disfrutado con Martín y los demás gallos en el colegio o en el Instituto. Poder controlarlos con una sonrisa, lamer sugerentemente la goma de borrar, mostrar algo más las piernas, o permitir un accidental vistazo a los calzones… ¿Acaso ella y sus amigas no se excitaban con eso? Era gracioso ver a los gallos tropezar al caminar, tratando de hacerse los weones cuando se les caían las babas.

Naturalmente, las mismas tácticas funcionarían con hombres mayores. ¿Acaso su amiga Isidora no las había usado con éxito con el señor Guzmán, su profesor de matemáticas? Isidora continuamente lo webeaba: se sentaba en primera fila con las piernas separadas, fingía no darse cuenta de que él podía verle los calzones bajo la falda, o rozaba sus pechos en su brazo cuando le preguntaba sobre una tarea… Al final del semestre, tenía al pobre señor Guzmán al borde de un ataque de nervios.

Pero este no era un profesor. ¡Era su padre!

Y si mamá se enterara…

Sandra hizo una mueca. Su mamá no se iba a enterar. Papá no sería tan tonto como para mirarle las tetas a Sandra cuando la mamá estuviera en casa. Además, probablemente haría un vistazo puntual. Un desliz momentáneo. Ella se había dado cuenta. Pero también pensaba, que podría haber estado pensando en otra persona. Quizás estado leyendo un artículo en periódico sobre una de sus actrices favoritas, y eso era lo que le había provocado la erección.

Sí. Pero, estaba súper claro que habían sido sus tetas.

Escuchó cómo se habría la ducha en el baño principal, que estaba al lado en el dormitorio de sus papás.

¿Una ducha fría? O ¿Caliente, jabonosa y humeante como había imaginado antes? ¿Estaría ahí su papá, sin poder sacar a Sandra de su cabeza? ¿Estaría usando el silbido del chorro de agua para disimular sus gemidos y jadeos mientras se masturbaba con el pene enjabonado?

¿Estaba fantaseando con ella? ¿Y qué si lo estaba? Sí solo era una fantasía. No le hacía daño a nadie. Nadie lo sabría jamás. Incluso si estuvieran pensando el uno en el otro al mismo tiempo, eso no significaba nada. Seguía sin ser real.

Sandra metió la mano entre sus muslos. La frotó en círculos lentos, recordando la mirada perdida en el rostro de su papá cuando lo sorprendió mirando fijamente su blusa… recordando la forma en que había cruzado las piernas y la tela de sus pantalones de buzo que se había apretado momentáneamente contra la forma larga y gruesa de su pene… cómo se había enrojecido y había desviado la mirada… su vergüenza… su culpa… y que estaba ahí mismo, llamándose a sí mismo con todo tipo de nombres viles… disgustado consigo mismo, mientras sobaba su pene cada vez más rápido con un guante de espuma…

Llegó con tal intensidad el clímax que un rayo de luz blanca pareció estallar silenciosamente en su cabeza, deslumbrando su vista y provocándole un mareo y un desmayo repentinos. Quedó flácida de lado sobre la cama, con los muslos apretando su mano, acurrucada en posición fetal. La habitación daba vueltas y se balanceaba a su alrededor.

Cuando recuperó el equilibrio, Sandra se incorporó con cuidado. Se sentía débil y completamente avergonzada. La idea de haberse masturbado pensando que su papá pensaba en ella… Cresta, era horrible. Lo había disfrutado, pero a la vez era horrible.

El sonido de la ducha había cesado. Sandra escuchó atentamente por si había algún movimiento en la habitación contigua.

¿No habría sido gracioso, no habría sido una buena broma para ella, si hubiera habido una mirilla en la pared? Como si tuviera un hermano pequeño siempre caliente, tratando de espiarla mientras se cambiaba… ¿pero y si hubiera sido su papá en vez de eso? ¿Y si hubiera subido y abierto la llave del agua para disimular, para hacerle creer que se estaba duchando, mientras en realidad estaba con el ojo pegado a la mirilla, observándola a través de la pared?

Observándola mientras ella…

Oh, Cresta. Con la luz encendida, y ella completamente desnuda, extendida sobre la cama para que la vieran, con los dedos metidos en su zorra empapada. ¡Qué espectáculo! Chucha… si su papá la hubiera visto así, habría derribado la puerta de una patada y…

No, no lo haría. ¿En qué estaba pensando? ¿Que se volvería loco de caliente, convertido en una bestia sexual descontrolada? Que irrumpiría en su dormitorio con su enorme y palpitante erección.

Y allí estaría ella, cerca del siguiente orgasmo y no podría detenerse… él le habría sostenido las manos y se habría dejado caer sobre ella…

«Basta weona», se dijo Sandra. Sintió un atisbo de interés reavivado en lo más profundo de su ser, y se obligó a apartarlo de su mente. Se puso un camisón de satén rosado, apagó la luz y se metió bajo las sábanas.

Esto se estaba yendo a la chucha. Era retorcido. Una visita al psiquiatra: Hábleme de sus padres, Dr. Freud… qué asco. Como ese síndrome de Edipo, pero para una mujer… creía que había un síndrome o un complejo al respecto, pero por la cresta, no recordaba cómo se llamaba. De todos modos, era asqueroso. ¿Soñar despierta culiando con mi papá? Repugnante, repugnante, repugnante.

Él jamás lo haría. No era como un weón del Instituto, ni siquiera como un profesor. Ella podía provocarlo y tentarlo todo lo que quisiera, y nunca pasaría nada. Un weón del Instituto o incluso un profesor, si lo presionabas lo suficiente, tarde o temprano se volvería loco de caliente e intentaría hacer algo. ¿Pero su papá? ¿Su padre? Ella podía andar por la casa desnuda, podía dejar que la viera masturbándose, y él jamás le pondría un dedo encima. No se atrevería. Estaba mal. Sería enfermo, inmoral, retorcido y perverso. La ley lo decía, las iglesias lo decían, todos menos los weones egipcios y los huasos ignorantes. Pensarlo era malo. Mirar ya era bastante malo. ¿Hacer algo de verdad? Jamás pasaría.

Además, su mamá lo mataría.

Sandra pensó que sería interesante ver qué haría. ¿Tendría el valor de conversar con ella al respecto? ¿Qué le diría? Si ella empezara a exhibir su cuerpo por la casa cuando él estuviera ahí, con total “inocencia”… y si preparara desnudos «accidentales», como luego de la ducha fingir tomar la toallita del lavamanos y tener que correr por el pasillo hasta su dormitorio con la toallita agarrada tapando sólo parte de sus tetas y zorrita… y si fingiera quedarse dormida frente al televisor mientras usaba uno de sus camisones algo desordenado para mostrar unos calzones diminutos…

¿Qué haría falta para que lo dijera? ¿Cómo sería eso? ¿Papá incómodo, sonrojado y carraspeando, sugiriendo que tal vez debería vestirse de forma más recatada en la casa?

«¿Pero por qué, papá?», preguntaría ella con sus grandes ojos inocentes.

«Porque no deberías vestida así ir por ahí», decía. «Delante de otras personas».

—Eres tú —respondía, y riéndose—. ¡No eres un gallo cualquiera! ¡Eres mi padre!

Hacer que diga, ¿Aunque sea tu padre, no soy de palo, tengo impulsos y un hombre no puede evitar reaccionar frente una lola atractiva y de bonito cuerpo, incluso si es el de su hija? ¡Chuta! Eso sería bueno. Hacerlo admitir que era un weón pervertido. ¡Hacerlo confesar que la miraba, que pensaba en ella!

Podría sacarle provecho a eso. Él se sentiría tan culpable que jamás se atrevería a criticarla por nada. Tendría que ponerse de su lado contra su mamá en todo este asunto del trabajo y el arriendo.

