Mi vida como femboy (introducción)
Te cuento mis experiencias como femboy a los 17 y mi relación con amigos y mi familia. Este relato es real con algunas cosas de ficción.
Me llamo Agus, tengo 17 años y vivo en una casa en Buenos Aires con mi mamá y mi hermana. Estoy empezando a ser femboy. Todavía me da un poco de vergüenza decirlo en voz alta, pero me gusta. Uso polleras cortas, medias altas, remeras amplias, a veces maquillaje suave. Soy medio nerd y bastante tímido. No tengo muchos amigos… solo dos. Paso la mayor parte del tiempo en mi pieza, jugando a la Play, dibujando o mirando cosas en la compu.
Mi familia es chica. Mi papá murió hace varios años. Desde entonces quedamos los tres. Mi mamá se llama Valeria y tiene 40. Trabaja como profesora. Es católica, pero no de las fanáticas que van a misa todos los domingos ni nada de eso. No es homofóbica… nunca me gritó ni me prohibió nada, pero se le nota un poco de prejuicio cuando me ve con ropa de mujer o muy femenino. Lo tolera, dice que “es una fase”, aunque a veces me mira con esa expresión de preocupación que intenta disimular. Desde que papá murió tuvo algunos novios, nada estable. Algunas noches los escuchaba en su pieza: la cama golpeando, gemidos, su voz dulce volviéndose más ronca y urgente. Al otro día el hombre ya no estaba y no lo volvía a ver nunca más.
Ella se mantiene muy bien. Va al gimnasio varias veces por semana. Mide 1,60 igual que yo. Tiene un culo grande, redondo y firme, tetas generosas que se le marcan debajo de cualquier remera, cintura marcada y piernas fuertes de tanto ejercicio. La cara se parece bastante a la mía. El pelo lo tiene teñido de un rojo intenso. La voz es suave, dulce, muy maternal. Es de esas madres que siempre están pendientes: si comiste, si dormiste bien, si estás triste, si te duele algo. Nos cuida y nos ama de una forma que a veces se siente casi demasiado grande.
Cuando está en casa suele andar con ropa cómoda: calzas negras o shorts. En verano, cuando pega el calor, directamente se queda en bombacha o tanga y una remera grande, descalza. En esta casa todos usamos poca ropa cuando hace calor. Es normal vernos así, caminando descalzos por los pasillos. Mi hermana tiene 9 años. Es muy parecida a mi mamá, pero en versión chica: misma forma de cara, cuerpo pequeño pero empezando a redondearse, sin pechos pero con una colita bastante redonda y parada para su edad. Es bastante ingenua. A veces parece que no se entera de ciertas cosas.
Yo… bueno. Mi cara es una mezcla de los dos, de mamá y papá, pero me salió bastante femenina y delicada. Ojos grandes, labios gruesos, facciones suaves. La voz también me quedó dulce, más aguda de lo normal para un varón. Mido 1,60, peso alrededor de 65 kilos. Tengo piernas lindas, una cola redondita que se marca bastante con las polleras, y un pene de 15 cm. El pelo lo uso semi largo. Últimamente me estoy dejando crecer más el flequillo y me gusta cómo se me ve cuando me lo acomodo detrás de la oreja. Vivimos los tres en esta casa de Buenos Aires. No es enorme, pero tiene espacio suficiente. Mi pieza está al fondo del pasillo. La de mamá al otro extremo. La de mi hermana en el medio. Hasta ahí llegaba mi vida normal…
Hasta que llegó ese diciembre, justo después de terminar las clases. El verano se venía encima con todo y yo solo quería hacer cuatro cosas: jugar a la Play, mirar anime, dibujar y masturbarme. Eran prácticamente las únicas actividades que tenía planeadas para los próximos meses. También chateaba bastante con mis dos únicos amigos de curso, Laura y Matías. No éramos precisamente los más populares del aula, pero los tres éramos inseparables.
Eran alrededor de las dos de la tarde. Hacía un calor de diciembre insoportable, de ese que pega en Buenos Aires y te deja la piel pegajosa. Yo estaba solo en casa. Mamá y mi hermana habían salido, así que tenía toda la casa para mí. Andaba en un shortcito negro bastante corto y una remera amplia de alguna banda, descalzo, con el pelo semi largo medio revuelto por el ventilador que tenía apuntándome en la pieza.