Eso le enseñaría a no mirarle las tetas y pensar en todo esto. Ella le demostraría quién tenía el verdadero poder aquí, quién mandaba de verdad.

Pensando en eso, Sandra se quedó dormida. Era un sueño ligero; no podía conciliar el sueño del todo porque una parte de ella estaba atenta a que su mamá volviera a casa, entrara en la habitación contigua y empezaran a crujir los resortes de la cama y a golpear la cabecera.

Cuando no sucedió, se despertó lo suficiente como para mirar el reloj. Casi medianoche. La casa estaba en silencio, salvo por el leve ronquido de su papá.

¿Ya lo habían hecho y se lo había perdido? No… lo habría oído si lo hubieran hecho. Su mamá era muy ruidosa. Sandra había heredado ese rasgo de ella, aunque a veces tenía que reprimir sus gritos de éxtasis con Martín, cuando estaban en su casa o en la de él y había alguien cerca.

Entonces, no lo hicieron.

En la oscuridad, una sonrisa maliciosa y astuta se dibujó en sus labios. No lo habían hecho, y pensaba tener una idea clara de por qué. Su papá no había podido. Papá ya se había corrido en la ducha, fantaseando con las tetas de Sandrita.

¡Toma eso, mamá!

¿Qué le habría dicho?, se preguntó. ¿Dolor de cabeza? ¿Demasiado cansado? ¿Tenía muchas cosas en la cabeza? Sí… eso último… pero ¿qué habría dicho cuando su mamá quiso saber qué le preocupaba?

Finalmente, se sumió en un sueño profundo e inocente, y se despertó con el sonido de la alarma y el aroma a café que subía desde la cocina.

Se levantó, vio su ropa tirada donde la había dejado y sintió que se le ruborizaba la cara al recordar. Su rostro, y su…

Desde el pasillo, oyó que la puerta del dormitorio de sus papás se abría y cerraba. Sandra llevaba la ropa sucia en los brazos, abrió su puerta.

Allí estaba papá, con pantalones pero con el torso desnudo, llevando una camisa blanca lisa abierta y un par de calcetines. Tenía el pelo peinado hacia atrás y estaba recién afeitado.

Bostezando, Sandra caminó descalza por el pasillo. Su cabello negro era una melena despeinada, de recién levantada. Estaba consciente de lo corto que era el camisón de dormir, de que dejaba suficientes muslos al descubierto y de cómo la tela brillante se ajustaba a sus pechos y a sus nalgas.

Papá la vio y se detuvo. Algo parecido al pánico se reflejó en sus ojos. Un puñetazo triunfal y exultante —¡te pillé, papá!— le pasó por la mente a Sandra.

—Buenos días, papá —dijo, y siguió hacia el baño al final del pasillo. De camino, logró que los calzones se cayeran disimuladamente del bulto de ropa sucia que llevaba.

El resto de ropa la echó al cesto de ropa sucia. Dejó la puerta del baño entreabierta el tiempo suficiente para ver a su papá mirando fijamente el arrugado y blanco trozo de tela en el piso. Por un segundo pensó que podría coger los calzones, y supo, como por telepatía, que lo estaba pensando. Pensando en tomarlos rápidamente y esconderlos en su bolsillo para sacarlos después.

¿Y para qué? ¿Olerlos? Estaban impregnadas de su aroma. ¿Quizás los usaría la próxima vez que se haga la paja? Ella lo imaginó mientras se masajeaba el pene con sus calzones arrugados.

Pero su papá, con los puños apretados a los costados, no los recogió. Se quedó mirando fijamente durante un largo, larguísimo instante, con la garganta ansiosa. Luego lanzó una mirada nerviosa y furtiva hacia la puerta del baño, pero la rendija por la que Sandra lo observaba era demasiado estrecha para que pudiera verla.

Se dio la vuelta y se alejó, moviéndose, con rigidez. Lo vio bajar las escaleras. Sonriendo maliciosamente, sintiéndose de nuevo llena de poder, Sandra cerró la puerta del baño con llave y entró en la ducha.

Cuando terminó los calzones seguían en el pasillo. Sandra los recogió y los metió en el cesto de la ropa sucia junto con el resto de ropa. Se vistió con unos shorts ajustados negros de mezclilla y un “top” o polera de tiritas rosada escotada, y bajó a la cocina.

La cocina era increíblemente bonita para tres personas que nunca cocinaban. Era espaciosa, limpia y acogedora, con cerámica terracota en el piso, electrodomésticos de acero inoxidable relucientes, ollas de cobre decorativas colgadas en las paredes y puertas de cristal en los armarios que dejaban ver estantes ordenados con vajilla. Tenía tablas de cortar y soportes integrados para cuchillos, un especiero giratorio y una panera con puerta corredera.

Pero solo la cafetera, el refrigerador y el microondas se usaban mucho. En realidad, la cocina servía más como el invernadero de mamá que como una cocina propiamente tal. Las ventanas estaban llenas de jardines de hierbas aromáticas. Maceteros que colgaban de ganchos en el techo por sobre las anchas encimeras.

Papá estaba en su sitio habitual, al final de la mesa de la cocina, con el periódico abierto delante. Una taza de café reposaba junto a un platito con una marraqueta con palta.

Sandra se preparó una taza de café y puso las mitades de una marraqueta en la tostadora. Mientras realizaba estas tareas matutinas rutinarias, sentía su mirada siguiéndola por la cocina. Claro, cada vez que ella lo miraba, él estaba concentrado en El Mercurio. Pero ella podía ver su reflejo en el cristal brillante y el cromo de los armarios y electrodomésticos… Su papá observando cómo se le subían los pantalones al agacharse para recoger un cuchillo de mantequilla que se había caído… Su papá mirando el contorno de su sostén que se traslucía por su polera rosada…

—¿Dónde está la mamá? —preguntó Sandra.

Su papá dio un respingo como sí lo hubiesen pillado chanchito. El periódico revoloteó. «En el gimnasio», dijo. «Clase de aeróbica».

—Debería empezar a ir —dijo Sandra, aunque no tenía ninguna intención de hacerlo. ¿Sudar en un gimnasio? Que le dolieran los músculos en las máquinas o rebotar mientras una weona en calzas le decía que sin dolor no hay ganancia. No, gracias. —Papá, ¿crees que estoy gorda?

Mierda, ahora lo tenía. Ahora tenía que mirarla. Abiertamente. Mientras ella se giraba mostrándose de un lado a otro agitando su cabello y como si intentara verse el trasero, escondía la guata, haciendo que sus tetas sobresalieran.

«No estás… no estás gorda», dijo.

«No sé… tengo el trasero enorme.» Puso las palmas de las manos sobre su trasero y las deslizó arriba y abajo, sobre los bolsillos de sus jeans.

Parecía que su mirada se había perdido en el vacío.

Sandra soltó una risita inocente. «Bueno, a los gallos les gustan las mujeres con curvas, ¿No? ¿Alguien con algo de carne en los huesos? ¿No es eso lo que dicen, papi?»

—Eso es lo que dicen —repitió con voz inexpresiva.

Su expresión de felicidad se transformó en un ceño fruncido de preocupación. “Pero, ¿Es verdad, o es una mentira para que las weonas gordas se sientan mejor?”

“Cada hombre es diferente” —dijo papá— “No puedo hablar por todos. Pero, en general, sí. A los hombres les gustan las curvas.” Volvió a concentrarse en El Mercurio, aunque Sandra habría apostado cien lucas a que no había leído ni una sola línea.

«Mi mamá está tan delgada.» Se estaba entreteniendo con esta conversación. Estaba disfrutando poner a su padre en aprietos. «Ojalá yo fuera así.»

Lo cual era una mentira descarada… Sandra pensaba que su mamá era demasiado delgada, como un zancudo, que tenía las tetas del tamaño de naranjas y un trasero plano y aniñado.

«Te ves hermosa, mijita», dijo su papá.

«¿Bien?»

«Excelente.»

«Solo lo dices por decir, papá»

“No” —dijo papá—. “Es verdad.” Se estaba poniendo rojo.

«¿Crees que las tengo muy grandes?» Fingiendo ingenuidad, acarició con las manos las curvas de sus pechos.

El codo de papá golpeó su plato. Este cayó contra la cerámica de terracota, y su marraqueta a medio comer se deslizó hasta desaparecer debajo del refrigerador.

«¡Chuta!», gritó Sandra, y se apresuró a agacharse junto a su papá para recoger los trozos del plato roto.

“Es culpa mía” —dijo su papá apresuradamente—. “Yo me encargo.”

«Está bien.» Sabía que estaba disfrutando de un buen vistazo de su escote, ¿En qué estaría pensando, acurrucada a su lado, con la cabeza a la altura de su regazo?

Las patas de la silla rechinaron en el suelo cuando papá se apartó de la mesa tan rápido que casi se cae. Se puso de pie de un salto. «De verdad, Sandra, yo lo limpio».

«Déjame, yo la saco de ahí.» Y Sandra, se dirigió al refrigerador, se puso en cuatro patas con el trasero ondeando en el aire, mientras buscaba debajo de éste la marraqueta.

En el frontal de acero inoxidable del electrodoméstico, vio su reflejo, ligeramente borroso y distorsionado, pero reconocible. Estaba de pie junto a la silla, mirándola fijamente. Supuso que ahora sí que la estaba mirando con atención. El trasero con shorts estaba ajustado entre sus piernas, permitiendo que se viera bastante de sus cachetes.

Encontró la marraqueta por debajo; estaba asquerosa, con trocitos de cereal y comida seca pegados con grasa y pelusas a la palta. «¡Qué asco!», exclamó, sosteniendo la marraqueta entre el pulgar y el dedo índice. «Te traeré una nueva».

Su papá, algo tardío, se agachó y empezó a recoger el plato roto. Estaba muy rojo y desvió la mirada mientras ella se dirigía al tarro de basura contorneando las caderas. Vio en el armario de cristal que su cabeza giraba después que ella pasó junto a él.

Pobre papá. Lo pasó mal. Era cruel de su parte disfrutar de esto… pero no podía negar que le gustaba la satisfacción de tenerlo completamente cautivado. Lo tenía bajo su control. Podía manipularlo a su antojo si quería.

¡Cómo la estaba comiendo con la mirada! ¡Como si fuera un manjar que quisiera devorar! Como pa’ chuparse los dedos. Debía estar ahí de pie, mirándole el trasero y pensando en las ganas de apretar esos cachetitos redondos y maduros con ambas manos.

Por supuesto, no se atrevería… solo podía mirar, y ni siquiera eso era seguro para él. Tenía que lanzar miradas furtivas, pensando que ella no se daba cuenta, pensando que era imposible que supiera el efecto que tenía sobre él. Debía de estar odiándose a sí mismo por ello, incapaz de dejar de dar esas miradas, incapaz de dejar de pensar en eso, sabiendo que estaba mal y que pagaría las consecuencias si alguien lo descubría.

En cuanto recogió los últimos restos del plato, su papá prácticamente salió corriendo de la cocina. Sandra disimuló una sonrisa malvada. Sin duda, lo había sacado de quicio. Ni siquiera había terminado su café.

La evitó casi todo el día. Su mamá entraba y salía de la casa, y durante el almuerzo les recordó que se iría el viernes por la mañana a pasar una semana con su hermana, la tía Clara, que acababa de tener una guagua y cuyo esposo, que es marino, aún estaba de servicio activo. Sandra tenía que asegurarse de regar sus plantas mientras ella no estuviera. Papá tenía que acordarse de cambiar el aceite del auto.

También le dio la lata a Sandra por enésima vez con el tema del trabajo, y le dijo que esperaban que empezara a pagar el arriendo desde el mes que viene, así que más le valía darse prisa.

Su papá no dijo ni una palabra, y Sandra sintió una punzada de rabia. Debería haberla apoyado. ¿Por qué no la defendía? ¿Por qué no le decía a su mamá que no la webeara más? No necesitaban plata. Sus padres eran capaces de pagar la mensualidad de la casa, pero querían sacarle unas lucas al mes a su única hija.

Pero su papá guardó silencio. Sandra comprendió que el papá probablemente estaba pensando en que la mamá se iría por una semana. ¿La mamá fuera, y ellos dos solos en casa? ¿Él y su voluptuosa hija? ¿Sin señora que le proporcionara placer nocturno, y con la constante y omnipresente tentación de la deliciosa y joven Sandrita?

Esto le alegró mucho el ánimo. Para cuando su mamá vuelva, él estaría completamente loco. A punto de explotar. Incapaz de pensar con claridad, tal vez necesitando masturbarse un par de veces para poder pasar el día… y con ella siempre ahí, intocable y tan, tan sexy…

El viernes por la noche, después de que mamá llamara para decir que había aterrizado sin problemas en Concepción, que ya estaba en casa de la tía Clara y que la guagua recién nacida era adorable, pero que los niños mayores eran un terremoto, Sandra se acomodó en el living para ver televisión.

Su papá estaba sentado en su sillón bergere, con un libro en el regazo. Esto le hizo recordar en algunos gallos que conocía que a veces llevaban libros estratégicamente colocados para disimular sus erecciones incontrolables. De vez en cuando, pasaba una página, pero Sandra no creía que estuviese leyendo de verdad.

No, su papá estaba disfrutando de la vista.

Era una buena vista.

Sandra se había puesto otro de sus camisones satinados, este era estilo chino de color negro con ribetes de encaje rojo y un dragón chino rojo y dorado bordado en la espalda. Era bastante discreto, no ajustado, largo hasta la rodilla, pero tenía aberturas altas a los costados, y cuando cambió de posición en el sofá, se le subió dejando una pierna descubierta mostrando el muslo.

Fingió no darse cuenta, absorta en la televisión. Pero su papá sí se dio cuenta. Podía verlo de reojo.

¿Le sugeriría que se pusiera algo más recatado? Ella creía que no. ¿Cómo podía hacerlo sin admitir que mirarla lo distraía, incluso lo excitaba?

Y, seguro que no quería que usara un pijama de franela viejo y desaliñado. Le gustaba lo que veía.

Lo único que llevaba puesto debajo era un diminuto calzón negro de encaje. Consciente de la mirada ardiente de su papá, cuanto más tiempo permanecía sentada allí, más pendiente estaba del roce esos calzoncitos en sus zonas más sensibles, con una fricción que era a la vez maravillosa e irritante.

Qué lástima que su papá se hubiera sentado en su sillón bergere. Si hubiera estado en el sofá, ella podría haberse acurrucado inocentemente a su lado, como si no tuviera idea de lo que se le pasaba por la mente.

El papá y su hijita, acurrucados en el sofá viendo la tele juntos… ¿Qué podría haber de malo en eso? Solo el viejo pervertido más depravado habría interpretado algo inapropiado. Ningún papá decente tendría esos pensamientos. Cresta, la culpa se lo comería vivo.

Ella deseaba poder acostarse de lado, con su cabeza apoyada en su muslo como una almohada… su papá se paralizaría, temeroso de moverse, temeroso de tocarla incluso de una manera tan inocua como darle una palmadita en el hombro… y por supuesto que se le pondría dura la tula, con un bulto a solo centímetros de su cabeza… y él tratando desesperadamente de desaparecer la erección… pero es seguro que cuanto más pensara en desaparecerla (con su cabeza, justo ahí, tan cerca, el calor de su mejilla y su aliento a través de sus pantalones), más difícil sería.