Estaba tirado en la cama cuando me acordé del regalo que me había hecho mamá: el God of War Ragnarök. Me lo había comprado porque no me había llevado ninguna materia. Con Lau y Mati habíamos terminado juntos el God of War anterior, así que era obvio que tenía que avisarles.
Abrí Discord en la compu y les hablé a los dos:
—Che, boludos… mamá me regaló el Ragnarök. ¿Se vienen a jugarlo? Podemos pasar el rato, jugar otras cosas también, lo de siempre. Tengo la casa solo.
Mientras esperaba que contestaran, pensé en ellos como siempre.
Los tres éramos unos otakus gamers de manual. No nos llevábamos casi con el resto del curso, así que desde los diez años más o menos formábamos un grupito cerrado e inseparable.
Matías, Mati, era el más alto de los tres: casi 1,80, pelo corto negro, unos 80 kilos. Tenía un cuerpo bastante atlético… no era de esos musculosos exagerados, pero estaba en muy buena forma y se le marcaban los abdominales. Había empezado a hacer ejercicio y boxeo después de cansarse del bullying que nos hacían a los tres en el colegio. Se convirtió en nuestro protector no oficial. Era como el líder del grupo: muy guapo, masculino, pero al mismo tiempo un nerd tímido, sobre todo con las mujeres. Podría tener la chica que quisiera si no fuera tan vergonzoso. Además era un pajero de cuidados intensivos, miraba mucho porno, aunque creo que todavía era virgen.
Y después estaba Laura, Lau. Una tomboy total. Si alguien la veía por la calle seguro pensaba que era lesbiana. Ella decía ser bi, pero que prefería a las mujeres. Solo había tenido una novia de la que nunca pudo superar del todo, así que siempre decía que no estaba interesada en parejas ni en sexo por ahora. Se vestía de forma bastante masculina, era feminista y andaba mucho en skate. Pero debajo de las remeras amplias y las camisas a cuadros tenía una cara muy linda, con algunos piercings y el pelo teñido de verde. Y el cuerpo… Dios. Cuando se quedaba a dormir y la veíamos en pijama o en shorts más ajustados, Mati y yo nos quedábamos con la boca abierta. Es bastante baja de 1,50 mas o menos y flaquita pero en tiene un culo hermoso, redondo y firme, y unas tetas igual de firmes. Más de una vez me había masturbado pensando en ella… y estoy seguro de que Mati también. Aun así, nunca había pasado nada sexual entre los tres más allá de chistes boludos y juegos inocentes. Éramos amigos desde chicos y punto.
El mensaje de Discord todavía estaba ahí, esperando respuesta…
El primero en contestar fue Mati:
«Estoy libre. Tengo unas ganas locas de jugar al Ragnarök, boludo. Ya mismo me preparo.»
Casi inmediatamente respondió Laura:
«A mí me obligaron a ir al cumpleaños de mi tía. No voy a poder hasta las 17 más o menos. Y ni se les ocurra tocar el God of War Ragnarök, los mato. No quiero que se adelanten en la historia sin mí. Más les vale que jueguen a otra cosa hasta que llegue.»
Entre berrinches y risas le contestamos que estábamos de acuerdo, que nos veíamos más tarde y que tal vez le preguntaría a mamá si podíamos quedarnos a pasar la noche. Mati me escribió después:
«Como algo rápido y voy para allá. Pasamos la tarde, jugamos a otra cosa o miramos anime.»
Le respondí que lo esperaba.
Me levanté de la cama para ordenar un poco la pieza mientras hacía tiempo. Se me ocurrió pintarme las uñas de los pies, algo que últimamente me gustaba hacer cuando estaba solo. Busqué el esmalte… y me había quedado sin. Así que fui hasta el cuarto de mamá.
Empecé a revisar los cajones de su tocador. Cuando abrí el de la ropa interior me encontré con sus tangas dobladas. Me dije a mí mismo que no iba a volver a hacerlo… pero no pude evitarlo. Saqué un par, las llevé a la nariz y las olí profundo. El aroma suave de su perfume mezclado con su olor natural me pegó de lleno. Las chupé un poco, pasando la lengua por la tela. Se me empezó a poner dura de inmediato dentro del shortcito.