Se habría sentido atrapado, sin atreverse a apartarla porque eso requeriría una explicación: ¿Por qué no puedo sentarme contigo, papito? ¿No me quieres? Y, desde luego, sin atreverse a quedarse así… y cada vez que ella moviera la cabeza, podría acercarse más y más a un contacto accidental con esa parte de él… algo que no podía permitir…

Su papá se habría vuelto loco de calentura frustrada. Pucha, ¿Por qué tuvo que sentarse ahí?

Cuanto más pensaba en apoyar la cabeza en su tibio muslo e imaginar que a él se le ponía dura la tula a solo unos centímetros de distancia, más la excitaba. En realidad, no quería hacer nada; pero la ponía muy caliente la idea de que su papá estuviera atrapado deseándola y no pudiera tenerla.

Aunque su papá permaneció inmóvil en su sillón, Sandra se tumbó de lado. Tenía las rodillas flexionadas y la cabeza apoyada en el reposabrazos del sofá. El camisón estaba bien ajustado sobre su trasero, pero para cuando empezaron las noticias a las once, Sandra se había movido lo suficiente como para que se le subiera algo más el camisón.

Fingió quedarse dormida, aunque en realidad mantuvo los párpados entrecerrados y observó a través de sus pestañas para ver qué haría su papá. ¿Pensaría que sería más seguro mirarla ahora? Por supuesto, no haría alguna otra cosa más. No se atrevería.

Pero él sí la miró. Cuando ella se estiró mientras dormía y se giró boca arriba, dejando que una pierna colgara del sofá, oyó que la respiración cerca suya se volvía agitada. Su camisón se había torcido y subido hasta debajo del ombligo, dejando al descubierto sus caderas y el triángulo negro de encaje de su calzón tipo tanguita.

Las noticias terminaron. Papá se levantó de su silla y, mientras pasaba entre Sandra y la pantalla brillante del televisor para recoger el control remoto que ella había dejado en la mesa de centro, vio claramente el perfil del bulto en sus pantalones contra la pantalla del televisor con un programa de entrevistas nocturno.

Apagó el televisor. Durante unos instantes, quedó dándole la espalda a ella, con la cabeza gacha, los brazos a los costados y los puños apretados. Luego, lentamente, con un gemido de agonía, como si se odiara a sí mismo por haberlo hecho, giró y la miró.

Sandra sintió un helado escalofrío por la espalda. Se sentía extrañamente poderosa y vulnerable a la vez. Él estaba ahí mirándola, alto y fuerte. Pero estaba a salvo, pues no podía tocarla.

¿Qué estaría pensando?, se preguntó. Con los ojos casi completamente cerrados, no podía descifrar su expresión. ¿Estaría mirando sus calzones, tal vez viendo algunos vellitos oscuros que se escapaban por los bordes? ¿Se estaría diciendo a sí mismo que Sandra estaba durmiendo profundamente, que no se daría cuenta si la tocaba, aunque solo fuera una vez, solo un poquito, solo para sentir la textura de sus pezones por sobre su camisón chino?

Ella se movió un poco. Papá retrocedió rápidamente, con aire de culpabilidad, y tropezó con la mesa de centro. Casi se cae de bruces. Se quedó paralizado. Sandra solo murmuró adormilada y chasqueó los labios, atrayendo su atención hacia su carnosa boquita.

¿Estará pensando en cómo sería sentir esos labios envolviendo su pene? ¿Estará pensando en que, si la tocaba suavemente, siendo cuidadoso y gentil, podría salirse con la suya? Mientras no la despertara, ella lo confundiría con un sueño. Podría tocarle las tetas, tal vez meterle una mano entre las piernas sin despertarla. Podría sacar la tula y frotarla en su muslo… tal vez incluso rozar la punta del glande muy suavemente sobre la tersura de su mejilla y sus labios… a ver si los entreabría…

¿Y si supiera que estaba fingiendo, simulando dormir? ¿Y si se diera cuenta? Sus pezones estaban tensos, y aunque lograba mantener una respiración regular, su pulso se aceleraba. ¿Podría sentir su pulso en su garganta, latiendo como tamborcito? ¿Podría oler, el aroma que se elevaba a medida que se mojaba más y más?

Su papá exhaló con voz ronca. Tomó una manta doblada del respaldo del sofá y la desdobló, dejándola caer sobre Sandra para cubrirla. Luego salió del living, apagando las luces al salir. Ella lo oyó murmurar para sí mismo, pero no pudo distinguir las palabras.

Una mezcla de alivio y decepción la invadió al oír sus pasos subiendo las escaleras. Claro que habría gritado como loca si hubiera intentado tocarla… pero ni siquiera lo había intentado.

Sandra esperó unos minutos para ver si volvía, pero no lo hizo. Deslizó las manos bajo la manta, tocando los pezones que aún sobresalían como pequeñas protuberancias, y luego bajó la mano hasta que deslizó los dedos bajo la fina tira elástica del calzón y llegó al calor húmedo de su zorra. Sus caderas se contrajeron en un espasmo involuntario. Sus muslos se apretaron alrededor de su mano. Se quitó la manta de una patada, dejándola caer al suelo.

¿Estaría papá arriba haciendo algo así ahora mismo? ¿Estaría allá arriba mordiéndose el labio inferior para contener los gemidos mientras se pajeaba y pensaba en ella? ¿Estaría arrepentido de no haber tenido el valor de tocarla, aunque estuviera mal, aunque la mamá lo matara, aunque Sandra fuera su hija y hubiera gritado como loca?

Quizás no habría gritado. O fantaseaba que le habría gustado, la sensación de sus dedos donde ahora estaban los de ella, explorando su vagina. Pensaba en su boca, tocando la cabeza de su pene con los labios hasta que la abriera para que él pudiera meterlo.

Pero él jamás se atrevería. Jamás se atrevería a hacer algo así.

¿Y qué cresta estaba haciendo? ¿Y si volvía y la pillaba? Si la veía así, con una mano bajo los calzones y con la otra acariciándose las tetas…

Se detuvo. No quería… estaba tan excitada, a punto de llegar al clímax… pero se detuvo de todos modos. Esto era una locura. Tenía que conseguir un nuevo pololo antes de perder la cabeza. Si seguía así, podría empezar a pensar que…

No. No, no, no. Mal, la wea enferma, mal. Ella no quería eso.

Sandra se levantó del sofá. Le temblaban las piernas, le daba vueltas la cabeza y sentía la vagina hinchada, húmeda y necesitada. Subió las escaleras en puntillas. Una luz nocturna azulada en el baño al final del pasillo era la única iluminación.

En la puerta de papá, aunque sabía que no debía, se detuvo y escuchó. Silencio. Ni un gemido. Ni un sonido de un hombre pajeándose. Ni el sonido de la ducha encendida. Solo silencio. ¿Estaba dormido? ¿Estaba despierto en la oscuridad, con la mirada fija en el techo sombrío, reprochándose sus perversos deseos?

En su dormitorio, se metió en la cama y miró fijamente, despierta, hacia la oscuridad. No sabía cómo podía dormir estando tan excitada que apenas podía funcionar, pero no quería masturbarse.

Esta wea se estaba volviendo demasiado loca. Lo único que pensaba era provocar, seduciendo disimuladamente a su papá… hacerlo sentir culpable por desear a su hija… convertirlo en una ventaja. Y tal vez vengarse un poco de su mamá al hacerlo…

De todas formas, todo era su culpa. Si no hubiera estado mirándole las tetas, nada de esto habría pasado. ¿Qué le pasaba? ¿Qué tipo de weón pervertido le miraba las tetas a su hija?

Finalmente, se durmió, tuvo extraños sueños eróticos toda la noche. Probablemente era la forma en que su cuerpo la castigaba por no haberse dormido satisfecha. Soñó con el Martín, el único gallo con el que más había culiado si no contábamos a Roberto o al Nacho, con quienes también soñó, e incluso soñó con su amiga Isidora, con el Sr. Guzmán, el profesor de matemáticas, y con su otra amiga la Isa.

Despertó un poco mejor que cuando se acostó, pero más decidida que nunca a hacer sufrir hoy a su papá. Volverlo loco de caliente, ¿No era ese el dicho? Iba a volverlo loquito, total no se atrevería a hacer nada.

Y entonces, tal vez esta noche durante la cena, le preguntaría qué opinaba sobre lo del trabajo. ¿Sí no creía que su mamá estaba siendo injusta? ¿Sí pensaba que merecía un poco de tiempo para reflexionar y decidir qué quería hacer con su vida?

Se sentiría tan avergonzado y culpable que estaría de acuerdo con ella. Tendría que estar de acuerdo con ella. Tendría que prometerme que convencería a su mamá de que su hijita no buscara trabajo ni pague el arriendo.

Eso animó mucho a Sandra. Saltó de la cama, se duchó y se secó el pelo con secador, dejando el cabello hermoso con ondas negras y sedosas. Tras rebuscar en su armario y la cómoda, decidió optar por un look fresco y holgado para el día… fresco y liviano, con al menos con un toque original.

Se puso una camiseta holgada blanca de tirantes y de escote. Se ajustaba a sus pechos y era algo transparente como para dejar insinuar los bordes oscuros de sus pezones. Así nomás, sin sostén, el más mínimo movimiento hacía que todo rebotara y se agitara dentro de la holgada camiseta.

Por otro lado, unos pantalones cortos negros de gimnasia eran grandes, sueltos y holgados con cinta blanca por todo el costado de la tela y un cordón también blanco a la cintura, similar al pantalón de futbol. La suave tela de éstos cubría su trasero, y sí se ponía atención se podía verificar que no llevaba ropa interior. La tela holgada con aberturas para las piernas ondeaba alrededor de sus muslos, creando una corriente de aire deliciosamente fresca que rozaba por su vagina.

Sintiéndose segura, sexy y poderosa, bajó las escaleras dando saltitos y entró en la cocina. «¡Buenos días, papi!», exclamó alegremente.

Estaba en su sitio habitual, al final de la mesa, con aspecto de haber pasado una noche intranquila y agitada. Su cabello estaba despeinado, erizado en oscuros mechones. No estaba afeitado. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados por la falta de sueño, pero se le abrieron de par en par cuando ella entró.

«Buenos días, Sandra», dijo.

Su papá no había preparado el café, ni sacado las marraquetas de la panera, ni los cereales de la alacena. Probablemente había bajado a la cocina arrastrando los pies como un zombi. Pobre papá. Bien merecido lo tenía, viejo verde.

Puso manos a la obra con esas tareas, moviéndose por la cocina, sin pavonearse, sino que dejando que sus caderas se balancearan con despreocupación y naturalidad. Podía sentir cómo él la observaba en cada uno de sus movimientos, con su sexy cabello que ondeaba por sus hombros. Podía sentir su mirada recorriendo sus tetas saltonas, así como su firme trasero.

«¿Café?»

«Gracias.»

Cuando ella se lo trajo, él bajó la mirada hacia la mesa y, con una mano temblorosa, tomó la taza humeante. Sandra fue a buscar las marraquetas y luego se inclinó para buscar jugo de naranja en el refrigerador. Miró por debajo del brazo y vio a su papá mirándole el trasero.

Llevaba una bata de baño, una especie de bata de franela azul, y mientras Sandra se acercaba con aire sensual para poner las rebanadas de marraqueta en la tostadora, lo vio disimuladamente ajustarse la parte delantera de la bata debajo de la mesa. ¿Acaso la bata no era lo suficientemente discreta como para ocultar lo que ocurría en su regazo o entrepiernas?

«Aquí tienes, papi.» Se inclinó sobre su hombro para colocar las mitades de la marraqueta tostada frente a él, evitando que sus tetas lo rozaran, pero agitándolas muy cerca del costado de su cabeza.

Ella escuchó un chasquido seco en su garganta al tragar. Su voz temblaba cuando le dio las gracias.

—Tengo que regar las plantas de la mamá antes de que se me olvide —dijo Sandra con entusiasmo. Se agachó de nuevo, dejando ver parte inferior sus cachetes, para buscar el regador de plástico que estaba en el mueble debajo del lavaplato.

Desde ese ángulo, pudo ver debajo de la mesa las piernas desnudas y peludas de su papá asomando por debajo de su bata. Sus pies se movían incómodamente. Tenía los bordes delanteros de la bata arrugados y doblados sobre su regazo, en lo que ella supuso que era un intento de mantener todo en su lugar.

Esta wea lo estaba volviendo loco. Ella lo estaba volviendo loco. Esa embriagadora sensación de poder recorría el cuerpo de Sandra como una descarga eléctrica. Ella lo tenía bajo control. Era su dueña.

«Ehm… Sandra», se aventuró a preguntar su papá, «¿no crees que… eh… esa blusa es… reveladora?»

—¿Mi camiseta? —Lo miró con expresión de desconcierto y luego sonrió—. Me queda un poco suelta, supongo. No te preocupes. Me la cambiaré antes de salir.

Llenó el regador y comenzó a regar las distintas plantas, esperando a ver si él decía algo más sobre el tema. Si es que se atrevía.

No lo hizo. Se sentó y bebió un café que probablemente le quemó la boca, pero no le importó, mordisqueó una marraqueta que probablemente apenas probó y la observó.

Sandra pensó en derramar un poco de agua sobre su ropa por accidente, como si fuera un concurso de poleras mojadas, pero pensó que eso sería demasiado. No podía hacer que pensara que lo hacía a propósito.

Algunas de las plantas colgaban del techo, fuera del alcance de Sandra. Tomó un taburete bajo y robusto que su mamá guardaba precisamente para esta tarea y se subió a regar las plantas más altas. Como era más bajita que mamá, requería mucho estiramiento, e ir subiendo de puntillas, con el estómago hundido y los pechos bien prominentes.

Su holgada camiseta de tirantes dejaba al descubierto, por sobre los pantalones cortos, parte de su espalda, la suavidad de su estómago y su ombligo. El cordón de los pantalones cortos colgaba desde su cintura.

En las diversas superficies reflectantes de la cocina, los electrodomésticos de acero inoxidable y los armarios con puertas de cristal, podía vigilar a su papá sin importar hacia dónde mirara. Posaba inocentemente, giraba y se exhibía ante él, mientras él se ponía cada vez más rojo y nervioso.

Entonces vio a su papá dejar caer la mano sobre su regazo con indiferencia. Esta vez tampoco era para sujetar su bata… En el espejo brillante de la puerta del horno, vio claramente cómo su brazo se movía con espasmos cortos y rápidos.

¿Estaba haciendo eso? ¿Se iba a masturbar delante de ella? ¿Actuando como si nada pasara, como si fuera una mañana normal, y allí estaba él, masturbándose con la mano derecha, mirándola fijamente bajo la brillante luz del sol que entraba por las claraboyas y se filtraba a través de las plantas de mamá en las ventanas?

¿Pensaría que podía ser tan discreto que ella no se daría cuenta? ¿No podía hacerlo en la cocina, Cierto? ¿Qué haría? ¿Suponer que la mesa lo ocultará y luego limpiar cuando ella no estuviera?