«No lo hagas…», pensé. Pero ya era tarde.
Me saqué el short y el calzoncillo, me puse una de sus tangas negras (me quedaba justa, apretándome la cola y dejando la pija medio afuera) y me planté frente al espejo del placard. Me miré: pelo semi largo, cara femenina, el shortcito tirado en el piso, la tanga de mamá y mi pene de 15 cm ya duro. Empecé a masturbarme despacio, mirándome, pensando en ella. En su culo, en sus tetas, en esa voz dulce. Me daba culpa… desde chico que me pasaba, que pensaba en ella cuando me tocaba, pero no podía parar. Tenía un Edipo del carajo y ella estaba demasiado buena.
En el mismo cajón, al fondo, estaba su dildo. Lo conocía bien. Lo saqué, me lo llevé a la boca y empecé a chuparlo mientras me pajeaba con la otra mano. Tenía su olor impregnado. Más de una vez me lo había metido en el culo cuando estaba solo, siempre limpiándolo después y dejándolo exactamente donde estaba. Ella no sabía nada.
La tanga que tenía puesta ya se me estaba humedeciendo con el líquido preseminal. Pero necesitaba más olor. Las del cajón estaban demasiado limpias. Así que fui hasta el cesto de la ropa sucia que tenía en el baño de su pieza. Ahí sí. Saqué un par de tangas usadas, las acerqué a la cara y respiré hondo. Ese aroma más fuerte, a concha y a culo, me volvió loco. Las olía, las chupaba, frotándomelas contra la cara mientras me seguía masturbando.
Entre la ropa sucia apareció también una bombacha de mi hermana. Me dio un morbo inmediato, tan fuerte que no pensé. Hice lo mismo: la olí, la chupé un poco, mezclando los olores. Me sentía terriblemente culpable… pero no podía parar. La mano subía y bajaba más rápido sobre mi pene, la tanga de mamá apretándome las bolas, el dildo todavía en la otra mano, la boca llena del sabor de las dos.
Estaba completamente perdido en eso, con la respiración agitada y la pija palpitándome, cuando de repente…
El celular empezó a sonar de golpe. Era mamá.
Atendí con la mano temblorosa, todavía masturbándome despacio con la otra, la tanga de ella apretándome y el dildo abandonado un segundo sobre la cama.
—Hola, mi amor —dijo con esa voz dulce y maternal que me conocía de toda la vida—. Estamos con tu hermana, vamos a ir a comer algo y después al cine. ¿Querés venir con nosotras?
Seguí subiendo y bajando la mano sobre mi pene, más lento, saboreando el secreto. Ella no tenía ni idea de que mientras hablábamos yo tenía puesta una de sus tangas, que me estaba pajebando oliendo su ropa sucia y que su dildo estaba a centímetros de mi boca.
—No puedo, ma… va a venir Mati. Quedamos en pasar la tarde jugando.
—Ah, está bien. Entonces nosotras seguimos. Que tengan lindo rato. Cualquier cosa me avisás, ¿sí?
—Sí, má. Chau.
—Chau, mi vida. Te quiero.
Colgamos.
La voz de ella todavía me resonaba en la cabeza y eso me tenía al borde. Estaba a punto de venirme. Las piernas me temblaban. Quería acabar con el dildo metido hasta el fondo en el culo, como otras veces, pero eso iba a llevarme un rato y justo en ese momento vibró el celular otra vez.
Mensaje de Mati:
«Estoy cerca, boludo. Tipo cinco minutos.»
Me mordí el labio. Preferí no arriesgarme. Me contuve como pude, aunque la calentura me quemaba. Guardé rápido el dildo donde estaba, dejé las tangas y bombachas más o menos como las había encontrado (las mías, las que había usado, las tiré al cesto ya manchadas) y ordené un poco la pieza.
Por alguna razón que ni yo entendía del todo, decidí dejarme la tanguita de mamá puesta. Me esperé un par de minutos a que se me bajara un poco la pija, la acomodé como pude dentro de la tela diminuta —quedaba toda apretada y medio marcada— y después me subí el shortcito negro encima. Se notaba un bulto suave, pero nada escandaloso.
Acababa de terminar de acomodarme cuando llegó el último mensaje:
«Estoy afuera.»
Espero les guste el relato y pronto se viene la parte 2

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