Tras unos segundos, Sandra palideció al darse cuenta de lo que estaba haciendo. Su papá retiró bruscamente la mano de su regazo y la volvió a colocar sobre la mesa. Se movió en la silla, intentó cruzar las piernas y se golpeó la rodilla con la parte inferior de la mesa.

«¿Papi, estás bien? Sonó como si te dolió», dijo ella.

“Bien” —dijo. Ella notó que le brotaron gotas de sudor en la frente.

“Solo quedan éstas” —dijo Sandra, mirando la hilera más alta de plantas colgantes. Estaban sobre la ancha encimera del lavaplato, difíciles de alcanzar. Colocó su taburete y se subió a él.

Para alcanzar las plantas más lejanas, tenía que inclinarse sobre la encimera. Se apoyaba en un pie, extendiendo hacia atrás la otra pierna para mantener el equilibrio. Muy, muy lejos. Casi en una postura de bailarina de ballet.

Y claro, con esos pantalones cortos tan bolsudos, la abertura para las piernas era tan amplia que, desde donde estaba sentado, su papá podía mirar directamente hacia arriba. Y hasta bien arriba.

¿La estaba mirando? Sandra estaba en una posición tan precaria que no podía girar la cabeza para comprobarlo. Pero claro que la estaría mirando. Tendría que mirar. No podría evitarlo. Mirando debajo de sus pantalones cortos, obteniendo una vista sin obstáculos de su zorrita. Estaría mirando fijamente ese escaso y liso cabello negro, los pliegues de sus labios…, y de sus tetas desde bajo de la camiseta…

Cresta, se sentía observada con deseo sexual. Esperaba que no notara lo mojada que estaba. Sentía la humedad… al extender la pierna de esa manera, podía sentir el aire fresco en la piel húmeda y tibia de su zorrita.

La última planta estaba casi fuera de su alcance. Sandra se inclinó un poco más hacia adelante. La pierna que sostenía su peso temblaba por el esfuerzo. Se inclinaba sobre el mesón o encimera, y la salida del agua del regador apenas alcanzaba…

Se oyó un chirrido estridente a sus espaldas, un ruido que reconoció como las patas de la silla de papá rozando el piso. Lo oyó levantarse de un salto, y una sensación de poder la recorrió al comprender lo sucedido. Mierda, no pudo soportar más, tuvo que salir corriendo de la cocina antes de eyacular. La vista de su zorra y sus tetas desnudas desde abajo lo habían provocado. Lo había excitado.

Repentinamente, el taburete se volteó bajo de ella, produciendo un chirrido al golpear el suelo. Sandra gritó y agitó los brazos como si intentara volar, pero claro, no podía. Dejó caer el regador. Con una mano, golpeó algunas plantas, haciéndolas balancearse sin control.

Cayó de guata sobre la encimera, quedando con las piernas colgando desde el borde y el pecho sobre el lavaplato.

—¡Cresta! —exclamó, sin aliento. Casi se había golpeado los dientes contra la llave de agua. La vergüenza de la caída le hizo enrojecer.

Menos mal que su papá no la había visto caer.

Algo pesado se apoyó contra la parte baja de su espalda apretándola en la parte baja de la espalda contra el borde de la encimera. Se la vino a la mente una trampa de ratón, pero este peso era cálido y acolchado, no de metal frío. Era un brazo. Apretándola sobre la espalda. Inmovilizándola. Un brazo. El brazo de su papá.

«Papá»

Sintió cómo la apretaba ahora por la parte posterior de sus piernas, luego sintió cuando la bata de franela se frotaba mientras él encajando su cuerpo por la parte interna de sus muslos. Cuando la franela se apartó, sintió una piel suave y cálida, su espalda se erizó por la sensación de sentir un vello fino y espeso.

«¡Papá, ay, déjame levantarme!»

Sandra empujó con la parte superior de su cuerpo, pero la inferior seguía inmovilizada por el brazo y la presión del cuerpo contra la encimera. Giró la cabeza y lo vio, reflejado en cristal y acero inoxidable. El rostro de papá se había transformado en un energúmeno, con los labios tímidos y sus ojos desorbitados. Su bata colgaba abierta. Debajo estaba desnudo. Veía su pene largo, grueso y erecto.

«¡No!» gritó Sandra sin aliento. «¡Papá, no, papá, no!»

Sin soltarla, metió la otra mano por atrás y debajo de sus pantalones cortos. Ella se retorció, pero sus piernas, que pateaban, quedaban inútiles a los lados y no podía golpearlo ni apartarlo.

Entonces su mano se posó en su vagina, manoseándola con avidez. El contacto la hizo gritar de la impresión.

Su codo golpeó contra el lateral de piedra del lavaplato y un dolor agudo y penetrante le recorrió el brazo. Se retorció, intentó juntar las piernas, intentó darse la vuelta y golpearlo, arañarlo. Nada funcionó. Estaba inmovilizada e indefensa mientras los dedos exploradores de su papá se adentraban en ella.

“¡Por favor, papá, no!” —gimió Sandra—. “¡Pucha! ¡No fue mi intención!”

Metía y sacaba los dedos rápidamente, haciendo ruidos húmedos y pegajosos. Estaba inclinado sobre ella, apoyado en ella, usando su peso sobre su trasero y muslos, así como la presión de su brazo sobre su espalda para sujetarla. Su respiración era áspera, caliente y pesada.

«Papito, para, por favor, disculpa, no debí haberte provocado, no debí, por favor no me toques así, por favor saca tu mano, no, papá, no, por la cresta, papito, por favor déjame, disculpa, te calenté, papá, ¡por favor para!» Las palabras brotaron de ella en un torrente balbuceante.

Y él retiró la mano, sacando los dedos de ella. Sandra sollozó de miedo y alivio. Ahora la dejaría ir. Había dejado claro su punto. Había aprendido la lección. Nunca volvería a hacer algo tan estúpido.

Su papá agarró la sedosa tela negra de los pantalones y los bajó lo más que pudo, dejando al descubierto el hermoso y suave trasero y su vagina. Se acercó aún más. Empujando con sus caderas y abriendo a la fuerza sus muslos.

“¡No!” —gritó Sandra al ver el reflejo ligeramente borroso y distorsionado de su pene, que parecía enorme e invasivo—. “Papá, no puedes, ni se te ocurra, ¡soy tu hija!”

La tocó, con el glande carnoso y redondo de su pene caliente, rozó sus labios vaginales húmedos y resbaladizos. Un escalofrío recorrió a Sandra. Se aferró con una mano a la llave de agua del lavaplatos, y con las uñas de su otra mano intentando sostenerse sobre la piedra de la encimera, para intentar subirse a la encimera, y alejarse de quien la empujaba.

«¡Papá, no! ¡No lo hagas, no lo metas!»

Como si esa palabra hubiera sido la gota que derramó el vaso, le metió el pene entero de un solo golpe. Gruñó entre dientes apretados. Sandra gritó tan fuerte que pensó que se le partiría la cabeza y que los cristales se harían añicos.

—Oh, Conchetumadre —dijo papá con una voz grave y gutural que no era la suya. No se movió. Simplemente se quedó allí, mirando fijamente donde sus cuerpos se unían.

Sandra podía verlo reflejado en todo a su alrededor, en los brillantes y relucientes reflejos de la cocina que hacían que aquel acto sucio fuera aún peor. Su papá parecía hipnotizado mirando su pene metido profundamente en la vagina de su hija. Su estómago estaba pegado a su trasero. Incluso podía sentir sus bolas contra ella.

“Sácalo” —gimió—. “¡Por favor, sácalo! ¡Papá, no puedes! ¡No puedes hacer esto!”

Lo peor de todo, la peor wea, era que a su vagina no le estaba importando quién estaba al otro extremo de esa tula. Era su papá, su propio padre. Lo único que su zorra sentía o le importaba era que estaba llena con una tula dura y maravillosa, una tula que palpitaba, pulsaba y que hacía una especie de espasmo ansioso cuando sus músculos internos se contraían apretándola involuntariamente.

«Por favor, papi, sácala», dijo ella. «Me estás… me estás violando.»

Su papá puso las palmas de las manos sosteniendo el trasero por las caderas y se retiró lentamente. Poco a poco, deslizando el pene fuera de ella.

Sandra contuvo la respiración, diciéndose a sí misma que pronto terminaría. Observó su reflejo, vio su mirada aún fija, mirando su tula mientras emergía… dura, hinchada y brillante…

¿Qué le estaba tomando tanto tiempo? Se había detenido, con la cabeza del pene aún dentro.

Sus dedos se hundieron en los suaves montículos de sus cachetes y volvió a embestir.

Sandra aulló. «¡No, papá! ¡No!»

La agarró de las caderas con la suficiente fuerza como para dejarle marcas, y la atrajo con fuerza hacia él, metiendo el pene con un fuerte empujón hacia el mueble, mientras la tiraba hacia atrás contra él, exhalando gruñidos explosivos entre los dientes cada vez que su estómago y bolas golpeaban ese hermoso trasero levantado.

«¡Papá! ¡Papá, no! ¡Por favor! ¡Papá, para! ¡Me duele!»

Sí que dolía; mientras él la empujaba contra el borde del mesón, su cabeza golpeaba contra el lavaplatos con cada embestida, le dolían las piernas de estar colgando y agitándose inútilmente con los pies en el aire… pero de repente ya no le importaba nada de eso.

«¡Ay… ay, no! ¡No, no, no!» gritó Sandra. «¡Tienes que parar, papi! ¡Tienes que parar de culiarme!»

No hacía caso, aceleró y lo metía y sacaba con más fuerza.

«¡Oh… por la chucha… para, papá!» suplicó. «¡Me voy a… ay… venirme! No… no me hagas… ay, no… ¡no me hagas venirme, papá!»

«¡Sí!», gruñó, y fue tan monstruoso, tan bestial, que ella quiso pensar que no era su papá, sino algún impostor, algún extraño, algún weón poseído por el diablo… pero era solo su papá, su papito embistiéndola. «¡Vamos, mi putita, vamos mijita váyase nomás con su papá!»

«¡No, por favor, no!»

«Esto es lo que querías, ¿eh? ¿Así es como te gusta?»

Sandra rompió a llorar de horror y se estremeció por completo. Su vagina se contrajo apretando el pene de su papá en violentos espasmos. Un largo y prolongado grito de vergüenza y éxtasis brotó de su garganta.

Nunca había tenido un orgasmo así, jamás, ni con Martín ni con nadie más, ni sola cuando se masturbaba… jamás. El orgasmo fue desgarrador, estremecedor, y se prolongó una y otra vez, en un clímax de éxtasis tras otro, mientras su papá seguía metiéndola con fuerza.

Cuando se desplomó, gimiendo y medio inconsciente, con la cabeza aun colgando sobre el lavaplato, los movimientos del papá se detuvieron. Sandra yacía inerte sobre la encimera, con las piernas tan flácidas como las de una muñeca de trapo. Su pecho se contrajo. Sus hombros temblaron.

Se acabó. ¡Cresta, por fin, se acabó!

Excepto …

Que no se acabó.

Él seguía duro dentro de ella, más duro que nunca, la tula metida en la vagina empapada y hormigueante.

“Mira puta provocadora” —dijo su papá, casi pensativo—. “¿Ves lo que hiciste?”

«Papito…», dijo con voz débil. «No por favor.»

Se retiró bruscamente. Sandra intentó incorporarse, pero sus extremidades no le obedecieron. Se deslizó bajando hasta el piso, con el pelo cubriéndole la cara, mientras las secuelas del orgasmo aún recorrían sus terminaciones nerviosas.

Su papá se inclinó y la alcanzó. Ella se intentó apartarse de su contacto, pero él la sostuvo firme. La levantó en sus brazos y la llevó firme pero cuidadosamente hasta el living, mientras Sandra se movía débilmente e intentaba protestar.

«Mamá…» dijo.

«No se enterará. Créeme Sandra, no quieres que se entere.»

«Pero …»

La bajó hasta sentarla sobre la alfombra, justo en el mismo sitio donde había estado sentada la otra noche cuando lo había visto mirándole las tetas. Se arrodilló a su lado. Su bata seguía abierta, su pene aún erecto… resbaladizo por sus fluidos… su vello púbico húmedo y enmarañado. Podía oler su propio aroma en él, su almizcle, y se estremeció de humillación.

“No, papi” —dijo Sandra—. “No te molestaré más. Lo siento.”

«Quítate esa blusa provocativa.»

«Papá -»

«¡Ahora!» No hizo ningún movimiento para abofetearla, ni siquiera levantó la mano, pero su voz fue fuerte e intimidante como un chasquido de látigo.

Sandra lloraba desconsoladamente, sus lágrimas corrían por su rostro, se quitó la camiseta por encima de la cabeza, dejando al descubierto sus hermosas tetas. Papá la miró con deseo, luego las tomó suavemente en sus manos, apretándolas y amasándolas, pellizcando los pezones, apretándolos entre el pulgar y el índice, haciéndolos rodar.

«No sigas, papá, por favor, no más», sollozó Sandra.

Papá se inclinó y le chupó una teta con fuerza y ​​urgencia, mientras su lengua recorría el pezón rígido. Le agarró la muñeca a Sandra con una fuerza brutal y le llevó la mano a su pene.

«Con cuidado, Sandrita», gruñó, apartando brevemente su boca para posarla sobre la otra teta.

Rodeó su pene con los dedos, tentada de lastimarlo, pero temerosa de lo que le pudiera hacer. Papá gimió y empujó sus caderas hacia ella, deslizando su pene por su mano cerrada. Sandra le frotó con vacilación, pero luego aceleró el ritmo al pensar que si lo masturbaba, que si lo hacía irse, él no podría seguir…

“No tan rápido” —murmuró su papá, sacándole la mano—. “Todavía no he terminado, no, todavía no he terminado, Sandra. Mi niñita preciosa no te librarás tan fácilmente.”

«Papá, está mal, está muy mal», dijo. «Tenemos que parar».

«Quítate esos pantalones de mierda.»

«Por favor, no me obligues.»

«Quítatelos ahora, Sandra.»

“No me lo vuelvas a meter, papi” —dijo, mirándolo con los ojos llorosos—. “Por favor. Te… te la chuparé si quieres, pero no me vuelvas a culiar.”

Sin decir palabra, papá se sentó en su sillón favorito y se tumbó allí con las piernas extendidas en forma de V con la tula erecta. A Sandra le temblaba el mentón y estaba a punto de llorar de nuevo. ¿Cómo había pasado esto? ¿Cómo lo había permitido? Solo quería provocarlo, dominarlo, ¡y ahora mira! Allí estaba, casi desnuda, a punto de poner en su boca la tula de su papá.

Ella comenzó a ponerse de pie, y él hizo un gesto de negación con la mano. Comprendiendo lo que quería, Sandra se puso a cuatro patas y gateó hacia su papá por el piso del living. Sus tetas se balanceaban mientras avanzaba. Llegó hasta él, arrodillándose entre sus piernas abiertas, y le dirigió una mirada suplicante.

«Papito …»

«Mijita, chúpala», dijo. «Chúpale la tula a tu papá. Eso es lo que quieres, ¿verdad?»

«¡No!»

La agarró por un mechón de pelo y le bajó la cabeza, clavando la punta de su pene contra sus labios cerrados. «Chúpala, Sandra. Abre la boca y chúpala.»

Ella negó con la cabeza lo mejor que pudo mientras él la sujetaba del pelo. Él retorció la mano, tirando su cabello, y en su dolor ella abrió la boca para gritar. Mientras lo hacía, su papá ahogó su grito metiendo la tula erecta entre sus labios. Sandra saboreó su propio sabor en él. Él la sostuvo en su regazo y empujó sus caderas hacia su cara, culiando en la boca de su hija.

Desesperada por terminar, y deseando que se fuese luego, comenzó a usar su lengua, lamiendo su pene una y otra vez. Le acarició las bolas, las masajeó, animándolo con las manos y la boca. No le importaba si tenía que tragarlo, solo quería que se corriera y que esta pesadilla terminara.

Quizás, pensó, que podría sacar algún provecho de esto, una vez que papá recobrara la cordura y se diera cuenta de lo que había hecho. Cuando comprendiera que había violado a su propia hija, la culpa lo invadiría tanto que haría cualquier cosa por ganarse su perdón.

«Ahh, qué bien lo chupas, sigue así», gimió papá. «Sandrita. ¿Quieres que tu papi se vaya en tu boquita? ¿Sea una buena niña?»

«Mmm-hmm», afirmó, asintiendo.

«¿Te gustaría eso?»

«Mmm-hmm.»

«¿Y si papi quisiera correrse entre tus tetas? ¿O disparar en tu cara?»

Ella sacó su pene de su boca y lo atrapó entre sus pechos, juntándolos para formar un valle resbaladizo para él. Papá cubrió sus manos con las suyas, acariciando sus senos mientras se movía arriba y abajo.

«Oh, Mierda, así es muy rico, Sandra», jadeó. «Ay, sí.»

“Vente ya, papi” —dijo con voz entrecortada, esperando provocarlo—. “Vente en mi cara. Dispara todo en mí.”

«¿Eso es lo que quieres?»

«Sí, papá.»

«Demasiado.»

Ella lo miró parpadeando, sin comprender. Entonces su papá dejó de hacer lo que estaba haciendo y se abalanzó sobre ella, derribándola al suelo. Cayó encima de ella, inmovilizándola con su peso.

«¡Papá! ¡Quítate de encima!»

“Todavía no” —dijo, intentando bajar nuevamente los pantalones cortos—. “Por la chucha, no, todavía no. Tu papá aún no ha terminado”

«¡Pero te chupé! Lo prometiste…»

«No prometí nada.»

Se deslizó por su cuerpo, besando un rastro desde sus pezones hasta su ombligo y el escaso vello negro en su ingle.

«¡Ay, papá, no, eso no!», gritó Sandra.

Ella arqueó las caderas para intentar quitárselo de encima, pero papá le sacó los pantalones cortos, puso sus rodillas arriba y hundió la cara en su vagina. Su lengua rodeó su clítoris. Sandra gritó. Sus talones tamborileaban en su espalda. Le abrió los pliegues con los pulgares y le lamió la zorrita con movimientos largos y lentos.

La cabeza de Sandra se sacudía de un lado a otro sobre la alfombra. «¡Ay… papá! ¡No, Cresta, para, para, por favor, ¡tienes que parar!»

Papá no se detuvo, sino que continuó lamiéndola, deslizando dos dedos dentro para presionar su punto G, hasta que Sandra se volvió loca. Agarró su cabeza, arqueando las caderas para sostenerlo, y así frotar su vagina con más fuerza contra su boca.

“¡Sí, oh, sí!” balbuceó. “No pares, es tan ricoo, no…”

De repente, su papá se detuvo retirando su cara de la entrepierna. El grito de Sandra esta vez fue de frustración: ¡Estaba a punto de irse de nuevo si él hubiera continuado un poco más! Pero se detuvo y se arrodilló sobre ella, limpiándose la humedad de la cara. Su pene se balanceaba duro y tentador sobre su estómago.

“¿Qué quieres, Sandrita? “ preguntó papá.

Ella sabía lo que estaba haciendo y lo odiaba por ello, lo odiaba con todas sus fuerzas. Temblaba de caliente y de deseo.

«Papá, no…» dijo ella. «No me hagas…»

«¿No te hago qué?»

«No me obligues a pedírtelo», dijo ella.

Se agarró el pene con la mano, pasando el pulgar por punta rosada del glande. «Me pediste que no te la metiera otra vez. Así que terminaré así.»

«Pero… pero, papá…»

Su mano se movía de arriba abajo. Sus ojos azules no se apartaban de los de ella. Una vibrante línea de energía, como un cable de alta tensión, la recorría. Se mordió el labio para contener las palabras, pero fue inútil.

«¡Mételo!», gritó. «¡Por la chucha, papito, mételo! Culéame rico, ¡mételo, por favor, lo quiero, quiero sentirlo, que me quiero ir!»

Papá sonrió triunfante y con increíble delicadeza introdujo su pene en ella, metiéndolo lentamente mientras se apoyaba sobre su cuerpo. Lo retiró con la misma cautela y volvió a embestir. Fue doloroso, fue celestial, fue una tortura.

«Ay…» suspiró. «Tu papá te está culiando. ¿Te gusta, Sandrita? ¿Te gusta la tula de tu papá?»

«¡Sí… así!» Sandra enganchó sus piernas sobre su trasero y arañó sus hombros. «¡Qué rico! ¡Qué rico, papi!»

«¿Te vas a ir con tu papá otra vez?»

«¡Sí!», gritó ella.

«¿Estás cerca?»

«Tan cerca…»

«Tu papá también está cerca… Papá se va a ir en ti, Sandra. Tu papá está que se va.»

Empezó a ir más rápido, y eso bastó para Sandra. Ella le devolvió el golpe con furia, su orgasmo la desgarró y rugió como una tormenta. Papá la embistió, gritando su nombre.

«¡Sandra! ¡Chucha! ¡Mi Sandrita!»

Su espalda se arqueó, empujándolo contra ella y dentro de ella en una última y profunda embestida, todo su cuerpo se tensó mientras la inundaba con su semen. Permaneció así, inmóvil como una estatua, durante lo que pareció una eternidad.

Entonces, poco a poco, comenzó a relajarse y se acomodó sobre ella, su peso la asfixiaba y la aplastaba contra la alfombra. A Sandra no le importaba… le gustaba la sensación de estar así debajo de él, de verlo tan completamente agotado.

Se dejó llevar por la corriente, con el cuerpo agotado y exhausto por el resplandor posterior, demasiado aturdida por todo lo sucedido como para poder pensar. No quería pensar en ello.

Su papá levantó con dificultad la cabeza, que había caído sobre el hombro de ella. La miró y ella vio reflejado en él su propio estado de confusión. Pero entonces su mirada se aclaró y se tornó alarmada.

«Sandra… cresta, por la chucha, mi Sandrita…»

¿Qué podía decir? ¿Qué mierda podía decir en un momento como este? Allí, en el suelo del living, su papá sobre ella con su pene ablandándose en el cálido torrente de semen que había eyaculado en su vagina… ¿qué podía decir? ¿Había pensado que podía provocarlo y salir con la suya? ¿Que había pensado que él jamás se atrevería a ponerle un dedo encima?

“Supongo que me equivoqué” dijo Sandra, rodeándole el cuello con los brazos—. “Después de todo, mi papá se atrevió.”

**

Fin

 

 

17 Lecturas/17 agosto, 2026/0 Comentarios/por Cincuenton59
Etiquetas: colegio, hermana, hermano, hija, maduros, mayores, padre, sexo
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